El Todo
XX. La procedencia de las malas ideas
XX
Empezaron por algo pequeño. Crearon una aplicación que indicaba a las
personas, después de comer, si habían disfrutado o no de la comida. Delaney
reunió unas cuantas mediciones que los óvalos de los usuarios podían ofrecer
y aplicó términos como «optimización del pulso», «recuento de endorfinas» y
«centro del placer». La llamaron ¿Satisfecho? Y fue un éxito inmediato.
Durante una semana fue la aplicación más descargada del campus, luego de
California, luego del mundo. Nadie la consideró demasiado tonta, nadie la
consideró malévola. En lugar de eso, Wes —a quien se atribuyó el mérito—
fue agasajado como nuevo peso pesado de la tecnología relacionada con la
alimentación, en vista de que ¿Satisfecho? llegó tan poco tiempo después de
«plátanoskam». Los totales quedaron deslumbrados por su dicotomía dietética
con soporte tecnológico: no debes comer lo que no debes comer, pero lo que
debes comer debes disfrutarlo, y esta es la app que te dice si lo has disfrutado.
—No ha salido como preveíamos —dictaminó Wes.
—Y no deberíamos haber permitido que te atribuyeras tú el mérito —dijo
Delaney.
Inventaron una manera de proponer ideas anónimamente, que llamaron
AnonIdea. Eso permitía a los totales desinteresados aportar nuevos conceptos,
y dejar que cualquier otro total tomara la iniciativa de desarrollarlos. La
atribución de méritos no era necesaria ni se pedía. En el campus eso se vio
como una plataforma radicalmente benévola y altruista, y por tanto solo
Delaney y Wes contribuyeron con sus ideas.
Su siguiente planteamiento fue sencillo, pero tan ofensivo que pensaron
que suscitaría un rechazo generalizado. ¿YaContento? se basaba en
¿Satisfecho?, pero era una versión ampliada que pretendía determinar, en
tiempo real, si el usuario estaba contento. Aplicaron las mismas mediciones
que para ¿Satisfecho?, pero añadieron las compras recientes del usuario. Lo
lógico era que una persona contenta llegara a ese estado mediante la
adquisición de determinados productos —material deportivo, flores, champán, ropa de colores vivos, juguetes para el sexo positivo— y en
cantidades abundantes. ¿YaContento? analizaba las compras de una persona y
proporcionaba una clasificación conforme al nivel de Contento/Sano (CS),
ilustrada mediante un hipopótamo caricaturizado cuya cara adoptaba distintas
expresiones. A los minoristas y a los comerciantes en general les encantó, por
su circularidad: para ser considerado una persona contenta, uno solo tenía que
comprar más cosas que lo contentaran, ya que ¿quién sino una persona
contenta compraría tantas cosas para contentarse?
A partir de ¿YaContento?, Delaney concibió ¿LoTuve?, que empleaba los
óvalos de los usuarios para establecer si se había alcanzado el orgasmo
durante una sesión coital en particular. Una versión posterior medía la
duración, la intensidad y la calidad general del orgasmo. Otra actualización
permitió al usuario comparar sus orgasmos con los de sus amigos, parientes y
novios del instituto, y finalmente con los de cualquier grupo del mundo,
divididos los datos por regiones, sectores demográficos, nivel de ingresos y
predisposición genética.
A la gente le encantó.
—Tendremos que hacer algo más tonto, supongo —reflexionó Wes.
Estaban de nuevo en el Cobertizo, y Huracán se mordisqueaba las patas
traseras. Con el pelo áspero y calvas por todas partes, parecía una alfombra
apolillada. Wes le administraba hormonas y antibióticos, pero nada daba
resultado. Solo quería correr. Wes se dejó caer en el suelo y le frotó la tripa a
Huracán; Huracán resolló.
—Y buscar la saturación —dijo Delaney—. Tiene que haber un punto en
que el absurdo sea ya excesivo.
Wes alzó la vista.
—Absurdo excesivo —repitió irónicamente. Sujetó el hocico de Huracán
y fijó la mirada en la del perro enfermo—. Esta mujer piensa que el absurdo
tiene límites. ¿No es interesante que piense una cosa así?
