El Todo

Dave Eggers · Capítulo 4 de 45

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El Todo

IV. Jennifer, sálvame

IV

 

—Me gustaron tus Popeyes —dijo Jenny Butler—. ¿Puedo ver tu pipa?

Delaney se había enamorado de esa mujer, su segunda entrevistadora, en

cuestión de minutos. Primero el acento; era de Mississippi, y Delaney nunca

había conocido a nadie de allí, con un deje tan musical, la forma en que pipa

se convertía en piiipa. Y luego su rostro, orondo, con hoyuelos, y sus ojos,

siempre muy abiertos, siempre con expresión de asombro. Todos la conocían

como Jenny Butler.

—Aquí hay muchas Jennys —explicó Jenny Butler—. Te sorprendería.

Sobre todo entre nosotras —aquí habló en un susurro de complicidad, dejando

entrever los restos del glaseado de una magdalena en los dientes—, las

cuarentonas. Lo mismo pasa con las Julies. ¿Conoces a Julie Zlosa?

Probablemente no. La llamamos solo Zlosa. ¡Y con las Michelles! Hay

demasiadas Michelles.

Jenny Butler era sociable y espontánea, y Delaney supo al instante que

superaría esa segunda entrevista sin tropiezos. Delaney había albergado la

esperanza de que esta se desarrollara al otro lado de la verja de El Todo, pero

una vez más se vio en la base militar de Yerba Buena, ahora en compañía de

una científica de SpaceBridge, sentada en una cafetería especializada en

magdalenas que, al igual que todos los demás establecimientos de la isla,

parecía haberse erigido minutos antes, y solo con el fin de alojar la

momentánea presencia de algún total.

—¿Hacemos un Popeye juntas? —preguntó Jenny Butler.

Se insertaron las pipas entre los dientes, juntaron las sienes y se tomaron

la foto. Mientras comprobaban el resultado —encantador, coincidieron,

incluso soberbio—, pasó un convoy de coches negros a toda velocidad de

camino a la verja de El Todo.

—Me parece que esa es la secretaria general de las Naciones Unidas —

comentó Jenny Butler—. ¿Qué día es hoy? Espera, no me lo digas. —Echó

una ojeada a su óvalo—. Sí, esa tenía que ser ella. Viene a pedir dinero. Siempre vienen a eso. Aunque no puede decirse que Mae Holland sea

precisamente Ted Turner.

Jenny Butler guiñó un ojo a Delaney y acto seguido se le demudó la

expresión.

—Puede que a ese no lo conozcas. ¿Ted Turner? Donó cien millones a las

Naciones Unidas. ¿O fueron quinientos?

Cuando Delaney contestó que sí sabía quién era Ted Turner, el rostro de

Jenny Butler volvió a enseñar los dientes en una amplia sonrisa.

—¡Qué alivio! —exclamó, alargando mucho la segunda palabra en un

hermoso sonido—. Nunca se sabe. Hoy día la gente tiene lagunas muy raras

en sus conocimientos. No hay diez personas que conozcan las diez mismas

cosas. Seguro que eras muy joven cuando se produjo la Divulgación.

La Divulgación había tenido lugar hacía solo diez años. En un hackeo

orquestado supuestamente por Rusia, se habían hecho públicos los historiales

completos de correo electrónico de más de cuatro mil millones de personas.

Tal como ocurrió con el hackeo de Sony a cargo de Corea del Norte, se

perdieron empleos, se arruinaron reputaciones, se destruyeron matrimonios y

se rompieron amistades. Circularon alegremente decenas de millones de

mensajes de correo, y los medios de comunicación —sus últimas patrullas, las

pocas que quedaban— publicaron y examinaron los mensajes que revelaban

la hipocresía o la corrupción de los poderosos, los ricos, los famosos y

muchos otros que no eran nada de eso.

Y después de seis meses retorciéndose las manos, haciéndose

recriminaciones, después de miles de asesinatos y acaso medio millón de

suicidios, el mundo se olvidó de la Divulgación, y de lo que ponía de

manifiesto sobre los métodos mediante los que nos comunicábamos y sobre

quienes almacenaban y controlaban esa información, y sencillamente se

conformó, arrodillándose ante sus nuevos amos. A partir de ese punto se dio

por sentado que todo mensaje escrito por todo humano era permanentemente

susceptible de salir a la luz, de ser rastreado y publicado.

