El Todo

Dave Eggers · Capítulo 10 de 45

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El Todo

X. Lluvia marina

X

 

Pasó una semana, y Delaney había enviado al fuego un millar de pertenencias

insustituibles, emitido el número requerido de QueAnons específicas e

intrascendentes y adoptado, por lo demás, el alegre apego de Winnie hacia su

trabajo de destrucción. Era banal y rutinario, acompañado a ratos por la charla

de Winnie sobre sus hijos y su marido, y sobre Luke, un amigo de su marido

que, según insistía Winnie, era un guaperas y, para colmo, no lo sabía. A

intervalos regulares, Winnie y ella se levantaban para hacer ejercicio sobre el

terreno, caminando con las rodillas en alto, o pedaleaban en el escritorio, y

luego volvían a escanear e incinerar.

Diariamente, después de su jornada, Delaney volvía a casa, y Wes y ella

dejaban sus dispositivos allí y salían a pasear hasta el mar, Huracán con la

correa tensa. Ansiaba saltar a la arena y no entendía por qué caminaban por el

cemento cuando, al otro lado del muro, los llamaba la playa ilimitada.

—¿Crees que debo ponerle el chip? —preguntó Wes.

Delaney se encogió de hombros. ¿Un chip permanente en la tibia de

Huracán a cambio del derecho a correr atado en un círculo de arena? No había

una alternativa buena.

—Supongo que no has visto los cables que conviene cortar, ¿verdad? —

dijo Wes—. Advierto que El Todo sigue en pie.

—Estoy ganándome su confianza —respondió Delaney—. Proyecto una

falsa sensación de complacencia. Hago el papel. Establezco una…

—Ya lo he entendido —atajó Wes—. Es decir: no hay plan.

—Cuando El Todo muera, me dará pena —dijo Delaney—. Por el hecho

de que personas como Winnie pierdan sus empleos.

—Hay otros empleos —adujo Wes—. Empleos con menos incineración.

—Pero para una madre de tres hijos como Winnie, las ventajas son

extraordinarias. Y ficha a las cinco en punto. Todas sus máquinas dejan de

funcionar en cuanto ella cumple las ocho horas.

—De acuerdo. En cuanto se inventó ese software, desaparecieron un

millón de demandas por impago de horas extras. Y recibe un buen sueldo.

—¿Cómo lo sabes? —preguntó Delaney, pero Wes por supuesto lo sabía.

—Reconóceme algún mérito —protestó él—. ¿Has leído siquiera tus

documentos de incorporación? En El Todo, cualquiera tiene acceso a los

salarios de los demás empleados. Transparencia radical. ¿Sabías que Winnie

fue detenida por conducir en estado de ebriedad cuando tenía dieciocho años?

—Wes, para ya.

—Sale todo ahí. ¿No lo has visto? Todos los sitios donde ha vivido. En

cualquier caso, cuando El Todo muera, algo lo sustituirá —afirmó Wes.

Delaney se detuvo a pensar en ello. El Todo —o sus partes integrantes—

había amasado poder a lo largo de veintidós años, y gracias a una de esas

confluencias de mentes que al parecer se producen una vez en la historia, las

de los Tres Sabios, de dos de los cuales ya casi nunca se hablaba. ¿Podía

replicarse algo así? Cuando Delaney liberara al mundo del opresivo yugo de

El Todo, ¿ocuparía su lugar otra pitón tecnológica, así sin más? Parecía

improbable. Pero ahora, desde que Tom Stenton se ausentó, eran más

vulnerables; ese hombre era un tiburón de mirada muerta que jamás se

cansaba, y había sido el elemento fundamental en la inexorable consolidación

del poder de la empresa. Ty Gospodinov era un idealista frágil, detractor en

otro tiempo de aquello en lo que El Todo se había convertido, y nadie lo había

visto desde hacía años; se le había concedido un presupuesto ilimitado para

tratar de alcanzar su esperanza de vida eterna. Bailey, que se describía a sí

mismo como «diletante autodidacto», tenía verdadero interés en el resto de las

personas, en conocerlas, en conectar con ellas, en mejorarlas. Pero sus

intereses secundarios, como los viajes espaciales y la búsqueda de barcos

naufragados famosos, eran todos muy caros y poco prácticos. Mae de algún

modo había sintetizado los rasgos más fuertes de todos ellos, y poseía una

inquebrantable voluntad para perseguir sus objetivos de la que los otros

carecían. Casi nunca abandonaba el campus, no hacía incursiones en la

filantropía o la política; no tenía lazos familiares; estaba siempre en la mira

del público pero nunca incurría en la ostentación, y encarnaba, con

sorprendente coherencia, una vida vivida en línea y totalmente expuesta a las

miradas de los demás.

