El Todo

Dave Eggers · Capítulo 9 de 45

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El Todo

IX. Él la quiere, ella le da las gracias

IX

 

—¿Y por la tarde? —preguntó Wes. Estaba limándose una verruga en el

lado interior del enorme pulgar izquierdo. Era un ritual semanal, y una de las

razones por las que solo calzaba sandalias. No podía ponerse zapatos cerrados

corrientes.

—Y por la tarde —dijo Delaney— he escaneado los recuerdos

fotográficos de treinta y ocho personas, he pedido a un algoritmo que crease

pies para esas fotos, haciéndolas de algún modo más anónimas, y luego he

tirado esos cientos de fotos originales e insustituibles a un contenedor enorme

para que otra máquina las reciclara y convirtiera en pasta para presidios. Y

Winnie ha hecho eso mismo, solo que más despacio.

Wes asintió, evaluó su obra y siguió limando.

—Háblame de esa Winnie —dijo.

Winnie no era, señaló Delaney, la clase de ser sobrehumano de talla

mundial que uno esperaría entre los muros de El Todo, sino una mujer casada

y madre de tres hijos para quien un salario y un plan de asistencia sanitaria de

El Todo, y cuatro semanas de vacaciones, y la baja por maternidad, la baja

por paternidad, la baja por duelo, y un plan de ahorro para la universidad, y

dos semanas en unas colonias de verano para niños de todas las edades —

también gratuitas— era algo totalmente inaccesible en cualquier otro sitio.

—Al final hemos tenido que coordinar nuestros movimientos —dijo

Delaney.

—No entiendo —dijo Wes, y luego fijó la mirada en la pared durante un

largo segundo—. Ah, un momento. Ya sé. La empresa utiliza sensores de

movimiento para medir el ritmo al que trabajáis. ¿Hay un capataz o algo así

en ese departamento? ¿Un supervisor?

Delaney no se había parado a pensar en eso, pero de pronto cayó en la

cuenta de que en Pensamientos No Cosas nadie ocupaba ese puesto.

—Eso significa que la IA se encarga de la supervisión —dedujo Wes—. Y

supongo que los empleados lo prefieren así. Es algo objetivo y puede manipularse. Saben a qué atenerse en todo momento. ¿Y te ha pedido Winnie

que vayas más despacio?

—Decía cosas como «Ve con cuidado» y «Procura no equivocarte». Pero

yo no lo captaba. Al final ha escrito «Por favor, ve más despacio» en el

interior de un vestido de novia viejo que iba camino del fuego.

—¿En el departamento hay alguien que vaya más deprisa que tú?

—Nadie. Cuando he entendido la nota de Winnie, he mirado alrededor y

he visto que prácticamente todos se movían al mismo ritmo.

—Claro. Esa es la única solución. La IA los compara a todos entre sí. Un

trabajador más rápido fijaría nuevas expectativas y echaría a rodar el sistema.

Pero si todos mantienen las mismas pautas generales, nadie se da cuenta.

—Trabajamos muy despacio —dijo Delaney—. Es irreal.

—Al menos han engañado a la tecnología. Eso hay que respetarlo. ¿Así

que muy lentamente has convertido en pasta las fotos y objetos más preciados

de la gente?

—Me refería a las fotos. Con los demás objetos, hacemos un escáner en

3D y luego los dejamos en las cintas transportadoras, y las cintas los echan a

unos vagones de tren, que parten hacia la incineradora. Por lo visto está en

Fremont, en la antigua fábrica de Tesla.

—¿Y qué has escaneado exactamente? —preguntó Wes.

Delaney intentó recordar los otros objetos que había escaneado y enviado

a su destino final. Un par de sombreros de vaquero. Un maletín médico

antiguo de piel de caimán. Una complicada cometa cúbica revestida de seda

en tiras. Las obras completas de Nat King Cole en vinilo. Quizá un centenar

de cartas, en su mayoría escritas a mano y en los sobres originales. Por los

primeros objetos, Delaney había sentido cierta tristeza, consciente de que ella

sería la última persona que tocara esas cosas en otro tiempo tan preciadas. Al

cabo de una hora, sin embargo, ya no sentía nada. Había demasiadas cosas en

el mundo, demasiadas para preocuparse por ninguna de ellas en particular.

—¿Podemos ver tu panel de resultados para el día de hoy? —preguntó

Wes.

—No —dijo Delaney.

Wes le quitó la tableta del trabajo.

—Demasiado tarde. Bien, en total, un 86 —dijo—. ¿Eso es una buena

puntuación?

Delaney no quería preocuparse, pero se preocupaba.

—Un 86 parece poco —dijo él.

Ella fijó la mirada en el techo. De vez en cuando aparecían lagartos en su

techo. Esa noche no había ninguno.

—Seis QueAnons —comentó él—. Eso son quejas anónimas de

compañeros de trabajo, supongo. ¿Cómo es posible que tengas ya seis quejas?

