El infinito en un junco

Irene Vallejo · Capítulo 21 de 45

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El infinito en un junco

Una apasionada relación con las palabras

 

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Gracias a los antiguos vertederos, podemos asomarnos a los textos escritos por gente corriente en Egipto. Ya he explicado que el papiro, el material de escritura habitual en aquel tiempo, se conserva en climas muy secos, mientras que la humedad de un régimen normal de lluvias lo destruye. En algunas zonas egipcias —por desgracia, no en la región del delta, donde está Alejandría—, se han podido recuperar escritos abandonados o arrojados a la basura hace dos mil años. Esos textos permanecieron donde estaban, sin deteriorarse ni desintegrarse, cubriéndose poco a poco, a lo largo de los siglos, con la capa protectora de la arena ardiente del país. Y se conservaron intactos. De ahí que miles y miles de papiros, descubiertos por campesinos o excavados por arqueólogos, hayan llegado a nuestras manos, a veces con la tinta casi tan fresca como el día en que una mano antigua escribió en ellos. El contenido de los textos es muy variado —desde la correspondencia de un orgulloso oficial hasta sus listas de ropa sucia para lavar—. Casi todos los papiros están escritos en griego, la lengua del Gobierno y la población culta. Las fechas abarcan desde el año 300 a. C. hasta el 700 d. C., desde la ocupación griega de Egipto, pasando por los años de dominación ptolemaica y romana, hasta la conquista árabe.

Los papiros demuestran que muchos griegos sin cargos en la Administración sabían leer y escribir, se ocupaban personalmente de sus trámites, redactaban documentos mercantiles y atendían su correspondencia sin recurrir a escribas profesionales. Y además leían por placer. En una carta a un amigo, un hombre, aburrido, escribe desde la monotonía de una aldea egipcia: «Si ya has copiado los libros, envíamelos, para tener algo que nos ayude a pasar el rato, porque no tenemos a nadie con quien hablar». Sí, había gente que buscaba en los libros un salvavidas frente al tedio rural. Hemos desenterrado restos de lo que leían, trozos de libros o incluso obras enteras. No se han encontrado papiros en la húmeda Alejandría, que se jactaba de tener más lectores que ningún otro lugar del mundo pero, aun así, los hallazgos de las zonas secas nos permiten curiosear las lecturas de la época. Y, si nos fiamos de las estimaciones basadas en el número de restos encontrados de cada obra, incluso podemos saber cuáles eran los libros favoritos de aquellos lectores.

Reconozco que, ante las lecturas ajenas, siento una curiosidad sin freno. En los autobuses, en el tranvía y en el tren, retuerzo el cuello en contorsiones inverosímiles intentando fisgonear qué leen los viajeros a mi alrededor. Creo que los libros describen a las personas que los tienen entre las manos. Por eso me parece emocionante curiosear en la intimidad de aquellos lectores de la periferia egipcia a través de la distancia de los siglos. A juzgar por la cronología, serían esos mismos hombres y mujeres que nos interpelan con sus grandes ojos nostálgicos desde los retratos del Fayum, y están tan vivos que nos recuerdan vagamente a alguien conocido.

¿Qué revelan los papiros sobre ellos? Su poeta preferido, con diferencia, era Homero. Les gustaba más la Ilíada que la Odisea. También leían a Hesíodo, Platón, Menandro, Demóstenes y Tucídides, pero el segundo en el pódium era Eurípides, lo que me recuerda una anécdota maravillosa sobre el poder de los libros.

Volvamos la vista atrás, hacia los años convulsos de la guerra del Peloponeso. Los gobernantes de la imperialista Atenas, como si no les bastase con pelear contra la poderosa Esparta, lanzaron una expedición surcando los mares hasta Sicilia para sitiar Siracusa. La campaña fue un fracaso devastador: unos siete mil atenienses, con sus aliados, cayeron prisioneros y fueron condenados a trabajos forzados en las canteras —llamadas «latomías»— de la pólis vencedora. Allí, según cuenta Tucídides, se dejaron las manos y la vida a golpe de martillo. Encerrados en las profundidades, expuestos al calor abrasador o al frío, enfermos, conviviendo con cadáveres, hediondos por sus propias heces y orines, alimentados con un solo cuartillo de agua y dos de cebada al día, fueron muriendo gradualmente. Plutarco cuenta que a los siracusanos les gustaba tanto la poesía que perdonaron la vida y dejaron marchar a quienes fueron capaces de recitar de memoria algún verso de Eurípides. «Se dice que muchos de los que por fin pudieron volver sanos y salvos a sus casas visitaron con la mayor gratitud a Eurípides, y algunos le contaron que se habían librado de la esclavitud recitando fragmentos de sus obras que sabían de memoria, y otros, que, dispersos y errantes después de la batalla, habían conseguido que les dieran comida y agua después de cantar sus versos». Por cierto, en esas mismas latomías sicilianas hoy abarrotadas de turistas, san Pablo predicó la palabra de Jesús, y Churchill pintó acuarelas.

