El infinito en un junco
Epílogo
Los olvidados, las anónimas
Un pequeño ejército de caballos y mulas se aventura cada día por las resbaladizas pendientes y quebradas de los montes Apalaches, con las alforjas cargadas de libros. Los jinetes de esa tropa son, en su mayoría, mujeres — amazonas de las letras—. Al principio, los lugareños del este de Kentucky, en sus valles aislados de los Estados Unidos y del resto del mundo, las observan con ancestral suspicacia. ¿Alguien en su sano juicio cabalgaría durante el frío invierno por ese territorio desprovisto de carreteras, tierra de caminos borrosos, frágiles puentes que se columpian sobre el abismo y lechos de arroyo donde las patas de los animales derrapan entre cataratas de guijarros? Aguzan la mirada, escupen con energía. En otros tiempos vieron llegar a forasteros llamados a trabajar en las minas o en los aserraderos, pero eso sucedió antes de la Gran Depresión. Desde luego, no están acostumbrados a la estampa siniestra de estas mujeres solas, jóvenes, con un alarmante aire de servir a remotas autoridades, merodeando como tramperos. Cuando llega una de ellas, pesa en el ambiente la presencia sombría de una amenaza. Las familias de los condados de la montaña sienten un miedo difuso, primario, a la llegada de extraños. Son pobres y temen a la autoridad tanto como a los criminales. Solo un tercio de esa buena gente rural sabe leer, pero incluso ellos se asustan cuando un desconocido enarbola un papel. Una deuda sin pagar, una denuncia malintencionada o un pleito incomprensible podrían arrasar sus escasas propiedades. Jamás lo admitirían, pero esas mujeres a caballo les inspiran temor. El miedo se convierte en sorpresa cuando las ven desmontar, abrir las alforjas y sacar —espanto y rechinar de dientes— libros.
El misterio se resuelve, y los lugareños no dan crédito. ¿De verdad? ¿Bibliotecarias a caballo? ¿Suministro literario? No acaban de entender la jerga extraña que utilizan las mujeres: proyecto federal, New Deal, servicio público, planes para favorecer la lectura. Empiezan a sentir alivio. Nadie menciona impuestos, tribunales o desahucios. Además, las jóvenes bibliotecarias tienen aspecto amistoso, parecen creer en Dios y en la bondad.
Combatir el desempleo, la crisis y el analfabetismo mediante amplias dosis de cultura sufragada por el Estado: ese era uno de los cometidos de la Work Progress Administration. En torno a 1934, cuando se concibió el proyecto, las estadísticas solo registraban un libro per cápita en el estado de Kentucky. En el empobrecido territorio montañoso del este, sin carreteras ni electricidad, era impensable poner en marcha un sistema de bibliotecas móviles en vehículos, que tanto éxito estaban alcanzando en otras zonas del país. La única alternativa era lanzar a las aguerridas bibliotecarias por las trochas de los Apalaches para que llevasen a cuestas los libros hasta los reductos más aislados. Una de ellas, Nan Milan, bromeaba diciendo que sus caballos tenían las patas más cortas en un lado que en otro, para no resbalar en los escarpados senderos de la sierra. Cada jinete recorría tres o cuatro rutas distintas cada semana, con trayectos de hasta treinta kilómetros por día. Los libros, procedentes de donaciones, se almacenaban en oficinas de correos, barracones, iglesias, juzgados o en viviendas particulares. Las mujeres, que tomaban su trabajo tan en serio como los infatigables carteros de la época, recogían los lotes en las distintas sedes y los distribuían por escuelas rurales, centros comunitarios y hogares campesinos. No faltaba la épica en sus cabalgadas solitarias: los documentos recogen anécdotas de caballos reventados en medio de ninguna parte, ante lo cual las mujeres continuaban el camino a pie, acarreando la pesada alforja de mundos imaginarios. «Tráeme un libro para leer», era el grito de los niños que veían llegar a las forasteras. Aunque en 1936, el circuito alcanzaba