El infinito en un junco

Irene Vallejo · Capítulo 18 de 45

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El infinito en un junco

Tejedoras de historias

 

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Solo hay una presencia femenina en el canon literario griego: Safo. Es tentador atribuir ese clamoroso desequilibrio a que las mujeres no escribían en la antigua Grecia. Solo es cierto en parte. Aunque para ellas era más difícil educarse y leer, muchas vencieron los obstáculos. De algunas, quedan fragmentos rotos de poemas; de la mayoría, apenas un nombre. Esta es mi lista provisional de escritoras casi borradas: Corina, Telesila, Mirtis, Praxila, Eumetis también llamada Cleobulina, Beo, Erina, Nóside, Mero, Ánite, Mosquina, Hédila, Filina, Melino, Cecilia Trebula, Julia Balbila, Damo, Teosebia.

Me intrigan los versos que ya nunca leeremos de cada una de ellas porque, para mí, el griego empezó con voz de mujer —la voz de mi profesora de instituto—. Recuerdo que, al principio, sus clases no me impresionaron demasiado —cuánto tardamos en reconocer a quienes nos van a cambiar la vida—. Entonces yo era una adolescente decidida a vender muy cara mi admiración. Esperaba profesores carismáticos, seguros de sí mismos, de esos que —los había visto en algunas películas— entran en el aula con aire rebelde, plantan el culo sobre el borde de su mesa y se lanzan a hablar, ingeniosos, brillantes, divertidos. Exteriormente, Pilar Iranzo no encajaba en esa fantasía. Altísima y delgada, encorvaba ligeramente los hombros como disculpándose por ganar en altura a todo el mundo. Vestía una convencional bata blanca. Al hablar, sus largas manos de pianista agitaban el aire con nerviosismo. A veces trastabillaba explicando la lección, como si de pronto las palabras huyesen en desbandada de su cabeza. Escuchaba con una atención intensa, hacía más preguntas que afirmaciones y parecía sentirse especialmente cómoda al amparo del signo interrogativo.

Pronto, la sorprendente Pilar rompió las alambradas de mi escepticismo. De aquellos dos años aprendiendo de ella, recuerdo el placer del descubrimiento, del vuelo, la asombrosa alegría del aprendizaje. Éramos un grupo tan pequeño de estudiantes que acabamos sentándonos todos alrededor de una mesa y formando corrillos como conspiradores. Aprendíamos por contagio, por iluminación. Pilar no se atrincheraba detrás de las declinaciones, las frías fechas y cifras, las teorías abstractas, los artefactos conceptuales. Era transparente: sin tretas, sin alardes, sin poses, nos descubrió su pasión por Grecia. Nos prestaba sus libros favoritos, nos contaba las películas de su juventud, sus viajes, los mitos en los que se reconocía. Cuando hablaba de Antígona, ella misma era Antígona; y cuando hablaba de Medea, nos parecía el cuento más terrorífico que jamás habíamos escuchado. Al traducirlas, sentíamos que las obras clásicas se habían escrito para nosotros. Olvidamos el miedo a no entenderlas. Dejaron de ser losas pesadas, impuestas. Gracias a Pilar, algunos de nosotros anexionamos un país extranjero a nuestro mundo interior.

Años después, cuando yo misma me he tenido que enfrentar al vértigo de una clase, he comprendido que hace falta querer a tus alumnos para desnudar ante ellos lo que amas; para arriesgarte a ofrecer a un grupo de adolescentes tus entusiasmos auténticos, tus pensamientos propios, esos versos que te emocionan, sabiendo que podrían burlarse o responder con cara de piedra e indiferencia ostentosa.

Mientras estudiaba la carrera, solía visitar a Pilar durante sus horas de guardia, en el seminario de Griego. Cuando se jubiló, seguí viéndola en una cafetería cercana a su casa. Necesitaba agradecerle aquella forma tan imprudente de enseñar, confiando en todos nosotros. Creyendo que merecíamos saber. Compartiendo su manera íntima y misteriosa de escuchar las voces del pasado.

