El infinito en un junco

Irene Vallejo · Capítulo 27 de 45

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El infinito en un junco

La literatura de la derrota

 

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Los romanos consiguieron su extraordinaria sucesión de victorias gracias a una mezcla muy eficaz de violencia y capacidad de adaptación, en la mejor tradición darwiniana. Los pueblerinos secuaces de Rómulo aprendieron pronto a imitar lo mejor de sus enemigos, a apoderarse de lo que les gustaba sin la menor terquedad chovinista y a combinar todos los ingredientes copiados para crear nuevas formas propias. Desde las primeras escaramuzas, se acostumbraron a saquear a sus adversarios vencidos no solo en el terreno material, sino también en el simbólico. Durante las luchas contra los samnitas, imitaron sus estrategias bélicas —sobre todo, el manípulo como unidad básica de la legión— y las utilizaron de forma muy efectiva para derrotarlos con sus propias armas. En la primera guerra púnica, los destripaterrones romanos se las ingeniaron para construir una flota lo más parecida posible a la cartaginesa y con ella ganaron sus primeras batallas navales. Los terratenientes itálicos de ideas más tradicionales y abolengo más rancio se apuntaron rápidamente a las modernas explotaciones agrícolas helenísticas en forma de plantación.

Gracias a todas esas apropiaciones, crearon una fuerza invasora tan invencible como el Ejército de Alejandro, y administraron mejor que él sus conquistas. Pero, más allá de sus incontestables habilidades para la guerra y la barbarie, tuvieron un fogonazo de asombrosa humildad al asumir que la cultura griega era muy superior. Los miembros más lúcidos de las clases dirigentes comprendieron que toda gran civilización imperial necesita fabricar un relato unificador y victorioso sostenido por símbolos, monumentos, arquitecturas, mitos forjadores de identidades y formas sofisticadas de discurso. Y para conseguirlo rápido, según su costumbre, decidieron imitar a los mejores. Sabían dónde encontrar el modelo. Mary Beard resume la situación de aquellos tiempos con un aforismo contundente: «Grecia lo inventa, y Roma lo quiere». Los romanos se lanzaron a hablar la lengua de los griegos, a copiar sus estatuas, a reproducir la arquitectura de sus templos, a escribir poemas de tipo homérico y a imitar sus refinamientos con celo de advenedizos.

El poeta Horacio captó esa paradoja cuando escribió que Grecia, la conquistada, había invadido a su fiero vencedor. Hoy nos resulta difícil determinar hasta qué punto Roma tomó prestada toda la cultura griega y en qué medida los romanos fueron —o no— unos bárbaros salvajes hasta que los civilizaron los griegos, pero así es como las dos partes contaban la historia. Los intelectuales y creadores latinos siempre se presentaron como discípulos de los clásicos griegos. Los vestigios de formas culturales autóctonas fueron orillados o borrados. Y muchos romanos ricos aprendieron a defenderse en la lengua de sus súbditos helenísticos —aunque sabemos que los verdaderos griegos se burlaban despiadadamente del macarrónico acento romano—. Hay constancia de que a principios del siglo I a. C. una delegación griega tomó la palabra ante el Senado de Roma sin necesidad de traductor. Este esfuerzo de los conquistadores por hablar en sus cenáculos más cultos el idioma de una de sus muchas colonias es un gesto asombroso y extraordinario, en las antípodas de la habitual arrogancia cultural de las metrópolis imperiales. Imaginemos a los británicos manteniendo sus tertulias literarias de Bloomsbury en un esforzado sánscrito, o a Proust sudando para entablar una charla refinada en bantú con los aristócratas parisinos que tanto le fascinaban.

Por primera vez, una gran superpotencia antigua asumía el legado de un pueblo extranjero —y derrotado— como un ingrediente esencial de su propia identidad. Sin rasgarse las vestiduras, los romanos reconocieron la superioridad griega y se atrevieron a explorar sus hallazgos, interiorizarlos, protegerlos y prolongar su onda expansiva. Esta seducción ha tenido enormes consecuencias para todos nosotros. Allí nació la hebra que entreteje nuestro presente con el pasado, el hilo que nos mantiene unidos a un brillante mundo extinguido. Por encima, como funambulistas, caminan de un siglo a otro las ideas, los descubrimientos de la ciencia, los mitos, los pensamientos, la emoción, y también los errores y las miserias de nuestra historia. Hemos llamado clásicos a toda esa hilera de palabras en equilibrio sobre el vacío. A causa de la fascinación que aún despiertan en nosotros, Grecia pervive como el kilómetro cero de la cultura europea.

