El infinito en un junco
Un hombre de memoria prodigiosa y un grupo de chicas vanguardistas
Un hombre de memoria prodigiosa y un grupo de
chicas vanguardistas
57
Érase una vez, en la Gran Biblioteca, un hombre de memoria prodigiosa. Día tras día, se dedicaba a leer los rollos por su orden, de anaquel en anaquel. Y las palabras acariciadas por sus ojos se grababan en su mente, transformándola poco a poco en un archivo mágico de todos los libros.
Se llamaba Aristófanes de Bizancio. Su padre era comandante de mercenarios y lo había adiestrado para su oficio aventurero y peligroso. Él prefirió los viajes inmóviles, las múltiples vidas imaginarias del lector. En su frente, tras los mechones de pelo gris como liquen, se dibujaban unas arrugas paralelas que sugerían las líneas de un texto indescifrable. Se hubiera dicho que aquel hombre delgado y musgoso, siempre en silencio pero habitado por infinitos fantasmas susurrantes, se parecía cada vez más a los libros que devoraba.
Un día se celebró en Alejandría un concurso de poesía. El rey eligió a seis personajes ilustres de la ciudad como jueces literarios. Faltaba uno más para conseguir un número impar, y alguien deslizó el nombre de Aristófanes. Los siete jueces escucharon recitar a los poetas pero, mientras los demás aplaudían, Aristófanes se limitaba a callar con gesto inexpresivo. Dejó deliberar a los otros sin mezclarse en la discusión. Solo al final pidió que le permitieran hablar, para decir que todos los concursantes menos uno eran farsantes. Se levantó, entró en los pórticos de la biblioteca y, utilizando solo su memoria, extrajo una montaña de rollos de distintas estanterías. Allí estaban, palabra por palabra, recónditos, los poemas que los escritores tramposos habían saqueado. Los ladrones de palabras no pudieron engañar a Aristófanes. Para él, cada verso era tan inconfundible como un rostro, y recordaba su lugar en los anaqueles igual que otros conocen el puesto de cada estrella en el cielo nocturno.
Cuenta la leyenda que el rey de Egipto nombró director de la Biblioteca a aquel memorioso lector.
Esta anécdota, relatada por Vitrubio, demuestra que el plagio y los escándalos son tan antiguos como los propios concursos literarios —tal vez por eso llamemos «fallos» a las decisiones de los jurados—. Además, la historia de Aristófanes de Bizancio nos revela el crecimiento de la Gran Biblioteca, que, un siglo después de su creación, ya solo podía tener cabida en una memoria fabulosa. Había llegado el tiempo de los catálogos y las listas.
En realidad, como explica el ensayista Philipp Blom, todo coleccionista necesita su inventario. Las cosas que se esfuerza en reunir pueden volver a dispersarse algún día, vendidas o saqueadas, sin dejar rastro de la pasión y los conocimientos que impulsaban a su anterior dueño. Incluso a los más humildes coleccionistas de sellos, libros o discos les duele imaginar que seguramente en el futuro esos objetos elegidos uno a uno por íntimos motivos volverán al revoltijo y la mezcolanza de las tiendas de viejo. Solo en su catálogo, la colección sobrevive a su propio naufragio. Es la prueba de que existió como conjunto, como plan cuidadoso, como obra de arte.
En el catálogo se manifiesta el poder del número. Ya conté antes que, según las fuentes, cada poco tiempo el rey Ptolomeo pasaba revista a los anaqueles de la Biblioteca y preguntaba a su encargado: «¿Cuántos libros tenemos ya?». La cifra que salía de la boca del bibliotecario resumía el éxito o el fracaso de su grandioso plan. Esta escena tiene un cierto parecido con un episodio protagonizado por Don Juan Tenorio, a quien se podría considerar el arquetipo literario del coleccionista insaciable. En la ópera Don Giovanni, Mozart y su libretista Da Ponte incluyeron la famosa «Aria del catálogo», donde el criado Leporello aporta un inventario de conquistas: «Este es el catálogo de las mujeres que amó mi señor, un catálogo que yo mismo he elaborado. Observad, leed conmigo. En Italia, seiscientas cuarenta, en Alemania doscientas treinta y una, cien en Francia, en Turquía noventa y una, ¡pero en España ya son mil tres!». Los Ptolomeos, como Don Juan, necesitaban servidores-contables que les garantizaran que la suma de sus logros seguía aumentando, que tenían derecho a sentirse cada vez más importantes y poderosos. De la misma forma, las redes sociales son los Leporellos de nuestro mundo virtual. Alimentando el narcisismo y la pulsión coleccionista que anida en nosotros, llevan la cuenta del número de amigos, seguidores y «me gusta» que somos capaces de conquistar.
