El Todo
III. Te imagino haciendo tapices
III
—Soy incapaz —dijo Delaney.
—¿Por qué? —preguntó Wes—. ¿Porque su mujer murió?
—Sí. Entre otras cosas.
—¿Te ha preguntado si practicabas remo?
Esa era una pregunta que le hacían a menudo. Debía de tener que ver con
su estatura, sus hombros. Le preguntaban si practicaba el remo, el vóleibol, a
veces el baloncesto. Le pasaba al menos diez centímetros a Wes, hecho que a
él no parecía importarle, ni cruzársele siquiera por la cabeza. Nunca lo había
mencionado.
—No —respondió Delaney—. Es solo que era un hombre normal. Una
persona normal. Eso no me lo esperaba.
—Habíamos hablado de esa eventualidad. La posibilidad de que te cayera
bien alguien de allí —dijo Wes—. ¿Estás vestida?
Wes Makazian estaba ante la puerta, enjuto, anguloso y patizambo, y con
aquel cabello suyo de un color arena polvoriento —semejante a una planta
rodadora— recordaba a un cuatrero del siglo XIX. Tenía los ojos pequeños y
brillantes, la boca y los dientes de un tamaño cómicamente desproporcionado;
cuando sonreía, parecía una ballena diminuta pero feliz.
—¿Ves? —dijo—. Yo estoy vestido.
En la vida en general, Wes prefería no ponerse pantalones largos, ni
calzado, y vestía casi todos los días —semanas— un pantalón corto de los
Utah Jazz, equipo por el que no sentía el menor apego, ceñido con cordón.
También había encontrado una camiseta que le gustaba, con la cara de Olof
Palme, el dirigente sueco asesinado, y como la cara del difunto disimulaba su
barriga de bebé, compró ocho, y rara vez se lo veía con otra prenda.
—¿Hace frío fuera? —preguntó Delaney.
—Hace frío fuera —repitió Wes. Llevaba una sudadera con capucha
debajo de la camiseta de Palme. Wes, y Olof, se volvieron hacia el perro—.
Vive a un paso de Ocean Beach y pregunta si hace frío.
Huracán, el perro de mediana edad de Wes, miró a Delaney con expresión
suplicante. Delaney podía prepararse en cuestión de minutos, pero Wes y
Huracán no sabían lo que era no estar preparados. Delaney cogió un suéter y
se lo puso.
—Por favor, prescinde de las zapatillas —dijo Wes.
Viéndola atarse los cordones, Wes experimentaba una creciente
pesadumbre, y Huracán más aún. Cuando empezaba, Wes se volvía de
espaldas y Huracán brincaba en círculos, repiqueteando sus uñas como
zapatos de claqué en los suelos de madera blanqueados.
—¿Y por qué no unas sandalias? —preguntó—. ¿O velcro?
Delaney renunció al doble nudo que normalmente hacía en cada zapatilla.
—¿Contento? —dijo.
Cerraron la puerta y pasaron por delante de la ventana de la casa principal.
La madre de Wes, Gwen, estaba en la cocina, ocupándose de la declaración
de renta de alguien. No alzó la vista.
Wes y Delaney vivían a orillas del Pacífico, en un pequeño anexo en el
jardín que llamaban Cobertizo del Mar. El Área de la Bahía se había
convertido en un lugar ridículamente inasequible, donde los caseros
proponían alquileres exorbitantes, casi siempre aceptados por nuevos ricos
ingenuos. Pero aquí y allá se encontraban aún vestigios del antiguo San
Francisco: algún que otro desván, garajes transformados, cabañas barridas por
el viento en los jardines de hippies ya entrados en años que se negaban a
desplumar a inquilinos jóvenes. Delaney había encontrado uno de esos sitios
en lo más hondo del barrio de Outer Sunset, cerca del Doelger Fish Co, cuyo
olor a pescado llegaba claramente. La cabaña incluía los muebles, una
lavadora-secadora, y un hombre de treinta y seis años que se llamaba Wes. La
casa principal era propiedad de la madre de Wes y su esposa, Ursula. «Vivo
con mis madres», la informó él antes de que ella se mudara allí, frase que le
había oído pronunciar un centenar de veces desde entonces.
