El Todo

Dave Eggers · Capítulo 27 de 45

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El Todo

XXVII. Vuestros caprichos, el sufrimiento de ellos

XXVII

 

 

Despertaron a Delaney sucesivos mensajes de texto de Wes.

«¿Te has enterado? ¿Lo sabías?».

«¿Adónde irá?».

«Quedemos para hablar».

«Me muero».

Delaney había oído rumores, y ahora era un hecho consumado. Tras su

BienvenidosAMí y la Muerte de Atenea —el incidente tenía ahora nombre

propio—, un estridente grupo de totales empezó a poner en tela de juicio si

era o no correcto tener mascotas en el campus y la idea misma de las

mascotas en general. «Problemático» fue la primera palabra sobre la que hubo

consenso. Eso llevó a «inaceptable» y «barbárico» y por último «prohibido» .

Circuló un póster digital en el que aparecía un gato entre rejas, con la palabra

¡LIBERACIÓN! debajo en una letra de estilo soviético, y a partir de ahí fue

imposible revertir el impulso. Momentáneamente, la comisión de animales de

apoyo emocional se opuso, pero se consideró que los animales de apoyo eran

una muestra más de subyugación animal, y de inmediato se avergonzó a la

comisión hasta hacerla callar. Pronto se prohibiría la palabra «mascota» y se

aislaría a los antiguos propietarios de animales.

En su tubo, Delaney pulsó el teléfono y encontró el aviso.

«Los totales disponen de una Semana Laborable para retirar a sus

animales cautivos del campus. ¡Gracias por vuestra Cooperación!».

«Lo siento mucho —contestó en un mensaje—. Luego hablamos. Alguna

solución habrá».

Pero no tenía la menor idea de cuál podía ser la solución. No existían

posibles excepciones; el rigor militante del movimiento antimascotas estaba

en su punto culminante, y en el ardor de la revolución, la pureza lo era todo y

no se aceptaban excepciones. Sin ningún sitio adonde ir, la gran mayoría de

estos animales acabarían en refugios, donde al final se los sacrificaría a casi todos. Huracán tenía suerte de contar con un hogar alternativo; podía

quedarse con las madres, aunque a ellas no les gustaran mucho los perros.

—Noto que estás despierta —dijo Judi—. Has dormido 6,3 horas. ¿Te

plantearías volver a la cama para seguir descansando?

—No, gracias —contestó Delaney.

Wes nunca se había separado de Huracán. En sus mensajes de texto

insinuaba que ella era en último extremo el origen de esa prohibición de las

mascotas. Su excursión a la playa de los elefantes marinos había

desencadenado una escisión absoluta entre los humanos y la clase animal.

Eso, comprendió Delaney, era la idea subyacente de muchas de las recientes

normas: la escisión entre Todas Partes y la Nada, la escisión entre los viajeros

y las naciones, entre los Estados, las ciudades, los grupos, las especies… todo

ello reducía el riesgo de sufrir algún daño, la percepción del daño, la

posibilidad de un momentáneo malestar.

«También han prohibido la carne —escribió Wes. Al cabo de unos

segundos volvió a escribir—. También se han retirado todos los vídeos de

mascotas».

Delaney lo comprobó, y vio que era verdad. No encontró ningún vídeo de

mascotas haciendo cosas adorables en ninguna de las plataformas de El Todo.

Ninguna mascota disfrazada de humano, ninguna mascota entablando

amistades inverosímiles con especies inesperadas, ninguna mascota salvando

a sus amos de una catástrofe. Los vídeos habían desaparecido, la palabra

«amo» se prohibió, la palabra «mascota» se permitió solo referida a contextos

románticos, e incluso en esos casos se desaconsejaba. Delaney buscó el vídeo

de la muerte de Bailey: allí seguía. Todos los asesinatos y suicidios se

dejaron, pero los vídeos de mascotas desaparecieron y no volverían.

«Huracán estará bien», escribió Delaney en un mensaje, no muy

convencida.

 

—¡Vamos! —dijo Joan, ya en la puerta mientras Delaney se ataba aún los

cordones de las zapatillas. Ahora también Joan sabía que Delaney era lenta

para eso y estaba decidida a mostrarle calzado nuevo.