La Biblioteca de Alejandría, que intentó rozar el infinito, también tuvo un gran catálogo. Sabemos que ocupaba al menos ciento veinte rollos, cinco veces más que la Ilíada de Homero. Por sí solo, ese dato conserva un destello de la magnífica colección perdida. Y prueba que, para entonces, el mar de libros había desbordado los diques de la memoria humana. Ya nunca volverían a habitar en una sola cabeza —como se cuenta que habitó en la de Aristófanes— la suma del saber, la poesía y los relatos escritos.
58
Del gran catálogo se encargó en el siglo III a. C. un poeta nacido en territorio libio, Calímaco de Cirene, el primer cartógrafo de la literatura. En las galerías, pórticos, salas interiores y pasillos de la Biblioteca de Alejandría, con sus anaqueles llenos a rebosar, ya era posible perderse. Hacía falta un mapa del territorio, un orden y una brújula.
Se considera a Calímaco el padre de los bibliotecarios. Lo imagino rellenando las primeras fichas bibliográficas de la historia —que serían tablillas— e inventando algún remoto antecedente de las signaturas. Quizá conoció los secretos de las bibliotecas babilónicas y asirias, y se inspiró en sus métodos de organización, pero llegó mucho más lejos que ninguno de sus predecesores. Trazó un atlas de todos los escritores y de todas las obras. Resolvió problemas de autenticidad y falsas atribuciones. Encontró rollos sin título que era necesario identificar. Cuando dos autores se llamaban de la misma forma, investigó la identidad de cada uno para diferenciarlos. En algunos casos se confundían nombres y apodos. Por ejemplo, el verdadero nombre —hoy olvidado— de Platón era Aristocles. Hoy ya solo lo conocemos por lo que parece su apodo del gimnasio, Platón, que en griego significaba «espalda ancha» —el filósofo debía de estar muy orgulloso de sus habilidades pugilísticas sobre la arena—.
En resumen, el nuevo geógrafo de los libros tuvo que afrontar infinitos interrogantes con paciencia y amor por el detalle minucioso. De cada autor, Calímaco redactó una biografía brevísima, investigó los datos distintivos —el nombre del padre, el lugar de nacimiento, el apodo— y elaboró la lista completa de sus obras por orden alfabético. El título de cada libro iba seguido de una cita de la primera frase del texto —si se conservaba— para facilitar su identificación.
La idea de utilizar el alfabeto para ordenar y archivar textos fue una gran contribución de los sabios alejandrinos. En nuestra vida cotidiana, nosotros lo hemos asumido como algo tan corriente, tan claro y útil que ni siquiera nos parece un invento. Y, sin embargo, es una herramienta —igual que el paraguas, los cordones de los zapatos o el lomo de los libros— que alguien ideó en un momento de inspiración precedido por una larga búsqueda. Ciertos investigadores piensan que esta sencilla genialidad pudo ser precisamente lo que Aristóteles enseñó a los bibliotecarios de Alejandría. La hipótesis es atractiva, aunque imposible de probar. En cualquier caso, el sistema se impuso gracias a los intelectuales del Museo. Nosotros, con un abecedario distinto, seguimos imitando sus gestos.
El catálogo de Calímaco —llamado los Pínakes, «las Tablas»— no se ha conservado, pero en textos de los siglos posteriores aparecen suficientes referencias y alusiones para tener una idea bastante aproximada de cómo fue. También han llegado a nosotros listas que seguramente fueron copiadas de los Pínakes. Por ejemplo, los títulos de setenta y tres piezas teatrales de Esquilo en orden alfabético, y más de cien de Sófocles. Estas enumeraciones son un auténtico inventario de pérdidas —hoy solo podemos leer siete tragedias completas de cada uno—.