La siguiente idea de Delaney fue despreciable y no tenía más finalidad
que demostrar el ilimitado engreimiento de El Todo y su personal. «En
adelante, nuestro campus debería llamarse Todas Partes —propuso Delaney
—. Y cualquier cosa que esté fuera del campo es la Nada». La idea fue
recogida por una miembro de la Banda de los 40 llamada Valerie Bayonne, y
el programa se elaboró en cuestión de días. La gente de dentro y fuera del
campus lo consideró de lo más irreverente e incluso inteligente, lo que
produjo una gran satisfacción a Valerie, que había sido lo bastante irreverente
e inteligente para reconocer esas cualidades en la idea.
A Wes se le ocurrió ¡Catapum!, una aplicación concebida para «fomentar
la espontaneidad» entre los pueblos del mundo. «¡La espontaneidad es la sal
de la vida —escribió—, y muy importante para nuestra existencia emocional
e intelectual!». ¡Catapum!, una vez descargada, recordaba al usuario, cada dos
horas, que debía hacer algo inesperado. Fue un éxito.
Delaney introdujo Pensando en Ti, una aplicación que enviaba
automáticamente un breve mensaje —un PET, o pet— a cada uno de los
contactos del usuario, dos veces al día. «¡Pensando en ti!», podía decir el
mensaje, o también modificarse, personalizarse o enviarse con mayor
frecuencia según la necesidad. Delaney confiaba en que la gente enloqueciera
al añadirse cientos, como mínimo, de mensajes nuevos al día, pero a la
mayoría de los humanos los colmó de felicidad que alguien pensara en ellos,
aunque fuera un algoritmo, y por tanto la aparición de pet también fue un
éxito.
Wes aumentó la apuesta inicial con Demuestra Tu Amor, que insistía en
que todos los mensajes de amor, apoyo, buenos deseos o felicitaciones de
cumpleaños a familiares o amigos se hicieran públicos y se contaran. Cuajó
de inmediato, y empezó la carrera armamentística: era ridículo y egoísta y
extraño enviar cualquier mensaje afectuoso en privado, así que todos se
hicieron públicos, y tenían que ser enviados a menudo, para demostrar ese
amor. La abuela que mandaba treinta mensajes a Khalil o Siobhan durante el
almuerzo amaba a su nieto o nieta enormemente, y sin duda más que la abuela
que solo enviaba once. Los números no mentían.
El siguiente paso natural era ¿LoEran?, que apelaba a la sabiduría de la
población para determinar si los padres de uno lo hacían mínimamente bien.
El usuario introducía datos, fotos, emails, mensajes de texto, pruebas en
vídeo, y el posterior éxito del niño en la universidad, en su vida amorosa y en
su trayectoria profesional. A partir de las opiniones de los asesores de IA y los
expertos y legos de cerca y de lejos que intervenían, podía deducirse la
calidad de cualquier actuación paterna, desde el nacimiento hasta el presente.
Wes añadió un lema —«Parámetros para papá, mediciones para mamá»—,
cosa que a Delaney le pareció rizar el rizo, pero en todo caso ni Delaney ni
Wes esperaban gran oposición a la aplicación, y no la hubo. La gente deseaba
esa clase de certidumbre, y ahora podía obtenerla.
Delaney concibió Marcha, pero no pudo atribuirse el mérito,
inevitablemente. Marcha notificaba la muerte de cualquiera en tu red de
contactos, y después evaluaba quiénes en esa red conocían al difunto y a
quién tenías que enviarle el pésame. Marcha Plus conectaba al usuario con floristerías, agencias de viajes y abogados testamentarios, y Marcha Élite se
ocupaba de todo eso por ti, incluidos los mensajes de pésame. La adoptaron
millones de personas en cuestión de semanas.
Wes creó ProyectoPasión, que se basaba en investigaciones que
demostraban que la gente era más feliz cuando tenía una pasión, el elemento
central de sus aficiones o pasatiempos. Para aquellos que no sabían bien cuál
era su pasión, ProyectoPasión examinaba todos sus feeds en las redes
sociales, sus búsquedas, sus compras y sus textos publicados, así como sus
movimientos en el mundo real, y determinaba —«con una precisión del 99,3
por ciento», afirmó Wes— aquello que el usuario prefería hacer. La gente lo
consideró muy útil.