Ese era uno de los muchos objetivos que Joan se había fijado para

Delaney en Estás Seguro. Mediante algún apaño, había conseguido que la

siguiente rotación de Delaney fuera en ese departamento —recientemente

habían suprimido los interrogantes, para dar a entender que el servicio ofrecía

tanto la pregunta como la respuesta—, y tenía la certeza de que Delaney seguiría allí indefinidamente. Delaney, por su parte, esperaba con interés un

ambiente de relativa calma y liberación. Joan por alguna razón era inmune a

la gran mayoría de las limitaciones que condicionaban a los demás totales, y

Delaney supuso que su departamento sería un refugio de relativa libertad.

—Es la división que presenta un crecimiento más rápido en el campus,

aparte de ConPref —informó Joan, precediéndola cuando salían al sol desde

el Havel—. Y odiarías a esa gente. No acabo de decir «odiar» —dijo,

señalándose el oído. Formó con los labios la palabra «llamada», y después

Delaney la siguió en silencio mientras la guiaba a través de la Margarita y el

bosque de bambú.

Delaney había oído hablar del trabajo de Joan antes de llegar a El Todo.

Joan había fundado una página web, que se llamaba Elástico, considerada

frívola por algunos y visionaria por otros. En ella se promovían la moda de

alto nivel y una forma de vida basada en el bienestar tan económicamente

inasequible para la mayor parte de la humanidad que no habría merecido la

menor atención de no ser porque era muy respetuosa con el planeta y

extrañamente profética. Elástico priorizaba los productos bien hechos y de

procedencias fiables que, según sostenían Joan y sus cofundadores, «cuestan

lo que deben costar». Sabían que necesitarían tiempo para convencer a los

consumidores mundiales, acostumbrados a pagar dieciocho dólares por una

camiseta, de que el coste de la prenda, para que fuese ambientalmente

sostenible, de una procedencia ética y de una empresa con sueldos justos,

debía ser por lo menos de ochenta dólares. Pero también sabían que esos

consumidores pagarían una cantidad extra por una garantía ambiental, como

llegó a conocérsela, y que no querían tomar siempre la última decisión.

Elástico, integrada por ocho personas, había investigado y elogiado

productos, en su mayoría prendas de vestir y objetos de decoración, y los

vendía a través de su web, quedándose con un porcentaje. Para cuando El

Todo adquirió la empresa, Elástico tenía unos ingresos de 67 millones de

dólares al año. Unas semanas después de comprar Elástico, Mae Holland

compró también Menos Cosas y Mejores, otra web creadora de tendencias

dedicada a poner fin a la moda desechable. En El Todo se combinaron los dos

equipos, reestructurados en ¿Estás Seguro? —ES—, departamento pronto

conocido como la conciencia de consumo de la empresa.

Delaney llevaba unos dieciocho meses recibiendo alertas de ES; todas las

personas a quienes conocía las recibían. Elegía un par de zapatos en el portal

comercial de El Todo, y aparecía el emblema de ES, un sol radiante. «¿Estás

Seguro?». A partir de ahí se invitaba al consumidor a ver otras opciones de mejores procedencias propuestas por ES, y aunque esas alternativas eran

siempre más caras, también estaban mejor diseñadas, eran más resistentes y

demostraban un comportamiento mucho más responsable con el medio

ambiente. Si un consumidor se decantaba por la opción de ES, obtenía

recompensas. Si un consumidor accedía a ser miembro de ES, recibiría

descuentos. Algunos consumidores confiaban incondicionalmente en ES y

dejaban toda la investigación en manos de Joan y su equipo; si esos

compradores aceptaban las sugerencias de compra de ES en un 90 por ciento

de los casos, los descuentos obtenidos, acumulativamente, compensaban la

diferencia total de precio entre los productos de ES y aquellos no aprobados.

—¿Estás lista? —preguntó Joan.

Delaney fingió nerviosismo.

—Eso creo —respondió.

Llegaron a lo que parecía una fusión entre una cabaña en un árbol y un

huevo de Fabergé sobre pilares. La planta principal se encontraba a más de

cuatro metros por encima del suelo. En la hierba, debajo de esa cúpula, había

una pila de productos desechados: bolsos, guantes, pantalones, una tostadora,

una silla. Daba la impresión de que los objetos hubiesen sido lanzados desde

una de las ventanas triangulares de la cúpula.

—La gente te caerá bien —aseguró Joan—. Puede que digan algo sobre

esto —abarcó con un gesto la indumentaria de Delaney—, pero es solo

porque no pueden evitarlo.

