El infinito en un junco

Irene Vallejo · Capítulo 35 de 45

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El infinito en un junco

Dos hispanos: el primer fan y el escritor maduro

 

 

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La imagen de adolescentes gritando, sollozando y desmayándose a la llegada de sus ídolos musicales no nació con Elvis y los Beatles. En realidad, ni siquiera es un fenómeno surgido con el rock’n’roll, sino con la música clásica. Ya los castratti del siglo XVIII despertaban pasiones desde los escenarios. Y en las civilizadas salas de conciertos del siglo XIX, un pianista húngaro que agitaba la melena al inclinarse sobre el teclado provocó un auténtico delirio de masas conocido como lisztomanía, o «fiebre Liszt». Si a las estrellas de rock sus fans les lanzan la ropa interior a la cara, a Franz Liszt le arrojaban joyas. Fue el icono erótico del siglo victoriano. En la época se decía que sus balanceos y sus estudiadas poses al interpretar producían en la audiencia éxtasis místicos. Primero niño prodigio y después joven histriónico, protagonizó giras multimillonarias por el continente. Durante las apariciones públicas de Liszt, sus fans se arremolinaban, chillando, suspirando y sufriendo mareos. Lo seguían por las sucesivas capitales donde ofrecía conciertos. Intentaban robarle sus pañuelos y guantes, y llevaban su retrato en broches y camafeos. Las mujeres trataban de cortarle mechones de pelo, y cada vez que se rompía una cuerda del piano estallaban auténticas batallas campales por conseguirla para fabricarse una pulsera con ella. Algunas admiradoras lo acechaban por la calle y por las cafeterías, provistas de frascos de vidrio donde vertían los posos del café de su taza. Cierta vez, una mujer recogió los restos de su puro junto al pedal del piano, y los llevó en el escote, dentro de un medallón, hasta el día de su muerte. La palabra celebrity se usó por primera vez para referirse a él.

A pesar de ello, todavía podemos retroceder más en el tiempo. Seguramente, las primeras estrellas internacionales fueron un grupo de escritores de la época imperial romana (Tito Livio, Virgilio, Horacio, Propercio y Ovidio).

De hecho, el primer fan conocido de la historia fue un hispano de Gades, obsesionado por conocer a su ídolo, el historiador Tito Livio. Nos cuentan que a comienzos del siglo I emprendió un peligroso viaje «desde el rincón más remoto del mundo», o sea, la actual Cádiz, hasta Roma para ver de cerca, con sus propios ojos deslumbrados, a su artista favorito. Suponiendo que hiciese la ruta por tierra, el devoto gaditano necesitó más de cuarenta días de trayecto para realizar su peregrinación idólatra, sufriendo las pésimas comidas y el suplicio de los piojos en las fondas polvorientas, traqueteando a lomos de jamelgos y en carros viejos, temblando por miedo a los salteadores de caminos en los bosques solitarios. Recorrió las calzadas del imperio, bordeadas por los cadáveres de bandidos ejecutados que se pudrían empalados en estacas allí donde habían cometido su delito. Por las noches rezaba para que los esclavos que lo escoltaban no huyesen o se volviesen contra él en tierra extranjera. Vació varias bolsas de monedas por el camino. Él mismo adelgazó a causa de unas gigantescas diarreas provocadas por el mal estado de las aguas. En cuanto llegó a Roma, preguntó por el famoso Livio. Consiguió verlo de lejos, tal vez se fijó en su forma de peinarse y vestir la toga para imitarlo y, sin atreverse siquiera a dirigirle la palabra, dio media vuelta, de regreso —otras cuarenta jornadas de viaje— a su hogar. Plinio el Joven contó la anécdota en una de sus cartas, sin saber que estaba describiendo al primer perseguidor de celebridades conocido.

La globalización romana generó lectores en territorios muy alejados de la Urbe. Horacio presumía de que sus libros eran conocidos en el Bósforo, en Libia, en los actuales Cáucaso y Hungría, en el país del Rin y en Hispania. Propercio afirmaba que su gloria había alcanzado las invernales orillas del río Borístenes, hoy Dniéper. Ovidio escribió, sin rodeos ni falsa modestia, que era muy leído «en todo el mundo». En general, los romanos tendían a confundir los límites de su imperio con los del planeta. Es un rasgo típico de las visiones imperiales —ya el rey acadio Sargón el Grande, cuyos dominios se extendían del golfo Pérsico al Mediterráneo, se jactaba de haber conquistado el mundo entero—. En el caso de los escritores romanos, dejando de lado las imprecisiones geográficas y las fanfarronadas, era cierto que las fronteras de la lectura se estaban expandiendo en una progresión asombrosa: los libros de éxito empezaban a atravesar continentes, mares, desiertos, montañas y selvas, en vida de sus autores. Las ideas y las palabras circulaban por las modernas calzadas. Los libros de Marcial se podían comprar en Viena y Britania; los de Plinio el Joven, en una librería de Lyon. Juvenal, un conservador reacio a la nueva cultura inclusiva y global, se indignaba al imaginar a un mugriento cántabro con libros de filosofía romana entre sus bárbaras manos: «Ahora el orbe entero posee una cultura griega y romana; la elocuente Galia ha formado britanos como abogados y en Thule se habla ya de contratar a un profesor de retórica. ¿Dónde había, en la época del viejo Metelo, un estoico cántabro?».

