El Todo

Dave Eggers · Capítulo 1 de 45

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El Todo

I. Génesis

I

 

Delaney salió del espacio mal iluminado del metro y entró en un mundo de

luz límpida. Era un día despejado, y los reflejos del sol en las innumerables

olas de la Bahía reverberaban con destellos dorados por todas partes. Delaney

se alejó del agua y recorrió los treinta metros que la separaban del campus de

El Todo. Ese simple hecho —tomar el metro, llegar a pie a la verja ella sola,

sin vehículo— la convertía en una anomalía, y desconcertó a los dos

vigilantes de la garita. Los dominios de estos se circunscribían a una pirámide

de cristal, similar a la punta de un obelisco vítreo.

—¿Has venido hasta aquí andando? —preguntó una de los dos vigilantes,

ROWENA, según su placa de identificación. Rondaba los treinta años, tenía el

cabello negro azabache y vestía una impecable camiseta amarilla, ajustada

como un maillot de ciclista. Sonrió, dejando a la vista un hueco encantador

entre sus dos incisivos.

Delaney dio su nombre y añadió que tenía una entrevista con Dan

Faraday.

—¿El dedo, por favor? —pidió Rowena.

Delaney puso el pulgar en el escáner, y en la pantalla de Rowena apareció

una cuadrícula de fotos, vídeos y datos. Incluía imágenes de Delaney que ella

misma no había visto nunca… ¿Era eso una gasolinera de Montana? En las

tomas de cuerpo entero, se la veía encorvada: el peso de una estatura excesiva

en la adolescencia. De pie junto a la garita, Delaney enderezó la espalda a la

vez que dejaba vagar la mirada por las imágenes de sí misma con su uniforme

de guarda forestal, en un centro comercial de Palo Alto, a bordo de un

autobús en lo que parecía Twin Peaks.

—Te has dejado crecer el pelo —comentó Rowena—. Aunque todavía lo

llevas corto.

Delaney, en un acto reflejo, se deslizó los dedos por entre la tupida media

melena negra.

—Según esto, tienes los ojos verdes —observó Rowena—. A mí me

parecen castaños. ¿Puedes acercarte?

Delaney se acercó.

—¡Ah! Preciosos —dijo Rowena—. Avisaré a Dan.

Mientras Rowena se ponía en contacto con Faraday, otra situación

confusa requirió la intervención del segundo vigilante, un cincuentón enjuto y

adusto. Acababa de detenerse una furgoneta blanca, y el conductor, un

hombre de barba roja cuyo asiento quedaba muy por encima de la ventanilla

del vigilante, explicó que tenía una entrega que hacer.

—Una entrega ¿de qué? —preguntó el vigilante enjuto.

El conductor volvió la cabeza por un instante hacia la parte de atrás de la

furgoneta, como para corroborar su inminente descripción.

—Un montón de cestas. Cestas de regalo. Peluches, chocolatinas, esas

cosas —dijo.

En ese punto Rowena, quien, supuso Delaney, era el alfa del obelisco de

cristal, asumió el control.

—¿Cuántas cestas? —preguntó.

—No lo sé. Unas veinte —respondió el conductor.

—¿Y las espera alguien? —preguntó Rowena.

—No lo sé. Puede que sean para posibles clientes, supongo —dijo el

conductor, y su voz acusó un súbito agotamiento. A todas luces esa

conversación se prolongaba ya mucho más de lo que tenía por costumbre—.

Puede que solo sean regalos para personas que trabajan aquí —añadió, y

tendió la mano hacia el asiento del acompañante, donde tenía una tableta que

pulsó varias veces—. Dice que son para Regina Martínez y la Iniciativa

Equipo K.

—¿Y quién las envía? —preguntó Rowena. Ahora hablaba casi como si la

situación le resultase graciosa. Estaba claro, al menos para Delaney, que esa

entrega en particular no se consumaría.

El conductor volvió a consultar su tableta.

—Dice que el remitente es algo que se llama MDS. Solo M-D-S. —

También el conductor empezaba a adoptar un tono fatalista. ¿Tenía acaso la

menor importancia, parecía preguntarse, si él sabía o no qué significaba

MDS?

Rowena suavizó la expresión. Habló en susurros a través de un micrófono,

comunicándose al parecer con otra falange del servicio de seguridad de El

Todo.