En aquellos encuentros, hablábamos durante horas, saltando en el tiempo desde el presente de nuestros asuntos a la Antigüedad griega que era nuestro nexo. Pero tropezábamos con una paradoja: comprender que habría sido terrible vivir en la época que tanto nos fascinaba, allí donde las mujeres permanecían alejadas del poder, donde no tenían libertad, donde nunca dejaban de ser menores de edad. Pilar, que había dedicado tantos años a transmitir la luminosa herencia de Grecia, sabía que aquella época la habría condenado a permanecer en la sombra. Echaba de menos las palabras de las escritoras perdidas y sus poemas nacidos en el silencio.

 

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La historia de la literatura empieza de forma inesperada. El primer autor del mundo que firma un texto con su propio nombre es una mujer.

Mil quinientos años antes de Homero, Enheduanna, poeta y sacerdotisa, escribió un conjunto de himnos cuyos ecos resuenan todavía en los Salmos de la Biblia. Los rubricó con orgullo. Era hija del rey Sargón I de Acad, que unificó la Mesopotamia central y meridional en un gran imperio, y tía del futuro rey Naram-Sim. Cuando los estudiosos descifraron los fragmentos de sus versos, perdidos durante milenios y recuperados solo en el siglo XX, la apodaron «la Shakespeare de la literatura sumeria», impresionados por su escritura brillante y compleja. «Lo que yo he hecho nadie lo hizo antes», escribe Enheduanna. También le pertenecen las más antiguas notaciones astronómicas. Poderosa y audaz, se atrevió a participar en la agitada lucha política de su época, y sufrió por ello el castigo del exilio y la nostalgia. Sin embargo, nunca dejó de escribir cantos para Inanna, su divinidad protectora, señora del amor y de la guerra. En su himno más íntimo y recordado, revela el secreto de su proceso creativo: la diosa lunar visita su hogar a medianoche y la ayuda a «concebir» nuevos poemas, «dando nacimiento» a versos que respiran. Es un suceso mágico, erótico, nocturno. Enheduanna fue —que sepamos— la primera persona en describir el misterioso parto de las palabras poéticas.

Este prometedor comienzo no tuvo continuación. La Odisea, como ya he contado antes, presenta al adolescente Telémaco mandando callar a su madre porque su voz no debe ser escuchada en público. Mary Beard ha analizado con fino humor este episodio del poema homérico. «La palabra debe ser cosa de hombres», dice Telémaco. Se refiere al discurso público con autoridad, no a la charla, el cotorreo o los chismes, que cualquiera —mujeres incluidas; sobre todo las mujeres— podían practicar.

El silenciamiento de Penélope inicia una larga lista de imperativos repetidos a lo largo de toda la Antigüedad grecolatina. Por ejemplo, el filósofo Demócrito, defensor de la democracia y de la libertad, tan subversivo en muchos aspectos de su pensamiento, no tenía inconveniente en recomendar «que la mujer no se ejercite en el hablar, pues eso es terrible». Callar en público, escribió, debía ser considerado el mejor adorno femenino. Aquella civilización tenía esta idea tatuada en su mente: la palabra pública pertenecía solo a los hombres. El territorio de la política, la oratoria y, en gran medida, la literatura eran sus dominios. No deberíamos olvidar que la democracia ateniense se cimentó en la exclusión de todas las mujeres —y de los extranjeros y los esclavos, es decir, de la mayor parte de la población—. Como decía el protagonista de la serie británica de los años ochenta Sí, Ministro: «Tenemos derecho a elegir al mejor hombre para el cargo, al margen de su sexo».

Es cierto que esa exclusión no se vivía igual en toda la geografía griega. Y aquí nace otra paradoja: Atenas, la capital de los experimentos políticos y la osadía intelectual, fue tal vez la ciudad griega más represiva con las mujeres. En ese lugar que tanto admiramos, ellas —si habían nacido en hogares ricos — apenas pisaban la calle; permanecían confinadas dentro de casa, tejiendo entre los muros del gineceo, lejos del espacio público y de la ebullición del ágora. Huelga decir que los pobres no tenían ni el dinero suficiente ni los medios necesarios para permitirse ese apartheid familiar; pero, por otra parte, esas vidas estrechas, la miseria, el sudor y la fuerza de las costumbres tampoco permitían grandes márgenes de libertad.

Como todas las diversiones áticas, el teatro era un club masculino. Los autores, los actores y los cantantes del coro eran hombres —por mucho que nos cueste hoy imaginar a un barbudo ateniense interpretando a Antígona o Electra—. En la época clásica, cuando Atenas lideraba Grecia, la ausencia de mujeres creadoras fue más estridente que nunca.

