El infinito en un junco

Irene Vallejo · Capítulo 36 de 45

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El infinito en un junco

Herculano: la destrucción que preserva

 

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Las majestuosas bibliotecas de Roma que poblaban los sueños nostálgicos de Marcial en Hispania, terminarían por sucumbir tras una sucesión de desastres, saqueos, incendios y accidentes. Paradójicamente, la única biblioteca antigua que conservamos ha sobrevivido gracias a la acción de fuerzas destructivas.

El 24 de octubre del año 79, bajo el Imperio de Tito, el tiempo se detuvo en Pompeya y Herculano, dos ciudades de moda en la bahía de Nápoles. Allí se habían hecho construir sus mansiones los ciudadanos más ricos de la capital. El sol resplandecía, las aguas eran de un azul muy puro, el olor del mirto endulzaba el aire, se sucedían las fiestas para diversión de los veraneantes, la vida era relajada y los placeres fáciles. Sin embargo, aquel día de otoño, desde primera hora de la mañana, un jirón de humo negro se alzó desafiante del cráter del Vesubio hacia el cielo. Pronto empezó a caer sobre las calzadas de Herculano una especie de fango, mezcla de lluvia, cenizas y lava. Cubrió los tejados y penetró por ventanas y rendijas. Por fin, un flujo volcánico a 600 °C arrasó con todo. Solo quedaron los huesos de sus habitantes. Pompeya quedó envuelta en vapores de azufre que volvieron el aire irrespirable. A una finísima llovizna de cenizas siguió un granizo de pequeñas piedras volcánicas y, por último, piedras pómez de varios kilos. La gente salía horrorizada de sus casas, pero ya era tarde para huir.

La ciudad, sepultada durante cerca de mil años bajo una capa de cenizas solidificadas y lapilli, se convirtió en una especie de cápsula del tiempo. La temperatura de 300 °C generó costras de ceniza volcánica en torno a los retorcidos cuerpos de sus habitantes. En el siglo XIX, los arqueólogos inyectaron escayola en los huecos fantasmales que dejaron los cuerpos muertos en las cenizas. Esos moldes de escayola nos permiten contemplar a los pompeyanos eternizados en el último acto de sus vidas: una pareja busca refugio en un abrazo imperecedero, un hombre muere solo con la cabeza hundida en las manos, un perro guardián intenta frenéticamente liberarse de su correa, una niña se cobija convulsa en el regazo de su madre como si quisiera volver a su vientre. Algunos de ellos aún parecen retorcerse, encogidos de miedo, dos mil años después. En Te querré siempre, de Rossellini, un matrimonio en crisis que viaja por Italia asiste con angustia al vaciado de las estatuas de yeso de dos amantes que encontraron la muerte juntos, engullidos por la lava.

Varias generaciones antes de la catástrofe, Lucio Calpurnio Pisón, suegro de Julio César, encargó un palacio de doscientos metros cuadrados en Herculano. Cuando, a mediados del siglo XVIII, los arqueólogos sacaron a la luz los restos de la fastuosa residencia, encontraron más de ochenta estatuas de bronce y mármol, y la única biblioteca superviviente del mundo clásico. La colección contiene unos dos mil rollos carbonizados, que la erupción destruyó y preservó simultáneamente. A consecuencia de este hallazgo sin precedentes, la gran villa de Pisón es conocida como la Villa de los Papiros. Aquella mansión romana sepultada por la lava impresionó de tal manera al magnate del petróleo Jean Paul Getty que se hizo construir una villa idéntica en Malibú —hoy esa réplica alberga una sede del Museo Getty—.

Durante décadas, la villa de Lucio Calpurnio había sido lugar de reunión para un conocido círculo de filósofos epicúreos, entre los que se encontraba el poeta Virgilio. Pisón fue un poderoso magistrado y lector entusiasta de las obras del pensamiento griego. Cicerón, su enemigo político, retrató al riquísimo aristócrata cantando coplas obscenas y refocilándose desnudo «en medio de la fetidez y el lodazal de sus queridos griegos» —la sutileza no abundaba en las invectivas políticas de la época—. Al margen de que Pisón organizase o no sus esporádicas orgías, a juzgar por el contenido de su biblioteca parece probable que los invitados de la villa pasaran las tardes en Herculano dedicados a entretenimientos apasionantes, aunque quizá menos sensuales.

Los romanos poderosos de finales del periodo republicano y principios del Imperio consideraban que el ocio intelectual era uno de sus privilegios más queridos. Muchos de ellos destinaban largas horas de sus vidas, por lo demás ocupadísimas, a debatir con ingenio y seriedad sobre los dioses, sobre las causas de los terremotos, el trueno y los eclipses, sobre la definición del bien y el mal, sobre las metas legítimas de la vida y sobre el arte de morir. Agasajados por esclavos, en el confort de sus elegantes villas, se aferraban a los tesoros de sus bibliotecas y a aquellas civilizadas charlas intelectuales como si, de algún modo, quisieran creer que su viejo mundo seguía intacto, a pesar de las guerras civiles, la violencia, las tensiones sociales, los rumores de disturbios, el aumento de los precios del grano y las lentas columnas de humo que vomitaba el Vesubio. Esos hombres y mujeres privilegiados que vivían en el epicentro de la mayor potencia del mundo se refugiaban en sus lujosas mansiones para olvidar todos los peligros, reduciéndolos a amenazas remotas, a asuntos de importancia ínfima por los que no merecía la pena perder las formas o interrumpir una conversación especulativa sobre, por ejemplo, los testículos de los castores, tema que tanto interesaba a Aristóteles. De aquel gusto de los nobles romanos por tumbarse en sus cómodos divanes — triclinios o lechos de mesa— sobre almohadones de púrpura bordada, mientras les servían bebida y manjares, para razonar tranquilamente los unos con los otros, procede nuestra expresión «hablar largo y tendido».

