El Todo

Dave Eggers · Capítulo 35 de 45

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XXXV. El interrogatorio demencial

XXXV

 

Era domingo por la noche, y Francis se vanagloriaba. Boxeaba en la cocina,

brincando en torno a la fogata y lanzando golpes con sus pequeños puños. La

siguiente rotación de Delaney era en ConPref, y Francis estaba impaciente; ya

había iniciado una especie de incorporación preliminar en el Havel. Desde la

calamidad de los humanos sin casa, se lo notaba apagado, incluso

amedrentado, pero ahora parecía al borde de la recuperación.

—Sé que has firmado un acuerdo de confidencialidad —dijo—, pero, así

y todo, tiene mucha importancia que vayas a ver lo que verás. Y eso gracias a

mí. —Tomando conciencia de que acaso eso sonara inapropiado desde el

punto de vista de El Todo, se rectificó—. Es decir, los dos debemos estar

agradecidos por esta oportunidad.

Delaney había visto a AtyenDe proliferar como una plaga. Y Rhea y

Karina eran apóstoles de un mensaje mundial de paz a través de la vigilancia.

Nadie puso la menor objeción. Y a todo aquel que estuvo tentado de ponerla

se lo acalló rápidamente mediante la intimidación: la lucha por unos

domicilios no vistos ni oídos equivalía a la lucha en favor de la violencia de

género, los abusos a menores, los atentados terroristas. Todas las semanas

llegaban noticias de planes truncados, de alguna adolescente rescatada del

sufrimiento. Y la gran mayoría de la gente, más que cohibirse ante la

presencia de una cámara en sus hogares, la agradecieron, y quedaban

encantados cuando los monitores de IA identificaban en sus casas situaciones

divertidas o adorables en las que intervenían ellos o sus hijos o sus mascotas,

y cuando después la IA retransmitía, automáticamente —era tan práctico—,

esos momentos divertidos y adorables al mundo sin su conocimiento ni

permiso.

Delaney guardaba silencio, aturdida por las consecuencias imprevistas de

todas las malditas propuestas que Wes y ella habían presentado. La industria

de los viajes se había hundido a causa de Para+Mïra, y sus millones de

trabajadores, ahora en el paro, estaban coléricos. Un crucero llegó al punto de pasar frente a la Isla del Tesoro, y sus escasos tripulantes hicieron calvos y

peinetas al campus de El Todo en un patético desafío. Por lo demás, el barco

iba vacío. Nadie viajaba a ningún sitio.

Y nadie comía plátanos. Ni piñas tropicales, ni ninguna fruta o producto

que se hubiese transportado desde más allá de unos cientos de kilómetros. Los

indignados ruegos de la Asociación de la Industria de la Papaya —una

entidad real— fueron en vano. A cada nueva actividad suprimida por El Todo

quedaban sin trabajo millones de personas, pero siempre podían encontrar

empleo en los almacenes de El Todo, donde se invitaba a los humanos a

trabajar junto a robots encargados de recoger paquetes y bajo la supervisión

de la IA, y se les pagaba a cambio un justo salario mínimo. Era un sistema

bien organizado.

Delaney deseaba gritar y montar en cólera y urdir nuevos planes con más

urgencia, pero no había manera de localizar a Wes en ninguna parte. O mejor

dicho, se lo localizaba fácilmente, porque se había trasladado al campus. Pero

cada día estaba más ocupado, sobre todo desde que se lo había ascendido a

miembro de la Banda de los 40, hecho que Delaney veía como vía de acceso

fundamental para sondear los puntos débiles de la empresa. Pero no podía

ponerse en contacto con él. Sus mensajes de texto más inocuos

—«Gracias»— quedaban sin respuesta. Esperaba un simple «Te quiero», ya

que nadie podía poner reparos a eso, o preguntarse qué ocultaba, pero no

recibió nada. Un día él, con el más críptico de los textos —«Grandes cosas en

marcha. Muy interesantes. Nos pondremos al corriente más tarde»—, insinuó

que no estaba disponible para compartir ideas nuevas respecto de estúpidos

subterfugios. Así que Delaney esperó, y continuó con las rotaciones, que la

llevaron a esta última, a ConPref.

