El infinito en un junco
Es el otro quien me cuenta mi historia
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En los escenarios de Atenas se escucharon palabras asombrosas. Desde allí hablaron mujeres desesperadas, parricidas, enfermos, locos, esclavos, suicidas y extranjeros. El público no podía apartar los ojos de aquellos personajes insólitos. Precisamente, «teatro» significaba en griego «lugar para mirar». Los griegos habían escuchado relatos durante generaciones, pero asomarse a una historia mirándola como espías tras la rendija de una puerta era una experiencia muy distinta, de una extraña intensidad. Allí empezó a triunfar el lenguaje audiovisual que aún nos hipnotiza. Las tragedias, agrupadas en trilogías, creaban el mismo tipo de adicción que las actuales series y sagas. Eran obras de terror, como sabía Aristóteles, y las mejores son además viajes al fin de la noche, donde acechan los miedos ancestrales, los tabús, la sangre derramada, el crimen familiar, la angustia del conflicto sin salida, el silencio de los dioses.
Queda poco, poquísimo de aquellas obras escalofriantes (siete tragedias de Esquilo, siete de Sófocles y dieciocho de Eurípides). Se sabe que, sumados los tres, escribieron varios cientos de dramas, la mayoría de los cuales han desaparecido. Y conocemos, al menos, trescientos títulos perdidos de otros autores. El paisaje de la tragedia griega es hoy tierra arrasada. Solo nos ha llegado un puñado de obras, pero se cuentan entre las preferidas de los atenienses de entonces. Ellos no dudaban quiénes eran los mejores. Hacia el año 330 a. C., colocaron estatuas de bronce de los tres dramaturgos ante el gran teatro de Dioniso, en la falda de la Acrópolis. Y, como ya he dicho, decidieron conservar copias oficiales de sus textos, solo los suyos. La destrucción ha sido terrible, pero no indiscriminada.
Las tragedias supervivientes ofrecen una extraña fusión de violencia y debate verbal sofisticado. En ellas conviven las hermosas palabras con las armas ensangrentadas. De alguna forma misteriosa, las tragedias consiguen ser salvajemente delicadas. En general, cuentan mitos primitivos de un pasado legendario —la guerra de Troya, el destino de Edipo— cuyos ecos aún resonaban en el presente del siglo V a. C. Pero hay una curiosa excepción, una tragedia basada en hechos reales. Es además la obra teatral conservada más antigua del mundo. Se trata de Los persas, donde Esquilo abrió camino a Shakespeare y quizá, sin saberlo, inventó la novela histórica.
Durante la vida de Esquilo, el Imperio persa lanzó varias expediciones de conquista contra el enjambre de minúsculas ciudades en perpetua disputa que por aquel entonces era Grecia. La defensa de Atenas dependía de un ejército ciudadano, así que Esquilo luchó en varios campos de batalla; entre ellos, el de Maratón, donde perdió a su hermano, y tal vez también en la batalla naval de Salamina. La guerra era muy distinta en aquellos tiempos. Intento imaginar aquella lucha cuerpo a cuerpo, a corta distancia, en una época en la que no se habían inventado las balas ni los explosivos. Los combatientes se miraban a los ojos mientras intentaban matarse. Hundían con fuerza lanzas y espadas en la carne del enemigo, mutilaban cuerpos, pisaban cadáveres, escuchaban gritos de muerte, se manchaban de tierra y vísceras. Cuentan que, en su epitafio, Esquilo mencionó sus batallas sin decir nada de su enorme obra literaria. Estaba más orgulloso de haber participado en la resistencia de la pequeña Grecia contra el poderoso invasor persa que de sus versos.
Creo que nuestra idea del choque de civilizaciones no hubiera sonado extraña en sus oídos. La lucha entre Oriente y Occidente es una vieja historia. Los atenienses sentían la amenaza constante de un estado dictatorial tiránico. Si ese enemigo lograba someter a Grecia, extinguiría para siempre su democracia y su forma de vida. Las llamadas guerras médicas fueron el gran conflicto de la época, y Esquilo decidió llevarlo a los escenarios cuando las victorias griegas aún seguían frescas en la memoria.