Existía otro mundo más abierto en la costa de Anatolia y las islas cercanas del Egeo (Lesbos, Quíos, Samos…), tierra de emigrantes griegos en la frontera con Asia. Allí las prohibiciones no eran tan estrictas, ni el encierro tan asfixiante. Las niñas recibían educación y, siempre que fueran ricas y nobles, algunas mujeres podían hacer oír su voz —ciertos investigadores pretenden descubrir en la zona los últimos rescoldos de un matriarcado perdido—. Según Platón, en la isla de Creta, «a la patria la llamaban matria». En la famosa batalla de Salamina, combatió al frente de una flotilla la única comandante en jefe conocida. Se llamaba Artemisia y venía de la ciudad costera de Halicarnaso, en Asia Menor, donde reinaba. Aunque era griega, se alió con los invasores persas. Se cuenta que los atenienses ofrecieron por su cabeza una recompensa de diez mil dracmas, «ya que consideraban algo inadmisible que una mujer hiciera la guerra a Atenas».

Y en Rodas, una isla cercana, nos sorprende un caso insólito: el de una chica joven que, sin dedicarse a la prostitución, participa en los banquetes masculinos. Se llamaba Eumetis, que significa «la de buena inteligencia», pero todos la conocían como Cleobulina porque era la hija de Cleóbulo, uno de los siete sabios. Como Enheduanna, hija de un rey. Cleobulina tenía inteligencia política y supo utilizar bien su influencia. Decían que había convertido a su padre en un gobernante más amable y solidario con sus súbditos. Desde niña, como jugando, inventaba adivinanzas, mientras trenzaba cintas y redecillas. Escribió un libro de acertijos en hexámetros que aún se recordaría siglos después. Un texto antiguo la sitúa en un simposio, codeándose con toda libertad con los hombres. Se divierte, interviene en la conversación, bromea peinando y despeinando los cabellos de uno de los siete sabios. Como era ingeniosa y ocurrente en un época que quería mujeres silenciosas, Cleobulina se prestaba a la caricatura. Sabemos que un cómico ateniense la parodió en una obra de teatro titulada —en plural— Las Cleobulinas. Se puede suponer que la comedia, hoy perdida, fabricaría unos personajes parecidos a los de Las preciosas ridículas de Molière: jovencitas absurdas que pierden el seso por los juegos de palabras y, aunque se creen muy listas, en realidad resultan unas pedantes insoportables. Las mujeres que escribían se enfrentaban a la amenaza de la burla, de ese espejo deformante. Tal vez por eso amaban el secreto, sugerir sin llegar a decir, el acertijo, el interrogante. Como escribe Carlos García Gual, «expresarse por medio de enigmas era, en el ámbito griego, algo propio de las mujeres, tejedoras también con palabras».

 

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Safo —lo cuenta ella misma— era bajita, morena y poco atractiva. Nació en una familia aristocrática venida a menos. A diferencia de Cleobulina, no era hija de reyes. Su hermano mayor dilapidó la fortuna familiar, o lo que quedaba de ella. La casaron con un extraño, como era habitual, y tuvo una hija. Todo la encaminaba a una vida anónima.

Las mujeres griegas no escribían poesía épica, claro. No conocían la experiencia de las armas porque las batallas eran el peligroso deporte de la aristocracia masculina. Además, ellas no podían llevar la vida libre e itinerante de los aedos, viajando de ciudad en ciudad para ofrecer su canto. Tampoco participaban en los banquetes, ni en las competiciones deportivas, ni en los asuntos políticos. ¿Qué podían hacer? Cobijaban recuerdos. Como esas niñeras y abuelas que contaban cuentos a los hermanos Grimm, transmitían de generación en generación leyendas viejísimas. También componían cantos para los coros femeninos (canciones de boda, canciones en honor de los dioses, canciones para bailar). Y hablaban de sí mismas en poemas para una sola voz, acompañados de la lira —de ahí proviene el término «poesía lírica»—. Se trataba de universos obligatoriamente pequeños y locales. Aún así, de forma casi milagrosa, algunas mujeres lanzan desde su rincón una mirada original y fulminan los muros que las aprisionan. Lo hizo Safo. Lo harían otras reclusas transgresoras como Emily Dickinson o Janet Frame.

