El Todo
XII. Prueba de la contracción del alma humana, 1.ª parte
XII
Delaney y Winnie fueron de las últimas en encontrar asiento en el auditorio, y
en cuanto se acomodaron, Winnie empezó a tejer —se había llevado sus
labores— lo que parecía una camiseta para una persona en miniatura con un
torso extraordinariamente pequeño. Delaney estuvo tentada de preguntar a
Winnie qué hacía, o cuál de las personas de su vida cabría en esa prenda, pero
agradeció el silencio que la labor de punto había propiciado. Se oía alguna
que otra vez el tintineo de las agujas, pero por lo demás los movimientos de
Winnie poseían la agilidad silenciosa de una mantis religiosa.
La sala estaba llena, congregados allí miles de totales, que en su mayoría
mantenían conversaciones en susurros a la vez que prestaban atención a una u
otra pantalla personal. Delaney recorrió al público con la mirada y enseguida
reconoció a dos hombres que accedían a unas butacas centrales desde el
pasillo, cargados ambos con las obligadas mochilas de hidratación de El
Todo. Eran Vijay y Martin, sus jefes en Ol Factory. Delaney desconocía qué
trabajo llevaban a cabo desde la adquisición de la empresa y ahora se los veía
lánguidos, aturdidos, inútiles. En El Todo había muchos fundadores a quienes
se había comprado solo para eliminar o enterrar sus creaciones, para
olvidarlas. Delaney los observó mientras ocupaban sus butacas. Alguien se
inclinó a saludarlos, y ellos respondieron con parcas sonrisas. Se los veía
totalmente en paz, ya sin ambiciones, libres del trabajo y la responsabilidad
de crear.
Salió al escenario una mujer menuda. Vestía un maillot entero carmesí y
le cubría el pecho un enorme collar de cobre, en apariencia un salpicón de
rayos solares.
—Hola a todos —saludó a la vez que alzaba sus flexibles brazos y hacía
girar las manos en torno a las muñecas como platos en lo alto de finas varas.
Se oyeron unos moderados aplausos, y pares de cabezas de totales se
acercaron y susurraron distintas variaciones de «¿Quién es esta?».
Una voz detrás de Delaney contestó, con cierta estridencia:
—Victoria de Nord, creo. ¿Te acuerdas de ella?
Victoria de Nord respondió a los ahogados aplausos como si se tratara de
una ovación de diez minutos en Cannes. Finalmente llegó al centro del
escenario y, con las manos a la espalda, giró lentamente a izquierda y derecha
como si la abrumaran los aplausos, que habían pasado rápidamente de
corteses a apagados, hasta reducirse a unas cuantas palmadas dispersas en las
rodillas.
—Soy Victoria de Nord, pero eso probablemente ya lo sabéis —dijo.
Sonrió y volvió a girar a izquierda y derecha. Parecía totalmente ajena al
hecho de que nadie la conocía—. ¿Qué tal nos va a todos hoy?
De nuevo hizo una pausa incómodamente larga y escrutó al público, como
si su pregunta pudiera generar respuestas viables. Delaney, a su manera, había
cogido cariño a Winnie y consideraba simpáticos en distintos grados a Jenny
Butler y Dan Faraday, e incluso a Kiki y Carlo y Shireen, pero al observar a
Victoria de Nord recordó lo empalagosos que podían llegar a ser los
directivos de esa empresa, y se juró que recordaría a esa persona ridícula si en
algún momento flaqueaba en su compromiso con la revolución.
—¡Bienvenidos al Viernes de los Sueños! —dijo Victoria, y de nuevo
miró a izquierda y derecha durante una eternidad.
