El Todo
V. Carlo y Shireen: mediciones del asombro
V
—Jenny Butler ama a toda la raza humana —comentó Carlo, y se apresuró
a corregirse—. Género humano. —Se ruborizó profundamente.
Delaney procuró no exteriorizar reacción alguna, pero se asombró: un
error así era casi inaudito entre los totales que atendían al público.
Acompañaba a Carlo una mujer imperturbable de ojos verdes llamada
Shireen, que o bien no reparó en el error, o le dio igual.
—Jenny Butler es la mejor sin lugar a dudas —aseguró Shireen. No solo
tenía los ojos muy abiertos, sino que además parecían temblarle las pupilas.
—¡Y lo que Jenny Butler dijo sobre ti —prosiguió Carlo, sonriente, a
todas luces eufórico por el hecho de que su error se hubiese olvidado o al
menos perdonado— es sencillamente increíble! —Miró a Delaney, y ella
percibió lo mismo: le temblaban las pupilas. Transmitían algo entre
compromiso total y terror de bajo nivel.
—¡Increíble! —repitió Shireen. Mantuvo la boca abierta durante largo
rato después de que la palabra se hubiera evaporado.
Había transcurrido una semana, y por fin Delaney estaba en el campus.
No en uno de los espacios principales, pero había traspasado la verja de El
Todo, y la habían llevado a un edificio bajo revestido de madera y cubierto de
parras y suculentas. Por dentro, la estructura era una caja blanca, algo así
como una sala funcional utilizada en ocasiones y con personas como esa.
Delaney tenía la entrevista a las 15.00 horas, pero le habían pedido que
llegara a las 14.30. Se había sometido a un fascinante proceso de seguridad,
que abarcó veintiocho de esos treinta minutos. Se vació los bolsillos y pasó el
bolso por un escáner; luego tuvo que recorrer un túnel rosa de tres metros de
largo, en absoluto silencio. Colocaron su teléfono en un dispositivo semejante
a un microondas donde quedaba perfectamente encajado; allí, supuso,
extraían todos los secretos que pudiera contener. Le limpiaron las suelas de
las zapatillas, y el paño utilizado para ello se introdujo en una pequeña caja
plateada que al cabo de un momento entonó un canto de aprobación. Después de leerle brevemente un texto jurídico en el que se le indicaba que no podía
revelar el contenido de la entrevista, ni la identidad de las personas con
quienes se reuniera, ni nada de lo que viera, y que todo lo que ella dijera
quedaría bajo el control de ellos, firmó tres documentos aplicando el dedo a
una tableta.
—Todos tus textos son muy interesantes —dijo Carlo.
—¡Inducen a pensar! —añadió Shireen—. Has conseguido una
puntuación alta en diversidad léxica. ¡En el dos por ciento superior!
—Oye —dijo Carlo—. Todas tus cifras son magníficas. Redes sociales,
ConPref, y desde luego el índice de cultura es altísimo para nuestros
candidatos. Pero eso tú ya lo sabías. En esta entrevista, en cambio, nos
gustaría saber un poco más sobre el futuro que imaginas. Estuviste en una
startup, y has dedicado mucho tiempo a examinar El Todo desde el exterior.
Leímos tu tesis.
—¡Una tesis interesantísima! —exclamó Shireen.
Carlo se volvió hacia Shireen con una sonrisa de aterradora insinceridad y
acto seguido giró en redondo para mirar de nuevo a Delaney.
—Delaney, ¿qué crees que debería hacer El Todo a continuación?
Delaney guardó silencio por un momento. Wes y ella tenían ya lista una
propuesta, pero no preveía desvelarla tan pronto.
—Sé que desarrollar ideas no es fácil —dijo Shireen.
—De hecho, sí tengo una idea —anunció Delaney.
Carlo y Shireen parecieron sorprenderse mucho más de lo que Delaney
esperaba. La sorpresa de Shireen rayó en repugnancia.
—¿Puedo atenuar las luces y utilizar la pantalla? —preguntó Delaney.
Ellos se irguieron.
—Claro —contestó Carlo—. ¿Vas a obsequiarnos con una auténtica
presentación?
Shireen pareció entrar en pánico.
—¿Algo que has preparado tú?
