El infinito en un junco
El umbral invisible de la esclavitud
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La esclavitud era, para griegos y romanos, el monstruo que acechaba bajo la cama, el terror que siempre reptaba cerca. Nadie podía vivir totalmente seguro de que nunca sería esclavizado, sin importar lo rico y aristocrático que fuese su linaje. Había muchas puertas abiertas al infierno, incluso para los nacidos libres. Si tu ciudad o tu país eran golpeados por la guerra —una experiencia casi cotidiana durante la Antigüedad—, la derrota te convertía en botín del ejército victorioso. Vae victis («¡Ay de los vencidos!») era una descriptiva máxima latina. Las leyendas más antiguas dejaban claro que no habría compasión con la que hoy llamamos «población civil». En Las troyanas, de Eurípides paseamos entre las cenizas humeantes de Troya y la desolación de su reina y sus princesas, sorteadas entre los generales invasores. La víspera todavía vestían trajes lujosos y se las recibía entre reverencias. Tras una noche de matanzas y conquista, los griegos las arrastran del pelo, se las reparten y las violan.
Si viajando por mar te atacaban los piratas —un término comodín para todo tipo de enemigos o malhechores provistos de barco—, tenías pocas posibilidades de escapar a la esclavitud.
Si alguien te secuestraba en tierra firme, probablemente no pediría rescate a tu familia. Resultaba más rápido y menos peligroso venderte a un tratante. Ese cruel comercio de gentes arrancadas de sus hogares libres se convirtió en un negocio muy lucrativo, con el que se podía hacer dinero rápido. Las comedias de Plauto sacan a escena a menudo a niños raptados, a hermanos separados, a padres que han envejecido buscando a sus hijos desaparecidos y los encuentran convertidos en siervos o prostitutas al servicio del villano de turno.
Si atravesabas una mala racha económica, tus acreedores podían venderte como último recurso para cobrar sus deudas.
Si un personaje poderoso quería vengarse de ti, podía elegir entre matarte o, si era todavía más cruel, entregarte a un traficante. El mismísimo filósofo Platón sufrió esa suerte en su propio pellejo. Cuentan que, durante su estancia en Sicilia, enfureció al tirano Dionisio con una resabiada observación sobre su forma de gobernar y su ignorancia. Dionisio pretendía ejecutarlo, pero su cuñado Dion, discípulo del filósofo, insistió en que se le perdonase la vida. Como su insolencia merecía un castigo, lo llevaron a la isla de Egina para venderlo en el animado bazar de esclavos. Por suerte para él, la historia tuvo un final feliz. Lo compró un colega filósofo —partidario de otra escuela de pensamiento antagónica a la de Platón, aunque no de un modo demasiado encarnizado— y lo dejó marchar, escaldado pero libre, de regreso a su casa ateniense.
Según la ley romana, los esclavos eran propiedad de sus amos y no tenían personalidad legal. Podían sufrir castigos corporales y, de hecho, muchos eran azotados con frecuencia, para mantener la disciplina o como mero desahogo. El comprador estaba en su derecho si decidía separarlos de sus hijos, acostarse con ellos, venderlos, apalearlos o ejecutarlos sumariamente. Estaba permitido sacarles partido económico de cualquier forma, incluyendo las luchas de gladiadores o la explotación sexual —la mayoría de las prostitutas eran esclavas—. En los juicios, el testimonio de un esclavo solo tenía validez si se había obtenido bajo tortura.
