El Todo
XXXIII. Me ves, me oyes, me salvas
XXXIII
La aparición del dirigible fue inesperada y a la vez inevitable. En todas sus
investigaciones, Delaney no había encontrado prueba alguna de la existencia
de zepelines de vigilancia, pero dos semanas después del episodio de la
bomba, la sombra del dirigible trazaba círculos sobre el campus
incesantemente. Años antes Bailey había comprado una empresa turca de
dirigibles, pero no le había dado gran uso; sus intereses se habían desplazado
a Io. Ahora, con el dirigible volando en silencio sobre ellos, a sesenta metros
de altura, muchos totales no se explicaban cómo habían podido vivir sin su
tranquilizadora sombra. Lo veía todo, y todo lo que veía estaba a disposición
de todos. En cualquier momento dado, los que estaban sentados en la hierba
de la Margarita podían observarse mientras el dirigible los observaba a ellos,
y eso los complacía a todos. Su objetivo era tan potente que podía leer el texto
de un teléfono móvil; podía contar los pelos de una cabeza. Y lo más
importante, podía detectar la presencia no autorizada de cualquier cosa
llegada desde cualquier dirección: tierra, aire o mar.
Stenton asumió plenamente la responsabilidad de su existencia y los
correspondientes mensajes. Se organizó un concurso para ponerle nombre,
quedando Diri McCaradediri en segundo lugar a corta distancia de Ojo de
Bailey, una idea de Wes, y un guiño a modo de homenaje a su difunto
fundador. Stenton publicó un vídeo para celebrarlo.
«¿Recuerda alguien entre nosotros la vida antes de que el Ojo de Bailey
cuidara de nosotros? —preguntó—. ¿Queremos recordarla? Ahora conocemos
una nueva clase de seguridad. Una sensación de alivio. Lo inesperado ya no
es posible».
Delaney vio el anuncio en compañía de las elásticas.
—Stenton ha vuelto de pleno, parece —comentó Berit.
—Tengo la misma sensación que si mi padrastro hubiera salido de la
cárcel y hubiera vuelto con mi madre —dijo Ro.
—Y luego hubiera comprado un dirigible —añadió Joan.
—¿Alguien se ha fijado en que el dirigible sonríe? —preguntó Preeti.
Para humanizar al dirigible, le habían pintado unos grandes ojos y una
sonrisa dentuda de anime. Eso generaba un efecto similar al de ser observado
por un híbrido entre beluga y B-52 en lento movimiento.
—Ya veréis —dijo Joan—. Stenton estará al frente de esto dentro de seis
meses. Ha llegado el momento Reichstag.
En ES se interrumpió el trajín y el bullicio habituales propios del
movimiento de productos y la sala quedó en silencio. Todas las miradas se
posaron en Joan.
—¿Qué? —dijo—. Sabéis que tengo razón. Mae no ha tenido una sola
idea desde que asumió el poder. Stenton ha decidido tomar la iniciativa.
Las elásticas reunidas cruzaron miradas, y luego volvieron a fijar la vista
en Joan, advirtiéndole en silencio: «Basta». Después del atentado, incluso en
ES se percibía un aumento de la cautela, de la atención a cada palabra
pronunciada. Joan devolvió las miradas admonitorias, y la expresión de sus
propios ojos decía: «Bien. Sabéis que tengo razón». Se reanudó la actividad, y
algunas elásticas se marcharon a almorzar temprano, como para huir de los
daños.
Joan se volvió hacia Delaney.
—¿Seguro que quieres volver a rotar? ¿Para qué? De todos modos
acabarás otra vez aquí.
Pero había llegado el momento. Llevaba tres semanas en ES, mucho más
de lo que se proponía. Necesitaba sembrar ideas en otros sitios.
—Gente, Del se marcha —anunció Joan, y las restantes elásticas se
reunieron alrededor—. Se va a AtyenDe.
—Es solo una rotación —aclaró Delaney.
—¿A AtyenDe? —dijo Preeti, y arrugó la nariz—. ¿Por qué a AtyenDe?
Después del atentado, Delaney había oído rumores de que Stenton
empezaba a interesarse por AtyenDe, y presentía que ella debía estar allí para
exacerbar los horrores que él tuviera en mente, fueran los que fuesen.
—Por simple curiosidad —contestó Delaney.
—Volverá —aseguró Joan. Luego dijo a Delaney—: Volverás. Todas
vuelven.
—¡Delaney! —exclamó Kiki. Habían quedado en la Margarita, y Delaney
llegó a la Margarita tal como estaba previsto, pero Kiki, al ver que el punto
correspondiente a Delaney en su pantalla se convertía en la Delaney real ante ella, reaccionó con su acostumbrado entusiasmo—. ¿Estás lista para otra
rotación? —preguntó, y sonrió. Acto seguido, alzó un dedo—. ¡Hola, Nino,
cielo! Y encantada de verla, señorita Jolene. —Kiki volvió la cabeza en otra
dirección.
Durante los dos minutos siguientes, Kiki mantuvo una conversación
intensa y apresurada con los dos rostros, el de su hijo y el de la maestra de su
hijo, en la pantalla de su antebrazo. Delaney no pudo evitar oírla, y quería
oírla, por si era necesario salvarla de su último drama.
—No era mi intención tocarla —dijo Nino—. Yo estaba donde los Legos,
y ha venido Mia. Ella y yo hacemos eso de chocar nuestros Legos, como si
chocáramos los puños. Pero hoy he fallado, y he tocado con mi Lego el brazo
de Mia.
—Nino, estoy segura de que… —empezó a decir Kiki.