Delaney había elegido con sumo cuidado su conjunto: vaqueros de

algodón reciclado adquiridos a través de Elástico, una blusa antigua y unas

zapatillas planas de ballet. Joan la había visto antes de que salieran de la

cápsula y no había hecho ningún comentario. Ahora Delaney deseaba

marcharse a casa y cambiarse.

—Subamos por aquí —dijo Joan.

Una escalera de caracol ascendía a un espacio de trabajo de planta abierta

en el segundo piso, una hervidero de actividad febril.

—¡Ya os lo había dicho! —exclamó alguien.

Una mujer esbelta con un traje pantalón de piel de imitación pasó como

una exhalación, bañada en luz de claristorio y acompañada de un aroma a

lirios. Sonrió a Delaney, se señaló el auricular y alzó la vista al techo.

—Esa es Helen —informó Joan—. Cadena de suministro.

Delaney levantó la mirada y vio, colgadas del techo en contrachapado

cortado a láser, las palabras «La posibilidad de elección ilimitada está

matando al mundo». Enfrente, otra máxima, esta fluorescente, rezaba: «Vuestros caprichos = el sufrimiento de ellos». En letras plateadas escritas

con plantilla en una claraboya se leía: ¡RECORDAD LAS CINCO C!

—Esto es una rotación oficial —anunció Joan en voz alta a las presentes

—, así que esta chica necesita que os presentéis y expliquéis todo lo que

hacéis.

—¿Delaney? Soy Berit. —Había hablado una mujer rubia, de más de

metro ochenta, que sostenía un enorme báculo—. Es una especie de bastón,

dicen. ¿Te gusta? —Tendió el báculo con expresión dubitativa.

—Es maravilloso —respondió Delaney.

—No hablas en serio —dijo Berit, y lo tiró por la ventana.

—Esta es Ro —presentó Joan, y Delaney, al volverse, se encontró ante

una mujer con una malla entera de color marfil y trenzas negras teñidas de

azul, una cascada fosforescente cayendo por sus hombros.

—Esos son como los tuyos, Joan, pero sintéticos —dijo la mujer,

señalando el pantalón de Delaney—. Del pasado otoño, ¿no? Hola, Delaney.

Bienvenida. Por cierto, ¿puedes oler esto?

Ro sacó un pequeño frasco y roció la muñeca de Delaney con una leve

vaporización. Delaney, al olfatearlo, reconoció el aroma que había dejado

Helen a su paso. Más lirios.

—Es delicioso —dijo Delaney.

—Delicioso —repitió Ro. Risueña, asintió con la cabeza—. ¿Y este? —

Echó al aire otra nube vaporizada—. De El Cairo.

Olía un poco a cardamomo.

—Me gusta —dijo Delaney.

Eso no bastó a Ro. Lo tiró por la ventana, y junto con él, los sueños de los

empresarios egipcios, fueran quienes fuesen, que lo habían creado.

El equipo de ES lo componían doce miembros, por lo que Delaney veía, y

aunque no hubieran formado parte de Elástico, se hacían llamar «elásticas».

Todas dieron sus nombres en una ronda de una rapidez vertiginosa; Delaney,

no sin esfuerzo, consiguió recordar cuatro. Preeti, de unos treinta años, era

baja y curvilínea y tenía una mata ondulada de cabello negro. Saba, sonrosada

y pecosa, tenía unos ojos verdes muy brillantes, labios finos y dientes

pequeños.

De la primera a la última, todas mujeres o no binarias, las integrantes de

ES formaban un grupo de personas cuyo glamour y magnetismo naturales no

se parecía a nada que Delaney hubiese conocido jamás. Eran vigorosamente

individualistas, con estilos personales, y en apariencia indiferentes a las

tendencias. Había lino, telas de algodón de colores vivos y algún que otro bordado con plumas, abundante cáñamo, y una sorprendente cantidad de

pana. No había cuero, ni polipiel, ni nada sintético.

—Ven —dijo Saba, y cogió a Delaney por la muñeca.

En el centro de la sala había una mesa redonda alta, cubierta de docenas

de productos en desorden, desde pantalones hasta sombreros, pasando por

exprimidores y una torre inclinada de cojines de color blanco níveo. Ro le

entregó unas gafas de sol.

—¿Te gustan? —preguntó.

Eran endebles al tacto e insulsas desde el punto de vista estilístico;

Delaney supuso que se trataba de una pregunta trampa.