¿Qué has hecho?

Delaney no tenía la menor idea.

—En su mayoría son códigos concretos —dijo Wes—. Tienes tres onces.

¿A qué corresponde el once? Ah, aquí sale. «Falta de conciencia

interpersonal». Tienes un ocho también, que significa que has incomodado a

un compañero de trabajo. Un momento. Tienes dos ochos. Pone que son

«minimoles». ¿Eso quiere decir minimolestias? Seguro que sí. También dice

que has rellenado tarde las Encuestas de Satisfacción en Encuentros

Personales para unas cuantas personas. ESEP. Deberías enmendarte en eso.

Parece que Kiki necesita una. Y Taavi, Winnie… ¿Delaney? ¿Me escuchas?

¿Estás produciendo en cantidad?

Delaney producía en cantidad. También en casa producir en cantidad era

una obligación: la tarea sisífica de publicar, de mandar sonrisas, guiños,

expresiones ceñudas, arcoíris, de enviar y recibir Popeyes, de comprar y fingir

estar de compras, y de ver microvídeos de personas resbalando en hierba

mojada o cayéndose de una montaña. Para parecer normal en el entorno de El

Todo, tenía que producir en cantidad. Una amiga de la universidad que vivía

en Bali le envió un Popeye; llevaba un biquini blanco, y la rodeaba un mar

azul celeste. Delaney mandó una sonrisa. Una prima de Seattle le envió una

petición de microfinanciación; estaba poniendo en marcha lo que ella llamaba

una bodega digital. Delaney le transfirió veinte dólares y, a cambio, recibió

una estrella pulsátil. Su madre le mandó un samarojo de una vecina que

dejaba su cubo de basura reciclada en el bordillo de la acera toda la semana;

Delaney le envió un doble samarojo acompañado de un emoji de rostro

severo.

—Adelante —dijo—. Te escucho.

—Este panel incluye al menos un centenar de datos de salud —señaló

Wes—. ¿Sabías que tu ritmo cardíaco ha alcanzado el máximo a las 10.32?

—De eso me acuerdo —dijo Delaney.

—¿Quieres conocer tu ventilación por minuto?

—Por supuesto —contestó ella.

—¿Sabes lo que es la ventilación por minuto?

—Bueno, sí —respondió ella—. Llevo todo el día pensando en eso.

—No lo sabes. Es la cantidad de aire que se respira en un período de

sesenta segundos. Lo ideal es desplazar un volumen de aire de alrededor de

seis o siete litros al minuto. ¿Sabes cuál ha sido hoy tu media?

—No. Sí. ¿Cincuenta?

—Seis coma uno. No sé si eso es bueno.

—Seguro que sí —dijo ella—. Parece lo ideal.

Pidieron a Delaney una expresión ceñuda por el reciente encarcelamiento

de un disidente tunecino, así que envió una expresión ceñuda. Nike vendía

mallas de oferta; envió una sonrisa. Llegó otro Popeye, este de su madre

desde Idaho. Delaney encontró un emoji de Lisa Simpson con los ojos

desorbitados y se lo envió. En respuesta, su madre le mandó un gif de unos

fuegos artificiales que formaban un arcoíris al estallar. Delaney se había

suscrito hacía tiempo a un servicio de vídeo de accidentes de tráfico rusos;

llegó un vídeo nuevo de una colisión múltiple en las afueras de Minsk. Lo vio

a cámara rápida y envió una sonrisa y una expresión ceñuda. Una amiga de

Chicago le mandaba con regularidad vídeos cortos de sus gatos defecando

proyectiles; Delaney vio el último: el gato parecía quedarse muy a gusto

después de evacuar. Delaney envió a su amiga el mismo arcoíris de fuegos

artificiales que su madre le había enviado a ella.

—¿Sabías que puedes ver tu día en el trabajo? —preguntó Wes—. Mira.

—Ya había descargado las imágenes. Se veía a Delaney desde doce ángulos

distintos dispuestos en una cuadrícula—. Ah, mira, aquí salís Winnie y tú

haciendo ejercicio. ¿Estáis simulando que os pasáis un balón medicinal? Eso

tiene gracia. Y ahora camináis sobre el terreno. ¡Mírate! ¡Qué elevación de

rodilla!

Delaney alargó el brazo y cerró la ventana. Wes abrió otra hoja de cálculo.

—Aquí sale todo —dijo—. Incluye una lista de las empresas que El Todo

ha comprado esta semana. «¡Damos la bienvenida a los nuevos miembros de

nuestra familia!», dice. ¿Sabes que Apple antes adquiría una empresa cada

semana? El Todo lo ha duplicado. Según esto, acaban de comprar una

papelera canadiense. Me pregunto para qué.

—Para cerrarla —contestó Delaney.