Podría haberse limitado a escribir un panfleto patriótico, pero el poeta excombatiente tomó una serie de decisiones inesperadas. La más sorprendente de todas fue adoptar el punto de vista de los derrotados, como Clint Eastwood en Cartas desde Iwo Jima. La acción sucede en Susa, la capital de los persas, y en la obra no aparece ningún personaje griego. Además, Esquilo parece haberse documentado sobre la sociedad persa —conoce genealogías reales, palabras iranias y rasgos de la pompa y el protocolo de la corte—. Pero lo más llamativo es que no detectamos ningún rastro de odio, sino una inesperada comprensión. La obra empieza en la explanada del palacio. Los persas están preocupados porque no reciben noticias de la expedición bélica. Entonces irrumpe un mensajero que cuenta la terrible derrota y habla de los héroes asiáticos caídos en combate. Al final llega el rey Jerjes, que ha perdido por el camino su arrogancia y regresa andrajoso a casa, con una inútil carnicería a sus espaldas.
Es una visión insólita del enemigo que ha estado a punto de destruir Grecia. Los persas no son descritos como parte de un eje del mal ni como criminales natos. Esquilo nos lleva a contemplar la impotencia de los ancianos consejeros que se oponían a la guerra y no fueron escuchados, la angustia de quienes esperan en casa el regreso de los ejércitos, las divisiones internas entre los halcones y las palomas del régimen, el dolor de las viudas y de las madres. Se intuye la desgracia de los soldados arrastrados al matadero por la megalomanía de su rey.
El mensajero de Los persas relata con dolorosa emoción la batalla de Salamina, que ha llegado a ser un símbolo contemporáneo. Los Soldados de Salamina a los que alude la novela de Javier Cercas son aquellos griegos que detuvieron la invasión del Imperio persa y también los soldados de la resistencia contra el nazismo. Cercas sabe que puede haber soldados de Salamina en todas las épocas: los que encaran una batalla decisiva —y en apariencia perdida— para defender su país, la democracia y sus aspiraciones. Salamina ha dejado de ser solo una pequeña isla del mar Egeo, a dos kilómetros del puerto del Pireo y, más allá de los mapas, existe en cualquier lugar donde alguien, en inferioridad numérica, se rebela contra una agresión avasalladora.
Las representaciones teatrales son más antiguas que Esquilo. Él mismo escribió otras piezas anteriores a Los persas. Pero todo se ha perdido, de manera que esta obra es para nosotros un comienzo. Siempre me ha fascinado que Esquilo, después de luchar contra los persas cara a cara, cuerpo a cuerpo y mirándoles a los ojos, después de ver morir a su hermano en combate, cerca de él, llevara al escenario la pena de sus enemigos derrotados. Sin burla, sin odio, sin generalizar las culpas. Y así, entre el duelo, las cicatrices y el afán de comprender al extraño, empieza la historia conocida del teatro.
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Esquilo y sus contemporáneos pensaban que su guerra contra los persas formaba parte de un gran enfrentamiento entre Oriente y Occidente, con mayúsculas. Influidos por la trágica experiencia del combate, consideraban a sus enemigos gentes sanguinarias y ávidas de conquistas. Creían que su victoria sobre ellos era el triunfo de la civilización sobre la barbarie.
En la península de Anatolia, encrucijada de varias culturas, nació un griego de sangre mixta y mente inquieta a quien obsesionaba el viejo conflicto. ¿Por qué esos dos mundos —Europa y Asia— estaban enzarzados en una lucha a vida o muerte? ¿Por qué se enfrentaban desde tiempos inmemoriales? ¿Qué buscaban, cómo se justificaban, cuáles eran sus razones? ¿Siempre había sido así? ¿Así sería siempre?