Homero y Eurípides eran los ganadores de la competición, los escritores que esculpían los sueños de los griegos. En la infancia, todos aprendían a leer y escribir copiando sus versos, lo que explica la cantidad de papiros descubiertos. No se introducía a los niños en la lectura con frases fáciles como «Mi mamá me ama». El método educativo consistía en una brusca inmersión. Casi desde el principio los agarraban del pescuezo, y los sumergían en las frases bellas y difíciles de Eurípides, que apenas podrían entender («Bálsamo precioso del sueño, alivio de los males, ven a mí» o «No desperdicies lágrimas frescas en dolores pasados»). Muchos fragmentos encontrados serían, con gran probabilidad, copias de estudiantes. Pero también había lectores enamorados de la música de aquellos versos. Hay un caso especialmente conmovedor. Los arqueólogos han encontrado un rollo de papiro bajo la cabeza de una momia femenina, casi en contacto con su cuerpo. Ese rollo contiene un canto particularmente hermoso de la Ilíada. Supongo que aquella lectora entusiasta quiso asegurarse de tener libros en la otra vida y de poder recordar las aladas palabras de Homero más allá del río del olvido, que, según sus creencias, cruzaría para llegar al mundo de los muertos.

Bajo las arenas de Egipto han aparecido docenas de escritos que pertenecieron a coleccionistas privados —comedias, obras filosóficas, estudios históricos, tratados de matemáticas y música, manuales técnicos e incluso textos de autores desconocidos para nosotros hasta el hallazgo—. Pienso en aquellos bibliófilos anónimos y me pregunto cómo consiguieron todos esos libros minoritarios. Seguramente, los rollos de Homero, de Eurípides y de algún otro autor famoso se podían conseguir sin dificultades en las librerías de Alejandría. Pero las copias de libros poco comunes debían de hacerse por encargo. Es el caso de un ejemplar de La Constitución de Atenas, de Aristóteles. Lo más probable es que su dueño encargase la copia a un taller, y posiblemente el establecimiento que realizó el trabajo tuvo que enviar a un copista a la Biblioteca de Alejandría para trabajar a partir del original depositado allí. Dichos desplazamientos sin duda aumentarían vertiginosamente el precio del encargo. En aquellos tiempos, conseguir un libro raro podía convertirse en una pequeña odisea y, con seguridad, en una sangría para la bolsa.

Los lectores con la faltriquera llena de telarañas tenían que consolarse con acudir a bibliotecas. Las hubo incluso fuera de Alejandría y Pérgamo. Pequeñas y locales, no podrían compararse con las asombrosas colecciones reales, pero al menos ofrecerían a sus visitantes los obras fundamentales de los grandes autores. Conocemos la existencia de estos establecimientos, una vez más, gracias a inscripciones en piedra. Sabemos, por ejemplo, que hubo una biblioteca en la isla de Cos, cerca de la actual Turquía. Ha sobrevivido un fragmento de inscripción que enumera una serie de donaciones privadas. Un padre y su hijo sufragaron el edificio y además donaron cien dracmas. Otras cuatro personas regalaron doscientos dracmas y cien libros cada una. Dos más aportaron doscientos dracmas. El dinero estaría destinado, sin duda, a comprar libros. Hay evidencias parecidas en Atenas y en otros lugares.

Es muy posible que aquellas bibliotecas estuvieran asociadas al gymnasium local de su ciudad. En su origen, los jóvenes practicaban allí atletismo y lucha. «Gimnasio» deriva de la palabra «desnudez», porque la costumbre griega era —para escándalo de los bárbaros— ejercitarse enseñando sin pudor ni tapujos el esplendor del cuerpo masculino embadurnado en aceite. En la época helenística, los gimnasios ya se habían transformado en centros de educación, con aulas, recintos para conferencias y salas de lectura. Sabemos que al menos el gymnasium de Atenas poseía una biblioteca, porque se conserva parte de un catálogo en piedra. Al parecer, esa lista de fondos estaría grabada en la pared de la biblioteca, donde los lectores podían consultarla rápidamente sin el engorro de tener que abrir y plegar un rollo que, además, correría el peligro de deteriorarse rápidamente por el uso continuo. Según el catálogo, la biblioteca estaba especializada en comedia y tragedia. De Eurípides había más de dos docenas de títulos, y de Sófocles más de una docena. También figuran quince comedias de Menandro. Solo constan dos libros en prosa, uno de los cuales es un discurso de Demóstenes. En cambio, la biblioteca de Rodas, un conocido centro de estudios retóricos, apenas poseía obras teatrales —estaba especializada en ensayos de política e historia—.