—ES es fenomenal, desde luego —dijo Francis, y ejecutó una lamentable

patada de kung fu en dirección a la nevera—, pero ConPref tiene autoridad.

ConPref tiene poder. Si te sales de tus preferencias, lo notas. Pero ya he

hablado demasiado. El resto es «asunto reservado».

Delaney sabía que el departamento había adoptado una actitud más furtiva

en los últimos meses, que había nuevos planes en marcha. No era un secreto

que habían incorporado a varios cientos de empleados, y absorbía buena parte

de la publicidad y las operaciones financieras de El Todo.

—El crecimiento es astronómico —informó Francis—. Ya lo verás. Al

menos en parte. —Simuló partir la encimera con un débil puñetazo—. Pero

no trabajarás conmigo. Seguramente estarás con Ladarious o Allyson, pero no lo sé. En todo caso te presentaré yo. Eso será guay. ¡Llevar a tu compañera de

cápsula al trabajo! —dijo, y lanzó un puñetazo.

 

Pero el lunes por la mañana, después de «enloquecer» y vestirse, con Francis

en la puerta —en la abertura donde antes había una puerta—, Delaney recibió

un audiomensaje de Gabriel Chu. «Hola, Delaney, soy Gabriel Chu. Espero

que puedas reunirte conmigo en el Aviario esta mañana a las 8.40. He

consultado tu OwnSelf y eliminado todos los obstáculos. Puedes visitar

ConPref en otro momento. Nos vemos».

Delaney rebuscó en su memoria en busca del Aviario. Dios santo, pensó.

Era la planta superior de Algo Más, el observatorio desde el que habían

saltado y encontrado la muerte diez o doce totales. Había permanecido

cerrado desde que ella estaba en El Todo.

Delaney consultó el reloj. Eran las 8.28. Dijo a Francis que su visita a

ConPref quedaba aplazada, y corrió escalera abajo hacia la Margarita.

Necesitaba a Joan, y le mandó un mensaje con la esperanza de que estuviera

en la oficina de ES. «En el trabajo. ¡Nos vemos!» fue la autorrespuesta de

Joan. El mensaje de Gabriel había sido enigmático, casi agresivo. No daba

lugar a la discusión o al cambio de planes. Delaney permaneció inmóvil en la

sombra frente a la Margarita, planteándose sus opciones. ¿Fingir que no había

recibido el mensaje? Imposible: a él ya le había llegado la confirmación de

que el mensaje había sido oído. La invadió un sentimiento contestatario. ¿Qué

autoridad tenía ese hombre para emplazarla así? ¿Tenía ella que ir? ¿Y si

sencillamente no respondía, no iba allí corriendo?

En el otro extremo de la Margarita vio atravesar el césped a alguien

parecido a Wes: tenía el mismo andar patizambo de cuatrero. Pero esa

persona vestía como un patinador artístico. Vestía una ajustada envoltura de

licra con trazos de color pastel, una especie de indumentaria de camuflaje de

mazapán. Lo miró fijamente. Luego consultó su teléfono, pidió la ubicación

de Wes y advirtió que sí era él. Estaba rodeado de totales, como Sócrates

dando una clase peripatética, y se lo veía muy feliz, radiante sin lugar a dudas.

 

Eran las 8.40.54 cuando llegó a Algo Más. Había decidido que al menos tenía

que presentarse. No era necesario que subiese a la azotea. Vería a Gabriel y lo

evaluaría desde allí. ¿Y qué le preocupaba? ¿Que él, en secreto, estuviera lanzando a personas desde lo alto del observatorio? Se sentía falta de sueño.

Su mente empezaba a desintegrarse.

—¡Estás ahí! —Era Kiki. Había salido de la nada, y no tenía motivo

alguno para estar allí. Delaney no necesitaba ayuda para encontrar el edificio,

y eso no era una rotación—. Te he visto venir hacia aquí —dijo Kiki a modo

de explicación, y se tocó la pantalla del brazo—. ¿Tienes una reunión ahí

dentro? ¿Quizá en el Aviario? Yo no he quedado con nadie, pero siempre he

querido verlo. ¿Y si te acompaño?