a 50.000 familias y 155 escuelas, con un total de 8.000 kilómetros recorridos al mes, las bibliotecarias montadas de Kentucky apenas cubrían un décimo de las peticiones. Vencido el primer brote de desconfianza, los montañeses se habían transformado en ávidos lectores. En Whitley County, las porteadoras literarias encontraban comités de bienvenida de hasta treinta lugareños. En cierta ocasión, una familia se negó a mudarse a otro condado porque allí no había servicio bibliotecario. Una vieja fotografía en blanco y negro muestra a una joven amazona leyendo en voz alta junto al catre de un anciano enfermo. La afluencia de libros mejoró la salud y los hábitos de higiene en la región —las familias aprendieron, por ejemplo, que lavarse las manos era mucho más efectivo para evitar cólicos que soplar humo de tabaco sobre una cucharada de leche—. Los adultos y los niños se enamoraron del sentido del humor de Mark Twain, pero el título más demandado con diferencia fue Robinson Crusoe. Los clásicos pusieron en contacto a los nuevos lectores con un tipo de magia que siempre se les había negado. Los escolares letrados los leían a sus padres analfabetos. Un joven dijo a su bibliotecaria: «Esos libros que nos trajiste nos han salvado la vida».
El programa empleó a casi mil bibliotecarias hípicas durante una década. La financiación terminó en 1943, el año de la disolución de la WPA, cuando la Guerra Mundial sustituyó a la cultura como antídoto frente al desempleo.
Somos los únicos animales que fabulan, que ahuyentan la oscuridad con cuentos, que gracias a los relatos aprenden a convivir con el caos, que avivan los rescoldos de las hogueras con el aire de sus palabras, que recorren largas distancias para llevar sus historias a los extraños. Y cuando compartimos los mismos relatos, dejamos de ser extraños.
Hay algo asombroso en el hecho de haber conseguido preservar las ficciones urdidas hace milenios. Desde que alguien narró por primera vez la Ilíada, las peripecias del viejo duelo entre Aquiles y Héctor en las playas de Troya nunca han caído en el olvido. Como escribe Harari, un sociólogo arcaico que hubiera vivido hace 20.000 años, bien pudiera haber llegado a la conclusión de que la mitología tenía muy pocas posibilidades de sobrevivir. Al fin y al cabo, ¿qué es un cuento? Una secuencia de palabras. Un soplo. Una corriente de aire que sale de los pulmones, atraviesa la laringe, vibra en las cuerdas vocales y adquiere su forma definitiva cuando la lengua acaricia el paladar, los dientes o los labios. Parece imposible salvar algo tan frágil. Pero la humanidad desafió la soberanía absoluta de la destrucción al inventar la escritura y los libros. Gracias a esos hallazgos, nació un espacio inmenso de encuentro con los otros y se produjo un fantástico incremento en la esperanza de vida de las ideas. De alguna forma misteriosa y espontánea, el amor por los libros forjó una cadena invisible de gente —hombres y mujeres— que, sin conocerse, ha salvado el tesoro de los mejores relatos, sueños y pensamientos a lo largo del tiempo.
Esta es la historia de una novela coral aún por escribir. El relato de una fabulosa aventura colectiva, la pasión callada de tantos seres humanos unidos por esta misteriosa lealtad: narradoras orales, inventores, escribas, iluminadores, bibliotecarias, traductores, libreras, vendedores ambulantes, maestras, sabios, espías, rebeldes, viajeros, monjas, esclavos, aventureras, impresores. Lectores en sus clubs, en sus casas, en cumbres de montaña, junto al mar que ruge, en las capitales donde la energía se concentra y en los enclaves apartados donde el saber se refugia en tiempos de caos. Gente común cuyos nombres en muchos casos no registra la historia. Los olvidados, las anónimas. Personas que lucharon por nosotros, por los rostros nebulosos del futuro.
Terminaste El infinito en un junco
Irene Vallejo
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