El infinito en un junco
La religión de la cultura
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Alejandro había desencadenado el vértigo y los terrores de la globalización. Hasta entonces, la mayoría de los griegos habían sido ciudadanos de pequeñas naciones que abarcaban poco más que una población y sus inmediaciones. Cada uno de esos países mínimos se enorgullecían de su propia política y su propia cultura, eran fieramente independientes y se enzarzaban en escaramuzas frecuentes con sus vecinos en nombre del amor a la libertad. Cuando las ciudades de Grecia fueron anexionadas a las nuevas monarquías, sus habitantes quedaron huérfanos en masa. Las orgullosas comunidades se tambalearon al dejar de ser centros independientes para convertirse en una vasta periferia imperial. Los que el día anterior habían sido ciudadanos eran ahora súbditos. Siguieron combatiendo unos contra otros y entreteniéndose con alianzas, tratados, arbitrajes y declaraciones de guerra, pero tras perder la independencia las batallas ya no tenían un sabor tan intenso. Frente al vacío, las nuevas estructuras estatales —incipientes, autoritarias y volcadas en luchas dinásticas— no ofrecían ningún anclaje. A la deriva, los griegos buscaron otros asideros. Abrazaron credos orientales, rituales exóticos, filosofías salvadoras. Algunos se refugiaron en una religión recién creada: la religión de la cultura y el arte.
Ante el eclipse de la vida ciudadana, ciertas personas decidieron dedicar sus energías a aprender; a educarse con la esperanza de permanecer libres e independientes en un mundo sometido; a desarrollar hasta el máximo posible todos sus talentos; a conseguir la mejor versión posible de sí mismos; a modelar su interior como una estatua; a hacer de su propia vida una obra de arte. Era la estética de la existencia que tanto impresionó a Michel Foucault cuando estudiaba a los griegos para su Historia de la sexualidad. En la última entrevista que concedió, fascinado por esta idea antigua, Foucault dijo: «Me llama la atención el hecho de que en nuestra sociedad el arte se haya convertido en algo que atañe a los objetos y no a la vida ni a los individuos. ¿Por qué un hombre cualquiera no puede hacer de su vida una obra de arte? ¿Por qué una determinada lámpara o una casa pueden ser obras de arte y no puede serlo mi vida?».
Aunque esta idea no era nueva, en la época helenística se convirtió en un refugio para los desorientados huérfanos de las libertades perdidas. En ese periodo, la paideía —en griego, «educación»— se transforma para algunos en la única tarea a la que merece la pena consagrarse en la vida. El significado de la palabra se va enriqueciendo, y, cuando romanos como Varrón o Cicerón necesitan traducirla al latín, eligen el término humanitas. Es el punto de partida del humanismo europeo y sus irradiaciones posteriores. Los ecos de esta constelación de palabras no se han apagado todavía. La Enciclopedia ilustrada rescató la antigua paideía —que desciende de la expresión en kýklos paideía—, que todavía hoy resuena en el experimento global y políglota de la Wikipedia.
A veces se olvida que esta antigua fe en la cultura nació como un credo religioso, con su lado místico y su promesa de salvación. Los fieles creían que, en la vida de ultratumba, las almas de los elegidos vivirían en praderas regadas por frescos manantiales donde habría teatros para los poetas, coros de danza, conciertos y coloquios alrededor de la mesa de eternos banquetes —en este caso, regados con vino generoso—. Sería un lugar celestial para los filósofos más charlatanes: allí nadie se irritaría con ellos ni les pediría que cerrasen la boca de una vez.
Por eso encontramos en tantos monumentos funerarios —epitafios, bajorrelieves o estatuas— el recuerdo de la cultura de los difuntos. Se despiden de la existencia terrenal con la pose de hombres de letras, oradores, filósofos, aficionados al arte o músicos. Esas tumbas no pertenecen, como se creía en un principio, a intelectuales de oficio, profesores o artistas. Ahora sabemos que, en la mayoría de los casos, eran comerciantes, médicos o funcionarios. Pero querían ser recordados por un único motivo: porque se iniciaron en la labor de la inteligencia y las virguerías del arte, saberes protegidos por las musas.