Empezaron a oírse murmullos entre el público, a medida que los totales,
acostumbrados a presentaciones más estimulantes y conscientes con el uso del
tiempo, se iban preguntando si aquello era algún tipo de prueba. En el
escenario, a cargo de esa introducción, debería haber estado Mae Holland,
pero esta brillaba por su ausencia. Mae era indiscutiblemente el rostro
reconocible de El Todo, y se daba por sentado que era ella quien tomaba las
decisiones más trascendentales. Sin embargo, desde la marcha de Stenton, la
marginación de Bailey y la total desaparición de Ty Gospodinov, El Todo
carecía de un líder categórico y visible, y ahora esa situación —el hecho de
que se empujara a salir al escenario a una persona como Victoria, lo cual era
un error manifiesto para todos los implicados— demostraba que Wes tenía
razón: a Mae la incomodaba, la avergonzaba incluso, aparecer en un foro
como ese sin una idea nueva.
—Hoy tenemos el placer de contar con la presencia de Ramona Ortiz —
dijo Victoria, y el público, al saber que Victoria pronto abandonaría el
escenario, exhaló un suspiro sonoro y colectivo—. Todos conocemos a
Ramona por su innovadora startup, Viajero Ilustrado, que El Todo incorporó
hace tres años. Tiene algunas ideas excelentes en cuanto al futuro de los
viajes, y…
El resto de la presentación de Victoria fue penosamente largo y absurdo,
pero al final cedió el escenario a una mujer que vestía unos leotardos negros,
una falda negra y una blusa de color crema. En la pantalla, a sus espaldas,
apareció su nombre en grandes letras blancas, fuente sanserif: Ramona Ortiz.
Tenía el cabello espeso y lacio y lo llevaba corto, casi a lo Beatle por su
redondeado volumen, y teñido de rojo fluorescente. Esa imagen, casi
imposible de conciliar, pensó Delaney, a ella le quedaba natural. Salió al
escenario con paso enérgico y un aplomo rayano en ensimismamiento, como
si se pasara por allí un momento de camino a algo más acuciante.
—Estoy aquí, pues, para hablar de los viajes, de qué si no —comenzó—.
Como sabéis, los viajes han sido mi vida. Hace seis años puse en marcha
Viajero Ilustrado…
Aguardó los aplausos. Al principio fueron débiles, pero los buenos
modales del público intervinieron y las palmadas dieron lugar a una ovación
respetable.
—Gracias —dijo. Innecesariamente, puesto que los aplausos se habían
evaporado, repitió—: Gracias. El propósito de Viajero Ilustrado era promover
una manera de viajar ecológicamente responsable, y permitió a los usuarios
tomar mejores decisiones a la hora de viajar mediante la elección de las
compañías aéreas, los alojamientos y las tiendas de ropa más respetuosas con
el medio ambiente. Hace tres años mi empresa fue adquirida por El Todo,
donde ha hecho posibles más de 2,2 millones de viajes ecológicamente
progresistas.
Esta vez los aplausos fueron más enérgicos, aunque Delaney percibió que
se imponía en la sala un desconocimiento colectivo. Delaney había hecho los
deberes con respecto a El Todo, pero esa empresa, esa adquisición, había
escapado a su atención y, por lo visto, a la de la mayoría de los totales. Dado
que El Todo adquiría al menos tres empresas semanalmente, era lógico que
muchas pasaran inadvertidas.
—Pero de un tiempo a esta parte —continuó— mi postura sobre la
utilidad y la moralidad de los viajes ha cambiado. Permitidme que me
retrotraiga en el tiempo. Nací en Nosara, Costa Rica, en 1995.
A sus espaldas la pantalla mostró imágenes de un pueblo que surgía de
una exuberante selva a la orilla del mar. Sonaron entre el público aplausos
dispersos y unos cuantos hurras.
—Sí, algunos de vosotros conocéis este sitio —dijo Ortiz bajando la voz
—. Y el hecho de que lo conozcáis es un problema. Quizá incluso sea el
problema. Os explicaré por qué. Las imágenes que estáis viendo son de los años noventa, antes de que Nosara fuese descubierta por los estadounidenses
y los europeos. Veamos ahora el pueblo en la actualidad.
