El infinito en un junco

Irene Vallejo · Capítulo 11 de 45

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El infinito en un junco

Voces que salen de la niebla, tiempos indecisos

 

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En la infancia balbuceante de la escritura, las voces que narraban historias abandonaron la niebla del anonimato. Los autores deseaban ser recordados, vencer la muerte con la fuerza de sus relatos. Sabemos quiénes son. Nos dicen sus nombres para que los salvemos del olvido. A veces, incluso salen de los bastidores del relato para hablar en primera persona, un atrevimiento que nunca se permite el invisible narrador de la Ilíada y la Odisea.

Percibimos el cambio al leer a Hesíodo, que creó sus principales obras en torno al cambio de siglo, es decir, alrededor del año 700 a. C. Sus hexámetros conservan el sabor de la oralidad, pero contienen un ingrediente nuevo: el germen de lo que hoy llamamos autoficción. A su manera abrupta y desinhibida, Hesíodo —autor, narrador y personaje— nos da detalles sobre su familia, sus experiencias y su forma de vida. Quizá podría decirse que es el primer individuo de Europa y un lejano abuelo literario de Annie Ernaux o Emmanuel Carrère. Hesíodo cuenta que su padre emigró desde Asia Menor a Beocia «huyendo no precisamente de la abundancia, la felicidad y la riqueza, sino de la escasez». Con su habitual humor ácido, despotrica del villorrio mugriento donde la familia se instaló, llamado Ascra, «aldea mísera, mala en invierno, dura en verano, y nunca buena».

Describe cómo nació su vocación poética. Hesíodo era un joven pastor que pasaba sus días en la soledad de la montaña, durmiendo en el suelo con el ganado de su padre. Mientras vagaba por los pastos de verano, se construyó un mundo imaginario hecho de versos, música y palabras. Un mundo interior a la vez celestial y peligroso. Un día, apacentando el rebaño al pie del monte Helicón, tuvo una visión. Se le aparecieron las nueve musas, le enseñaron un canto, le insuflaron su don y pusieron en sus manos una vara de laurel. Al adoptarlo, le dijeron una frase inquietante: «Sabemos contar mentiras que parecen verdades, y sabemos, cuando queremos, proclamar la verdad». Es una de las reflexiones más antiguas sobre la ficción —esa mentira sincera— y, tal vez, también una confesión íntima. Me gusta pensar que Hesíodo, el niño poeta rodeado de silencio, balidos y boñigas, como siglos más tarde Miguel Hernández, revela aquí su obsesión por las palabras. Las palabras que ama y le aterran por el poder que tienen en el mundo, por el mal uso que se puede hacer de ellas.

En Los trabajos y los días, este pastor poeta relata la épica de su presente, no las hazañas del pasado. Describe un tipo distinto de heroísmo: la dura lucha por sobrevivir en condiciones difíciles. Usa los solemnes hexámetros homéricos para hablar de la siembra y la poda, de castrar cerdos y del graznido de las grullas, de espigas y de carrascas, de la puerca tierra, del vino que calienta las frías noches campesinas. Forja mitos, fábulas de animales y máximas de hosca sabiduría rústica. Arremete contra su hermano Perses, con quien se ha peleado a causa de la herencia. Airea sin pudor las escabrosas luchas familiares por el reparto del patrimonio y no le preocupa parecer avaricioso; todo lo contrario, es un labrador orgulloso de saber cuánto vale la tierra. Nos explica que el vago y sinvergüenza de su hermano ha puesto un pleito contra él y, no contento con esa tremenda maldad, está intentando sobornar al juez. A continuación, se lanza a denunciar la rapacidad de los pequeños caciques y los tejemanejes de los tribunales. Usa expresiones maravillosamente mordaces, como «jueces tragajamones». Furioso y sombrío al estilo de los profetas, amenaza con el castigo divino a las autoridades que, para engordar su bolsa, favorecen siempre a los poderosos y rapiñan a los campesinos pobres. Hesíodo ya no canta los ideales de la aristocracia. Es un heredero del feo Tersites, que en la Ilíada le recriminaba al rey Agamenón que medraba a costa del esfuerzo de todos en una guerra que solo a él le beneficiaba.