En una de sus decisiones con mayor repercusión, Calímaco organizó la literatura por géneros. Clasificó —ya para siempre— los libros en dos grandes territorios: el verso y la prosa. Luego, parceló cada uno de estos países literarios en provincias: épica, lírica, tragedia, comedia; historia, oratoria, filosofía, medicina, derecho. Y, al final, una última sección miscelánea para las obras que no encajaban en ninguno de los principales géneros. Allí figuraban, por ejemplo, cuatro libros de repostería. La ordenación alfabética por géneros, que ha llegado hasta nuestras bibliotecas actuales, obedecía a criterios meramente formales, útiles, pero arbitrarios. Desde entonces, los libros mixtos, experimentales, fronterizos y desobedientes a las leyes de los géneros —también los hubo en la Antigüedad — han cargado con los inconvenientes de ser inclasificables.
A pesar de su formalismo, los Pínakes se convirtieron en una herramienta de búsqueda esencial, el primer gran mapa de la literatura, un portulano para navegar el gran océano de la Biblioteca de Alejandría. Y, en la estela de Aristóteles, una audaz taxonomía del saber y la invención. Durante toda la Antigüedad, el catálogo de Calímaco se consultaba y actualizaba constantemente. Tuvo un enorme éxito y colocó los cimientos de las ciencias bibliográficas y enciclopédicas, ramas del saber que están al servicio de todas las demás.
Adivino que Calímaco soñaría con salvar del olvido todos los pequeños mundos encapsulados en el interior de los libros, incluso los más recónditos, y de ahí extrajo fuerzas y paciencia para ese inmenso esfuerzo. Después de todo, él mismo era un escritor preocupado por el porvenir de las palabras. Ironías del destino, su propia obra se perdió casi por completo.
Por lo que sabemos, fue un poeta transgresor, que defendía con uñas y dientes la experimentación creativa. Le aburrían los fieles imitadores de un pasado literario irrecuperable. Amaba la brevedad, la ironía, el ingenio, la fragmentación. A veces, no hay nada como conocer bien a los clásicos para saber por dónde se pueden abrir nuevos caminos.
59
Silenciosamente, las bibliotecas han ido invadiendo el mundo.
Entre el año 1500 y 300 a. C., existieron 55 bibliotecas, solo para un público minoritario, en algunas ciudades de Próximo Oriente, y ninguna en Europa. Según datos del año 2014 en España, el 97 por ciento de la población dispone de al menos una biblioteca pública en el lugar donde vive —hay un total de 4.649 bibliotecas en todo el país—. Estas cifras cuentan la historia de un enorme cambio y de una fantástica multiplicación. Aunque ha pasado bastante desapercibida, se trata de una de las realidades antiguas que nos han colonizado con más eficacia. Si nos preguntáramos, como esos estrafalarios miembros del Frente Popular de Judea de La vida de Brian, ¿qué han hecho los griegos y romanos por nosotros?, contestaríamos sin dudarlo: calzadas, alcantarillas, leyes, democracia, teatro, acueductos. Tal vez incluiríamos en la lista la épica de los gladiadores, ese hatajo de ruidosos luchadores semidesnudos que tanto fascinan a los guionistas de Hollywood, o los conductores de cuadrigas, pero ni remotamente pensaríamos en el éxito sosegado de las bibliotecas públicas, hoy más vivas que nunca.
No olvido la primera biblioteca de mi infancia. Desde muy niña, sabía que en todos los cuentos hay un bosque; al entrar en sus misteriosos caminos, el protagonista siempre tropieza con la magia y acaba encontrando alguna maravilla. Yo también caminaba entre árboles, de la mano de mi padre, en las largas tardes de julio. Solíamos ir los dos juntos a una biblioteca pequeña en el Parque Grande. Era una casita que, por su aspecto y su tejado, a mí me parecía sacada de algún cuento o quizá de un país alpino. Entraba en su interior en penumbra, escogía un tebeo y volvía a salir al luminoso exterior del parque con el tesoro bien abrazado, hasta elegir un banco donde leerlo. Y lo leía a conciencia, desde la primera a la última letra, bebiendo los dibujos y las palabras, mientras la tarde declinaba lentamente y se escuchaba la música metálica de las bicicletas al pasar. Cuando terminaba, devolvía el tebeo que había sido mi botín durante unas horas, salía del bosque y volvía a casa con la imaginación bullendo en la frescura del anochecer.
