El Todo

Dave Eggers · Capítulo 19 de 45

Páginas del PDF

El Todo

XIX. La procedencia de las ideas

XIX

 

El hecho de que Wes trabajara en El Todo era extraordinario y a la vez

calamitoso, y a Delaney le destrozaba los nervios. Podía hacer en su

compañía el desplazamiento hasta allí —los dos autobuses y el tren por

debajo de la Bahía—, y eso era sublime, pero una vez en el campus tenía que

preocuparse por lo que él decía, lo que podía revelar involuntariamente. Era

incontrolable, pero se lo veía muy feliz. Después de su primera semana,

solicitó permiso para llevar a Huracán, y aunque no podía entrar con un perro

en el transporte público, consiguió un vehículo compartido que le permitía

llevar a Huracán sentado en el regazo. La primera vez que Delaney vio a Wes,

de treinta y seis años, ante su escritorio en su primer empleo propiamente

dicho, con Huracán a sus pies, se enorgulleció de su amigo. Pero, en el

campus, ella insistió en mantener el menor contacto posible. Entrañaba un

gran riesgo, y Wes era muy descuidado. Reservaron sus conversaciones para

casa.

—¿A ti te han hecho una de estas? —preguntó Wes.

Tendido en su colchón en el suelo, con la espalda apoyada en la pared,

tenía la tableta en el vientre. Huracán, dormido, descansaba la cabeza bajo su

codo.

Delaney se sentó en la cama. En la pantalla de Wes aparecían las palabras

«Encuesta de Generación de Ideas» en una vistosa caligrafía.

—No —contestó Delaney—. Ni nada parecido, de hecho.

El día en el trabajo había transcurrido sin incidentes, dijo Wes: solo

orientaciones, formularios, acuerdos de confidencialidad, reuniones y el

reconocimiento médico. Pero cuando llegó a casa, recibió eso.

—Lo he reservado hasta que tú llegaras —dijo.

«¿Listo?», preguntaba la pantalla.

—Listo —respondió Wes.

«Se nos ha alertado sobre tu brillante nueva idea, “plátanoskam”, y te

damos las gracias por aportar tanto a El Todo. Como parte del estudio en curso para saber más sobre la procedencia de las ideas, te pedimos que

participes en esta breve (¡y entretenida!) encuesta. Agradeceremos tu pronta

respuesta».

—Esto ya me encanta, y mucho —dijo Wes—. O sea, en la vida me había

sentido tan feliz. «La procedencia de las ideas».

La caligrafía desapareció, y salió la imagen en sepia de una frágil anciana.

Caminaba por el desierto y de pronto se detenía. Se volvió de cara a Wes, su

mirada intensa.

—La creatividad es una cosa prodigiosa y misteriosa —dijo la mujer.

—¿Quién es esa? —preguntó él.

—Georgia O’Keeffe —contestó Delaney—. Es una repro.

O’Keeffe se transformó en Jim Morrison.

—Y aunque este misterioso proceso de generación de ideas siga

escapando a la comprensión de la ciencia —dijo Jim Morrison—, nuestro

objetivo en El Todo es comprender un poco mejor las condiciones en las que

se producen las ideas.

Jim Morrison se convirtió en Akira Kurosawa.

—Con ese fin —dijo esta resurrecta versión de Kurosawa con lo que

parecía un acento británico—, pedimos a los generadores de ideas recientes

que respondan a estas 65 preguntas. ¡Que te diviertas, y gracias!

Ahora volvía a ser Georgia O’Keeffe. El desierto de Nuevo México se

extendía a sus espaldas.

—¿Qué hora del día era cuando se te ocurrió la idea? —Donde ella estaba,

oscurecía.

—Las ocho y cuarto —respondió Wes a la pantalla.

Ahora O’Keeffe era John Coltrane.

—¡Gracias! —dijo.

—¿Dónde estabas cuando surgió esa idea? —preguntó John Coltrane—.

Por favor, sé lo más concreto posible. Si puede ser, pon un alfiler en el mapa.

—En Casamanduca —dijo Wes, y desplazó un alfiler al comedor de El

Todo—. Ese nombre superguay me ayudó a inspirarme.

Coltrane dio paso a Kurosawa.

—Gracias —dijo Kurosawa—. ¿Podrías describir tu estado de ánimo en

ese momento? Por ejemplo, «relajado», «estresado», «bajo presión», «sin

presión», «contento», «triste». No hay respuestas incorrectas.

