El infinito en un junco
El veneno de los libros. Su fragilidad
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Los bibliotecarios de Alejandría no expulsaron a los poetas griegos, ni tampoco a Platón. A orillas del Nilo, el palacio de los libros ofrecía hospitalidad a los dos bandos adversarios. Sus anaqueles crearon uno de esos insólitos espacios de armisticio donde las hostilidades cesan, los enemigos se rozan en la promiscuidad de los estantes, las fronteras se difuminan y la lectura se convierte en una forma más de reconciliación.
Sabemos que la Gran Biblioteca acogió las ideas, los hallazgos y los gruñidos de Platón. No sin cierta dosis de ironía, pues el sabio Calímaco, autor de los Pínakese ilustre miembro del Museo, quiso dejar constancia del cariz asesino que podían llegar a tener los libros platónicos.
La anécdota figura en un brevísimo texto en verso. Tal vez Calímaco, como poeta que era, quería lanzar un dardo a Platón en nombre del gremio. Su poema describe el suicidio de un tal Cleómbroto de Ambracia, que se lanzó al vacío desde lo alto de una muralla. Nos dice que a este joven no le había sucedido nada capaz de empujarlo a la muerte, salvo que «había leído un tratado, uno solo, de Platón: Sobre el alma». Nosotros conocemos el diálogo que se llevó por delante al pobre Cleómbroto con el título de Fedón. Muchos se han preguntado por qué se suicidaría tras leer esa obra, que relata las últimas horas de Sócrates antes de tomar su ración de cicuta. Algunos sostienen que no pudo soportar la muerte del sabio, pero otros argumentan que su salto al vacío se debió a un razonamiento del propio Platón, que afirma que la plenitud de la sabiduría nos llegará solo tras la muerte. En todo caso, Calímaco dejó caer sibilinamente su crítica: quizá los jóvenes peligran más, después de todo, leyendo a Platón que a los poetas.
No sabemos si el de Cleómbroto fue un caso aislado, o si tal vez el Fedón sembró un reguero de suicidios parecido al que dejaría siglos más tarde Los sufrimientos del joven Werther. Desde su publicación en 1774, la atormentada novela de Goethe arrastró a muchos jóvenes europeos con penas de amor a descerrajarse un tiro, imitando al protagonista. El autor vivió con alarma el fenómeno social —y funerario— en el que, reedición tras reedición, se iba convirtiendo su libro. Se sabe que las autoridades de algunos países llegaron a prohibirlo por motivos de salud pública.
Goethe se había inspirado en el suicidio real de un amigo, y en sus propias fantasías adolescentes de muerte. Más de cincuenta años después, en su biografía Poesía y verdad reconoce que solo pudo apaciguar esa pulsión autodestructiva haciendo que Werther se disparase simbólicamente en su lugar. Pero el fantasma que el escritor logró expulsar con ese exorcismo literario pasó a atormentar a sus lectores, algunos de los cuales sucumbieron a su macabro influjo. Doscientos años después, en 1974, el sociólogo David Phillips acuñó el término «efecto Werther» para describir el misterioso reflejo de imitación que presenta la conducta suicida. Incluso un personaje de ficción puede ser el agente de contagio, desencadenando casos idénticos. Otra maravillosa novela desasosegante, Las vírgenes suicidas, de Jeffrey Eugenides, indaga en el profundo enigma psicológico de las muertes imitativas.
Sea como sea, el caso del lector del Fedón que saltó desde una muralla — la versión griega del viaducto— iba a inaugurar sin pretenderlo un nuevo filón literario: los relatos sobre libros que causan la muerte. No es extraño que el más famoso de todos, el Necronomicón, tenga nombre griego. Este volumen maldito, cuya sola lectura provoca la locura y el suicidio, es una invención de H. P. Lovecraft para el universo terrorífico de sus Mitos de Cthulhu. Del Necronomicón, por supuesto, nunca llegamos a conocer el contenido porque nadie ha sobrevivido para revelarlo. Se rumorea persistentemente que alberga saberes arcanos y hechizos de brujería que permiten entablar contacto con seres alienígenas de malignos poderes, los Antiguos. Expulsados en tiempos inmemoriales de nuestro planeta por practicar la magia negra, estos seres yacen aletargados en el espacio a la espera de una oportunidad de apoderarse del mundo, que ya una vez fue suyo.
Lovecraft se divirtió escribiendo una minuciosa historia del Necronomicón y sus traducciones con tal lujo de detalles bibliográficos que algunos lectores han creído ciegamente en su existencia, y ciertos anticuarios estafadores han fingido que poseían un ejemplar, poniéndolo a la venta para incautos. La broma bibliófila comienza por el nombre mismo del autor, un supuesto poeta árabe loco llamado Abdul Al Hazred. En realidad, se trata de un apodo infantil del propio Lovecraft, inspirado por los cuentos de Las mil y una noches. Al Hazred es un guiño al inglés all has read, «el que todo lo ha leído».
