El infinito en un junco

Irene Vallejo · Capítulo 33 de 45

Páginas del PDF

El infinito en un junco

Infancia y éxito de los libros de páginas

 

 

21

 

Hace tiempo que los catastrofistas nos lo advierten con los peores augurios: los libros son una especie en peligro de extinción y en algún momento del futuro próximo desaparecerán devorados por la competencia de otras formas más perezosas de ocio y la expansión caníbal de internet.

Este pronóstico concuerda con nuestras sensaciones como habitantes del tercer milenio. Todo avanza cada día más rápido. Las últimas tecnologías ya están arrinconando a las triunfantes novedades de anteayer. Los plazos de la obsolescencia se acortan cada vez más. El armario debe renovarse con las tendencias de temporada, el móvil más reciente sustituye al antiguo; nuestros equipos nos piden constantemente actualizar programas y aplicaciones. Las cosas engullen a las cosas precedentes. Si no permanecemos alerta, tensos y al acecho, el mundo nos tomará la delantera.

Los mass media y las redes sociales, con su vértigo instantáneo, alimentan estas percepcciones. Nos empujan a admirar todas las innovaciones que llegan corriendo como surfistas en la cresta de la ola, sostenidas por la velocidad. Pero los historiadores y antropólogos nos recuerdan que, en las aguas profundas, los cambios son lentos. Víctor Lapuente Giné ha escrito que la sociedad contemporánea padece un claro sesgo futurista. Cuando comparamos algo viejo y algo nuevo —como un libro y una tableta, o una monja sentada junto a un adolescente que chatea en el metro—, creemos que lo nuevo tiene más futuro. En realidad, sucede lo contrario. Cuantos más años lleva un objeto o una costumbre entre nosotros, más porvenir tiene. Lo más nuevo, como promedio, perece antes. Es más probable que en el siglo XXII haya monjas y libros que WhatsApp y tabletas. En el futuro habrá sillas y mesas, pero quizá no pantallas de plasma o teléfonos móviles. Seguiremos celebrando con fiestas el solsticio de invierno cuando ya hayamos dejado de tostarnos con rayos UVA. Un invento tan antediluviano como el dinero tiene muchas posibilidades de sobrevivir al cine 3D, a los drones y a los coches eléctricos. Muchas tendencias que nos parecen incuestionables —desde el consumismo desenfrenado a las redes sociales— remitirán. Y viejas tradiciones que nos han acompañado desde tiempo inmemorial —de la música a la búsqueda de la espiritualidad— no se irán nunca. Al visitar las naciones socioeconómicamente más avanzadas del mundo, en realidad sorprende su amor por los arcaísmos —de la monarquía al protocolo y los ritos sociales, pasando por la arquitectura neoclásica o los vetustos tranvías—.

Si el poeta Marcial pudiese agenciarse una máquina del tiempo y visitar esta tarde mi casa, encontraría pocos objetos conocidos. Le asombrarían los ascensores, el timbre de la puerta, el router, los cristales de las ventanas, el frigorífico, las bombillas, el microondas, las fotografías, los enchufes, el ventilador, la caldera, la cadena del váter, las cremalleras, los tenedores y el abrelatas. Se asustaría al escuchar el silbido de la olla exprés y daría un respingo cuando empezasen las embestidas de la lavadora. Alarmado, buscaría dónde se esconden las personas que hablan desde la radio. Le angustiaría —como a mí, por otro lado— el pitido de la alarma del despertador. A simple vista, no tendría ni la más remota idea de la utilidad de los esparadrapos, los sprays, el sacacorchos, la fregona, las brocas, el secador, el exprimelimones, los discos de vinilo, la maquinilla de afeitar, los cierres de velcro, la grapadora, el pintalabios, las gafas de sol, el sacaleches o los tampones. Pero entre mis libros se sentiría cómodo. Los reconocería. Sabría sujetarlos, abrirlos, pasar las páginas. Seguiría el surco de las líneas con su dedo índice. Sentiría alivio —algo queda de su mundo entre nosotros—.