Apareció en la pantalla un montaje a base de calles concurridas, llenas de
camisetas horteras y tiendas orientadas al turismo. Un autobús turístico
avanzaba con dificultad por las estrechas callejas. Visitantes aturdidos con
pantalones cargo caminaban parsimoniosamente por la acera ante un Best
Western. Una toma de una agencia Avis de alquiler de coches. Una pizzería
Little Caesars. Un montón de latas y botellas de plástico tiradas en la selva.
Una serie de letreros de EN VENTA, todos de multinacionales como Sotheby’s y
Chavez-Millstein. En una toma, un hombre con un lagarto estampado en la
camiseta señalaba y gritaba a una lugareña que vendía joyas tras una mesa
plegable en la acera.
—Vi mi país —prosiguió Ortiz—, y sobre todo mi pequeño pueblo,
invadido y alterado de manera fundamental por el turismo. Vi las
apropiaciones de tierra. Vi a mi familia y mis vecinos comprados y excluidos.
Nos trasladamos una y otra vez a medida que las promotoras y los
multimillonarios extranjeros compraban hasta la última hectárea en cualquier
sitio que estuviera cerca del mar u ofreciera una buena vista. Nos fuimos cada
vez más hacia el interior, hasta instalarnos en la tercera circunvalación de San
José… me refiero a la capital de Costa Rica, no a la ciudad de South Bay…
junto a la embotelladora de Pepsi.
»Si habéis estado en Costa Rica en los últimos veinte años, habréis visto
que es en esencia Florida, un patio de recreo para la clase media
estadounidense. Se han echado a perder todas las playas con tiendas de
baratijas y pizzerías. En cada valle inmaculado donde podían tender una
tirolina, la tendían. El país ha perdido gran parte de su identidad, y mis
compatriotas, ticos y ticas, van de aquí para allá como pequeños capitalistas
obsequiosos tras los dólares de los turistas. En mi opinión, mi pueblo ha
perdido la dignidad. No os ofendáis si habéis estado en Costa Rica —añadió,
arrancando en respuesta unas cuantas risas—. No os culpo a título individual.
Pero sí nos considero a todos, colectivamente, culpables de una avariciosa
búsqueda de experiencias baratas en el extranjero.
Las ofensivas escenas de Costa Rica arruinada dieron paso a una sucesión
de tomas motivadoras de viajeros solos o de dos en dos que recorrían
senderos, con manifiesto respeto y humildad, por paisajes nepalíes y
peruanos.
—Puse en marcha Viajero Ilustrado —dijo Ortiz— para fomentar una
forma mejor de ver el mundo. Organizábamos viajes en grupos pequeños. Mucho antes de las pandemias, desalentamos los viajes en crucero, sin duda
la muerte de los océanos y la antítesis misma del viaje con sentido o el
turismo sostenible. Elegimos empresas y guías responsables y promovimos
las opciones más diversas, desde estancias en casas a ecoturismo, pasando por
los viajes que combinaban las propias visitas a los lugares con los servicios.
Yo tenía la impresión de que estábamos ayudando. Y quizá así era. Sin duda
el tipo de viaje que fomentábamos era mejor que los autobuses turísticos y los
cruceros. Pero un día empecé a hacer cálculos. Sé que a muchos de vosotros
se os dan bien las matemáticas, así que es probable que en eso me aventajéis.
En la pantalla apareció un mapamundi, y en él empezaron a surgir puntos
blancos. Asomaron en centenares de sitios, desde las islas Cook hasta
Terranova.
—Estos son lugares en los que he estado personalmente. En veinte años
he visitado ochenta y ocho países. He estado en todos los continentes. He
conocido a muchísima gente fenomenal, y tenía la sensación de que mi
perspectiva se ampliaba cada vez que aterrizaba en un sitio nuevo.