A cierto nivel eso era una locura. La propiedad intelectual se protegía con
fervor obsesivo tanto allí como en cualquier industria afín. El Todo no
contaba con que los candidatos cedieran una idea de un millón o mil millones
de dólares en una entrevista. Pero Delaney sabía de más de un candidato que
había hecho precisamente eso, presentar buenas ideas sin compromiso, y se
los contrataba de inmediato, no solo por la calidad de sus ideas sino por su
confianza en El Todo y —más importante aún— por su disposición a
renunciar a su propio beneficio en favor del bienestar general y el crecimiento de la empresa en la que tenían la esperanza de trabajar. Ceder una idea o dos
en una entrevista denotaba —aspecto importantísimo— seguridad en uno
mismo, la seguridad de que uno andaba sobrado de ideas, de que esas ideas
surgían con tal frecuencia que ceder una o dos en una entrevista no
representaba un gran sacrificio. Por el contrario, dictaba la lógica, aquellos
que se guardaban celosamente sus ideas seguro que tenían pocas.
Carlo se levantó para apagar las luces.
—Debo recordarte el acuerdo que has firmado…
—Por supuesto —dijo Delaney.
Todo lo que se dijera en aquella sala se grababa, suponía ella, y además,
remarcaba el acuerdo, muy probablemente cualquiera de las ideas planteadas
en la entrevista se estuviese desarrollando ya en el campus.
Wes y ella habían dedicado una semana a elaborar un prototipo
rudimentario; Wes, por lo general apático y poco autónomo, era implacable e
incansable cuando se le asignaba una tarea. Delaney lo había avisado de la
posibilidad de darlo a conocer aquel día para que estuviese preparado.
Se puso en pie y tomó aire en actitud elocuente.
—He estado pensando en la amistad —empezó, y dejó que la frase se
asimilara.
Carlo y Shireen sonreían como niños que se hubieran colado en la sesión
de tarde de un cine.
—Los científicos han constatado una y otra vez —prosiguió Delaney—
que las personas con amistades duraderas y auténticas gozan de mejor salud,
son más felices y viven más tiempo.
Shireen movió la cabeza en un lento gesto de asentimiento, como si
aquello fuera información nueva y fascinante. Tamborileaba distraídamente
con los dedos en la tableta que tenía ante sí, al parecer tentada de anotarlo.
Delaney concibió de improviso la posibilidad de incluir a Shireen en la
presentación.
—Shireen, diría que eres una persona con muchos amigos.
Shireen asintió alegremente y a continuación, en respuesta a la imperiosa
mirada de Carlo, decidió que debía expresarlo de viva voz.
—Sí, los tengo —dijo.
—Pero ¿hay momentos en los que no te sientes totalmente segura de
ellos? —preguntó Delaney—. ¿Ocasiones en las que no sabes a qué atenerte
al cien por cien?
No había terminado aún la frase cuando Shireen movía ya la cabeza en un
vigoroso gesto de asentimiento. De pronto recordó que también debía expresar oralmente su aprobación y dijo:
—Sí. Claro.
—Háblame de eso —instó Delaney, y a Shireen se le iluminó el rostro.
—Bueno, a veces envío un mensaje a un amigo… nada, algo así como…
como el emoji del arcoíris seguido de una flecha en ambas direcciones y un
interrogante. Ya sabes, para hacerles saber que estoy contenta y que deseo
que ellos también lo estén.
—Y entonces esperas —continuó Delaney.
—¡Exacto! —exclamó Shireen—. Y mientras espero…
—¿Te preguntas si te odian y si se están confabulando contra ti y si
difundirán mentiras sobre ti y te arruinarán la vida y querrás morirte? —dijo
Delaney. Esperaba risas, pero los semblantes de Shireen y Carlo se habían
ensombrecido.
—Yo no lo expresaría así exactamente —dijo Shireen—, pero…
—Nosotros no lo plantearíamos en términos tan gráficos… —añadió
Carlo.
Delaney dio marcha atrás.
—Claro que no. Lo siento. Soy una provinciana, como sabéis. He de
refinarme un poco.
Sus rostros seguían manifestando preocupación, rayana en angustia.
Delaney tenía que apresurarse a seguir.
—Lo que Shireen ha descrito es algo con lo que todos convivimos —dijo
—. Es incertidumbre con respecto a aquello en lo que más seguros
necesitamos sentirnos. En nuestras relaciones personales. Nuestras amistades.
El rostro de Shireen se relajó, y Carlo, que había empezado a bizquear por
un momento, recuperó la expresión de tranquilo interés.
