El Todo

Dave Eggers · Capítulo 28 de 45

Páginas del PDF

El Todo

XXVIII. Pretérito imperfecto

XXVIII

 

 

Delaney no lo entendía. Se pasó semanas anonadada y aturdida. En ES estaba

como sonámbula, oyendo los descomedidos elogios a Holstein, que había

conseguido acaparar todo el mérito por Friendy, aunque, una o dos veces,

mencionó las valiosas aportaciones de Wes. Un soleado sábado Delaney

recibió un mensaje de Wes: «Vayamos a ver a las madres. Quedemos en El

Toro».

Delaney tomó el BART hasta Mission District, y cuando llegó a la calle

Dieciséis encontró a Wes plantado en lo alto de la escalera mecánica. El

hecho de que la interceptara de ese modo, unido a su gran sombrero flexible

de ala ancha, dejó claro que la reunión con las madres había sido una

estratagema. Wes sonrió, la saludó apáticamente y le dio también a ella un

sombrero. El de ella estaba decorado con pequeñas anclas. En Mission, la

densidad de cámaras era media, pero Delaney entendió las precauciones de

Wes ante el riesgo de reconocimiento facial. Lo siguió en silencio y pronto

cayó en la cuenta de que la llevaba a TrogloTown.

TrogloTown estaba a solo dieciséis manzanas, pero era un retroceso

radical a lo que habían sido las ciudades en otro tiempo, o tal vez a lo que

nunca fueron. En realidad, Delaney no tenía ninguna referencia. Había

llegado a California hacía solo unos años, pero aquello, para ella, tenía toda la

apariencia de un pasado urbano mítico. En la valla exterior, bloqueando el

paso a un estrecho callejón, había una voluntaria troglo ya de cierta edad con

un chaleco blanco. Sin pronunciar palabra, Delaney y Wes desmontaron sus

teléfonos y se los entregaron. La voluntaria los guardó en una bolsa y los

metió en un casillero de pequeñas taquillas.

—Bienvenidos —dijo la voluntaria, que por fin sonrió—. Me llamo

Jackie. ¿Necesitáis indicaciones o ayuda? —Les ofreció un folleto toscamente

impreso que incluía un mapa en uno de sus lados.

—¿La oficina de correos? —preguntó Wes, y Jackie les dijo cómo llegar a

la esquina de la calle Dieciséis con Bryant, donde se hallaba la única oficina de correos de la ciudad situada en una zona troglo.

Recorrieron el callejón hasta que desembocó en un tumulto sensorial. El

hedor los asaltó en cuestión de segundos: una mezcla de basura caliente,

orina, heces, especias, barbacoas, sudor humano, tabaco. Se aglomeraba en

las calles un caótico revoltijo de hippies inadaptados, anarquistas, apóstatas y

excéntricos, y miles de personas que sencillamente no podían permitirse vivir

en ningún otro sitio. La mitad de los edificios de TrogloTown se había

convertido en viviendas sociales para personas de bajos ingresos, y se habían

improvisado habitáculos en vestíbulos, garajes y palomares. Abundaba la

densidad desorganizada. Pasó por su lado a toda prisa un perro callejero, que

se volvió por un instante como para evaluar la probabilidad de que le dieran

comida. Delaney se acercó al tenderete de una mujer que exponía libros en

rústica, artesanía batik y adornos hechos con purpurina.

—¿Te cambio lo que quieras por el sombrero? —propuso la mujer, y

Delaney rehusó el ofrecimiento.

—¡Satay! ¡Satay! —vociferaba un hombre lampiño que esgrimía pinchos

de pollo de un modo inconscientemente amenazador. Esas pequeñas lanzas de

madera eran los primeros objetos punzantes que Delaney veía desde hacía

meses.

—Perdón por andarme con tanto misterio. Aquí tienes —dijo Wes, y le

entregó uno de los característicos sobres de Agarwal. Delaney lo plegó y se lo

guardó en el bolsillo—. Necesitas un apartado de correos. Te reenviaremos la

correspondencia allí. Me parece poco prudente recibir tus cartas en el

Cobertizo.