—¿Ves a Bailey? —preguntó Wes.

—No está allí. Dicen que se ha semijubilado, pero no está allí, y punto.

—¿Y a Mae? ¿Alguna señal de ella? —preguntó Wes.

—He visto su feed. Hoy estaba en el campus, pero no cerca de mi

departamento. Pensamientos No Cosas viene a ser el pariente pobre del

campus. No nos visita, no nos llama.

—Le da vergüenza —comentó Wes—. No ha tenido una sola idea desde

hace una eternidad. Creo que hasta que se le ocurra algo procurará ahorrarse

el bochorno de dejarse ver. No va a un Viernes de los Sueños desde hace

años.

Delaney casi había olvidado el ultrasonido en 3D.

—Y está embarazada, según parece.

—Pero… —Wes enmudeció.

Delaney le contó lo que había visto en su primer día, y juntos repasaron

las reflexiones de Delaney sobre el asunto. Wes se volvió hacia el sur y fijó la

mirada en las dunas, buscando una explicación a aquello.

—¿Utiliza las mismas camas médicas que todos los demás? —preguntó

—. En realidad, tiene lógica. Es normal que use las mismas instalaciones. Es

propio de ella. —Tenía el dedo índice extendido, como si se dispusiera a

empezar a contar los hechos, pero desistió—. Pero lo demás… no puede ser

que dejara la pantalla así. La habría actualizado ella misma antes de salir. Lo

que significa que tendría que haberse reactivado por accidente. Por algún fallo

técnico. Lo cual es muy improbable.

—O sea, que fue algo voluntario —dedujo Delaney.

—Lo cual es mil veces menos probable —sentenció él—. Pienso, pues,

que sí fue intencionado. Algo que alguien quería que vieses. Algún tipo de

prueba.

—En mi primer día.

—¿Cuándo, si no? Ya sabes que son jodidamente raros.

Delaney, mientras avanzaba unos pasos, dio vueltas a esa idea. Una ráfaga

del Pacífico arrojó en dirección a ellos un remolino de arena. Huracán

estornudó.

—Es una de esas cosas a las que se dedicaba Stenton, parece —dijo Wes

—. ¿Alguien ha mencionado a Stenton?

—Todavía no —respondió Delaney—. Sigue en China.

—¡Ya sé que está en China! —exclamó Wes—. Fracasa allí una y otra

vez. Nadie ha fracasado jamás de manera tan estrepitosa y tan a menudo.

Según contaban, cuando Stenton dejó El Todo para irse a Huawei,

constituyó la traición más desfachatada en la historia de la industria, e

inmediatamente reclamó la atención de una docena de organismos de

reglamentación y antiespionaje. Mae y Bailey consideraron que tenían las espaldas bien cubiertas en lo relativo a patentes, y curiosamente Stenton

nunca había participado en la creación de los productos más preciados de la

empresa. Aun así, cundió el miedo de que Stenton se hubiese llevado algún

elemento desconocido de la propiedad intelectual de El Todo a China, y no

solo a China sino además a Huawei, el principal competidor de El Todo en la

fabricación y comercialización de teléfonos. Al parecer, el único resultado de

eso fue que, desde su llegada, Huawei iba de capa caída. Por consejo de

Stenton, Huawei había reducido las características y el precio de sus teléfonos

con la esperanza de cosechar, o crear, un mercado orientado a las gangas que

no tuviera interés en, o necesitara, el teléfono de 2100 dólares de El Todo. Sin

embargo, hasta la fecha, se había demostrado que Stenton se equivocaba. Los

teléfonos de Huawei eran más baratos pero se los consideraba frágiles

juguetes. Se rompían. El montaje y el acabado eran estúpidos y toscos.

—Sus teléfonos no pesan nada —dijo Wes.

Todo el mundo pensaba que sus teléfonos no pesaban nada, y eso era obra

de Stenton plenamente. Empeñado en que los teléfonos de Huawei fueran

ligeros como plumas, había gastado cientos de millones en baterías más

ligeras, plásticos más ligeros, semiconductores más ligeros; pero, como se

vio, la gente no quería teléfonos ligeros. Deseaban notar su peso, saber que

los llevaban encima.