—Aquí en El Todo contamos desde hace años el número de amigos… —
Delaney hizo una breve pausa para ver si su uso de la primera persona del
plural se había captado y había recibido aprobación: en efecto así era—. Pero
¿realmente es esa la medición más importante? Si los científicos nos dicen
que la profundidad de nuestras amistades es lo más importante, ¿no
deberíamos medir la calidad de esas amistades, y no la cantidad de amigos?
Carlo y Shireen escuchaban con las bocas entreabiertas. Delaney dio por
sentado que estaba contratada. Ahora solo le quedaba llevar a cabo la
presentación sin errores no forzados.
—Así que he estado preparando el esbozo de una app —dijo— que aporta
un poco de certidumbre a algo que siempre ha sido impreciso y, para ser
francos, un poco caótico. ¿Puedo enseñárosla? Supongo que esto ya está listo… —Señaló la pantalla mural, que tocó para activarla—. Invitada —dijo
—. Siete cero ocho ocho nueve.
En la pantalla apareció una casilla, y Delaney la pulsó con el pulgar. Su
huella la conectó con su cuenta, y pronto en la pantalla cobró vida el rostro de
Wes a tamaño natural. Su sonrisa, con la boca cerrada, era a juicio de Delaney
un poco excesiva. La cara de Wes en reposo tenía cierto aire burlón, y él lo
sabía, por eso siempre procuraba salpicar sus comentarios de palabras de
gratitud y sinceridad inequívocas.
Delaney se volvió hacia Carlo y Shireen.
—Espero que no os importe, pero he pedido a Wes, un viejo amigo mío,
que estuviera hoy a nuestra disposición.
Shireen adoptó una expresión de duda y Carlo desplegó una mueca de
contrariedad.
—De acuerdo —accedió por fin—. Hola, Wes. ¿Cómo estás?
Delaney se volvió hacia Wes. Hasta ese momento había supuesto que
estaba en su cocina, pero ahora veía nítidamente el contorno de la cisterna de
un inodoro. Estaba sentado en el váter. Esa era su idea de una broma.
—Wes, ¿nos oyes? —preguntó Delaney.
—Os oigo —contestó él, y añadió—: ¡Muchas gracias por permitirme
estar con vosotros!
—¿No crees que a lo mejor estarías más cómodo en otro sitio? —dijo
Delaney—. Intuyo que la conexión sería más estable en otra habitación.
—No, aquí es superestable. Potente, de hecho —aseguró—. ¿Todo bien
por ahí? —preguntó. Idiota, pensó Delaney. Había prometido expresamente
no hacer ese chiste.
Cruzaron unas cuantas palabras de cortesía más, y finalmente Delaney
introdujo un código en su tableta. Al instante un marco digital, con iconos
incorporados, encuadró el rostro de Wes.
—Cuéntame cómo te ha ido el día, Wes —pidió Delaney.
Wes empezó a hablar y contó lo que era uno de sus días corrientes, lleno
de calamidades y situaciones sociales bochornosas, mientras Delaney
intercalaba murmullos de comprensión y planteaba oportunas preguntas de
seguimiento. Cuando ella hablaba, los iconos, dieciséis en total, aparecían en
el marco, justo por debajo del mentón de Wes, y empezaban a parpadear
activamente.
—Como veis —señaló Delaney—, mientras hablamos, nuestra IA analiza
la expresión facial, el contacto visual y las entonaciones de Wes. Me consta que la detección de emociones es uno de los grandes intereses de El Todo en
estos momentos. Obviamente, esa tecnología ya existe y mejorará aún más.
Nueve de los dieciséis indicadores situados bajo el mentón de Wes
estaban en verde, siete en rojo.
—Parece que Wes dice la verdad, como podéis ver aquí —dijo Delaney,
señalando el primer indicador verde—. Aquí, en cambio, este sensor facial
aparece en rojo, lo que revela que está tenso. Si estuviera relajado, este
indicador saldría en verde. El resto de los sensores detectan aspectos como la
franqueza, el humor, la sinceridad y la cordialidad. Wes siempre ha sido muy
gracioso, cosa que refleja, como veis, el sensor del humor.
—Uau —dijo Shireen.
—Entretanto —prosiguió Delaney—, nuestra conversación se está
transcribiendo y unos algoritmos analizan el texto, examinando las palabras
utilizadas en busca de elementos clave y expresiones que se utilizan
comúnmente entre auténticos amigos. Así que tenemos la grabación facial,
que analiza indicadores superficiales, y el texto, que se está examinando.
