El infinito en un junco
El éxito de las palabras díscolas
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Durante los siglos de lenta expansión del alfabeto, los griegos siguieron cantando poemas, pero ya no de la misma manera. Ciertas voces se atrevieron a decir lo que ningún texto antiguo había osado antes. Por desgracia, nos quedan solo los añicos de aquellos versos. Hasta el año 500 a. C., no se conserva ningún libro completo de filosofía ni de poesía, y los poemas enteros o las citas textuales de los autores de prosa son la excepción. Pero esos pequeños fragmentos que se han salvado son tan poderosos que incluso incompletos nos conmueven.
Aquella fue la gran época de la lírica, cuando los poemas —breves en comparación con la Ilíada—, escritos para ser cantados, dejaron de mirar hacia el pasado, como las leyendas tradicionales de los viejos tiempos. Hablaban del oleaje de los días cercanos, se aferraban a las sensaciones que experimentaban. Ahora. Aquí. Yo.
Por primera vez, la escritura se alía con las palabras díscolas, irreverentes, que chocan contra los valores de su época. Esta asombrosa corriente empieza con Arquíloco —hijo bastardo de un griego noble y una esclava bárbara—, mercenario y poeta. Durante su corta vida —del 680 al 640 a. C.—, tuvo que arreglárselas solo, sin fortuna ni privilegios, alquilándose para combatir en guerras ajenas. Como él dijo, su lanza le daba cada día un chusco de pan y le servía el vino que bebía. Soldado de fortuna en las fronteras entre la cultura y la barbarie, conoció las realidades sórdidas detrás de los ideales bélicos.
Según el código del honor, había que aguantar la posición en el campo de batalla, sin retroceder ni huir. En una escaramuza contra los Ejércitos tracios, Arquíloco tuvo que elegir entre morir en el sitio, tras su alto y pesado escudo, o dejar este tirado y echar a correr para sobrevivir. Existía en la antigua Grecia un insulto gravísimo, ser un «arrojaescudos», rhípsaspis. Se dice que las madres espartanas, cuando despedían a sus hijos antes del combate, les advertían que volvieran «con el escudo o sobre él», es decir, llevándolo en el brazo por haber luchado con valor, o tendidos encima, convertidos en cadáveres.
¿Qué decidió Arquíloco? Poner pies en polvorosa y, además, proclamarlo en sus versos: «El escudo que arrojé a mi pesar en un arbusto, una pieza excelente, ahora lo blande un tracio. Pero salvé el pellejo. ¿Qué me importa ese escudo? Que se pierda. Otro tan bueno me compraré». Ningún guerrero homérico se habría atrevido a admitir algo semejante, ni hubiera tenido el sentido del humor necesario para ello. Pero a Arquíloco le divertía presentarse como antihéroe y ridiculizar con descaro las convenciones. Aunque era valiente —de lo contrario no habría podido ganarse el sustento en la guerra durante décadas—, amaba la vida «que ya no se puede recuperar ni comprar en cuanto el último aliento atraviesa la empalizada de los dientes». Sabía que el soldado que huye a tiempo sirve para otra batalla, y para escribir otros poemas. Precisamente por su sinceridad desafiante, me resisto a imaginarlo cobarde, sino más bien realista y cáustico.
En sus versos, el lenguaje es franco, sin tapujos, hasta rozar la brutalidad. Con él, un decidido realismo irrumpe en la lírica griega. Abre las puertas a una nueva poesía insolente. No oculta su temperamento vengativo, apasionado, burlón. Para su deseo sexual, encuentra palabras explícitas: «Ojalá pudiera tocar la mano de Neóbula… y abalanzarme, presto a la acción, sobre su odre y acomodar el vientre sobre el vientre y mis muslos a sus muslos». Un brevísimo fragmento conservado demuestra que no le acobardó hablar de sexo oral en su poesía: «como un tracio o un frigio que con una caña chupa la cerveza, ella, gacha la cabeza, se afanaba».
Arquíloco murió en el campo de batalla como Aquiles, pero dejó claro que la promesa de gloria póstuma le parecía otra fanfarronada más: «Nadie, después de muerto, es honrado por sus paisanos. Preferimos, vivos, la alabanza de los vivos». Richard Jenkyns, profesor de Oxford, lo considera «el primer incordio de Europa». Creo que a él ese epitafio le habría arrancado una carcajada.