El infinito en un junco
Ovidio choca contra la censura
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Tuvo éxito —mucho éxito—, y lo disfrutaba. No se avergonzaba de sus lectores sin apellidos aristocráticos. Era divertido, sociable, hedonista. La dolce vita romana le gustaba tal y como era —a veces vulgar, fastuosa, glotona; otras, melancólica, poética y frágil—. Escribía con facilidad, sin sufrimiento y, aún así, sabía ser deslumbrante. Resultaba difícil perdonar a un hombre tan feliz.
Había nacido en una familia tradicional de ambiciosos terratenientes. Su padre lo envió a estudiar a Roma con la esperanza de convertirlo en un gran abogado, rico y respetable, pero él frustró todas sus esperanzas: le gustaba más la poesía que el derecho. Aburrido de tribunales y buenos propósitos, no tardó en abandonar su prometedora carrera para dedicarse por completo a la literatura. Con sus poesías, no solo defraudó a su padre biológico, sino que tiempo después disgustó también al padre simbólico de todos los romanos, el emperador Augusto. Pagaría muy cara su segunda rebeldía. No obstante, antes de resbalar por el precipicio, saboreó a fondo la gloria y los aplausos.
Ovidio fue un explorador de nuevos territorios literarios, y el primer escritor que prestó atención singularizada a sus lectoras. Ya he mencionado que escribió un tratado específico dedicado a los cosméticos y el maquillaje femenino. Su Arte de amar, un manual en verso para aprender a ligar, dedicaba un largo capítulo —un tercio de la extensión total de la obra— a dar consejos de conquista a las mujeres, y a explicarles las tretas de los seductores para engañarlas en el amor. Estableció con ellas una intimidad hasta entonces desconocida entre un autor y sus lectoras. En una época de rápida expansión en los horizontes de lectura, Ovidio se sumó con gusto a la transgresión de los valores arcaicos y las viejas normas. Su literatura joven, inconformista y erótica atraía a las romanas de la época; él lo sabía y jugaba con los límites. No veía el abismo que pisaba.
Algunos contemporáneos lo acusaron de frívolo, olvidando que la frivolidad puede ser profundamente subversiva. Ovidio lanzó una mirada revolucionaria sobre algunos asuntos esenciales en la Roma del siglo I a. C.: el placer, el consentimiento y la belleza. En aquella época, los matrimonios eran un arreglo de las familias, que solían entregar muchachas adolescentes a hombres poderosos entrados ya en la madurez. Eran tiempos de débito conyugal, tiempos en los que los esclavos de ambos sexos estaban a disposición de los apetitos de sus amos, como un harén en potencia. Por definición, las relaciones sexuales no eran recíprocas ni igualitarias: se era pasivo o activo, se era penetrado o se penetraba. Existían distinciones muy intrincadas, reglas asumidas y límites codificados —como siempre, el principal era una cuestión de privilegio—. Lo que era aceptable para un hombre rico no lo era para uno pobre; lo que se les consentía a los hombres era inadmisible para las mujeres. La pedofilia estaba permitida con alguien de rango inferior —esclavo, extranjero, no ciudadano—. Marcial no se avergonzó de hacer público el deseo y la atracción que sentía hacia una esclava de su propiedad, a la que en sus poemas llama Erotión, muerta a los seis años de edad. Ovidio hizo añicos todas esas convenciones y lugares comunes al escribir que le gustaban las mujeres maduras, no las niñas. Y que su placer erótico necesitaba del placer de su compañera. Traduzco libremente un pasaje del Arte de amar: «Prefiero una amante que haya sobrepasado la edad de treinta y cinco años y encuentre ya cabellos canos en su melena: que los apresurados beban el vino nuevo; a mí me gusta más una mujer madura que conoce su placer. Tiene experiencia, que constituye todo el talento, y conoce en el amor mil posiciones. La voluptuosidad en ella no es falsa. Y, cuando la mujer goza al mismo tiempo que su amante, es el colmo del placer. Odio el abrazo en que uno y otra no se dan enteramente. Odio esas uniones que no dejan exhaustos a los dos. Odio a una mujer que se entrega porque hay que hacerlo, que no se humedece, que piensa en sus labores. No quiero una mujer que me dé placer por deber. ¡Que ninguna mujer haga conmigo el amor por obligación! Me gusta oír que su voz traduzca su alegría, que murmure que es preciso ir más despacio, que debo contenerme todavía. Me gusta ver a mi amante gozando con los ojos vencidos y que desfallezca y no permita que la acaricie más».
La norma tradicional dictaba que, para los hombres libres, el sentimiento era una debilidad, y la voluntad de ponerse en el lugar de otro, una locura. Como escribe Pascal Quignard, Ovidio es el primer abanderado del deseo recíproco, y también el primer romano en defender que es preciso dominar la urgencia masculina a fin de esperar el placer de la matrona.