 

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La literatura latina es un caso muy peculiar: no nació espontáneamente, sino que fue gestada por encargo, in vitro. El parto inducido tuvo lugar un día concreto del año 240 a. C., para celebrar la victoria de Roma sobre Cartago.

Mucho antes de aquel día inaugural, los romanos habían aprendido a escribir —como no podía ser menos— a imitación de los griegos, que, desde el siglo VIII a. C., vivían en las prósperas colonias del sur de Italia, en la región conocida como Magna Grecia. Por la vía del comercio y los viajes, su cultura y su escritura alfabética habían desembarcado en el norte. Los primeros italianos septentrionales en aprender el alfabeto griego y adaptarlo a su lengua fueron los etruscos, que dominaron el centro de la península entre el siglo VII y el IV a. C. Sus vecinos del sur, los romanos —quienes, aunque no les gustaba reconocerlo, estuvieron durante décadas sometidos a una dinastía de Etruria—, se abalanzaron ávidos sobre aquella maravillosa innovación, y adoptaron a su vez la escritura etrusca con ciertos ajustes para adecuarla al latín. El alfabeto de mi infancia, el que me observa ahora mismo desde las hileras oscuras del teclado de mi ordenador, es una constelación de letras errantes que los fenicios embarcaron en sus naves. Surcaron el mar rumbo a Grecia, luego navegaron hacia Sicilia, buscaron las colinas y los olivares de la actual Toscana, merodearon por el Lacio y, de mano en mano, fueron cambiando hasta alcanzar el trazo que hoy acarician mis dedos.

Los testimonios más antiguos de este alfabeto viajero no dejan resquicios a las ensoñaciones. Los romanos —pragmáticos, organizadores natos— limitaron su uso a registros de hechos y normas. Los textos más tempranos — de los siglos VII y sobre todo VI a. C.— son un grupo de inscripciones breves (por ejemplo, marcas de propiedad garabateadas en un recipiente). De los siglos siguientes conocemos únicamente leyes y rituales escritos. No ha quedado ninguna huella de escritos de ficción —se estaba luchando a vida o muerte por el poder en los campos de batalla y corrían malos tiempos para la lírica—. La literatura romana tuvo que esperar; fue un acontecimiento tardío, gestado en un descanso de los guerreros. Solo cuando el enemigo más peligroso ya había mordido el polvo, con la tarea cumplida, en la relajación y el ocio de la victoria, los romanos se permitieron pensar en los juegos del arte y los placeres de la vida. La primera guerra púnica acabó en el año 241 a. C. Apenas unos meses más tarde, los romanos disfrutaron de la primera obra literaria en latín. El público la conoció en septiembre del año 240 a. C., sobre las tablas de un teatro de la capital, con motivo de los Ludi Romani. Como gran atracción de las festividades, se estrenó allí un drama —no sabemos si comedia o tragedia— traducido del griego, cuyo título ha caído en el olvido. No es casualidad que una traducción marque el arranque de la literatura romana, siempre hechizada por los maestros griegos, siempre en un ambiguo juego de ecos, nostalgia, envidia, homenaje y todos los matices del amor acomplejado.

Aquella representación inicial encierra una extraña historia: la poesía llegó a Roma entre el estrépito de las armas, desde el bando contrario, por obra de un esclavo extranjero. Livio Andrónico, el improbable iniciador de la literatura latina, no era romano de nacimiento. Se ganaba la vida como actor en Tarento, uno de los mayores enclaves de cultura griega del sur de Italia, ciudad suntuosa, refinada y amante del teatro. El joven cayó prisionero durante la conquista, en el año 272 a. C., y conoció la amarga suerte de los vencidos: el mercado de esclavos. Lo imagino vislumbrando la Urbe por primera vez entre las rendijas de la carreta donde lo transportaban como si fuera ganado para la venta. Algún hábil vendedor consiguió colocarlo en la rica mansión de los Livios. Su inteligencia y su labia le libraron de los trabajos más penosos. Se cuenta que dio clases a los hijos del amo y que la familia, agradecida, años más tarde lo manumitió. Como era costumbre entre los libertos, mantuvo el apellido familiar de sus antiguos dueños, al que añadió un apodo griego que simbolizaba su identidad escindida. Bajo la protección de la poderosa familia que lo había comprado y después liberado, abrió una escuela en la capital. En ausencia de poetas autóctonos, sería este extranjero, bilingüe a la fuerza, quien recibiría los encargos literarios en Roma. Me pregunto qué emociones contradictorias le asaltarían al escribir en la lengua de su derrota. Sabemos que tradujo las primeras tragedias y comedias que se representaron en la capital del imperio, y también la Odisea homérica. Gracias a él se creó una congregación de escritores y actores al amparo del templo de Minerva en el Aventino. Apenas han quedado fragmentos de sus versos inaugurales. Me gusta el sonido evocador de una frase truncada de su Odusia: «los montes abruptos y los campos polvorientos y el inmenso mar».