Muchos griegos de su época deseaban unos cimientos más justos para la vida en común y un reparto más equitativo de las riquezas. Los trabajos y los días hablaba a esas personas sobre el valor del trabajo paciente y laborioso, sobre el respeto al otro y la sed de justicia. El tiempo del alfabeto hizo posible que la ácida protesta de Hesíodo perdurase. A pesar de —o tal vez gracias a— sus palabras insultantes contra los reyes, el poema acabó por convertirse en un libro imprescindible y luego en texto escolar. Allá entre los surcos de una pequeña hacienda en litigio de la mísera Ascra, al noroeste del Ática, comienza la genealogía de la poesía social.

 

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El alfabeto —según Eric A. Havelock— era en los comienzos un intruso sin posición social. La élite de la sociedad seguía recitando y actuando. El uso de la escritura se extendió a pasos lentos, paulatinos, suaves. Al principio y durante siglos, los relatos tomaban forma en la hoja en blanco de la mente y se hacían públicos al leerlos en voz alta. Todavía estaban concebidos, en cierto sentido, para la comunicación oral. Las versiones escritas de los libros eran solo un seguro contra el olvido. Los textos más antiguos servían como partituras musicales del lenguaje, que solo los especialistas —autores e intérpretes— usaban y leían. Al público, la música de las palabras les llegaba a través de los oídos, no por la vista.

En torno al siglo VI a. C., nació la prosa y, con ella, los escritores propiamente dichos, que ya no construían sus obras en los misteriosos pasadizos de la memoria, sino que se sentaban a trazar letras en tablillas o papiros. Los autores mismos empezaron a escribir sus textos, o a dictarlos a un secretario. Las pocas copias que se hacían, si se hacía alguna, apenas circulaban. Por eso, no hay huellas de industria ni de comercio de libros en la época arcaica.

Sin embargo, la oralidad misma se transformó en contacto con el alfabeto. Una vez escritas, las palabras empezaron a quedar ancladas en su orden, como notas en un pentagrama. La melodía de las frases permanecía igual para siempre; el torrente espontáneo, la agilidad en la respuesta y la libertad del lenguaje hablado se desvanecieron. En la época micénica antigua, los aedos itinerantes acostumbraban a cantar las leyendas heroicas tañendo su instrumento y dejándose llevar por el duende de la improvisación; pero, con la aparición de los libros escritos, fueron sustituidos por los rapsodas, que recitaban textos memorizados —siempre idénticos y sin acompañamiento musical—, dando golpes de metrónomo con un bastón para marcar el ritmo.

En la época de Sócrates, los textos escritos aún no eran una herramienta habitual y todavía despertaban recelos. Los consideraban un sucedáneo de la palabra oral —liviana, alada, sagrada—. Aunque la Atenas del siglo V a. C. ya contaba con un incipiente comercio de libros, no sería hasta un siglo después, en tiempos de Aristóteles, cuando se llegase a contemplar sin extrañeza el hábito de leer. Para Sócrates, los libros eran ayudas de la memoria y el conocimiento, pero pensaba que los verdaderos sabios harían bien en desconfiar de ellos. Esta cuestión inspiró un diálogo platónico titulado Fedro, que transcurre a pocos pasos de las murallas de Atenas, bajo la sombra de un frondoso plátano a la orilla del río Iliso. Allí, en la hora cálida de la siesta, con el fondo sonoro de las cigarras, nace una conversación sobre la belleza que deriva misteriosamente hacia el ambiguo don de la escritura.

Hace siglos, le dice Sócrates a Fedro, el dios Theuth de Egipto, inventor de los dados, el juego de damas, los números, la geometría, la astronomía y las letras, visitó al rey de Egipto y le ofreció estas invenciones para que las enseñase a sus súbditos. Traduzco las palabras de Sócrates: «El rey Thamus le preguntó entonces qué utilidad tenía escribir, y Theuth le replicó: —Este conocimiento, ¡oh rey!, hará más sabios a los egipcios; es el elixir de la memoria y de la sabiduría. Entonces Thamus le dijo: —¡Oh Theuth!, por ser el padre de la escritura le atribuyes ventajas que no tiene. Es olvido lo que producirán las letras en quienes las aprendan, al descuidar la memoria, ya que, fiándose de los libros, llegarán al recuerdo desde fuera. Será, por tanto, la apariencia de la sabiduría, no su verdad, lo que la escritura dará a los hombres; y, cuando haya hecho de ellos entendidos en todo sin verdadera instrucción, su compañía será difícil de soportar, porque se creerán sabios en lugar de serlo».

