El infinito en un junco
II Los caminos de Roma
II
LOS CAMINOS DE ROMA
Una ciudad con mala reputación
1
El nuevo centro del mundo era una ciudad con muy mala reputación. Desde sus orígenes, los romanos poseyeron una terrible leyenda negra, con la particularidad de haberla inventado ellos mismos. Para empezar, un fratricidio. Cuenta el mito que los hermanos Rómulo y Remo, nietos impacientes del rey de Alba Longa, partieron a fundar su propia ciudad en aquel legendario 21 de abril del año 753 a. C. Estuvieron de acuerdo al escoger el emplazamiento de la futura Urbe a orillas del río Tíber, pero enseguida se enzarzaron en una pelea por el poder. Al ser gemelos, ninguno tenía sobre el otro la ventaja de la edad, y los dos alegaban presagios divinos en su favor —los dioses también saben nadar y guardar la ropa—. El caso es que Remo saltó de manera provocativa sobre las murallas que Rómulo había empezado a construir por su cuenta. Tito Livio dice que, en la subsiguiente pelea, el calor de las ambiciones condujo al derramamiento de sangre. Rómulo asesinó a su hermano y, temblando de rabia, gritó: «Así morirá todo el que salte por encima de estos muros». Sentó así un precedente útil para la futura política exterior romana, que, después de haber golpeado, aduciría siempre para justificarse una agresión o ilegalidad previa de la otra parte.
El siguiente paso fue organizar una auténtica agrupación de delincuentes. La urbe recién inaugurada necesitaba ciudadanos. El joven rey, sin miramientos, declaró Roma territorio de asilo para criminales y fugitivos, anunciando que entre sus muros no serían perseguidos. Una muchedumbre indiscriminada de convictos y gente de origen oscuro —cuenta Tito Livio— huyó de los territorios vecinos, convirtiéndose en los primeros romanos. El problema más acuciante pasó a ser la ausencia de mujeres. Y así llegamos al tercer episodio abyecto: una violación masiva.
Rómulo invitó a las familias de las aldeas vecinas a la celebración de unos juegos en honor del dios Neptuno. Al parecer, las gentes de los alrededores estaban ansiosas por ver la nueva ciudad, que por entonces era todavía un lodazal de cabañas de barro con alguna que otra oveja como gran atracción. Aún así, el día previsto acudió a Roma una multitud curiosa. Acompañados por sus mujeres e hijas, aparecieron los habitantes de aldeas próximas con nombres estrafalarios como Caenina, Antemnae y Crustumerium —si la última hubiera llegado a gran potencia imperial en lugar de Roma, hoy seríamos todos crustumerianos—. Pero la fiesta religiosa era en realidad una treta. Cuando llegó la hora de los juegos, y los ojos y las mentes de todos los invitados sabinos estaban fijos en el espectáculo, se dio la señal convenida. Entonces los romanos raptaron a las chicas jóvenes que habían acudido allí con sus familias. Comenta Livio que casi todos se apoderaron a bulto de la primera mujer que cayó en sus manos pero, como en todo hay jerarquías, los patricios principales se reservaron a las más guapas y pagaron para que se las llevasen a casa. En inferioridad numérica, los padres y maridos de las secuestradas huyeron, aturdidos por el dolor, lanzando amargos reproches a sus violentos vecinos.
El historiador se apresura a explicar, para evitar malentendidos, que el rapto fue una medida necesaria si los romanos querían asegurar la supervivencia de su ciudad. Además, los presenta haciendo promesas de afecto, reconciliación y amor a las asustadas muchachas. «Esos argumentos —añade— fueron reforzados por la ternura de aquellos maridos, quienes excusaron su conducta invocando la fuerza irresistible de su pasión, argumento siempre efectivo porque apela a la naturaleza femenina». Por si fuera poco, esta legendaria salvajada colectiva sirvió de modelo para la ceremonia romana de matrimonio, que durante siglos escenificó el rapto de las mujeres. El ritual exigía que la novia se refugiase en brazos de su madre y el novio fingiese quitársela por la fuerza mientras ella lloraba, se resistía y gritaba.