Delaney advirtió entonces que Kiki calzaba zapatos de tacón. Y que

llevaba un leotardo con rotos en las rodillas. Y sostenía una pamela en las

manos, y en la pamela había recogido flores silvestres y piedras.

—Kiki, ¿estás bien? —preguntó Delaney.

—¡Estupendamente! —contestó Kiki, levantando demasiado la voz—.

¿Vamos? —Abrió la puerta de Algo Más, y Delaney entró. Kiki corrió hasta

los ascensores y pulsó todos los botones que pudo. Estaba decidida a subir—.

¡El Aviario! Desde allí las vistas son espectaculares. ¿Tú adónde vas? Puedo

apretar el botón de la planta a la que tú vas, y luego seguir hacia arriba. No es

problema.

—Creo que deberías descansar —dijo Delaney.

—¿Descansar? ¡Sí! ¡Más tarde! —entonó Kiki, y volvió a pulsar los

botones—. ¿Tienes una reunión aquí? ¿Con Gabriel? Eh, quería preguntarte

qué tal vas adaptándote a la vida en El Todo. Parece que estás haciéndolo

diligentemente. —Su óvalo emitió un campanilleo de reafirmación—. ¿Qué

tal duermes?

—Kiki —dijo Delaney, y alargó el brazo para cogerle la mano.

—¡Eh! —gimió Kiki, y escondió la mano—. Manos fuera, es mía. Es mía

para hacer lo que me apetezca. ¡Crepuscular! —Su óvalo campanilleó y Kiki

sonrió—. ¡Magnanimidad! —exclamó, y sonó otra vez la campanilla.

—Hola —dijo una voz masculina.

Delaney, al volverse, encontró a Gabriel Chu de pie junto al ascensor.

Vestía un maillot azul oscuro y, plantado con los pies separados y los brazos

cruzados ante el pecho como hojas de cuchillo, evaluaba la escena.

—Kiki, ¿es aquí donde deberías estar? —preguntó.

—Estaba acompañándola —contestó Kiki a la defensiva, desviando la

mirada.

—El Aviario está cerrado —dijo Gabriel con calma—. Ya lo sabes, Kiki,

y sabes por qué.

—Sí, ya lo sé —respondió Kiki—. Solo estaba acompañándola. —Miró a

Delaney por un largo momento, y Delaney se dio cuenta de que no recordaba

su nombre. Finalmente consultó su pantalla y dijo—: A Delaney.

—Muy amable por tu parte —dijo Gabriel—. ¿Qué llevas ahí? —Se

acercó a ella para verlo mejor.

—Nada —respondió Kiki—. Solo unas piedras que he cogido. Y flores.

—Bien. Te lo repito: el Aviario está cerrado.

—Nino está bien —aseguró Kiki.

—No lo dudo —dijo Gabriel.

—Está rodeado de amor —añadió Kiki.

Con su brazo esculpido, Gabriel señaló a Kiki la puerta.

—Confío en que puedas encontrar la salida. Seguro que hoy tienes una

agenda muy apretada.

Con una expresión enloquecida en los ojos, Kiki movió los labios para dar

forma a posibles respuestas. Pero finalmente no dijo nada y, girando en

redondo, salió del vestíbulo a la luz del sol.

—Delaney —dijo Gabriel, impertérrito—. Gracias por venir. —Miró los

botones iluminados de los ascensores—. No funcionan. Los hemos

desactivado para fomentar el ejercicio. ¿Me acompañas?

Delaney siguió a Gabriel por la escalera de caracol, pensando en faros y

en Kiki, y en lo que Kiki planeaba hacer cuando llegara al Aviario. Habían

subido ya ocho pisos, y Gabriel apenas habló. En cierto momento preguntó a

Delaney si estaba cansada, y acto seguido se corrigió.

—Aquí la escaladora eres tú —dijo—. Esto no es nada para alguien con tu

preparación, supongo.

Cuando llegaron a la planta superior, Delaney esperaba encontrar un

observatorio al aire libre, pero estaba todo cerrado: el Aviario se había

convertido en una sala oscura, iluminada solo con rieles de luz improvisados.

En el centro había dos butacas tapizadas, una al lado de la otra, separadas por

un biombo portátil. El biombo era translúcido pero ondulado, lo que creaba

cierta sensación de intimidad, como la que uno percibiría en una casa de la

risa.