Por eso, ante la catarata de predicciones apocalípticas sobre el futuro del libro, yo digo: un respeto. No subsisten tantos artefactos milenarios entre nosotros. Los que quedan han demostrado ser supervivientes difíciles de desalojar (la rueda, la silla, la cuchara, las tijeras, el vaso, el martillo, el libro…). Algo hay en su diseño básico y en su depurada sencillez que ya no admite mejoras radicales. Han superado muchas pruebas —sobre todo, la prueba de los siglos— sin que hayamos descubierto ningún artilugio mejor para cumplir su función, más allá de pequeños ajustes en sus materiales o componentes. Rozan la perfección en su humilde esfera utilitaria. Por eso creo que el libro seguirá siendo el soporte esencial para la lectura —o algo muy parecido a lo que el libro nunca ha dejado de ser, incluso desde antes de la invención de la imprenta—.

Es más, los objetos longevos, aquellos que llevan siglos entre nosotros, moldean las novedades y les imprimen su sello. Los arcaicos libros sirvieron como modelo para nuestros avanzados ordenadores personales. A finales de los años sesenta del pasado siglo, las grandes computadoras ocupaban habitaciones enteras y costaban tan caras como casas. Había que programar aquellos mamotretos de dimensiones inmobiliarias usando tarjetas perforadas. Estaban concebidos para un uso militar y empresarial. Alan Kay, cuando era un joven científico informático contratado en el Palo Alto Research Center (PARC) de Xerox, tuvo una visión que daría un giro espectacular a nuestras vidas. Reflexionando sobre la relación que podían establecer los seres humanos con los ordenadores, intuyó su potencial como un medio más íntimo. Comprendió que podrían convertirse en un fenómeno de masas y en una tecnología situada en la sala de estar de cualquier casa, usada por millones de personas independientemente de su dedicación profesional. Kay bosquejó cómo podría ser su nuevo ordenador: tenía que ser pequeño y portátil como un libro, asequible y fácil de usar. Construyó modelos de cartón, confiando en que en unos pocos años la capacidad informática habría progresado hasta el punto de hacer realizable su idea. En PARC, Kay siguió desarrollando su visión. Llamó a su invento Dynabook. El nombre sugiere lo que iba a ser: un libro dinámico. Es decir, parecido a los arcaicos códices, pero interactivo y controlado por el lector. Proporcionaría los andamios cognitivos, de la misma forma en la que los libros y los medios impresos lo habían hecho en los últimos siglos, añadiendo las ventajas del nuevo medio de computación.

Los primeros Dynabooks provisionales recibieron el nombre de «Alto». En la segunda mitad de los años setenta del siglo XX el ordenador Alto ya estaba en funcionamiento. Se usaban casi mil aparatos, no solo en el PARC, sino también en universidades, en el Senado y en el Congreso de los Estados Unidos, así como en la Casa Blanca, todos regalados por Xerox. Estaba surgiendo un nuevo mundo. En la mayoría de estos centros, a pesar de las numerosas funciones del Alto, se empleaba sobre todo para tratamiento de textos, diseño y comunicación. En esencia, como libro informático. En 1979, Steve Jobs visitó PARC. Quedó anonadado por lo que vio. El aspecto y la estética del Alto se integraron en todos los ordenadores Apple que vendrían después, y hoy su fisonomía esencial sigue presente en los productos más nuevos. Los portátiles, las tabletas y los teléfonos inteligentes han profundizado en esa búsqueda del ordenador ligero, compacto y transportable como el libro de bolsillo.

En 1984 el calígrafo Sumner Stone se convirtió en el primer director de tipografía de la empresa Adobe. Contrató a un equipo de diseñadores a quienes encargó nuevas fuentes, recomendándoles buscar inspiración en las tradiciones más antiguas. El programa Adobe Originals seleccionó tres cumbres estilísticas de la evolución de la caligrafía anterior a la imprenta: «Lithos», una forma de inspiración griega —el diseñador se fijó en la inscripción de la dedicatoria del templo de Atenea en Priene, hoy en el Museo Británico—; «Trajan», un intento meticuloso de trasladar a caracteres las letras de la columna de Trajano en Roma; y «Charlemagne», que, a pesar de su nombre, se inspiraba en las letras capitales del anglosajón Benedictional de san Ethelwold. Así, la tradición occidental del manuscrito llegó a la era digital. Además, Adobe desarrolló en los años ochenta del pasado siglo el lenguaje de programación PostScript, que ofrecía un aspecto informático muy parecido al de una página de papel. Con la introducción en 1993 del PDF, un formato de documento portátil (portable document format), Adobe dio un paso más. Hizo posible trazar marcas sobre los documentos electrónicos igual que en los originales mecanografiados o escritos a mano. Y consolidó una forma de entender la arquitectura entera de un documento inspirada en los viejos libros.