Cuando llegaban al punto donde el camino de acceso confluía con la calle,
Gwen les hizo una seña desde la puerta principal.
—Limonada, por favor —gritó.
Un vendedor de limonada casera se había instalado recientemente cerca
de la playa. Pronto lo echarían los funcionarios de sanidad, pero entretanto las
madres siempre pedían a Wes que les trajera un poco. Gwen saludó a Delaney
con un gesto.
—No hagas caso —dijo Wes.
—¡Hola, Gwen! —saludó Delaney.
—Sigue adelante —instó Wes—. Nos tendrá aquí una hora. ¡Hola, mamá!
Delaney se llevaba de maravilla con Gwen y Ursula, pero estas no sabían
qué pensar de ella. Permanecían alertas a las narrativas invisibles, y por tanto
tendían a poner en duda que su relación con Wes fuese casta. Asentían
resueltamente cuando se les decía que ella y Wes eran solo amigos, pero
creían otra cosa. Confiaban en pocas personas, y en sistemas menos aún. Por
eso vivían en una casa troglo, y por eso Gwen veía su trabajo de gestora
tributaria como una protesta social; sus clientes pagaban todos lo que en
justicia les correspondía.
Apareció Rose, la cartera. Delaney la saludó y siguió adelante; sabía que
Rose y Gwen se olvidarían por completo del correo y hablarían de sus
jardines. Eso, esa charla superflua en horas de trabajo, era una de las cosas —
entre muchas otras— que sacaban de quicio a los antitroglos. La ineficiencia,
la opacidad, el despilfarro. Para ellos nada era mayor despilfarro ni tenía
menos sentido que la oficina de correos. Todo ese papel. Todo ese dinero
perdido, tantas decenas de miles de empleos, furgonetas, aviones, árboles
muertos, carbono innecesarios. Después de eliminar el uso del dinero físico, y
de todo el papel y los productos de papel (hasta la fecha había comprado una
docena de fábricas papeleras, solo para cerrarlas), Mae Holland había
asumido la misión de poner fin al servicio de correos, la vaca sagrada de todo
lo troglo.
«Troglo» era un término con connotaciones subjetivas. Considerado
inicialmente un insulto contra los escépticos de la tecnología, esos mismos
escépticos reivindicaron la palabra y comenzaron a lucirla con orgullo, hasta
que pronto todos los bandos aplicaban ya el término a cualquier cosa que se
opusiera a la invasión tecnológica. El Cobertizo del Mar no contenía
dispositivos inteligentes; no había nada conectado permanentemente (o
fácilmente) a internet. Podían optar por acceder vía satélite, pero solo con una
atención obsesiva a la seguridad y el anonimato. Esa forma de vida era cada
vez más infrecuente y mucho más cara. El coste de los seguros para los
hogares troglo era siempre más alto, y la lucha por ilegalizar totalmente las
viviendas troglo entraba ya en su segunda década. Aduciendo una retahíla de
peligros, El Todo había presionado hasta conseguir que alojar niños en
hogares troglo fuera ilegal; se preveía que pronto esa ley abarcara a todas las
personas y todas las viviendas. Los vecinos, al menos la mayoría, sentían
recelo, actitud fomentada por El Todo. La empresa había adquirido una serie
de aplicaciones por medio de las cuales los vecinos podían compartir chismes
y temores, y los algoritmos de las aplicaciones exageraban todos los comentarios que ponían en tela de juicio lo que podía estar ocurriendo en esos
hogares desconectados. Aun así, en la mayoría de las ciudades había barrios
que resistían; el de San Francisco se conocía como TrogloTown, y El Todo se
aseguraba de que se lo percibiera como un antro de inmundicia, delincuencia
y malas cañerías.
Delaney y Wes estaban ya en la Cuadragésima Primera Avenida, allí
donde la calle se curvaba hacia el mar. Huracán tiraba de la correa.