El Arte de amar fue considerado un libro inmoral y peligroso. Ovidio, años más tarde, recordando el comienzo de sus desgracias, escribió que a causa de esa obra muchos lo llamaron «maestro de adulterios obscenos». Es cierto que los juegos eróticos que él enseñaba a practicar ocurrían fuera del matrimonio. Y no podía ser de otra forma: el deseo y la atracción rara vez entraban en el horizonte de la vida en pareja. Las bodas de los romanos ricos eran sobre todo una decisión dinástica, un cálculo de alianzas y pactos familiares. Los padres utilizaban a sus hijas como peones de sus maniobras políticas, y no tenían inconveniente en divorciarlas de su marido para casarlas con otro, incluso estando embarazadas del primero, si convenía a sus intereses políticos. No era extraño que dos patricios se intercambiasen la mujer amistosamente: Catón de Útica, recordado como un dechado de virtudes, «prestó» su esposa Marcia a un amigo —es decir, pidió el divorcio para ceder el paso al nuevo pretendiente— y se casó con ella por segunda vez en cuanto quedó viuda, haciéndose de paso con una enorme herencia. Cuando estaba tramando esa maniobra nupcial, Catón consultó al padre de Marcia, pero a ella no le preguntó su opinión: para la mentalidad tradicional, las mujeres eran subalternas y adolescentes de por vida. La forma de actuar de los ambiciosos padres de familia no fomentaba el afecto ni la lealtad entre maridos y mujeres. Ante este panorama, las pasiones estallaban fuera del matrimonio. Ovidio tuvo el descaro de plasmar esa realidad en sus versos. En mal momento lo hizo: chocó directamente con el programa de moralización del emperador Augusto y, sobre todo, con sus Leyes Julias, aprobadas entre el año 18 a. C. y el 9 d. C., que pretendían asumir la defensa de la familia y las tradiciones antiguas, castigando el adulterio con el exilio y multando a quienes no tenían hijos.
En el año 8, Ovidio, apenas cumplidos los cincuenta, fue desterrado repentinamente, mediante edicto imperial, a la aldea de Tomi —la actual Constanza, en Rumanía—. Su tercera esposa permaneció en Roma, para administrar las propiedades comunes y suplicar el indulto. El poeta partió solo al exilio. Nunca volverían a encontrarse. Augusto había elegido para él un escarmiento severo, de calculada crueldad. No se conformó con expulsarlo a una de las islas del Mediterráneo habitualmente empleadas para estos propósitos, sino que lo arrojó a un territorio salvaje situado en los confines del Imperio, fronterizo con lo desconocido, donde Ovidio iba a permanecer separado de todo lo que en su opinión hacía la vida digna de vivirse: amigos, amor, libros, conversaciones y, sobre todo, paz. En ese villorrio desolado, sometido a los fríos de un clima hostil, entre gentes que hablaban un idioma ininteligible, temiendo siempre las razias de ejércitos nómadas, Ovidio estaba sentenciado a muerte. Sobrevivió nueve años, enviando constantes súplicas a Roma y escribiendo sus Tristia, un precedente de la carta De profundis que siglos más tarde redactaría desde prisión otro gran vividor castigado, Oscar Wilde.
Sobre los motivos de su destierro, Ovidio afirmó que su perdición fueron dos delitos: «un poema y un error». Nunca explica en qué consistió su error para no poner el dedo en la llaga —posiblemente fuera testigo de las orgías clandestinas de alguna persona muy encumbrada, o se involucrara en alguna conspiración política—. En cuanto al poema, hay pocas dudas. Se trata de su manual para amantes. «Ya no soy preceptor de amor», escribió desde el exilio, «esa obra pagó el castigo que merecía». Dos siglos después, un historiador afirmó, tajante: «Augusto castigó con el exilio al poeta Ovidio porque escribió tres libritos sobre el arte de amar». Ovidio lloró al saber que en su ausencia se tomaban represalias contra sus obras. Augusto se aseguró de desterrar sus versos de las bibliotecas públicas, tras el destierro del hombre.
Por lo que sabemos, este episodio inauguró en Europa la censura de tipo moralizante, una obsesión de control que encontró aquí su primer fracaso. El Arte de amar, ese librillo alegre y erótico, perseguido por uno de los emperadores más poderosos del Imperio y varias veces prohibido en épocas posteriores por obsceno y escandaloso, ha encontrado el camino hasta nuestras bibliotecas. Su historia es la de un largo salvamento, ejecutado siglo tras siglo por los lectores en quienes confió Ovidio, frente a las autoridades. También la subversión forja clásicos.