Si las evidencias de Atenas y Rodas se pueden extrapolar a todas las ciudades con gimnasios, durante el helenismo habría más de cien bibliotecas, una delicada red venosa que bombeaba el oxígeno de las palabras y de los relatos de ficción hacia todos los rincones del territorio.

 

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Demóstenes quedó huérfano a los siete años. Su padre, fabricante de armas, le dejó un patrimonio suficiente para vivir sin angustias económicas, pero sus tutores derrocharon la herencia. Su madre, arruinada, no tenía dinero para pagarle una buena educación. Pasaban apuros. Los chicos del barrio se reían de él por su aspecto flaco, enclenque y delicado. Incluso le pusieron un apodo: bátalo, que significaba «ano», es decir, «maricón». Además, sufría un penoso defecto que le acomplejaba y le paralizaba al hablar. Seguramente tartamudeaba o tenía dificultad para pronunciar ciertas consonantes.

Cuentan que Demóstenes venció sus problemas con sádica disciplina. Se obligaba a hablar con guijarros en la boca. Salía a correr por el campo para fortalecer sus pulmones y recitaba versos con el aliento cansado, jadeando cuesta arriba. Paseaba a orillas del mar en días de tormenta para mejorar su capacidad de concentración entre el rugido de las olas. Ensayaba en casa frente a un espejo de cuerpo entero, repitiendo frases desafiantes y haciendo poses. La escena, contada por Plutarco, parece preparar el terreno al «You talkin' me?» de Robert De Niro en Taxi Driver. Pobre, huérfano, tartamudo y humillado, años después se convertiría en el orador más famoso de todos los tiempos. Los antiguos griegos, como los norteamericanos de hoy, adoraban una buena historia de superación.

El número diez simboliza la perfección. Está en la base de nuestro sistema decimal. En el mundo académico representa la calificación máxima, o sea, la excelencia. Para los pitagóricos era una cifra mágica y sagrada. No es casual que fueran diez los oradores áticos canónicos cuyas obras merecían ser conservadas y estudiadas. Los antiguos creían que el fascinante poder de las palabras encontraba su máxima expresión —precisamente— en los discursos.

Los griegos siempre tuvieron fama de grandes charlatanes y de litigantes inagotables. Los héroes de sus mitos no eran, como en el imaginario de otras culturas, meros guerreros brutos y musculosos, sino que todos sabían lanzar, cuando se terciaba, una arenga bien adornada, pues habían sido educados para ser expertos en la palabra. Las instituciones democráticas de Atenas ensancharon la esfera de los discursos: todos los atenienses —entiéndase: los que cumplían los requisitos de ser libres y hombres— tenían la posibilidad de hablar ante sus conciudadanos en la Asamblea, donde se votaban las decisiones políticas, y decidir, como miembros de jurados populares, sobre la solidez de los discursos ajenos. Al parecer, adoraban el parloteo ininterrumpido que era el ingrediente principal de su vida cotidiana, desde el ágora al parlamento. Aristófanes escribió una comedia paródica sobre un individuo llamado Filocleón, un auténtico yonqui de los juicios. Para ayudarle a superar la compulsión fiscal, su hijo monta un juzgado en su propia casa y le ofrece la presidencia al padre. A falta de alguien a quien acusar, juzgan al perro de la familia por haberse comido un pedazo de queso en la cocina, improvisando largos alegatos en su favor y en su contra. La pantomima alivia a Filocleón como un chute de metadona a un yonqui.

Heródoto relata que, la noche anterior a la crucial batalla de Salamina, a la que debían llegar frescos y descansados, los generales griegos se enzarzaron en una riña tumultuaria que se prolongó hasta altas horas de la madrugada, mientras los soldados rasos rezongaban y criticaban la insensatez de sus superiores. El altercado no les impidió ganar la batalla, pero Heródoto parece lamentar ese temperamento peleón suyo, que en su opinión fue la causa de que los griegos nunca consiguieran construir un estado fuerte y unitario. Sí, amaban las palabras y los argumentos incisivos. Por eso eran capaces de crear poemas de bellísima orfebrería verbal, pero también de convertir cualquier discusión en una riña estéril y destructiva.