Hachazo. Abismo. Calvario. ¿Cómo describir el doloroso cambio de vida de todos aquellos ciudadanos libres sometidos a la esclavitud por culpa de un azar, una deuda, una derrota o un tráfico despiadado? Personas con vidas pacíficas, laboriosas, incluso felices, eran arrancadas con extrema violencia del cobijo de sus esperanzas y sus derechos, para arrojarlas a la intemperie radical de convertirse en propiedades humanas. La película 12 años de esclavitud retrata un contexto similar, muchos siglos después, en las plantaciones norteamericanas. Encadenado a oscuras en un sótano, Solomon Northup intenta recomponer el rompecabezas de su memoria. A medida que los recuerdos emergen en el caos de su mente aturdida, este hombre negro nacido en libertad, culto, violinista, que vivía con su mujer y sus dos hijos en el estado de Nueva York, comprende que lo han engañado, drogado y secuestrado para venderlo como esclavo. Busca en vano sus documentos, única prueba de su condición libre. Encarcelado en el subsuelo de Washington, a la sombra del Capitolio, Solomon inicia su aprendizaje del dolor. Sus carceleros emprenden la doma del rebelde: palizas, latigazos, raciones insuficientes de comida, suciedad, ropa apestosa. Una noche lo embarcan clandestinamente hacia el sur y allí lo entregan a un tratante de Luisiana. Perderá una década de su juventud recolectando algodón en las plantaciones de diversos amos sureños, que lo maltrataban constantemente para doblegarlo, sin noticias de sus seres queridos. El film, basado en un personaje real, describe la odisea de un individuo atónito e indefenso —como cualquiera de nosotros, si nos arrebatasen todo auxilio posible, todo el amparo de las leyes— a quien intentan deshumanizar a través del miedo.
En el mundo antiguo, muchas personas atravesaron a la fuerza ese umbral invisible donde perdían su condición de seres libres para convertirse en mercancías.
Durante doscientos años, llegaron a Roma cantidades gigantescas de estos esclavos griegos, resultado de las victorias sobre los reinos helenísticos de Macedonia, la Grecia continental, Turquía, Siria, Persia o Egipto. La irrupción de los conquistadores romanos desencadenó un largo periodo de violencia y caos en el Mediterráneo oriental, creando las condiciones propicias para la captura masiva de esclavos. El mar estaba plagado de piratas. Los ejércitos marchaban a través de extensos territorios, ensombreciendo el horizonte con su presencia amenazadora. Ciudades y estados enteros caían en el abismo de las deudas a causa de los despiadados tributos que imponían los romanos. Las cifras son estremecedoras. A mediados del siglo I a. C. debía de haber alrededor de dos millones de esclavos en Italia, que rondarían el 20 por ciento del censo. Cuando en la primera época imperial alguien tuvo la brillante idea de obligarles a llevar uniforme, el senado rechazó la medida con espanto —nadie deseaba que la población esclava se percatase de lo numerosa que era—.
Los griegos no fueron el único pueblo que esclavizaron los romanos, también una multitud de hispanos, galos y cartagineses, entre otros, cayeron en la servidumbre. La peculiaridad de los cautivos griegos consistía en que muchos de ellos eran más cultos que sus amos. Las profesiones de prestigio que hoy practican los hijos de las clases medias y altas fueron en Roma territorio de esclavos. Para nuestra sorpresa, los médicos, banqueros, administradores, notarios, asesores fiscales, burócratas y profesores de aquella época eran a menudo griegos privados de libertad. Los nobles romanos con aspiraciones culturales podían acudir una mañana cualquiera a los mercados bien abastecidos de la capital para comprarse un intelectual griego a su gusto, que educaría a sus hijos, o simplemente les otorgaría el prestigio de tener un filósofo de guardia en casa. Fuera de los hogares, la mayoría de los maestros de escuela eran también esclavos o libertos griegos. Todo el trabajo de cuello blanco y de escritorio era su especialidad. Además, sostenían la administración del Imperio y su sistema legal.
