El Todo

Dave Eggers · Capítulo 22 de 45

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El Todo

XXII. Trece maneras de mirar

XXII

 

Delaney disponía del domingo para ella, así que se quedó en la cama hasta

que las paredes de su habitación se tiñeron de un resplandor blanco. A las

once, se incorporó y pasó otra hora con la mirada fija en la ventana del rincón

superior de su habitación, alcanzando a ver alguna que otra gaviota. En la

ducha, Delaney recordó un sueño que había tenido al amanecer. En él, Mae

Holland aparecía embarazada, a punto de reventar, sentada dentro de una caja

de cristal con las piernas separadas. Entonces Mae señalaba las sombras entre

sus piernas abiertas e indicaba a Delaney con un gesto que entrase. Pero

Delaney tenía claro, de esa manera en que en los sueños uno tiene claras

determinadas cosas, que no se la invitaba a ver al bebé, sino a convertirse en

el bebé. Delaney consideró que, como mínimo, cabía la posibilidad de que

estuviera volviéndose loca.

A lo largo de la mañana Delaney oyó los ruidos de Wes en la casa, que

dejaba notar su presencia sin querer llamar a su puerta. Finalmente llamó y le

dirigió una sonrisa con su boca torcida.

—Se acabó. Lo dejo —dijo ella.

—¿Ha sobrevivido la oveja? —preguntó Wes.

Delaney se encogió de hombros. La noche anterior, al llegar a casa, le

había hablado a Wes brevemente sobre el viaje, las quejas, la oveja cuya

mitad posterior había recibido el impacto del autobús. Un total había instalado

una cámara en la consulta del veterinario al que habían llevado a la oveja,

hasta ese momento sin nombre y destinada a chuletas, pero conocida ahora

como Atenea y objeto de las complejas emociones y las esperanzas de todos

aquellos desdichados que habían subido al autobús y se habían arrepentido de

ello. Atenea recibía los mejores cuidados, pero después de ser embestida por

un autobús de quince toneladas que viajaba a setenta kilómetros por hora, el

pronóstico no era bueno.

—Solo lamento no haberla conocido —comentó Wes.

—Por favor —dijo Delaney.

—Parecía una oveja fascinante.

—Ya basta.

Wes desapareció y reapareció al cabo de unos segundos con un sobre.

—Ayer te llegó otra carta —informó, y la dejó en la cama.

Volvía a ser Agarwal. Delaney no sabía si tenía fuerzas para eso. Aun así,

la abrió con la esperanza de que oír la voz de Agarwal, incluso sus reproches,

pudiera insuflarle el valor para continuar.

 

Querida Delaney:

Como no tengo nada que perder, permíteme que diga tonterías. Durante años intenté, en vano,

introducir en el léxico la palabra «tecnoconformismo». Tal vez esas cosas son siempre orgánicas, y

no admiten ninguna forma de manipulación. Pero, perdóname, yo viví la adolescencia en los

ochenta. Éramos tan cómicamente contrarios a la autoridad, el corporativismo y el conformismo que

recuerdo que albergaba una ira rabiosa incluso contra el 7-Eleven del barrio.

Tu generación fue en su momento la más conformista de la historia, y las dos generaciones

posteriores a la tuya lo fueron aún más. No me complace decirlo. Pero pienso en ello. Todos tenéis

el mismo teléfono. Todos habéis facilitado voluntariamente vuestros datos personales a lo que es la

empresa más monopolista y ávida de control que ha acosado a este mundo. Como generación, sois

muy empáticos, muy inteligentes, muy activos desde el punto de vista político. Boicoteáis a

empresas (y a personas) por cuestiones relativamente menores. Pero a esa empresa —la empresa

donde tú trabajas ahora—, que más que ninguna otra posee el poder de controlar gran parte de lo

que sabemos y compramos y hacemos, una empresa que representa la mayor y más insidiosa

concentración de poder y riqueza de la historia humana, la toleráis. No lo entiendo.