La oratoria de los abogados y estadistas griegos era bastante diferente de la actual. En ausencia de leyes contra los libelos y agravios, los oradores se maltrataban unos a otros con un verdadero lujo de injurias. Las interminables acusaciones personales y la imputación de bajos motivos al adversario añadían un interés morboso, casi pugilístico, a los debates. Llegaron a perfeccionar hasta tal punto el arte de vapulearse unos a otros con ingeniosos insultos que el espectáculo debía de ser hipnótico. En los tribunales —todos compuestos por jurados—, las cuestiones legales importaban menos que la astucia de la argumentación. Para los procesos privados, la práctica jurídica exigía que el propio litigante defendiera su caso ante el tribunal con dos discursos sucesivos. No existían abogados que ejercieran la representación de sus clientes como se hace en la actualidad. Lo habitual era que los litigantes no confiasen en sí mismos para componer su defensa o la parrafada de acusación, y en general acababan contratando los servicios de un personaje llamado «logógrafo» que estudiaba el caso y escribía un discurso convincente, lo más coloquial y sencillo posible. El cliente lo aprendía de memoria para recitarlo ante el tribunal. Así se ganaban la vida la mayoría de los oradores. Por lo demás, procuraban defender casos que incrementasen su prestigio y contribuyesen al despegue de su carrera política.

Los mejores discursos políticos y judiciales se publicaban poco después de ser pronunciados, cuando la polémica todavía estaba candente, y la gente los leía con el mismo placer con el que ahora nos enganchamos a las series de abogados. Por cierto, una de mis películas judiciales favoritas, Matar a un ruiseñor, contiene un guiño a aquella época. El abogado protagonista, imaginado por Harper Lee y al que siempre recordaremos con el rostro maduro, sudoroso y paternal de Gregory Peck, responde al nombre de Atticus Finch, una referencia evidente a los diez grandes oradores áticos del canon clásico. Y, por supuesto, como todo buen ático que se precie, el héroe de la pequeña Scout sabe pronunciar un vibrante alegato —a favor de un hombre negro— ante un jurado hostil, en la Alabama racista y empobrecida por la Gran Depresión de los años treinta del pasado siglo.

Aquellos diez oradores míticos nacieron en el transcurso de un siglo — entre el V y el IV a. C.— y prácticamente todos pudieron conocerse entre sí y vituperarse con saña. Sus años de esplendor coincidieron con la democracia ateniense, y la era de las monarquías helenísticas marcó el fin. De hecho, entre los discursos más famosos de Demóstenes figuran las Filípicas, una serie de ataques furibundos y apocalípticos contra el imperialismo de Filipo, el padre de Alejandro. Todos los que desde entonces hemos echado alguna filípica somos meros aprendices del apabullante Demóstenes.

Otro de los diez oradores, Antifonte, fue un auténtico pionero que podría figurar en la vanguardia del psicoanálisis y las terapias de la palabra. El ejercicio de su profesión le había enseñado que los discursos, si son efectivos, pueden actuar poderosamente sobre el estado de ánimo de la gente, conmoviendo, alegrando, apasionando, sosegando. Entonces tuvo una idea novedosa: inventó un método para evitar el dolor y la aflicción comparable a la terapia médica de los enfermos. Abrió un local en la ciudad de Corinto y colocó un rótulo anunciando que «podía consolar a los tristes con discursos adecuados». Cuando acudía algún cliente, lo escuchaba con profunda atención hasta comprender la desgracia que lo afligía. Luego «se la borraba del espíritu» con conferencias consoladoras. Usaba el fármaco de la palabra persuasiva para curar la angustia y, según nos dicen los autores antiguos, llegó a hacerse famoso por sus razonamientos sedantes. Después de él, algunos filósofos afirmaron que su tarea consistía en «expulsar mediante el razonamiento el rebelde pesar», pero Antifonte fue el primero que tuvo la intuición de que sanar gracias a la palabra podía convertirse en un oficio. También comprendió que la terapia debía ser un diálogo exploratorio. La experiencia le enseñó que conviene hacer hablar al que sufre sobre los motivos de su pena, porque buscando las palabras a veces se encuentra el remedio. Muchos siglos después, Viktor Frankl, un discípulo de Freud superviviente de los campos de concentración de Auschwitz y Dachau, desarrollaría un método similar para superar los traumas de la barbarie europea de su época.