Y desde luego no los querían frágiles como cucuruchos. Los teléfonos de

Stenton para Huawei se rompían al caerse, se rompían al sentarse uno encima,

se rompían al exponerlos al frío y al calor. Parecían baratos y eran baratos, y

en último extremo no eran objetos deseables. Cuando, con el paso del tiempo,

se demostró que la operación de los teléfonos de tres años de Huawei

introducidos por Stenton era una calamidad, la alegría por la desgracia ajena

en El Todo, y en California en general, fue desbordante y manifiesta,

celebrándose el fracaso de semejante traición a los valores de la calidad, ya

que en realidad existía un orgullo en los objetos diseñados (no fabricados) en

el Área de la Bahía. Cada caída en la Bolsa del precio de las acciones de

Huawei, cada varapalo recibido por Stenton en la prensa china, se acogía con

extraordinaria satisfacción y se consideraba justicia poética, y los temores de

que Stenton fuese un brillante Prometeo portador del fuego de El Todo a

Pekín —o al menos a Cantón— eran infundados.

Las decisiones venales de Stenton en la vida se hallaban en marcado

contraste con las de Eamon Bailey, que se granjeaba aún mayores simpatías

cuanto más lo arrinconaba Mae. Cuanto menos participaba en el día a día,

más evidente resultaba que su principal interés había sido el conocimiento y la difusión de este por sí mismos. Ocuparse de que los sistemas funcionaran

elegantemente había sido la función de Ty, y de la monetización se había

encargado Stenton. Bailey era el portavoz, el hombre fiable convencido de

que, haciendo balance, las tecnologías de El Todo mejoraban las vidas,

conectaban a familias separadas por grandes distancias, democratizaban todo

el saber acumulado de la humanidad, libraban en parte a millones de personas

de la confusión, la opresión y la soledad. Sus proyectos secundarios, como los

robots con patas para la exploración de asteroides, los dirigibles solares, el

hyperloop de una punta a otra del país, prosiguieron, aunque por lo que se

decía, Mae había puesto freno a todas las actividades no esenciales.

—¿Sigue allí la demencial biblioteca de Bailey? —preguntó Wes—. ¿Esa

en la que hay una barra de descenso como las de los bomberos? ¿Y el acuario

con el tiburón transparente?

Delaney desconocía el estado del tiburón, o de la biblioteca de Bailey, y le

resultaba frustrante. Había leído unos cuantos libros sobre actuar como

infiltrado, incluido el de Donnie Brasco, y casi todos los autores prevenían

contra la complacencia: acostumbrarse en exceso al entorno, simpatizar

demasiado con las demás personas. Había dedicado más tiempo a pensar en

Winnie y los hijos de Winnie, y en su plan de asistencia sanitaria y sus

opciones universitarias, que a estudiar y desmantelar la intrincada y fatídica

maquinaria de la empresa. Iba a fracasar.

Mientras tanto, Wes había dejado de hablar. Huracán, otra vez entre ellos,

tensaba la correa.

—Vale, joder —dijo Wes, como si acabara de concluir un agotador

diálogo con su conciencia—. Soy incapaz de guardar un secreto. Me han

pedido que vaya a una entrevista.

—¿Cómo? ¿Quién?

—Tú lugar de trabajo. El Todo.

—¿A ti? —dijo Delaney.

—Ya lo sé. Soy un puto idiota, pero sí, a mí.

—No lo decía en ese sentido —respondió ella, aunque lo había dicho

exactamente en ese sentido—. Pero no has presentado solicitud, ¿no?

Delaney supo de inmediato lo que había ocurrido. Wes la había ayudado

en su presentación de AutentiAmigo. Él había realizado la mayor parte de la

programación y el diseño. A Shireen y Carlo les había gustado la aplicación, y

esta se había analizado en elevadas instancias, quizá incluso al nivel de la

Banda de los 40, las mentes superiores de la empresa. El Todo contrataba sin

vacilar a cualquiera que mostrase talento e iniciativa, dado que estas dos cualidades casi nunca se encontraban en la misma persona. Los ambiciosos

rara vez tenían ideas, y aquellos dotados de talento a menudo eran perezosos

o intratables. ¿Cómo podía ella introducir a un cómplice y dar su nombre,

presentarlo, anunciarlo, y luego esperar que El Todo se olvidara de su

existencia? Claro que lo llamaron.