—Descuida. Entendido. Un caso de vuelta en redondo. —Ladeó la cabeza

hacia el conductor en ademán compasivo—. Puede dar la vuelta ahí mismo.

—Señaló una calle sin salida a unos quince metros más adelante.

—¿Dejo ahí las cestas, pues? —preguntó el conductor.

Rowena volvió a sonreír.

—Ah, no. No vamos a aceptar sus… —hizo una pausa cuya finalidad era,

por lo visto, dejar que se acumulase veneno suficiente que instilar en la

siguiente palabra, hasta entonces inocua— cestas.

El conductor alzó las manos al cielo.

—Soy repartidor desde hace veintidós años, y nadie ha rechazado nunca

una entrega. —Miró a Delaney, que seguía junto a la garita, como si fuera a

encontrar en ella una posible aliada. Delaney desvió la mirada y fue a posarla

en uno de los edificios más altos del campus, una torre en espiral revestida de

aluminio que albergaba Algo Más, el gabinete estratégico algorítmico.

—Para empezar —explicó Rowena, a todas luces indiferente al historial

de entregas culminadas con éxito del conductor—, su carga incumple los

umbrales de seguridad. Tendríamos que radiografiar todas sus… —de nuevo

pronunció la palabra con un sonido sibilante— cestas, y no estamos

dispuestos a eso. En segundo lugar, conforme a la política de la empresa, no

admitimos en el campus productos no sostenibles o de procedencia indebida.

A simple vista, diría que esas cestas —de algún modo había convertido la

palabra en improperio— contienen ¿amplios envoltorios de plástico? ¿Y

alimentos procesados? ¿Y fruta de producción industrial sin la debida

certificación de agricultura ecológica y comercio justo, toda ella impregnada

sin duda de pesticidas? ¿Son frutos secos eso que hay en las —aún más

veneno— cestas? Eso cabe suponer, y este es un campus sin frutos secos. ¿Y

ha dicho algo de peluches? Por nada del mundo podría permitirle que entrara

en el campus juguetes baratos no biodegradables.

—¿No aceptan juguetes no biodegradables? —preguntó el conductor,

ahora con la palma de la carnosa mano apoyada en el salpicadero, como si se

preparase para un colapso.

Rowena dejó escapar el aire con un sonoro resoplido.

—Oiga, hay ya unos cuantos coches detrás de usted. Puede dar la vuelta

un poco más allá de la garita. —Señaló la rotonda en la que sin duda se

aglomeraban a diario las personas, las camionetas y las mercancías

rechazadas por El Todo, de regreso al mundo donde las cosas no se sometían

a examen. El conductor dirigió una larga mirada a Rowena y finalmente puso

la furgoneta en marcha y avanzó hacia la rotonda.

Era una escena extraña en muchos sentidos, pensó Delaney. En primer

lugar, un conductor que no era empleado de El Todo. Cinco años antes, el

Círculo había comprado un mastodonte del comercio electrónico que llevaba

el nombre de una selva de América del Sur, y de esa adquisición surgió la

empresa más rica que el mundo había conocido. Como consecuencia de la

subsunción, el Círculo tuvo que pasar a llamarse El Todo, designación que a

sus fundadores se les antojó concluyente e inevitable, porque transmitía una

idea de ubicuidad e igualdad. También el gigante del comercio electrónico

veía con satisfacción ese nuevo comienzo. El mercado en línea, otrora

racional, otrora fiable, había degenerado hasta convertirse en un páramo de

vendedores turbios, falsificaciones y estafas descaradas. La empresa había

renunciado totalmente al control y la responsabilidad, y los clientes

empezaron a largarse; a nadie le gustaba que lo timaran o engañaran. Para

cuando el sitio web corrigió el rumbo, había perdido la confianza de un

público veleidoso. El Círculo urdió una OPA, y el fundador del sitio web,

cada vez más disperso como consecuencia de los divorcios y los pleitos,

vendió gustosamente su parte y se dedicó a la exploración espacial en

compañía de su cuarta esposa. Planeaban retirarse en la Luna.

Después de la adquisición surgió, como por arte de magia, un nuevo logo.