Fueron decisiones inteligentes. Sin introducir al menos una cierta correspondencia entre el aspecto y la sensación del mundo antiguo —en papel — y el nuevo —en la pantalla—, los ordenadores hubieran parecido a su público inicial artefactos ajenos, confusos e inviables. Sin una organización visual identificable y una estrecha relación con los documentos cotidianos, nadie hubiera captado tan deprisa lo útil que podía ser el nuevo medio. Esta es la paradoja del progreso tecnológico, que el hecho de conservar unas coordenadas tradicionales —estructuras de página, convenciones tipográficas, formas de letras y maquetaciones limitadas— fue clave para abrir paso a los cambios transformadores que traía la esfera digital. Es un error pensar que cada novedad borra y reemplaza las tradiciones. El futuro avanza siempre mirando de reojo al pasado.

 

22

 

En 1976, el escritor bosnio Izet Sarajlić escribió un poema titulado «Carta al año 2176»: «¿Qué?/ ¿Todavía escucháis a Mendelssohn?/ ¿Todavía recogéis margaritas?/ ¿Todavía celebráis los cumpleaños de los niños?/ ¿Todavía ponéis nombres de poetas a las calles?/ Y a mí, en los años setenta de dos siglos atrás, me aseguraban que los tiempos de la poesía habían pasado —al igual que el juego de las prendas, o leer las estrellas, o los bailes en casa de los Rostov—./ ¡Y yo, tonto, casi lo creí!».

 

23

Nuestro «libro de páginas», que hoy es el libro por definición —ese que dejamos abierto por el lomo como si fuera el tejado de una pagoda, que señalamos doblándoles las esquinas a las hojas a falta de un marcapáginas y amontonamos en pilas verticales como estalagmitas de palabras—, ronda los dos mil años de edad. Es un gran invento anónimo que nunca sabremos a quién agradecer. Para lograrlo hicieron falta siglos de búsquedas, ensayos y tanteos. A la solución más simple se llegó, como tantas veces, por un itinerario tortuoso.

Desde la invención de la escritura, nuestros antepasados miraban alrededor preguntándose qué superficie conservaría mejor la huidiza huella de las letras (piedra, tierra, corteza, juncos, pieles, madera, marfil, tela, metal…). Pretendían desafiar a las fuerzas del olvido fabricando el libro perfecto, transportable, duradero y cómodo. En Próximo Oriente y Europa, los protagonistas de esta temprana etapa fueron los rollos de papiro o pergamino y las tablillas rígidas. Los romanos convivieron con ambos métodos hasta que, en un feliz hallazgo, inventaron un nuevo objeto mestizo que todavía nos acompaña.

Los rollos siempre fueron una mercancía lujosa y cara. Para la escritura más cotidiana —ejercicios escolares, cartas, documentos oficiales, anotaciones, borradores—, los antiguos solían recurrir a las tablillas. El lector que quería consultarlas en un orden determinado las conservaba en cajas o bolsas, o bien las agujeraba en la esquina y las enlazaba juntas con anillas o correas. «Códices» llamaban en latín a esos conjuntos de tablillas atadas. La idea revolucionaria consistió en sustituir las pequeñas placas de madera o metal por hojas flexibles de pergamino o papiro, el material de los rollos. El resultado inicial tuvo que ser poco más que una libreta rudimentaria, aunque cargada de futuro.

Ese primer híbrido abrió el camino hacia el códice más avanzado, compuesto por hojas de papiro o piel que se doblaban en forma de pliegos. Los romanos probaron a coser esos pliegos y así nació el arte de encuadernar. Pronto aprendieron a proteger los cuadernillos mediante tapas duras, generalmente de madera forrada con cuero. El cuerpo de los libros desarrolló un nuevo elemento anatómico al que hemos llamado «lomo», como si nuestras lecturas fueran tranquilos animales de compañía. Desde entonces escribimos en esas dóciles espaldas el título de cada obra, y nuestra mirada puede viajar con rapidez a lo largo de los estantes de una biblioteca identificando por el lomo los ejemplares que en ella dormitan.