Queda un pequeño misterio por resolver. Todo indica que Roma era en aquel entonces un páramo sin apenas libros, ni bibliotecas públicas, ni libreros. ¿Cómo conseguiría Livio Andrónico los originales para sus traducciones? Los ricos patricios podían permitirse enviar mensajeros a las ciudades griegas del sur de Italia, donde había comerciantes de libros, pero esa solución era impensable para un humilde liberto.

Los letraheridos de hoy apenas podemos imaginar el desierto de libros de la época manuscrita. En nuestro siglo XXI, la catarata de letra impresa desborda todos los diques de la mesura. Se publica un nuevo título cada medio minuto, ciento veinte cada hora, dos mil ochocientos al día, ochenta y seis mil al mes. Un lector medio alcanza a leer en toda su vida lo que el mercado editorial produce en una sola jornada laboral, y cada año se destruyen millones de ejemplares huérfanos. Pero esta abundancia es muy reciente. Durante siglos, conseguir libros exigía estar bien relacionado e, incluso con los contactos adecuados, conllevaba gastos, esfuerzos, tiempo y, en ocasiones, arrostrar los peligros del viaje.

Por sus propios medios y con el estigma de sus orígenes, Livio Andrónico nunca hubiera podido dedicarse a leer, traducir y dirigir una escuela sin el apoyo de sus poderosos protectores. Probablemente fueron los Livios quienes afrontaron los gastos de reunir —con la intención de exhibir su riqueza y alardear de cultura— una pequeña biblioteca de clásicos griegos. A su antiguo sirviente le tocaría madrugar todas las mañanas para hacerles una visita de respeto —la salutatio matutina—, aburrirse en la antesala hasta que su patrono se dignase aparecer y, como el actor que fue en su juventud, inclinar la cabeza y hablar en el tono apropiado, diariamente agradecido por que le permitieran sostener entre sus manos griegas, antes esclavas, los rollos de la lujosa colección.

 

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Los nobles romanos se encapricharon de los libros, esos objetos escasos y exclusivos que no estaban al alcance de todos. Al principio, enviaban pacíficamente a sus servidores rumbo a Alejandría y otros grandes centros culturales con la misión de encargar copias a los expertos mercaderes. Pronto descubrieron que era mucho más práctico arramblar con bibliotecas enteras durante sus expediciones bélicas por territorio griego. Así, la literatura se convirtió en botín de guerra.

En el año 168 a. C., el general Emilio Paulo derrotó al último rey de Macedonia. Permitió que Escipión Emiliano y otro hijo suyo, ambos amantes del saber, se llevasen a Roma todos los libros de la casa real macedonia, a la que perteneció Alejandro. Gracias a esa valiosa rapiña, los Escipiones fueron propietarios de la primera gran biblioteca privada de la ciudad y oficiaron como patrocinadores de la joven generación de literatura romana. Uno de los escritores-satélites que gravitaban en torno a sus libros fue el dramaturgo Terencio, de quien se decía que era de origen esclavo. Su apodo Afer («el Africano») da pistas sobre su procedencia y el color de su piel. Por aquel entonces, se imponía un reparto de tareas culturales. Los poderosos patricios se encargaban de saquear libros —a veces, en un alarde de honradez, incluso los compraban— para enriquecer sus colecciones privadas y aglutinar a su alrededor a los autores con más talento. Los escritores propiamente dichos eran, salvo excepciones, desharrapados a su servicio (esclavos, extranjeros, prisioneros de guerra, pobres pluriempleados y demás morralla social).