Aquel griego amigo de las preguntas dedicó su vida a buscar respuestas. Escribió una larga obra de viajes y testimonios a la que tituló Historíai, que en su lengua significaba «pesquisas» o «investigaciones». Nosotros todavía usamos, sin traducirla, la palabra que él redefinió al dar nombre a su libro y a su tarea: «historia». Con su obra nació una nueva disciplina y, tal vez, una forma diferente de mirar el mundo. Porque el autor de las Historias era un individuo de curiosidad incansable, un aventurero, un perseguidor de lo asombroso, un nómada, uno de los primeros escritores capaces de pensar a escala planetaria, casi diría que un adelantado de la globalización. Hablo, claro, de Heródoto.
En una época en la que la gran mayoría de los griegos apenas asomaban la nariz más allá de los límites de su aldea natal, Heródoto fue un viajero infatigable. Se enroló en barcos mercantes, avanzó en lentas caravanas, trabó conversación con muchas personas y visitó un gran número de ciudades dentro del Imperio persa, para poder relatar la guerra con conocimiento del terreno y amplitud de miras. Al conocer al enemigo en su vida cotidiana, en tiempos de paz, ofreció una visión diferente y más exacta que ningún otro escritor. En palabras de Jacques Lacarrière, Heródoto se esforzó por derribar los prejuicios de sus compatriotas griegos, enseñándoles que la línea divisoria entre la barbarie y la civilización nunca es una frontera geográfica entre diferentes países, sino una frontera moral dentro de cada pueblo; es más, dentro de cada individuo.
Es curioso comprobar que tantos siglos después de que Heródoto escribiese su obra el primer libro de historia empieza de forma rabiosamente actual: hablando de guerras entre orientales y occidentales, de secuestros, de acusaciones cruzadas, de distintas versiones sobre los mismos acontecimientos, de hechos alternativos.
En los primeros párrafos de su obra, el historiador se pregunta por el inicio de las luchas entre europeos y asiáticos. Encuentra ecos de ese conflicto originario en los antiguos mitos. Todo empezó con el secuestro de una mujer griega, llamada Ío. Un grupo de mercaderes, o, más bien, de traficantes —las diferencias entre unos y otros siempre fueron volátiles en la Antigüedad—, desembarcaron en la ciudad griega de Argos para exhibir su mercancía. Algunas mujeres se acercaron a la orilla atraídas por aquellos productos exóticos. Curioseaban arremolinadas junto a la popa de la nave extranjera cuando, de repente, los vendedores, que eran de origen fenicio, se abalanzaron sobre ellas. La mayoría se defendió con uñas y dientes y consiguió escapar, pero Ío no tuvo tanta suerte. La capturaron y la llevaron a la fuerza hasta Egipto, convertida ella misma en mercancía. Este secuestro, según el relato de Heródoto, fue el principio de toda la violencia. Poco después, un destacamento de griegos en misión de castigo desembarcó en Fenicia —hoy Líbano— y raptó a Europa, la hija del rey de Tiro. El empate en los atropellos duró poco, porque los griegos secuestraron también a la asiática Medea en el territorio de la actual Georgia. En la generación siguiente, Paris decidió agenciarse mujer por el procedimiento del rapto, llevándose a la bella Helena por la fuerza rumbo a Troya. Esta agresión colmó la paciencia de los griegos: estalló la guerra y la enemistad incurable entre Asia y Europa.
El comienzo de las Historias contiene una fascinante mezcla de mentalidad antigua y asombrosa modernidad. Es evidente que Heródoto cree que las leyendas, los oráculos, los cuentos maravillosos y las intervenciones divinas deben figurar junto a los hechos documentados. Vivía en un mundo en el que la pesadilla que soñara un rey, provocada por una mala digestión, podía ser interpretada como un mensaje de los dioses y cambiar el rumbo de un imperio o la estrategia de una guerra. Las fronteras entre lo racional y lo irracional eran difusas. Sin embargo, Heródoto no fue un individuo crédulo ni reverente. Me fascina el descaro con el que convierte algunos de los grandes episodios míticos de su cultura —el rapto de Europa, el viaje de los argonautas, el comienzo de la guerra de Troya— en una serie de fechorías más bien mezquinas. Admiro la lucidez con la que elimina los oropeles legendarios para denunciar la facilidad con que las mujeres se convierten en víctimas en tiempos de guerra y de venganza, cuando se desencadena la violencia.