—No sé en qué estaba yo pensando. No soy una espía —dijo Delaney—.
No tengo formación para estas cosas.
—¿Formación? —preguntó Wes—. ¿Qué formación podría prepararte
para algo así?
Wes era un elemento poco común pero no sin precedentes, un
programador de talento que vivía sin conexión: un tecnotroglo. Y como había
vivido en el aislamiento social buena parte de su vida, su visión del mundo
seguía siendo la de un adolescente con elevados principios: lo malo era malo,
lo bueno era bueno, la rebelión era inherentemente noble. Delaney tardó siete
meses en confiar en Wes lo suficiente para contarle sus planes, pero él lo
comprendió de inmediato y la animó a llevarlos a cabo.
—No puedo hacerlo —declaró Delaney—. Pensaba que sería capaz, pero
no lo soy.
Wes se detuvo. Huracán tiró con más determinación. Tenía siete años a
ojos humanos, ya con asomos de gris en el hocico, pero era un corredor,
siempre lo había sido, y galopar a toda velocidad por la arena húmeda y dura
cerca del mar era su mayor placer. Era un chucho, pero Wes —o cualquiera
que lo viese correr— no dudaba de que tenía sangre de galgo.
—A lo mejor podemos destruirla desde fuera —dijo Delaney.
Wes sonrió. Los ojos parecieron salírsele de las órbitas ante una súbita
inspiración.
—¡Claro que sí! —exclamó—. Enviaré una carta en un tono enérgico. Y
tú puedes plantarte frente a la verja con un piquete. A lo mejor alguno de
nosotros podría escribir una novela.
—Ya basta —atajó ella—. No puedo volver. El problema es la malicia. La
gente que trabaja allí carece de malicia.
—Pero colectivamente hacen daño —adujo Wes.
—Pero mi presencia allí se basaría en el engaño.
—Con el fin de salvar al mundo —aclaró Wes.
Satisfecho de sí mismo, reanudó la marcha, para gran alivio de Huracán,
que estaba al borde de la autoasfixia. En la playa, Wes soltó a Huracán y el perro apretó a correr, levantando arena a su paso. Corría durante una hora
larga, a diario, y si un día se quedaba sin su carrera, luego se lo veía nervioso,
inquieto, incluso imprevisible. Mordisqueaba cables y se comía las zapatillas
de Delaney y miraba anhelante a través de las persianas.
—Ya te han convocado para la segunda entrevista —dijo Wes—. Estás
medio dentro.
Eso no era verdad, y los dos lo sabían. Delaney contempló el mar. Las
olas se acercaban como un ejército de alegres madejas.
—Estaba planteándome hacer un curso de vela —comentó ella—. Y
aprender a usar un torno. Tuvimos dos pandemias, y no llegué a aprender a
usar un torno. ¡Podría ocuparme de un cine! El Alexandria sigue cerrado. O
hacer tapices. Me encantaría tejer un tapiz.
—Tapices —repitió Wes con la mirada en el mar—. Te imagino haciendo
tapices.
Cuando Huracán se cansó por fin, volvió al trote hasta Wes y se dejó caer
teatralmente a sus pies: era su forma de decir que estaba listo para irse a casa.
En la escalera que subía de la playa al paseo de cemento, encontraron a
una mujer con un cortavientos negro y brazaletes reflectantes, una especie de
mujer abejorro.
—Eh, gente —dijo—. Solo por asegurarme de que estáis al corriente de
los cambios en la política de playas con respecto a las mascotas. ¿Vuestro
perro lleva chip? —Alargando el cuello a izquierda y derecha, evaluó a
Huracán desde arriba—. Se lo preguntamos a todo el mundo.
—No lleva —contestó Wes, procurando controlar su irritación.
La mujer se mordió el labio inferior.
—En fin, a partir de la semana que viene todos los perros deben llevar
chip dentro de los límites urbanos. Por vuestra seguridad y la de ellos. Por si
se pierden.
—No se perderá —dijo Wes.
La mujer alzó la vista al cielo.