Después de ver el samarojo que recibía un niño un día por dejar las heces
de su perro en la calle durante medio minuto largo mientras sacaba una
bolsita, Delaney concibió Toda una Comunidad, o Tuc, que permitía al
usuario filmar y etiquetar a niños por sus travesuras y desviaciones, y
conectar esas pruebas a los chips de localización que la mayoría de los niños
llevaban en el tobillo. Tanto Delaney como Wes tenían grandes esperanzas de
que la idea de «tuquear» a los niños resultase nauseabunda a todos los
humanos, de que fuese la gota que colmara el vaso, pero en lugar de eso la
mayoría de la gente la agradeció. Así los padres no necesitaban ya andarse
con suposiciones, y arrojaba luz sobre los escasos puntos ciegos que
quedaban entre los niños y quienes los criaban.
Delaney propuso algo a lo que llamó CorreFic, esperando, acertadamente
según se vio, que Alessandro se lo apropiara. El principal objetivo de
CorreFic era coger novelas antiguas y corregirlas. Los protagonistas
antipáticos pasaban a ser simpáticos, labor que se realizaba principalmente
recopilando las quejas expresadas por internet y poniendo en práctica las
sugerencias; la terminología problemática y desfasada se sustituía para
reflejar las pautas contemporáneas; y se eliminaban los capítulos y pasajes
superfluos y toda forma de sermoneo. Eso podía llevarse a cabo al instante en
los libros electrónicos, incluso en aquellos comprados mucho tiempo antes.
CorreFic se distribuyó con cautela, porque Alessandro supuso que la reacción
sería extrema. Pero apenas la hubo, y se restringió a unos cuantos centros
académicos irrelevantes, cuyos propios folletos informativos anticuados
pronto fueron corregidos por sus anteriores alumnos.
—Esa me sorprendió —dijo Wes.
Delaney ya había perdido la capacidad de sorpresa. Pero lo intentó.
Propuso una ampliación de CorreFic, que invitaba a rectificar todos los
textos, desde periódicos del siglo XX hasta tratados del siglo XVI, para eliminar
los elementos ofensivos y mejorar la claridad. Esos textos quedaron abiertos a
la edición en grupo, estilo wiki, lo que permitía que se mejoraran rápida e
incesantemente. Recibió una respuesta positiva universal.
FinAesto fue creación de Wes, una aplicación mediante la cual los
usuarios podían presentar una imagen de cualquier cosa y preguntar a internet
si eso debía existir o si debía erradicarse del mundo real y de los anales de la
historia. En sus notas, Wes insistió en que los temas de las fotos debían ser
intrascendentes, cosas como el pan de calabaza o la moqueta, pero FinAesto
pronto se aprovechó para emitir juicios sobre las personas, principalmente las
famosas, y en la mayoría de los casos internet dictaminó que debían morir y
ser excluidas de la crónica humana.
Para limpiar los paladares, Wes concibió ¿Debo?, una aplicación mediante
la cual una persona podía pedir al público general que la ayudara a tomar una
decisión. Ya fuera la posibilidad de una cita o la compra de un burrito, el
usuario podía dar a conocer su dilema, solicitar un quórum y depositar su
confianza en la sabiduría de la gente. Esa era la idea que había gozado de más
aceptación hasta el momento. Cambió de nombre y pasó a llamarse
Concensus, y cuando los Ayuntamientos y los estados-nación empezaron a
adoptarla como su principal herramienta para la toma de decisiones, y cuando
los padres de Del recurrieron a ella ante cualquier elección, y cuando millones
de personas empezaron a utilizarla para decidir si debían o no salir de casa,
comer, hablar con familiares o amigos, o procrear —en vista del impacto
ambiental de tener bebés, del narcisismo inherente a la idea misma—, Del y
Wes optaron por dar un paso atrás para reagruparse.
—Nada da resultado —dijo Delaney.
—En realidad, todo da resultado —señaló Wes.
—Nada se considera excesivo —insistió Delaney—. Nada se rompe.
—Pero ¿quizá empieza a doblarse? —preguntó Wes, no muy convencido.
—Podría doblarse —dijo Delaney, aunque nunca había estado tan
asustada.