El infinito en un junco
Bibliotecas públicas en los palacios del agua
27
El 15 de marzo del año 44 a. C. —en los idus de marzo, según el calendario romano—, asesinaron a Julio César apuñalándolo en el Senado, frente a la estatua de su viejo enemigo Pompeyo, que quedó manchada por las salpicaduras de su sangre. En nombre de la libertad, un grupo de senadores hundieron una y otra vez sus dagas en el cuerpo de un hombre de sesenta y seis años, en su cuello, su espalda, su pecho y su vientre. Viendo puñales levantados por todas partes, el último movimiento de César fue un gesto de pudor. Al borde de la muerte, cegado por la sangre, se preocupó de estirar su túnica sobre las piernas para caer más noblemente, sin enseñar su sexo. Las dagas siguieron asestándole salvajes picotazos mientras yacía indefenso junto a las escaleras del pórtico. Recibió veintitrés puñaladas, de las que, según Suetonio, solo una fue mortal.
A los conspiradores les gustaba referirse a sí mismos como «los libertadores». Consideraban a César un tirano que aspiraba a ser rey. Aquel asesinato político, tal vez el crimen más famoso de la historia, ha despertado tanta admiración como repugnancia. No es ninguna casualidad que, mil novecientos años después, John Wilkes Booth utilizara «idus» como contraseña para el día que mató a Abraham Lincoln, ni que, mientras huía del escenario del crimen, Booth gritase una frase en latín: Sic semper tyrannis («Este es el destino de los tiranos»).
¿Era Julio César un tirano en ciernes? Sin duda, fue un general carismático y un político sin escrúpulos. Algunos de sus contemporáneos calificaron su campaña en las Galias como genocidio. Es cierto que, en sus últimos años de vida, cada vez se esforzaba menos en disimular su gigantesca ambición. Había sido nombrado dictador vitalicio y se atribuyó el derecho a llevar el atuendo triunfal siempre que quisiera —con la corona de laurel, que no podía ser más práctica para disimular su calvicie—. Para la posteridad, su nombre ha simbolizado siempre un título de poder autoritario (césar, zar). Sin embargo, su asesinato no salvó la República. El crimen de los idus fue un salvaje derramamiento de sangre que no logró ninguno de sus objetivos. Desencadenó una larga guerra civil, más muertes, nuevas destrucciones y, al final, sobre las ruinas humeantes, Augusto instauró la monarquía imperial. El joven emperador, heredero y sucesor de su tío, hizo colocar una estructura de hormigón para señalar y clausurar el escenario del crimen. Hoy, tantos siglos después, los gatos callejeros de Roma se refugian en el Largo di Torre Argentina, el lugar donde agonizó Julio César.
Como daño colateral, en los idus de marzo salieron perdiendo los lectores pobres. Entre otros planes, César tenía previsto construir la primera biblioteca pública de Roma, lo más rica posible, y había confiado al sabio Marco Varrón la tarea de adquirir y clasificar los libros. El nombramiento era lógico, porque Varrón había escrito un ensayo titulado Sobre bibliotecas, del que apenas han sobrevivido unos escasos fragmentos.
Años después, Asinio Polión, seguidor de César, hizo realidad su sueño con el jugoso botín de una expedición militar de saqueo. Inauguró una biblioteca en el mismo edificio que —simbólicamente— albergaba el santuario de la diosa Libertad. Solo conocemos este primer templo público de los libros a través de las menciones de varios escritores, ya que sus restos han desaparecido sin dejar huella. Sabemos que el espacio interior estaba dividido en dos secciones, una para obras en griego y otra para obras en latín. Esta organización bilingüe y bimembre se repetiría en todas las bibliotecas romanas posteriores. Por imperativo del amor propio nacional, las dos secciones debían tener idénticas dimensiones, aunque por el momento una estuviese llena a rebosar y la otra acusadoramente vacía. Frente a unos siete siglos de textos griegos, para el apartado romano apenas se podía elegir entre dos siglos de literatura. Sin atender a esas minucias, el mensaje que transmitía la biblioteca oficial de Polión era doble: las obras griegas quedaban incorporadas en su lengua original al bagaje de los romanos; a cambio, había que fingir que los jefes del poderoso Imperio valían tanto como sus brillantes súbditos helenos. Ningún aspecto de la puesta en escena podía delatar que, de hecho, los colonizadores se sentían acomplejados ante el apabullante patrimonio intelectual de un territorio conquistado.