En esencia consistía en tres olas que acometían en torno a un círculo perfecto,

y evocaba el movimiento del agua, la irrupción de ideas nuevas, la

interconectividad, el infinito. Acertado o no, representaba una mejora con

respecto al logo anterior del Círculo, semejante a una tapa de alcantarilla, y

superaba con creces el ya antiguo logo del mastodonte del comercio

electrónico, que era una sonrisa insincera. Como las negociaciones habían

sido tensas y al final enconadas, ahora que la fusión se había concluido, no

era prudente pronunciar el anterior nombre de la empresa de comercio

electrónico en el campus; si alguna vez se la mencionaba, era como «la

selva», en minúscula intencionadamente.

El Círculo había estado en las inmediaciones de San Vincenzo desde sus

comienzos, pero una fortuita confluencia de acontecimientos lo llevó a la Isla

del Tesoro, un enclave en gran medida artificial situado en medio de la bahía

de San Francisco, ampliación de una isla real llamada Yerba Buena. Esta

nueva masa de tierra se construyó en 1938, en principio con la idea de

albergar un nuevo aeropuerto. Cuando estalló la Segunda Guerra Mundial, se

convirtió en una base militar, y en las décadas posteriores su mosaico de

hangares dio paso lentamente a espacios de creación, bodegas y viviendas

sociales, todo ello con impresionantes vistas de la Bahía, los puentes, los montes East Bay. Aun así, ningún promotor inmobiliario quiso saber nada de

la zona, por temor a los residuos militares desconocidos (y presuntamente

tóxicos) enterrados bajo su abundante hormigón. Pero en la década de 2010

los especuladores encontraron una solución al problema y se concibieron

magníficos proyectos. Se construyó un nuevo puerto, se añadió una nueva

parada de metro, y se erigió un muro de algo más de un metro a lo largo del

perímetro en prevención del aumento del nivel del mar previsto en las

décadas siguientes. Entonces llegaron las pandemias, se interrumpió la

aportación de capital, y la isla quedó a disposición de quien la quisiera. La

única pega era que en California, por ley, el acceso a la orilla del mar debía

ser público. La empresa, El Todo, luchó contra eso, primero en silencio, luego

públicamente, pero al final perdió, y en torno a la isla quedó un paseo costero

perimetral para quien pudiese llegar hasta allí.

—¿Delaney Wells?

Delaney giró en redondo y encontró ante sí a un hombre de poco más de

cuarenta años. Llevaba la cabeza rapada, y unas gafas con montura al aire

agrandaban sus ojos castaños. Vestía una camisa negra con cremallera, el

cuello levantado, y un ajustado vaquero verde que le comprimía las piernas.

—¿Dan? —preguntó ella.

Después de las pandemias, los apretones de manos eran clínicamente

tensos —y, pensaban muchos, agresivos—, pero no se había llegado a un

consenso sobre ningún saludo sustitutivo en particular. Dan optó por inclinar

una chistera imaginaria en dirección a Delaney. Ella ofreció una breve

reverencia.

—¿Damos una vuelta? —propuso Dan, y pasando junto a Delaney, cruzó

la verja, en dirección no al campus sino al paseo perimetral de la isla.

Delaney lo siguió. Según había oído, así era como transcurrían muchas

primeras entrevistas en El Todo. Con los humanos, al igual que con los

juguetes no biodegradables, El Todo no quería arriesgarse a que lo no

analizado, lo no elegido, infectase el campus. Cada nueva persona

representaba un riesgo para la seguridad de un tipo u otro, y como los

entrevistados no disponían de acreditación ni habían sido plenamente

investigados —no más allá de unos nueve someros controles realizados por la

IA—, era preferible llevar a cabo la primera entrevista fuera del campus. Pero

no fue esa la razón que Dan dio.

—Hoy aún no he llegado a mi número de pasos —explicó en cambio,

señalándose el óvalo, una pulsera omnipresente capaz de medir un sinfín de indicadores de salud, fabricada por El Todo y exigida por todas las

aseguradoras y la mayoría de los gobiernos.

—Yo tampoco —dijo Delaney, y señaló su propio óvalo, que aborrecía

con toda su alma pero formaba parte de su disfraz.

Dan Faraday sonrió. Los candidatos, a Delaney no le cabía duda, se

presentaban con el mayor número posible de productos de El Todo. No era

pelotilleo. Era la apuesta inicial obligatoria para poder empezar la partida.

Dan indicó a Delaney que cruzara la calle para acceder al paseo público.

Perdón, pensó Delaney. De aquí en adelante todo son mentiras.