El Todo

Dave Eggers · Capítulo 6 de 45

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El Todo

VI. La pérdida menor

VI

 

Más tarde la historia que se difundió en El Todo fue que Delaney había

pasado la infancia en una cabaña. Eso no era totalmente cierto pero tampoco

era totalmente falso. Sus padres la habían criado en una casa de troncos, pero

esta no podía describirse como cabaña. Era espaciosa y databa de 1988, obra

de una de las innumerables constructoras de Idaho especializadas en

viviendas de troncos modernas. Con siete habitaciones y unos doscientos

metros cuadrados, no podía considerarse una cabaña, pero no era ostentosa, y

de hecho se hallaba en el bosque, en un pueblo llamado Ghost Canyon, junto

a un sinuoso torrente de agua de deshielo al pie de los montes Pioneer.

Aunque su familia tenía teléfonos y ordenadores y televisiones y todas las

demás comodidades modernas, recordaba sus primeros años como una etapa

al aire libre, con el sonido de una impetuosa corriente de agua como música

de fondo.

La casa de su familia se hallaba en un terreno de dieciséis mil metros

cuadrados, dividido a partes iguales a ambos lados del tortuoso riachuelo.

Detrás de la casa, sus padres habían construido un puente peatonal cubierto

que cruzaba el torrente, y en el puente instalaron un balancín, que cubrieron

con cojines y mantas, y allí Delaney se sentaba y se columpiaba con sus

perros mientras el agua corría como un cristal desenfrenado por debajo.

Sus vecinos del otro lado del río tenían caballos, y Delaney, desde su

balancín, observaba los caballos cabecear y trotar y menear la cola; entre el

rielante y enloquecido río y los parsimoniosos movimientos de los caballos,

podía pasarse horas en un estado de distracción pasiva. Cuando aprendió a

leer, se llevaba los libros a su balancín, y allí podía pasarse tardes enteras,

acompañada de sus perros, que de vez en cuando iban y venían atraídos por

ardillas y ratones.

Pero cuando empezó a ir al colegio, sus padres comenzaron a preocuparse.

Tenían una tienda de alimentos orgánicos en el pueblo y estaban allí casi

todos los días. Después de clase, para Delaney era mucho más fácil ir a casa en bicicleta, y cuando sus padres cerraban el establecimiento, por lo regular

encontraban a Delaney en casa y sola… no practicando deportes, no con sus

amigos en el pueblo. Delaney pasaba mucho tiempo a solas, observaron sus

padres, y al ver que no llevaba compañeras a casa para jugar, se inquietaron.

Parecía tan a gusto leyendo, contemplando el fuego, o sentada en su balancín

sobre el río impetuoso, que adoptaron una incoherente serie de intervenciones

y contramedidas. La llevaron al médico. La llevaron a socializar. Llenaron sus

tardes de actividades extraescolares en el colegio y la parroquia. Llenaron sus

fines de semana de invitaciones a jugar en casas de sus amigas y en la de ella,

y Delaney no puso el menor reparo a nada de eso. Se lo pasaba bien en las

clases de cerámica, las de español y las de guitarra. Hacía amigos con relativa

facilidad y nada le gustaba más que mostrar a esos amigos sus perros y su río

y los caballos al otro lado del puente.

Pero seguía pasando sola una cantidad de tiempo que sus padres

consideraban desproporcionada, y porque la querían y les preocupaba su

bienestar, y porque pensaban que necesitaba el medio propio de su generación

para comunicarse fácilmente con los amigos, cuando cumplió los doce años le

compraron un teléfono. Costaba mil dólares, un gasto que se les antojó

exorbitante pero necesario para la comunicación de su hija con sus amigos

cuando no se hallaba físicamente entre ellos. Delaney no se resistió.