—La zona de la playa reservada a los perros con chip será la que
delimitan esos dos indicadores que veis ahí. —Movió el brazo en dirección a
la playa, donde se había señalado un espacio no mayor que un garaje de dos
plazas—. Y el uso de la correa será obligatorio.
—Chips y correas —repitió Wes.
—Por vuestra seguridad y la de los demás que desean disfrutar de la playa
—aclaró la mujer.
Wes le lanzó una breve mirada de indignación y luego desvió la vista. La
mujer llevaba alrededor del cuello una cámara de alta resolución, a fin de
captar y dejar constancia de toda expresión ceñuda o palabra malsonante.
—Gracias —dijo, y siguieron adelante.
Cuando la mujer ya no los oía, Wes estalló.
—¡Qué puta mierda!
Ocean Beach era el último lugar de la ciudad, el último lugar en ochenta
kilómetros a la redonda, donde se permitía a los perros correr sueltos. Echó un
vistazo a Huracán, preocupado al parecer por el tono de Wes.
—Cuando yo era pequeño, aquí podían encenderse hogueras —bramó—.
Se podía surfear o pescar sin permiso. Se podía correr, nadar, follar, cualquier
cosa. ¿Por qué? ¡Porque este sitio es inmenso! Tiene unos ocho kilómetros de
largo. Hay espacio para todo. ¡Mierda!
Lejos de la costa, una lluvia marina enturbió el cielo por encima de los
Farallones.
—Tienes que liquidar a esa empresa —dijo—. En último extremo son los
causantes de esto. Liquida a El Todo, y tendremos una oportunidad.
Delaney no supo qué decir.
—Necesito distracción —dijo Wes.
Dejaron a Huracán en casa y fueron al Free Gold Watch, un salón recreativo
retro que estaba en Waller, a una manzana de Haight y a un paso de la lengua
de tierra donde acababa el Golden Gate Park. SIN CÁMARAS, rezaba el letrero
de la puerta. AQUÍ HAY TROGLOS. Dentro, seis o siete personas jugaban al
millón y a Centipede. Delaney nunca había logrado averiguar quién trabajaba
allí. Daba la impresión de que no había ningún encargado, y sin embargo el
local siempre estaba en funcionamiento y limpio. Wes introdujo una moneda
de veinticinco centavos en una máquina pequeña de Galaga.
—¿Quieres jugar? —preguntó.
Delaney se encogió de hombros. Wes echó una segunda moneda. Ella se
apoyó en la pared y, a través de un espejo, observó a un hombre con una
camiseta de Damned que jugaba una partida de tiro al blanco ambientada en
el Viejo Oeste.
Wes no tardó en morir y dejó su puesto a Delaney.
—¿Cómo está Pia? —preguntó ella.
Pia era la «novieta» de Wes. La expresión era de él: novieta. Vivía con
Wes cuando Delaney se instaló allí, y durante su primera semana juntos Delaney había encontrado a Pia brillante e ingeniosa. De niña, Delaney y
todas las chicas con las que ella creció querían ser biólogas marinas, y Pia era
una auténtica bióloga marina, que iba de una punta a otra del mundo en
función de las becas que recibía (actualmente estaba en Chile). Con el tiempo,
no obstante, Delaney vio con claridad que tanto Wes como Pia tenían la
impresión de que Pia era la mujer más atractiva del mundo. Delaney oía sus
anécdotas a diario, y la conclusión era que ningún humano podía conocer a
Pia Minsky-Newton sin enamorarse de Pia Minsky-Newton. Pia era una
mujer guapa, pero, para Pia y Wes, el cegador esplendor de su rostro era un
lastre constante. Su cabello, que tiraba a estropajoso, era, a ojos de Pia y Wes,
propio de un Kennedy, y su busto, que a Delaney le parecía de tamaño medio,
era, en opinión de ellos, una plataforma continental que suscitaba la
implacable lujuria de todo el mundo.
—Está bien —dijo Wes—, pero otro participante en el programa, un tal
Karl, prácticamente se ha abalanzado sobre ella. Le escribió una canción…
—¿Va a venir por Navidad?