Estamos en deuda con las personas olvidadas que inventaron el códice. Gracias a ellas, la esperanza de vida de los textos aumentó. Con el nuevo formato, la página escrita, protegida por la encuadernación, conseguía perdurar sin deteriorarse ni romperse más tiempo que en los rollos. Por su forma plana y compacta, los nuevos libros se podían almacenar cómodamente en las baldas de los armarios. Abultaban menos, se transportaban mejor y eran ligeros. Por añadidura, podían utilizarse los dos lados de cada hoja. Se calcula que, con la misma superficie, el códice ofrecía una capacidad seis veces superior a la del rollo. El ahorro de material abarató el precio de un producto aún minoritario, y su flexibilidad favoreció la aparición de los primeros libros de bolsillo de los que tenemos noticia: los códices pugillares, llamados así porque se podían abarcar con el puño. El tamaño de los códices permitía descender hasta la miniatura (Cicerón afirmó haber visto un pergamino de la Ilíada de Homero que cabía en la cáscara de una nuez).

Los nuevos inventos y los avances materiales suelen ir de la mano de las grandes revoluciones del conocimiento. En la civilización romana, el precio más asequible de los libros permitió que muchas personas hasta entonces excluidas del perímetro de los privilegios pudieran leer. Entre los siglos I y III, hay abundantes evidencias de la ampliación de la cultura a lectores ajenos a los círculos de la nobleza. En los muros y casas de Pompeya —engullida y conservada por la erupción del Vesubio en el año 79—, los arqueólogos han descubierto inscripciones que incluyen obscenidades, chistes, eslóganes políticos y anuncios de burdeles. Esos grafitis revelan la existencia de una población de clase media o media-baja capaz de comprender la letra escrita. Además, a lo largo y ancho del Imperio, los mosaicos, los frescos y los relieves de la época muestran cada vez con mayor frecuencia escenas de lectura. Por los mismos años florecieron las bibliotecas públicas romanas. Tenemos noticia de un librero que ofrecía su mercancía de puerta en puerta, como nuestros obsoletos vendedores de enciclopedias.

Es arriesgado conjeturar cifras, pero parece evidente que el número de lectores creció de forma llamativa. Esos primeros siglos del milenio fueron una época dorada de los panfletos con afán proselitista —entre ellos, llaman la atención los textos subversivos de los rebeldes a la dominación de Roma—. Tampoco es casual que por aquel entonces triunfase, al margen de los géneros tradicionales, una literatura de evasión y consumo (tratados de cocina y deportes, relatos eróticos con ilustraciones explícitas, textos mágicos o de interpretación de los sueños, horóscopos, novelas de enredo, historias contadas en viñetas —precursoras de la novela gráfica—). Algunos autores prestigiosos se divertían escribiendo obras frívolas o híbridos de alta y baja cultura. Ovidio, adelantándose a los tutoriales de maquillaje de hoy, publicó un librito en verso con consejos de cosmética para mujeres. Suetonio estaba encantado de mezclar historia y crónica amarilla en sus biografías de emperadores. Petronio escandalizó a la sociedad bienpensante con sus personajes canallas, inmorales y deslenguados. Los tres miraban amistosamente a esos nuevos lectores libres, no aristocráticos, inexpertos, hombres y mujeres que leían por placer.

 

24

 

Marcial fue un emigrante hispano en Roma. En el año 64, cuando tenía unos veinticinco años, se instaló en la que entonces era la capital de las oportunidades —un precedente del sueño americano—, que recibía oleadas de gente procedente de todas las provincias del imperio. Marcial descubrió pronto que la Urbe era un lugar duro. Habla en sus poemas de multitudes pálidas de hambre. No era fácil hacerse rico; ni siquiera ganarse la vida. En cierto epigrama, Marcial cuenta que había en Roma muchos abogados que no podían pagar el alquiler completo y muchos poetas con talento tiritando porque no tenían ropa de abrigo. La competencia era feroz; todos querían prosperar. La riqueza del prójimo se observaba, se envidiaba. Se salía a la caza de herencias, acechando a los ancianos potentados. El propio poeta llegó a tenerlo en mente, si creemos sus palabras: «Paula desea casarse conmigo, yo no quiero casarme con Paula: es vieja. Querría, si fuese más vieja».