Con afecto,

AGARWAL

 

Delaney se sintió peor que nunca. Se metió entre las sábanas y se tapó la

cabeza con una almohada. Su teléfono emitió un aviso; se había olvidado de

apagarlo. Una advertencia palpitante le comunicaba que iba con retraso en la

tarea de rellenar las ESEP sobre quienes viajaban en el autobús; ellos,

gustosamente, ya habían presentado sus evaluaciones sobre ella. No las

consultó. Dejó el teléfono bajo el colchón, aturdida y al borde de la

desesperación, y durmió, de manera intermitente, hasta el lunes.

 

Alessandro dijo que lamentaba verla marcharse de CuentaCuentos. Había

permanecido allí dos semanas, trabajando principalmente en el estudio de los

gags de las comedias: cuántos eran los ideales, cuántos eran excesivos (54;

77). Delaney dijo que también ella lamentaba irse.

—Pero me alegra que el tuyo sea solo un traslado lateral —dijo él—.

Seguimiento de Iris guarda estrecha relación con nuestro trabajo en

CuentaCuentos, como podrás imaginar. Quizá si también te gusta lo que hace el equipo de Eric, te quedes en nuestro lado del campus. Necesitamos a más

personas como tú.

Después de esa última frase, una expresión de pánico se adueñó de su

rostro. Las palabras «más personas como tú» quedaron suspendidas en el aire

mientras Delaney y él las examinaban en busca de una posible ofensa. Por

alguna razón sonaban mal, y Delaney comprendió la alarma de Alessandro.

Pero al cabo de unos segundos, tras escrutar ambos el cuarteto de palabras en

busca de toxicidad, lo consideraron limpio, y Alessandro —quien por un

momento se tambaleó al borde del abismo del desempleo, viéndose obligado

a abandonar su puesto de trabajo y convertido en leproso para futuras

empresas— volvió a relajarse.

Realizaron un breve recorrido juntos, no mayor que el vuelo del Kitty

Hawk, y cuando llegaron los esperaba un hombre muy alto, con una barba

espectacular, algo así como una cascada de liquen negro.

—Eric —se presentó, y con una expresión risueña en los ojos fijó una

larga mirada en Delaney—. ¿Reed? —preguntó. Señalándose a sí mismo,

añadió—: Lewis and Clark.

Delaney no entendía ni remotamente lo que decía aquel hombre.

—¡Las facultades de artlibs del Noroeste! —exclamó, y soltó una risotada

áspera y desapacible, como si se hubiese obligado a reír durante toda su vida

y sus pulmones por fin se hubiesen agotado.

Esa parecía una conexión más lógica que la que Alessandro había

establecido entre Reed y Kenyon, y sin embargo sorprendía a Delaney lo

mucho que algunos totales se identificaban con sus universidades, y con

aquellas universidades que se parecían vagamente a sus propias

universidades.

Eric se volvió hacia Alessandro.

—Solo por confirmar: ¿se trata de un acuerdo de confidencialidad en

sentido amplio? —preguntó.

—Sí —contestó Alessandro—. Volveré en diez minutos. Y no olvidéis

que a las doce es el acto por Bailey. Eso os dejará media hora.

Pese a que desde la muerte de Bailey se habían organizado homenajes por

él a diario, ese día todo el campus se reuniría en la Margarita para lo que,

según se anunciaba, sería una celebración de su vida.

—Entiendo —dijo Eric. Era la persona más alta que Delaney había

conocido en El Todo, y quizá la persona más alta que había visto de cerca en

toda su vida. Le calculó dos metros quince. De algún modo, con aquella barba-liquen, parecía aún más alto—. Dos diez —precisó él—. ¿No lo has

consultado?

Delaney dejó escapar una risa nerviosa y sintió una repentina gratitud por

el hecho de que Eric no vistiera unas reveladoras mallas. ¿Acaso regían

normas distintas para los hombres de su estatura? Lo siguió al interior de una

sala en penumbra iluminada por el resplandor azul de unas pantallas.

—Siéntate —dijo Eric, e indicó un taburete ergonómico situado ante una

pantalla corriente. Le entregó la versión humana de unas orejeras como las

que se ponía a los caballos—. ¿Las reconoces? —preguntó, y se sentó a su

lado.