Observaron a un hombre de unos treinta años pasar a toda velocidad en

bicicleta, sin casco, sin sujetar el manillar con las manos. Con el cabello

negro ondeando a sus espaldas, parecía el ser humano más libre de la Tierra.

—Siento lo de Friendy —añadió Wes—. Pensaba que sería un punto de

inflexión. No solo un precipicio, sino un abismo.

Delaney apenas lo oía. Una orquesta callejera tocaba «Rhapsody in Blue».

Lo hacía bien, muy bien, y nadie lo grababa. Ningún teléfono. Delaney

experimentó un espontáneo momento de pánico al tomar conciencia de que

ocurría algo que no quedaría registrado, que solo oirían unas cuantas docenas

de personas a corta distancia, y se perdería para siempre.

—¡Del! —exclamó Wes. Se hallaba a media manzana. Delaney lo

alcanzó.

—Quizá pueda comercializarse entre los niños —sugirió Delaney—. Esa

es la única manera de conseguir que se regule. Retocarla para que los niños la usen con sus padres.

—No lo has entendido —respondió Wes—. La mitad de los usuarios de

Friendy son niños. Sobre todo niñas. Los padres se quedan indiferentes

cuando las niñas la emprenden unas con otras a un nuevo nivel de ferocidad.

Es horroroso, Delaney. ¡Y los divorcios! No se dispone de una cifra exacta,

pero tienen que ser miles. En cuestión de semanas. Dentro de un año será la

principal herramienta de contratación para la mayoría de las empresas. Ya hay

apps que prometen mejorar tus puntuaciones de Friendy. Psicoterapeutas que

sostienen que pueden convertirte en una persona más digna de confianza. Un

cirujano estético de Dallas afirma que es capaz de crear una cara a prueba de

Friendy. Con una técnica que llama atenuado facial.

Delaney y Wes circundaron una escalera de mano. Desde el peldaño

superior, un hombre con una chaqueta acolchada examinaba el alero de un

viejo almacén. Algo llamó su atención. Extrajo una herramienta telescópica y

la hincó hacia arriba. Una pequeña cámara SeeChange se desprendió y cayó a

la acera. El hombre bajó de la escalera, la aplastó con un pie y recogió los

pedazos. Tendió un fragmento hacia Delaney.

—¿Un recuerdo? —preguntó.

Ella lo rehusó, y siguieron adelante. Pasaron frente a una hilera de

apartamentos construidos dentro de almacenes reconvertidos, de cuyas

ventanas de fabricación ilegal salían las contundentes notas de una línea de

bajo. De algún lugar más arriba, quizá un casetón en el tejado, les llegó una

discusión a gritos entre amantes de mediana edad. Pasó un hombre en zancos,

fumando un porro y riéndose a carcajadas. De pronto un par de yonquis

salieron de un callejón, asustados por los ladridos de un labrador furioso. A lo

lejos, alguien tiraba petardos. Pero en medio de todo ese bullicio de

TrogloTown, un sonido brillaba por su ausencia, o al menos Delaney y Wes

no lo oían: era el sonido de los niños. Estaba prohibido por ley que vivieran

niños en hogares troglo. Todos daban por supuesto que los había, que vivían

centenares en TrogloTown, pero aquel día eran invisibles.

—¿Y si Friendy —dijo Delaney— pudiera leer los mensajes de texto de

tus amigos y averiguar cuántas veces te mencionan? Eso sería…

—Ya se ha hecho —atajó Wes—. Entiéndelo: tienen a la gente más

capacitada del planeta trabajando en eso. Y la IA se reajusta hora a hora.

Utiliza toda la información disponible. El lenguaje corporal de los vídeos, las

fotos. Detecta detalles que uno es incapaz de controlar a nivel personal. No

puedes entrenarte como antes con los antiguos detectores de mentiras. Mide

indicadores de diminutos músculos de la cara cuyo movimiento es imposible reprimir. Y hay una nueva herramienta que mide no solo la verdad, sino el

grado de verdad. Dices algo, y la app asigna un valor numérico a tu

franqueza.