Los relatos de Los mitos de Cthulhu son pródigos en avisos sobre las consecuencias funestas de leer el Necronomicón. Se nos advierte que en la Edad Media, debido a su influencia, sucedieron hechos espantosos, y el libro fue condenado por la Iglesia en el año 1050. Siempre según la versión de Lovecraft, pese a las maldiciones se imprimió una traducción al latín del libro sacrílego en la España del siglo XVII. Subsistirían cuatro ejemplares de esa edición, uno en el Museo Británico, otro en la Biblioteca Nacional de París, otro en Harvard, y el último en la ficticia Universidad estadounidense de Miskatonic, en la también ficticia ciudad de Arkham. Seguidores bromistas de Lovecraft han falsificado fichas del libro para los catálogos de diversas bibliotecas del mundo, atribuyendo la procedencia de la edición prohibida a la ciudad de Toledo. Allí donde aflora un presunto ejemplar, se disparan las peticiones de préstamo —al parecer, la curiosidad puede más que el miedo a la estela de demencia y muerte que deja a su paso el Necronomicón—.
Platón, el árabe loco Al Hazred y Goethe escribieron libros capaces de arrastrar a la perdición con el hechizo oscuro de sus palabras. Otra curiosa faceta de la muerte lectora son los libros envenenados. Que yo sepa, la aparición más antigua de estos volúmenes asesinos se remonta a Las mil y una noches. Al final de la noche cuarta y durante toda la quinta, Sherezade narra la historia del rey Yunán y el médico Ruyán. Tras curar la lepra del rey, el médico Ruyán descubre que el desagradecido monarca pretende deshacerse de él, así que urde un plan para castigarlo. Le regala un libro, «extracto de los extractos, rareza de las rarezas, que contiene maravillas inestimables». Sucede que las hojas están impregnadas de veneno y el rey acaba muriendo: «Yunán se asombró hasta el límite del asombro. Lleno de impaciencia, tomó el libro y lo abrió, pero encontró las hojas pegadas. Entonces metiendo su dedo en la boca, lo mojó con saliva y logró despegar la primera hoja. Lo mismo tuvo que hacer con la segunda y la tercera, y cada una se abría con mayor dificultad. De ese modo el rey abrió seis hojas y trató de leerlas, pero no pudo hallar ninguna escritura. Apenas algunos instantes después el veneno circuló por su organismo, pues el libro estaba envenenado».
Si después de ver Psicosis muchas personas hemos sentido un escalofrío al ducharnos a solas en un hotel, este cuento de Las mil y una noches puede provocar similares estremecimientos a los lectores acostumbrados a humedecer la yema del dedo para pasar las hojas. Varias veces en mis lecturas he vuelto a tropezar con el libro embadurnado en veneno, como si empezase a convertirse en un clásico del terror bibliófilo. Recuerdo el bellísimo tratado de cetrería con el que la malvada reina Catalina de Médici mata por error a su hijo Carlos en La reina Margot, de Alexandre Dumas, y el tratado sobre la risa de Aristóteles —del que ya he hablado—, que provoca una cosecha roja en la tétrica abadía de El nombre de la rosa. Me gusta especialmente la escena de la revelación del secreto: cuando el detective franciscano Guillermo de Baskerville resuelve el misterio de los crímenes, no puede evitar un instante de admiración hacia el asesino. Reconoce que el libro es un arma ejemplar y sigilosa con la cual «la víctima se envenena sola, justo en la medida que quiere leer».
Por desgracia, el último capítulo de esta historia de los libros homicidas es estrictamente verídico. Pienso en los libros-bomba, volúmenes en cuyo interior se colocan explosivos de gran potencia para matar a su destinatario al abrirlo. La Casa Blanca recibe año tras año cientos de libros con bombas, que desactivan los organismos de seguridad. Cientos de empleados de correos, periodistas, porteros, secretarias, y hombres y mujeres de los más variados oficios han muerto en todo el mundo por esta causa. Cualquiera podría ser víctima de este tipo de ataque. El estudioso Fernando Báez afirma que decenas de manuales clandestinos en internet enseñan a fabricar libros-bomba. Al parecer, los terroristas expresan preferencias por ciertos autores y abundan las listas de títulos, categorías y tamaños. Algunos grupos consideran inadecuada la Biblia y, en cambio, quién sabe por qué, encuentran muy útil Don Quijote. El 27 de diciembre de 2003 estuvo a punto de morir Romano Prodi, presidente de la Comisión Europea, cuando abrió un ejemplar-bomba de El placer, de Gabriele D’Annunzio. Como es evidente, los políticos y altos cargos que no leen están más protegidos.