—No mucho —respondió Delaney.

—Maldita sea —dijo Saba—. Son de maíz. Pero son feas, ¿no? Sé que

son feas. Pero quiero que me gusten. Unas gafas hechas de maíz, eso podría

estar bien, ¿no?

—Gente, tenemos que despejar esta mesa —indicó Helen.

—Esto es solo el material que ha llegado hoy —señaló Joan—. Y después

de ser investigado por el equipo de avanzada.

—¿Sois más? —preguntó Delaney.

—¡Ah, esto no es todo el grupo! —contestó Joan—. No, por Dios.

¿Cuántos filtros tenemos ahora?

—Mil cien —dijo Preeti.

—Esto es solo el equipo de dirección —informó Joan—. Pensaba que ya

lo sabías. Cuando nos llega un artículo, ya ha pasado al menos por seis rondas

de verificación a nivel mundial. Un momento, tenemos que enseñarle a

Delaney las alpargatas. Helen, sácalas.

Helen volvió boca abajo una bolsa de lona y cayeron en el suelo de

baldosas cinco o seis pares de alpargatas. Delaney advirtió que en la mayoría

de las baldosas había eslóganes. LA ESPONTANEIDAD MATA A LOS KOALAS, decía

uno.

—Tenemos que elegir una de estas alpargatas —dijo Helen—. Yo quería

las de Barcelona. Allí aún las hacen a mano, pero solo pueden producir cien al

día. Las necesitamos a mayor escala. ¿Del? ¿Te llaman Del o Laney o cómo?

—Del está bien.

—¿Y? —preguntó Joan.

Delaney no pudo opinar. Nunca había utilizado alpargatas.

—La industria textil es responsable del diez o el quince por ciento de los

gases de efecto invernadero a nivel mundial —dijo Joan—. Eso es más que los viajes aéreos y el transporte en barco sumados. Y me refiero en esencia a

la fase de confección.

—Voy a decidirme por estas —anunció Helen, y se alejó con uno de los

pares de alpargatas de muestra. Esa decisión, comprendió Delaney, cambiaría

para siempre las vidas de todos en la empresa que las fabricaba, y

probablemente condenaría a la mitad de sus competidores.

—Lo peor es la sobreproducción —añadió Joan.

—Se confeccionan millones de prendas que no llegan a venderse —

explicó Ro—. Y las marcas de alta costura no venden el material sobrante en

rebajas, y menos aún lo regalan.

—Gucci no quiere que un sintecho lleve una de sus chaquetas —dijo Berit

—. O cague en uno de sus bolsos.

A Delaney le chocó el uso de lenguaje soez, una forma de franqueza que

no había visto antes en El Todo. Pero, como Joan había prometido, las

elásticas parecían existir en un plano distinto, sin estar sujetas a las mismas

limitaciones que los demás. No había visto ninguna cámara.

—El verdadero problema es la sobreproducción —dijo Joan.

—El verdadero problema es el tradicional modelo de venta al por menor

—opinó Preeti—. Todo el proceso es una afrenta al medio ambiente. Primero,

construyen esas monstruosidades, los centros comerciales. Luego transportan

el género hasta allí desde todo el mundo con un coste ecológico incalculable.

Después se exhibe el género durante un mes, con la esperanza de venderlo. La

mitad del material no se vende, y se devuelve, con el consiguiente transporte,

o se quema. Es una farsa absoluta.

—Do hacían do mezo ka podían —dijo Ro. Estaba probando una boquilla

para blanquear los dientes. Se la quitó—. Lo hacían lo mejor que podían.

Antes de la certidumbre que tenemos ahora.

—Ahora un artículo solo se envía por encargo —continuó Joan—. Una

camiseta, un comprador, sin misterios, sin derroche. Por eso hay que acabar

con la venta al por menor. La gente actúa como si las tiendas físicas fuesen

inherentemente buenas cuando son la raíz del problema. Esas tiendas crean y

perpetúan el derroche en casi todos sus aspectos. Solo en este país tiramos

cien mil millones de toneladas de material al año. El dióxido de carbono se

eleva a tres millones al año.

—El paso siguiente es controlar la producción —afirmó Ro.

—Incluso con un modelo de venta directa al consumidor, los fabricantes

confeccionan más de lo que saben que venderán —señaló Preeti.