Las maravillas de aquel parque ascendido a la categoría de bosque por mi mirada infantil eran, claro, pura fantasía; los libros y los héroes que los habitaban; el susurro de los álamos que con sus cuchicheos misteriosos parecían prometer un cuento; la biblioteca. Me había convertido en una yonqui de los tebeos, y cada tarde exigía dosis mayores.
Los más de diez mil bibliotecarios que trabajan en España —cientos de miles en todo el mundo— alimentan nuestra adicción a las palabras. Son los guardianes de la droga. A ellos les confiamos la suma de nuestros conocimientos y nuestros sueños, desde los cuentos de hadas a las enciclopedias, desde los opúsculos eruditos a los cómics más canallas. Ahora que muchas editoriales destruyen sus fondos para evitar los gastos de almacenamiento, allí encontramos un depósito de las palabras descatalogadas; el cofre del tesoro.
Cada biblioteca es única y, como alguien me dijo una vez, siempre se parece a su bibliotecario. Admiro a esos cientos de miles de personas que aún confían en el futuro de los libros o, mejor dicho, en su capacidad de abolir el tiempo. Que aconsejan, animan, urden actividades y crean pretextos para que la mirada de un lector despierte las palabras dormidas, a veces durante años, de un ejemplar apilado en una estantería. Saben que ese acto tan cotidiano es en el fondo —levántate, Lázaro— la resurrección de un mundo.
Los bibliotecarios tienen una larga genealogía que empieza en el Creciente Fértil de Mesopotamia, pero apenas sabemos nada sobre esos lejanos antepasados del gremio. El primero que nos habla con su propia voz es Calímaco, a quien podemos imaginar con un perfil nítido en su paciente trabajo de catalogación y en sus largas noches de escritura. Después de Calímaco, muchos escritores han ejercido de bibliotecarios durante alguna época de su vida, entre paredes de libros que a la vez convidan y paralizan. Goethe, Casanova, Hölderlin, los hermanos Grimm, Lewis Carroll, Musil, Onetti, Perec, Stephen King. «Dios me hizo poeta y yo me hice bibliotecaria», escribió Gloria Fuertes.
Y a Borges, el bibliotecario ciego que se ha convertido él mismo casi en un género literario. Cuenta un amigo del escritor que cierta vez recorrió con él la Biblioteca Nacional de Buenos Aires. Borges se movía entre los anaqueles como en su propio hábitat. Abrazaba con la mirada, ya sin verlos nítidamente, cada uno de los estantes. Sabía dónde se encontraba cada libro y, al abrirlo, encontraba enseguida la página precisa. Perdiéndose en corredores tapizados de libros, deslizándose por lugares casi invisibles, Borges se abría camino en la oscuridad de la biblioteca con la delicada precisión de un equilibrista; como Jorge de Burgos, ese guardián ciego —y asesino sigiloso— de la biblioteca abacial de El nombre de la rosa, que Umberto Eco, entre el homenaje y la irreverencia, imaginó inspirándose en él.
A principios del siglo XX, este oficio desempeñado por hombres desde los tiempos de Nínive, Babilonia y Alejandría en adelante, empezó a transformarse en un territorio pacíficamente invadido por mujeres. En 1910, lo eran casi el 80 por ciento del total. Y, como solo las mujeres solteras tenían permitido trabajar, el imaginario colectivo forjó la caricatura de la bibliotecaria solterona, avinagrada, antipática, con moño gris, gafas, ropa anticuada y muchas ganas de gruñir. La mentalidad de esa época no tan lejana creía que una mujer que trabajase entre libros solo podía lamentarse con amargura por el novio que nunca le puso un anillo en el dedo y su prole inexistente. En ¡Qué bello es vivir!, estrenada nada menos que en 1946, encontramos un reflejo de ese estereotipo. Me parece un momento insuperablemente paródico, pero por desgracia está rodado sin pizca de ironía. El personaje protagonista, George Bailey, interpretado por James Stewart, está al borde del suicidio en Nochebuena. Entonces interviene su ángel de la guarda para mostrarle cómo sería el mundo si él no hubiera nacido y así convencerlo de que su vida no es un inane despropósito. Tras contemplar cómo todos sus amigos y familiares habrían sido más desgraciados sin él, George pregunta por su mujer: ¿dónde está Mary? El ángel titubea; no…, no me pidas eso. George, angustiado, imaginándose lo peor, agarra al ángel por las solapas. Si sabes dónde está mi mujer, dímelo. No puedo decírtelo. Por favor. No te va a gustar, George. ¿Dónde está, dónde está?, pregunta George rozando la desesperación. Se quedó soltera, George… Está a punto de cerrar la biblioteca. George deja caer al ángel y corre a la biblioteca. Entonces, aparece en pantalla Mary, que en efecto está cerrando la puerta de la Biblioteca Pública de Pottersville. Viste el uniforme completo: traje monjil, moño, gafas gruesas. Camina con el bolso aferrado contra el pecho, acomplejada e infeliz. La banda sonora de la película crea una atmósfera lúgubre. Y, ante la horrorizada expresión de George, se espera que el espectador, echándose las manos a la cabeza, piense: ¡No, una bibliotecaria no!