En la estela de los Escipiones, otros generales siguieron la cómoda senda del pillaje librario. El despiadado Sila se apoderó del que quizá fuera el trofeo más apetecible: la colección del mismísimo Aristóteles, que durante mucho tiempo permaneció escondida y reapareció a tiempo de convertirse en botín de guerra. En Roma fue también famosa la biblioteca de Lúculo, adquirida gracias a un metódico saqueo durante sus victoriosas campañas militares en el norte de Anatolia. Privado del mando en el año 66 a. C., Lúculo se dedicó a partir de ese momento a una vida de suntuosa vagancia sostenida por las riquezas que había ido acumulando en sus años depredadores. Cuentan que su biblioteca privada seguía el modelo arquitectónico de Pérgamo y Alejandría: rollos almacenados en estrechas salas, pórticos donde leer, y salones para reunirse y hablar. Lúculo fue un ladrón generoso: puso sus libros a disposición de sus parientes, amigos y de los estudiosos afincados en Roma. Plutarco dice que en su mansión se reunían y conferenciaban catervas de intelectuales, como en una perpetua recepción de las musas.

La mayoría de los textos que embellecían las bibliotecas de los Escipiones, de Sila y de Lúculo eran griegos. Con el tiempo se irían añadiendo algunos en latín, pero serían minoría. Como los romanos habían empezado tarde a escribir, toda su literatura junta representaba una fracción bochornosamente minúscula de los fondos disponibles.

Imagino que los artistas romanos de aquella época se sentirían desbordados y empequeñecidos ante el aluvión de obras artísticas que llegaban en el equipaje de los ávidos conquistadores. Gran parte de este botín eran apabullantes obras maestras. Para entonces, la literatura y el arte griego tenían detrás más de medio milenio de historia. No es fácil competir con quinientos años de apasionada creación.

El arrebato coleccionista romano recuerda al de los ricos capitalistas estadounidenses, que, maravillados ante los largos siglos del arte europeo y por un puñado de dólares, expoliaban retablos, frescos arrancados de los muros, claustros completos, portadas de iglesias, frágiles antigüedades y lienzos de los grandes maestros. También bibliotecas enteras. Así imaginó Scott Fitzgerald al joven millonario Jay Gatsby. Su fortuna, procedente de oscuros contrabandos, brillaba en una gran mansión de Long Island donde no faltaba ningún lujo ni refinamiento. Gatsby era conocido por sus fiestas carísimas y extravagantes en las cuales nunca participaba. En realidad, un amor infantil y conmovedor latía detrás de sus exhibiciones de opulencia. El derroche, la luz, los bailes hasta la madrugada, los coches llamativos y el arte europeo eran fuegos de artificio para deslumbrar a la chica que lo abandonó años atrás, cuando aún no era lo suficientemente rico. En el palacio que Gatsby había construido como celebración kitsch de su ascenso social no podía faltar «una biblioteca gótica, artesonada con roble inglés tallado, que probablemente había sido trasladada completa desde alguna ruina situada al otro lado del mar».

La percepción mutua de romanos y griegos se nutría de estereotipos parecidos a los nuestros sobre estadounidenses y europeos. Pragmatismo, poder económico y militar, frente al bagaje de una larga historia, una gran cultura y la nostalgia de esplendores pasados. Marte y Venus. Aunque en general expresaban un respeto recíproco, los dos tenían un repertorio de chistes y caricaturas nacionales para reírse a espaldas del otro. Puedo imaginar a los griegos bromeando en la intimidad sobre los legionarios brutos y descerebrados que no eran capaces de hacer una mísera inscripción sin faltas de ortografía. Al otro lado de la barrera, los viejos romanos conservadores también despotricaban. En una de sus sátiras, Juvenal exclama que no puede soportar la ciudad llena de griegos, esa chusma charlatana y parásita que ha traído consigo sus vicios junto a su lengua, corrompiendo las costumbres y desplazando a los auténticos ciudadanos.

En efecto, no todo era admiración. Los procesos globalizadores siempre despiertan reacciones contradictorias y complejas. Algunas de las voces más cáusticas de los siglos III y II a. C. atacaron el influjo de las culturas extranjeras en general y la griega en particular. Les molestaban las novedades que empezaban a convertirse en peligrosas modas, como la filosofía, los lujos gastronómicos o la depilación. El campeón de estos críticos fue Catón el Viejo, contemporáneo y rival de Escipión el Africano, al que ridiculizaba por brincar en gimnasios griegos y mezclarse con el populacho en los teatros sicilianos. Según este cascarrabias oficial, las costumbres sofisticadas de los extranjeros acabarían minando la fuerza del carácter romano. Por otro lado, sabemos que el propio Catón enseñó griego a su hijo, y los fragmentos conservados de sus discursos demuestran que se apresuró a estudiar los artificios de la retórica griega que tanto denostaba en público.