—Creo que sí. Una semana. Es tu turno.
Wes cedió la máquina a Delaney, y la mataron de inmediato.
—Tienes que volver. Hacer una entrevista más —instó Wes.
—No puedo ser yo. No puedo ser espía. Ni siquiera me disfrazo en
Halloween.
—¿No tenías un exnovio infiltrado? ¿Aquel de las gafas de sol
fluorescentes que se dedicaba a la pesca y la caza? ¿Dirk?
—Derek. De sobra sabes que se llamaba Derek.
Derek, indiferente a las cuestiones de la moda pero profundamente
sincero, se había convertido en agente encubierto de los Servicios de Pesca y
Caza de Montana. Se presentaba como comprador de osos, alces y uapitís
fuera de temporada; era un trabajo sorprendentemente peligroso.
—¿Sabes cuál era, según él, la clave para mentir bajo presión? —dijo
Delaney—. Si te hacen una pregunta que requiere una mentira, y tú contestas
a esa misma pregunta, se darán cuenta, enseguida verán que mientes. Pero si
respondes a una pregunta distinta, una pregunta que formas en tu cabeza, todo
aquello que normalmente delata una mentira, los ojos, la boca, los músculos
faciales, no estará expresando la mentira. Estará al servicio de esa otra
pregunta a la que estás contestando, a la que serás capaz de contestar
sinceramente.
—Gracias por la molesta ensalada de palabras —dijo Wes—. No he
entendido nada. Pero me alegro por ti. Parece que tú si lo ves claro. Tienes una estrategia para mentir, así que eres la persona idónea.
—Pero no tengo nada que ofrecerles. Tú eres el programador. ¿Por qué no
lo haces tú? Yo sería tu ayudante.
Wes dejó que su nave fuese a la deriva contra un misil. Miró a Delaney
mientras la explosión retumbaba en la pantalla.
—Esto fue plan tuyo, Del. Llevas años planeándolo. No puedes dejar tu
sueño en mis manos así sin más. Los planes para el subterfugio y el
derrocamiento son intransferibles.
—Pero para ti sería muy fácil. Entras ahí, escribes algo… ¿cómo se
llama?
—Código.
—¿En serio? ¿Solo código? Vale. Escribes algo en código, vuelas ese sitio
desde dentro.
—Ese sitio no puede volarse con ningún código —dijo Wes—. Y tú lo
sabes. Eso es porque no se trata del código, ni del software, ni siquiera de las
personas que trabajan allí. La manera de poner fin a eso será algo que todavía
no se nos ha ocurrido, algo que descubrirás solo cuando estés dentro.
Wes adoptó otra vez una expresión ausente.
—Maldita sea, tengo hambre.
Fueron a un restaurante asiático sin nombre de Haight, otro tugurio troglo. Se
sentaron a la barra, donde comieron y observaron a Stever, el propietario,
limpiar los fogones bajo un letrero donde se leía: ESTAMOS OBLIGADOS A DECIR
A LOS CLIENTES QUE EN ESTE ESTABLECIMIENTO NO HAY CÁMARAS. COMA AQUÍ
BAJO SU PROPIA RESPONSABILIDAD. Stever se llamaba en realidad Steven Han,
pero una década atrás un vecino canoso de Haight-Ashbury con un gorro de
paje de terciopelo gastado había empezado a llamarlo Stever, y él adoptó el
nombre, pensando que el desenfado de este amortecía el dolor de sus sueños
postergados. Stever se había titulado en literatura rusa en Berkeley, y le
costaba creer que estuviera al frente del restaurante chino de sus padres.
Desahogaba sus frustraciones en el horno y los fogones; los limpiaba cada
hora y con grandes prejuicios.
—Stever, deberías tomártelo con calma —aconsejó Wes—. ¿Cuánto hace
desde la hernia? ¿Un mes?
Stever clavó la mirada en Wes.
Wes se quedó boquiabierto.