Seducidos por la belleza de las palabras, los griegos inauguraron el género de la conferencia, que tuvo una asombrosa fortuna ya durante la Antigüedad. Los sofistas, maestros itinerantes que viajaban de ciudad en ciudad a la caza de alumnos, ofrecían exhibiciones para darse a conocer, demostrar la calidad de su enseñanza y probar ante el auditorio sus habilidades. A veces eran discursos preparados y, otras veces, improvisaciones acerca de temas sugeridos sobre la marcha por el público —cosas tan descabelladas como el elogio de los mosquitos o de la calvicie—. En algunas de aquellas conferencias las puertas permanecían abiertas a todo tipo de curiosos, pero en general las conferencias solían estar reservadas a un público más selecto que pagaba una entrada. Los sofistas cuidaban con mimo la escenografía de sus discursos y llegaban incluso a comparecer ante sus oyentes con la extravagante indumentaria de los antiguos aedos andariegos, declarándose herederos de aquellos poetas que fascinaban a reyes y a campesinos por igual con el hechizo de sus versos. En época helenística, el fenómeno se expandió. Había una verdadera tropa de intelectuales errantes —por supuesto oradores, pero también artistas, filósofos o médicos higienistas— que pateaban los caminos del imperio, llevando de aquí para allá su baqueteado talento con la seguridad de encontrar un auditorio solícito incluso en los rincones más polvorientos del mundo conocido. La conferencia se convirtió en el género literario más vivo, el que, según algunos especialistas, mejor define la originalidad de la cultura de aquella época. Allí empieza la ruta que conduce a nuestras TED Talks y al negocio multimillonario de los expresidentes conferenciantes.

En el siglo V a. C., el formidable sofista Gorgias escribió: «la palabra es un poderoso soberano; con un cuerpo pequeñísimo y del todo invisible, ejecuta las obras más divinas: quitar el miedo, desvanecer el dolor, infundir alegría y aumentar la compasión». El eco de estas ideas griegas resuena en la que me parece una de las frases más bellas del evangelio: «una palabra tuya bastará para sanarme».

Sin embargo, aquella genuina pasión por el lenguaje gestó toda una serie de técnicas retóricas que acabaron gangrenando su espontaneidad. Los oradores se aplicaron a construir un método atiborrado de fórmulas, principios y procedimientos elaborados hasta el mínimo detalle. Todas esas disquisiciones sobre estilo, junto al asfixiante aparato de exordios, pruebas y refutaciones, tuvieron consecuencias en general nefastas. Por desgracia, durante toda la Antigüedad abundaron los maestros pedantes de elocuencia y los artistas de la vana palabrería. El amor a las florituras invadió y echó a perder demasiada literatura. A veces, traduciendo textos griegos o romanos, he tenido que soltar una carcajada. El escritor está hablando de sus emociones más hondas y esenciales —dolor, deseo, abandono, exilio, soledad, miedo, tentaciones de suicidio— cuando, en el momento más inoportuno, asoma la pezuña el alumno aplicado que se aprendió de memoria las figuras de estilo. Y la magia se rompe. El mundo está hundiéndose bajo sus pies y él lo cuenta con antítesis, homoteleutos y paronomasias.

Desde aquel tiempo hasta el presente, nuestra fe candorosa en las recetas para la vida ha dado de comer a muchos charlatanes de la retórica. Hoy nos inundan decálogos de autoayuda que ofrecen sus milagrosas listas del éxito: diez fórmulas para salvar nuestro matrimonio, para esculpir nuestro cuerpo o para convertirnos en personas altamente efectivas; diez claves para ser buenos padres, diez trucos para hacer el chuletón perfecto, diez frases brillantes para acabar un capítulo. El último, por desgracia, no lo compré.

 

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En 2011, una editorial de Louisville editó las dos novelas más famosas de Mark Twain, Las aventuras de Huckleberry Finn y Las aventuras de Tom Sawyer, eliminando la despectiva palabra nigger —que se podría traducir como «negrata»— y sustituyéndola por la más neutral «esclavo». El responsable de esta profilaxis literaria, un profesor universitario especialista en Mark Twain, declaró haber tomado la difícil decisión de enmendar el texto a petición de numerosos profesores de instituto para quienes Huck Finn, en su forma genuina, ya no es aceptable en las aulas por su «lenguaje racial ofensivo», que les despierta reacciones de visible incomodidad a muchos alumnos. En su opinión, realizar esa somera cirugía es la mejor forma de evitar que los clásicos de la literatura norteamericana queden definitivamente relegados de las escuelas actuales. No es un hecho aislado. En los últimos años se ha producido un constante goteo de polémicas relacionadas con los clásicos juveniles, sobre todo los que forman parte de los programas escolares.