Seguramente al bilbilitano le castañetearon los dientes con la túnica agujereada en los inviernos de Roma. El frío, los alojamientos sórdidos y las dificultades para salir adelante explican tal vez sus decisiones literarias insólitas. Decidió romper el silencio protocolario y pactado para dirigir sus burlas contra el dinero. En su poesía, transgrediendo los imperativos de la elegancia, se lanzó a satirizar a los mecenas tacaños, a la intelectualidad dedicada a sablearlos, la pasión social por el lujo, la ostentación y la apariencia, la vanidad de los ricos, y la gran red de amos y aduladores que enmarañaba las vidas de todos los habitantes de la urbe imperial.

Marcial fue un poeta cómico, irreverente, sin sentimentalismos, interesado en la dimensión material de las cosas y su enorme poder para definir a las personas que las poseen. Cuando en sus poemas mencionaba libros, no eran símbolos abstractos del talento literario, sino objetos concretos que se regalaban para escalar socialmente o se vendían en las librerías. Esos libros, que en la obra de Horacio y Ovidio encarnaban la inmortalidad del acto creativo, en sus epigramas aparecían como libritos perecederos, manoseados, baratos o caros, muchas veces defectuosos por culpa de la prisa del copista, a la venta en tiendas de Roma —tiendas que Marcial aprovecha para anunciar —. Eran libros de todos los tipos (de papiro o de pergamino, rollos o códices que cabían en una mano o que viajaban junto con su lector; libros que son la mercancía con la que gana o pierde dinero un liberto —su vendedor—; libros de éxito que todos quieren leer gratis, pero por los que no están dispuestos a pagar; libros sin lectores que acaban en una negra cocina usados para envolver con sus hojas unas crías de atún o convertidos en un cucurucho para guardar la pimienta).

Marcial fue el primer autor que se interesó por la irrupción de los códices. Lo hizo en uno de sus primeros libros, titulado con ironía Apophoreta, una palabra rimbombante que en griego significaba «regalo». El poeta tuvo la brillante idea de publicar en el mes de diciembre —temporada universal del obsequio— catálogos en verso de objetos para regalar (delicias gastronómicas, libros, cosméticos, tintes de pelo, ropa, lencería, utensilios de cocina, adornos…). Marcial le dedicaba a cada producto un epigrama que informaba al lector sobre los materiales, el precio, las características o el uso al que estaba destinado. En el libro, el repertorio de regalos se organizaba en una secuencia alterna de propuestas caras (para ricos) y baratas (para ricos tacaños): un broche de oro y un palito para limpiar las orejas; una estatua y un sostén; una esclava gaditana y una carraca; la última extravagancia de moda —un bello frasco para beber nieve— y un orinal de barro. Estos poemas nos permiten hoy asomarnos a la vida cotidiana de la Antigüedad, y asombrarnos por la naturalidad descarada y sicalíptica de Marcial. Sobre el sujetador, escribe: «Sujeta tu pecho con una piel de toro, porque tu piel no sostiene tus tetas». Y sobre la bailaora gaditana: «Tan estremecedoramente se cimbrea que haría masturbarse al más casto».

Apophoreta era un manual humorístico para indecisos, un sorprendente ejercicio de poesía aplicada a las necesidades de la vida diaria. En cierta medida, el poeta estaba inventando las campañas publicitarias de Navidad, pero lo hacía con una mordaz propuesta literaria. En su época suponía un uso transgresor, bajo y frívolo del verso. Con este libro-catálogo, Marcial expresaba su simpatía por el nuevo público lector recién llegado al mundo de los libros, que agradecía la poesía fácil, la ausencia de esnobismo, el humor sin tapujos, los toques de realismo reconocible y la frescura; el público que era el destinatario natural de los códices.