—¿Y qué dice Holstein?

—Está encantada. O sea, es la primera idea notable y rentable que ha

tenido la empresa desde hace años.

—¿Y qué pasa con Para+Mïra? ¿QedaosQïetos? —preguntó Delaney.

—Esas no dan dinero —dijo Wes—. En cambio Friendy… no veas. La

están monetizando de mil maneras, ni te imaginas. La Banda de los 40 está

haciendo de todo salvo extirparle el cerebro a Holstein para estudiarlo. ¿Te he

contado que me han llevado a algunas reuniones?

—¿De la Banda de los 40? —Delaney se quedó atónita, horrorizada.

—No es que sea miembro. Al menos de momento. Es interesante.

—¿Interesante? —Era como si Wes hubiese sido invitado al Consejo de

Seguridad de las Naciones Unidas y se comportase como si un vecino lo

hubiese animado a participar en un partido de fútbol fantasy.

—Debo reconocer que hay allí unos cuantos bichos raros con elevados

principios —prosiguió Wes—. Beneficio y pureza se mencionan

simultáneamente. Debe de venir de Mae. Esa idea de que todo lo oculto

perjudica a la humanidad y de paso al balance de la empresa. Ambos están

indisolublemente unidos. Así que Friendy viene a ser su herramienta

definitiva: saca a la luz los últimos pensamientos, motivos, opiniones

personales que permanecían ocultos. El software lo ve todo. Si dices que algo

te gusta, pero no te gusta, avisa. Al instante. ¿Y qué podrían decir los posibles

detractores? ¿Que debería haber más mentiras? ¿Más engaños? ¿Más

duplicidad? ¿Cómo defiendes nuestro derecho a mentir?

Delaney sintió náuseas.

—Yo pensaba que se vería como una tontería. Una de esas apps que

utilizan los adolescentes para ponerse narices graciosas unos a otros.

—Esto es otra depuración —dijo Wes—. Eso es lo que piensa la

dirección: que estos momentos son purificaciones necesarias. Que la mejora

de la especie, su perfectibilidad, solo es posible eliminando todas sus

fragilidades y anomalías. Y todo aquel que no se adapte será sacrificado. Se

suprime a los audaces o a los incautos, y la especie sigue adelante, solo que

más dócil. ¡Atrás!

Wes tiró de Delaney para obligarla a entrar en un callejón, donde se

agacharon detrás de un contenedor. Pasó con un zumbido un coche patrulla

sin conductor, diseñado para tareas de vigilancia. Ni siquiera los troglos más agresivos podían impedir que la policía enviase vehículos a los barrios y

fotografiase las caras, grabase las voces. La barredora avanzó lentamente y se

detuvo, cortando la salida del callejón. Delaney tapó la boca a Wes con la

mano. Un sensor instalado en el techo de la barredora giró por un momento, y

finalmente la máquina siguió adelante.

—Y no quieras saber lo que son los contratos con el gobierno —dijo Wes

—. Piensa en los usos que pueden darle la policía, el ejército. Los

interrogatorios. En serio, incluso unas simples negociaciones entre

diplomáticos. Piensa en todo eso sin ningún motivo ulterior, ni posibilidad de

engaño.

En una ventana por encima del contenedor, una pancarta escrita a mano

decía: ACABAD CON EL TODO, SALVAD A MUCHOS. Delaney miró con los ojos

entornados a través del cristal y creyó ver la silueta de una niña pequeña, de

no más de cinco años. Pero otra figura apareció y la apartó apresuradamente.

—Y hablando de eso, ¿te he contado mi teoría sobre Stenton? Se ha

confirmado, pero nadie dice nada al respecto. Se fue a Huawei para arruinarla.