Una legión de padres angustiados por los traumas incurables que los hermanos Grimm o Andersen pueden ocasionar a sus frágiles vástagos se preguntan qué valores —y terrores— inoculan La Cenicienta, Blancanieves o El soldadito de plomo a los niños del siglo XXI. Estos apóstoles de la protección de menores prefieren las edulcoradas adaptaciones de la factoría Walt Disney a los cuentos originales, tan crueles, violentos, patriarcales y trasnochados. Muchos de ellos son partidarios, si no de eliminar la literatura tradicional de nuestro imperfecto pasado, al menos de adaptarla a la buena conciencia posmoderna.

El humorista y escritor James Finn Garner publicó a mediados de los noventa del pasado siglo un libro titulado Cuentos de hadas políticamente correctos. Fue su aportación cómica a este debate. La sátira de Finn Garner no está dirigida a los niños, sino que es más bien un monólogo cómico entretejido con los eufemismos que utilizamos los adultos del siglo XXI. Con impecable ironía siempre al borde del despropósito, reformulaba el comienzo de Caperucita Roja en estos términos: «Érase una vez una persona de corta edad llamada Caperucita Roja que vivía con su madre en la linde de un bosque. Un día, su madre le pidió que llevase una cesta con fruta fresca y agua mineral a casa de su abuela, pero no porque lo considerara una labor propia de mujeres, atención, sino porque ello representa un acto generoso que contribuía a afianzar la sensación de comunidad».

En realidad, la controversia es más antigua de lo que creemos, y las legiones de fervorosos partidarios de la furia censora y demás ligas de la decencia pueden esgrimir a un correligionario enormemente prestigioso: el filósofo Platón. La educación de los jóvenes siempre fue una de las grandes preocupaciones del aristócrata ateniense, y acabó convirtiéndose en su oficio. Tras salir malparado en sus intentos de hacer carrera política o, al menos, de influir en los gobernantes, se dedicó de lleno a enseñar en la Academia, la escuela que había fundado en un bosquecillo a las afueras de Atenas. Según nos cuentan, daba sus clases sentado en un asiento alto, la kathédra, rodeado de sillas simbólicamente más pequeñas ocupadas por sus discípulos, un pizarrón blanco, un globo del cielo, un modelo mecánico de los planetas, un reloj que se jactaba de haber construido él mismo y mapas con las representaciones de los principales geógrafos. Su escuela pretendía ser un centro para la formación de las élites gobernantes de las ciudades griegas — hoy lo consideraríamos más bien un think tank antidemocrático—.

Las enseñanzas de Platón siempre me han parecido asombrosamente esquizofrénicas en su explosiva mezcla de libre pensamiento e impulsos autoritarios. Entre sus pasajes más leídos se encuentra el mito de la caverna, un relato ideal de lo que debería ser un proceso educativo crítico. En el interior de una gruta, unos individuos permanecen encadenados de espaldas a una hoguera llameante. Los reclusos solo ven los movimientos de las sombras proyectadas sobre las paredes de la caverna, y esas sombras constituyen su única realidad. Finalmente, uno de ellos se libera del encierro y se aventura a salir de la cueva, rumbo al mundo que se extiende más allá de las hipnóticas proyecciones. Hay en este relato una bellísima invitación a dudar, a no conformarse con las apariencias, a romper las ataduras y a abandonar los prejuicios para mirar la realidad cara a cara. La saga cinematográfica Matrix adaptó el mensaje rebelde de esta alegoría al mundo contemporáneo de la realidad virtual, la aldea mediática, los mundos paralelos de la publicidad y el consumismo, los bulos de internet y las autobiografías maquilladas que fabricamos para las redes sociales.