—Lamentablemente, esto pone en marcha una revisión obligatoria —
anunció la señorita Jolene sin el menor asomo de calidez en la voz—. Es un
proceso automático. Ya conoce la política del colegio con respecto al contacto
interpersonal. Yo no podría detenerlo aunque quisiera. Por suerte, disponemos
de vídeo de calidad, así que no habrá dudas acerca de lo que ha ocurrido
exactamente. Consulte el feed sobre los pasos siguientes.
—Pero, señorita Jolene…
—Ya nos veremos cuando venga a recoger a su hijo —atajó la señorita
Jolene, y la pantalla se oscureció.
—¿Lo has oído? —preguntó Kiki a Delaney.
—Sí —contestó Delaney—. Seguro que quedará en nada.
Kiki volvía a tener la mirada fija en la pantalla. Los pasos siguientes
habían aparecido ya; Delaney echó un vistazo a lo que en apariencia era algún
tipo de contrato que Kiki debía firmar.
—Este no es el primer conflicto —dijo Kiki—. Mira.
Enseñó a Delaney la pantalla, donde se enumeraban los incidentes en los
que había intervenido Nino. Delaney leyó unas cuantas entradas —«contacto
rodilla con rodilla 11-3» y «cantar una canción inapropiada 23-5»— y, al
alzar la mirada, vio a Kiki respirar a través de una cánula.
—Me ayuda a aliviar el estrés —explicó ella—. ¿Tú tienes una
TodoCánula?
Delaney contestó que no.
—Llegamos tarde —dijo Kiki—. Vamos a AtyenDe, ¿no? ¿Dónde está
eso?
Delaney veía el edificio a no más de cien metros; en la fachada destacaba
la palabra ATYENDE en letras de más de un metro. Kiki consultaba su pantalla.
—Oh, no —dijo—. Nos indica que tomemos por la autovía. Aquí falla
algo. Déjame…
Tecleó durante unos segundos mientras Delaney, con delicadeza —porque
tenía la impresión de que cualquier cosa podía provocar a Kiki un ataque de
nervios—, intentaba decirle que el edificio se hallaba enfrente. Por fin,
mientras Kiki esperaba a que la pantalla se recargara, Delaney consiguió que
Kiki dirigiera la mirada hacia el letrero de AtyenDe.
—Vale —dijo Kiki—, pero quiero asegurarme. —Y de nuevo esperó a
que la pantalla confirmase lo que tenía delante.
—Desde aquí ya puedo arreglármelas —dijo Delaney, y Kiki la miró con
cara de agotamiento, gratitud y semienfado. Luego golpeteó de nuevo su
auricular, por el que le llegaba una nueva llamada.
El edificio de AtyenDe era un puntiagudo cúmulo de cristal y madera,
concebido para evocar una concha marina, supuestamente una caracola.
Delaney llegó antes de hora, justo cuando la sombra del dirigible se deslizaba
lentamente sobre el edificio. Desde el interior la saludó un enorme cartel de
acero pulido cortado a láser.
AQUÍ SE TE OYE, rezaba.
A Delaney la fascinaban los altavoces inteligentes más que cualquier otro
aspecto de El Todo, y era así desde su infancia. Los padres de Delaney se
opusieron rotundamente a tener uno en casa, hasta que empezaron a trabajar
en FolkFoods, compraron uno —de oferta— y pronto lo consideraron
indispensable. En la universidad, Agarwal había dedicado semanas a ese
tema, ya que veía los altavoces inteligentes como una prueba, la prueba más
convincente, de que los humanos no se resistirían a ningún nivel de intrusión
si les ahorraba el esfuerzo de cruzar la sala.
Los altavoces inteligentes tuvieron no pocos tropiezos en su presentación
al mundo. En la década de 2010 alcanzaron unas ventas fenomenales, y
cientos de millones de hogares los adoptaron en sus primeros años. Antes de
la irrupción de El Todo, los fabricantes de esos dispositivos —al principio
había tres actores principales en ese ámbito, incluida la selva— aseguraron a
los compradores que los asistentes de IA nunca se activaban a menos que se
pronunciara el nombre o código asignado. Eso tranquilizó a los usuarios, que
entendieron que sus conversaciones privadas cotidianas no se oirían, que solo eran audibles sus breves peticiones, y que ni siquiera estas se almacenaban.
Pero unos meses más tarde se demostró que los altavoces inteligentes
escuchaban de hecho en todo momento, o podían escuchar en todo momento.
En realidad, podían ser activados por los fabricantes en cualquier momento.
Los fabricantes se disculparon; quizá había habido un malentendido, dijeron.
¿No hablamos con claridad?
Los usuarios, aunque momentáneamente disgustados por este engaño
inicial y básico, se aplacaron al asegurárseles que bajo ninguna circunstancia
se grabarían sus conversaciones. Sería, coincidieron usuarios y fabricantes,
un indignante atentado contra la confianza que un aparato que un consumidor
introducía en su casa —un aparato, señalaron todos, que se adquiría
esencialmente para reproducir música e informar sobre la situación del tráfico
— en realidad grabara las conversaciones mantenidas en esos hogares
privados. Eso sería una falta de ética. Y por tanto se dio por sentado que esos
asistentes domésticos no realizaban grabación alguna, hasta que un día los
fabricantes reconocieron que sí habían estado grabando casi todas las
conversaciones mantenidas por todos los usuarios desde el mismísimo
principio.
De nuevo los fabricantes expresaron su arrepentimiento. Cuando
preguntasteis la otra vez si las conversaciones se grababan, dijeron, no
entendimos bien a qué os referíais. Pensábamos que os referíais a grabar y
escuchar esas conversaciones, y eso no lo haríamos jamás, por supuesto.