—Vaya, mierda. ¿Era eso un asunto privado?
Stever se recorrió los labios con la lengua; era un hábito suyo cuando la
ira le impedía hablar.
—Lo siento, tío —se disculpó Wes—. Dios mío. El cerebro. No me va…
me falla. Pero ese problema tuyo a Delaney le trae sin cuidado. Delaney, ¿te
interesa la hernia de Stever? —Se volvió hacia Delaney, que intentaba
recordar qué era una hernia—. Probablemente ni siquiera sabe qué es una
hernia. Stever, ¿adónde vas?
Había desaparecido en la trastienda.
—Tienes razón —dijo Delaney—. No puedes ser tú. Eres incapaz de
guardar un secreto. Sobre todo porque no recuerdas qué es lo que
supuestamente debes mantener en secreto.
Wes pareció satisfecho con esa evaluación, dado que lo absolvía de la
necesidad de dedicarse al espionaje.
—Ahora pienso que si al menos pudiera eliminar los emojis, ya me
bastaría —dijo Delaney.
—Hoy día hasta el secretario de Estado usa alguno que otro, ¿no? —
preguntó Wes—. Estaba celebrando el aniversario de la glasnost, y utilizó un
arcoíris danzante. En su cuenta oficial. Nuestra especie carece de dignidad.
No hay camino hacia la dignidad.
—Eso me recuerda una cosa —dijo Delaney.
—No —dijo Wes.
Durante años Delaney había cultivado un personaje en las redes sociales
con el fin de tener más probabilidades en su candidatura para un empleo en El
Todo. Le constaba que, incluso para acceder a la primera entrevista, habían
analizado todo lo que venía publicando en las redes desde su etapa en la
universidad. Durante sus años de retiro como guarda forestal tuvo que
desarrollar y mantener una identidad digital hiperactiva. Registraba
centenares de expresiones ceñudas y sonrisas a diario. Comentaba, valoraba y,
a lo largo del último año aproximadamente, se había dedicado a hacerse selfis
posando como Popeye el Marino.
—Otro Popeye no —dijo Wes.
—La gente publica al menos veinte al día —contestó ella—. Yo he
colgado once.
Wes dejó caer la cabeza sobre la barra.
Delaney no podía sacar a Wes en la foto, y Stever no permitía Popeyes en
el interior del local. Así que salió del restaurante y extrajo de su bolsillo la
pequeña pipa de mazorca. Se la encajó entre los dientes, la ladeó hacia arriba y a la izquierda, y se hizo un selfi. Se lo envió a sus 3209 seguidores y volvió
al bar.
—¿Cuántos has mandado, en total? —preguntó Wes.
—¿Desde el principio? ¿Hará unos seis meses? —Delaney consultó su
teléfono—. Cuatro mil doscientos noventa. Si se te pasa un día, te avisan.
La popularidad de los Popeyes había durado más de lo que Delaney
consideraba posible, superando con creces a sus predecesores: la plancha, el
cubo de agua helada, los codos en las orejas, el sombrero de copa, el
bajalenguas. Cada día durante seis meses, Delaney había enviado a sus
amigos y familiares unas veinte fotos en pose de Popeye, y ellos se las habían
devuelto. La empresa, El Todo, había iniciado la tendencia, concebida para
reunir datos sobre ubicaciones y examinar diversos puntos de datos sobre el
comportamiento humano, y mil millones de personas habían respondido
gustosamente, porque la diversión de tomarse fotos con una pipa de mazorca
entre los dientes era irresistible y, a su modesta manera, unía a las personas
del mundo.
—¿Listos? —preguntó Wes.
Cuando llegó el momento de pagar, Stever se inventó un número. No
tenía precios fijos, ni calculadora, ni consignaba los impuestos sobre las
ventas. Pagaron en efectivo —Stever no aceptaba otra cosa— y se fueron.
—Demos un paseo —propuso Wes—. Sin teléfonos.
Apagaron los móviles, retiraron las baterías, y Wes sacó una bolsa
magnética que había diseñado él mismo. Bloqueaba la entrada y salida de
señales. Echaron dentro sus teléfonos.