Estos tópicos, como ha demostrado la investigadora Julia Wells, continúan presentes en el cine contemporáneo. Muchas bibliotecarias de ficción siguen apareciendo como mujeres cascarrabias que lanzan furibundos ¡tchsss! a quien se atreve a hablar en sus dominios. Y aquí tropiezo con una triste ironía histórica. Durante los años inmediatamente anteriores al rodaje de la película de Frank Capra, en la España de posguerra, la mayoría de las bibliotecarias que ejercieron durante la República fueron consideradas peligrosas revolucionarias y sometidas a procesos de depuración. En general, eran el reverso del fantasma de Mary en ¡Qué bello es vivir!: chicas modernas, vanguardistas, pioneras en las universidades españolas. Las autoridades franquistas investigaron sus actividades públicas, su vida profesional y su conducta privada. Las que pudieron mantener su trabajo en el Cuerpo público de Bibliotecarios y Archiveros sufrieron humillantes bajadas de sueldo, destinos forzosos y quedaron inhabilitadas para puestos de dirección. Pienso en María Moliner, a la que rebajaron dieciocho puestos en el escalafón, excluyéndola para toda su carrera de cargos de mando o confianza. Relegada primero al Archivo de Hacienda de Valencia y luego a la Escuela de Ingenieros de Madrid, elaboró a solas su fantástico diccionario. La biblioteca de la infancia de mi madre no era una casita encantada en el bosque, como la mía; era el edificio donde trabajaban dos mujeres represaliadas.
Las bibliotecas y los bibliotecarios tienen su propia historia universal de la infamia: ataques, bombardeos, censura, depuraciones, persecución. Han inspirado una galería de personajes fantásticos, como Jorge de Burgos en El nombre de la rosa, capaz de convertir un libro de Aristóteles en arma del crimen; o Mary, que vive a la vez en dos dimensiones espaciotemporales, como feliz madre de familia y como atormentada bibliotecaria (y no sabemos cuál de esas vidas prefiere). Pero lo más asombroso de todo es el camino recorrido desde los orígenes orientales —con sus gremios de escribas y castas de sacerdotes que mantenían el conocimiento vigilado— a las bibliotecas de hoy, abiertas a todo el que quiera leer y aprender.
En sus anaqueles aguardan juntos libros escritos en países enemigos, incluso en guerra unos con otros. Manuales de fotografía y de interpretación de los sueños. Ensayos que hablan de microbios o de galaxias. La autobiografía de un general al lado de las memorias de un desertor. La obra optimista de un autor incomprendido y la obra oscura de un autor de éxito. Los apuntes de una escritora viajera junto a los cinco tomos que necesita un escritor sedentario para contar con pelos y señales sus ensoñaciones. El libro impreso ayer y a su lado el que acaba de cumplir veinte siglos. Ahí no se conocen las fronteras temporales ni geográficas. Y, por fin, estamos todos invitados a entrar: extranjeros y locales, gente con gafas, con lentillas o con legañas, hombres que llevan moño o mujeres que llevan corbata. Eso se parece a una utopía.
60
Mallarmé, en el siglo XIX, escribió: «La carne es triste y, ay, he leído todos los libros». Probablemente, el poeta aludía al tedio de una existencia saturada y marchita. Sin embargo, leídas desde los tiempos de Amazon y el Kindle, sus palabras nos recuerdan con ironía que la aspiración a conocer todos los libros es solo el sueño imposible de los bibliófilos más locos. La humanidad publica un libro cada medio minuto. Suponiendo un precio de veinte euros y un grosor de dos centímetros, harían falta más de veinte millones de euros y unos veinte kilómetros de anaqueles para la ampliación anual de la biblioteca de Mallarmé.