«Lo único que merece la pena es la educación —escribe en el siglo II un seguidor de este culto—. Todos los otros bienes son humanos y pequeños y no merecen ser buscados con gran empeño. Los títulos nobiliarios son un bien de los antepasados. La riqueza es una dádiva de la suerte, que la quita y la da. La gloria es inestable. La belleza es efímera; la salud, inconstante. La fuerza física cae presa de la enfermedad y la vejez. La instrucción es la única de nuestras cosas que es inmortal y divina. Porque solo la inteligencia rejuvenece con los años y el tiempo, que todo lo arrebata, añade a la vejez sabiduría. Ni siquiera la guerra que, como un torrente, todo lo barre y arrastra, puede quitarte lo que sabes».
Las antiguas creencias se habían desmoronado, pero a cambio la inmortalidad se ponía al alcance de todos, a través de la cultura, la palabra y los libros. No olvidemos que el Museo de Alejandría, al que pertenecía la Gran Biblioteca, era un templo donde un sacerdote oficiaba los rituales de las musas. Es enternecedor pensar en aquellos griegos que soñaron con llamar a las puertas del cielo empuñando sus rollos.
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Durante los siglos III a I a. C., el paisaje se transformó, y los libros encontraron cobijo en nuevos horizontes. Los papiros egipcios revelan que, sin llegar a ser total, en época helenística la alfabetización se extendió mucho, incluso más allá de la clase dirigente. Por supuesto, los ricos eran los primeros en entrar en la escuela y los últimos en abandonarla. No obstante, al menos en la Grecia europea, los niños de condición libre tenían más opciones que en ninguna otra época de recibir una educación primaria —las leyes escolares de Mileto o de Teos así lo dan a entender—. La legislación de esta última ciudad aclara que la enseñanza básica se dirigía por igual a los niños y a las niñas, y al parecer era un hecho extendido. Es más, en un gran número de ciudades del Egeo y Asia Menor hubo una floreciente oferta de enseñanza para chicas de familias adineradas —por fin se abren rendijas que permiten atisbar la entrada de niñas estudiantes en las aulas y las primeras generaciones de lectoras—.
La posibilidad de educarse estaba expandiéndose a través de inmensas extensiones geográficas. Se podría hacer una larga lista de intelectuales nacidos en ciudades insignificantes con nombres sonoros y lejanos como Cotieo, Eucarpia, Rodiápolis, Amasia, Seleucia del Euleo… No solo se fundaron bibliotecas en las capitales —la biblioteca de Alejandría y su rival de Pérgamo—. Instituciones culturales más modestas nacían también en la periferia. Una inscripción del siglo II a. C. encontrada en la pequeña isla de Cos recuerda las donaciones de varios patrocinadores privados a la biblioteca local.
A lo largo y ancho de los dos nuevos continentes invadidos por los macedonios —África y Asia—, los teatros, los gimnasios y los libros expresaban la conciencia de su identidad griega. Para los indígenas, dominar la lengua de sus gobernantes leyendo a Tucídides y a Platón ayudaba a escalar hasta posiciones de prestigio. Los conquistadores, claro, imponían su cultura convencidos de estar civilizando bárbaros. En un lugar tan remoto como Ai-Khanoum, en Afganistán, se conservan textos griegos grabados en piedra, sin duda llegados hasta esas lejanías en el vehículo de los libros —cada vez más viajeros—.
Algo llama la atención: los escritores de esta enorme extensión geográfica leían y citaban a los mismos autores, empezando por Homero y llegando a Aristóteles y Menandro. Haber aprendido a escribir y leer con esos libros era casi lo único que tenía en común un griego nacido en el actual Irán y otro nacido en Egipto, los dos tan lejos de casa.
El rescate y el cuidado de esa literatura no podía dejarse al azar. Y de eso se ocuparon los sabios que poblaban el fantástico laberinto de libros erigido en Alejandría.