—No tengo por qué ir —dijo Wes.

—¿De verdad quieres ir? —preguntó Delaney.

—Aunque solo sea por ver el sitio.

De pronto Delaney montó en cólera.

—¿Estás dispuesto a embolsarte el dinero de una empresa que representa

el monopolio más evidente que el mundo ha conocido?

—Me embolsaría solo un poco de su dinero. En realidad, mucho de su

dinero. Con eso saldaría toda mi deuda univer…

—¿La empresa que nos robó la infancia a ti y a mí y a otros miles de

millones de niños?

—Mis madres no se tomarían eso a mal, creo. No olvides que me crie en

una casa troglo…

—¿La empresa que ha consentido a dictadores de todo el mundo, que

vende software de vigilancia a todas las autocracias? ¿Que ha enriquecido a

sus fundadores y accionistas a costa de miles de millones de personas no

remuneradas a las que se estudia y…?

—Veo esto como una forma de recuperar ese trabajo no remunerado —la

interrumpió Wes—. Al menos para mí.

—La empresa que ha hecho posible el fin de la democracia

estadounidense y el auge de la intolerancia aquí y en el extranjero. Putin y

Bolsonaro, que llevan en el cargo, cuánto, cien años ya…

—Hombres carismáticos con alguna que otra buena idea —dijo Wes.

—No te lo tomes a broma. Todos los países tienen sus propias policías

secretas digitales. Toda forma de disidencia se aplasta antes de que empiece.

Siguieron adelante, arremolinándose el viento a sus espaldas. Huracán se

abalanzó hacia un par de cuervos posados en un cubo de basura lleno a

rebosar.

—Escúchame —dijo Wes—. Puedo ayudar. Reunir información.

—No quiero tu información. Eso no se te da bien. A mí no se me da bien,

pero a ti se te da fatal. No sabes mentir ni guardar secretos. Si tú ocupas un

puesto allí, yo no tendré la menor opción de éxito. Serás el peor espía, y me

pondrás a mí en una situación comprometida dentro de una semana.

—¿En una situación comprometida? —repitió Wes—. Tú no eres una

verdadera espía, ya lo sabes. No puedo ponerte en una situación

comprometida cuando solo eres, ya me entiendes, tú. Además, aún no he

conseguido el trabajo.

Delaney vio posibilidades de tragedia griega. Lo contratarían, se ganaría

su aprecio, se sentiría dividido en sus lealtades. Aunque al principio

mantendría la neutralidad, permitiendo a Delaney seguir adelante con su plan

siempre y cuando no lo considerara a él un cómplice, al final la vería no como

alguien con buenas intenciones dispuesta a denunciar las malas prácticas de la

empresa, sino como una sociópata decidida a eliminar los medios de vida, la

seguridad, las pensiones y la felicidad de decenas de miles de empleados de

El Todo, muchos de los cuales le inspiraban gran simpatía como seres

humanos.

—Esto me parece muy mal, Wes —dijo. Tenía ganas de echar a correr y

gritar.

—Delaney. Con un año ahí, liquidaría todas mis deudas.

—Hace una semana planeabas actuar desde fuera, ¿recuerdas? Estabas

preparando un triple cortafuegos por satélite para poder trabajar desde aquí y

contribuir a volar todo ese…

—Esa sigue siendo mi intención —afirmó Wes.

—¿Te estás oyendo? Quieres hundir la empresa, pero ¿vas a aceptar un

trabajo allí y desarrollar una app que, como los dos sabemos, acabará con la

especie?

—Vale. Ya sé cómo suena eso, pero también he pensado otra cosa. Que

es, escúchame: ¿te plantearías la posibilidad de esperar unos años?

Delaney se quedó sin habla.

—No pongas esa cara —dijo él—. Sabes que tiene su lógica.

Sencillamente es más metódico. Quieres venganza ahora, pero la mejor

opción es más lenta y más completa. Trabajamos los dos ahí unos años, nos

embolsamos un dinero, y luego, una vez que conozcamos la mecánica de la

empresa, la liquidamos juntos desde dentro. O desde fuera. Lo que a ti te

parezca mejor.