Todas estas ambivalencias de la identidad romana se reflejan en su primera literatura. Las obras teatrales de Plauto y Terencio son ya algo más que meras traducciones calcadas del griego. Se presentan como adaptaciones fieles que respetan la trama de los originales helenísticos, manteniendo la ambientación en Grecia, pero en realidad son híbridos pensados para complacer al público ruidoso y festivo de Roma. A diferencia de la Atenas clásica, en la Urbe el teatro tenía que competir con otras diversiones populares como los combates de lucha libre, el funambulismo o las peleas de gladiadores. Por eso, casi todas las comedias giraban sobre un argumento básico e infalible: «chico consigue chica». La gente esperaba que en cada comedia apareciera el típico esclavo astuto y embaucador que causaba mil enredos. Para agradar a todos, el final feliz estaba garantizado. Pero, por debajo de la epidermis frívola de estas obras romanas, había un ingrediente nuevo. A través de ellas, los espectadores se asomaban a la complejidad cultural del nuevo y ancho mundo imperial.

La acción de todas las comedias sucedía en Grecia y, por tanto, exigía al público ciertas nociones de geografía lejana. En una de sus representaciones, Plauto se atrevió a dar protagonismo a un cartaginés, que se expresa en su genuina lengua púnica —de hecho, los lingüistas actuales encuentran allí un testimonio único para conocer esa lengua extinta—. En otra, un par de personajes se disfrazan de persas. En el prólogo de varias comedias, aparece un chiste recurrente sobre las adaptaciones. Refiriéndose a su traducción, Plauto dice: «Un griego escribió esto, y Plauto lo barbarizó». Este verso, como explica Mary Beard, era un sofisticado guiño al público. Al escucharlo, los espectadores de origen griego esbozaban una risita disimulada a expensas de los nuevos y bárbaros dueños del mundo.

Entre risas y bromas, el teatro ayudaba a comprender mejor la nueva realidad de horizontes ensanchados. El público aprendía que las viejas tradiciones ya no podían mantener su pureza ancestral; que, pese a las resistencias conservadoras, la forma más inteligente de transitar por los nuevos caminos era adaptar y adaptarse a la sabiduría del mundo que habían conquistado. La joven literatura híbrida era la avanzadilla de una sociedad cada día más mestiza. Roma estaba descubriendo las mecánicas de la globalización y su paradoja esencial: también lo que adoptamos de otras partes nos hace ser quienes somos.

 

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Los imperios jóvenes tienen apetitos simples; sencillamente, lo quieren todo. Aspiran a la pujanza militar, al poder económico y, también, a los esplendores del viejo mundo. Con ese afán los Escipiones trasplantaron la biblioteca real de Macedonia a Roma y, al calor de aquellos valiosos libros, atrajeron a un círculo de escritores griegos y latinos. Por la fuerza de las armas y del dinero, estaban intentando desplazar los centros de gravedad de la creación literaria. Ha sucedido muchas veces: la política redibuja los mapas culturales.

El anhelo de apropiación de aquellos romanos ricos no se diferencia tanto, en el fondo, del entusiasmo que llevó a la norteamericana Peggy Guggenheim a trasplantar la pintura abstracta europea a su país en los años cuarenta del pasado siglo, trazando nuevas geografías artísticas. Su padre, miembro de una dinastía de magnates de las minas y fundiciones, murió en el hundimiento del Titanic. Ella se instaló en París para vivir la bohemia desde el cómodo mirador de su herencia millonaria. Allí comenzó su famosa colección de arte vanguardista. Permanecía aún en París cuando sobrevino la invasión nazi de Francia. En lugar de huir, aprovechó para comprar obras de arte como si no hubiera un mañana. Su lema era «una pintura al día». Con el Ejército alemán irrumpiendo por el norte del país, no faltaban vendedores. A menudo compraba a familias judías en fuga desesperada, o directamente a los artistas, a precios de ganga. Cuando faltaban apenas dos días para la caída de París, escondió su colección en el granero de un amigo y huyó a Marsella, donde vivió un amorío con Max Ernst, fugitivo de un campo de concentración. Su dinero le permitió rescatar a Ernst y a un grupo de amigos artistas, con los que escapó rumbo a los Estados Unidos.