El catálogo de Calímaco fue el primer atlas completo de los libros conocidos. El continente cartografiado resultó ser enorme, y los griegos se sintieron, por lo menos, tan sobrepasados como nosotros. Ninguna persona leería jamás la totalidad de los rollos guardados en la Biblioteca de Alejandría. Nadie lo sabría todo. Cada vez más, el conocimiento de cada uno sería un archipiélago mínimo en el inconmensurable océano de su ignorancia.
Nació entonces la ansiedad de seleccionar: ¿qué leer, ver, hacer antes de que sea demasiado tarde? Por el mismo motivo, hoy seguimos obsesionados por las listas. Hace solo unos años, Peter Boxall publicó el enésimo listado de los libros —en este caso, 1.001, como las noches de Sherezade— que hay que leer antes de morir. En la actualidad, proliferan las selecciones de los discos que merece la pena escuchar, de las películas que conviene no perderse o los lugares a los que deberíamos viajar. Internet es la gran lista de nuestros días, fragmentaria e infinitamente ramificada. Cualquier manual de autoayuda que se precie, encaminado a hacerte millonario, ayudarte a conquistar el éxito o redimirte de la obesidad, incorpora el consejo básico de hacer listas. Perserverarás en los propósitos inventariados, y tu vida mejorará. Las enumeraciones tienen que ver con el orden como ansiolítico, es decir, con nuestro sistema defensivo para neutralizar la expansión del caos. También tienen que ver con la angustia, con el miedo, con el doloroso convencimiento de que tenemos los días contados. De ahí que tratemos de reducir las cosas que nos desbordan a diez, cincuenta, cien epígrafes.
Al recorrer con la vista el desmesurado catálogo, sin duda los sabios de la Gran Biblioteca fueron infectados por el mismo virus invasor de las listas. ¿Cuáles eran los libros imprescindibles en cada género? ¿Qué narraciones, qué versos, qué ideas deberían llegar a las generaciones futuras?
En la época de la reproducción manuscrita, la supervivencia de un libro antiguo exigía un enorme esfuerzo porque el material se deterioraba y era necesario volver a copiarlo cada cierto tiempo. Estas copias sucesivas obligaban también a revisar la edición y comentarla para que el paso de los años no oscureciese su sentido. Los sabios de la Biblioteca, con sus días contados, no podían garantizarles esa dedicación a todos los libros del catálogo. Era necesario elegir. Sus listas fueron, como la mayoría de las nuestras, un programa de trabajo, pero además crearon un sistema de referencias que ha llegado hasta hoy. En El vértigo de las listas, Umberto Eco sostiene que las listas son en realidad el origen de la cultura, parte de la historia del arte y la literatura. Añade que en las enciclopedias y los diccionarios encontramos formas elaboradas de los listados. Y todos ellos — repertorios, bibliografías, índices, tablas, catálogos, diccionarios— hacen más comprensible el infinito.
Los griegos tenían una palabra para los autores incluidos en listas: enkrithéntes, «los que ha superado la criba, los tamizados». La palabra elegida sugiere la metáfora rural del cedazo, que separa y distingue el grano de la paja. A una escala menor que la de nuestros tiempos, también en la Antigüedad abundaban los listados de autores enkrithéntes a quienes era necesario leer antes de morir. Conocemos los títulos de unos manuales de época imperial que suenan tan actuales como las novedades contemporáneas: Conocer los libros, de Telefo de Pérgamo, Sobre la elección y adquisición de libros, de Erenio Filón o El bibliófilo, de Damófilo de Bitinia. Esos tratados encaminaban a los lectores en la elección de libros, señalando las obras esenciales. Algunas de aquellas listas antiguas han llegado hasta nosotros y, aunque presentan diferencias entre sí —las selecciones se actualizan constantemente—, mantienen un trasfondo común. Después de rastrearlas y compararlas, creo que todas se remontan a los sabios de Alejandría y al catálogo de Calímaco. Y pienso que el sentido originario de aquellas selecciones fue concentrar esfuerzos para impedir que un puñado de libros maravillosos, los preferidos, se desvaneciesen en el olvido.