»Pero eso tuvo un coste. Un coste descomunal. Hace unos años tomé
conciencia de que, como viajera habitual, viajera obsesiva a decir verdad,
había sido responsable de más de doscientas setenta toneladas de dióxido de
carbono a lo largo de mi vida de trotamundos, y eso teniendo en cuenta solo
los vuelos. Por más que redujera mis emisiones de carbono nunca
compensaría el daño que ya había causado.
Delaney intuyó que pronto vería la imagen de un animal en peligro de
extinción, y no se equivocaba. La pantalla mostró a un demacrado pingüino
que entraba en una tienda de abastos en Tierra del Fuego, sobresaltando a los
clientes, antes de desplomarse.
—Como ya sabéis, aún no se ha creado el avión construido de cáñamo e
impulsado con energía solar —dijo Ortiz, comentario que se recibió con
corteses risas—. Todo viaje aéreo sin excepción es en extremo perjudicial
para el planeta, y sin embargo seguimos volando. ¿Por qué? Porque
queremos. Queremos, queremos, queremos. E incluso los ecologistas mejor
informados cierran los ojos a los daños que provocan cuando van en avión de
un lado a otro del planeta, a menudo en jets privados, para prevenir al público
sobre los peligros de los combustibles fósiles. Eso es de una hipocresía
extrema. Y también yo era culpable de eso. Así que tuve una idea. Tuve una
revelación. Se llama Para y Mira.
Por un momento Delaney se preguntó cómo mutilarían las palabras. La
«y» se convertiría inevitablemente en un +, pero ¿qué más se les ocurriría?
En la pantalla, el nombre del programa apareció representado como
Para+Mïra.
Dios santo, pensó Delaney. No había previsto la diéresis. De un momento
a otro, como bien sabía, Ramona Ortiz afirmaría que su nueva iniciativa
contribuiría a salvar el planeta.
—Esto, creo, revolucionará la forma en que vemos el mundo —dijo Ortiz
—, y podría incluso contribuir a salvar el mundo.
Delaney abrió la boca para reírse. Miró alrededor. Nadie se reía. Se sentó
sobre las manos.
—El año pasado se registraron 1800 millones de llegadas por motivos de
ocio en todo el mundo, ya que continúa la orgía de viajes posterior a las
pandemias… y continúa aniquilando los destinos más populares. Empecemos
por uno de los lugares del planeta más asfixiados por el turismo: Venecia. El
año pasado llegaron a Venecia 34 millones de personas, una ciudad del
tamaño de Manhattan aproximadamente. Eso es en sí mismo una locura.
Ahora pensemos en el carbono que se requirió para que cada uno de esos
turistas llegara allí: entre dos y tres toneladas. Hablamos de unos setenta y
cinco, ochenta millones de toneladas de emisiones de carbono solo para
transportar turistas a una ciudad saturada por los turistas. Añadamos a eso los
costes del puro sufrimiento experimentado por los habitantes de la ciudad, y
por los propios turistas. El año pasado había siete horas de espera solo para
acceder a la Piazza San Marco. Es un disparate. Y hay que acabar con eso.
Centenares de totales expresaban su conformidad con gestos de
asentimiento. Siempre resultaba satisfactorio poner fin a las cosas a las que
era necesario poner fin.
—Hay una manera mejor —afirmó Ortiz—. Aún podéis ver Venecia.
Podéis ver Venecia, y probablemente incluso verla de una forma más
auténtica, sin salir de vuestra casa. El futuro de los viajes reside en que uséis
la cabeza.
En ese momento reapareció Victoria de Nord, agitando los brazos y
sonriendo efusivamente, como si el público hubiese solicitado un bis. Entregó
a Ortiz una gafas de realidad virtual corrientes, y salió del escenario en estado
de fuga disociativa, como si se aferrase a un Oscar recién ganado.
—Os explicaré cómo funciona —dijo Ortiz, y en la pantalla, detrás de
ella, apareció una cuadrícula que mostraba docenas de destinos deseables,
Capri y Dubai y Las Vegas y lo que parecían los Alpes suizos.