Acto seguido, Heródoto hace una inesperada afirmación acerca de sus fuentes. Dice que escuchó a gentes cultas de Persia las explicaciones que acaba de ofrecer sobre la génesis del conflicto. Los fenicios, en cambio, cuentan otra historia, «y no me meteré yo a decidir entre ellos, inquiriendo si la cosa pasó de este o de otro modo». Tras años de viajes y conversaciones, Heródoto comprobó que los testigos a los que interrogaba le facilitaban relatos contradictorios sobre los mismos acontecimientos, olvidaban muchas veces lo sucedido y en cambio recordaban sucesos que solo ocurrieron en el universo paralelo de sus deseos. Así descubrió que la verdad es huidiza, que es casi imposible desentrañar el pasado tal y como sucedió porque solo disponemos de versiones diferentes, interesadas, contradictorias e incompletas de los hechos. En las Historias abundan frases como: «que yo sepa», «según creo», «de acuerdo con lo que averigüé por boca de…», «no sé si es verdad; solo escribo lo que se dice». Milenios antes del multiperspectivismo contemporáneo, el primer historiador griego comprendió que la memoria es frágil, evanescente, y que cuando alguien evoca su pasado deforma la realidad para justificarse o encontrar alivio. Por eso, como en Ciudadano Kane, como en Rashomon, nunca llegamos a conocer la verdad más profunda, sino solo sus atisbos, sus variantes, sus versiones, su alargada sombra, sus infinitas interpretaciones.
Y lo más increíble de todo: nuestro autor no consigna la versión de los griegos, solo la de los persas y fenicios. Así, la historia occidental nace explicando el punto de vista del otro, del enemigo, del gran desconocido. Me parece un planteamiento profundamente revolucionario, incluso veinticinco siglos después. Necesitamos conocer culturas alejadas y diferentes, porque en ellas contemplaremos reflejada la nuestra. Porque solo entenderemos nuestra identidad si la contrastamos con otras identidades. Es el otro quien me cuenta mi historia, el que me dice quién soy yo.
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Muchos siglos más tarde, un pariente intelectual de Heródoto, el filósofo Emmanuel Levinas —lituano, francés adoptivo y judío—, que sobrevivió a un campo de concentración alemán tras perder a toda su familia en Auschwitz, escribiría: «Mi acogimiento del otro es el hecho decisivo por el cual se iluminan las cosas».
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Quisiera hacer un alto en el camino y contar la versión griega del rapto de Europa. Para Heródoto es un simple episodio más en el bochornoso trasiego de secuestros legendarios, pero yo me siento atraída por la historia de la misteriosa mujer que dio nombre al continente donde habito.
Como todos los griegos sabían, Zeus era un dios mujeriego, siempre al acecho de jovencitas humanas. Cuando alguna le atraía, se vestía con los disfraces más disparatados para cobrarse su particular derecho de pernada. Son famosas sus violaciones en forma de cisne, de lluvia dorada o de toro. Esta última transformación fue la trampa elegida para capturar a Europa, la hija del rey de Tiro.
No hay precisamente amor y armonía —escribe con ironía el poeta Ovidio — en la mansión del padre de los dioses. Zeus ha tenido una bronca doméstica con su esposa Hera y abandona el palacio dando un portazo. Ya fuera del monte Olimpo, decide concederse una aventura con una humana para borrar el regusto amargo de la discusión y de su matrimonio infeliz. Baja a la playa de Tiro, donde ya ha echado el ojo a la atractiva hija del rey, que pasea con su séquito de criadas. Para acercarse a su presa, el dios toma la apariencia de un toro blanco como la nieve, con cuello musculoso y —de nuevo según Ovidio— una majestuosa papada que le cuelga sobre las patas delanteras. Europa se fija en el animal de color lácteo y lo contempla pastar tranquilo cerca del mar, sin sospechar que ante sus ojos campa una criatura astuta y maligna, como la ballena blanca que muchos siglos después imaginará Herman Melville.