Otro rasgo que heredarían todas las bibliotecas romanas fueron las estatuas de autores famosos. En Roma aquellos bustos en los espacios públicos eran el equivalente literario de las estrellas del paseo de la fama de Hollywood. Quien conseguía ese homenaje había entrado en el canon. Polión encargó para su biblioteca un solo retrato de un escritor vivo: Varrón. Décadas más tarde, el deslenguado Marcial, atento a todos los afanes de la feria de las vanidades romanas, presumía de que su busto adornaba ya algunas mansiones aristocráticas. En realidad, él ambicionaba una estatua en las galerías de personajes ilustres de las bibliotecas públicas. Todo parece indicar que, como esos eternos aspirantes al premio Nobel, se quedó siempre a las puertas. En sus epigramas abundan los estribillos de pedigüeño, mendigando sin tapujos honores, halagos o dinero, pero en general, como él mismo contó con humor y autoironía, sus esperanzas desembocaban en grandes chascos.
La biblioteca de Asinio estaba abierta a los lectores seguramente desde el alba hasta el mediodía. Allí debía de acudir un público variado: escritores, estudiosos, amantes del conocimiento, pero también copistas enviados por sus amos o por los libreros con el encargo de hacer copias de las obras. Lo más probable es que, para buscar los libros en los armarios, hubiera personal especializado. También sabemos que algunas bibliotecas autorizaban el préstamo. El escritor Aulo Gelio cuenta una anécdota que lo prueba. Se había reunido con unos amigos para cenar y charlar. Cuando les sirvieron nieve derretida para beber, un invitado experto en Aristóteles les advirtió de que, según el filósofo, era perjudicial para la salud. Como alguien negó esa afirmación, el terco comensal, lastimado en su orgullo, se tomó la molestia de ir hasta la biblioteca de la ciudad, consiguió que la abriesen para él y regresó con un ejemplar de la obra de Aristóteles que incluía el párrafo en cuestión — esa era la laboriosa forma de zanjar las discusiones antes de que existieran los buscadores de internet—. También el emperador Marco Aurelio y su maestro Frontón mencionan en sus cartas que se llevaban a casa libros prestados. Además de esos testimonios casuales, se ha conservado en Atenas una inscripción de época imperial avisando de que los directores prohibían el servicio de préstamo, de donde se deduce que en otros establecimientos sí estaría permitido. La inscripción reza textualmente: «De aquí no saldrá ningún libro; así lo hemos jurado».
Las dos siguientes bibliotecas públicas de la Urbe las hizo construir Augusto, una en el monte Palatino y la otra en el Pórtico de Octavia. Los arqueólogos han encontrado restos de la Biblioteca Palatina. Gracias a las excavaciones tenemos una imagen fiable de su diseño arquitectónico y de su interior. Se han hallado dos cámaras contiguas de tamaño idéntico para la colección bilingüe. En ambas, los libros reposaban dentro de unos armarios de madera con estantes y puertas, empotrados en grandes nichos, numerados con cifras que remitían al catálogo. Dada la gran altura de los nichos, debían de contar con pequeñas escaleras portátiles para alcanzar las repisas superiores. En conjunto, el edificio recuerda más a nuestras salas de lectura contemporáneas que a las bibliotecas griegas, donde no había instalaciones para los lectores. Los lectores griegos escogían un rollo de los estantes y se trasladaban a un pórtico contiguo. En Roma, las estancias estaban diseñadas para ofrecer un ambiente amplio, bello y lujoso. Los libros descansaban en los armarios, al alcance de la mano pero sin obstruir el paso. Había mesas, sillas, maderas talladas, mármoles: un placer para la vista, y un derroche de espacio.