Entró en la empresa e insistió en que debían hacer teléfonos más ligeros, más

baratos. Nadie los compraba, sus acciones se desplomaron, y los teléfonos de

El Todo dominan el mercado. Después, oportunamente, abandona Huawei y

vuelve a El Todo. Resulta tan diabólico que casi respeto a ese hombre.

Vamos.

Wes y ella se irguieron y se reincorporaron al desfile de personas.

Esquivaron a una mujer magnífica a lomos de un caballo magnífico, que se

asustó por un momento al oír los disparos de un par de hombres que abatían

drones por deporte desde una azotea cercana. Dos mujeres de mediana edad

pasaron zigzagueantes en patines camino de una especie de mercado

prohibido —los había en todas las zonas troglo urbanas—, donde, en mesas,

se ofrecían aquellas cosas prohibidas o invendibles en otros lugares: puros,

zapatos de ante, cacahuetes, Barbies, cecina de bisonte, bustos de Lincoln y

Churchill, condones de piel de oveja, libros de Garrison Keillor. En la entrada

improvisada del mercado, vendía globos un hombre flaco como una escoba

con un chaleco rojo de satén. Delaney estuvo a punto de comprar uno en

forma de panda; no había visto un auténtico globo de goma desde los doce

años.

Pararon en un puesto con ejemplares de los periódicos que aún quedaban

en el mundo. Uno de Austria, tres de Alemania. Una revista publicada por la

diáspora cubana. Y naturalmente toda una sección dedicada a Liberia, la

última nación troglo. Sus medios impresos prosperaban, y estaban en inglés. Un titular rezaba: «La nueva directora general de la OMC estudia un

ambicioso programa antimonopolio».

Una mujer de cuarenta y tantos años con un delantal antiguo de vendedor,

provisto de anchos bolsillos delanteros para la calderilla, los evaluó.

—Nada de esto podéis llevarlo a El Todo —dijo, y con un gesto los

ahuyentó como si quitara el polvo de la repisa de una chimenea—. Mirad y

marchaos.

Delaney y Wes se alejaron a toda prisa, dejando atrás una efigie de Mae

Holland colgada de un cable eléctrico. Más adelante en la manzana, en medio

de la calle, había un misil de los tiempos de la Guerra Fría, desactivado pero

aun así inquietante, que apuntaba en dirección a la Isla del Tesoro. Alguien

había pintado a lo largo: «Pensando en vosotros».

—Necesito sentarme —dijo Delaney, y se desplomó en el bordillo de la

acera—. ¿Cómo ha sabido esa mujer que somos de El Todo?

Wes se encogió de hombros.

—Hacía tiempo que no venía a TrogloTown. Ahora la gente está más

colérica.

Pasó un anciano con un radiocasete al hombro, que irradiaba música de

Public Enemy a través de lo que quedaba de tejido cerebral de aquel hombre.

—¿Has visto que ha salido ya tu evaluador de belleza? —preguntó Wes.

—Sí —contestó Delaney.

Una sugerencia de Delaney, planteada a Alessandro, había dado lugar a

una aplicación llamada Hermosa. En la campaña de marketing inicial se

animaba a los usuarios a enviar pinturas, fotos, arreglos florales, y el

algoritmo en continuo aprendizaje evaluaba el material presentado y lo

calificaba, de 0 a 1000, basándose en la composición, la simetría, la armonía

de colores… en cientos de aspectos.

—¿Te has enterado de lo de los estudiantes de arte? —preguntó él.

La noticia ya había llegado a oídos de Delaney. Un número creciente de

estudiantes de arte, tanto de grado como de posgrado, estaban presionando

para que se otorgara a la aplicación la misma autoridad o más que a las

evaluaciones y notas subjetivas concedidas tradicionalmente por sus

profesores. «Justicia y Objetividad en la Belleza», insistían esos estudiantes

en un meme en rápida circulación, que pronto pasó a conocerse como JOB.

Los humanos son cúmulos de sesgos proclives al error, insistían, y no

deberían decidir qué es bello o bueno.