Tras escuchar el exótico mito egipcio, Fedro dice estar de acuerdo con su maestro. Es lo habitual en los modosos seguidores de Sócrates, que nunca osan llevarle la contraria. De hecho, en los diálogos de Platón, los discípulos dicen sin cesar frases como: «Muy cierto, Sócrates», «Te lo concedo, Sócrates», «Veo que otra vez tienes razón, Sócrates». Aunque su interlocutor ya se ha rendido, el filósofo lanza una última estocada: «La palabra escrita parece hablar contigo como si fuera inteligente, pero si le preguntas algo, porque deseas saber más, sigue repitiéndote lo mismo una y otra vez. Los libros no son capaces de defenderse».

Sócrates temía que, por culpa de la escritura, los hombres abandonasen el esfuerzo de la propia reflexión. Sospechaba que, gracias al auxilio de las letras, se confiaría el saber a los textos y, sin el empeño de comprenderlos a fondo, bastaría con tenerlos al alcance de la mano. Y así ya no sería sabiduría propia, incorporada a nosotros e indeleble, parte del bagaje de cada uno, sino un apéndice ajeno. El argumento es agudo, y todavía nos impacta. Ahora mismo estamos inmersos en una transición tan radical como la alfabetización griega. Internet está cambiando el uso de la memoria y la mecánica misma del saber. Un experimento realizado en 2011 por D. M. Wegner, pionero de la psicología social, midió la capacidad de recordar de unos voluntarios. Solo la mitad de ellos sabían que los datos a retener eran guardados en un ordenador. Quienes pensaron que la información quedaba grabada, relajaron el esfuerzo por aprenderla. Los científicos denominan «efecto Google» a este fenómeno de relajación memorística. Tendemos a recordar mejor dónde se alberga un dato que el propio dato. Es evidente que el conocimiento disponible es mayor que nunca, pero casi todo se almacena fuera de nuestra mente. Surgen preguntas inquietantes: bajo el aluvión de datos, ¿dónde queda el saber? ¿Nuestra perezosa memoria viene a ser una agenda de direcciones donde buscar información, sin rastro de la información misma? ¿Somos en el fondo más ignorantes que nuestros memoriosos antepasados de los viejos tiempos de la oralidad?

La gran ironía de todo este asunto es que Platón explicó el menosprecio del maestro por los libros en un libro, conservando así sus críticas contra la escritura para nosotros, sus lectores futuros.

 

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Más allá de ciertos límites, la única posibilidad de expandir nuestra memoria depende de la tecnología. Esas transformaciones son a la vez peligrosas y fascinantes. La línea que separa nuestras mentes de internet se está volviendo cada vez más borrosa. Se ha instalado entre nosotros la impresión de que sabemos todo aquello que podemos localizar gracias a Google. Cuando se reúne un grupo de gente, suele haber alguien que se lanza a comprobar los datos de la conversación con su teléfono inteligente. Se zambulle en la pantalla como un ave acuática y, tras una consulta rápida, emerge con el pez en el pico, aclarando todas las dudas sobre el nombre de aquel actor o cuáles son los días perfectos para pescar el pez plátano.

Tras sus experimentos desde los años ochenta en adelante, Wegner piensa que si recordamos dónde encontrar informaciones importantes, incluso sin retener el conocimiento concreto, estamos ampliando las fronteras de nuestro territorio mental. Es el fundamento de su teoría de la memoria transactiva. Según Wegner, nadie recuerda todo. Almacenamos información en las mentes de otros —a quienes podemos acudir a preguntar—, en los libros y en la gigantesca cibermemoria.

El alfabeto fue una tecnología aún más revolucionaria que internet. Construyó por primera vez esa memoria común, expandida y al alcance de todo el mundo. Ni el saber ni la literatura completa caben en una sola mente pero, gracias a los libros, cada uno de nosotros encuentra las puertas abiertas a todos los relatos y todos los conocimientos. Podemos pensar, como vaticinaba Sócrates, que nos hemos vuelto un puñado de engreídos ignorantes. O que, gracias a las letras, formamos parte del cerebro más grande y más inteligente que ha existido nunca. Borges, que pertenecía al grupo de los que piensan de la segunda manera, escribió: «De los diversos instrumentos del hombre, el más asombroso es, sin duda, el libro. Los demás son extensiones de su cuerpo. El microscopio y el telescopio son extensiones de su vista; el teléfono es extensión de la voz; luego tenemos el arado y la espada, extensiones de su brazo. Pero el libro es otra cosa: el libro es una extensión de la memoria y de la imaginación».