Delaney sabía que lo que Wes proponía era del todo racional. Acaso

incluso mejorase sus probabilidades de éxito: trabajar allí inadvertidos,

granjearse su confianza y conseguir acceso a la vez que ahorraban unos

cientos de miles de dólares para los inevitables tiempos de vacas flacas que

vendrían después del desmantelamiento de la empresa, cuando les fuera

imposible encontrar empleo.

—No —contestó ella—. ¿Por qué tendría yo que esperar por el mero

hecho de que de pronto tú te hayas ablandado y convertido en un mercenario?

Inmóviles bajo la luz decreciente, se miraron. Delaney estaba consternada.

Su amigo más íntimo quería sabotear su sabotaje.

—Tengo hambre —dijo Wes—, y está oscureciendo.

—Vete a casa —respondió ella—. Necesito dar un paseo.

Wes y Huracán enfilaron el camino de regreso, y Delaney bajó a la arena

por la siguiente escalera. Se había levantado el viento, y ella necesitaba sentir

la resistencia que este ofrecía. Iría a pie hasta Cliff House, pensó. O se

animaría a ir descalza por la orilla allí donde rompían las olas. El agua no

podía estar a más de diez grados en esa época del año, pero le apetecía notar

la impresión.

—Hola —dijo una voz. Desde lo alto de la escalera de hormigón la

observaba una silueta envuelta en una chaqueta oscura. Otro tipo distinto de

vigilante de la playa.

Sin Huracán, Delaney no sintió la necesidad de detenerse. Pero cuando

daba el primer paso hacia la arena, el hombre entró en acción.

—Necesito ver tu teléfono o tu óvalo —dijo.

Cuando Delaney preguntó por qué, un haz de luz blanca le iluminó el

rostro. El hombre había orientado su teléfono hacia ella para grabarla,

agrediéndola con la intensa luz.

—Es una nueva ordenanza municipal —informó él—. En esta playa se ha

ahogado gente y se ha producido una serie de robos. Para acceder a la playa,

necesitas registrarte mediante tu teléfono. Es para tu protección y la de los

demás.

Pronunciaba las palabras con un ejercitado tono monocorde, sin dejar de

grabar. Delaney no llevaba encima dispositivos localizadores, y por tanto no

le permitirían estar en la playa. Sabía asimismo que cada segundo que su

imagen fuera registrada por una cámara representaba un riesgo; sería objeto

de samarojos, y El Todo se enteraría. Mientras el hombre grababa, ella

mantuvo la barbilla baja y la cara en movimiento con la esperanza de

entorpecer el reconocimiento facial. Ese encuentro, como bien sabía, sería

comunicado por la IA. Su única vaga esperanza era que no se vinculase a su

nombre.

Delaney se apresuró a darse media vuelta y volver a la acera.

—¡Gracias por cumplir las normas! —entonó el hombre en dirección a la

espalda de Delaney.

En el camino a casa, estaba hecha una furia. Eso era obra de El Todo: otro

espacio público que quedaba bajo su vigilancia. La indignaba también el

hecho de no saber nada de esa nueva restricción. Pero ¿cómo iba a conocerla?

Ya no había noticias locales. El periodismo, privado de publicidad y atacado

por considerárselo en esencia una forma de explotación y depredación —la

gente ya no se fiaba de los filtros, los organizadores, los observadores y los

intermediarios—, había muerto en silencio y a solas.

 

Cuando Delaney llegó a casa, encontró a Huracán en la bañera. Wes,

arrodillado junto al borde, sostenía unas pinzas y una gasa.

—Un cristal —informó—. Justo después de irnos.

Huracán retiró la pata y, al apoyar su peso en ella, soltó un gañido. Se

había clavado la esquirla más profundamente.

—Maldita sea —dijo Wes—. ¿Ves? ¿Lo ves?

Delaney, paseándose por el salón, oía a Wes a través de la puerta

entornada.

—¡Esos putos vigilantes de las playas! —exclamó—. ¡Y que encima me

digan que he de ponerle el chip al perro! —La relación causal era tenue, pero

la versión de Wes, como Delaney sabía, estaba a medio formar. Huracán no

podía correr por la playa, y por tanto se veía obligado a caminar por una acera

salpicada de cristales, donde una esquirla de color verde lima se le había

clavado hasta el hueso.

En un esfuerzo por distender un poco el ambiente en el Cobertizo,

Delaney fue a abrir la ventana, y en el alféizar, entre las toscas esculturas de

arcilla de Wes, vio una esfera negra perfecta, un globo de plástico con cien

orificios minúsculos.