—Saciado —contestó Wes.

Kurosawa se convirtió en Georgia O’Keeffe.

—«Satisfecho». Gracias —dijo O’Keeffe, y se transformó en Jim

Morrison.

—Y llevaba puesto un kilt —añadió Wes.

—Gracias —dijo Morrison, y se convirtió en John Coltrane—. ¿Me ha

parecido oírte decir que llevabas puesto un kit?

—No, llevaba un kilt.

—Vale —dijo Coltrane—. Llevabas un kilt. ¿Eso es correcto?

—Sí —contestó Wes—. Uno ajustado.

—Uno ajustado. Gracias —dijo Coltrane, y se transformó en una repro

menos nítida, esta de un hombre en blanco y negro en quien Delaney creyó

reconocer a Thomas Edison.

—¿Cuál fue tu inspiración y/o motivación cuando creaste plátanoskam?

—preguntó Thomas Edison a Wes Makazian.

—Quería poner fin a los plátanos —contestó Wes.

—Gracias —dijo Edison—. ¿Fue el final de los plátanos el resultado de

algún proceso creativo, camino vital o manera de pensar en particular? Por

ejemplo, podrías decir si se debió —las palabras fueron sucediéndose en la

pantalla mientras Edison las enumeraba— al empuje, la teoría del fracaso es

el éxito, la teoría de la revelación en la siesta, la teoría de la gestión vikinga,

la teoría de Seguir la Luz, la teoría de la mente tranquila, las agrupaciones, la

dispersión, la camaradería basada en el miedo, el terror basado en el amor,

trabajar de pie, trabajar en movimiento, aprender dormido, las limas, u otra.

—Fue más que nada por las limas —respondió Wes.

—Fue más que nada por las limas —repitió Edison—. Gracias.

Delaney no podía soportarlo. Se levantó para marcharse.

Wes detuvo la encuesta y rebuscó entre una pila de correo que tenía en la

cama.

—Otra carta de tu profe —anunció, y tendió uno de los sobres azules de

Agarwal. Delaney se lo llevó a su habitación.

 

Querida Delaney:

No espero que me respondas a estas cartas. Pero sí albergo la esperanza de que las leas, aunque

sea solo por halagar a una anciana.

El otro día se me ocurrió una analogía y quería compartirla contigo: El Todo ofrece al mundo el

fruto de un árbol envenenado. Los primeros monopolios de la era industrial contaminaron los ríos,

los lagos y las aguas subterráneas porque al gobierno le daba miedo someterlos a regulación y el

dinero llegaba con gran rapidez. Murieron decenas de miles de personas.

Todo es lo mismo. Hay demasiado dinero y poca regulación. Movámonos deprisa y rompamos

cosas, ciertamente esa es su idea. Ya han roto a tres generaciones. Tu generación entró en mi aula

con todos los síntomas de la adicción. Nadie duerme. La mitad de mis alumnos se quedan dormidos

en clase. Cada noche, en la cama, permanecen ante sus teléfonos, con los auriculares puestos, hasta

que pierden el conocimiento. Tú ya lo sabes. Me pregunto si también tú estás abrumada. Todos mis

alumnos están abrumados. No es porque haya cambiado la carga de trabajo, ya que no ha cambiado.

Los alumnos asumen en la actualidad la carga de estudio normal en la universidad, lo que ha sido ya

de sobra estresante durante siglos, pero ahora se ha añadido un millar de mensajes que leer, escribir,

enviar, procesar. Es demasiado.

Toman drogas para no dormirse. Beben y se colocan para dormir. Todo esto empeorará mucho

mucho. Sencillamente es demasiado. Hace poco una alumna me dijo que había escrito 1206

mensajes en las últimas veinticuatro horas. Se comunica a diario al menos con 49 personas. Eso es

sin lugar a dudas una forma de locura, de monomanía. Y sin embargo ese nivel de contacto y

disponibilidad se ve como un requisito previo a la participación en la sociedad.

Me consta que tu empresa hace todo lo que puede para contrarrestar el sentido común, y ha

enterrado muchos estudios médicos poco halagüeños, pero el inexorable aumento del número de

suicidios en los últimos veinte años es resultado obviamente de dos aspectos entrelazados de la era

digital: los efectos catastróficos para la salud de una actividad mental obsesiva (y en gran medida

carente de sentido) y la falta de verdaderos objetivos. Nadie descansa, y nadie lleva a cabo nada de

verdadero valor. Por el contrario, se limitan a producir una sarta interminable de estúpidos

convencionalismos, sonrisas, expresiones ceñudas, Popeyes, Qué Tal/Yo bien, que nos apartan de la

contemplación significativa, o de cualquier esperanza de concebir una idea nueva.