 

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Sócrates dijo a Fedro, en aquel deslumbrante mediodía, a las afueras de Atenas, que las palabras escritas son signos muertos y fantasmales, hijas ilegítimas del único discurso vivo: el oral.

El poeta Friedrich Hölderlin, nacido veintitrés siglos más tarde, habría deseado viajar en el tiempo hasta aquel lejano día y aquel tranquilo prado «bajo la sombra de los plátanos, donde el Iliso corría entre las flores, donde Sócrates conquistaba los corazones y Aspasia paseaba entre los mirtos, mientras resonaba el ágora ruidosa y mi Platón forjaba paraísos».

Es algo que sucede con frecuencia: los tiempos que unos consideran decadentes mientras los viven son la región de la nostalgia para otros. Hölderlin creía ser un antiguo ateniense trasplantado a la inhóspita Alemania. Su verdadera patria era aquel siglo dorado contra el que Sócrates despotricaba por destruir la auténtica sabiduría.

Con apenas treinta años, el poeta alemán empezó a sufrir crisis mentales. Cuentan que padecía accesos de ira, agitación y ataques de verborrea que no podía controlar. Declarado enfermo incurable, sus parientes lo ingresaron en una clínica. En el verano de 1807, visitó a Hölderlin en su encierro un ebanista llamado Ernst Zimmer, entusiasmado por su libro Hiperión, y decidió llevárselo a vivir a su casa, junto al río Neckar. Allí permaneció el poeta hasta su muerte en 1843, siempre al cuidado de la familia de su lector.

Sin apenas conocerlo, Zimmer decidió recoger, alimentar y cuidar en su demencia al autor de la novela que amaba. Las calladas palabras de un libro forjaron, durante casi cuatro décadas, un vínculo más fuerte que el parentesco entre dos extraños. Tal vez las letras sean solo signos muertos y fantasmales, hijas ilegítimas de la palabra oral, pero los lectores sabemos insuflarles vida. Me encantaría contarle esta historia al viejo y gruñón Sócrates.

 

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Fahrenheit 451 es la temperatura a la que arden los libros y el título que Ray Bradbury eligió para su fantasía futurista. O no tan futurista.

La historia sucede durante una época sombría en un país en el que está prohibido leer. Los bomberos ya no se ocupan de apagar incendios, sino de quemar los libros que algunos ciudadanos rebeldes esconden en sus casas. El Gobierno ha decretado que todo el mundo sea feliz. Los libros están repletos de ideas nocivas y, además, la lectura solitaria se presta a la melancolía. La población debe ser protegida de los escritores, que contagian pensamientos malignos.

Los disidentes son perseguidos. Se refugian en los bosques alrededor de las ciudades, en los caminos, a la orilla de los ríos contaminados, en las vías férreas abandonadas. Viajan todo el tiempo, bajo la luz de las estrellas, disfrazados de vagabundos. Han aprendido de memoria libros enteros y los guardan en sus cabezas, donde nadie puede verlos ni sospechar de su existencia. «Al principio, no se trató de un plan preconcebido. Cada hombre tenía un libro que quería recordar, y lo hizo. Luego fuimos entrando en contacto unos con otros, viajamos, creamos esta organización y establecimos un plan. Transmitiremos oralmente los libros a nuestros hijos y dejaremos que ellos esperen a su vez. Cuando la guerra haya terminado, algún día, algún año, los libros podrán ser reescritos. Las personas serán convocadas una por una, para que reciten lo que saben, y lo imprimiremos hasta que llegue otra Edad de Oscuridad, en la que quizá debamos repetir toda la operación». Estos fugitivos, que han visto cómo aquello que amaban acaba destruido, deben recorrer un largo camino de huida, siempre asustados, sin otra certeza que los libros archivados tras sus tranquilos ojos.