A medida que las colecciones crecían, se necesitaban nuevos armarios. Los problemas de almacenamiento resultaban difíciles de resolver porque los nichos para libros estaban integrados en la estructura arquitectónica del edificio y no se podían improvisar. Había que fundar nuevas bibliotecas. El emperador Tiberio sumó una o tal vez dos durante su reinado, y Vespasiano levantó otra en el templo de la Paz, probablemente para celebrar con libros y proclamas de concordia que había sometido a sangre y fuego la revuelta de Judea.
Los restos mejor conservados corresponden a las bibliotecas gemelas construidas por orden de Trajano en el año 112 como parte de su foro monumental. La sala griega y la latina estaban una frente a la otra, separadas por un pórtico en cuyo centro todavía se yergue la famosa columna de Trajano. Los arqueólogos creen que el emblemático monumento representaba un gran rollo de piedra, con sus treinta y ocho metros de escenas en bajorrelieve a todo color sobre las guerras de la Dacia —como viñetas de un cómic bélico—. El relato de las campañas se desarrolla en una cinta continua que asciende en espiral: miles de romanos y dacios esculpidos minuciosamente marchan, construyen, luchan, navegan, se escabullen, negocian, suplican y perecen en ciento cincuenta y cinco escenas —una auténtica novela gráfica—.
El interior de las dos bibliotecas era un prodigio de lujo abierto a todos los públicos: dos pisos de armarios, columnas, galerías, cornisas, revestimientos de mármol multicolor de Asia Menor y estatuas. Imagino los rostros boquiabiertos de la gente común ante un despliegue de belleza estética y comodidades que hasta entonces habían sido prerrogativa de la aristocracia, y una colección de unos veinte mil libros accesibles a cualquier lector. Gracias al primer emperador hispano, en Roma ya no hacía falta cortejar a los ricos para leer en un ambiente fastuoso.
28
La biblioteca de Trajano fue la última de su especie. A partir del siglo II, las nuevas salas de lectura se integraron en los baños públicos imperiales. Además de ofrecer todas las prestaciones de unas termas —salas templadas, salas calientes, saunas, baños fríos, salas de masajes—, aquellos edificios llegaron a ser auténticos complejos de ocio, que anticipaban nuestros centros comerciales. Las termas de Caracalla, inauguradas en el año 212, incluían gimnasios, espacios para la lectura, salas para la conversación, un teatro, los propios baños, jardines, espacios destinados al ejercicio o el juego, establecimientos para comer y biblioteca griega y latina separadas; todo pagado por el Estado.
Con la construcción de estos baños grandiosos y gratuitos, los emperadores conquistaban a sus súbditos. «¿Qué hay peor que Nerón?», se preguntaba Marcial. «¿Y qué mejor que sus termas?». Allí acudían todos los romanos, hombres y mujeres, jóvenes y viejos, ricos y pobres. Algunos se bañaban y se tendían en los lechos de masaje, otros jugaban a la pelota o juzgaban el juego del prójimo con consejos que nadie les había pedido, acudían a conferencias, charlaban con los amigos, murmuraban a las espaldas de sus conocidos, despotricaban contra los cargos municipales, se quejaban del precio del grano, comían salchichas a dos carrillos o curioseaban en la biblioteca. El filósofo Séneca, que se desesperaba intentando concentrarse en su despacho situado justo sobre unas termas, escribió una divertida descripción del jolgorio y la alegría de los baños: «Cuando los atletas se ejercitan con pesas de plomo, escucho sus chiflidos y sus jadeantes respiraciones. Oigo el chasquido de la mano del masajista al sacudir una espalda. Si llega de repente el jugador de pelota y empieza a contar los tantos, uno está perdido. Añade al camorrista, al ladrón atrapado y los que saltan a la piscina produciendo gran estrépito con sus zambullidas. Piensa en el depilador que lanza un grito agudo para hacerse notar y fuerza a gritar a otros cuando les afeita los sobacos. Luego el vendedor de bebidas, el salchichero, el pastelero y los vendedores que pregonan su mercancía con una peculiar modulación». Sin duda, la atmósfera más adecuada para el autor de las reflexiones sobre la serenidad en De tranquilitate animi.