Elegir es, de alguna forma, salvaguardar. Hoy seguimos elaborando listas de paisajes y monumentos, declarándolos Patrimonio de la Humanidad, para intentar protegerlos de las oleadas de destrucción.
Alejandría es un punto de partida. Allí el dinero de los reyes y el empeño de los estudiosos sostuvieron un gran trabajo de conservación y salvamento. Quizá por primera vez, los griegos entendieron que las frágiles palabras de los libros eran una herencia que sus hijos y los hijos de sus hijos necesitarían para explicar la vida; que algo tan efímero —el dibujo de un soplo de aire, la vibración musical de nuestros pensamientos— tenía que ser preservado pensando en las generaciones futuras; que las antiguas historias, leyendas, cuentos y poemas son testimonio de unas aspiraciones y de una forma de entender el mundo que se niega a morir.
Creo que la gran originalidad de los sabios de la Biblioteca de Alejandría no tiene que ver con su amor por el pasado. Lo que los hizo visionarios fue entender que Antígona, Edipo y Medea —esos seres de tinta y papiro amenazados por el olvido— debían viajar a través de los siglos; que no se podía privar de ellos a millones de personas todavía por nacer; que inspirarían nuestras rebeldías, que nos recordarían lo dolorosas que pueden ser ciertas verdades, que revelarían nuestros pliegues más oscuros; que nos abofetearían cada vez que nos enorgulleciéramos demasiado de nuestra condición de hijos del progreso; que nos seguirían importando.
Por primera vez, contemplaron los derechos del futuro —los nuestros—.
61
Mientras escribo, termina diciembre en medio de la habitual neurosis de las listas —de los más vendidos a los mejor vestidos del año—. Los últimos doce meses quedan resumidos en estos listados-pódium que publican todos los periódicos y se vierten a las redes. La realidad se transforma en un gran torneo, y nos apasiona saber quiénes son los ganadores.
Por una vez, la culpa de esta pulsión no es de internet. Los griegos fueron pioneros de la clasificación con sus famosas listas: los siete sabios y las siete maravillas. Invadidos como nosotros por la fiebre culinaria, anticiparon la Guía Michelin elaborando su propio palmarés gastronómico. Encontramos una lista de los Siete Grandes Cocineros Griegos en un curioso ensayo del siglo II titulado Deipnosofistas. En él, un cocinero erudito enseña a su aprendiz los nombres de los siete chefs más ilustres y la especialidad de cada uno: Agis de Rodas y sus perfectos asados de pescado; Nereo de Quíos, que cocinaba un congrio digno de los dioses; Caríades de Atenas, el maestro de los huevos en salsa blanca; Lamprias y el caldo negro; Aftoneto, creador del embutido; Eutino, el gran cocinero de las lentejas; Aristón, el inventor de numerosos guisados; entre ellos la cocina por evaporación —lo que hoy llamaríamos cocina de autor—. Y concluye: «Ellos se han convertido en nuestros segundos siete sabios». No faltan rasgos de una ironía muy actual: en el mismo ensayo, un ilustre artista de los fogones afirma con mucha sorna que, «de todos los condimentos, el más importante en la cocina es la fanfarronería».
Los escritores, claro, también fueron pasto de listas, incluso antes de la fundación de la Biblioteca en Alejandría. Ya en el siglo IV a. C., los grandes nombres de la tragedia eran un repertorio cerrado: Esquilo, Sófocles y Eurípides. Medio siglo después de la muerte del último de ellos, la reposición de sus célebres obras teatrales se había convertido en el ingrediente principal de los programas escénicos. Atraían a más público que sus sucesores vivos. El Gobierno ateniense decidió crear un archivo estatal para proteger —como bien público— las versiones genuinas de las tragedias de Esquilo, Sófocles y Eurípides, y solo de los tres.
Los trágicos griegos serían, ya para siempre, un trío. Seguramente fue en la Gran Biblioteca donde se forjaron otras listas famosas —los nueve poetas líricos, los diez oradores—. Desde aquellos tiempos remotos, los listados prefieren ciertos números dotados de un halo mágico (tres, siete, nueve, diez).