Las excavaciones de la Villa de los Papiros revelaron que los libros del sibarita Pisón se guardaban en una habitación de tres por tres metros con estantes en las paredes y una librería exenta de madera de cedro en el centro con estantes a ambos lados. Los rollos se trasladaban al patio contiguo para poder leerlos con buena luz, entre lujosas estatuas. En ese diseño, el arquitecto de la villa seguía el precedente griego.

Aquel 24 de octubre, la explosión de gas del volcán carbonizó los rollos de papiro antes de que la ciudad quedase enterrada bajo una fina ceniza volcánica que después se enfrió y solidificó. Cuando los excavadores y cazadores de tesoros exploraron la villa en el siglo XVIII, confundieron los restos de los rollos con trozos de carbón y troncos quemados. De hecho, llegaron a usar algunos de ellos como antorchas, donde ardieron las antiguas palabras de libros perdidos —un curioso caso de comunicación por señales de humo—. Cuando comprendieron lo que tenían entre manos, se preguntaron si sería posible leerlos. En la euforia del hallazgo, recurrieron a métodos poco delicados (usaron las uñas o, peor aún, cuchillos de carnicero para cortarlos, con resultados predecibles y lamentables). Poco después, un italiano inventó una máquina para intentar abrirlos con delicadeza, pero era una labor desesperadamente lenta. Hicieron falta cuatro años para desplegar el primer rollo. Y, de todas formas, los fragmentos obtenidos con la máquina, negros como un periódico quemado, eran frágiles y difíciles de conservar porque tendían a despedazarse.

Desde entonces, los investigadores han buscado herramientas tecnológicas para descifrar los secretos ocultos en los rollos carbonizados de Pisón. En algunas piezas no se distingue nada; en otras, se pueden identificar pocas letras con microscopios. La manipulación constante conlleva el riesgo de que los rollos queden convertidos en polvo negro sobre la mesa. En 1999, científicos de la Universidad Brigham Young, en los Estados Unidos, examinaron los papiros con radiación infrarroja. A una determinada longitud de onda, lograron un buen contraste entre el papel y la tinta. Tocadas por la luz invisible, empezaron a aflorar letras. En lugar de tinta negra sobre papel negro, los expertos distinguieron líneas oscuras sobre un fondo gris pálido. Las posibilidades de reconstruir los textos mejoraron notablemente. En 2008, las imágenes multiespectrales propiciaron un nuevo avance. Sin embargo, ninguno de los rollos identificados hasta ahora —todos ellos en griego— contiene uno de esos tesoros destruidos que tanto codiciamos —ni poemas desconocidos de Safo, ni tragedias naufragadas de Esquilo y Sófocles, ni los diálogos extraviados de Aristóteles—. Los libros que han vuelto a la luz son, en su mayoría, tratados filosóficos sobre asuntos muy especializados. Probablemente el hallazgo más notable sea el ensayo Sobre la naturaleza, de Epicuro. Pero muchos expertos sospechan que en la mansión de Lucio Calpurnio hubo una biblioteca latina, todavía por descubrir. Mientras tanto, la moderna ciudad de Ercolano ruge y vibra sobre las viejas ruinas, obstaculizando excavaciones más profundas. Quizá en el futuro se encuentren allí —y sea posible leerlos— fascinantes libros perdidos. Tal vez en las próximas décadas vivamos un pequeño milagro literario bajo el volcán.

Los primeros arqueólogos de Herculano descubrieron un buen número de rollos esparcidos por la finca de los Papiros, apilados en el suelo e introducidos en fundas de viaje, como si su dueño de entonces hubiera hecho un último esfuerzo por trasladar la colección antes de que quedase sepultada bajo los veinte metros de detritos volcánicos que la cubrieron. Imagino a ese hombre que hace dos mil años se preocupaba por salvar sus libros mientras su mundo desaparecía, carbonizado por el flujo abrasador de roca y aire ardiendo que se abalanzó sobre Herculano a treinta metros por segundo y a 600 °C de temperatura. Por una extraña ironía histórica, para nosotros esa biblioteca del apocalipsis es la única superviviente de una extensa cartografía borrada.

 

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Los yacimientos del pasado atrajeron las peregrinaciones de un ejército de nuevos fans. Cuando el rey de Nápoles y futuro rey de España Carlos III ordenó las excavaciones de Pompeya, Herculano y Estabia en el siglo XVIII, se desató la fiebre por las antigüedades. Las ciudades conservadas gracias a la catástrofe levantaron jóvenes pasiones en Europa. Un mundo hasta entonces solo imaginado se había vuelto visible de pronto, y la civilización antigua fue la última moda en el continente. Desde aquel reducto de una época perdida, se perfilaron e irradiaron ciertos rasgos de la modernidad: el Grand Tour y los inicios del turismo, la arqueología como disciplina científica, los grabados de ruinas, la arquitectura neoclásica de los centros del poder, la utopía estética de Winckelmann, la vocación grecolatina que latía tras el alma revolucionaria de los ilustrados.