A diferencia de las exquisitas bibliotecas de los foros, las salas de lectura de los baños se orientaban a los gustos de un público amplio, dispar y frívolo. Sus lectores debieron de ser ante todo gentes curiosas en busca de entretenimiento, que acudían a los libros como alternativa a los juegos de pelota, los chapuzones y la conversación insustancial. Suponemos que las colecciones de libros incluían sobre todo clásicos de renombre en ambas lenguas, autores contemporáneos de moda, y acaso algún que otro filósofo. La creación de bibliotecas ubicadas dentro de los abarrotados baños romanos fue un enorme logro. Unió cultura, entretenimiento, negocios y educación en una vigorosa fusión bajo un mismo techo. Supuso un enorme impulso para universalizar los libros, colocándolos en un entorno popular y bullicioso que no intimidaba a los lectores inexpertos.
Además, las bibliotecas de las termas llevaron la lectura a todos los rincones del Imperio. Los centros de ocio no eran exclusivos de la capital, sino que formaron una auténtica red a lo largo y ancho de los territorios conquistados por los romanos. De hecho, algunos especialistas creen que la cultura del baño era la única institución pública compartida que unía a los distantes ciudadanos imperiales.
El goce de los placeres del agua llegó a convertirse en una seña de identidad de la cultura pagana y la civilización de Roma, hasta tal punto que los cristianos más estrictos abominaban de las termas como síntoma de sibaritismo, sensualidad y corrupción espiritual. Se conserva la carta de un monje campesino del siglo V que afirmaba: «No queremos lavarnos en los baños». Los hombres santos entendieron el hedor como una medida de devoción ascética. Rechazaban el aseo para expresar su oposición al estilo de vida de los romanos. Simeón el Estilita se negaba a dejarse tocar por el agua y «tan potente y hediondo era el hedor que resultaba imposible ascender aunque solo fuera hasta mitad de la escalera sin malestar; algunos de los discípulos que se obligaban a llegar hasta él no podían subir hasta que no se habían untado en la nariz incienso y ungüentos fragantes». Después de pasar dos años en una cueva, san Teodoro de Siqueón emergió «con un hedor tal que nadie soportaba estar cerca de él». Clemente de Alejandría escribió que el buen gnóstico cristiano no quiere oler bien: «Repudia los placeres espectaculares y los demás refinamientos del lujo, como los perfumes que halagan el sentido del olfato o las atracciones de los diversos vinos que seducen el paladar o las guirnaldas fragantes hechas con distintas flores que debilitan el alma a través de los sentidos». En aquel tiempo, el «olor de santidad» era fétido.
No obstante, dejando de lado a las minorías rigoristas, los habitantes de las provincias imperiales abrazaron con entusiasmo los placeres del baño, y las termas trajeron consigo, entre otros pasatiempos y lujos, una marea de libros.
29
La ciudad de las veintinueve bibliotecas: un catálogo de los edificios emblemáticos de Roma fechado en el año 350 menciona esa cifra precisa. Fuera de la capital, en cambio, es difícil seguir rastro de los libros. Solo poseemos informaciones caprichosas, incompletas, a veces desconcertantes. En Pompeya, los arqueólogos han descubierto restos de una sala de lectura. Una inscripción de la ciudad de Comum —hoy Como— recuerda que el escritor Plinio el Joven donó a su ciudad de origen una biblioteca y la suma de cien mil sestercios para mantenerla. Otra inscripción hallada en la costa, no lejos de Nápoles, habla de una biblioteca sufragada por Matidia, la suegra del emperador Adriano. Hay huellas azarosas de otras colecciones públicas donadas, en Tibur (actual Tívoli) y en Volsinii (Umbría).