El argumento del mito llegó hasta Siete novias para siete hermanos, una inofensiva comedia romántica de 1954 en la que una simpática canción sobre las sabinas ayuda a los rudos chicos protagonistas a resolver de una vez por todas sus problemas de soltería. Y, aliviados, los alegres compadres cantan a coro: «Aquellas sabinas lloraban y lloraban pero por dentro estaban contentas. Gritaban y besaban, besaban y chillaban por la campiña romana. No olvidéis a las dispuestas sabinas. Nunca se ha visto nada más hogareño, un bebé romano en cada rodilla, llamados Claudio o Bruto. Y aquellas lloronas sabinas, cuando los romanos salían a alternar y pelear, pasaban las noches muy entretenidas cosiendo togas pequeñitas para sus críos». Al parecer, el pudibundo Hollywood del código Hays, que censuraba los besos y las camas matrimoniales en pantalla, consideraba en cambio edificante la vieja historia del secuestro múltiple como paso previo a una feliz y hogareña vida familiar.
Sin embargo, los enemigos de Roma veían en sus turbios mitos fundacionales un anticipo y una advertencia de su posterior talante depredador. Siglos después, uno de esos adversarios escribiría: «Desde el principio mismo, los romanos no han poseído nada, excepto lo que han robado: su hogar, sus esposas, sus tierras, su imperio». Pues los descendientes de aquel oscuro y desaprensivo Rómulo, en solo cincuenta y tres años — según cálculos de Polibio—, conquistaron la mayor parte del mundo conocido.
2
La creación del gran Imperio mediterráneo necesitó, en realidad, varios siglos. Esos cincuenta y tres años del siglo II a. C. demarcan el periodo en el que todos los demás pueblos fueron comprendiendo con pasmo y terror que Roma había fabricado el engranaje bélico más demoledor jamás conocido.
Las primeras batallas no legendarias de Roma datan del V a. C. Fueron cotidianas escaramuzas locales —a veces defensivas, a veces agresivas— en los territorios lindantes. Solo en el IV a. C., la expansión romana empezó a llamar la atención de los griegos, la fuerza dominante en aquella época. En el año 240 a. C., tras una progresión vertiginosa de victorias, el territorio romano abarcaba ya casi toda Italia y Sicilia. Siglo y medio después, dominaba casi toda la península ibérica, la Provenza, Italia, toda la costa adriática, Grecia, Asia Menor occidental y el litoral norteafricano entre las actuales Libia y Túnez. Entre el 100 y el 43 a. C., se anexionó la Galia, el resto de la península de Anatolia, la costa del mar Negro, Siria, Judea, Chipre, Creta, la franja costera de la actual Argelia y parte de Marruecos. Los habitantes de la pequeña ciudad de las marismas del Tíber habían pasado de vivir encharcados en su fétido lodazal a disponer de todo el mar Mediterráneo como si se tratara de un lago interior para su exclusivo disfrute.
Las campañas militares se convirtieron en un rasgo cotidiano de la vida de los romanos. Un historiador hispano del siglo V solo consigna —como una inaudita rareza— un año sin guerra a lo largo de aquel largo periodo de expansión imperial. Aquellos insólitos meses de holgazanería bélica sucedieron en el año 235 a. C., durante el consulado de Gayo Atilio y Tito Manlio. Lo habitual, sin embargo, era que dedicasen inmensos esfuerzos y recursos a guerrear y, aunque contaban sus batallas por victorias, dejaron un terrible reguero de víctimas propias en el camino —por no mencionar las ajenas—. Mary Beard afirma que, durante la etapa de conquistas, entre el 10 y el 25 por ciento de la población masculina adulta tenía que servir en las legiones cada año, en una proporción mucho mayor que la de cualquier otro Estado preindustrial y, según los cálculos más elevados, equivalente al índice de reclutamiento de la Primera Guerra Mundial. En la batalla de Cannas frente a Aníbal, que duró una sola tarde, el ritmo de muertes romanas se estima en cien por minuto. Y debemos tener en cuenta que muchos combatientes sucumbirían más tarde a causa de las heridas, pues las armas antiguas servían más bien para mutilar que para matar, y la muerte sobrevenía después, por infección.
El sacrificio fue enorme, pero los beneficios sobrepasaron las fantasías más codiciosas de aquellos implacables legionarios. A mediados del siglo II a. C., el botín de tantas victorias había convertido a la población romana en la más rica del mundo conocido. La guerra engrasaba el negocio lucrativo por excelencia de la época: la esclavitud. Miles y miles de cautivos se convirtieron en mano de obra esclava que trabajaba en los campos, minas y molinos romanos. Carretas cargadas de lingotes saqueados en las ciudades y reinos orientales abarrotaban el tesoro romano hasta rebosar. En el año 167 a. C., la sobreabundancia de oro era tan insultante que el Estado decidió suspender los impuestos directos a sus ciudadanos. Es cierto que esas súbitas riquezas resultaron también desestabilizadoras para los romanos —sobre todo, para los que no pudieron echarles mano—. Se reprodujo el panorama habitual: los ricos se hicieron más ricos, y los pobres, aún más pobres. Las familias patricias se lucraron con grandes latifundios, baratos gracias a la mano de obra esclava, mientras los pequeños agricultores libres, cuyas tierras arrasó Aníbal durante la segunda guerra púnica, se empobrecieron todavía más por culpa de esa competencia desleal. El mejor de los mundos posibles nunca lo es para todos.