En Apophoreta, Marcial proponía al comprador incauto catorce obras literarias. Cinco de ellas, descritas como códices «de bolsillo» en pergamino —pugillares membranei—, ocupaban el lugar de los regalos baratos. Gracias a este testimonio, sabemos que en los años ochenta del siglo I, el libro de páginas estaba ya en el mercado, y a un precio asequible. Sus ventajas, además de las económicas, eran evidentes. Varios epigramas expresan maravilla ante la mayor capacidad del códice, comparado de forma implícita con los rollos: «Virgilio en pergamino. ¡Qué pequeño pergamino recoge al inmenso Virgilio!»; «Tito Livio en pergamino. En estas pequeñas pieles se condensa el gran Livio». Marcial afirmaba que los quince libros — equivalentes a quince rollos— de Las metamorfosis de Ovidio cabían en un solo códice. Esta condensación no solo significaba un ahorro de espacio y dinero, sino que garantizaba que las partes de una misma obra no se iban a dispersar y a perderse. Por tanto, aumentaban exponencialmente las posibilidades de supervivencia de los textos. Para el difícil camino hacia el futuro, ese avance se revelaría decisivo.

El poeta reconoció en el códice a un compañero de ruta cómodo y portátil: «Cicerón en pergamino. Si este pergamino te acompaña, piensa que emprendes un largo viaje con Cicerón». Años más tarde, también promocionaría la versión en códice de sus propios poemas, con el mismo argumento: «Tú que deseas que mis libritos estén contigo en todas partes y quieres tenerlos como acompañantes de un largo viaje, compra los ejemplares que el pergamino oprime en pequeñas páginas. Deja la biblioteca para los libros grandes; a mí una sola mano me abarca».

El libro de páginas, tal como nosotros lo conocemos, había irrumpido con fuerza en el mercado. Algunos autores, como Marcial, lo recibían entusiasmados. Otros intelectuales más chapados a la antigua se aferraban al aristocrático rollo de papiro, lamentándose porque los tiempos estaban cambiando y todo degeneraba. Suponemos que la mayor parte de los romanos sencillamente se acostumbraron a convivir con la variedad de formatos. En los talleres libreros, se ofrecían las dos variantes, a elección de la clientela.

Para los siglos siguientes, ya no tenemos un testigo atento, curioso y abierto a las novedades como Marcial. Sabemos que el códice fue ganando terreno frente al rollo gracias a la decidida preferencia de los cristianos. Víctimas de persecuciones durante siglos, obligados a buscar escondites y a interrumpir bruscamente sus reuniones, se organizaban en grupúsculos clandestinos. El libro de bolsillo resultaba más fácil de esconder a toda prisa entre los pliegues de la túnica. Permitía localizar más rápido un determinado párrafo de texto —una epístola, una parábola evangélica, una homilía— y comprobarlo para tener la seguridad de que era correcto, pues un error podía poner en peligro la salvación del alma. Se podían hacer anotaciones al margen y dejar marcapáginas en los pasajes importantes. Además, estos libros eran cómodos de transportar con disimulo en viajes de apostolado. Ventajas todas ellas enormes para comunidades de lectores furtivos. Por otra parte, los cristianos deseaban romper con el simbolismo judío y pagano del rollo, y afirmar su identidad peculiar. Los ligeros libros de páginas empezaron a circular en abundancia por las manos ávidas de un público de cultura media o media-baja, allí donde el mensaje cristiano encontraba más prosélitos. El nuevo formato favoreció la lectura individual secreta, así como la lectura en voz alta durante las peligrosas reuniones comunitarias. Los fieles desarrollaron un vínculo muy profundo con esos textos religiosos, cuidadosamente seleccionados. De hecho, siglos más tarde el Corán describirá a los cristianos como «gentes del libro» (ahl al-kitâb), con una mezcla de respeto y asombro.

Quienes hemos leído alguna vez a escondidas, desafiando la prohibición de los adultos —en el sigilo de la noche, a horas intolerables para los niños, bajo el camuflaje de la manta, con la linterna encendida, apagándola cada vez que sonaban unos pasos que se acercaban—, somos descendientes directos de aquellos primeros lectores furtivos. No deberíamos olvidar que el libro de páginas triunfó, en gran medida, porque favorecía las lecturas clandestinas, negadas, no consentidas.