Sin embargo, en la más famosa utopía platónica, La República, el mismo ensayo que acoge el mito de la caverna, acecha la oscura antítesis de su mensaje ilustrado. El libro tercero podría ser el manual de prácticas de un dictador en ciernes. Allí se afirma que, en una sociedad ideal, la educación debería inculcar ante todo seriedad, decoro y valor. Platón es partidario de una rígida censura sobre la literatura que leen los jóvenes y la música que pueden escuchar. Las madres y las niñeras deben contar a los niños solo cuentos autorizados, y hasta los juegos infantiles están reglamentados. Homero y Hesíodo han de ser prohibidos como lectura infantil por varias razones. Primero, porque presentan a unos dioses frívolos, hedonistas y propensos a la mala conducta, lo cual no es edificante. A los jóvenes hay que enseñarles que el mal nunca procede de los dioses. En segundo lugar, porque algunos versos de los dos poetas hablan del miedo a la muerte, algo que inquieta a Platón ya que, en su opinión, se debe procurar que los jóvenes mueran gustosamente en la batalla. «Haremos muy bien —afirma— en suprimir los lamentos de los hombres ilustres, para atribuírselos en cambio a las mujeres». Platón tampoco tiene buena opinión sobre el teatro. En su opinión, la mayoría de las obras trágicas y cómicas contienen en sus tramas a malas personas y, por tanto, los actores —todos hombres, igual que en la Inglaterra isabelina— tienen que meterse en la piel de gente indeseable, como criminales, o seres inferiores, como mujeres o esclavos. Esa identificación con las emociones de la chusma no puede ser nada bueno para la formación de los niños y jóvenes. Las obras de teatro, si se toleran, solo deberían incluir personajes heroicos, masculinos, intachables y de alta alcurnia. Como ninguna pieza cumple los requisitos, Platón procede a desterrar de su estado perfecto a los dramaturgos, junto a los demás poetas.

El paso de los años no apaciguó los bríos censores de Platón. En su último diálogo, Las Leyes, propone prácticamente la creación de una Policía poética para vigilar la nueva literatura: «El poeta no podrá componer nada que contradiga lo que la ciudad considera legal, justo, bello o bueno; una vez escrito su poema, no podrá darlo a conocer a ningún particular, antes de haber sido leído y aprobado por los jueces que para ello hubieran designado los guardianes de las leyes (…) y aquel al que escogimos como director de educación». El mensaje queda enfáticamente claro: hay que someter los textos poéticos a una severa censura; a veces suprimirlos, otra veces expurgarlos, aplicarles correcciones y, siempre que sea preciso —lo será muchas veces—, reescribirlos.

La utopía de Platón es hermana melliza de la distopía 1984. La Sociedad del Partido Único imaginada por George Orwell alberga un Departamento de Ficción, donde se produce toda la nueva literatura. Allí trabaja la protagonista, Julia, a la que vemos merodear por la oficina con las manos siempre grasientas y una llave inglesa en la mano. Se ocupa del mantenimiento de las máquinas que escriben novelas según las directrices ministeriales. El régimen tampoco se desentiende de las obras clásicas. Aquí es donde Orwell parece hacer realidad los sueños húmedos del autoritario Platón: su Ministerio de la Verdad ha puesto en marcha un gran proyecto destinado a reescribir toda la literatura del pasado. Está previsto que la fabulosa tarea acabe en el año 2050. «Para entonces —dice entusiasmado uno de sus artífices—, Chaucer, Shakespeare, Milton, Byron… solo existirán en versiones neolingüísticas, convertidos en lo contrario de lo que eran. Todo el clima del pensamiento será distinto. En realidad, no habrá pensamiento en el sentido en que ahora lo entendemos. La ortodoxia significa no pensar, no necesitar el pensamiento. Nuestra ortodoxia es la inconsciencia».

Aunque las afirmaciones de Platón no pueden ser más contundentes y drásticas, detecto cierta resistencia a tomar al pie de la letra sus palabras. Cuando los admiradores del ateniense tropiezan con pasajes como este, empiezan a mirar a un lado y a otro, buscando escapatoria. Whitehead escribió esa famosa frase, tantas veces repetida, que despacha toda la filosofía occidental como notas a pie de página de la filosofía platónica. Para salvar los trastos, nos dicen que Platón se ha acalorado mientras escribía, que extrema sus posturas como hacemos todos durante las discusiones políticas en la sobremesa de los domingos en familia.

Sin embargo, Platón sabía muy bien lo que decía. Nunca le gustó la democracia ateniense, que en su opinión quedó retratada con el asesinato de Sócrates. Quería instaurar un modelo político inmutable, en el que no hicieran falta nunca más cambios sociales ni impúdicos relatos que socavasen los cimientos morales de la sociedad. Había vivido tiempos convulsos y traumáticos en Atenas. Deseaba estabilidad, deseaba el gobierno de los sabios y no el de la necia mayoría. Si ese inmovilismo solo podía ser defendido por un régimen represivo, adelante. Así lo entendió Karl Popper cuando tituló «El influjo de Platón» a la primera parte de su ensayo La sociedad abierta y sus enemigos.