Cicerón deja entrever en sus cartas que era propietario de unos veinte esclavos de este tipo, entre secretarios, empleados, bibliotecarios, amanuenses, «lectores» —que leían libros o documentos en voz alta para comodidad de su amo—, asistentes, contables y chicos de los recados. El famoso orador poseía varias bibliotecas, una en su casa de la capital y otras repartidas por sus numerosas propiedades rurales. Necesitaba personal muy cualificado para gestionar tanto esas colecciones como su propia obra. Sus esclavos se ocupaban de las tareas cotidianas: devolver los rollos a sus estantes respectivos, reparar los volúmenes dañados y llevar al día el catálogo. Escribir con hermosa caligrafía era una parte esencial de su trabajo. Si los amigos del amo le prestaban libros en los que él estaba interesado, ellos realizaban copias a mano de todas las obras, por extensas que fueran. En cuanto el jefe terminaba de redactar un nuevo ensayo o discurso, tenían que elaborar a toda prisa una tirada manuscrita que el ufano autor repartía entre sus amigos y colegas. Se trataba de una tarea ardua (Cicerón era un autor muy engreído, muy prolífico y con muchos amigos).
Para la organización general de su biblioteca no le bastó su personal ordinario. Enamorado de sus libros, quiso hacerse con los servicios de un experto. Recurrió entonces a Tiranión, uno de esos muchos estudiosos griegos arrancados de su patria para ser vendidos como esclavos. A pesar de su duro destino, el escritor cautivo destacaba por su carácter amable. Anteriormente ya se había labrado una gran reputación ordenando la famosa biblioteca de Sila según el modelo de Alejandría. Cicerón escribe a un amigo: «Cuando vengas, podrás ver la maravillosa organización que ha realizado Tiranión de mis libros en la biblioteca». Pero no todos los esclavos ilustrados de Cicerón fueron tan dóciles, ni le dieron tantas alegrías. En el otoño del año 46 a. C., el orador escribió una carta a su amigo el gobernador de Iliria (un territorio que hoy forma parte de Albania, Croacia, Serbia, Bosnia y Montenegro). Estaba irritado y decepcionado. Su bibliotecario jefe, un esclavo llamado Dionisio, había estado robándole libros para venderlos y, cuando por fin fue descubierto e iba a recibir su merecido, puso pies en polvorosa. Un conocido creía haberlo visto en Iliria. Cicerón ruega a su amigo, general de los ejércitos destacados en la zona, que le haga el insignificante favor —una menudencia— de atraparlo y traérselo de regreso. Pero, para disgusto de Cicerón, los ladrones de libros no eran una de las prioridades del gobernador romano en la provincia, y las legiones romanas no se movilizaron para atrapar al fugitivo.
La historia de los libros en Roma tiene como protagonistas a los esclavos. Participaban en todas las facetas de la producción de obras literarias, desde enseñar a escribir hasta elaborar las copias. Llama la atención el contraste entre la muchedumbre de esclavos griegos ilustrados y el analfabetismo obligatorio de civilizaciones posteriores. En los Estados Unidos, hasta la derrota de la Confederación, en 1865, era ilegal en muchos estados del sur que los esclavos aprendieran a leer o a escribir, y los siervos capaces de hacerlo eran considerados una amenaza para la continuidad del sistema esclavista. Daniel Doc Dowdy, un hombre negro que nació siendo esclavo en 1856, describió los terribles castigos reservados a los infractores de esa ley: «La primera vez que te pillaban tratando de leer o escribir te azotaban con una correa de cuero, la segunda con un látigo de siete colas y la tercera te cortaban la primera falange del dedo índice». A pesar de todo, algunos esclavos analfabetos se empeñaron en aprender a leer, desafiando a sus amos y arriesgando la vida. La tarea, debido a la prohibición, les llevaba varios años, en paciencia y secreto. Los relatos de esos aprendizajes son muchos y heroicos. Belle Myers, entrevistada en los años treinta del siglo XX, explicó que había aprendido las letras mientras cuidaba al bebé del propietario, que jugaba con un rompecabezas alfabético. El dueño, sospechando las intenciones de su esclava, le propinó varios puntapiés preventivos. Sin embargo, Belle perseveró, estudiando a escondidas las letras del rompecabezas y unas pocas palabras de una cartilla infantil. «Un día encontré un libro de himnos y deletreé: “Cuando Leo Con Claridad Mi Nombre”. Me sentí tan feliz que corrí a contárselo a los demás esclavos».