Además, esas dos mediciones se combinan con las constantes vitales de Wes,
el ritmo cardíaco, la tensión arterial y los niveles de glucosa, que
naturalmente se monitorizan por medio de su óvalo.
Shireen y Carlo asintieron muy serios. Lo mejor que podía hacerse, como
Delaney sabía, era incluir la tecnología de El Todo en la suya propia, dando a
entender que no pretendía sustituir la de ellos sino incorporarla.
—Aquí, al pie, podéis ver algunos de los valores totales obtenidos. Hasta
el momento la conversación recibe una puntuación de 86,2, que es aceptable,
y refleja, creo, el hecho de que Wes y yo mantenemos una amistad sin
complicaciones. Cualquier cifra por encima de ochenta indica una amistad
auténtica. Por encima de noventa, es extraordinaria.
—¿Y Wes ve esos mismos números en su pantalla? —preguntó Carlo.
—Para esta demostración, sí —respondió Delaney—. Pero en
determinadas situaciones preferiríamos que los datos fueran en una sola
dirección. Por ejemplo, en el caso de que yo no estuviera segura de si Wes era
sincero sobre un asunto en particular, o si no tuviera la certeza de que él era
en general un auténtico amigo, podría programar la tecnología para que me
facilitara las mediciones solo a mí.
—Me encanta —dijo Shireen con los ojos muy abiertos.
—En este caso —continuó Delaney—, al final de la conversación, los dos
tenemos una puntuación y una evaluación general de la calidad de la
interacción. Por supuesto, esta interacción entra en una carpeta más amplia que incluye todas mis charlas con Wes, y todas nuestras interacciones se
agrupan y evalúan en su conjunto. Los sociólogos que estudian la amistad —
añadió Delaney, inventándose los datos estadísticos— han establecido que
una persona pasa entre 92 y 98 horas de calidad al trimestre con un amigo
genuino, así que esa referencia se incorpora al cálculo. Naturalmente, los
usuarios pueden comprobar cuáles son sus horas de calidad totales.
—Asombroso —dijo Shireen.
—¿Y esa es una app real ya en funcionamiento? —preguntó Carlo.
—No, no —respondió Delaney—. Nada de esto es real todavía. De
momento los números que veis en la pantalla son inventados. Pero esta
tecnología existe ya en su mayor parte. Está a nuestra disposición, al alcance
de la mano, de hecho. Lo que pasa es que no se ha usado conjuntamente. Yo
no soy ingeniera, como sabéis. Y, para seros franca, me encantaría verla
hacerse realidad aquí en El Todo.
—Increíble —dijo Carlo—. ¿Y quién te ha ayudado con la programación?
—Bueno, no es exactamente programación, pero Wes me ha ayudado, sí.
—Wes, ¿sigues ahí? —preguntó Carlo.
—Aquí sigo —contestó Wes.
—Buen trabajo —elogió Carlo—. Es elegante.
—¿Elegante? —repitió Wes, al parecer sinceramente conmovido con la
palabra. Se había llevado la palma de la mano al pecho—. Gracias.
—Gracias a ti —dijeron Carlo y Shireen al unísono. Enseguida cruzaron
una mirada de confusión y bochorno, y tal vez, pensó Delaney, de cierta
tensión sexual latente. Era mucho lo que ocurría entre ellos.
—De nada —contestó Wes, y acto seguido desconectó.
Carlo encendió las luces y consultó la hora.
—Lamento ser la aguafiestas —intervino Shireen—, pero hace unos años
una empresa intentó lanzar una app, People, creo que se llamaba, quizá con
«ee» en lugar de «eo», y su finalidad era clasificar a otros humanos, de la
misma manera que clasificarías un hotel o al conductor de un coche
compartido. Por la razón que fuera, a muchos usuarios y comentaristas les
pareció excesivo. Los creadores no despertaron muchas simpatías y la app no
llegó a lanzarse. Me pregunto cómo eludirías esas… —Se interrumpió para
buscar la palabra más neutra. Optó por—: Sensibilidades.
Carlo dirigió una mirada suplicante a Shireen, como si temiera que
pudiese poner en peligro lo que, por lo demás, había sido una entrevista ideal
con una candidata que estaba ofreciendo a la empresa un magnífico premio.