—¿Vamos por el sendero oscuro? —preguntó Delaney.
—Nos conviene —respondió Wes, y pasaron por debajo de un gran
letrero. ESTÁ USTED ENTRANDO EN UN CAMINO SIN CÁMARAS DE VIGILANCIA. LOS
CIUDADANOS QUE ELIGEN ESTE CAMINO ASUMEN LOS RIESGOS CORRESPONDIENTES.
DEPARTAMENTO DE POLICÍA DE SAN FRANCISCO. La ciudad tenía una red de
paseos y carreteras y senderos de ese tipo, lo que permitía más o menos cruzar
la ciudad a pie sin hallarse bajo la mirada de una cámara. Era una de las pocas
ciudades con espacios como ese, dado que invitaban a la delincuencia, y a la
sospecha de delincuencia.
Avanzaron en silencio hasta estar en la zona del parque más densamente
arbolada, rodeados por el olor a pinos mojados y charcos.
—Sé que debe de resultarte extraño e intenso —dijo Wes. Brincó para
tocar una rama que colgaba por encima de su cabeza, una de esas cosas
propias de él. Era un niño, y se vio recompensado por una ligera lluvia de rocío y pinocha—. Pero no vas a infiltrarte en la mafia. —Sacudió los
hombros como un perro—. Lo peor que puede pasar es que te despidan, ¿no?
El sendero terminaba en la Great Highway, donde volvieron a encender
sus teléfonos. Siguieron por el paseo marítimo, fijándose en un collar de
estrellas relucientes como el níquel por encima del mar.
—Mira esas estrellas —dijo Wes—. Me gustaría saber cómo se llaman. —
Esperó un momento—. Tú tampoco lo sabes.
—No —respondió Delaney.
—Uno de nosotros debería. ¿O no?
Delaney, tendida en su cama esa noche, contemplaba una nube en forma de
medio corazón a través de su pequeña ventana. Wes dormía en la habitación
contigua, separados los colchones de ambos por poco más que un tabique de
pladur. Lo oía acomodarse junto a Huracán: el revoltijo de sábanas, el
resoplido del edredón al elevarse en el aire y reasentarse sobre el hombre y el
perro.
—Buenas noches —dijo Wes desde el otro lado de la pared.
—Buenas noches —respondió Delaney, y supo cuáles serían las
siguientes palabras de Wes.
—Te quiero.
La primera vez que dijo eso, hacía un año y medio, a ella le había
parecido raro, irracional. Por entonces se conocían desde hacía solo seis
meses. El suyo era un amor fraternal, como ella bien sabía —Wes nunca
había insinuado nada más—, pero ¿por qué tenía que declarar ese amor? Ella
se quedó de una pieza la primera vez que él pronunció esas palabras a través
del tabique fino como un papel. En un acto reflejo contestó «Gracias», y
luego se pasó en vela media noche intentando encontrarle el sentido.
A la mañana siguiente, por propia iniciativa, Wes se lo explicó. Sus
madres, dijo, eran afectuosas, eran abnegadas, pero nunca usaban esas
palabras, palabras que a él le gustaban, especialmente a oscuras, antes de
dormirse. Le gustaba decirlas y le gustaba oírlas, añadió, y por eso de niño
empezó a decírselas a sí mismo, volviendo la cabeza a un lado y luego al otro:
«Te quiero / Yo también».
—Y es verdad que te quiero —dijo a Delaney—, así que te lo digo.
Le aseguró que no era necesario que ella se lo dijese, en vista de lo
infrecuente que era en su mundo (Delaney procedía de Idaho) que dos
amigos, dos compañeros de vivienda, se dijeran esas cosas. Pero Delaney descubrió que también ella quería oírlas. Las ansiaba, contaba con ellas,
pensaba durante el día en esas palabras inaceptables que él pronunciaría a
través del tabique por la noche.
—Te quiero —dijo él aquella primera noche.
—Gracias —dijo ella aquella noche y todas las noches posteriores.