En 12 años de esclavitud, Solomon debe ocultar a toda costa que sabe leer y escribir si quiere evitar las salvajes palizas. Su tragedia consiste en que, al mismo tiempo, está obsesionado con hacer llegar una carta a su familia neoyorquina en la que les explique dónde encontrarlo, para que lo rescaten de ese infierno de hambre, explotación y brutalidad. Durante años aprovecha cualquier mínima ocasión para ir robando pequeños pedazos de papel a sus amos y, cuando ha conseguido suficientes, fabrica en la clandestinidad de la noche una tosca pluma y un sucedáneo de tinta con jugo de moras. Los mensajes prohibidos que consigue redactar con esfuerzo y enorme peligro representan su única y endeble esperanza de llegar a recuperar algún día su vida anterior de hombre libre. En su Historia de la lectura, Alberto Manguel escribe: «Por todo el Sur de Estados Unidos, era frecuente que los propietarios de las plantaciones ahorcasen a cualquier esclavo que tratase de enseñar a otros a deletrear. Los dueños de esclavos (como los dictadores, los tiranos, los monarcas absolutos y otros ilícitos detentadores del poder) creían firmemente en la fuerza de la palabra escrita. Sabían que la lectura es una fuerza que requiere apenas unas pocas palabras para resultar aplastante. Alguien que es capaz de leer una frase es capaz de leerlo todo; una multitud analfabeta es más fácil de gobernar. Dado que el arte de leer no puede desaprenderse una vez que se ha adquirido, el mejor recurso es limitarlo. Por todos esos motivos había que prohibir la lectura».
En cambio, los habitantes de la civilización grecolatina consideraban apropiado que sus esclavos se encargasen de los trabajos de copia, escritura y documentación, por razones que hoy resultan, cuando menos, sorprendentes.
Como ya he explicado, la lectura antigua no era el acto mudo que hoy practicamos. Salvo llamativas excepciones, entonces se leía siempre en voz alta, incluso en privado. A ojos de los antiguos, la operación de hacer sonoras las letras escritas encerraba un hechizo inquietante. Las más antiguas creencias enseñaban que el aliento era la sede del espíritu de una persona. En las inscripciones funerarias tempranas, los muertos rogaban al paseante: «préstame tu voz», para revivir y anunciar quién yacía en el sepulcro. Los griegos y romanos creían que todo texto escrito necesita apropiarse de una voz viva con el fin de completarse y alcanzar su plenitud. Por eso, el lector que paseaba su mirada por las palabras y empezaba a leerlas sufría una especie de posesión espiritual y vocal: su laringe era invadida por el aliento del escritor. La voz del lector se sometía, se unía a lo escrito. El escritor, aun después de su muerte, utilizaba a otros individuos como instrumento vocal, es decir, los ponía a su servicio. Ser leído en voz alta significaba ejercer un poder sobre el lector, incluso a través de las distancias del espacio y el tiempo. Por eso —pensaban los antiguos—, resultaba adecuado que los profesionales de la lectura y la escritura fuesen esclavos. Porque su función era precisamente servir y someterse.
En contrapartida, el amor de los hombres libres por la lectura se veía con cierto recelo. Solo quedaban a salvo los oyentes de un texto, los que escuchaban leer a otra persona sin someter su voz a lo escrito. Quienes, como Cicerón, disponían de esclavos lectores. Esos servidores, poseídos por el libro, dejaban de pertenecerse a sí mismos durante el instante de la lectura. Ponían en su boca un «yo» que no era suyo. Eran meros instrumentos de una música ajena. Curiosamente, las metáforas utilizadas para esta actividad en la obra de Platón y otros autores hasta Catulo son las mismas que se usaban para designar la prostitución o para el compañero pasivo en las relaciones sexuales. El lector es sodomizado por el texto. Leer uno mismo es prestar el cuerpo a un escritor desconocido, un acto audazmente promiscuo. No se consideraba del todo incompatible con el rango de ciudadano, pero los bienpensantes de la época proclamaban que debía practicarse con cierta moderación, para que no se convirtiese en vicio.