—Gracias por someterte a semejante caminata. Este es uno de los sitios

más tranquilos del campus, y digamos que me lo he apropiado. ¿Me permites

tu cámara?

Delaney se la quitó y se la entregó.

—Siéntate, por favor. En cualquiera de las butacas.

En los pocos pasos que dio para llegar a la butaca más cercana, echó una

ojeada alrededor. No vio cámaras. El corazón le latía con fuerza. Concibió

una sucesión de posibles escenarios. Descubrió de pronto que deseaba la

seguridad de ser observada.

Gabriel ocupó la segunda butaca, y en cuanto se sentó, Delaney vio solo

una versión borrosa de él.

—Gracias por reunirte conmigo. Voy a apagar tu cámara. Pero se nos verá

a través de Friendy. ¿La has utilizado?

—Sí —contestó ella, procurando no mostrarse a la defensiva.

—Con tu permiso, empezaremos ya, y como sabes, Friendy evaluará tu

sinceridad. ¿Das tu consentimiento?

Delaney sabía que no podía negarse. Pero nunca se había sometido a

Friendy en su forma actual, mucho más poderosa y precisa que la que Wes y

ella habían concebido.

—No hay problema —contestó ella.

—De acuerdo. Empecemos, pues. Puedes estar tranquila —dijo Gabriel

—. No estás metida en ningún lío. Todo lo contrario, en realidad.

Delaney volvió a lanzar una mirada en dirección a él, y vio que sostenía

una tableta pequeña en el regazo. No la había visto cuando él entró en la sala.

Miró de nuevo al frente, pero, a través de su visión periférica, tuvo la certeza

de que su rostro aparecía en la pantalla. No había ninguna cámara a la vista en

la pared lisa que tenía enfrente, y sin embargo su cara era registrada y

transmitida a la pantalla de Gabriel.

—Relájate si puedes —dijo él con desenfado—. Sé que esto es inesperado

y no tiene precedentes, al menos desde tu propia experiencia aquí en El Todo.

¿Te sientes cómoda? La butaca, el entorno, quiero decir.

—Estoy bien —contestó ella.

—La posición de las butacas, una al lado de la otra, es una innovación

mía. He observado que el contacto ocular directo a veces altera los resultados.

Algunas personas se alteran y se les disparan las hormonas del estrés.

Sentadas una al lado de la otra, sin la tensión del contacto visual, las personas

se tranquilizan, al menos relativamente. Y repito, no hay ninguna razón para

que te inquietes. Esto debería ser una experiencia placentera para ambos.

Delaney dejó escapar una risa nerviosa, como para dar a entender a

Gabriel lo graciosa que era su insinuación de que un interrogatorio por

sorpresa en una sala vacía entre ella y él, todo un fundecerebros, pudiera tener

algo de placentero. Aparte de eso, Delaney no estaba preparada. Miró al

suelo, a un levísimo arañazo en forma de sable en el parquet. Se acordó del trabajo de su antiguo novio Derek. Aunque pasar a la clandestinidad con los

Servicios de Pesca y Caza de Idaho no se parecía en nada a este interrogatorio

en una caja blanca, la clave para mentir seguía siendo la misma. El aspecto

esencial era sencillamente decir cosas que fueran verdad. Dar la vuelta a la

pregunta en la cabeza, expresarla de otra manera —incluso reorganizarla—

hasta que la respuesta pudiera ser sincera.

—Un momento —dijo Gabriel, y pulsó la pantalla unas cuantas veces.

Delaney esperaba que empezara por preguntas elementales y fuera

aumentando el nivel de dificultad hacia aquello que tenía en mente, así que se

preparó, reconfortándose un poco con la perspectiva de disponer de cierto

tiempo para practicar con preguntas banales antes de que él ahondara.

—¿Para qué has venido? —preguntó él de pronto.

Delaney lo recibió como una bofetada. Gabriel lo sabía, conocía todos sus

planes. Abochornada, su cuerpo quedó al instante bañado en sudor, pero sabía

que debía mantener una actitud despreocupada. Se obligó a sonreír, después

rio. Intentó conferir a su voz, a su cara, una apariencia de desenfado. Al reír,

se sintió medio enloquecida, agachó la cabeza y rio un poco más.