—Exacto. Esa debe de ser también la razón de la compra de Carter

Plastics. También han incorporado a un fabricante de dirigibles. Eso me

gusta. Eso habrá sido cosa de Bailey. Uf, han comprado Maersk, la naviera.

¿Y has recibido este mensaje de tus padres? Me han incluido a mí en copia.

«¡Bienvenidos a El Todo! ¡Ahora toda la familia forma parte de la familia!».

¿Qué significa eso?

—Trabajan para FolkFoods.

—Dios mío. ¡Trabajáis todos para la misma empresa! Eso es verdadera

depravación. ¿Cómo no he atado cabos?

Delaney ignoraba la razón. A menudo las diferencias entre lo evidente y

lo que Wes veía resultaban desconcertantes.

—¿Cuándo compraron Nestlé? —preguntó—. Eso se me debió pasar. ¿Te

enteraste de lo de Pillo, la empresa de venta de medicamentos con receta por

correo? Esa se la apropiaron por veintidós mil millones. No me escuchas.

—Sí te escucho.

—Esto es raro. También han comprado una empresa que enseña a la IA a

leer los labios. Eso ha pasado de verdad. En la vida real. ¿Qué? ¿Quieres oír

más sobre tu jornada y tus carencias?

—Ya sabes que sí.

—Registran los minutos que pasas sentada, los minutos que pasas de pie,

las palabras que dices. Un momento, ¿los minutos de Risa? Dice aquí que

estás por debajo de la media en minutos de Risa. Ponen en mayúscula la R

pero no la M.

—Eso me recuerda una cosa —dijo Delaney. Fue al feed de un conocido

suyo de la universidad, en otro tiempo humorista, que acababa de anunciar

que iba a hacer un corto sobre la propagación de la desinformación en línea.

En el anuncio, escribía mal «desinformación», «Comisión Federal de

Comunicaciones» y su propio nombre. Delaney le envió una sonrisa y veinte

dólares.

—También has recibido un SdT. Sequedad de Tono —continuó Wes—. A

las 15.32. ¿Con quién has estado seca a las 15.32?

Tenía que ser Winnie. Por la tarde no había hablado con nadie más.

Winnie le había pedido a Delaney que viera un vídeo de su hijo —¿Fabian, se

llamaba?— atrapando un balón durante la clase de gimnasia. En ese momento

Delaney levantaba un busto de mármol para escanearlo antes de la

incineración, y mientras lo descargaba sobre el cristal, con un gruñido, había

dicho «Un segundo».

Winnie no había hecho el menor comentario al respecto, y cuando

Delaney terminó de enviar el busto a su destino final, miró el vídeo de fútbol

y expresó asombro por la jugada de Fabian. Pero Winnie había dejado

constancia de la queja igualmente.

Wes miró la pantalla con los ojos entornados.

—Dice: «Entiendo que en ese momento ella estaba en una situación de

estrés, pero eso des-elevó mis sentimientos». ¿Sabías que has des-elevado a Winnie a las 15.32?

Delaney se golpeó con un cojín y a continuación se tapó la cara con este y

ahogó un grito.

—Supongo que estas quejas son obligatorias —comentó Wes—. La IA

identifica lo que debe ser el promedio, así que Winnie solo pretendía cubrir su

cuota. De lo contrario recibiría un aviso de anomalía. Sí, acabo de consultar

tus propias QueAnons. A ese respecto estás por debajo de la media. ¿Has

presentado alguna QueAnon hoy?

—No sabía que tenía que hacerlo —dijo Delaney.

—Parece que su previsión es de doce. Encuentra a diario doce detalles que

te molesten de tus compañeros de trabajo, e irás bien.

Delaney estaba agotada. Se puso en pie, dio dos pasos hasta la puerta que

comunicaba su habitación con la de Wes y se volvió hacia él.

—¿Qué crees, pues? ¿Encontraré una forma de echar abajo esa empresa a

la vez que incinero fotos y vestidos de novia de desconocidos?

—Creo que vas por el buen camino.

Delaney cerró la puerta y se desplomó en la cama, aturdida después de

aquel día. Oía teclear a Wes al otro lado del tabique de pladur.

—Tienes otra QueAnon —dijo—. A las 23.03. Tu puntuación ha bajado a

84,6. Pero creo que ahí se quedará por esta noche.

—Para ya, por favor —suplicó ella.

Wes paró.

—¿Vas a dormirte? —preguntó.

—Lo intento —dijo Delaney.

Lo oyó acomodarse en compañía de Huracán, los dos rascándose y

empujándose, y por último se produjo el resoplido del edredón al alzarse en el

aire y reasentarse sobre perro y hombre.

—Buenas noches —se despidió él.

—Buenas noches —contestó Delaney.

—Te quiero —dijo él.

De lo más irracional, pensó Delaney. Sencillamente innecesario y raro.

—Gracias —respondió.