El dispositivo era muchas cosas a la vez: era una televisión, un teléfono,

un instrumento de investigación, un archivo ilimitado, una videocámara más

que apta, un portal de acceso a movimientos políticos, pornografía y

pederastas. Posteriormente sus padres dijeron —y no eran proclives a la

exageración— que durante el primer mes Delaney pasó ochenta horas

semanales utilizándolo. Delaney exploró solo una pequeña parte de sus

posibilidades. En primer lugar vio de principio a fin —treinta y tres horas—

una serie antigua titulada Riverdale. Vio seis temporadas de otra, aún más

antigua, titulada The Office. Terminó Friends, Outer Banks, iCarly y All

American. Descubrió música, creando una lista de reproducción que pronto

ascendió a 1130 canciones. Sus amigos aún no enviaban mensajes de texto

con frecuencia, así que el teléfono no tuvo el menor efecto inmediato en su

vida social. Pero en lugar de pasar el tiempo en su puente sobre el río, ahora

Delaney pasaba esas horas en su habitación, rara vez dormida pero nunca del

todo despierta.

Sus padres, después de observar su comportamiento durante cuatro meses,

instituyeron un sistema normativo, por el cual solo podía utilizar el teléfono

tres horas al día. Ella obedeció mientras ellos estaban despiertos, pero encontró fácilmente horas secretas cuando se dormían. Veía sus series desde

las diez y media de la noche hasta la una o las dos de la madrugada, y se

despertaba a las siete todos los días para encajar otra hora de entretenimiento

antes del colegio. Se dormía en clase con frecuencia y la regañaban. Terminó

sexto curso muy por detrás del punto en el que había empezado, siendo objeto

de un comentario de perplejidad por parte de su tutor —«Jamás había visto

una disminución del rendimiento tan repentina. ¿Ha muerto alguien?»—, y

sus padres dedicaron el verano a reflexionar en busca de soluciones radicales.

 

Durante los años siguientes se sucedieron las escaramuzas previsibles. Sus

padres concebían restricciones, y ella encontraba la manera de eludirlas.

Instalaron filtros, y ella los sorteó fácilmente. Acudieron a grupos de apoyo y

vieron documentales muy serios y recurrieron a nuevas restricciones, filtros y

estrategias, ninguno de los cuales tuvo el menor efecto. Y todo eso fue

anterior al momento en que Delaney accedió a las redes sociales. Las

incontables plataformas superpuestas del Círculo triplicaron su participación

y agudizaron su adicción. A los trece años enviaba aproximadamente 540

mensajes al día, en su mayor parte fotos borrosas de sí misma en el ángulo de

una pantalla; era lo que se llevaba. Y textos. Y breves vídeos en los que

aparecía bailando. Y, durante el período de seis meses en que imperó una app

llamada Fingrnls, enviaba primeros planos de sus uñas con acrónimos de

cinco letras.

Finalmente, sus padres intervinieron de nuevo, esta vez para mandarla a

un campamento de desintoxicación de Montana, no lejos de donde vivía su

abuela, JuJu, una antigua piloto comercial, en otro tiempo campeona de pesca

del róbalo, y aficionada a salir con hombres mucho más jóvenes, uno tras

otro. En principio, Delaney tenía que pasar allí un mes, sin teléfonos, sin

contacto ninguno aparte de las otras dieciocho chicas, casi todas de su edad.

Los días se organizaban de manera estructurada, pero no opresiva. No era un

campamento disciplinario. Trabajaban en labores agrícolas. Iban de

excursión. Montaban a caballo, ordeñaban vacas, asistían en los partos de los

terneros, daban de comer a las cabras. Se levantaban al salir el sol y dormían

toda la noche, y al cabo de un mes Delaney pidió que la dejaran quedarse todo

un año. Eso hizo, e iba a visitar a JuJu todos los fines de semana, encantada

con la simplicidad de aquello, los escasos elementos de su vida. En octavo

curso, sintiéndose feliz, equilibrada y fuerte, se reincorporó a su colegio de

Idaho.