Safo escribió: «Dicen algunos que nada es más hermoso sobre la negra tierra que un escuadrón de jinetes, o de infantes, o de naves. Pero yo digo que lo más bello es la persona amada». Estas palabras sencillas esconden una revolución mental. Cuando se escribieron, en el siglo VI a. C., rompieron los esquemas tradicionales. En un mundo profundamente autoritario, el poema sorprende porque contiene múltiples perspectivas, e incluso parece celebrar la libertad del desacuerdo. Además, se atreve a cuestionar aquello que la mayoría admira: los desfiles, los ejércitos, el despliegue y el alarde de poder. Seguramente Safo habría cantado lo mismo que Georges Brassens sobre su mala reputación: «Cuando la fiesta nacional/ yo me quedo en la cama igual,/ que la música militar/ nunca me supo levantar». Frente a las aburridas exhibiciones de músculo guerrero, ella prefería sentir y evocar el deseo. «Lo más bello es lo que cada uno ama». Inesperado, este verso afirma que la belleza está primero en la mirada del amante; que no deseamos a quien nos parece más atractivo, sino que nos parece atractivo porque lo deseamos. Según Safo, quien ama crea la belleza; no se rinde a ella como suele pensar la gente. Desear es un acto creativo, al igual que escribir versos. Favorecida con el don de la música, la menuda y fea Safo podía ataviar con sus pasiones el minúsculo mundo que la rodeaba, y embellecerlo.

En algún momento, la biografía de Safo dio un giro. Su matrimonio acabó y ella cambió las rutinas del hogar por una nueva actividad que no conocemos bien. Recurriendo a los deteriorados fragmentos que nos han llegado de sus versos y a través de noticias sobre ella, podemos reconstruir el ambiente poco convencional en el que vivió esos años. Sabemos que dirigió un grupo de chicas jóvenes, hijas de familias ilustres. Sabemos también que se enamoró en momentos sucesivos de algunas de ellas —Atis, Dica, Irana, Anactoria—, y que juntas componían poesía, hacían sacrificios a Afrodita, trenzaban coronas de flores, sentían deseo, se acariciaban, cantaban y bailaban, ajenas a los hombres. De vez en cuando, una de estas adolescentes se marchaba, quizá para casarse, y la separación hacía sufrir a todas. Por último, nos dicen que en la isla de Lesbos había otros grupos parecidos, dirigidos por mujeres a las que Safo considera enemigas. Y se siente dolorosamente traicionada por las chicas que la dejan para entrar en un círculo rival.

Se piensa —pero es solo conjetura— que eran thíasoi femeninos, una especie de clubs religiosos donde las adolescentes, bajo la dirección de una mujer carismática, aprendían poesía, música y danza, honraban a los dioses, y tal vez exploraban su erotismo poco antes del matrimonio. En todo caso, los amores de Safo por sus protegidas no eran sentimientos condenados, sino reconocidos y deseados incluso. Los griegos creían que el amor era la principal fuerza educadora. No respetaban demasiado al maestro que enseñaba por dinero, corriendo detrás de la clientela y reclamando su pago. Para su mentalidad aristocrática, aceptar un trabajo remunerado era propio de desharrapados. Les gustaba más el profesor que escogía a nuevos discípulos solo al descubrir en ellos un destello especial y entregaba su sabiduría, sin el estorbo de peticiones salariales, enamorándose y seduciendo —ni más ni menos que lo que hacía Sócrates—. En Grecia, miraban ese tipo de homosexualidad pedagógica como algo incluso más digno y elevado que las relaciones heterosexuales.

El poema más conocido de Safo se desarrolla en la boda de una joven amiga que ya no volverá al grupo. Para Safo, es la fiesta del adiós: «Me parece igual que un dios ese hombre/ que está sentado frente a ti/ y cautivo te escucha/ mientras le hablas con dulzura. Tu risa encantadora/ me ha turbado el corazón en el pecho:/ Si te miro, la voz no me obedece;/ mi lengua se quiebra/ y bajo la piel, un tenue fuego me recorre,/ ya no veo, mis oídos zumban,/ brota el sudor, un temblor entera me sacude;/ y estoy pálida, más que la hierba./ Siento que me falta poco para morir».