Por lo general, el dinero para financiar esas colecciones no procedía del erario público, sino de las arcas de donantes generosos. Durante toda la Antigüedad, pesaba sobre los ricos la obligación no escrita de gastar parte de su riqueza en la comunidad: financiar juegos circenses, construir anfiteatros, pavimentar caminos o levantar acueductos. Si, como escribió Balzac, detrás de toda gran fortuna siempre hay un crimen, invertir en mejoras colectivas les parecía a los antiguos la mejor fórmula para indemnizar a la sociedad por aquellas fechorías iniciales. En los edificios públicos abundan las siglas DSPF (de sua pecunia fecit) junto al nombre de un ciudadano. Estos alardes de filantropía no siempre eran estrictamente voluntarios: los potentados que se resistían a contribuir sufrían presiones, y no podían negarse durante mucho tiempo, a riesgo de perder su prestigio. Si un millonario rácano necesitaba un suave empujón para abrir la bolsa, los plebeyos acudían a la puerta de su casa a cantarle coplas sarcásticas y a burlarse de él. Es muy posible que alguna biblioteca de provincias se gestase en uno de esos antiguos escraches.
En la zona de habla griega del Imperio, existían bibliotecas públicas desde la época helenística. Los emperadores romanos apoyaron aquellos prestigiosos centros del saber, invirtiendo en las colecciones de Alejandría y Pérgamo. La venerable ciudad de Atenas ganó dos nuevas bibliotecas en el siglo II, una de ellas regalo de Adriano, y la otra de un conciudadano que pagó un pórtico, una sala con sus libros y toda la decoración del recinto «de su propio dinero» —así lo proclama en una inscripción, con énfasis y al parecer con el bolsillo todavía dolorido—. En Éfeso, un tal Tiberio Julio Celso erigió una biblioteca en memoria de su padre, gran amante de los libros.
En cambio, Occidente aparece a simple vista como un gran erial. En toda la zona geográfica que hoy abarca Inglaterra, España, Francia y la costa septentrional de África, solo hay pruebas de la existencia de bibliotecas en dos lugares: Cartago, en Túnez, y Timgad, en Argelia. De la primera tenemos noticia por la mención de un escritor; de la segunda, gracias a la arqueología.
Es cierto que, según los estereotipos de la época, el foco de la civilización radicaba en Oriente, mientras que los habitantes de poniente chapoteaban en la barbarie, el subdesarrollo y la incultura. En todas las épocas, las potencias más poderosas construyen sus oposiciones geográficas —norte/sur, este/oeste — y no permiten que los hechos les estropeen un buen prejuicio. En la Antigüedad, Europa occidental conoció culturas muy sofisticadas y casi todas ellas fueron destruidas por sus civilizados invasores. En todo caso, para comienzos de la época imperial la globalización romana había paliado las diferencias entre territorios. Los arquitectos e ingenieros de Roma urbanizaron a conciencia Occidente, sustituyendo las aldeas nativas por una red de ciudades, pequeñas y grandes, dotadas de alcantarillado, acueductos, templos, foros y termas. En ellas tuvo que haber libros. Durante aquellos años la cultura escrita, aunque no tan arraigada como en el mundo griego, se expandió en las comunidades romanizadas. Había maestros de escuela que enseñaban latín en las principales poblaciones, mientras que los grandes centros ofrecían educación secundaria y retórica. En capitales como Cartago o Marsella, los habitantes más ricos podían cursar el equivalente a la formación universitaria de la época. Marcial, que nació en la celtíbera Bilbilis y llegó a Roma al cumplir veinte años, demostró un excepcional dominio de la lengua latina. Si no fue en su municipio natal, con seguridad tuvo acceso a una biblioteca en Caesaraugusta o en Tarraco. Y como Bilbilis o Caesaraugusta, decenas de centros importantes de Occidente albergaron ciudadanos — hombres y mujeres— con riqueza, ambiciones culturales y apetito de libros.
Cuando camino por las calles de trazado romano de mi ciudad, pienso que en algún lugar, como en la mágica Oxford, duerme una gran biblioteca en el subsuelo. Aplastadas por el bullicio de las calles, bajo el asfalto y la prisa, mil veces pisadas y saqueadas, sin duda deben de sobrevivir las últimas esquirlas de los nichos donde nuestros remotos antepasados conocieron los libros.