Jamás. Grabamos las conversaciones de cientos de millones de usuarios, sí,
pero ningún humano escucha nunca ninguna de esas conversaciones. Las
conversaciones mantenidas en el hogar, entre miembros de la familia, son
privadas, ¡son sacrosantas!, dijeron. Solo grabamos esas conversaciones para
mejorar nuestro software, aseguraron, para optimizar nuestros servicios, para
prestaros un mejor servicio a vosotros los clientes.
Y durante un tiempo los usuarios, recelosos y hartos por esa serie de
revelaciones, miraron de reojo a sus altavoces inteligentes preguntándose si el
trueque realmente merecía la pena. Por un lado, sus conversaciones familiares
privadas se grababan y almacenaban fuera de casa, para darles un uso futuro
desconocido, y eso lo hacía una empresa valorada en un billón de dólares con
una interminable lista de violaciones de la intimidad. Por otro lado, podían
saber qué tiempo hacía sin tener que asomarse a la ventana.
Bien, dijeron los usuarios muy seriamente, plantándose en jarras, podéis
seguir grabando todo lo que digamos, pero —¡pero!— si llegamos a
enterarnos de que vosotros los fabricantes hacéis escuchar nuestras conversaciones a humanos reales, consideraremos que os habéis pasado de la
raya.
¡Nunca haríamos una cosa así!, aseguraron los fabricantes, dolidos ante tal
insinuación; el mero hecho de pensarlo, opinaron, era ya ofensivo, en vista de
lo abiertos y transparentes que habían sido desde el principio. ¿Acaso no
admitimos, cuando se nos descubrió, que nuestros altavoces inteligentes se
encendían y apagaban solos?, preguntaron. ¿Y no reconocimos, cuando se nos
descubrió, que estábamos escuchando y grabando todo lo que queríamos en
cualquier momento, todo lo que se decía en los hogares privados de cientos de
millones de usuarios? ¿Y no revelamos, cuando se nos descubrió, que
estábamos grabando todas las conversaciones privadas que todos los usuarios
mantenían en la intimidad de sus hogares?
Después de tanta franqueza y arrepentimiento, dijeron, dolía pensar que
los clientes se preguntaran en voz alta qué otro abuso vendría a continuación.
No habría más abusos, prometieron los fabricantes. Nos mostramos ante
vosotros sin trampa ni cartón.
Cuando se supo que los fabricantes de hecho habían contratado a diez mil
humanos cuya única finalidad era escuchar, transcribir y analizar las
conversaciones privadas que habían grabado esos altavoces inteligentes, los
fabricantes se asombraron ante la indignación del público, pese a lo tímida
que fue. Sí, dijeron a sus clientes, desde el principio hemos estado grabando y
escuchando vuestras conversaciones, pero ninguno de esos diez mil
trabajadores conoce vuestros nombres. ¿Qué importancia puede tener, pues,
que dispongamos de todas vuestras conversaciones privadas grabadas, y que
podamos, con uno o dos golpes de tecla, desanonimar vuestras
conversaciones en cualquier momento? ¿Y que, en vista de que todas las
bases de datos creadas se han hackeado, a esas grabaciones pueda acceder en
cualquier momento cualquiera dispuesto a hacerse con ellas? ¿A qué viene
tanto alboroto?, preguntaron los fabricantes.
De hecho, no hubo el menor alboroto. Los legisladores guardaron silencio,
los organismos de regulación permanecieron invisibles, y las ventas se
dispararon.
Por tanto, cuando El Todo engulló a la selva y creó el altavoz inteligente
del siguiente nivel, no se prometió privacidad ni se esperaba. Pero se
necesitaba un nuevo nombre. Durante una década, desde que los asistentes se
activaban pronunciando nombres como Alexa, Siri o Bobo, habían surgido
problemas innecesarios, e incluso se había dado el caso de que algunas
personas, que llevaban esos nombres de nacimiento, habían entablado demandas. El término de activación, decidió El Todo, sería «Atiende». Era
una palabra no muy usada en la vida cotidiana, y sin embargo era clara y
venía al caso. El usuario, con solo decir «Atiende», podía empezar a hablar.
La palabra luego se modificó para crear el nombre del dispositivo, AtienDe, y
poco después otro ligero cambio dio lugar a AtyenDe, que fue únicamente
uno de esos desafortunados todismos que aminoraban la dignidad de la
especie y avergonzaban a quienquiera que tuviese que escribirlos.
Una vez más la sombra del dirigible pasó por encima de Delaney, seguida en
esta ocasión de una mujer de unos treinta años que apareció ante ella. Las
palabras «centelleo ocular» palpitaron en la mente de Delaney en letras de
neón. Los ojos de Karina eran de color celeste, luminiscentes. Cuando
parpadeaba, era como ver el aleteo de una mariposa morfo. Delaney procuró
no entornar los ojos.
—Delaney —dijo, y miró la pantalla sujeta a su brazo.
—Sí —contestó Delaney.
—Karina —se presentó ella, llevándose la mano al corazón—. Hoy yo
seré tu guía.
Vestía una holgada blusa bohemia sobre unos leotardos negros: la
indumentaria más recatada que Delaney veía desde hacía semanas. Sin
embargo, Karina, con sus zapatos de tacón, tenía un andar extrañamente
inestable, de modo que, al moverse, sus pendientes, unos enormes aros
dorados, titilaban con desenfreno junto a su cabello recogido en un alto moño.