A Delaney le sorprendió ver que, una vez sentados, la cabeza de él

quedaba a la misma altura que la suya. Su estatura debía de acumularse en las

piernas, pensó, y de pronto la asaltó un olor fétido. Era como si, al abrirse una

ventana, hubiera entrado una brisa acre. Procedía de él. Delaney esbozó una

sonrisa, pensando que El Todo, pese a sus esfuerzos por encontrar solución a

un sinfín de cosas, había sido incapaz de resolver ese detalle: el olor corporal.

Para eso no había app.

—¿Puedes ponértelas? —preguntó Eric.

Delaney se colocó en la cabeza el dispositivo, que en efecto, como unas

orejeras de caballo, limitó su visión periférica.

Aunque no podía verlo, percibió el regreso de Alessandro. Este colocó

una tableta ante Delaney, y ella tendió la mano para desplazar la pantalla

rápidamente hasta el final del documento y firmar con el dedo. Eric y

Alessandro prorrumpieron en carcajadas.

—¡Eso aquí no puedes hacerlo! —exclamó Alessandro—. Estás en el

principal centro mundial de la investigación sobre seguimiento ocular.

¡Tienes que leer todas las palabras!

Por tanto, Delaney leyó todas las palabras del acuerdo de confidencialidad

mientras Eric y Alessandro debatían sobre cuál de ellos sabía de antemano

que Delaney intentaría firmar el documento sin leer todas las palabras.

Decidieron por fin que los dos lo sabían, y que resultaba muy gracioso que

ambos vieran venir el comportamiento de Delaney. Entretanto, ella reparó en

que el olor personal de Eric se intensificaba cada vez que hablaba o se movía,

y parecía duplicarse en potencia cada vez que soltaba aquellas risotadas

ásperas y desapacibles. Cuando terminó de leer, apareció una luz verde en el

ángulo superior derecho de la pantalla de la tableta, y en ese momento se le

permitió firmar. Firmó, Alessandro se marchó, y Eric se aclaró la garganta.

—No es solo contigo. Lo hacemos con todas las personas que acceden por

primera vez a este departamento —explicó—. No hay mejor manera de

demostrar esta tecnología, cómo funciona y cómo se utilizará. ¿Conoces los

aspectos científicos en que se basa esto? —No esperó la respuesta—. ¿Puedo

explicarte los rudimentos? —Tampoco esta vez hizo una pausa—. Mira la

pantalla que tienes delante. Cualquier cosa que te llame la atención.

El enorme monitor cobró vida y aparecieron sucesivas formas e imágenes

burdamente animadas. Delaney miró un triángulo de color naranja, una

imagen de un gato sentado al pie de un árbol, una serie de garabatos

semejantes a espermatozoides que cruzaban la pantalla en diagonal.

—Mientras estás sentada frente al monitor —continuó Eric—, una luz

infrarroja enfoca tus pupilas. Eso genera reflejos en tu pupila y tu córnea. El

vector entre la córnea y la pupila se rastrea mediante la cámara infrarroja, y de

ese modo determinamos qué estás mirando. Eso también nos permite detectar

cuándo te quedas absorta en algo, en qué orden miras las cosas… es esencial

estudiar esa clase de jerarquías… y qué cosas vuelves a mirar.

—Es decir, registra todo lo que miro y durante cuánto tiempo —concluyó

Delaney.

—Exacto —dijo Eric, exultante, y una vaharada de olor emanó de su

perímetro.

—Pero ¿eso no es ilegal? —preguntó ella.

Eric se tensó, y Delaney supo que había cometido su primer error de tono.

Intentó corregir el rumbo.

—Es decir, ¿no hay gente que presenta demandas?

—Sí —contestó Eric, y ahora su olor era algo vivo, un depredador

invisible al acecho en el aire que los separaba—. Y en ciertas ciudades y

estados hay leyes que limitan su uso. Pero ya existen millones de sistemas

instalados. Viene utilizándose desde hace años en el test de asociación

implícita, el test de colores y palabras de Stroop y, naturalmente, en los

paradigmas de contingencia de la mirada.

—Naturalmente —repitió Delaney, y asintió con actitud solemne.