—¿Qué es esto? —preguntó, alzando la voz. Sabía qué era. Era un

AtyenDe, el altavoz inteligente, de El Todo. Lo llevó al cuarto de baño.

Huracán, confuso, alzó la vista. Wes le sostenía la pata ensangrentada—. ¿Es

esto lo que yo creo que es? ¿Cuándo lo has traído?

—No está encendido —dijo Wes con cansina condescendencia—. Ya

sabía yo que no lo aprobarías. Me lo enviaron ayer. Pensaba que lo habías

visto.

Delaney sintió aturdimiento y náuseas. Sin saber por qué, lo alzó, lo agitó.

—¿Cómo sabes que no está encendido? —preguntó.

—Porque solo uno de nosotros dos lo sabe todo sobre estos dispositivos.

¿Puedo ayudar a mi perro, si no te importa? Ni siquiera está cargado. No tiene batería y no se ha enchufado. Sencillamente me gusta su forma. No lo agites.

Y…

Delaney se acercó a la ventana situada encima del váter, la abrió y lanzó

la esfera por encima de la valla del vecino. Se hizo añicos en el camino de

acceso.

—¡Por Dios, Delaney! —exclamó Wes.

Delaney nunca había actuado con tal precipitación. Pero la perspectiva de

que el dispositivo hubiese estado grabando todo lo que decían, de que su

misión fracasara incluso antes de empezar porque el tarado de su cómplice

había introducido en su casa un verdadero dispositivo de espionaje… eso la

sacó de quicio hasta límites desconocidos. Se refugió en su habitación.

Sonó un aviso en el teléfono de Delaney. Era una encuesta de Todo Aire

Libre, lo que debía de ser, dedujo ella, la versión privatizada del

Departamento de Parques y Esparcimiento. Desconocía la existencia de esa

entidad. «¡Tenga la amabilidad de valorar su reciente interacción con

nosotros!». Ofrecía cinco opciones, que empezaban con una cara amarilla

feliz y descendían hasta una enrojecida con los párpados muy apretados en

actitud de rabia. Envió una cara feliz; no tenía alternativa.

 

Más tarde Wes apareció en su puerta. El palo blanco de una piruleta asomaba

de su boca.

—Perdona —dijo, y el palo se meneó entre sus labios—, estás mal de la

cabeza, pero entiendo el motivo de tu disgusto. No hasta el punto de

explicarme qué te ha llevado a destruir algo así, pero debería habértelo dicho.

—¿No puedes al menos quitarte eso de la boca mientras hablas? —

preguntó ella.

Wes se sacó la piruleta de entre los dientes y la contempló como si le

pidiera disculpas por obligarla a abandonar su acogedora residencia.

—Debería habértelo dicho en cuanto se pusieron en contacto conmigo.

Eso lo sé. Y entiendo que puede complicarte el plan. Pero al menos necesitaba

saber qué les ronda por la cabeza. Por simple sentido común, ¿no crees?

—No puedes trabajar colocado —advirtió ella.

Wes volvió a meterse la piruleta entre los dientes.

—Delaney. Eso ya lo sé. —Con la boca llena, hablaba como si estuviera

colocado.

—Nada de marihuana, ni masticable ni en espray. Nada.

—Lo sé. Sé que hacen controles de drogas y…

—No —corrigió ella—, no hacen controles. Conocen hasta el último

detalle de toda tu fisiología continuamente. ¿No lo has leído? Es así como te

conceden su asistencia sanitaria.

—Pero las mascotas sí están permitidas —señaló, sosteniendo en el aire el

palo de la piruleta, ahora desnudo, como si fuera un cetro de bebé—. Llevaré

a Huracán. Dormirá a mis pies.

—No puedo impedírtelo —dijo Delaney a la vez que pensaba posibles

maneras de impedírselo.

—Debo añadir que también Pia ha recibido la noticia con entusiasmo —

informó Wes—. Ha dicho que estaba orgullosa de mí. No sé si se lo había

oído decir antes alguna vez.

—No me lo puedo creer —dijo Delaney.

Wes mordió los restos duros de piruleta. Delaney nunca lo había visto tan

satisfecho de sí mismo.

—¿Quién sabe? —dijo—. Puede que no vuelvan a llamarme.

Delaney sabía que eso no era verdad ni podía serlo. El Todo no dejaba

cabos sueltos.