Entonces ocurrió algo extraño. El colegio, que venía previniendo a los

padres desde el parvulario sobre los peligros del tiempo de pantalla y la

atomización de la capacidad de concentración en los adolescentes, inició una

marcha inexorable hacia la inmersión digital completa. Sus profesores no le

asignaban tareas en clase, sino que colgaban las tareas después de clase, en

línea, y solicitaban a los alumnos que las realizaran en ClaseCírculo, una

plataforma de la que se sabía que recopilaba los datos completos de todos los

usuarios. Su profesor de sociales les ponía vídeos que debían ver en línea,

mientras que sus profesores de literatura les exigían que redactaran los

trabajos por ordenador y los presentaran a través de CírculoEscribe, utilizando

las funciones ortográficas y gramaticales de IA semifuncional de esa

aplicación.

Los padres de Delaney, que habían renunciado al wifi para mantener

desconectada a su hija, se encontraron entre la espada y la pared. Durante un

tiempo la llevaban a la biblioteca cada noche, para utilizar la conexión a

internet de allí, pero el viaje era de treinta minutos de ida y otros treinta de

vuelta, y finalmente no les quedó más remedio que contratar de nuevo el

servicio wifi, y hacer frente otra vez a la misma adicción que habían

conseguido superar. Fue como curar a su hija de la dependencia a la meta para

que después el colegio exigiera a sus alumnos que mantuvieran un colocón de

bajo nivel a todas horas.

Entretanto, el colegio siguió previniendo sobre las redes sociales y el

agujero negro del tiempo de pantalla. Prohibieron los teléfonos en el aula pese

a permitir los ordenadores portátiles, que los alumnos manipulaban fácilmente

para ver porno y vídeos de mascotas. Los educadores, por un lado,

lamentaban la decreciente capacidad de concentración de sus alumnos y el

contacto digital obsesivo de los padres; por otro lado, exigían a los alumnos

acceso a internet para realizar incluso las tareas más básicas y remitían todas

las solicitudes de autorizaciones paternas y todas las circulares

exclusivamente por canales digitales. Un martes sus padres asistían a una

velada patrocinada por el colegio sobre las adicciones de los adolescentes a la

tecnología y cómo combatirlas, y el miércoles su profesor de álgebra le

asignaba dos horas de tareas que debían hacerse en línea. Un viernes, en una

asamblea de todo el colegio, un ponente invitado exhortaba a los alumnos a

pasar los fines de semana desconectados y lejos de todos los dispositivos, y a

lo largo del día los profesores de Delaney asignaban tareas para el fin de

semana que no podían realizarse o entregarse sin mirar una pantalla.

Delaney estaba irritable, siempre tensa, agobiada dieciocho horas al día

por compañeros de clase que querían comparar apuntes e innumerables

representantes del colegio que se ocupaban del seguimiento, las revisiones,

las rectificaciones, la reprogramación de horarios, las aclaraciones. Dormía

menos de cinco horas por noche. Al final, después de encontrarla traspuesta

en pleno día en el cuarto de la limpieza del colegio, decidieron en familia que

la escolarización doméstica era la única opción viable. De vuelta en casa,

Delaney reeducó poco a poco su mente. Al cabo de unas semanas, era capaz

de pensar durante una hora seguida. Pasado un mes, podía concentrarse lo

suficiente para leer libros, podía concebir pensamientos originales que no eran

solo ligeras variaciones o reacciones a efímeros fragmentos de texto. Tres

meses más tarde, volvió a ocupar su lugar en el puente sobre el río y rescató

su mente.

 

Pero nadie esperaba que el sitio web de comercio electrónico con nombre de

selva sudamericana entrara en el sector de la alimentación. En particular en el

sector de la alimentación orgánica. Sin embargo impactaron en el negocio de

la comida como un meteorito de dos kilómetros de diámetro, provocando un

fenómeno de extinción entre las tiendas pequeñas que tenían la desgracia de

existir allí donde ellos orientaban sus proyectos. Los alimentos orgánicos de

la selva —FolkFoods— llegaron al pueblo, y en cuestión de dieciocho meses

los padres de Delaney habían vendido su establecimiento y trabajaban con

delantales verdes, fustigados y avergonzados, para la cadena.