—Es de vital importancia en el diagnóstico del autismo y un sinfín de

trastornos neurológicos —prosiguió Eric. Estaba recuperando la calma.

—Muy necesario —confirmó Delaney.

—La gente tiene problemas con algunos aspectos del neuromarketing. No

creo que sea correcto implantar en secreto monitores de sensaciones en los

consumidores. Yo puse objeciones a eso en unos cuantos artículos que se

difundieron ampliamente aquí en El Todo.

Delaney asintió, muy seria.

—Sí, creo que vi alguno —comentó, y de nuevo se maldijo.

¿Seguramente él tenía alguna manera de saber qué había visto ella y qué no?

—Pero utilizar dispositivos de seguimiento ocular —continuó Eric, otra

vez cómodo en la situación de ofrecer una explicación metódica— solo para

averiguar qué está mirando la gente y durante cuánto tiempo… eso es

sencillamente lógico. Empezó en el marketing. Los publicistas quieren saber

qué miras. A qué reaccionas. Eso sirve a los creadores de anuncios, sin duda,

pero también sirve al público. Un mal anuncio no captará la atención,

quienquiera que lo haya realizado cambiará de profesión, y no volverás a ver

nada así. Pero cuando algo tiene éxito, el ojo se dirige hacia eso, y permanece

ahí, registrándolo con mayor detalle. Así, lo que sea que ha atraído y retenido

la atención del espectador puede replicarse.

—Es la simbiosis perfecta —afirmó Delaney, y por fin vio sonreír a Eric

—. Es la única manera fiable de determinar qué está viendo realmente

alguien, qué lee y a qué reacciona.

—Sí, claro —dijo él, y Delaney tuvo la sensación de que por fin

empezaba a recuperar su simpatía—. Al principio, impulsó el avance de esta

tecnología su utilidad para los publicistas. Pero luego nos pidieron datos el

cine y la televisión, y eso fue el no va más. Resultó casi cómico, porque, con

el primer grupo de prueba que reunimos, descubrimos que la mayoría de los

ojos eludían a una actriz con un caché muy alto. Salía esa mujer en pantalla, y

los ojos, el 77 por ciento, huían de ella como de la peste. No te quepa duda de

que esos datos incidieron en sus futuras negociaciones salariales.

Delaney sonrió y al instante pensó que debía poner mayor énfasis en su

aprobación del comentario jocoso.

—¡Ja! —dijo.

—Aplica, pues, la misma idea a cualquier película o serie. ¿Hacia dónde

gravita realmente el ojo? Las explosiones, los pechos, los abdominales… eso

era bastante obvio. Pero los resultados son cada vez más sutiles. Ciertas

prendas dieron puntuaciones altas en los test, como también ciertas ciudades,

decoraciones o expresiones faciales, los animales, los niños. Si supieras lo

que yo sé, sabrías hasta qué punto esos datos han afectado ya a la realización

de películas. ¿Te has fijado por casualidad en el considerable aumento en el

número de niños menores de dos años y de perros de tamaño mediano que se

observa en la cinematografía contemporánea?

—¡Pues sí! —mintió Delaney.

Eric asintió.

—Y aparece menos gente obesa. Menos escenas románticas entre

personas de más de sesenta y cinco años. Menos escenas en Baltimore y

Oriente Medio. Esa es la parte fácil, si he de serte sincero —dijo Eric—. Pero

lo que más me entusiasma es la aplicación en la enseñanza. Al acabar la

universidad, di clases durante un año. A chicos de catorce en las afueras de

Denver.

—Qué guay —dijo Delaney.

—El caso es que ponía lecturas de tarea cada semana, solo diez o quince

páginas, pero no tenía ninguna manera de establecer si un alumno dado había

leído algo. Cuando les entregamos lectores electrónicos, al menos sabíamos

qué páginas pasaban, y cuánto tiempo dedicaban a cada página. Pero eso los

chicos también podían manipularlo. Al final del curso, un alumno me

demostró de hecho cómo pasaba las páginas de Tolstói, cronometrando el

salto de página de su lector, a la vez que leía vídeos de accidentes en moto

brasileños. ¡Mantenía una mano en el lector mientras tenía los ojos en el

teléfono!