Empieza la seducción: el toro besa las manos de Europa con su blanco hocico, salta, retoza en la arena, le ofrece la tripa para que se la acaricie. La chica se ríe, pierde el miedo, le sigue el juego. Por el placer de desobedecer a sus viejas criadas, que le hacen señas y advertencias de que sea prudente, se atreve a montarse a caballo sobre el lomo del toro. En cuanto siente los muslos de la chica en sus costados, el toro corre hacia el mar, y galopa, sin inmutarse, sobre las aguas. Europa, aterrorizada, se vuelve a mirar a la playa. Su túnica ligera ondea con el soplo del viento. Nunca más volverá a ver su casa ni su ciudad.
El galope de Zeus sobre las aguas la conduce a la isla de Creta, donde los hijos de ambos forjarán la deslumbrante civilización de los palacios, del laberinto, del amenazador Minotauro y de las luminosas pinturas que los turistas actuales, vomitados por los cruceros, van a fotografiar entre las ruinas de Cnosos.
Un hermano de Europa, llamado Cadmo, recibe la orden de encontrarla dondequiera que esté. Su padre el rey le amenaza con el exilio si no la trae de regreso. Como Cadmo es solo un simple mortal, no consigue descubrir el escondite que ha elegido Zeus para sus fechorías clandestinas. Recorre Grecia de punta a punta, llamando a Europa hasta que su nombre queda tallado en las rocas, los olivares y los trigales del continente desconocido. Cansado de una búsqueda que no termina nunca, funda la ciudad de Tebas, cuna de la desgraciada estirpe de Edipo. La leyenda cuenta que fue Cadmo quien enseñó a escribir a los griegos.
Desde que el lingüista Ernest Klein propuso la etimología, muchos filólogos sostienen que la palabra «Europa» tiene, en efecto, origen oriental. La relacionan con el acadio Erebu, pariente del término árabe actual ghurubu. Ambos significan «el país donde muere el sol»; la tierra del ocaso; Occidente, desde el punto de vista de los habitantes del este del Mediterráneo. En el tiempo que evocan los mitos griegos, la tierra privilegiada de las grandes civilizaciones se extendía por la zona de levante, entre los ríos Tigris y Nilo. En comparación, nuestro continente era un territorio salvaje, el oscuro y bárbaro Lejano Oeste.
Si esa hipótesis es cierta, nuestro continente tiene un nombre árabe — paradojas del lenguaje—. Intento imaginar los rasgos de la mujer que se llamó Europa —una fenicia; hoy diríamos siriolibanesa, seguramente de piel oscura y facciones pronunciadas, con la melena ensortijada, el tipo de extranjera que en la actualidad despertaría recelos entre esos europeos que miran con el ceño fruncido las oleadas de refugiados—.
En realidad, la leyenda del rapto de Europa es un símbolo. Detrás de la historia de la princesa arrebatada de su hogar, late un lejano recuerdo histórico: el viaje del conocimiento y la belleza oriental desde el Creciente Fértil hacia Occidente y, en particular, la llegada del alfabeto fenicio a tierras griegas. Por tanto, Europa nació al acoger las letras, los libros, la memoria. Su existencia misma está en deuda con la sabiduría secuestrada de Oriente. Recordemos que hubo un tiempo en el que, oficialmente, los bárbaros éramos nosotros.
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A mediados de los años cincuenta del siglo pasado, en una Europa dividida por el Telón de Acero, viajar más allá de los territorios aliados era una misión más difícil aún que en tiempos de Heródoto. En 1955, un joven periodista polaco llamado Ryszard Kapuściński anhelaba, por encima de todo, «cruzar la frontera». No le importaba cuál ni dónde, no ambicionaba lugares envueltos en el aura capitalista de lo inalcanzable, como Londres o París. No, él solo ansiaba el acto casi místico y trascendental de cruzar la frontera. Salir del encierro. Conocer el otro lado.