En la capital, nativos y forasteros eran capaces de reconocer por la calle a los escritores más famosos, y los perseguían como los admiradores y groupies de nuestro tiempo. Virgilio, que padecía timidez patológica, muchas veces salió huyendo de los grupos de seguidores que lo asediaban, señalándolo con el dedo. No todo eran inconvenientes, sin embargo. Entre la nobleza romana, existía la costumbre de legar una parte de los grandes patrimonios a individuos importantes para la comunidad, y, en esos casos, no se olvidaban de los escritores. De hecho, se cuenta que los dos grandes autores rivales Tácito y Plinio el Joven medían su fama por la cantidad de herencias que les donaban a uno y otro. En un tiempo en que no podían competir acerca de la cantidad de ejemplares vendidos —era imposible establecer un cálculo fiable —, el top ten de las estrellas del firmamento literario se medía por las propinas que les dejaban los testamentos aristocráticos.

De Livio a Liszt, hay una larga historia desconocida de fama, fetichismo, fans avasalladores y pasiones desbordadas hacia los clásicos.

 

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Este será tu último gran viaje. Con casi sesenta años, mientras dejas atrás Roma, te agita el entusiasmo de la aventura. La navegación de Ostia a Tarraco es tranquila; balanceado por las olas y los vientos favorables, el barco te mece en el mar de la memoria. Has vivido treinta y cinco años en la Urbe. Llegaste muy joven a la capital del Imperio, donde conseguiste sobrevivir escribiendo libros —y dando sablazos a los ricos—. Has sido un parásito simpático y ocurrente en las mansiones nobles, el gracioso imprescindible de sus fiestas. Te trataban algo mejor que a un mayordomo, pero bastante peor que a un amigo.

Sin contratiempos, la nave te deja en Hispania, un día azul de luz cegadora. En Tarraco contratas a un guía con un carro y dos mulas. Emprendéis la marcha sin prisa: pasaréis seis días en los caminos hasta llegar a tu tierra natal.

Una tarde os sorprende una brusca tormenta en un atajo sin pavimentar. Tenéis que tirar como animales del carro, que una y otra vez se atasca en el barro. Cuando cruzas la muralla de Cesaraugusta, sucio y con ojos inyectados, más pareces un mendigo costroso que una celebridad de Roma. Vas a las termas, donde sudas, charlas y te adormilas. Vagabundeas entre el ajetreo del puerto, junto al río amarillento, y aprovechas para comprar dos esclavos en una subasta. Alguien que ha triunfado fuera debe llegar escoltado por hombretones de espaldas anchas y pecho frondoso.

Otra vez en marcha, te emociona contemplar la solitaria silueta del monte Cayo —al que siglos después llamaremos Moncayo, y cuya sombra ofrecerá refugio e inspiración a otros escritores, como un tal Bécquer y un tal Machado —. Al acercarte al río Jalón, revives los ruidosos chapoteos de tu infancia junto a otros niños en sus aguas poco profundas. De nuevo mugriento por el polvo del camino, sueñas con volver al tranquilo balneario de Aquae Bilbilitanorum —las mismas aguas tibias que más adelante recibirán el nombre musulmán de Alhama—. Reconoces el paisaje de tu infancia: los cerros, el meandro del río, las minas de hierro, las espigas altas que esperan la siega, los pinos, las encinas, la sombra de los pámpanos. Una liebre desaparece tras un matorral, despertando tu apetito por los manjares de la caza. Por fin, allí se alza la escarpada Bilbilis, los tejados de las casas en pendiente, la silueta del templo, los recuerdos. Tu corazón retumba. ¿Te esperan en tu tierra los laureles de la gloria, o las dentelladas de la envidia? Conociendo a tus vecinos, más bien alguna frase despectiva dicha entre dientes. Al menos, acabará el insomnio de Roma, el concierto de cocheros que se insultan de noche, la obligación de madrugar y sudar la toga corriendo a casa de los poderosos, las palabras falsas. Bajo el cielo tranquilo de Celtiberia, amigo Marcial, dormirás a pierna suelta.

Aún no lo sabes, pero vas a conocer a una viuda madura y rica, llamada Marcela, que admira tus versos. Halagada por la idea de tener un amante famoso en Roma, te regalará una finca con sus prados, sus rosales, una fuente que susurra estrofas de agua, estanques cubiertos donde nadan las anguilas, un huerto de hortalizas y un blanco palomar. Gracias a ella —cuerpo recio y cálido, tu última compañera de cama, tu mecenas más generosa—, escaparás por fin a la amenaza de la miseria, que nunca te abandonó del todo en Roma. Comerás en una mesa repleta. Holgazanearás. Dormirás largas siestas panza arriba bajo las sombras de los árboles que mitigan los veranos sin nubes. Durante el invierno dejarás transcurrir horas fascinado por el baile hipnótico del fuego del hogar. Conocerás por fin la calma, pero dejarás de escribir. Con el estómago lleno, tu rabia se apaciguará y dejarás atrás tu disfraz de niño terrible.

Cuando estabas en Roma, te irritaba la vida artificial y la hipocresía que observabas a tu alrededor. Estabas harto de halagar a los poderosos. Entonces la nostalgia te dictaba poemas en los que enumerabas los ásperos nombres de tu tierra. Bien, ya has regresado a tu pequeño paraíso de sosiego. Pronto empezarás a rezongar entre dientes, mascullando tu añoranza de las reuniones, los teatros, las bibliotecas de Roma, la agudeza de tu círculo social, los placeres y el bullicio de la capital; en suma, de todo lo que has dejado por afán de tranquilidad.