—Verás —dijo Delaney, adoptando una actitud desenfadada que,

sospechaba, Jenny Butler reconocería y valoraría positivamente—. Yo ya me

andaba con cuidado al expresar mis sentimientos, mis pensamientos. La

Divulgación, creo, sirvió solo para que todos fueran más conscientes del

poder de sus palabras.

Jenny Butler se recostó en su asiento y observó a Delaney con los ojos

entornados.

—Bien dicho. Bueno, y hablando de divulgaciones, ahora que estamos

unidas por un Popeye, ¿qué te pareció la película?

Delaney tomó un bocado de magdalena, con la esperanza de que eso le

permitiera salir del paso con un gesto de asentimiento y ser absuelta de la

necesidad de expresar una opinión más detallada. Se había realizado una

película sobre el Círculo —cuando la empresa aún se llamaba así— en la que

intervinieron un director de gran talento y actores de consumada pericia y

renombre, y sin embargo la película, pese a todo ese pedigrí, se consideró un

fracaso y la vio muy poca gente. La empresa, como un autócrata que

sobrevive a un atentado, salió de la experiencia aún más fortalecida.

—¿Qué te pareció a ti? —contraatacó Delaney.

Ella y Wes habían practicado esa táctica: siempre que fuera posible y en

especial cuando una pregunta pudiera llevarla a territorio peligroso, la

devolvería a quien la formulaba. Eso resultaba halagador y desviaba la

atención.

Jenny Butler alzó el dedo índice mientras daba un bocado a su magdalena.

Llevaba las uñas pintadas, pero tenía el esmalte descascarillado, como el

recubrimiento de una cápsula espacial dañado en el momento de entrar en la

atmósfera.

—¿Tú qué crees? Me encantó esa película —dijo—. O sea, ya sé que por

aquí no entusiasmó a todo el mundo. ¡Aun así, es una película sobre el sitio

donde trabajo! Yo soy de Mississippi, y todavía le doy valor a esas cosas. Fue

la primera vez que mi madre quedó realmente impresionada.

Esa segunda entrevista era un clásico de la cultura de El Todo. Conocida

coloquialmente como Aleatorio Frente a Aleatorio, era una idea que Mae

Holland había tomado prestada, y que Delaney de hecho admiraba; quizá era

la única idea planteada por Mae que Delaney no consideraba la obra de una

especie de anticristo secular sin alma ni conciencia decidido a acabar con el

mundo.

Aleatorio Frente a Aleatorio implicaba que cualquier empleado de El

Todo, desde los ingenieros hasta los fundadores, pasando por los ayudantes de

cocina, tenían que participar, aunque solo fuera una vez al año, en una

entrevista a un candidato a nivel de acceso que hubiese superado el primer

filtro. Por tanto, un total aleatorio entrevistaría a un candidato aleatorio,

independientemente de sus áreas de experiencia. Un jefe de relaciones

públicas podía entrevistar a un programador; un científico de datos podía

reunirse con un aspirante a director de arte publicitario. En este caso, Jenny Butler era astrofísica y Delaney una generalista de artlibs que gustosamente,

dijo a Jenny Butler, florecería allí donde la plantasen.

—¿Así que trabajaste en la última perforadora de Marte? —preguntó

Delaney, y Jenny Butler dejó de masticar para fijar la mirada en ella con cara

de incredulidad.

—¿Cómo lo sabes? —preguntó—. No puedes haberme investigado

previamente, porque no te informan de quién será tu aleatorio. Y no has hecho

eso de fingir que te vas al cuarto de baño para consultarme en tu teléfono. —

Delaney sonrió, y a continuación Jenny Butler pareció dudar de su propia

versión de los hechos recientes—. Porque no has ido al baño, ¿verdad?

—Es solo que sé quién eres —contestó Delaney.

La división de Jenny Butler, SpaceBridge, fue fundada por Eamon Bailey,

pero no contaba, según decían, con la aprobación de Mae Holland.

SpaceBridge no era un empeño del todo práctico ni en absoluto rentable.