Tuvo suerte. Su periódico —que respondía al exaltado nombre de Estandarte de la juventud— lo envió como corresponsal a la India. Antes de marchar, la redactora jefe le regaló un grueso volumen de tapa dura: las Historias de Heródoto. Con sus muchos cientos de páginas, no era precisamente un volumen liviano para arrastrarlo en el equipaje, pero Ryszard lo llevó consigo. Le transmitía seguridad en un momento en el que se sentía estupefacto, alarmado. La primera escala del vuelo hacia Nueva Deli iba a ser Roma. Estaba a punto de «pisar Occidente» y, según le habían enseñado en su patria comunista, a Occidente se le debía temer como a la peste.
El libro de Heródoto fue su vademécum y asidero en el descubrimiento de ese misterioso mundo exterior. Décadas después, con un largo deambular internacional a sus espaldas, Kapuściński escribió un libro maravilloso, Viajes con Heródoto, que rebosa simpatía hacia el inquieto griego en quien encontró a un compañero de camino y alma gemela: «Le estaba muy agradecido porque, allí en los momentos en que me había sentido inseguro y perdido, siempre había estado a mi lado, ayudándome (…) Juntos recorrimos el mundo durante largos años. Mi experimentado y sabio griego nunca dejó de ser un guía excepcional. Y, aunque la mejor manera de viajar es hacerlo en solitario, no creo que nos estorbásemos: nos separaba una distancia de dos mil quinientos años, a la que hay que añadir otra, fruto del respeto que me imponía. Nunca me abandonó la sensación de codearme con un gigante».
Kapuściński descubre en Heródoto el temperamento de un incipiente periodista, dotado de la intuición, la vista y el oído de un reportero. En su opinión, las Historias son el primer reportaje de literatura universal. Es la obra de un individuo intrépido que surca mares, recorre estepas y se interna en desiertos, un hombre poseído por la pasión, el ansia y la obsesión de conocimiento. Se había fijado un objetivo increíblemente ambicioso (inmortalizar la historia del mundo) y no dejaba que nada lo desanimase. En el remoto siglo V a. C. no era posible documentarse acerca de países extranjeros en archivos ni bibliotecas. Así que su método fue, en esencia, el del periodista: viajar, observar y preguntar; sacar conclusiones de lo que otros le contaban y de lo que él mismo veía. De esa forma atesoró sus conocimientos.
El periodista y escritor polaco imagina a su maestro griego en situaciones como esta: tras una larga jornada por caminos polvorientos, llega a una aldea junto al mar. Deposita a un lado su bastón, se sacude la arena de las sandalias y, sin más dilaciones, comienza una conversación. Heródoto era hijo de una cultura mediterránea de largas y hospitalarias mesas donde, en tardes y noches cálidas, se sientan muchas personas juntas para comer queso y aceitunas, tomar vino fresco y hablar. En esas charlas —cenando junto a una hoguera o al aire libre bajo un árbol milenario—, afloraban historias, anécdotas, viejas leyendas, cuentos. Si aparecía un huésped, se le invitaba. Y si ese huésped tenía buena memoria, reuniría un sinfín de información.
Apenas sabemos nada sobre la vida privada del viajero Heródoto, y llama la atención que en su libro, rebosante de personajes y anécdotas, cuente tan poco sobre sí mismo. Se limita a consignar que era originario de Halicarnaso, la actual Bodrum, en Turquía, una ciudad asomada a una bellísima bahía, puerto populoso y lugar de paso de las rutas comerciales entre Asia, Oriente Medio y Grecia. A los diecisiete años, Heródoto tuvo que huir de su ciudad natal porque un tío suyo protagonizó una rebelión frustrada contra el tirano propersa. Desde muy joven, se convirtió en un apátrida, una de las peores cosas que le podía ocurrir a un griego de la época. Entonces, despreocupándose del futuro, decidió lanzarse a los mares y a los caminos para tratar de averiguar cuanto pudiera sobre el mundo conocido, desde la India al Atlántico, desde los Urales a Etiopía. No sabemos cuáles fueron sus medios de vida en el exilio. Viajó, dedicó una enorme energía a su tarea de investigador y se abandonó al hechizo de los países que iba recorriendo. Conoció extranjeros hospitalarios y refrescó su mente hablando con ellos sobre costumbres y tradiciones. Escribió sobre pueblos lejanos y adversarios, sin hacer ninguna alusión ofensiva ni juicio peyorativo acerca de ellos. Fue seguramente, como lo imagina Kapuściński, un hombre sencillo, cordial y comprensivo, abierto y parlanchín, alguien que siempre se las arregla para engatusar a los demás y tirarles de la lengua. Pese a su destierro forzado, no albergaba resentimiento ni rabia. Intentaba comprenderlo todo, entender por qué cada individuo actuaba de una manera y no de otra. Nunca culpaba a los seres humanos de las calamidades históricas, sino a la educación, las costumbres y el sistema político en el que les había tocado vivir. Por eso, como su tío insurgente, se convirtió en un defensor fervoroso de la libertad y la democracia, y enemigo del despotismo, la autocracia y la tiranía. Pensaba que solo en el primer sistema puede el individuo comportarse dignamente. Tomad nota —parece decir Heródoto—: un insignificante grupo de pequeños estados griegos ha vencido a la gran potencia oriental solo porque los griegos se sabían libres, y por esa libertad estaban dispuestos a darlo todo.