Delaney también se avergonzaba, y rebosaba ira. Sus padres se habían

rendido. Justificaban su nueva existencia considerándola un patrón de espera.

Tenían aún por pagar siete años de hipoteca, y a partir de ese punto

dispondrían de opciones ilimitadas. Podían vender la casa y vivir el resto de

su vida a su antojo: mudarse a una casa flotante en Ámsterdam, pasar un año

en Yelapa, incorporarse al Cuerpo de Paz en Uzbekistán. Hablaban de manera

racional e incluso desafiante sobre su empresa, y estaban decididos a ganar la

batalla contra el voraz invasor corporativo, aunque fuera solo aceptando su

dinero para después marcharse y vivir bien.

Pero algo ocurrió en el camino. A cada año que pasaba eran menos

combativos, criticaban menos a sus nuevos amos. En no pocas ocasiones se

refirieron a la cadena en primera persona del plural. Delaney los vio perder el

espíritu de lucha, la vitalidad. Trabajaban diez horas al día y estaban mal

remunerados. Les exigían que llevaran dispositivos encima a todas horas a fin de poder controlar sus horas de trabajo al minuto y localizarlos día y noche

para hacerles preguntas intrascendentes pero implacables, pedirles

actualizaciones y notificarles cambios de horarios. Estaban derrotados y

exhaustos y, peor aún, eran menos interesantes. Como sus dispositivos

sonaban varias veces por minuto, sus mentes fueron reconfiguradas conforme

a la psique nerviosa y dependiente que prevalecía en el mundo digital.

Delaney se alegró de marcharse. Fue a la universidad en Reed, donde hizo

lo posible por elegir asignaturas que le permitieran mantener cierto equilibrio

en el mundo real. Cada semestre, la profesora Agarwal colgaba, a lo Lutero,

con papel y un tosco clavo, una lista de asignaturas opuestas a la tecnología

que se ofrecían en el campus —conocidas como las Analógicas de Agarwal

—, y Delaney se centró en esas, fuera cual fuese el tema. Acabó con un título

en artes liberales y el plan de liquidar la empresa que a ella le había robado la

infancia y a sus padres la voluntad. Pero luego flaqueó. Vaciló ante la

perspectiva de dedicar gran parte de su vida a combatir la forma de vida que

sus congéneres preferían.

Así que optó por hacerse guarda forestal, y rotaba anualmente entre las

Rocosas, Sierra Nevada, Nuevo México y Oregón. Entre los árboles y en las

montañas, había un mundo totalmente distinto, al margen de la invasión

tecnológica, hasta que un día llegó a su puesto y se enteró de que todos los

excursionistas debían ir provistos de teléfonos. POR SU SEGURIDAD, decía la

cantinela, ya que si todos los humanos presentes en cualquiera de los parques

o reservas eran rastreables y accesibles, resultaba mucho más fácil el recuento

y el control y se simplificaban los rescates. Las nuevas normas eran

previsibles y apenas hubo oposición. La mayoría de la gente que entraba en

los parques ya llevaba teléfono; el único cambio era la obligatoriedad y el

registro. Al cabo de unas semanas, al comprobarse que la gente no ofrecía

resistencia, Mae Holland anunció jubilosa que su empresa había encabezado

—y financiaría— la campaña de saturación, que llamó «Encuéntrame en el

mundo natural», junto con una serie de pósters digitales a imagen de los

anuncios clásicos del Servicio de Parques Nacionales de los años cuarenta. Su

empresa, El Todo, facilitaría un teléfono a cualquier persona que visitara un

parque y no tuviera, y sus aplicaciones de rastreo se instalarían,

gratuitamente, en los teléfonos de todos los excursionistas que sí tuvieran.

Que eran todos.