 

25

 

Entre los siglos III y V, el códice se impuso gradualmente, primero en Occidente y más tarde en Oriente. Fuera del mundo cristiano, los pioneros del cambio fueron los profesionales del derecho, ya que el libro de páginas les ayudaba a localizar más rápido artículos concretos en los repertorios de leyes. Precisamente la recopilación legal ordenada por el emperador Justiniano fue llamada el Código —es decir, el códice por antonomasia—, legando a la posteridad ese término para todos los compendios legales hasta la actualidad. También para los libros de estudio resultaba muy útil por su capacidad y resistencia, y pronto lo adoptaron los médicos para sus vademécums, objeto de muchas consultas. La invención de los índices de contenidos facilitó las búsquedas. Con el tiempo los códices se convirtieron en el soporte preferido para la literatura —sobre todo para las largas narraciones, conjuntos de tragedias o comedias y antologías—. Frente al complicado manejo del rollo, que exigía el uso de las dos manos, los lectores soñadores se enamoraron de los libros de páginas, que se leen con una sola mano, por usar la expresión de Luis García Berlanga para la literatura erótica. El códice podía acompañar a su lector a cualquier parte. Gracias a las fuentes literarias averiguamos que los romanos se sintieron libres de leer a todas horas: cuando iban de caza, mientras esperaban que la pieza cayera en la red; o durante la noche para vencer el tedio del insomnio. Nos describen a una mujer que lee caminando, o a un viajero en su carruaje, a un comensal tumbado y a una adolescente de pie en una galería, absortos todos en sus libros.

Pero nunca hubo un afán compulsivo de sustituir lo viejo por lo nuevo. Igual que hoy conviven los libros de papel y los electrónicos, durante muchos siglos coexistieron los rollos y los códices. Los antiguos cilindros de escritura se usaban para textos honoríficos y diplomáticos —documentos rituales en los que la tradición aún dejaba sentir su peso—. También formaron parte del paisaje de la vida cotidiana en la Edad Media. Las instituciones y las órdenes monásticas recurrían a ellos por amor a la antigua solemnidad. Las letanías y las crónicas se prestaban a ser copiadas en el antiguo formato. Los rollos asoman incluso en territorio adversario —los reconocemos en las miniaturas que iluminaron los códices medievales más lujosos—.

Los llamados rotuli mortuorum eran rollos de pergamino en los que se anunciaba la defunción de alguna persona de calidad; un mensajero, en rutas que en ocasiones superaban los mil kilómetros, iba transportando el rollo por diversas instituciones relacionadas de algún modo con el difunto, y en cada una de ellas se añadía al rollo una oración u otra expresión de condolencia. El «Rollo de Matilda», hija de Guillermo el Conquistador y abadesa de la Trinidad de Caen, que alcanzó los veinte metros de longitud, fue destruido durante la Revolución francesa. En Inglaterra y Gales todavía se denomina Master of the Rolls al archivero de la corte real. A falta de apuntador, los actores de teatro en el medievo solían usar rollos como ayuda para la memoria en sus representaciones. De allí deriva el término «rol» del actor.

En realidad, no nos han abandonado por completo. En nuestras tradiciones, pero también en nuestras palabras, en nuestros ordenadores, en internet, en las proyecciones de futuro, sobrevive el recuerdo de los rollos. Algunas universidades siguen otorgando sus diplomas con este arcaico ropaje. Cuando hablamos de un libro «largo» o «extenso», de forma involuntaria somos herederos de la terminología específica del rollo. Llamamos impropiamente «volúmenes» —del latín volvo (‘dar vueltas, girar’)— a los códices, que ya no se rebobinan. En el lenguaje coloquial todavía decimos que es «un rollo» algo que nos aburre, que se desenrolla y se desenrolla y parece no acabar nunca. Y hoy la palabra scroll, que designaba en inglés al rollo manuscrito, se usa para describir el acto de hacer avanzar o retroceder verticalmente el texto en la pantalla de cualquier aparato informático, como se manejaban los viejos rotuli. Además, las compañías tecnológicas más innovadoras están desarrollando pantallas de televisión enrollables que se puedan guardar cuando no se utilizan. En la historia de los formatos, la pauta es la convivencia y la especialización, no el relevo. Los primeros libros se niegan a extinguirse del todo.

 

26

 

Marcial y Perec tienen razón: los objetos, su materialidad, sus características, los gestos que llevan aparejados no son mera anécdota. De hecho, son decisivos. En la lucha por hacer sobrevivir las palabras —tan frágiles, meros pedazos de aire—, siempre han jugado un papel crucial el formato y la materia prima de los libros: cuánto duran, de qué materiales están fabricados, cuánto cuestan, cada cuánto tiempo hay que volver a copiarlos.