En Nueva York abrió una galería donde exponía el arte de la escuela parisina. Alrededor de esas obras y de los refugiados europeos que buscaban cobijo en la galería neoyorquina de Peggy —Duchamp, Mondrian, Breton, Chagall y Dalí, entre otros—, nació la vanguardia norteamericana. Los jóvenes artistas del momento pudieron ver las obras del arte nuevo y quedaron impactados. El Gobierno estadounidense, interesado en arrebatarle a Europa su primacía artística, había creado un programa, el Federal Art Project, que ofrecía una paga de veintiún dólares semanales a pintores parados para que decorasen instituciones públicas. Allí se conocieron Pollock, Rothko o De Kooning, que se convertirían en los nuevos protegidos de Peggy. Jackson Pollock declaró en una entrevista: «La pintura más importante de los últimos cien años se ha realizado en Francia. Los pintores norteamericanos, por lo general, no han acertado en absoluto con la pintura moderna. Es muy importante que los grandes artistas europeos estén entre nosotros». Muchas tardes, estos jóvenes pintores se reunían en el MoMA para contemplar el Guernica de Picasso, refugiado en el museo, a salvo de las dictaduras y las guerras de Europa. El expresionismo abstracto norteamericano nació a la sombra de la vanguardia europea.

En mayo de 1940, tres semanas antes de la ocupación de París, otro exiliado huyó a los Estados Unidos en el que sería el penúltimo viaje del buque Champlain antes de que lo hundieran. Como muchos escritores europeos perseguidos, Vladimir Nabokov encontró asilo en las universidades norteamericanas. Él, además, se exilió voluntariamente de su lengua, aventurándose al abismo de escribir sus libros decisivos en inglés. Llegó a declarar que se sentía tan americano como el mes de abril en Arizona. Al mismo tiempo, detectaba en su nuevo país el halo de aquella Europa que las revoluciones y las guerras le habían arrebatado. En una carta a su agente literaria, escribió: «Lo que me cautiva de la civilización norteamericana es justamente ese toque del viejo mundo, ese aspecto anticuado que se le adhiere pese al duro exterior brillante, a la agitada vida nocturna, a los lavabos último modelo, las publicidades refulgentes y todo lo demás».

El cine, inventado en Francia, también trasladó su meca a los Estado Unidos. Los creadores de los grandes estudios del cine clásico de Hollywood fueron, en su mayoría, emigrantes centroeuropeos, muchos de los cuales camuflaron sus nombres y su origen bajo una pátina americana. Estos hombres de origen humilde, que desembarcaron en Nueva York con solo un puñado de dólares cosidos al forro del chaleco, pusieron en pie la gran industria cinematográfica que pronto atrajo a una pléyade de directores, actores y técnicos europeos —Fritz Lang, Murnau, Lubitsch, Chaplin, Frank Capra, Billy Wilder, Preminger, Hitchcock, Douglas Sirk y tantos otros—. Curiosamente, John Ford, en una operación de camuflaje inversa a la que hicieron los pioneros de los estudios, se disfrazó de europeo. El Homero del western estadounidense, nacido en Maine, fantaseaba con un pasado en Innisfree, una inexistente aldea irlandesa. Inventó un relato conscientemente mítico de su historia familiar y en más de una ocasión llegó a declarar que había venido al mundo en una casa con tejado de paja que dominaba la bahía de Galway. Ford, patriarca del cine estadounidense, sabía que la época dorada de Hollywood fue, en gran medida, un invento europeo.

Todos estos ejemplos —a los que se podrían añadir los nombres de filósofos como Hannah Arendt, científicos como Einstein o Bohr, o escritores españoles emigrados con la dictadura, como Juan Ramón Jiménez o Sender— evidencian que, a mediados del siglo XX, gracias a un esfuerzo muy calculado de acogida y gasto, el epicentro del arte y el saber cambió de continente. En la Antigüedad grecolatina, el trasvase cultural sucedió en condiciones más despiadadas. No hubo sueño romano, ni galerías de arte ni universidades ávidas de albergar el talento extranjero, sino que un enorme número de intelectuales y artistas griegos desembarcaron en la Urbe para ser vendidos como esclavos.