El día de este anuncio, este llamamiento a la vigilancia en el bosque,

Delaney estaba en su puesto, en la ladera del monte Lassen, un volcán extinto

en el nordeste de California. Fue entonces cuando Delaney volvió a radicalizarse. Contempló los lagos alpinos dispersos por la falda de la

montaña y eligió la guerra. Se representó una conflagración, una revolución,

un incendio arrasador. Lo que esas empresas habían hecho era ni más ni

menos que una especiación radical. En unas pocas décadas habían

transformado a unos animales orgullosos y libres —los humanos— en puntos

infinitamente aquiescentes en pantallas. Los habitantes de las ciudades ya

habían renunciado a sus libertades a principios del siglo XXI, pero el mundo

natural había seguido siendo salvaje, y ahí la gente podía ocultarse, moverse

libremente. Pero el último vestigio de libertad —la posibilidad de desplazarse

por el mundo natural sin ser observado— desapareció un viernes, y nadie se

dio cuenta.

Mae se convirtió en enemiga de Delaney, la enemiga de todo aquello que

caracterizaba a los humanos como seres vitales. Era necesario derrocarla, y

Delaney albergaba la jactanciosa convicción de que podía ser ella quien lo

consiguiera. Pero si se quedaba clamando en el bosque carecía de poder.

Tendría que entrar allí y empezar a cortar cables. Abandonó el servicio

forestal y se trasladó a San Francisco. Aceptó el puesto de bajo nivel en Ol

Factory; sus exóticos antecedentes despertaron el interés de Vijay y Martin,

como ocurriría luego con Dan Faraday. Y aunque sus compañeros de trabajo

le caían bien, le caían muy bien de hecho, se percibía en el ambiente una

obediencia apocalíptica que ella no sabía si era posible revertir. Todos los

empleados, incluida ella, debían acceder a usar unos rastreadores que

contaban sus horas, sus minutos, el número de teclas que pulsaban, y medían

su productividad (los méritos eran «margaritas», los deméritos «durianes»).

Día a día, las consecuencias eran mínimas y apenas se las mencionaba. Los

datos solo se revivían cuando se producía una evaluación o un despido; en ese

momento todo lo que el empleado de bajo rendimiento había dicho o hecho se

desenterraba y examinaba y comparaba con los promedios, los cómputos

totales, las referencias y las expectativas. Vijay o Martin veían los datos y se

encogían de hombros, esbozaban una sonrisa de disculpa, en actitud de

impotencia. La decisión no la habían tomado ellos, se apresuraban a señalar.

Mientras trabajaba en Ol Factory, mientras planeaba su ataque por el

flanco contra El Todo, la gota que colmó el vaso para Delaney no tuvo nada

que ver con la consolidación de la riqueza y el poder lograda mediante la

vigilancia masiva y la numerificación de las vidas. Fue un mensaje de su

padre. «Una noticia triste, Del. La abuela JuJu murió anoche». A esto siguió

una pequeña cara amarilla, similar a un Pac-Man visto de frente, con cascadas

de lágrimas manando de los diminutos ojos. Segundos después su madre sumó su propio mensaje. «Muy triste», escribió, y lo remarcó con una ligera

variación del primer emoji: esa cara amarilla también lloraba, pero tenía unos

pequeños brazos extendidos a los lados del cuerpo redondo, y las manos,

cerradas en puños, intentaban enjugar las lágrimas. Su madre, después de la

cara, añadió «Era un encanto», y esta afirmación se sostenía en otro

minúsculo emoji animado, una abuela caricaturizada echándose atrás y

adelante en un movimiento concebido para representar un balanceo o un

baile.

Asaltó a Delaney una desolación en múltiples capas. Nunca podría

rectificar ese momento, el hecho de que el fallecimiento de JuJu no se le

comunicase mediante una llamada entre lágrimas, o en persona, o de

cualquier manera acorde a miles de años de evolución humana hacia un

refinamiento cada vez mayor. La muerte de su abuela se le comunicó por

medio de un Pac-Man lloroso. Cuando Delaney se lo planteó a sus padres,

estos fueron incapaces de reconocer la transgresión. Señalaron —

acertadamente, tuvo que admitir Delaney— que también a JuJu le encantaban

los emojis.