—Como estábamos hablando de Venecia, demos una vuelta por esa
magnífica ciudad. Pero esta será una vuelta con cero emisiones de carbono.
En la cuadrícula, seleccionó la miniatura de Venecia y esta creció hasta
abarcar media pantalla. La otra mitad se transformó en una cuadrícula de
caras sonrientes con nombres debajo.
—He aquí un muestrario de los guías turísticos entre los que podéis elegir,
todos ellos con el certificado del departamento de turismo veneciano. Son
historiadores, profesores, e incluso hay algún gondolero. Y todos residen en
Venecia, en su mayoría nacieron allí. Como ya está listo para ponerse en
marcha, voy a elegir a Paolo Marchessi.
Una de las caras sonrientes de la cuadrícula ocupó la pantalla, y la foto
fija dio paso a una imagen en vivo de su rostro risueño. Era un cincuentón de
cara redonda, cabello entrecano y unas gafas pequeñas de montura metálica.
—¡Ciao, Paolo! —saludó Ortiz.
—¡Hola, Ramona! —dijo él.
—¿Listo para nuestro viaje a medida? —le preguntó.
—Sí —contestó él.
Ortiz se volvió hacia el auditorio.
—Paolo va provisto de una cámara giratoria, muy parecida a la que hemos
estado utilizando aquí para nuestros otros proyectos de realidad virtual.
Veamos qué nos muestra esa cámara.
En la pantalla apareció una imagen hipernítida del Gran Canal,
resplandeciente en la puesta de sol.
—Son imágenes en vivo —explicó Ortiz—, así que mientras hacemos esta
demostración, veréis ponerse el sol sobre el agua. —Las imágenes eran
fabulosas—. Desde la comodidad de vuestras casas, os ponéis cualquier
dispositivo de realidad virtual y al instante veis lo que ve vuestro guía, con
una rotación de 360 grados. ¿Queréis ver el antiguo Arsenal? Pedidle a Paolo
que os lleve allí. Os llevará a donde le digáis, y al mismo tiempo os presentará
a personas y sitios que solo un lugareño conocería. Guiad o sed guiados, lo
que queráis. Vosotros controláis la experiencia. Pagáis por horas o por días, y
ahorráis dinero y de paso quizá salváis el planeta.
Los aplausos resonaron en la sala, y Delaney se sumó al ruido. A su pesar,
supo que de buena gana haría uno de esos recorridos. Al instante acudieron a
su cabeza como perspectivas cinco o seis lugares a los que deseaba ir. Los
colegios lo utilizarían. También las residencias de ancianos. Y sin embargo
eso empeoraría de algún modo las cosas, Delaney estaba segura. Pensó en las
consecuencias no intencionadas de la idea claramente bienintencionada de
Ramona. Por un lado, conllevaría el desplome de la mayor parte de la
industria turística mundial y la pérdida de cientos de millones de puestos de trabajo. Por otro lado, sería fantástico para los agorafóbicos, los
germofóbicos, aquellos a quienes daba miedo volar o salir de casa.
—Hablemos del coste —prosiguió Ortiz—. Los costes de Para+Mïra son
tan insignificantes en comparación con los de un viaje tradicional que estos,
en su mayor parte, pasan a parecernos un disparate. Si yo volara mañana a
Venecia desde San Francisco, entre aviones y hoteles para una semana, me
costaría alrededor de 6500 dólares. Con Para+Mïra, en cambio, el coste diario
se reduce a lo que pagamos a Paolo por hora, que son unos cien dólares.
Podemos hacer un recorrido completo por Venecia en medio día, lo que nos
supondría unos quinientos dólares. Y todos salimos ganando. Paolo podría
ofrecer dos visitas diarias, así que eso equivale a mil dólares para un
historiador local. No está mal, ¿verdad, Paolo?
No hubo respuesta. Aparentemente había abandonado la escena.