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Nos gusta imaginarlos peligrosos, asesinos, inquietantes, pero los libros son, sobre todo, frágiles. Mientras lees estas líneas, una biblioteca arde en algún lugar del mundo. Una editorial destruye ahora mismo sus fondos no vendidos para volver a fabricar pulpa de papel. No lejos de ti, una inundación sumerge en el agua alguna valiosa colección. Varias personas se deshacen de una biblioteca heredada en un contenedor cercano. Te rodea un ejército de insectos cuyas mandíbulas están abriendo túneles de papel para depositar sus larvas en un universo de pequeños laberintos en infinitas estanterías. Alguien está ordenando una purga de obras molestas para el poder. Un saqueo destructivo sucede ahora mismo en un territorio inestable. Alguien condena una obra por inmoral o blasfema y la lanza a una hoguera.
Hay una larga historia de horror y fascinación que relaciona el fuego y los libros. Galeno escribió que los incendios, junto con los terremotos, son las causas más frecuentes de su destrucción. Las llamas que aniquilan palabras estallan a veces de forma accidental, pero en muchas ocasiones son intencionadas. Quemar libros es un empeño absurdo que se repite con terquedad a lo largo de los siglos, desde Mesopotamia hasta el presente. La coartada es asentar los cimientos de un nuevo orden sobre las cenizas del anterior, o regenerar y purificar un mundo que los escritores han contaminado.
Cuando las autoridades censoras se empeñaban en hacer arder ejemplares del Ulises, Joyce comentó irónico que, gracias a esas llamas, sin duda tendría un purgatorio menor. En aquellos mismos años, la barbarie nazi ejecutaba su operación Bücherverbrennung («quema de libros») en las plazas públicas de decenas de ciudades alemanas. Miles de libros eran trasladados en camiones y apilados para su destrucción. Se formaban cadenas humanas para llevarlos de mano en mano hasta la hoguera. Los investigadores calculan que durante el bibliocausto nazi ardieron las obras de más de 5.500 autores a quienes los nuevos líderes consideraban degenerados, un prólogo de los hornos crematorios que llegarían después, como había profetizado Heinrich Heine en 1821, al escribir: «Allí donde queman libros, acaban quemando personas». La famosa frase, por cierto, pertenece a una obra de teatro titulada Almanzor, donde la obra quemada era el Corán, y los pirómanos, inquisidores españoles.
En el año 2010, cuando la comunidad internacional se preparaba para conmemorar nueve años de duelo por los atentados del 11 de septiembre, el pastor de una pequeña iglesia cristiana de Florida anunció que iba a quemar ejemplares del Corán en el aniversario de los ataques terroristas —para ser exactos entre las seis y las nueve de la noche, en la franja horaria de máxima audiencia televisiva—. El rostro de Terry Jones, un sañudo ministro religioso con bigote en forma de herradura, con su aire indeciso entre prócer decimonónico y bronceado ángel del infierno, empezó a aparecer a diario en la prensa mundial y en los telediarios durante aquellas jornadas inflamables. Anunció que quería convertir el 11-S en el día internacional de la quema del Corán y llamaba a celebrar en familia esa alegre fiesta vandálica: el Burn a Koran Day. Las autoridades no podían detener su provocador llamamiento — ninguna ley impide prender fuego en terreno privado a un libro adquirido legalmente—. Para evitar un estallido de protestas y disturbios en países islámicos, el presidente Barack Obama y el presidente de la CIA intentaron disuadirle en nombre de la seguridad de las tropas desplegadas en Afganistán e Irak. El asunto se convirtió en una emergencia internacional. El reverendo Jones cedió en un primer momento a las presiones, pero en marzo de 2011 no pudo soportar el peso de la capitulación. Como ese personaje de Aristófanes que organiza un tribunal en casa para procesar a su perro por haberse zampado un queso, Terry Jones escenificó una pantomima de juicio al Corán. Tras ocho minutos de deliberación, el autoproclamado tribunal condenó al libro por crímenes contra la humanidad y procedió a quemar un ejemplar, mostrando las imágenes al mundo a través del correspondiente vídeo de YouTube. Varias personas murieron o sufrieron heridas graves en Afganistán durante los tumultos que desencadenó la grabación.
El rápido ascenso a la fama —y a la infamia— del reverendo Jones demuestra que arrojar un libro a la hoguera, incluso si la obra no corre el más mínimo riesgo de desaparecer, es un poderoso acto simbólico, casi mágico. Nuestra sociedad global, sofisticada y tecnológica, todavía puede tambalearse por la onda expansiva de un gesto de tan antigua barbarie.
Las hogueras de papiro, pergamino y papel son el emblema de un viejo naufragio repetido. La historia de los primeros libros concluye a menudo en el fuego. Un melancólico personaje de Borges reflexiona: «Cada tantos siglos hay que quemar la Biblioteca de Alejandría». Es la breve crónica de un desastre inmenso: en la capital del delta ardió varias veces, hasta su completa devastación, un gran sueño de la Antigüedad. Y aquellas llamas alimentadas por libros sembraron oscuridad.