Hay un pasaje de las Historias que me atrapó y me maravilló desde la primera lectura. En él se sugiere que la personalidad de cada uno de nosotros está modelada —más de lo que nos gusta admitir— por los hábitos mentales, la repetición y el chovinismo: «Si a todas las personas se les diera a elegir entre todas las costumbres, invitándoles a escoger las más perfectas, cada cual escogería las suyas; tan sumamente convencido está cada uno de que sus propias costumbres son las más perfectas. Durante el reinado de Darío, este monarca convocó a los griegos que estaban en su corte y les preguntó por cuánto dinero accederían a comerse los cadáveres de sus padres. Ellos respondieron que no lo harían a ningún precio. Acto seguido Darío convocó a los indios llamados calatias, que devoran a sus progenitores, y les preguntó, en presencia de los griegos, que seguían la conversación por medio de un intérprete, por qué suma consentirían en quemar en una hoguera los restos mortales de sus padres; ellos entonces se pusieron a vociferar, rogándole que no blasfemara. Píndaro hizo bien al decir que la costumbre es reina del mundo».
Algunos autores creen que este texto de Heródoto contiene la semilla de toda la tolerancia y la necesidad de comprender, saber y reflexionar que, siglos más tarde, serán el abecé de la etnología. En todo caso, revela una enorme perspicacia en la observación de los pueblos que visitó, y también de su patria griega. Las costumbres son muy distintas en cada cultura, pero su fuerza es gigantesca en todas partes. En el fondo, lo que las comunidades humanas tienen en común es aquello que inevitablemente las enfrenta: la tendencia a creerse mejores. Como descubrió la mirada irónica del griego nómada, todos estamos muy dispuestos a considerarnos superiores. En eso somos iguales.
Si para Kapuściński el libro de Heródoto fue un peso pesado en el equipaje, mucho más incómodo sería para sus lectores de la época. De hecho, fue uno de los primeros mamotretos de los que hay constancia y, con toda seguridad, la primera obra extensa que se escribió en prosa griega. Ha llegado hasta nosotros dividida en nueve partes con los nombres de las musas, y cada una de esas nueve partes ocuparía un rollo de papiro completo. Para acarrear juntos esos nueve tomos, prácticamente haría falta poseer un esclavo porteador.
Sin duda, la invención de los rollos significó un gran avance en su momento. Eran dispositivos librarios más prácticos que ninguno de sus precedentes. Desde luego, poseían mayor capacidad que las tablillas de barro y eran mucho más transportables que las señales de humo o las inscripciones en bloques de piedra; aun así, no dejaban de ser engorrosos. Como ya he explicado, se escribía solo en una de las caras del papiro, por lo que los rollos tendían a convertirse en tiras muy largas, repletas, en el lado utilizable, de columnas de una apretadísima escritura. Para abrirse paso a través de ese abigarrado laberinto de letras, el lector debía ejecutar un molesto tejemaneje, enrollando y desenrollando constantemente metros y metros de texto. Además, para rentabilizar al máximo el caro material, los libros estaban escritos sin dejar espacios de separación entre las palabras ni entre las frases, y sin dividirlos en capítulos. Si, gracias a una máquina del tiempo, pudiéramos tener entre las manos algún ejemplar del siglo V a. C. de las Historias de Heródoto, nos parecería que una sola palabra ininterrumpida e interminable se expandía por casi una decena de rollos de papiro.