—¿Paolo?
—¿Sí, Ramona? —Ya había vuelto.
—Estaba diciendo que si ofrecieras dos visitas al día, podrías ganar mil
dólares. No está mal, ¿verdad?
—Nada mal —convino él—. Si consigo dos visitas al día, sí. Depende en
gran medida de la planificación. La pega es: ¿necesito un trabajo normal, o
este es mi trabajo normal? Y está la cuestión de las ventajas extrasalariales y
las pensiones, dos cosas con las que contamos en Italia.
Una media sonrisa asomó fugazmente al rostro de Ramona.
—Unas dudas razonables que abordaremos sobre la marcha —dijo ella, y
pulsó un botón para desconectar a Paolo, de quien no se volvió a saber nada.
Se volvió hacia el público de El Todo.
—Como veis, pues, Venecia se libra de una parte importante de su
excesiva carga turística. El dinero va a parar a los lugareños, no a los
cruceros. Y lo mejor de todo, el planeta respira un poco mejor. No hay que ir
en coche al aeropuerto. No hay que subirse al avión. Ese avión no realiza el
vuelo. Los cruceros no zarpan, ni contaminan los mares a su paso. De los
aviones y los barcos no bajan miles de turistas que se desplazan todos en taxi
por separado. Todo eso lo paramos. Esa es la parte correspondiente a «Para»
del nombre Para+Mïra. Eso debería haberlo dicho antes, supongo. —Dejó
escapar una risa encantadora por su omisión—. Y he aquí lo mejor de todo —
dijo, y el Gran Canal dio paso a otra cuadrícula de lugares deseables de todo
el mundo. Ahora aparecía debajo de cada uno de ellos una cuadrícula de
menor tamaño, y en cada casilla de esta se veía una cara sonriente—.
Disponemos de treinta y dos ubicaciones ya preparadas para el momento del lanzamiento. Nos hemos concentrado en algunos de los lugares más saturados
del mundo: París, Londres, Shanghái, el Annapurna, el Machu Picchu, el
Angkor Wat, Guiza. Ahora mismo contamos con una media de once guías por
lugar, en función del tamaño de la ciudad o atracción, naturalmente.
Prevemos que todo esto se multiplique rápida y orgánicamente, en gran
medida como ocurrió en su día con los vehículos compartidos.
Delaney miró las manos de Winnie, que no había parado de trabajar
durante toda la presentación. El resultado era un jersey para un humano del
tamaño de un perro o un perro de forma extraña. Era corto e irregular, del
color de la mantequilla quemada. Winnie, le complació saber a Delaney, no
sabía tejer.
Desde el escenario, Ramona Ortiz atendía las preguntas del público. Un
hombre corpulento señaló que así se eliminaría el riesgo de malaria, las
intoxicaciones por alimentos, los mareos y lo que él llamó «un sinfín de otras
dolencias relacionadas con los viajes». Una mujer alta con gafas newtonianas
propuso ampliar un poco la zona, añadiendo a la oferta de Para+Mïra lugares
menos conocidos, quizá con descuento, y Ramona guiñó un ojo y dijo que esa
idea se encontraba entre las suyas para la Fase Dos. La última cuestión fue
como la primera, más una sugerencia.
—Confío en que estemos incentivando las buenas prácticas en los viajes
—añadió la mujer—. A los viajeros que reduzcan su huella de carbono se les
pueden ofrecer descuentos en otros productos y experiencias, por ejemplo.
Ramona coincidió en que eso sería muy apropiado, y a continuación se rio
por lo deprisa que había pasado el tiempo mientras ellos estaban
Parando+Mïrando, y después de eso se encendieron las luces en aquel primer
Viernes de los Sueños de Delaney. Cuando salieron del auditorio, se
encontraron con un cartel de siete metros de anchura, labrado a partir de
madera rescatada del mar, en el que se leía: SI AMAS AL MUNDO, DÉJALO EN PAZ.