Las lecturas de los jóvenes preocupaban a Platón por motivos tanto pedagógicos como pecuniarios. Maestro fundador de la primera academia para los hijos de las élites, intentaba desacreditar a la competencia. No le gustaba el sistema educativo de su tiempo, en el que los poetas —gente de ideas erráticas y escasamente edificantes— eran los educadores de los griegos. Los nuevos profesores debían ser filósofos —es decir, él—. En su diálogo Las Leyes dice que proponer el estudio de los poetas a la juventud «es un gran riesgo» y a cambio sugiere —en un asombroso ejercicio de la virtud de la humildad— sus propias obras como texto para explicar en clase: «Al volver a ver con una mirada de conjunto estos pensamientos que son obra nuestra, he sentido una fuerte impresión de placer, pues, de los múltiples razonamientos que he podido leer en los poemas, ninguno me ha parecido más sensato y más conveniente para hacerlo leer a los jóvenes. No tendría ningún modelo mejor que este para presentar al legislador y al educador, y lo mejor sería que los maestros enseñen a los niños estos discursos, así como otros que se relacionen con estos y se les parezcan». En el fondo, se trata de una lucha por las mentes de los griegos, con la educación como campo de batalla. Y, de paso, de hacer negocio.

A estas alturas ya no necesito advertir que Platón me interesa y me irrita por partes iguales. Ante sus ideas, a menudo tengo ganas de lanzar alguna de esas fantásticas ristras de insultos que aprendí del Capitán Haddock: ¡grumetillo! ¡filoxera! ¡anacoluto! ¡bachi-buzuk! ¡ectoplasma! Me pregunto cómo es posible que un filósofo de inteligencia tan irreverente defienda un sistema educativo que condena a los alumnos a conocer solo textos esterilizados y fábulas de virtud. Su programa suprime de la literatura todos los claroscuros, las excursiones al abismo, la inquietud, el dolor, las paradojas, las intuiciones perturbadoras. La poda es escalofriante. Si él mismo hubiera escrito según esos principios estéticos, ahora nos aburriría soberanamente. Y, en cambio, sigue fascinándonos porque, al contrario de lo que prescribe, es agudo, paradójico e inquietante.

Pero hoy el desafío sigue en el aire, como saben los profesores de Louisville que quisieron borrar el insulto nigger de la obra de Mark Twain. ¿Los libros infantiles y juveniles son obras literarias complejas o manuales de conducta? Un Huck Finn saneado puede enseñar mucho a los jóvenes lectores, pero les hurta una enseñanza esencial: que hubo un tiempo durante el cual casi todo el mundo llamaba «negratas» a sus esclavos y que, debido a esa historia de opresión, la palabra se ha convertido en tabú. No por eliminar de los libros todo lo que nos parezca inapropiado salvaremos a los jóvenes de las malas ideas. Al contrario, los volveremos incapaces de reconocerlas. Al contrario de lo que cree Platón, los personajes malvados son un ingrediente crucial de los cuentos tradicionales, para que los niños aprendan que la maldad existe. Tarde o temprano tendrán noticias de ella (desde los matones que les acosan en el patio del colegio a los tiranos genocidas).

La maravillosa y perturbadora Flannery O’Connor escribió que quien «solo lee libros edificantes está siguiendo un camino seguro, pero un camino sin esperanza, porque le falta coraje. Si alguna vez por azar leyera una buena novela, sabría muy bien que le está sucediendo algo». Sentir cierta incomodidad es parte de la experiencia de leer un libro; hay mucha más pedagogía en la inquietud que en el alivio. Podemos hacer pasar por el quirófano a toda la literatura del pasado para someterla a una cirugía estética, pero entonces dejará de explicarnos el mundo. Y si nos adentramos por ese camino no debería extrañarnos que los jóvenes abandonen la lectura y, como dice Santiago Roncagliolo, se entreguen a la PlayStation, donde pueden matar a un montón de gente sin que nadie ponga problemas.

Tengo ante los ojos un último artículo de prensa. Resulta que, en la Universidad de Londres, el sindicato de estudiantes de la Escuela de Estudios Orientales y Africanos exige que desaparezcan del programa filósofos como Platón, Descartes o Kant —por racistas y colonialistas—.

Es irónico: Platón, el cazador cazado.