Desde tiempos remotos, una enorme cantidad de guerras se han desencadenado con el fin de capturar prisioneros, poseerlos y traficar con ellos. La riqueza mundial a menudo ha ido del brazo de la esclavitud. Este es un nexo real entre la Antigüedad y épocas más modernas: de la muralla china a la Autopista de los Huesos de Kolimá, del sistema de regadío en Mesopotamia a las plantaciones de algodón estadounidenses, de los burdeles romanos a la trata de mujeres en el presente, de las pirámides egipcias a la ropa barata made in Bangladesh. En la Antigüedad, sin duda, los esclavos eran uno de los motivos principales —y a menudo la única razón— para lanzar una expedición de conquista. Representaban un resorte económico tan poderoso que ni siquiera se intentaba ocultar. Cierta vez, Julio César, famoso por su clemencia, vendió a toda la población de una aldea recién conquistada en la Galia, no menos de 53.000 personas, sobre el terreno. El negocio se pudo resolver rápido porque los tratantes de esclavos formaban un segundo ejército rezagado detrás de las legiones para ir comprando la mercancía fresca en cuanto caía la noche en los campos de batalla.
Prisioneros, vecinos y adversarios sufrieron en su propio pellejo la eficiencia de la organización romana. El nuevo imperio hizo realidad la ambición unificadora que los griegos nunca cumplieron porque, a la hora de la verdad, siempre resultaban ser unos incapaces políticos. Los sucesores de Alejandro, como ya he dicho, crearon dinastías rivales que se enzarzaron en una serie de guerras unas contra otras, fragmentando el imperio heredado y sumiéndolo en la zozobra de sus alianzas cambiantes y sus constantes estallidos de brutal violencia. Todos los bandos contendientes se acostumbraron a recurrir a los romanos como aliados en sus luchas locales o como árbitros de sus conflictos, y al final terminaron engullidos por tan peligrosos amigos.
No se puede afirmar que los romanos inventasen la globalización, porque ya existió en el troceado mundo helenístico, pero la elevaron a un grado de perfección que todavía hoy nos impresiona. De un confín a otro del imperio, de España a Turquía, una constelación expansiva de ciudades romanas permanecía comunicada gracias a calzadas tan sólidas y bien trazadas que muchas de ellas aún existen. Aquellas ciudades plasmaban un modelo de urbanismo reconocible y confortable: anchas avenidas que se cortaban en ángulo recto, gimnasios, termas, foro, templos de mármol, teatros, inscripciones en latín, acueductos, alcantarillado. Los forasteros encontraban allá donde fueran rasgos de una cartografía uniforme, igual que los turistas de hoy tropezamos con franquicias de las mismas marcas de ropa, informática y hamburguesas en idénticas arterias comerciales de una punta a otra del planeta.
Estas transformaciones provocaron un hormigueo de gente yendo y viniendo como nunca se había visto antes en el mundo antiguo. Al principio se trató sobre todo de movimientos de los ejércitos y migraciones masivas forzadas. Se calcula que, a comienzos del siglo II a. C., llegaban a la península itálica un promedio de ocho mil esclavos cada año, capturados en la guerra. Por esa misma época se lanzaron al Mediterráneo viajeros, comerciantes y aventureros romanos, que se desplazaban durante largos periodos fuera de Italia. Las aguas de este mar, que para no andarse con rodeos procedieron a llamar nostrum, eran un hervidero de hombres de negocios que sacaban tajada de las oportunidades comerciales abiertas por la conquista. Comerciar con esclavos o proveer armas se transformaron en oficios con gran demanda en el mercado laboral. A mediados de ese mismo siglo II a. C., más de la mitad de los ciudadanos varones adultos habían visto los horizontes del mundo exterior, y habían contribuido con gusto a la variedad étnica dejando a su paso —y a su suerte— abundantes hijos mestizos.
Todo su poderío militar, su riqueza, las asombrosas redes de transporte y las obras de ingeniería componían una maquinaria poderosa, invencible pero árida sin el rocío de la poesía, de los relatos y de los símbolos. Las grietas abiertas por esas ausencias serían las rutas imprevisibles por las que Edipo, Antígona y Ulises se lanzaron a las calzadas del mundo globalizado.