—Ya te llevaré después a tu zona de juego —dijo Karina mientras
acompañaba a Delaney al interior del edificio—. Pero, si te interesa, se nos ha
presentado algo así como una oportunidad inesperada. Sé que te parecerá
repentino, pero hoy se analiza un tema muy interesante en una reunión de
todo el personal. Tu acuerdo de confidencialidad lo cubre, así que no hay
problema en que vengas y escuches. Si prefieres no venir, puedes matar el
rato hasta que acabemos dentro de una hora o así.
Delaney procuró disimular su vivo deseo de acompañarla. Se las arregló
para transmitir la impresión de que con mucho gusto asistiría si no se oponía
nadie.
Dominaba la sala una mesa de reuniones en forma de ameba. Veintidós
totales se distribuían por los diversos entrantes y salientes curvos de la ameba,
y participaban siete aislas desde pantallas, sus avatares mayoritariamente
personajes de dibujos animados exentos de derechos rescatados de principios del siglo XX. De todos los departamentos que Delaney había visitado hasta la
fecha, los humanos presentes en la sala parecían los más representativos de lo
que ella había esperado encontrar en El Todo. Los rostros que veía
permanecían atentos, serios, la ropa y los cortes de pelo eran más o menos
conservadores; supuso que buena parte de ellos habían llegado de la selva con
la fusión. A espaldas de Delaney se abrió y cerró una puerta, y habló una voz
familiar.
—Saludos —dijo con tono cortante.
Era Stenton. Pasó junto a Delaney y ocupó su puesto en la cabecera de la
ameba. Una mujer de amarillo, con un traje sastre inverosímilmente ajustado,
lo siguió y tomó asiento junto a él. La presencia de un traje sastre resultaba
tan fuera de lugar que parecía alterar la química de la sala. Finalmente, una
tercera persona, un hombre fornido de unos cincuenta años, se acomodó al
otro lado de Stenton. Tenía bigote y vestía un polo muy ceñido. Stenton
presentó a la mujer como una abogada especializada en el régimen jurídico de
la audiovigilancia; el hombre era el antiguo jefe de policía de Miami, a quien
se atribuía el mérito de haber sofocado los disturbios de la ciudad durante la
segunda pandemia.
—Tengo la esperanza de que, durante la próxima hora, nos quede claro
qué tenemos y qué podríamos averiguar —dijo Stenton sin más preámbulo.
Delaney apenas había oído hablar del regreso de Stenton a El Todo, pero
allí estaba, dirigiendo sin mayor problema una reunión de departamento.
Desde detrás de Karina y la gran fuente de limas frescas colocada en la mesa,
Delaney podía lanzar miradas subrepticias para evaluar el efecto de la
presencia de Stenton entre los presentes. Prácticamente todos los totales
eludían su mirada. Era extraordinario. Solo unos cuantos posaban sus ojos en
él, y cuando Stenton barrió con la vista la sala, quedó claro por qué. Tenía los
ojos oscuros y no despedían el menor destello. Eran unos ojos apagados, sin
brillo, los ojos de un tiburón.
—Como sabéis —prosiguió—, las autoridades no están haciendo avances
demostrables en el intento de averiguar quién introdujo una furgoneta con
explosivos en nuestro campus. Nuestras propias investigaciones tampoco han
dado fruto. El vehículo, como sabéis, no llevaba a bordo dispositivos de
localización y el último documento de titularidad era de hace treinta años. No
había huellas dactilares, y aunque el coche fue fotografiado unas cuantas
veces por cámaras en la autovía y en el puente, el conductor iba enmascarado.
Por tanto, no tenemos pistas. Pero hoy nos acompaña una especialista en los
aspectos legales de la audiovigilancia, y tengo la esperanza de averiguar qué puede hacer AtyenDe para ayudarnos a llevar ante la justicia a ese terrorista, o
esos terroristas. ¿Cuántos hogares de Estados Unidos contienen en la
actualidad asistentes AtyenDe?
La mujer del traje ajustado, haciendo el signo de la victoria con los dedos,
contestó:
—Doscientos sesenta millones.
—Ahora mismo, ¿durante cuánto tiempo se almacenan las grabaciones de
cada altavoz? —le preguntó Stenton.
—Según la ley, todas las grabaciones deben borrarse al cabo de treinta
días —dijo la experta.
Delaney consultó en su tableta el nombre de esa persona. Al parecer, era
Metzger. Era una pelirroja de facciones delicadas y mirada penetrante. No
había quedado claro si trabajaba para El Todo en plantilla o si era una asesora
externa. Por lo visto, Stenton tenía autoridad para incorporar a quien le
viniera en gana.
—¿Desde cuándo tenemos en realidad grabaciones? —le preguntó
Stenton.
—Depende —contestó Metzger—. Algunas las conservamos durante un
tiempo, con fines de investigación…
—Un dato aproximado.
—Dieciocho meses.
—Bien —dijo él—. No sé borrará ninguna grabación pasada ni futura
hasta nuevo aviso. ¿Entendido? —No aguardó la respuesta; jamás en la vida
había aguardado una respuesta—. Veamos —continuó—. Morris, ¿puedes
explicar por encima qué buscamos?
Se volvió hacia el exjefe de policía. Morris apoyó sus pesados brazos en
la mesa; parecía un carnicero colocando dos velludas patas de cordero.
—Tiempo atrás habríamos tardado semanas, incluso meses, en obtener la
información —dijo. Por el acento, parecía del extrarradio de Nueva York,
pero mantenía una actitud de parsimoniosa calma: el barniz resultante del
dinero propio de un asesor bien pagado—. Un nombre, una dirección perdida,
una fecha, un contacto. Recurriríamos a IC.
—Informaciones confidenciales —aclaró Stenton.