—Es una buena pregunta —contestó Delaney—. Y he pensado bastante al
respecto. En primer lugar diré que hoy día ya es aceptable clasificar a muy
diversas personas. Clasificamos a los conductores, los policías, los jueces, los
contratistas, los médicos, los fontaneros, los profesores, los cocineros, los
camareros, los vecinos y, por supuesto, los funcionarios públicos… ¿Qué
ocupación no cuenta con algún sistema de clasificación?
Carlo y Shireen se encogieron de hombros en un gesto de vigorosa
conformidad, aunque Carlo se resistía, de momento, a mirar a Shireen.
—A principios de este siglo —continuó Delaney—, la gente empezó a
pensar que era correcto medirse mutuamente por medio de valores numéricos.
¿Por qué? Porque los números son inherentemente imparciales, mientras que
los humanos son inherentemente parciales. Todos reconocemos, diría yo, que
lo único peor que verse medido es no verse medido, ¿no?
Shireen soltó una sonora risotada, casi un chillido. A Carlo parecía
vibrarle la cabeza de exasperación. Delaney sonrió a los dos para crear la
sensación de que todos compartían la misma opinión y encubrir así la tensión
interpersonal entre ellos.
—En el caso de Peeple… tienes razón, ese era el nombre, con dos es…
pedían una evaluación que era tanto pública como estática —aclaró Delaney
—. El aspecto público era un problema, por supuesto. Reducía a un ser
humano a un número, que es algo que, como bien sé, vosotros no
respaldaríais aquí en El Todo.
Carlo asintió lentamente con la cabeza, cerrando los ojos por un instante
para poner de relieve lo mucho que valoraba la amable explicación de
Delaney a Shireen de un hecho que, para él, era evidente.
—En el caso de mi app —prosiguió Delaney—, hablamos de un sistema
fluido, siempre maleable, ultrasensible a toda aportación y todo esfuerzo.
Puede cambiar a diario, siempre y cuando el usuario esté atento a ella. La
segunda diferencia, y la más importante, es que, mientras esa app anterior,
mal enfocada, pretendía clasificar a desconocidos, esta se centra
exclusivamente en los amigos.
—¡Ah! —exclamó Shireen, viendo eso como una confirmación de sus
argumentos. Gracias a su integridad, había sido necesaria una aclaración
esencial.
Delaney preparaba el terreno para la alocución final, su parte preferida;
tenía previsto concluir la presentación con una declaración tan retorcida que
estaba a punto de causarle una hemorragia interna. Apoyó las palmas de las manos en la mesa e intentó en vano exhibir cierto grado de humedad en sus
ojos.
—La amistad, para ser algo tan importante en nuestras vidas, se examina
poco y no se estudia lo suficiente, por desgracia. Creo que nos merecemos
algo mejor. Si valoramos la amistad tanto como decimos, tomémonosla en
serio. Pensad que bastaría con que aplicáramos a nuestras amistades las
mediciones adecuadas para que fueran mucho más genuinas y auténticas.
Carlo no dijo nada. Shireen no dijo nada, pero parecía a punto de estallar.
Delaney se preguntó si se había excedido. ¿Era demasiado absurdo?
Cualquier persona razonable la denunciaría a la policía.
Después del más largo y teatral de los silencios, la luz interior de Shireen
volvió a brillar.
—Yo la usaría a diario —dijo. Se tensaron las venas de su cuello—.
Todos los días.
—¿Le has puesto nombre? —preguntó Carlo.
—Bueno, estoy barajando ColeGenu y AutentiAmigo —dijo Delaney, y
supo de inmediato que lo correcto era pedirles su opinión—. ¿Vosotros qué
pensáis?
—ColeGenu es más positivo —señaló Shireen.
—Pero AutentiAmigo es más proactivo, ¿no? —reflexionó Carlo mirando
pensativamente a Shireen, a quien a todas luces había perdonado—. Induce a
pensar en una acción que se ha de realizar. En el sentido de « Necesito
autentificar a un amigo».
—Exacto, exacto —dijo Shireen.
Carlo desplegó una sonrisa radiante, convencido al parecer de que el
nombre se le había ocurrido a él, y quizá también la app.
Shireen miraba por la ventana, donde se veía un pelícano descarriado que
volaba a baja altura sobre el agua, tan estable como un bombardero.
—A mí me sigue gustando ColeGenu —dijo.