La novela parece una fábula distópica, pero no lo es. Algo muy semejante sucedió realmente. En el año 213 a. C., cuando un grupo de griegos intentaban reunir la totalidad de los libros en Alejandría, el emperador chino Shi Huandi ordenó que se quemasen todos los libros de su reino. Solo perdonó los tratados de agricultura, medicina y profecía. Quería que la historia comenzase con él. Pretendía abolir el pasado porque sus opositores lo invocaban en añoranza de los antiguos emperadores. Según un documento de la época, el plan se llevó a cabo sin piedad («Los que se sirvan de la Antigüedad para denigrar los tiempos presentes serán ejecutados junto a sus parientes. Quienes oculten libros serán marcados con un hierro candente y condenados a trabajos forzados»). El odio de Shi Huandi provocó la destrucción de miles y miles de libros —entre otros, todos los escritos del confucianismo—. Los esbirros del emperador fueron de puerta en puerta, apoderándose de los libros y haciéndolos arder en una pira. Más de cuatrocientos letrados reacios fueron enterrados vivos.

En el año 191 a. C., bajo una nueva dinastía, se pudieron reescribir muchos de aquellos libros perdidos. Corriendo increíbles riesgos, los profesionales de las letras habían conservado en la memoria obras enteras, en secreto, al abrigo de la guerra, las persecuciones y los hombres de las hogueras.

No fue la única vez que sucedió algo así. Cuando Alejandro ocupó la ciudad de Persépolis y le prendió fuego, ardieron todos los ejemplares del libro sagrado del zoroastrismo. Sus fieles lo reconstruyeron gracias a que lo recordaban palabra por palabra. Al mismo tiempo que Bradbury imaginaba su fantasía distópica, durante los años de crueldad del estalinismo, once amigos de Anna Ajmátova iban memorizando los poemas de su desgarrador libro Réquiem a medida que los escribía, para preservarlos de cualquier desgracia que pudiera ocurrirle a la autora. La escritura y la memoria no son adversarias. De hecho, a lo largo de la historia, se han salvado la una a la otra: las letras resguardan el pasado; y la memoria, los libros perseguidos.

Durante la Antigüedad, cuando todavía perduraban destellos de la cultura oral, cuando había menos libros y se releían más, no era extraño que los lectores aprendieran obras enteras de memoria. Sabemos que los rapsodas recitaban en varias sesiones los quince mil versos de la Ilíada y los doce mil de la Odisea. También personas corrientes eran capaces de repetir fielmente largos textos literarios. Agustín de Hipona recuerda en uno de sus libros a su compañero de estudios Simplicio, que recitaba discursos completos de Cicerón y todos los poemas de Virgilio —es decir, miles y miles de versos— desde atrás hacia adelante, en orden inverso. Al leer, tallaba las frases que le conmovían en «las tablillas enceradas de la memoria» para recordarlas y recitarlas a voluntad, como si estuviera mirando las páginas de un libro. Un médico romano del siglo II, llamado Antilo, llegó más lejos, afirmando incluso que memorizar libros era bueno para la salud. Sostenía una divertida y extravagante teoría al respecto. Quienes nunca han hecho el esfuerzo de memorizar un relato, unos versos, un diálogo —decía— tienen mayores dificultades para eliminar de su cuerpo ciertos fluidos perjudiciales. En cambio, los que pueden recitar largos textos de memoria expulsan sin problemas esas sustancias dañinas mediante la respiración.

Tal vez sin saberlo, nosotros —como los fugitivos de Bradbury, los letrados chinos, los seguidores de Zoroastro o los amigos de Anna Ajmátova — conservamos ciertas páginas que nos importan a salvo en la mente. «Yo soy La República de Platón», dice un personaje de Fahrenheit 451. «Yo soy Marco Aurelio». «El capítulo uno del Walden de Thoreau vive en Green River; el capítulo dos, en Willow Farm». «Hay un pueblecito con solo veintisiete habitantes que alberga los ensayos completos de Bertrand Russell, divididos en tantas páginas como personas hay». Uno de los desharrapados rebeldes, con el pelo sucio y mugre en las uñas, bromea: «Nunca juzgue un libro por su cubierta».

En cierto sentido, todos los lectores llevamos dentro íntimas bibliotecas clandestinas de palabras que nos han dejado huella.