—Me considero un hombre gracioso —comentó él—, pero no tan

gracioso. Y menos cuando no he hecho ningún chiste. —Soltó una risita, para

indicar que la situación no lo contrariaba, sino que lo divertía.

—Perdona —contestó Delaney, y volvió a reírse. La verdad era que de ese

modo daba la impresión de ser una persona trastornada, cayó en la cuenta,

pero era mejor eso que aparentar miedo o dejar entrever que se sentía

descubierta—. Esperaba que empezases por preguntas sobre mascotas y

comidas preferidas, y tu primera pregunta, de tan directa, me ha hecho gracia.

—Ah, vale —dijo él, al parecer con sincera curiosidad y acaso cogido un

poco a contrapié en su juego.

—¿Puedes repetir la pregunta? —pidió Delaney, y se rio otra vez, ahora

de verdad. Allí la graciosa era ella, pensó. Pedirle que repitiera una pregunta

de cuatro palabras: eso sí tenía gracia. Esa sí que era buena.

—¿Para qué has venido? —repitió él.

Su voz no revelaba la menor emoción. Delaney percibió dos detalles: en

primer lugar, las preguntas estaban cuidadosamente preparadas, y él no

modificaría la formulación; en segundo lugar, cuando las planteaba, mantenía

un tono neutro. Eso debía de formar parte de su método.

Delaney decidió mantener la actitud jovial. Sonrió y se volvió hacia la

versión borrosa de Gabriel que veía a través del biombo.

—¿Para qué he venido a esta sala?

—Al campus —aclaró él sin alterarse—. A esta empresa. ¿Para qué has

venido?

A Delaney se le paralizó el pensamiento. Gabriel tenía que saberlo. Por un

momento sintió ganas de rendirse. Mentir era agotador. Siempre que veía

películas de policías, se identificaba profundamente con los delincuentes que

no huían, no discutían, los que de inmediato levantaban las manos y se

rendían. Se quedó bloqueada.

—¿Para qué he venido a El Todo? —repitió.

—Sí, ¿para qué?

¿Debía rendirse? ¿Decirle la verdad a Gabriel? ¿Que había entrado en El

Todo con el propósito de destruirlo? Se imaginó a sí misma expulsada del

campus, y la idea le resultó sumamente atractiva. Volvería a Idaho,

descansaría unos meses, viviría durante años sola en el bosque. Aunque, por

otro lado, si iban a expulsarla de la empresa, ¿por qué no irse presentando

batalla? ¿Por qué rendirse, someterse a un hombre como Gabriel Chu, que

escribía encuestas en línea? Procuró respirar más despacio y desplegó una

sonrisa. Recurre a lo absurdo, pensó.

—Quería estar en el centro del mundo —dijo.

Él miró su pantalla, pero por lo demás no exteriorizó nada.

—¿Cuál es tu lugar preferido?

De pronto una sensación de alivio se propagó por todas las fibras de su

cuerpo. ¿Era ese acaso un test aleatorio, un laberinto mental inescrutable?

—Ghost Canyon —contestó. Tenía la relativa certeza de que ahora él

establecía un baremo, comparando sus respuestas iniciales, que sin duda

habían activado los sensores, con unas cuantas preguntas inocuas.

—Es tu pueblo —dijo él.

—Sí.

—¿Has disfrutado de tu tiempo aquí en este campus?

Delaney volvió a sonreír, alzando la vista al techo, y fingió pensar en todo

aquello que le encantaba a la vez que dejaba de lado todo lo que detestaba.

Céntrate en lo que te gusta, pensó. Pensó en Wes, en Joan, en la sensación que

producía la brisa de la Bahía cuando estaba desnuda bajo la claraboya.

—Sí —contestó.

Él bajó la cabeza por un momento.

—¿Tienes un compañero de cápsula que se llama Soren Lundqvist?

—Sí.

—¿Le dijiste que querías matarlo?

A Delaney se le cerró la garganta.

—Era una broma —respondió con voz ronca—. Mi padre odiaba el stop

inteligente y…

—Lo entiendo —dijo Gabriel—. Pero ¿deseas ahora algún mal a Soren

Lundqvist?