Existe, sin duda, el placer de enumerar. Lo sé; lo he vivido. Durante sus últimos meses, mi padre dedicó muchas horas, y las pocas fuerzas que le quedaban, a navegar por webs de deporte. Buscaba fotos de partidos de fútbol de la buena época —la suya, claro—, allá por los finales de los años cincuenta y los primeros sesenta del pasado siglo. Para mi padre, cualquier fútbol pasado fue mejor. Si algo le emocionaba era encontrar alguna vieja alineación que había memorizado de chico. Primero la cantaba en voz alta, leyéndola en la pantalla, saboreando el orden preciso de las palabras. Después la apuntaba en un cuaderno de espiral y hojas cuadriculadas que aún conservo. Me enseñaba con orgullo sus listas, equipos de fantasmas, filas y filas de nombres escritos con su bonita letra ya un poco temblorosa por el estrago de la enfermedad. Las estrofas de esas canciones —once apellidos aprendidos de carrerilla y luego olvidados— tenían el poder de devolverle a su infancia. Los listados son también parte íntima de la autobiografía de cada persona.
La escritura, dicen los expertos, nació para hacer contabilidad, es decir, listas de cabras, espadas y ánforas de vino. Tal vez por eso, la literatura siempre ha seguido inventando cómo inventariar. En el canto II de la Ilíada se desgrana una larguísima enumeración de las naves griegas que combaten contra los troyanos. La Biblia no sería la misma sin los diez mandamientos y las genealogías infinitas. Una escritora japonesa del siglo X, Sei Shonagon, introdujo 164 listas en su Libro de la almohada. Anotaba todo aquello que fuese posible catalogar en orden descendente y por escrito. Encabezaba sus enumeraciones con epígrafes sugerentes como «Cosas que aceleran los latidos del corazón», «Cosas que deben ser breves», «Cosas que pierden al ser pintadas», «Cosas que están cerca aunque distantes», «Personas que parecen satisfechas de sí mismas», «Nubes y cosas que me gustan particularmente».
En el penúltimo capítulo de su Ulises, Joyce detalla una prolija lista de los utensilios que pueden encontrarse en el cajón de la cocina de Leopold Bloom. Tengo debilidad por las seis propuestas para el próximo milenio de Italo Calvino. Y por las enumeraciones de Borges, en particular sus poemas de los dones. Y por la tentativa de Perec, sentado en un café de la plaza Saint-Sulpice, de agotar un lugar parisino.
Joe Brainard publicó en 1975 el libro Me acuerdo, en el que enhebraba sus recuerdos en una emotiva lista a lo largo de ciento cincuenta páginas. «Me acuerdo de cuando creía que nada viejo podía tener valor». «Me acuerdo de leer doce libros todos los veranos para que me diesen un diploma de la biblioteca municipal. Me importaba una mierda leer pero me encantaba conseguir diplomas. Me acuerdo de que cogía libros con la letra grande y un montón de dibujos». «Me acuerdo de que tenía una lista en la que iba apuntando los estados visitados». «Me acuerdo de fantasear con llegar algún día a leerme una enciclopedia entera y saberlo todo».
No puedo omitir la «contribución a la estadística» de Wisława Szymborska: «De cada cien personas, las que todo lo saben: cincuenta y dos;/ las inseguras de cada paso: casi todo el resto;/ las prontas a ayudar, siempre que no dure mucho: hasta cuarenta y nueve;/ las buenas siempre, porque no pueden ser de otra forma: cuatro, o quizá cinco;/ las capaces de ser felices: como mucho, veintitantas;/ las inofensivas de una en una, pero salvajes en grupo: más de la mitad, seguro;/ las crueles cuando las circunstancias obligan, eso mejor no saberlo ni siquiera aproximadamente (…);/ las mortales: cien de cien./ Cifra que por ahora no sufre ningún cambio».
Nos pasamos la vida haciendo listas, leyéndolas, memorizándolas, rompiéndolas, arrojándolas a la basura, tachando los objetivos cumplidos, aborreciéndolas y amándolas. Las mejores son las que conceden importancia a lo que enumeran y tratan de darle sentido. Las que acarician los detalles y la singularidad del mundo, impidiendo que perdamos de vista aquello que es valioso. Aunque ahora, en pleno bombardeo de fin de año, nos saturan tanto que apetece ponerlas en la lista negra.