—Increíble —dijo Delaney.

—Pero imagina que el lector electrónico dispusiera de seguimiento ocular.

Sabría si el alumno leía todas las palabras. Tendríamos una generación a la

que no solo se le pondría Ana Karenina como tarea, sino que además la

leería.

Delaney supuso que las sílabas que se esperaban de ella eran «¡A-som-

bro-so!», así que se las entonó sonoramente a Eric, y con convicción.

—¿A que sí? —dijo él—. Tenemos que saturar. Es decir, imagino que ya

hemos saturado. Durante los últimos tres años aproximadamente, todos los

teléfonos y monitores de El Todo incorporan hardware y software de

seguimiento ocular. Solo es cuestión de activarlo. Uy, mejor será que nos

pongamos en marcha.

 

La celebración de la vida de Bailey se llevó a cabo con buen gusto. Habían

transcurrido semanas desde su muerte, tiempo suficiente para que la

conmoción se hubiese atenuado y pudiera organizarse un homenaje a su vida

como correspondía. Su viuda, Olivia, había solicitado que tuviera lugar al aire

libre, así que el campus se había transformado en una especie de luctuoso

Coachella, con intervenciones en persona y vía satélite y una emocionante

versión de «Light and Day» de los miembros supervivientes de Polyphonic

Spree. Asistieron tres vicepresidentes de Estados Unidos, así como todos los jefes de Estado del G8. Un grupo de surfistas formó algo parecido a un

círculo en el césped —eso solía hacerse en el agua en honor de un camarada

caído—, y la destacada surfista de estilo libre (retirada) Kelly Slater leyó un

poema original escrito por Larid Hamilton, destacado surfista de olas grandes

(retirado). Fue, como Bailey habría deseado, una fiesta en la que él era el

tema, y se desarrolló admirablemente. Además, fue muy divertida, y solo dos

elementos enturbiaron el ambiente: el breve y devastador homenaje de

Gunnar y la presencia, silenciosa pero ineludible, de Stenton.

«Siempre fuimos amigos —declaró más tarde a la Red de Noticias El

Todo, el órgano de propaganda interno de la empresa—. Cuando tuve una

oportunidad en el extranjero, me instó a aprovecharla. Cualquiera que

conociese a Eamon Bailey sabrá que creía en la autorrealización radical.

Apartar a una persona de una experiencia no era propio de él». Posteriormente

Stenton visitó TCon, y se grabaron unas imágenes suyas despidiéndose de la

guarida de Bailey, donde se detuvo brevemente al pasar ante el icónico retrato

en que aparecían él, Bailey y Ty Gospodinov. La reacción a su presencia fue

de una cortesía uniforme, aunque muchos de los totales que llevaban en la

empresa tiempo suficiente para conocer su historia quedaron atónitos y

calladamente horrorizados.

El resto del día se destinó a actividades libres, animándose a todas las

personas del campus a homenajear a Bailey cada uno a su manera. Delaney

recibió un recordatorio con respecto a la ESEP de Eric, la completó, y luego

encontró a Hans-Georg sentado en un montículo bajo un manzano, en el

límite del campus. En aquella posición, con el cabello alborotado y unos

calcetines blancos casi hasta la altura de la rodilla, recordaba a Isaac Newton.

—Hola, Delaney —saludó—, ¿tienes un momento?

Dejó una carpeta de cuero sintético a un lado y la invitó a sentarse encima.

—¿Tú lo conocías? —preguntó Hans-Georg.

Delaney contestó que no.

—Yo estuve una vez con él —dijo Hans-Georg—. En Weimar. Vino a

una conferencia sobre conectividad o algo así. Yo estudiaba en la universidad

e hice una pregunta a los participantes en su mesa redonda. En la respuesta, se

alargó durante quince minutos; luego vino a buscarme y habló conmigo otros

veinte. Sabía más sobre Goethe que yo, a pesar de que ese era el tema de mi

tesis. Era una persona generosa, una persona sinceramente curiosa.

—Y le encantaba hablar.