—Aquel programa inglés sobre búsqueda de talentos va a convertirse en

un algoritmo —señaló Wes.

—Nadie quiere que lo juzgue un humano. Es demasiado doloroso —dijo

Delaney.

Los árbitros de béisbol habían sido sustituidos hacía años, en vista de que

los ordenadores eran más aptos para decidir cuándo la bola iba dentro y

cuándo fuera. Lo mismo pasó después con los jueces de salto de trampolín, de

gimnasia, de patinaje artístico. Nadie resistió. La subjetividad estaba

relegándose al olvido.

—Vámonos —dijo Wes, y empezaron a zigzaguear entre el gentío en

dirección a la salida.

—¿Cómo está Pia? —preguntó Delaney.

Pasaron frente a una mesa que ofrecía falsos abrigos de piel, bolsitas con

cierre hermético, toallitas húmedas y huevos.

A Wes le ardió el rostro.

—Así que lo sabes.

—¿Qué sé?

—¿Por qué me preguntas por ella? ¿Justo después de sacar yo lo de

Hermosa?

—Por nada en particular. Era solo una pregunta, por Dios.

Wes miró a Delaney con los ojos entornados. Nunca lo había hecho antes:

era una especie de evaluación de la verdad. Satisfecho, siguió adelante.

—¿Sabes que están probando una versión de Hermosa para la belleza

humana? ¿Has oído hablar de FaceIt?

Delaney no estaba al corriente.

—Pues ya te enterarás. Utiliza la misma tecnología, los mismos

principios, la misma escala. Y la calificación de Pia no era lo que ella

esperaba. No pongas esa cara. Ya sé que no te caía bien, pero ha quedado

desolada.

—Lo siento. No pongo ninguna cara. —Tendió el brazo hacia él, le cogió

la mano. Wes le examinó los dedos como quien observara una maraña de

serpientes. Ella lo soltó—. Yo no creé esa app. Se la mencioné a un tío.

—Ya lo sé. Alessandro. Ya conozco bastante bien a Alo. Un día dijo que

en principio no debía utilizarse para juzgar la belleza física de personas vivas,

y a la semana siguiente presentó FaceIt. —Wes alzó la vista al cielo blanco—.

Pia obtuvo un 628. —Se le quebró la voz en el 8. Daba crédito realmente a

ese número.

Delaney deseó tener otro amigo, otro Wes, el Wes anterior. Ella y ese

proto-Wes se reirían a gusto de todo eso.

—Vamos, Wes. Pia y tú no os lo podéis tomar en serio. Era una broma.

—¡Claro que Pia se lo toma en serio! —exclamó Wes—. Los principios

científicos en que se basa la app son válidos. Alessandro incorporó todos los

parámetros de la belleza, todas las micromediciones de simetría y proporción.

Y Pia compró la versión prémium, en la que se explica toda desviación del

ideal. Resulta duro, Delaney. La mayor parte de las deficiencias no las puede

cambiar. ¿Sabías que tiene los ojos lateralmente desiguales? ¿Y demasiado

juntos? ¿Que sus pechos se consideran cónicos y que el tejido no es

suficientemente denso?

—Wes. Escúchate. ¿Cómo puedes tragarte eso?

—Del, ¿cómo puedes tú no tragártelo? Es como no creer en la ciencia. Yo

soy ingeniero. Eso es ciencia.

—¡Pero no es ciencia! —repuso Delaney—. ¡No todo es ciencia! Joder,

Wes. La belleza es la cosa más subjetiva que existe.

Wes se detuvo ante un puesto que vendía casetes y tocadiscos. «Ni un

puto aparato conectado o conectable», rezaba un letrero encima. Un

reproductor de ocho pistas valía dos mil dólares, un Discman el doble. Al lado

había una caja de dónuts Krispy Kreme en una caja de plexiglás.

«Probablemente todavía son comestibles», se leía en un adhesivo.

Costaba 180 dólares.

—Da igual —dijo él—, en cuanto tienes el número en la cabeza, no hay

manera de borrarlo. También consulté tu puntuación, a partir de una foto.