Solo textos breves, como una tragedia o un diálogo socrático, cabían cómodamente en un único rollo. Cuanto más largos eran los rollos, más frágiles e incómodos, y más propensos a romperse. Buscar un pasaje concreto en un ejemplar de cuarenta y dos metros —el más largo que se conoce— bien podría provocar calambres en los brazos y una leve tortícolis.
La gran mayoría de obras antiguas ocupaban, por tanto, más de un rollo cada una. En el siglo IV a. C., los copistas y libreros griegos desarrollaron un sistema de reclamos para asegurar la unidad de las obras distribuida en varios libros. El mismo sistema ya había sido practicado con las tablillas en Oriente Medio. Consistía en escribir al final de un rollo las primeras palabras del rollo siguiente, para ayudar al lector a localizar el nuevo tomo que estaba a punto de comenzar. A pesar de todas las precauciones que se pudieran idear, la integridad de las obras estaba siempre amenazada por una incontrolable tendencia a la disgregación, el desorden y la pérdida.
Había cajas preparadas para guardar y transportar rollos. Esos recipientes intentaban proteger a los libros de la humedad, de los mordiscos de los insectos, del colmillo del tiempo. En cada caja cabrían entre cinco y siete unidades, dependiendo de la extensión. Curiosamente, muchos textos conservados de numerosos autores antiguos son múltiplos de cinco y siete — tenemos siete tragedias de Esquilo y otras tantas de Sófocles, veintiuna comedias de Plauto, y partes de la historia de Tito Livio preservadas de diez en diez libros, por ejemplo—. Algunos investigadores piensan que, en el azaroso recorrido de la transmisión y las peripecias del tiempo, esas piezas se salvaron precisamente porque las guardaron juntas en una o varias de aquellas cajas.
Me he adentrado en estos detalles para explicar hasta qué punto eran frágiles y difíciles de proteger los libros por aquel entonces. Había pocos ejemplares en circulación de cada título, y su supervivencia exigía gigantescos esfuerzos. Los incendios y las inundaciones, que destruían los libros sin remedio, eran catástrofes relativamente frecuentes. El desgaste por el uso, el apetito de las polillas y los estragos del clima húmedo obligaban a volver a copiar cada cierto tiempo, uno por uno, todos los rollos de las bibliotecas y de las colecciones privadas. Plinio el Viejo escribió que, en las mejores condiciones posibles y con los cuidados más escrupulosos, un rollo de papiro podía alcanzar una vida útil de doscientos años. En la inmensa mayoría de los casos duraría mucho menos. Las bajas eran constantes y, a medida que disminuía el número de ejemplares supervivientes de una obra concreta, resultaba cada vez más complicado volver a encontrarla para reponerla. A lo largo de toda la Antigüedad y la Edad Media, hasta la invención de la imprenta, continuamente estaban perdiéndose libros —o a punto de despeñarse al abismo de la desaparición—.
Imaginemos por un instante que cada uno de nosotros tuviéramos que dedicar meses enteros de nuestra vida a hacer copias a mano, palabra por palabra, de nuestros libros más queridos, para evitar su extinción. ¿Cuántos se salvarían?
Por eso, debemos considerar un pequeño milagro colectivo —gracias a la pasión desconocida de muchos lectores anónimos— que una obra tan extensa como las Historias de Heródoto, y por tanto tan vulnerable, haya llegado hasta nosotros bordeando el desfiladero de los siglos. Como escribe J. M. Coetzee, lo clásico es «aquello que sobrevive a la peor barbarie, aquello que sobrevive porque hay generaciones de personas que no se pueden permitir ignorarlo y, por tanto, se agarran a ello a cualquier precio».