Bailey había destinado una cantidad indeterminada de millones de El Todo a

mandar róvers a la Luna y a Io, a excavar en asteroides de paso, a capturar

hielo de los anillos de Saturno y devolverlo… varias docenas de misiones

sumamente innecesarias que a Delaney le habían parecido mágicas y le

habían causado momentos de conflicto. Si ella ponía fin a El Todo, esos

proyectos de exploración espacial terminarían, porque no existía ninguna

empresa con el dinero de El Todo, y desde luego ninguna empresa con un

Bailey dispuesto a gastárselo simplemente para conocer lo ignoto de la

galaxia. Mae Holland había expresado una lealtad superficial a esas

actividades y la filosofía en que se sustentaban, pero nadie pensaba que esos

proyectos se llevaran a cabo si de ella dependiera. Sus intereses eran

prosaicos.

—Pero no sé qué haces ahora —añadió Delaney—. ¿Estás autorizada a

decirlo?

Delaney sabía que un candidato solo podía fracasar en esa segunda

entrevista si no mostraba interés en el trabajo de su entrevistador. Esa era la

clave, la única clave, de Aleatorio Frente a Aleatorio. Aunque en apariencia

consistía en que el total llegara a conocer mejor al candidato, se trataba más

bien de un tanteo de la curiosidad del candidato con respecto a El Todo y su

gente. Un candidato deficiente no preguntaría nada al total. Un candidato muy

deficiente preguntaría por el dinero, o las ventajas extrasalariales, o las

vacaciones, o alguna preocupación reduccionista y venal.

—Bueno, estoy metida en dos cosas, muy distintas —respondió Jenny

Butler—. En realidad no son secretos, así que puedo contártelo. El primero es un asunto menor, una app que calcula el mes y el año de tu muerte. No entra

en mi especialidad de siempre, pero un día se me ocurrió la idea y todo el

mundo me mostró su apoyo. ¿Ya habías oído hablar de eso?

A Delaney se le había cortado la respiración. Meneó la cabeza: no.

—Es eficaz en un 91 por ciento de los casos —prosiguió Jenny Butler—,

pero conseguiremos mejorar un poco ese porcentaje. No abarca las muertes

por accidentes imprevisibles y cosas así. Pero, basándonos en la forma de

vida, la dieta, los hábitos, la genética, la geografía y unos cuantos centenares

de datos más, podemos hacer un cálculo bastante exacto. El mes, eso por

descontado… y estamos ya más cerca de precisar el día. A mí me reconfortó

mucho conocer mi fecha. Podríamos calcular la tuya.

—¿Averiguar cuándo moriré? —preguntó Delaney.

—¿Qué tienes previsto hacer durante el resto del día? —quiso saber Jenny

Butler.

—¿No lo sabes ya?

—Ah, bien observado —respondió Jenny Butler—. Pero, en serio. Solo

necesitaríamos unas horas.

Sin dar tiempo a Delaney a contestar, Jenny Butler envió y recibió una

andanada de mensajes, solo para descubrir que, entre la premura de tiempo y

el hecho de que Delaney no tenía autorización de acceso, no sería posible.

—Bueno, otra vez será —dijo Jenny Butler, y a renglón seguido inició sin

ambages un largo soliloquio sobre un equipo a cargo de la construcción de un

róver para Marte del que ella formaba parte, señalando lo superior que era a

las versiones japonesa y europea, así como a los modelos chinos, que habían

fracasado ya dos veces.

Delaney tardó un cuarto de hora en recobrarse de la idea de que esa

astrofísica de ojos brillantes y encantador acento pudiera desarrollar, como

proyecto menor, una app —¡una app!— que eliminaría en gran medida el

misterio de la vida humana, y ahora hablara acerca del siguiente lanzamiento

a Marte.

Al final, Delaney se serenó lo suficiente para hacer preguntas, para

exteriorizar fascinación y admiración. Al terminar la hora asignada, Jenny

Butler estaba tan prendada de Delaney, y tan convencida de su sincero interés

en el trabajo de SpaceBridge y las trayectorias de lanzamiento y la velocidad

de aterrizaje, que invitó a Delaney al lanzamiento, que tendría lugar dos

meses más tarde, de un nuevo explorador con destino a Mercurio.

—Tanto si trabajas aquí como si no —dijo Jenny Butler a la vez que cogía

a Delaney de la mano y le daba un fuerte apretón—, vendrás como invitada mía.