El infinito en un junco

Irene Vallejo · Capítulo 38 de 45

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El infinito en un junco

La dulce inercia

 

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A principios del siglo II, Roma había conocido ya una larga retahíla de emperadores suspicaces, sin demasiado sentido del humor. La censura y el miedo empezaban a pudrir la atmósfera. El historiador Tácito palpó las cicatrices de la amputación y se atrevió a nombrarlas. Nostálgico de un pasado inexistente, fantaseaba con «la rara felicidad de los tiempos en los que está permitido pensar como se quiera y decir lo que se piensa». Decidió investigar lo que hiere a los poderosos, por qué se escandaliza la gente que suele escandalizarse, cuáles son sus prohibiciones y sus fobias, qué intentan sumergir en el silencio y todo lo que acecha tras las tachaduras de los textos mutilados.

Tácito relata con detalle un episodio de represión sucedido durante el mandato de Tiberio, poco después de la muerte de Ovidio en el destierro. El historiador Cremucio Cordo, de ideas republicanas, fue procesado por culpa de una frase audaz. Había escrito en sus Anales que Bruto y Casio, los asesinos de Julio César, fueron «los últimos romanos». Acusado por esas palabras del delito de lesa majestad, tuvo que comparecer ante el Senado. Se defendió con valor, pero al salir del interrogatorio ya había decidido dejarse morir de hambre para escapar a la condena que cabía esperar de la independencia judicial de la época. Como era costumbre, el proceso siguió adelante pese al pequeño contratiempo de la muerte del acusado. Al final, el veredicto exigió la quema de todos los ejemplares de su obra. En Roma la tarea fue asignada a los ediles, y en las restantes ciudades del Imperio, a los magistrados correspondientes.

Los Anales se salvaron de la destrucción gracias a la valentía de Marcia, la hija de Cremucio, que se arriesgó a esconder un único ejemplar. Marcia conocía el valor de los libros: era una gran lectora, con especial apetito por la filosofía. Séneca le dedicó un ensayo donde decía que «las mujeres tienen el mismo poder intelectual que los hombres, y la misma capacidad para las acciones nobles y generosas». Sin duda, admiraba a la joven Marcia por atreverse a desobedecer. Aunque su vida peligraba en cada registro de la casa, guardó oculto el último manuscrito de su padre hasta que el nuevo emperador Calígula levantó la prohibición. Después de conseguir el indulto, la hija encargó nuevas copias de la obra y la hizo circular de nuevo. Las generaciones siguientes leyeron con avidez aquella crónica histórica que tanto ofendió al poder. Algunos fragmentos —los más polémicos— han llegado hasta nosotros.

Los censores de todas las épocas corren el peligro de desencadenar un efecto contraproducente, y esta es su gran paradoja: dirigen los focos de atención precisamente sobre aquello que pretendían ocultar. Tácito escribió: «Son necios quienes creen que con su poder del momento pueden incluso extinguir el recuerdo de la posteridad. Al contrario, la estimación de los talentos castigados crece, y aquellos que emplean la severidad no consiguen otra cosa que su propio deshonor y la gloria de quienes castigaron». En nuestros tiempos, internet y las redes sociales otorgan atención instantánea a cualquier mensaje prohibido por las autoridades. Si se ordena retirar una obra de arte, todo el mundo empieza a hablar de ella. Si se condena a un rapero por injurias, se disparan las descargas de sus canciones. Si una denuncia provoca la decisión judicial de secuestrar un libro, la gente se lanza a comprarlo.

Aunque la censura rara vez hace desaparecer las ideas que persigue —y a menudo les da alas—, los gobernantes poseen una extraña vena reincidente. Por la mente de Calígula pasó la idea de retirar los ejemplares de Homero de las bibliotecas, siguiendo las ideas de Platón. Cómodo prohibió la lectura de la biografía de Calígula escrita por Suetonio, bajo pena de morir en el anfiteatro despedazado por las fieras. Caracalla, gran admirador de Alejandro Magno, consideraba que Aristóteles no había sido ajeno a su muerte y acarició la idea de quemar todas sus obras. Durante la persecución de Diocleciano, a principios del siglo IV, hubo un auténtico furor incendiario de libros cristianos comparable al de los nazis en 1934. Sabemos de mártires que se sacrificaron para proteger sus escrituras. Tres hermanas de Tesalónica, Ágape, Quionia e Irene, murieron en la hoguera por haber escondido en su casa libros proscritos. Y, como ellas, Felipe, Euplo, Vincencio, Félix, Dativo y Ampelio fueron mártires por negarse a entregar sus libros. Más adelante, cuando el cristianismo se convirtió en religión oficial, se desataron cremaciones igual de violentas de libros paganos.

Todos esos esfuerzos destructivos tuvieron escaso efecto: los emperadores lograron éxitos influyendo sobre los escritores a los que protegían, pero rara vez consiguieron hacer triunfar sus prohibiciones, como prueban los fallidos intentos de destruir los poemas eróticos de Ovidio o la crónica republicana de Cremucio Cordo. El sistema de circulación de libros en la Antigüedad —sin distribuidores ni editores— era demasiado incontrolable para que la censura del poder lograse imponerse. A través de esclavos entrenados para copiar libros o de los amanuenses profesionales, era fácil multiplicar de manera clandestina las obras condenadas.

Como ya comprendió Tácito, el efecto más poderoso de esta pulsión perseguidora es principalmente atemorizar a los demás, a los menos valientes, a la creatividad misma. Siempre resulta más decisiva la autocensura que la censura. El historiador la llamó inertiae dulcedo («la dulce inercia»). Se refería a la renuncia acomodaticia a correr riesgos, a la tentación íntima de no transgredir la escala de valores vigentes para evitarse conflictos o preocupaciones; la peligrosa cobardía que atenaza a los creadores. Tácito fue testigo de una época sumisa, en la que incluso los rebeldes callaban y obedecían. Escribió: «Dimos, sin duda, gran muestra de paciencia. Habríamos perdido la memoria junto con la voz, si hubiera estado en nuestra mano el olvidar como el callar». Sus textos rozan la dolorosa herida, nos abren los ojos: en todas las épocas, el campo de batalla no es tan solo la censura del poder, sino también los miedos interiores.