—Tradicionalmente recibirían los encargos de las tiendas —dijo la mujer

que, según creía Delaney, se llamaba Gemma—. En Bozeman, una tienda

diría: «Mándame doce de esas camisas». Mil tiendas harían lo mismo, y el

fabricante sabría cuántas confeccionar.

—Pero aún podrían devolverlas —añadió Joan.

—Exacto —confirmó la probable Gemma.

—Así que el reto consiste en determinar la demanda con mayor precisión,

para que haya menos derroche —dijo Preeti.

Delaney aguardó a que alguien afirmase que El Todo se hallaba en una

posición óptima para conseguir eso. Helen reapareció.

—Obviamente —dijo— El Todo está en una posición óptima para

conseguir eso.

Durante los siguientes noventa minutos Delaney desfiló por la sala de

persona en persona. Le dijeron que mirara por encima del hombro, le pidieron

que se acercara a ver tal cosa, la mandaron a visitar a Berit y después volver a

presenciar la presentación recién terminada de Preeti o Ro. A las once, la

mitad de ellas hizo un descanso para comer algo en torno a la mesa alta. De

pie, compartieron la comida de un bufet que, como Delaney había visto,

llevaron y colocaron tres hombres con monos amarillos. Tampoco esta vez

había platos. Delaney comió un bollo y ensalada de hinojo mientras Berit

examinaba su blusa.

—Sintética —declaró Berit—. ¿Por qué?

Delaney estaba preparada.

—Es vintage —dijo, y pensó que eso zanjaría el asunto. Por alguna razón

había dado por supuesto que reutilizar cosas antiguas era preferible casi a

cualquier otra cosa, y desde luego mejor que la confección de prendas nuevas.

«Lo existente es excelente», le habían enseñado en el instituto.

Berit pidió permiso a Joan con la mirada. Joan se encogió de hombros.

—Tu blusa suelta pelo —dijo Berit—. No porque sea vieja, sino porque es

inevitable. Las microfibras se desprenden continuamente. Mientras caminas,

cuando mueves los brazos. Cuando la lavas, por supuesto. Y cada una de esas

microfibras termina en el suministro de agua. Por eso la gente consume

pasivamente tanto plástico.

Delaney no tenía palabras.

—En esencia —continuó Berit, tirándose de un mechón de pelo amarillo

suelto—, estamos bebiéndonos tu blusa.

—Gracias —contestó Delaney, y al instante se sintió abochornada. ¿Cómo

sabía ella eso? Y de pronto entendió claramente el planteamiento de ES en toda su simplicidad. Para evitar el bochorno social, para evitar la complicidad

en el declive del mundo, le bastaba con elegir los productos elegidos por ellas.

Decidme qué comprar. Decidme cómo no causar perjuicios.

—A mí, como a cualquiera, me gustaba ir de compras a menudo —dijo

otra mujer. ¿Mansa, se llamaba? Parecía muy joven, una estudiante de

instituto con cara en forma de corazón, erguida sobre unos zapatos de corcho

con tacones de diez centímetros—. Iba a un centro comercial y tocaba cien

blusas y no sabía nada de su procedencia, el origen de sus materiales, el trato

recibido por los trabajadores.

—En cuanto dábamos nuestro visto bueno a un producto, las ventas de ese

producto se disparaban. —¿Era esa Gemma?

—A niveles estratosféricos —añadió Berit, que estaba comiéndose un

melocotón.

—Por eso no permitimos que nos vean aquí —prosiguió Ro—. La Bolsa

observaba nuestras reuniones, y todo el día era una montaña rusa. De hecho,

intervino la Comisión de Bolsa y Valores. Así que ahora no se nos ve.

—Al menos en este espacio.

—En cualquier caso, al fabricante le viene bien un respaldo —dijo Ro, y

cogió ella misma un melocotón—. Recompensa el buen comportamiento

empresarial. En estos momentos se esmeran por complacernos.

—Luego otras empresas del mercado emulan esos métodos —dijo la

posible Gemma—. En cuanto se sentían preparados, invitaban a uno de

nuestros representantes para someterse a una inspección. Si nosotros

estábamos en situación de respaldar a ese nuevo candidato, lo considerábamos

un valor positivo neto para el mundo.

—Otra conversión —dijo Helen—. La quinta C.

De algún modo Delaney se había perdido las cuatro primeras C. Una tenía

que ser Criba. ¿Qué más? ¿Cautela? ¿Consumo?