—Exacto —confirmó el hombre—. Solo para conseguir un nombre que
pudiera llevar a otro nombre que pudiera llevar a otro nombre de alguien que
pudiera conocer a alguien que pudiera haber oído hablar de alguien que
hubiera oído al autor del hecho jactarse del golpe. Ahora tenemos todo ese
audio al alcance de la mano. Cualquier plan que esa mala gente tramara en casa o en sus escondrijos. Y admite búsquedas. Antiguamente, para poner un
micrófono en una casa o pinchar un teléfono… en fin, solo conseguir la orden
judicial era ya un verdadero embrollo, y además una y otra vez te topabas con
jueces progresistas que no la concedían…
Stenton hizo un ligerísimo gesto de impaciencia, separando apenas unos
centímetros las manos entrelazadas, y el jefe de policía fue al grano.
—AtyenDe —dijo— es la mejor herramienta de la que disponen las
fuerzas del orden tanto para prevenir un delito como para investigarlo. Lo
único que necesitamos es acceso.
—Y ahora tenemos acceso —intervino Stenton, y con eso quería dar a
entender que El Todo no esperaría la orden de un juez—. Morris y yo estamos
colaborando con nuestro equipo de seguridad, y también con nuestros amigos
del Mossad y de la Agencia de Seguridad Nacional, para confeccionar una
lista de palabras sobre las que organizar la búsqueda: cualquier cosa
relacionada con la planificación de un atentado con bomba. Si oímos esas
palabras, desanonimamos al usuario y podemos trabajar con las fuerzas del
orden para obtener órdenes de búsqueda y captura y demás. Entretanto,
cotejaremos todas esas grabaciones con los datos de ubicación y
desplazamiento de que disponemos sobre los teléfonos y los óvalos de los
usuarios. Empezaremos por los cinco condados del Área de la Bahía y… —Se
interrumpió. Alguien había levantado la mano—. Sí.
La mano alzada pertenecía a un hombre de rostro lozano de unos treinta
años. Tenía aspecto de ayudante de fiscal: un funcionario muy formal con
camisa blanca.
—Señor —dijo—, esas en particular son dos de las tareas que no podemos
llevar a cabo con las grabaciones. Concretamente no podemos buscar
palabras, ni podemos desanonimar a ningún usuario. Es decir, esa es la
esencia de la ley Wyden y las directrices de Quinterelli.
Stenton posó solo por un momento sus ojos inexpresivos en la frente
rosada y tersa de aquel hombre. Stenton no le dijo nada directamente, hizo
una pausa casi imperceptible y prosiguió. Estaba previsto examinar todas las
grabaciones de los cinco condados más cercanos al campus e informar al cabo
de treinta y seis horas. Si eso no daba resultados suficientes, se ampliaría el
radio. La furgoneta llevaba una pegatina vieja de Utah en lo que quedaba del
parabrisas, y aunque Morris pensaba que eso probablemente era una pista
falsa, Stenton quería que se revisaran también las grabaciones de todos los
AtyenDe de Utah.
—Y también los de Nevada —añadió Stenton—. No hay ninguna razón
para no hacerlo.
La tarea se inició al día siguiente. Delaney firmó otro contrato de
confidencialidad, y Karina le enseñó a usar un programa de El Todo llamado
Todapalabra. Le proporcionaron unos auriculares con cancelación de sonido y
una tableta enorme. En la pantalla aparecía una simple transcripción,
identificándose a dos hablantes, Hablante 1 y Hablante 2.
—No hay programa más sencillo —dijo Karina—. Se oirá la grabación, y
en tu pantalla saldrá la transcripción. ¿Ves las palabras resaltadas?
Delaney vio que las primeras palabras del Hablante 1, «Un momento», se
resaltaban en amarillo.
—A medida que se reproduce la grabación —explicó Karina—, el
resaltador pasará de una palabra a otra, y tu tarea consiste en asegurarte de
que la transcripción interpreta bien los sonidos. El equipo del que formas
parte trabaja con los acentos más difíciles, así que a veces el programa tiene
algún problema de comprensión. Este quizá sea europeo del Este, creo. —
Karina consultó los metadatos del documento—. Sí, esos acentos a veces le
cuestan un poco a la IA. ¿Por qué no hablan directamente en búlgaro o en
ruso?, te preguntarás. Ese es el segundo problema. En general, se trata de
grupos mixtos. Quizá un padre y un hijo. El padre es de Sofía pero el hijo
nació aquí. Así que hablan inglés en casa. Quizá son dos amigos, uno
rusohablante, el otro habla croata. Así que se encuentran a medio camino con
el inglés. El resultado es que te llega un inglés con un acento muy marcado, y
eso a veces requiere supervisión humana para asegurarnos de que no se nos
escapa nada.
—De acuerdo —dijo Delaney—. ¿Y si hay algo incorrecto?
—Introduces la corrección. La IA aprenderá a partir de ahí. Y tu
corrección también se incorporará al archivo, por si posteriormente se
necesita una triple comprobación.
Delaney consideró que estaba ya preparada. Volvió a mirar a Karina, que
sostenía su teléfono con la cámara orientada hacia ella.
—¿Puedes reconocer que estás analizando estas transcripciones y archivos
de audio?
—Sí —contestó Delaney.
—¿Puedes reconocer que contraviene la política de El Todo extraer
suposiciones o inferencias basadas en los acentos de cualquiera de los hablantes de estos archivos de audio?
—Sí.
—¿Puedes reconocer que tú te dedicas solo a buscar discrepancias entre la
grabación y la transcripción?
—Sí.
—¿Y puedes reconocer que no eres investigadora, miembro de las fuerzas
del orden o del sistema de seguridad de El Todo?