Los cambios de formato dejan en la cuneta enormes cantidades de víctimas. Todo lo que no es transferido del viejo al nuevo soporte desaparece para siempre. Este peligro nos sigue amenazando en el presente. Si, tras la llegada de los primeros ordenadores en los años ochenta del pasado siglo, no hemos sido capaces de reciclar nuestra memoria informática pasando de un floppy disk a un disco de 3½, luego un CD y ahora a un pen drive, hemos perdido nuestros datos mil veces, parcial o íntegramente. Está claro que ningún ordenador puede leer ya los primeros disquetes, que pertenecen a la era prehistórica de la informática.

En el siglo XX, el cine ha sufrido sucesivas oleadas de destrucción producidas por los cambios de soportes. Agustín Sánchez Vidal ofrece un cómputo de pérdidas: «El material más afectado es el anterior a 1920, ya que hacia esa fecha las cintas son destruidas, al pasar las películas de una o dos bobinas (con una duración de entre diez y treinta minutos) a la duración estándar de hora y media. La emulsión se aprovecha para recuperar las sales de plata, y el soporte de celulosa, para fabricar peines y otros objetos. Las pérdidas por este concepto rondan el 80 por ciento. En torno a 1930 se pierde cerca de un 70 por ciento al producirse una oleada de destrucciones, todavía más sistemáticas, debidas al paso del cine mudo al sonoro. Y en la década de los cincuenta tiene lugar la tercera, al sustituir la película inflamable de nitrocelulosa por la seguridad del acetato. En este caso las pérdidas no resultan fáciles de cuantificar. Si se toma como ejemplo nuestro país, puede estimarse que se conserva solo un 50 por ciento de la películas del periodo sonoro hasta 1954». Cada paso del progreso ha supuesto a su vez una devastación.

Martin Scorsese recreó este triste naufragio en La invención de Hugo. Recuerdo especialmente una escena melancólica donde el celuloide de las deliciosas películas de Georges Méliès acaba reutilizado por la industria del zapato para producir tacones. Este es un capítulo insólito de la historia de los objetos: la belleza de las historias y las imágenes que habitaron en la mente de los pioneros del cine terminó reciclada en peines y tacones. En la década de los veinte del siglo pasado, personas anónimas caminaron sobre obras de arte. Las hundieron en los charcos de las aceras. Se peinaron con ellas. Dejaron allí rastros de su caspa. Nunca sospecharon que esos utensilios eran, en realidad, pequeñas tumbas, monumentos cotidianos de la destrucción.

Con la sustitución de los antiguos rollos, sin duda, perdimos para siempre todo un tesoro de versos, crónicas, aventuras, ficciones, ideas. A lo largo de los siglos, la desidia y el olvido han destruido aún más libros que la censura o el fanatismo. Pero también sabemos de grandes esfuerzos por salvar el legado de las palabras. Ciertas bibliotecas —es imposible averiguar cuántas— se embarcaron en la paciente tarea de transcribir sus fondos al soporte triunfador, volviendo a copiarlos a mano, trazo a trazo, frase por frase, libro por libro. En el siglo IV, el filósofo y alto funcionario Temistio dejó escrito que en la biblioteca de Constantinopla trabajaban para el emperador Constancio II artesanos capaces de «trasladar el pensamiento de un envoltorio desgastado a otro nuevo, recientemente confeccionado». En el siglo V, Jerónimo de Estridón mencionó otra biblioteca, en la ciudad romana de Cesarea —situada en la costa mediterránea del actual Israel, entre Tel Aviv y Haifa—, donde también habían acometido la tarea de transferir todos sus libros al formato códice.

Hasta la reciente aparición de las tabletas y los libros digitales, durante veinte siglos, los lectores no hemos vuelto a sufrir el seísmo de un gran cambio de formatos. Aquellos libros de páginas que Marcial acogió con entusiasmo en el siglo I permanecen junto a nosotros en el siglo XXI fieles, simples, conservando nuestra memoria, transportando nuestra sabiduría, soportando los ultrajes del tiempo.