—Pero solo da resultado —señaló Joan— si disponemos de una base de

consumidores suficientemente amplia. Así, si migran a un producto o un

fabricante o lo abandonan, tiene verdadera repercusión. Ahí es donde entran

las suscripciones. Es el compromiso de comprar los productos de esas

empresas que hemos investigado. En esencia, ES es un par de manos que

dicen: «Eh. Eh. Alto ahí. ¿De verdad quieres comprar ese juguete barato de

plástico para Siena, tu querida hija recién nacida? Está lleno de toxinas y

polímeros insostenibles, e irá a parar a un vertedero de aquí a fin de mes».

—Tienes que renunciar a cierto número de opciones por el bien del

planeta —dijo Berit—. Probablemente has percibido ya antes esa idea. Aunque quizá expresada en un lenguaje un poco más fuerte.

—Dios mío, ¿habéis visto esto? —preguntó Preeti.

Las elásticas se congregaron alrededor y empezaron a hablar de algo

llamado Friendy. La prima de Preeti, hablando desde Bombay, decía que se lo

veía ya por todas partes. Allí había alcanzado los cuarenta y un millones de

usuarios en una semana.

—Pásalo a la pantalla grande —instó Joan—. No quiero que estemos

todas ahí amontonadas alrededor de tu teléfono.

Delaney alzó la vista y miró la pantalla central de la oficina. Cobró vida

una aplicación, que revelaba una cara en un encuadre.

—Esa es mi prima Urmila —dijo Preeti.

Delaney dejó de respirar. Era AutentiAmigo. Todo era igual, pero mucho

más desarrollado, y ahora se llamaba Friendy.

—Un nombre espantoso —comentó Joan—. Ya la detesto.

—No —dijo Preeti—. Es como la prueba del detector de mentiras. Te dice

si alguien es franco, sincero. ¿Sabéis que los perros pueden percibir el cáncer?

Esto percibe cualquier falsedad. Cualquier cosa oculta, encubierta. La…

¿cómo se dice? ¿Malicia?

—¿Puede percibir la malicia? Joder, eso es de lo más siniestro —dijo

Joan.

—¿Qué es ese número grande de arriba? —preguntó Helen. En la esquina

superior derecha de la pantalla, sobre la cara de Urmila, palpitaba un número:

88.

—Esa es la calidad total de la amistad —dijo Preeti—. Ya conocéis los

datos estadísticos sobre la amistad. Si tienes amistades de calidad, vives más

tiempo y con una salud mejor. Por eso el eslogan. —Señaló el ángulo superior

izquierdo, donde se leía «¿Quiénes son tus verdaderos amigos?», en una letra

muy resaltada y acusatoria—. Tiene que ver con la calidad, no con la

cantidad. Siempre estamos preocupados por el número de amigos que

tenemos, cuando deberíamos evaluar la calidad de esas amistades.

Pensaba realmente que lo estaba explicando de una manera útil.

—Esto huele a azufre —dijo Joan, y Delaney la apreció más por ello.

—Es solo por diversión —aseguró Preeti.

—Pues vaya una forma diabólica de diversión —comentó Joan.

Su opinión estaba en minoría. Las otras elásticas intentaban ponerse de

acuerdo en alguien a quien llamar: un sujeto de prueba. Berit tenía una amiga

de la universidad que consideró apropiada. Al cabo de unos minutos, apareció en la pantalla principal de las elásticas una mujer de cabello oscuro llamada

Anita. Se encontraba en Uppsala, Suecia.

—¡Hola, Anita! —dijo Berit.

Se había situado en el otro lado de la sala, en un rincón tranquilo. A ojos

de Anita, daría la impresión de que Berit estaba sola, hablando con ella por

medio de una tableta. Pero todas las elásticas observaban a Anita en la

pantalla grande.

—¿Cómo estás? —preguntó Berit.

—¡Bien! —fue la respuesta de Anita, que se consideró insincera.

—¿Seguro? —preguntó Berit.

—Sí. ¿Por qué? —quiso saber Anita.

Las luces rojas de Friendy palpitaban: falta de franqueza, reserva. Las

elásticas, acurrucadas en silencio fuera de la imagen, se lo pasaban en grande.

—Una cosa que siempre te he querido preguntar —dijo Berit—. Cuando

estábamos en la universidad, fuiste al archipiélago de Estocolmo un verano

con un grupo de gente. ¿Recuerdas?