Insisto, márchate de ahí, por favor.

AGARWAL

 

Wes asomó la cabeza a su habitación.

—Me han preguntado por el calzado —dijo—. Qué calzado llevaba

puesto. Cuánto ejercicio había hecho ese día y el día anterior.

—¿Has dicho que nada y nada? —preguntó Delaney.

—He dicho que duermo diez horas al día.

—Es verdad que duermes diez horas al día —observó Delaney.

—Tapado con una mortaja. Al lado de un fuego de leña.

—Una descripción vívida. Gracias.

—Y que solo trabajo en habitaciones sin puertas.

Delaney se imaginó un ejército de empleados de mantenimiento retirando

todas las puertas de El Todo.

—¿Un paseo? —propuso Wes.

Huracán se había roído las patas hasta dejárselas como muñones en carne

viva; Wes era incapaz de hablar de eso. A diario se las rociaba con antiséptico

y periódicamente añadía antibióticos triturados a la comida de Huracán, pero

el perro estaba enloqueciendo. Su principal placer en la vida era correr por la

playa, y ahora solo podía quedarse sentado como un inválido en la sillita de

bebé que Wes le había comprado. Así que Wes lo instaló allí y se

encaminaron hacia el mar. Era un día ventoso, y las olas eran propicias, pero

solo un surfista se había sometido a los requisitos de rastreo. La solitaria

figura permanecía sentada a lo lejos, como un gato negro en el tejado de acero

del mar.

—Ya sabes que dirán a todo el mundo que duerma diez horas —comentó

Delaney.

—¿Tú crees?

—Están desesperados.

—Estoy convencido de que en El Todo tienen un problema con la

producción de ideas —dijo Wes.

—Por eso las compran. Eso ya lo sabíamos.

—Exacto, pero luego ocurre algo raro. Compran empresas, y compran a la

gente de esas empresas a las que se les ocurrieron las ideas. Entonces esa

gente va a El Todo y sus cerebros mueren. ¿Es la complacencia? ¿El ternero

cebado?

—Es el miedo —contestó Delaney.

—Sí, pero no es solo el miedo. Es una reacción involuntaria al ambiente

gélido que hay allí. Como cuando los testículos se encogen en el agua fría.

Retroceden.

—¿Ya es tarde para añadir eso a tu encuesta sobre creatividad?

—Creo que Mae está en apuros —dijo Wes—. Piénsalo. No tiene una idea

desde hace años. En esencia, se limitan a actualizar los mismos dispositivos y

confían en que la gente no advierta la obsolescencia programada. Pero los

beneficios se han estancado. Ni siquiera después de comprar la selva ha

habido una… mierda, tengo que usar la palabra «sinergia»… una sinergia

significativa. No han hecho nada para unir fuerzas con la selva. Me parece

que Mae está en la cuerda floja.

—No está en la cuerda floja. ¿Quién la sustituiría?

—De pronto ha vuelto Stenton —observó Wes—. Se está instalando. Y

cuanto más tiempo pase Mae con el agua al cuello, más vulnerable será. Es lo

que te decía: por eso apenas se deja ver en el campus, en ningún Viernes de

los Sueños. Está esperando a tener algo nuevo que ofrecer.

Delaney reflexionó al respecto. Desde luego era una posibilidad.

—¿Qué tal el equipo de AutentiAmigo? —preguntó—. ¿Lo estás

haciendo lo peor posible?

—Por el momento mis poderes son limitados —respondió Wes—. Solo

escribo el código. No me llevan a las reuniones conceptuales. Eso queda en

manos de Holstein. Creo que empieza a pensar que el invento es suyo.

—Y mejor así, probablemente —dijo Delaney—. No te conviene hacerte

notar demasiado. Ni a mí tampoco.

Wes arregló la manta de Huracán para que pudiera ver las olas y los

perros que pasaban a todo correr. En la arena húmeda, sus reflejos duplicaban la envidia de Huracán.

—Lo raro —dijo Wes— es que mientras contestaba la encuesta, he tenido

otra idea. Pero no debe salir de mi cabeza. Si se pusiera en práctica, cambiaría

la especie. Es una mala idea. Vil. —Wes lanzó un palo por encima del murete

del paseo. Cayó en la arena insonoramente, y Huracán dejó escapar un suspiro

de desesperanza—. Es una idea reprensible que, a simple vista, parece

virtuosa.