—No.

—¿Tienes intención de matarlo?

—No.

—¿Es Wes amigo tuyo? —preguntó él.

—Sí —respondió ella.

—¿Inventaste AutentiAmigo?

Esto es una pesadilla, pensó Delaney. Pásalo deprisa.

—Sí —dijo.

—¿Wes también inventó AutentiAmigo?

—Sí. Él creó el código para mi concepto.

—¿Inventaste QedaosQïetos? —preguntó él.

—No —se apresuró a responder Delaney. Eso, tuvo la impresión, era

relativamente cierto.

—Estuviste cerca de su creación —dijo Gabriel.

—Conozco a Syl.

—Después de eso tuve que trasladarme al campus —explicó Gabriel—.

Mis hijos estaban a gusto en su colegio de Pacifica. Amigos, profesores que

les caían bien, patios que conocían, la playa. Ahora vivimos todos aquí.

Delaney no supo qué decir, así que no dijo nada.

—¿Formaste parte de plátanoskam? —prosiguió Gabriel.

—Estaba con Wes cuando a él se le ocurrió.

—¿Y de AnonIdea?

—Sí.

—Según parece, a menudo estás presente en la sala donde se inventan

cosas. ¿Cómo explicas eso?

Podía encuadrar eso en su mente, consideró Delaney, de manera que se

percibiera como verdad.

—No me lo había planteado —dijo. Eso era exacto, en cierto modo: ella

no se había visto a sí misma en una sala al formularse esas ideas.

—Estabas en AtyenDe cuando propusieron una expansión masiva de su

programa de escuchas —dijo él.

—Sí.

—¿Qué opinas de sus ideas?

—¿Qué ideas? —preguntó ella, y Gabriel exhaló un suspiro de decepción.

—La noción de que AtyenDe debe ser una herramienta para prevenir la

violencia doméstica y los malos tratos a la infancia, de que acceder a todas las

grabaciones en las casas y colaborar con la policía debe ser un derecho de El

Todo y del Estado.

Delaney concibió otra vez una frase sincera.

—Salvará vidas.

—¿Para qué has venido? —repitió él.

—Me has preguntado eso hace un momento —dijo Delaney. Eso, como

ella sabía, era una táctica de fatiga. Una persona culpable daría una respuesta

automática. Una mente inocente haría lo natural: señalar la repetición.

—¿Mentirías por un fin elevado? —preguntó él.

—¿Cómo dices? —Delaney lo había oído claramente, pero necesitaba

tiempo para formar una respuesta.

—Si lo consideraras necesario para alcanzar un objetivo noble,

¿mentirías?

—Sí —contestó Delaney. Esa afirmación no parecía entrañar riesgo.

—Tu nombre, Delaney, significa «rival oscuro» en irlandés. ¿Sabes por

qué te pusieron tus padres ese nombre?

—No sabía que significara eso —respondió Delaney. Era verdad: no tenía

la menor idea—. Me dijeron que era un nombre habitual en la familia.

—¿Eres una rival oscura? —preguntó él.

—No —dijo Delaney, convencida de que eso se detectaría como mentira.

—¿Conoces la obra de Meena Agarwal? —preguntó Gabriel.

Delaney bajó la vista para evitar que la cámara que tenía enfrente,

dondequiera que estuviese, registrara conmoción en sus ojos. Está tanteándolo

todo, pensó.

—Sí. Hice dos asignaturas con ella en la universidad.

—Háblame de la profesora Agarwal —dijo él con el mismo tono de voz.

Delaney se concentró en la salud de Agarwal.

—Era brillante. Es brillante. Está enferma. ¿La conoces? —Delaney

decidió volver a un estilo de conversación animado, incluso juguetón.

—¿Coincidías con sus teorías? —preguntó él.

—¿Qué teorías? —quiso saber Delaney. De nuevo consideró que ese era

el estilo más natural—. Ha escrito un centenar de artículos.

Delaney percibió la sonrisa de Gabriel.

—¿Habría aprobado ella que trabajases aquí?

Esa era fácil.

—No —contestó Delaney rotundamente.