Estos versos en los que palpita el deseo han escandalizado a muchos lectores. Siglo tras siglo, Safo ha sufrido un verdadero alud de incomprensión, caricaturas y comentarios malintencionados hurgando en su vida privada. Ya Séneca menciona un ensayo titulado «¿Fue Safo una puta?». En el otro extremo, un remilgado filólogo del siglo XIX escribió, para guardar las formas y proteger al mundo de las obscenidades paganas, que «dirigía un internado de señoritas». En el año 1073, el papa Gregorio VII había ordenado quemar todos los ejemplares de sus poemas, por su peligrosa inmoralidad.

En un fragmento de apenas una línea que, por azar, ha llegado hasta nosotros, leemos: «yo afirmo que alguien se acordará de nosotras». Y, aunque aquella posibilidad parecía rozar lo imposible, casi treinta siglos después seguimos escuchando la voz tenue de aquella mujer bajita.

 

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Quiero imaginar que hubo en Atenas una corriente de rebeldía femenina de la que ningún autor griego nos habla y que no figura en los libros de historia. Para rastrear las huellas de este quimérico movimiento olvidado me he atrevido a bucear en los textos y leer entre líneas. Aunque nunca sabremos con seguridad si existió, la suposición siempre me ha atraído. Esto que voy a exponer es solo una hipótesis, pero me fascina.

Las primeras en sublevarse habrían sido hetairas, es decir, prostitutas de lujo, las únicas mujeres verdaderamente libres de la Atenas clásica. Comparables en algunos aspectos a las geishas japonesas, ocupaban un lugar ambiguo dentro de la escala social, marcadas por las ventajas y los inconvenientes de su mala reputación: vivían a la intemperie pero se mantenían independientes. La mayoría de ellas eran griegas nacidas en Asia Menor y, por tanto, sin derechos de ciudadanía. En su tierra natal habían recibido una educación musical y literaria que Atenas negaba a sus hijas. Obligadas a pagar impuestos como los hombres, podían como ellos administrar sus propios bienes. Tenían acceso a los círculos de la política y la cultura a través de sus amantes. No estaban sometidas a la presión que soportaban las esposas atenienses, aunque a cambio se sabían doblemente excluidas (por extranjeras y por putas).

Estas mujeres emigrantes, minoritarias, deseadas y socialmente vulnerables, tenían más capacidad de protesta que las atenienses recluidas en sus gineceos. Y, durante algo más de una década, sus voces se escucharon gracias a un enamoramiento transgresor que sacudió las esferas del poder.

Para los atenienses del siglo V a. C., la distribución de funciones seguía un esquema incontestable. Un orador de la época lo describió sin rodeos: «Tenemos a las hetairas por placer, a las concubinas para el cuidado diario de nuestro cuerpo, a las esposas para darnos hijos legítimos y para que sean guardianas fieles de nuestra casa». Cuando el hombre más poderoso del Ática vulneró ese esquema de competencias, la ciudad hirvió de indignación.

Pericles estaba casado con una mujer «apropiada a su linaje», madre de sus dos hijos. Pero la convivencia era difícil y él rompió su matrimonio para unirse con Aspasia, una hetaira nacida en Asia Menor. Casi cinco siglos más tarde, el historiador Plutarco transcribe una retahíla de insultos contra la subversiva primera dama ateniense tomados de textos de la época, donde es tachada de impúdica, concubina con cara de perra y mujer de burdel, entre otras lindezas.

Durante la mayor parte de nuestra historia, el matrimonio ha sido ante todo una institución económica, una fusión de intereses compartidos. Para los políticos griegos, incluso en la democracia, las bodas sellaban alianzas entre grandes familias que mantenían bien sujetas las riendas del Gobierno. Y los casamientos se deshacían por motivos mercantiles o estratégicos, cuando había otro clan más pujante con el que emparentar. Pericles, en cambio, escogió a Aspasia —una extranjera con mala reputación y sin pedigrí— por un motivo absolutamente ridículo: el amor. Plutarco dice que los ciudadanos contemplaban boquiabiertos cómo «al volver del ágora, cada día la abrazaba y la besaba dulcemente». Y, tal como lo cuenta Plutarco, entendemos que esa exhibición de amor conyugal era en la Atenas del momento una escandalosa inmoralidad. Podemos imaginar a los ciudadanos atenienses rezongando y riéndose de las perversiones de su líder. Si ya era bastante estúpido estar enamorado de su mujer, demostrarlo en público rayaba la obscenidad. Muchos pensaban que corrían malos tiempos y recordaban con nostalgia un pasado más sano. Aquel siglo V a. C. en Atenas, dorado para nosotros, les parecía una época oscura de contubernio, mestizaje y desenfreno.