—Sí. No soy nada de eso —respondió Delaney.
—Por último, ¿puedes reconocer que no irás más allá de la tarea asignada,
que no extraerás inferencias o suposiciones sobre las personas que hablan, ni
intentarás en modo alguno desanonimar personalmente a esas personas?
—Sí. No haré nada de eso —aseguró Delaney.
Karina bajó la cámara y sonrió.
—Legal. Lo que has de recordar es que estás corrigiendo las palabras. Así
que si oyes alguna palabra incriminatoria, la IA también la señalará. Si oyes
«bomba», introducirás esa palabra, y a partir de ahí intervendrá el equipo de
seguridad. ¿Entendido?
Ese trabajo era claramente inmoral, y Delaney sintió asco en todo momento
mientras lo hacía. La primera conversación que analizó fue entre un padre y
un hijo. Ella no era experta en acentos, pero supuso que el idioma materno del
hombre mayor era el ruso. El hijo tenía acento británico, con algún que otro
toque europeo. Delaney concibió la fantasía de que el padre era un industrial
moscovita acaudalado que había enviado a su hijo a un colegio privado suizo,
luego a Cambridge, y ahora uno de ellos, o los dos, se habían instalado en
Palo Alto. En algún punto el ruso del hijo había pasado a ser peor que el
inglés del padre, así que hablaban en la lengua dominante del primero.
Hablante 1: AtyenDe, ¿puedes comprobar como está ahora el tráfico en San Francisco? AtyenDe: Tráfico denso en la 101 pero fluido en la 280. La velocidad media del tráfico es de 54
kilómetros por hora.
Hablante 2: ¿Lo ves? La 280 es siempre la mejor opción. La 101 es una pesadilla. Y feísima. La
280 es francamente hermosa.
Delaney supuso que el Hablante 1 era el más joven de los dos. El
Hablante 2 parecía un hombre de más de sesenta años.
Hablante 1: AtyenDe, apágate.
Hablante 2: ¿Está apagado?
Hablante 1: Ya me has oído. Acabo de apagarlo.
Hablante 2: El caso es que ayer hablé con Vlad.
Hablante 1: ¿Ha reconocido que se acuesta con Amina?
Hablante 2: Por favor. No se acuesta con Amina. Amina está en Londres. Hablante 1: ¡Vlad pasó un mes en Londres!
Hablante 2: Nunca haría una cosa así. Vlad es un estuco.
Delaney interrumpió la grabación y la rebobinó. Volvió a escuchar la
frase. La última palabra no era «estuco» . Era «eunuco» . Introdujo el cambio
y fue recompensada con un levísimo campanilleo.
Hablante 1: AtyenDe, actívate. ¿Se acuesta Vlad con Amina?
Hablante 2: [Risas]
AtyenDe: Esa es una buena pregunta. Déjame pensarlo, y ya te contestaré. Hablante 1: [Risas]
Hablante 2: [Risas]
Hablante 1: AtyenDe, apágate.
Hablante 2: ¿Viste ayer al Chelsea?
Esa noche Delaney, tendida en su cama, daba vueltas a una idea horrenda.
Llevaría al mundo a la ruina, y de inmediato supo que no le quedaba más
remedio que ponerla en práctica. Ese día había sentido repugnancia,
fascinación, asombro. Había oído treinta y seis conversaciones, todas ellas
sumamente privadas. En casi todos los casos, los hablantes habían dicho
«AtyenDe, actívate» y «AtyenDe, apágate», sin ningún efecto en un sentido o
en otro; la grabación se activaba automáticamente siempre que se oía una voz.
El control de los dueños sobre sus dispositivos AtyenDe era comparable al de
un niño en el asiento trasero de un coche jugando con un volante de juguete.
Delaney necesitaba a alguien a través de quien encauzar esa nueva idea.
Llevaba dos días en AtyenDe y solo había conocido a una persona, Karina.
Karina podía ser ese canal. Tenía esa clase de presencia. Pero tal vez carecía
de esa pizca de furia necesaria. El alma de un cruzado. Esta idea requería
pasión y tenacidad, porque si encontraba oposición, sería solo al principio, y
esa resistencia inicial debería vencerse por medio de la rectitud, la
indignación. Después de eso, incluso después de la primera etapa, sería
imparable.
Delaney pidió que la dejaran quedarse en AtyenDe también durante la semana
siguiente. Necesitaba reunir material, y necesitaba encontrar a su cruzado.
Hablante 1: Porque eres un capullo, por eso.
Hablante 2: [Inaudible]
Hablante 1: AtyenDe, actívate. ¿Cuánto cuesta un billete de avión de Oakland a Maui? Mañana. AtyenDe: Un asiento en clase turista en American Airlines para el vuelo de mañana a las 12.15
desde Oakland a Maui cuesta 1290 dólares.
Hablante 2: Déjate de gilipolleces.
Hablante 1: Me gastaré ese dinero. Necesito un descanso. Valdrá la pena pagarlo. Hablante 2: Para alejarte de mí.
Hablante 1: Exacto. Nunca estás aquí. No haces nada.
Hablante 2: ¿Sabes qué? Por mí, puedes irte cuando quieras. No solo a Maui. Puedes marcharte
de esta casa, puedes morirte, puedes beber lejía. Me da igual. ¿Está puesto ese artefacto? AtyenDe,
desactívate. Cindy, no toques eso. Eso era de Rena.
Hablante 1: Tocaré lo que me dé la gana.
Hablante 2: No toques mis cosas. No seas infantil.
Hablante 1: ¿Infantil yo? ¿Sabes lo que yo necesito? Un hombre al que no le haga falta la
autorización permanente de todas sus exnovias.