—Eso describe casi todo lo que hace El Todo.

Wes miró hacia la orilla.

—Me parece que a la empresa le encantará, y a la gente corriente también.

Pero, en general, llevará a los humanos a una nueva clase de destrucción

personal y de odio a uno mismo.

—No hace falta que me la cuentes si no quieres.

Wes observó a Huracán, que lo miró con expresión suplicante. Obligado a

contemplar todo aquello que no podía hacer, la playa no tenía un efecto

benéfico en el perro.

—¿Sabes aquellas calculadoras de la huella de carbono que utilizábamos

en el instituto? —dijo Wes.

Delaney las recordaba bien. Una persona podía introducir los elementos

de su forma de vida —el coche, la casa, los desplazamientos, la dieta— y

obtener una idea aproximada de las consecuencias en lo referente al carbono.

Cada día terrestre durante veinte años, los estudiantes habían estado

incorporando los datos de sus familias y habían podido comparar su huella de

carbono con, por ejemplo, la de un pastor de renos finlandés. Una familia

reflexionaba brevemente sobre la cifra, ponía en duda su exactitud, y luego se

olvidaba por completo hasta el año siguiente.

—Bien —continuó Wes—, ahora ya tenemos datos para ir mucho más

allá de las estimaciones aproximadas.

—¿«Tenemos», has dicho? —preguntó Delaney.

—Piénsalo —dijo él con semblante serio—. Para la persona media, el 88

por ciento de sus compras va a El Todo o a un asociado de El Todo. El dinero

es fácil de rastrear. Así que si mañana compras agua embotellada de Islandia,

queda constancia.

—¿Y?

—Bien, podemos determinar fácilmente la huella de carbono real de esa

precisa compra —explicó Wes, y señaló un par de buques portacontenedores

a lo lejos—. Esa agua recorre miles de kilómetros por mar para llegar aquí.

Haces eso para cada compra: un par de calcetines hechos en Camboya, una bombilla hecha en Malasia. Podrías calcularlo en tiempo real. En el momento

en que realizas la compra, la huella de carbono de esa compra se suma a tu

total. El total se calcula de inmediato.

—Si se hiciera en privado, podría ser útil —observó Delaney.

—Exacto. Si solo tú conocieras esa cifra, tomarías decisiones mejores.

Como conocer la ingesta calórica. Podrías cambiar voluntariamente tus

hábitos. Llevaría a compras mejores, a una elección mejor de la procedencia.

Wes lanzó otro palo por encima del murete, y Huracán, todavía en la

sillita, observó su trayectoria solo con un interés teórico.

—Pero no sería una información privada —dijo Wes—. El Todo la hará

pública, porque los secretos son mentiras, ¿no? Lo llamarán huella de carbono

individual. O huella de carbono personal.

—DePuntillas —intervino Delaney—. Le pondrán un nombre así.

—Dios, buena idea. DePuntillas. Cielos.

Wes se agachó junto a Huracán, que estiró el cuello desde la sillita para

apoyar el hocico en su brazo.

—Todo tiene que ver con la vergüenza —continuó Wes—. Vigilancia,

datos y vergüenza como factores para la modificación del comportamiento. A

eso apunta todo esto desde el principio.

—No puedes proponerle eso a nadie —advirtió Delaney—. De momento

ciñámonos a cosas más tontas.

Wes acarició el hocico de Huracán. Este parecía desesperado. Atrapado en

un cuerpo que ya no cumplía su función, tenía una expresión de desasosiego

en los ojos brillantes.

—Fíjate en lo que han hecho con este pobre —dijo Wes—. Antes era un

dios, un Goliat. Ahora se queda sentado y se roe a sí mismo.

Delaney no supo qué decir.

—Parte de mí piensa que deberíamos acelerar las cosas —dijo Wes.

—¿Acelerar AutentiAmigo?

—Acelerarlo todo. Buscar la saturación. No hace falta mucho tiempo para

sacar una app estúpida, y estamos en una posición perfecta. Tenemos ideas

tontas, y ellos tienen los medios y los motivos para apropiárselas y

distribuirlas. Diez ideas igual de malas que AutentiAmigo. Ah, te gusta. Lo

veo en esa sonrisa.

—Nos matarán —dijo Delaney.

—No —contestó Wes—, nos adorarán.