Lo que no decían las habladurías es que la inteligencia de Aspasia ayudó a Pericles en su carrera política. Sabemos poco de ella porque su figura ha llegado envuelta en incógnitas y maledicencia, pero los textos dan a entender que era una auténtica oradora en la sombra. Sócrates solía visitarla con sus discípulos y disfrutaba de su brillante conversación; incluso llegó a llamarla «maestra». Según Platón, escribió discursos para su marido; entre ellos, el famoso discurso fúnebre donde defendía apasionadamente la democracia. Todavía hoy, los escritores de los discursos presidenciales de Obama, y antes los de Kennedy, se han inspirado en las palabras que probablemente enhebrara Aspasia. Sin embargo, ella no aparece en la historia de la literatura. Sus escritos se perdieron o se atribuyeron a otros.

Durante quince o veinte años, hasta la muerte de Pericles en el año 429 a. C., Aspasia tuvo una enorme influencia en los círculos del poder. Es un misterio cómo utilizó esa posición de inesperado protagonismo. Pero en ese periodo sucede algo sin precedentes: los textos de los trágicos, de los cómicos y de los filósofos empiezan a discutir —o ridiculizar— la extravagante idea de la emancipación femenina, una cuestión que antes de esa época ningún griego había mencionado.

En esas décadas fulgurantes, habló desde los escenarios Antígona, la chica que osa desafiar a solas la ley injusta de un tirano en nombre de los principios humanitarios, y Lisístrata, que en plena guerra tiene la fantástica ocurrencia de aliarse con las mujeres del bando enemigo para organizar una huelga sexual conjunta hasta que se firme la paz, y Praxágora, que, al frente de un grupo de vecinas atenienses, suplanta a los hombres en la asamblea y con los votos femeninos instaura un régimen comunista e igualitario, y la rebelde extranjera Medea.

Nadie llega más lejos que la Medea de Eurípides. Imagino el público de hombres que llenase el teatro en la mañana de la primera representación, en el año 431 a. C. Con los ojos fijos en el escenario, atrapados por el magnetismo del miedo, contemplaron cómo una mujer agraviada y vengativa desencadenaba el horror más absoluto. Vieron lo innombrable: una madre asesinando a sus hijos con sus propias manos para herir al marido que la abandonaba y la condenaba al exilio. Oyeron palabras absolutamente nuevas. Medea habló en voz alta, por primera vez, de la furia y la angustia que anidaba en los hogares atenienses: «Nosotras las mujeres somos el ser más desgraciado. Empezamos por tener que comprar un esposo con dispendio de riquezas y tomar un amo de nuestro cuerpo, y este es el peor de los males. Separarse del marido es escandaloso para las mujeres, no así para los varones. Cuando ellos se aburren en casa, salen a distraerse. Sin embargo, si hacemos lo mismo, no nos dejan salir diciendo que hay que cuidar a los hijos. Aseguran que, permaneciendo en casa, las mujeres evitamos peligros, mientras que el hombre, pobrecillo, ha de ir a batirse a la guerra». Medea, en conflicto con su encierro y su maternidad, acaba diciendo que preferiría librar tres guerras antes que parir una sola vez.

Contagiadas por Medea, las mujeres del coro van abandonando también su actitud modesta y atemorizada. En un momento dado, una de ellas se atreve a decir que las mujeres no deben quedar excluidas de la filosofía, de la política, de los razonamientos sutiles y de los debates: «Nosotras también poseemos una musa que nos acompaña en busca de la sabiduría». En la tragedia griega, el coro representaba la voz de la comunidad. Por tanto, allí no hablaba la extranjera díscola, sino las atenienses de vida ordenada y hogareña. Para rizar el rizo, todas las audacias de Medea y su coro femenino las pronunciaron sobre el escenario hombres travestidos con largas pelucas y encaramados sobre enormes zapatos con plataforma. Paradojas de la historia, en Grecia inventaron las drag queens, pero a ninguna mujer se le permitía ser actriz.