Hablante 2: Y a ti te gusta mucho el melodrama. Esas obras de teatro interminables de un solo
acto. Los soliloquios. Estás siempre en el borde del escenario bajo el foco, cantando tu dolor al
público a oscuras. ¡Eh! Deja eso antes de que tenga que quitártelo.
Sonó un aviso en la pantalla de Delaney. «¡Hora de estirarse y pasear!
Descanso de tres minutos».
Aturdida, Delaney se dirigió al pasillo, donde encontró a Karina.
—¿Algo interesante? —preguntó Karina. Parpadeó y la mariposa morfo
azul titiló.
—¿En las grabaciones? —dijo Delaney—. Sí. Muy interesante.
—¿Algo relacionado con la investigación? —Otro destello azul.
—No —respondió Delaney, y de pronto se le ocurrió una idea.
No lo había planeado para ese momento, pero sí lo había meditado
detenidamente, ensayando sus propuestas, previendo las reacciones, los
contraargumentos, y tenía la sensación de que estaba preparada. Tenía a
Karina ante sí, y aunque Delaney no sabía hasta qué punto podía ser su
cruzado, no existía ninguna garantía de que fuera a disponer de otra
oportunidad.
—He oído muchas peleas —comentó Delaney.
Karina asintió, con los ojos muy abiertos, como si dijera: «¿Eso te
sorprende?».
—¿Informamos? —preguntó Delaney.
—No —dijo Karina con un parpadeo a lo mariposa morfo—. Recuerda:
nada de esto es aceptable. En principio, ni siquiera deberíamos estar
escuchando. Así que no, y no. Pero ¿sabes de esos dos casos en los que,
gracias a AtyenDe, se descubrieron planes de asesinato reales? Eso es
distinto.
—Pero ¿los malos tratos domésticos normales y corrientes se aceptan?
Karina bajó la barbilla.
—¿Hablas en serio?
—No lo sé —dijo Delaney—. O sea, ¿estamos a favor de la transparencia
o no?
—Si no es para la investigación de un atentado terrorista como este, que
en rigor no está autorizada, el hogar siempre va a ser una zona prohibida por
ley —dijo Karina.
—Pero piensa en las consecuencias —adujo Delaney—. En esencia,
estamos diciendo que las cosas que no son socialmente aceptables en público
son aceptables en el entorno doméstico. Perdonamos el mal comportamiento
siempre y cuando ocurra en casa de alguien. A ver, ¿no has oído discusiones
al escuchar tus grabaciones?
—Claro que sí.
—Yo también. Muchas. Y gran parte las calificaría de malos tratos. Malos
tratos emocionales, y ese es el primer paso hacia los malos tratos físicos. En
realidad, me sorprende no haber oído aún violencia. Pero solo es cuestión de
tiempo.
Karina volvió a cerrar los ojos, y el resplandor azul llenó el lugar.
—Hemos descubierto delitos en grabaciones, en muchos países, y se han
denunciado —dijo—. Tenemos acuerdos con las fuerzas del orden en algunos
otros países. Filipinas. Polonia. Ya no recuerdo dónde más. Turquía, creo.
—Pero, entiéndelo, esos casos son aleatorios, y se descubren después del
hecho consumado —insistió Delaney—. Yo hablo de algo distinto. Hablo de
acceso pleno, y acceso conocido. La misma clase de vigilancia que se da en
público. Creo que ya nadie pone en duda que la acusada caída de la
delincuencia sea resultado directo de la prevalencia de cámaras SeeChange.
—¿Qué quieres decir? ¿Que tendría que haber alguien de El Todo
escuchando continuamente? En todos los hogares del mundo. El coste sería…
—No. Nadie tiene que escuchar, no en tiempo real —dijo Delaney—. Es
ante todo vigilancia por medio de IA. Y el factor esencial es que todo el
mundo dé por sentado que están escuchándolo. Eso actuaría como inhibidor
del comportamiento en igual medida que las cámaras en las tiendas y las
calles. La gente da por sentado que en público están observándola, y por eso
se comporta mejor. Ahora introduzcámoslo en el entorno doméstico. Y ya
tenemos doscientos sesenta millones de AtyenDe colocados.
Delaney, viendo que Karina se detenía a pensar, siguió presionando.
—Tenemos detectores de humo, ¿no? Son un requisito legal. Porque
salvan vidas. Toda forma de vigilancia que salve vidas es inevitable.
Karina permaneció inexpresiva. De pronto vio la luz.
—De acuerdo… —dijo.
—Esto no es distinto —prosiguió Delaney—. En lugar de percibir el
humo o el monóxido de carbono, percibe las peleas. Señales de conflicto. El
preludio de los malos tratos o la violencia.
Ahora Karina movía la cabeza en un vigoroso gesto de asentimiento.
—Ya entiendo. Gritos, tonos cortantes, ciertas palabras provocativas —
dijo.
Delaney supo de inmediato que Karina vendería la idea. Empezaba ya a
dar saltos mentales.
—De acuerdo, de acuerdo —dijo Karina con los ojos muy abiertos. Veía
cambiar el mundo, cambiar gracias a ella—. ¿Y qué haría falta para llamar al
911?
—Lo que yo pienso —contestó Delaney— es que, una vez pronunciadas
ciertas palabras provocativas o alcanzado cierto tono de voz o cierto volumen,
deberían activarse determinados protocolos. Primero, la IA avisaría, y se
comunicaría a las autoridades locales la posibilidad de que estuviera
ocurriendo algo. Solo un punto amarillo en una pantalla. Si hay un coche de
policía en la zona, los agentes de ese coche saben que han de quedarse por allí
cerca. Luego nuestra IA hace el seguimiento para ver si la situación va a más.