—¡De hecho, me vi obligado a interrumpir la conversación! Tenía que

irme a trabajar. Pero lo que me llamó la atención fue que esa forma de ser era pura. Sus detractores, la gente que pone en duda sus motivaciones, no se daba

cuenta de que él creía realmente que la tecnología podía resolverlo todo, que

la conexión lo era todo. Son las otras fuerzas las que…

Hans-Georg miró alrededor y luego, alzando la vista, entre las ramas del

manzano. Delaney tuvo la certeza de que quería añadir que era la gente como

Stenton, como Mae, la que tenía el cometido de monetizar la curiosidad no

solo de Bailey sino de todas las personas del mundo. Stenton había respaldado

las leyes de Derecho a Saber en la década de 2020 y pulverizado todos los

obstáculos a la información, incluidos todos y cada uno de los malditos datos

sobre los enemigos de El Todo. Hans-Georg, que a todas luces no se sentía

seguro para hablar libremente, cambió de tema.

—Gracias por la excursión para ver a los elefantes marinos —dijo.

—No hay de qué —respondió Delaney, sorprendida.

—Creo que quizá llegue el día en que el resto del grupo vuelva la vista

atrás y recuerde ese viaje con cariño —dijo—. Pero la dinámica de grupo,

combinada con el hermetismo que ahora envuelve a tanta gente… —

Consciente de que la conversación volvía a tomar un cariz peligroso, bajó

gradualmente la voz y preguntó—: ¿Qué tal te han ido las rotaciones?

Delaney dijo lo menos posible. Él explicó que acababa de pasar una

semana en Algo Más.

—Me abrumaba —admitió con los ojos muy abiertos—. Es impresionante

lo que están haciendo allí. El alcance. ¿Sabías que hay dieciséis plantas

subterráneas? Lo que se ve sobre tierra es solo una pequeña parte.

Nuevamente Delaney supo que él ocultaba casi todo lo que deseaba decir.

Se lo veía alterado.

—Y lo están combinando con las ciencias del comportamiento —continuó

Hans-Georg—. Probablemente eso ya lo sabías.

Delaney no lo sabía, pero no la sorprendía. El objetivo declarado de Algo

Más siempre había sido no solo rastrear e influir en el comportamiento

humano, sino dictarlo.

—Bien, pues —dijo él, y se apresuró a levantarse. Parecía nervioso, como

si de pronto hubiese tomado conciencia de que había hablado más de la

cuenta o se había quedado allí demasiado tiempo—. Que tengas un día

tranquilo. —Se llevó la mano al pecho e hizo una ligera inclinación. Después

de descender tres pasos por el montículo se dio la vuelta—. ¡La carpeta! —

exclamó—. Casi me olvidaba. Disculpa.

Delaney se puso en pie y sacudió unos tallos de hierba de la carpeta.

Cuando se la entregó, Hans-Georg volvió a inclinarse y luego la miró con expresión de complicidad.

—¿Sientes curiosidad por saber qué hay aquí dentro? —preguntó.

—Claro —dijo Delaney, aunque ni se le había pasado por la cabeza hasta

ese momento.

Hans-Georg miró alrededor y la abrió por un instante, lo justo para que

Delaney viera que solo contenía un papel, una partitura amarillenta escrita a

mano.

—Lo compuso mi abuelo —explicó—. No es más que una canción. Solo

tengo esta copia. Seguramente no le interesaría a nadie, pero para mí sí es

importante llevarla a todas partes en este sitio.

Se dio media vuelta y siguió pendiente abajo, sorteando a los dolientes

congregados en la Margarita.

Cuando desapareció, Delaney se volvió y encontró ante sí una cara

totalmente original. Sus ojos eran grandes, felinos, su frente una alta bóveda

inmaculada. Tenía el cabello negro, veteado de mechones de color azul

celeste. Aquella cara saludó a Delaney con un gesto de asentimiento, como si

verla de cerca confirmara todas sus suposiciones anteriores. Como si ambas

estuvieran a punto de ponerse manos a la obra.

—Joan —dijo la cara.

Delaney interpretó que ese era su nombre.