Quiero imaginar que las ideas nuevas flotaban en el aire, que algún tipo de movimiento social agitaba el debate en las plazas de Atenas. El teatro siempre ha sido un escenario de la discusión colectiva. Muy especialmente en Grecia, las comedias y las tragedias traslucían los conflictos más candentes. Buscaban su inspiración en el ágora, las calles y las asambleas, para llevar a la escena las inquietudes políticas del momento. Es verosímil imaginar que Antígona, Lisístrata, Praxágora y Medea eran presencias reales, de alguna manera, en la vida ateniense de aquellos años.

Me gustaría creer que esa corriente de cambio, seguramente sostenida por el carisma de Aspasia, impregnó incluso el pensamiento de Platón, que ni de lejos era un apóstol de la igualdad. De hecho, el filósofo sostuvo en uno de sus libros que, como castigo, los hombres injustos se reencarnaban en mujeres, y que por eso existía el sexo femenino. Resulta casi increíble que aquel mismo individuo, a quien leemos que nacer mujer es una condena y una expiación, escribiera estas líneas asombrosas en su República: «Ninguna ocupación en el gobierno del Estado corresponde a la mujer por ser mujer ni al hombre en cuanto hombre, sino que las dotes naturales están similarmente distribuidas entre ambos, y la mujer participa, por naturaleza, de todas las ocupaciones, lo mismo que el hombre».

Aspasia es uno de los mayores misterios y ausencias de los documentos antiguos. Lo que hizo, pensó y dijo nos llega filtrado por otros. Nos dicen que se dedicó a escribir y enseñar; quiero creer que además, con su poderosa oratoria, alentó el primer movimiento de emancipación del que hay noticia. Me gusta imaginar que gracias a ella las mujeres de Atenas y de otras ciudades se atrevieron a traspasar el umbral de las grandes escuelas filosóficas. En la Academia platónica hubo al menos dos discípulas: Lastenia de Mantinea y Axiotea de Fliunte. La última, según dicen, vestía de hombre. Una hetaira llamada Leoncia fue filósofa en el Jardín y amante de Epicuro. Escribió un libro sobre los dioses —hoy perdido sin dejar rastro—, donde intentaba derribar las tesis de filósofos muy respetados. Siglos después, Cicerón le lanzó una agria descalificación: «¿Incluso una putilla como Leoncia tuvo la audacia de escribir contra Teofrasto?».

La más conocida y transgresora de todas fue Hiparquia de Maronea, de la escuela de los cínicos. Que sepamos, es la única filósofa a la que los antiguos dedicaron una breve biografía. No dejó ningún escrito, pero fue célebre por dinamitar todas las convenciones en su conducta pública. Renunció a la fortuna familiar y vivió en la calle con su amante Crates, vistiendo harapos. Como ambos creían que las necesidades naturales eran buenas y no debían avergonzar a nadie, practicaban el sexo a la vista de todos, sin espantar a los mirones. Cierto día, un hombre señaló a Hiparquia y preguntó: «¿Es esta la que ha abandonado la lanzadera? Y ella contestó: Sí, soy yo. ¿Te parece que me equivoco dedicando a mi propia educación el tiempo que iba a gastar en el telar?».

Después de todo, quizá Hiparquia pensaba, con humor juguetón, que la mente es un gran telar de palabras. Todavía entre nosotros, en la terminología literaria se continúa empleando esa imagen de la narración como tapiz. Seguimos hablando —con metáforas textiles— de tramas, de urdimbres, de hilar relatos, de tejer historias. ¿Qué es para nosotros un texto, sino un conjunto de hebras verbales anudadas?

Así se describía a sí misma la poeta portuguesa Sophia de Mello Breyner: «Pertenezco a la estirpe de aquellos que recorren el laberinto sin perder nunca el hilo de lino de la palabra».

 

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Los mitos se tejen y se destejen, como cuenta la leyenda que hacía Penélope. Durante los veinte años que pasó esperando el regreso de Ulises, el palacio de Ítaca se llenó de pretendientes que querían declarar muerto al rey ausente y ocupar su lecho. Ella les prometió que escogería marido cuando terminase un sudario para su anciano suegro Laertes. Durante tres años, tejía el sudario durante el día y, astutamente, lo destejía por la noche. Sentada en el telar, movía la lanzadera y trenzaba un engaño salvador que cada mañana volvía a empezar.