—La policía podría conectarse si quisiera —añadió Karina—. Ven el
punto amarillo, se conectan y escuchan en tiempo real.
—Exacto —dijo Delaney.
—Al principio, brevemente, surgiría resistencia basada en la Primera
Enmienda, pero enseguida se impondría la propia urgencia de las situaciones.
Violencia inminente. Y la policía tendría al menos una causa probable para
llamar a la puerta. Seguramente así los malos tratos conyugales se reducirían
a una mínima parte del nivel actual.
—No solo los malos tratos conyugales, sino también los malos tratos a los
niños —añadió Delaney. Y cayó en la cuenta de que en efecto así era. ¿Qué
significaba eso para la humanidad? Al instante supo, inequívocamente, que en
esa dirección iba la especie. La oposición a la vigilancia dentro de los hogares
se consideraría un apoyo tácito a la violencia doméstica. Cualquiera sin
vigilancia en su casa sería presunto culpable de crímenes horrendos.
—Un momento —dijo Karina. Iba ya camino de la sala de reuniones—.
Tenemos que conseguir el apoyo de todo el mundo. ¿Te importa?
El Todo había alentado a sus equipos a Seguir la Luz, una estrategia de
gestión conforme a la cual cuando nacía una idea, debía seguirse y
alimentarse, e inmediatamente, por miedo a que se apagara la llama.
Cuando los veintiún jefes de equipo se reunieron, nueve de ellos aislas,
Karina resumió la conversación hasta ese punto, y se invitó a Delaney a
continuar desde donde lo habían dejado. Delaney apretó el acelerador.
—El debate sobre los altavoces inteligentes me ha desconcertado desde el
principio —dijo—, porque los considero, posiblemente, la mejor arma para
combatir los malos tratos a la infancia. —Había decidido centrarse en esa
perspectiva. No podía haber oposición.
El equipo reaccionó con rapidez y asombro. Una mujer, con los ojos
empañados, bajó la vista. Karina se volvió hacia ese semblante enrojecido.
—Rhea, ¿querías decir algo?
Rhea tenía una cara redonda y afable encuadrada por un flequillo a lo
Bettie Page. Sorbía obsesivamente el tubo de su mochila de hidratación.
—No. Quizá después añada algo —dijo Rhea—. Termina tu
planteamiento… —Lanzó una mirada a Delaney, pero no recordó su nombre.
—Delaney —apuntó Karina servicialmente.
—Eso. Delaney. Adelante.
—De acuerdo —prosiguió Delaney—. Imaginad que los altavoces
inteligentes fueran tan comunes como los detectores de humo. Que yo sepa,
los detectores de humo y los aspersores contra incendios son obligatorios en
toda construcción nueva.
—Lo son —dijo uno de los aislas, su voz incorpórea y modificada
digitalmente.
—¿Por qué, pues, no habría de ser también obligatorio un altavoz
inteligente? —preguntó Delaney—. Y por la misma razón, para proteger de
todo daño a los ocupantes de una casa. Se trata de dos situaciones
prácticamente idénticas, si os paráis a pensarlo. El detector percibe el humo o
el monóxido de carbono, y suena una alarma. Dentro la gente oye la alarma y
avisa a los bomberos.
Ahora Rhea tenía la cara entre las manos. Karina, cerrando sus ojos como
mariposas, dirigió un gesto de asentimiento a Delaney para instarla a seguir.
—Como en cualquier situación en la que tienes la sensación de ser
observado —continuó Delaney—, tu comportamiento mejora. Eso ha
quedado demostrado aquí de mil maneras distintas desde SeeChange. Pero yo
afirmaría que el lugar más peligroso es el hogar. La mayor parte de los delitos
violentos los perpetra alguien a quien uno conoce.
Ahora Rhea lloraba sin reservas, y varios totales se apresuraron a rodearla
para darle consuelo, por supuesto sin tocarla. Entretanto, Karina daba palmaditas al aire sobre el hombro de Rhea, y otros cinco o seis totales, cerca
de ella, recurrían a expresiones y sonidos compasivos. Por fin Rhea se enjugó
las mejillas, se enderezó y asomó a su rostro una nueva determinación.
—Os pido perdón a todos —dijo—. Yo sufrí malos tratos en casa.
Algunos ya lo sabéis. Aquello se prolongó durante años. Era la típica
situación de mierda, esa en la que el padrastro maltratador es protegido por
una madre con baja autoestima.
Ahora la mitad de las personas presentes en la sala lloraba también.
Delaney deseó dar caza al depredador del que había sido víctima Rhea y
administrarle justicia fronteriza.
—Con esto lo habrían descubierto —prosiguió Rhea—. Sé que estamos
hablando de grabaciones en audio a través de AtyenDe, pero eso es solo el
principio. Debería exigirse en todos los hogares en los que haya niños.
Delaney vio el futuro. Las cámaras serían obligatorias en cualquier lugar
donde hubiera niños: colegios, iglesias, bibliotecas, domicilios. No podía ser
de otra manera. Cualquiera que se negase o resistiese estaría de facto
consintiendo, planificando o participando en los malos tratos. Y Rhea sería la
persona ideal para crear y justificar esa nueva realidad.
—¡Maldita sea! —exclamó Rhea—. En este mismo momento algún niño
padece malos tratos como los padecí yo, y nosotros somos cómplices, porque
disponemos de la tecnología pero todavía no la aplicamos. Debería estar en
todas partes. Hoy. Ayer. Hay gente que muere porque nosotros no
escuchamos.