—Claro —contestó Anita. Se la notaba distraída. A sus espaldas, en la

parte de atrás de la casa, trabajaba un jardinero, y de vez en cuando un gato se

paseaba por su teclado—. ¿Por qué?

—Os acompañó mi novio de entonces —dijo Berit—. ¿Te acuerdas de

Per?

A Delaney le ardía el cerebro. Poco antes Berit se mostraba segura y

amable; en cambio, ahora, con esa taimada herramienta, parecía artera y

ladina.

—Sí —respondió Anita, vacilante.

—Siempre dio la impresión de que había algo entre tú y Per, ¿me

equivoco? —preguntó Berit.

—Yo no diría tanto —contestó Anita—. Berit, ¿por qué sacas ahora ese

tema? Han pasado ya ocho años desde entonces. No he vuelto a ver a Per

desde aquel verano. ¿Está en Toronto?

—Es solo que siempre he tenido la sensación de que en aquel viaje

ocurrió algo entre vosotros. Y recuerdo que yo no pude ir. Mi hermano estaba

muriéndose.

—Sí, ya lo sé. Siempre he lamentado que no pudieras acompañarnos —

dijo Anita, su voz trémula y sus ojos cada vez más empañados. Los sensores

de Friendy habían enloquecido—. No pasó nada entre nosotros.

Palpitó una luz verde. Eso era verdad. Las elásticas quedaron

impresionadas. Berit insistió.

—Venga, dímelo. ¿A que él te atraía?

—Vamos, Berit. ¿Cuándo vendrás otra vez a casa? Quizá podamos hablar

entonces. Esto no me gusta.

En conjunto, la puntuación de sinceridad de Anita se situaba por debajo de

veinte.

—Dejémoslo —dijo Berit—. Ya tengo las respuestas que necesitaba.

Y cortó la comunicación. Al regresar junto al grupo de elásticas, aceptó

sus palabras de consuelo y esbozó una sonrisa forzada al oír las muchas

maldiciones que proferían sus compañeras contra Anita y todas las Anitas de

este mundo.

—¿Esa era una buena amiga tuya? —preguntó Preeti a Berit.

—Desde los seis años —contestó Berit.

—¡Berit! —espetó Joan—. ¿Has regresado a los trece años? No puedes

tomarte esto en serio. Es una puta app que ha desarrollado una panda de

friquis de la informática.

Berit se rio.

—Ya lo sé. Sé que es una tontería. Volveré a llamarla en algún otro

momento y haré mi propia lectura de la situación.

Ro la consoló.

—Dale unas cuantas oportunidades más. Saca la media de todas juntas. —

La miraba con expresión tierna y magnánima, casi beatífica—. Eso se lo

merece… una puntuación global.

 

Durante los días siguientes, mientras Friendy se propagaba, Delaney esperó

indignación. No la hubo. Friendy se extendió por el Asia meridional en

cuestión de una semana y luego pasó al este y al norte. En Japón y Corea del

Sur fue la aplicación más descargada en una década. Delaney se planteó

consultar con Wes, para ver qué sabía de la difusión en Estados Unidos, pero

cuando se disponía a hacerlo, Friendy estaba ya en todas partes. No se había

anunciado, no se había organizado un lanzamiento a bombo y platillo.

Sencillamente se había incorporado a todos los teléfonos y poco después era

tema de la mitad de las conversaciones. Los amigos la utilizaron con los

amigos, y cuando todos los amigos se enteraron de su ubicuidad, la utilizaron

con los parientes. Mil millones de mentiras, grandes y pequeñas, se dijeron y

se detectaron, y una ola implacable de aflicción y recelos arrasó la

humanidad. Fue mucho peor que lo que Delaney había imaginado.

Y sin embargo nadie culpó a El Todo. La empresa había ocultado

brillantemente su papel en la difusión de la aplicación, porque prefería ver

cuál era el resultado antes de atribuirse el mérito. Unas cuantas asociaciones

dedicadas al bienestar familiar emitieron advertencias y un puñado de

psicólogos y comentaristas explicaron los problemas que podía acarrear que

amigos y familiares se sometieran mutuamente a un análisis de la sinceridad

basado en datos, pero en breve la aplicación pasó a ser una herramienta de

medición tan aceptable y corriente como el termómetro o la regla. Porque,

declaró la humanidad con una única voz, una persona tenía derecho a saber si

le mentían y quién a su alrededor era un auténtico amigo.