Los escritores antiguos comprendieron muy pronto que los caminos más fascinantes son aquellos que nacen en las grietas, en los puntos ciegos y en las manipulaciones del relato. ¿Penélope esperó fielmente a Ulises o lo engañó en su ausencia? ¿Helena estuvo o no estuvo en Troya? ¿Abandonó Teseo a Ariadna, o fue raptada? ¿Orfeo amaba a Eurídice más que a su vida o fue el primer pederasta? Todas estas variantes coexistieron dentro del enmarañado laberinto de la mitología griega. Como en Rashomon, debemos elegir entre relatos incompatibles entre sí. Aquella primitiva literatura europea nos legó ese gusto por la multiplicación de los puntos de vista, por las variaciones y diferentes lecturas, por las narraciones tejidas y destejidas una y otra vez.

Siglo tras siglo, seguimos ovillando y devanando las leyendas que los griegos nos contaron en forma de caleidoscopio ambiguo. En el Ulises de Joyce, la cantante Molly Bloom, una peculiar y deslenguada Penélope, expone su versión del mito en una larga frase sin puntuación, que no se cuenta por líneas sino por páginas —más de noventa—, y salpicada de obscenidades. El libro se cierra con su atropellado monólogo íntimo, mientras yace en la cama junto a su marido. Recuerda la infancia en Gibraltar, sus amores, su maternidad, el deseo, cuerpos, voces, lo inconfesable. La última palabra de la novela le corresponde a ella. Y es la palabra «Sí». Penélope puede desplegar al fin un erotismo rotundo, afirmativo: «… primero le rodeé con los brazos sí y le atraje encima de mí para que él pudiera oler mis pechos todos perfume sí y el corazón le corría como loco y sí dije sí quiero Sí».

También la canadiense Margaret Atwood ha viajado al paisaje homérico de la Odisea, donde los monstruos femeninos permiten una relectura humorística. Margaret presta voz a una sirena, una burlona mujer-pájaro que según el mito anida en una isla rocosa sin nombre, atiborrada de esqueletos y cadáveres. En el poema, la gran seductora revela su secreto mortal y dulce, las palabras con las cuales atrae hacia el naufragio y la muerte a los navegantes que osan acercarse a sus arrecifes. ¿En qué consiste su poderoso hechizo? «Esta es la canción que todo el mundo quisiera aprender, la canción que obliga a los hombres a saltar por la borda en escuadrones, aun cuando ven los cráneos varados en la playa, la canción que nadie conoce porque todos los que la oyeron están muertos… Voy a contarte el secreto a ti, a ti y solamente a ti. Acércate. Esta canción es un grito de ayuda: ¡Ayúdame! Solo tú, solo tú puedes, porque eres único. Ay, es una canción aburrida pero funciona siempre». Irónica, la sirena reconoce que no hace falta ser una criatura mitológica y fatal para engatusar a los héroes; basta llamarlos con voz susurrante, pedirles auxilio, halagar su vanidad.

La poeta Louise Glück le permite explicarse a la maga Circe, tía de Medea. Homero la acusó de usar sus ungüentos mágicos para convertir en cerdos a los compañeros de Ulises. Ella cuenta una historia infinitamente más sarcástica: «Jamás convertí a nadie en cerdo. Algunas personas ya son cerdos; yo hago que lo parezcan. Estoy harta de tu mundo, donde lo exterior disfraza lo interior». Y, cuando su amante Ulises decide abandonarla, la bruja, sola en la playa, dialoga con el mar de todos los relatos: «El gran hombre vuelve su espalda a la isla. Ahora, ya no morirá en el paraíso… Ahora es tiempo de que vuelva a escuchar el pulso del narrativo mar, al alba. Lo que nos trajo hasta aquí nos llevará de aquí; nuestra nave se mece sobre las tintas aguas del puerto. Se terminó el hechizo. Devuélvele su vida, mar que solo puedes marchar hacia delante».

Las leyendas proceden de un mundo arcaico, pero en nuestro telar volvemos a trenzarlas con hebras nuevas. Por mucho que se empeñe Telémaco en gobernar las palabras e imponer silencio, tarde o temprano nacen versiones del mito desde el punto de vista de Penélope y las demás mujeres, las tejedoras de historias.