—No me la digas.

—722.

—Joder, Wes, ¿qué te está pasando? —Delaney supo que nunca se libraría

de ese número—. ¿Por qué me lo has dicho?

—Decías que era intrascendente, ¿por qué te preocupa, pues?

La mente de Delaney entró en un bucle. Se alegraba de que su puntuación

fuera superior a la de Pia, luego se avergonzaba de que eso le importase, de

que hubiera creído por un instante que una máquina podía juzgar su belleza o

la de cualquiera. Luego se alegraba de nuevo de que la suya fuera superior a

la de Pia.

—El caso es que va a operarse —dijo Wes—. Tiene la nariz demasiado

ancha, y esa es la parte fácil. El cirujano sostiene que puede hacerla subir por

encima de los setecientos.

Pararon ante la última caseta, llamada SOLO CAÑITAS. Fiel a su palabra,

solo vendía cañitas, en su mayoría de plástico, algunas con décadas de

antigüedad. Había modelos para las personas que controlaban el gasto y para

los derrochadores.

Delaney cogió a Wes por el codo.

—Wes, habéis perdido la cabeza. ¿Le has dicho que es guapa?

—¡Sí! ¡Se lo he dicho! A diario. Ya lo sabes. Pero eso son palabras, y son

solo las mías. FaceIt es el consenso. Es concluyente. No se dará por contenta

hasta que esté por encima de los ochocientos. Como mínimo. Es un largo

camino.

Delaney supo que si Pia estaba pasando por eso, otros millones de

personas, decenas de millones, se hallarían en la misma situación. Tenía que

acabar con eso, acabar con todo lo demás. O abandonar, huir, irse de la

ciudad, irse de todas las ciudades, ocultarse en las montañas, no conectarse

nunca más. Miró a Wes a los ojos y vio, por primera vez, que le temblaban.

—¿Cómo están las madres? —preguntó.

—Bien. Gwen va a retirarse. Obligada, de hecho —contestó Wes—. En

todo caso, ya solo quedaban unos cuantos troglos en su especialidad. Puede

que Ursula y ella se trasladen a Liberia.

Liberia, como última nación troglo, ofrecía importantes ventajas

tributarias a los refugiados con formación tecnológica dispuestos a emigrar.

—¿Y Huracán?

—Aguanta. No hace más que mirar por la ventana —dijo Wes—. Tiene

un sitio, justo delante de la puerta, donde se sienta al sol y mira fuera. No sé si

está a gusto o si espera la muerte o qué.

—Es un lástima que no hayas podido seguir llevándolo al campus.

—No te culpo —declaró Wes, con lo que quería decir que ya no la

culpaba—. Ha sido un alivio no tener que verte mientras te atas las zapatillas.

También para Huracán. Él se ha quitado un verdadero peso de encima.

 

Planearon ponerse otra vez en contacto al cabo de un mes, en el mismo sitio.

Wes cruzó la calle antes de que llegaran a la oficina de correos. No quería

correr ningún riesgo: un edificio público era un edificio público, y la

probabilidad de localización aumentaba. Se despidieron con un rápido gesto.

Delaney se bajó el sombrero y entró.

Vio las cámaras al instante; las había en todos los edificios federales. Pero

estas enfocaban en direcciones inútiles: hacia los paneles acústicos del techo,

hacia un rincón mal iluminado. Alguien se había tomado la molestia de

inutilizarlas sin desconectarlas. Delaney esperó en la cola detrás de una

anciana que sostenía una caja envuelta y con la dirección anotada. Al otro lado del mostrador atendía un empleado joven con barba, a salvo tras lo que

parecía un cristal blindado.