—¿Has hablado con ella desde que te contrataron aquí?

—No —respondió Delaney de inmediato. Eso le causó enorme

satisfacción. Había tenido la inteligencia de no ponerse en contacto con

Agarwal. Los errores precipitaban mentiras; la planificación y la disciplina

eliminaban esa necesidad.

—¿Es esta empresa un monopolio? —preguntó Gabriel.

—No.

—¿Por qué no?

—No existe ninguna barrera de entrada que impida acceder a posibles

competidores. Escribí un trabajo sobre eso. ¿Lo conoces, quizá?

Gabriel mantuvo la cabeza baja, la mirada fija en la pantalla.

—¿Coincides con la teoría de Agarwal de que estamos experimentando

una evolución a nivel de especie?

—No estoy segura —dijo Delaney.

Relativamente cierto, pensó.

—Agarwal sostiene que la gente no desea ser libre. ¿Estás de acuerdo?

—Ella dice que la mayoría de la gente no quiere ser libre.

Siguió una pausa anormalmente larga. Vio a Gabriel tocar la pantalla y tal

vez incluso introducir una palabra.

—¿Y estás de acuerdo? —preguntó él por fin.

—Desconozco qué porcentaje de la gente abarca esa descripción, pero es

cierto que hay humanos, en determinada proporción, que prefieren que se les

diga lo que han de hacer.

—¿Está por encima del cincuenta por ciento?

—No lo sé —respondió Delaney, y tuvo la certeza de que esa mentira se

detectaría. Tenía en la cabeza un número, tan preciso como podía concebir y

además fácil de recordar: 82-82. El 82 por ciento de las personas quieren que

se le dicte el 82 por ciento de sus vidas.

—¿Entra en esa categoría la gente que trabaja en El Todo, la categoría de

la gente que no quiere ser libre? —preguntó él.

—No estoy segura —dijo Delaney.

Se reprendió. Esa respuesta no era sensata. La respuesta correcta era

«No». Acababa de delatarse, y no le cabía duda de que esa respuesta por si

sola pondría fin a su empleo. Ningún total leal concebiría la posibilidad de

que sus compañeros de trabajo fuesen indiferentes a la libertad. ¿Debía

rectificar la respuesta? El tenso silencio posterior significaba que Gabriel le

dejaba tiempo para corregirse, como si supiera que tal vez ella optase por eso.

—En mi opinión —añadió Delaney—, en todas partes hay gente que entra

en esa categoría, y siempre la ha habido, mucho antes de la aparición de El

Todo. Así que es lógico pensar que también aquí hay gente que no reconoce

la diferencia entre ser libre y no serlo, o no le importa mucho esa diferencia.

Gabriel miró al frente durante tres segundos, cinco segundos… una

eternidad.

—¿Cómo se ejerce mejor la libertad? —preguntó. No había consultado su

pantalla. Al parecer, esa era una pregunta improvisada.

—Con voluntad —dijo ella—. De manera irregular. Por medio de la

refutación de la costumbre. Rompiendo las pautas. Incumpliendo

racionalmente las normas irracionales. Guardando secretos. Sin dejarse ver. A

través de la soledad. De la indiferencia social. Luchando contra el poder

usurpado. Mediante la falta de respeto a la autoridad. Avanzando sin límites

ni horarios a través del día y el mundo. Eligiendo cuándo participar y cuándo

retirarse.

Cuando terminó supo que había hablado más de la cuenta. Gabriel hizo

otra larga pausa, y ella lo vio deslizar la pantalla. Mientras él permanecía en

silencio, Delaney se maldijo por su verborrea. Aun así, muchos en El Todo, y

esperaba que Gabriel entre ellos, respetaban la libertad de pensamiento y

expresión siempre y cuando no representara una amenaza para su plan de

negocio.

—¿Por qué te alteraste tanto con aquel guarda de la playa? —preguntó él.

—¿Cómo dices? —Delaney no sabía de qué hablaba.

—Poco después de contratarte, intentaste ir a Ocean Beach, y te paró un

vigilante municipal. Quería verificar tu teléfono y tu óvalo. ¿Por qué te

molestó tanto eso?