Las amenazas contra el Servicio de Correos de Estados Unidos habían ido

a más a lo largo de los años, alimentadas por la propia Mae Holland, que

había declarado la guerra abierta al correo en papel en nombre de la seguridad

y la decencia. «Este es el último refugio de los terroristas y los supremacistas

blancos», declaró. Desde el principio, El Todo había puesto el mínimo

empeño en frustrar los esfuerzos de la extrema derecha, y sin embargo Mae

consideraba que el correo era un hombre del saco útil. Los medios digitales

podían examinarse y era posible descubrir el odio, señaló. Pero el correo en

papel era inherentemente opaco, y por tanto el canal perfecto para su

divulgación. No existía prueba alguna de que se realizasen actividades

terroristas a través del Servicio de Correos, pero muchos mordieron el

anzuelo, y la institución se convirtió en blanco de muy diversos fanáticos y

contraterroristas.

Cuando Mae propuso la abolición de las oficinas de correos, recibió

apoyo generalizado. La institución estaba en quiebra permanente, y recurría a

ella una clientela menguante. Cuando los historiadores señalaron las repetidas

alusiones de los Padres Fundadores a un sistema de correos federal como

elemento fundamental para una democracia sana, ella se retractó y se centró

en algo más aceptable y accesible: la lectura de la correspondencia en camino.

El Todo propuso la difusión de nuevo papel y sobres —no muy distintos de

los formatos de correo aéreo europeos—, que podían leerse a máquina

durante el proceso de manipulación normal. El Todo incluso se ofreció a

pagar el software, la maquinaria y el almacenamiento del contenido en la

nube necesarios.

«Ningún ser humano leerá vuestro correo —aseguró Mae al público—.

Pero si ciertas palabras clave activan las máquinas lectoras, ese correo pasará

a un segundo nivel de examen humano».

Se llevó a cabo una prueba piloto del programa en Kansas, con el

entusiasta apoyo del gobernador Pompeo, que veía el proceso como un útil

bastión contra el terrorismo interior. Los resultados fueron contradictorios.

De 320 millones de unidades de correo procesadas en Kansas durante los

primeros ocho meses, se apartaron doce millones para someterlas a examen

humano. Por supuesto, no había personal suficiente para llevar a cabo esa

tarea. Uno de los asesores de Pompeo tenía la firme determinación de

externalizar el procesamiento fuera del país; un contratista malasio sostenía

que sus empleados eran capaces de leer y evaluar 500 000 unidades de correo por semana. Pero enviar la correspondencia estadounidense a Malasia para su

examen se consideró algo gravoso y posiblemente, decían algunos, poco

ético.

«Este es un día feliz para los extremistas nacionales —declaró Pompeo

cuando se abandonó el programa—. Y un día triste para la seguridad de

nuestra república». La derrota le dolió y, según contaban, era una espina

permanente en el costado de Mae Holland.

Delaney contrató su apartado de correos sin percances y recibió una

pequeña llave plateada. Antes de salir, la probó en la cerradura. La portezuela

de su buzón se abrió con un alegre chirrido, y dentro del pequeño

compartimento encontró un papel rosa. Era un envío postal masivo,

franqueado; alguien había pagado para que se distribuyeran ejemplares en

todos los buzones.

«Eres CÓMPLICE —se leía en negrita—. Eres CULPABLE. ¿Qué ESCONDES?

¿Qué INMUNDICIA y TERROR estás ENVIANDO a través de ESTE SERVICIO

INFERNAL? El… Director del Servicio de Correos educa a los Opresores

Dementes…».

La misiva continuaba, llena de recriminaciones bíblicas y jerigonza sobre

la conspiración, pero no llevaba firma. Plegó el panfleto y se lo guardó en el

bolsillo trasero.

Mientras cerraba el buzón, un empleado, desde el lado opuesto, introdujo

otra circular previamente franqueada. Con una fuente sobria y sin palabras

enteras en mayúsculas, empezaba así: «Querido amigo del Servicio de

Correos de Estados Unidos, si salgo elegido, lucharé por mantener este vital

pilar de la democracia. Todos tenemos derecho a la privacidad en nuestras

comunicaciones, sean digitales o analóg…».

Delaney le dio la vuelta. «Tom Goleta a la presidencia».