—No me molestó —mintió Delaney, y supo que la mentira era flagrante

—. Me sorprendió. No había pasado nunca en aquella playa.

—Cuando tú eras guarda forestal, ¿te molestaba? ¿Eso de que se exigiera

a los excursionistas que llevaran teléfono?

—No. Es más seguro para todo el mundo —respondió ella. Ahora sus

mentiras eran infantiles.

—Presentaste una queja por escrito —recordó él.

—Eso no es verdad. —Sí era verdad, pero había presentado la queja en

papel, en una delegación local de Nuevo México, hacía mil años. A Delaney

le costaba creer que esa nota se hubiese guardado y digitalizado y que hubiese

llegado de algún modo a manos de Gabriel Chu. Pero obviamente así era.

Añadió—: No lo recuerdo.

—¿Por qué decidiste vivir en una casa troglo? —preguntó él.

—Salía más barato —contestó. Eso se interpretaría como una verdad a

medias.

—Según las investigaciones, si se tienen en cuenta los gastos totales y los

inconvenientes que conllevan, salen más caras.

—Si se tiene en cuenta el alquiler, salen más baratas. —Delaney se rio.

¿Debía volver a la estrategia de la risa? ¿Por qué la había abandonado?

—¿Por qué tienes un apartado de correos? —preguntó Gabriel.

—Recibo cartas de amigos troglo, de parientes mayores —dijo ella, y

enseguida cayó en la cuenta de que la respuesta más verosímil habría sido el

asombro y la indignación por el hecho de que él estuviera enterado de eso—.

Esto es un campus sin papel, como tú sabes.

De nuevo Delaney intentó forzar una parca risa.

—¿Te gusta vivir en el campus?

—Sí —afirmó ella, y tuvo la sensación de que parecía sincera.

—¿Qué había en la carpeta de Hans-Georg?

—No me acuerdo —contestó. Esa mentira fue un acto reflejo y no pudo

desdecirse.

Gabriel contuvo una mueca de suficiencia.

—¿Viste algo fuera de lo común durante tu reconocimiento médico?

Ahí estaba, por fin. Lo único que podía hacer era decir la verdad, y de

inmediato.

—Sí. Vi lo que parecía una ecografía de Mae Holland.

—¿Le has hablado a alguien de eso?

—No.

Gabriel mantenía la mirada en la pantalla. La maldita cara de ese hombre,

pensó. Eso era un experimento suyo desde el principio. Acababa de

confirmarlo, y su cara no delataba nada: ni satisfacción, ni sorpresa, ni

siquiera un mínimo interés.

—¿Quiere la gente ser libre? —preguntó. Eso lo leyó de la pantalla. O

bien el cuestionario seguía un orden elíptico, o bien era intencionadamente

repetitivo.

—Mucha gente agradece que haya límites —respondió Delaney.

—¿Agradeces tú que haya límites? —preguntó él, como si sintiera

auténtica curiosidad.

—En muchos casos, sí.

De nuevo se imaginó a sí misma huyendo a través de la verja.

—Voy a sugerirte que esperes unas semanas antes de visitar ConPref.

¿Tienes algún inconveniente?

—Me parece bien —dijo ella.

Lo sabe, pensó Delaney. Tiene que saberlo. Sintió que frío mercurio le

corría por las venas.

—¿Para qué has venido? —preguntó él—. Perdona que lo repita.

Lo sabe sin lugar a dudas, se dijo Delaney. Se agarró a la silla, dispuesta a

levantarse. Él, sorprendido, se volvió hacia ella. Algo en su mirada, una

expresión risueña en los ojos, atenuó el terror de Delaney y la indujo a

quedarse sentada.

—Tú me has invitado a venir.

—¿Por qué trabajas aquí, en El Todo?

—¿No me has preguntado eso ya? —dijo ella.

—Perdona. ¿Puedes contestar otra vez?

—Cuando me lo has preguntado por primera vez, he dicho que quería

estar en el centro del mundo. Y es la verdad. También quiero causar impacto.

Aquí y en el mundo en general.

Le complació esa última frase. Era relativamente cierta, y relativamente

inocua. Con su visión periférica, captó el gesto de asentimiento de Gabriel,

como si ella hubiese confirmado todo lo que sospechaba.