El Todo

Dave Eggers · Capítulo 39 de 45

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El Todo

XXXIX. Lázaro en mujer

XXXIX

 

Fue un dron, un modelo de uso militar desarrollado en El Todo. Había

arrancado las paredes del Havel, abierto un agujero de siete metros en un

costado del edificio. Soren había muerto. También otros cuatro, a quienes

Delaney no conocía. Nadie se explicaba cómo era posible que el recuento de

víctimas no fuese mayor. Podrían haber perdido la vida ochenta personas, dijo

seguridad, de no ser por los tubos. ¡Los tubos! Abrazados en el suyo, Joan y

Francis solo habían sufrido conmociones cerebrales, rasguños, quemaduras

leves, bochorno leve, nada más.

Delaney tenía cuatro costillas rotas. También presentaba quemaduras.

Tenía los pies chamuscados. Las palmas de las manos le ardían, como si aún

las tuviera expuestas al fuego. Estaba en un hospital, comprendió, luego se

olvidó. Oyó la voz de Wes, que le hablaba desde el fondo de un pozo.

Apareció la cara de Joan, y daba la impresión de que hablara, pero Delaney

no la oía. Una mañana se dio cuenta de que había perdido el pelo. Preguntó a

una enfermera qué había sido de su pelo. Por lo visto, la enfermera no lo

sabía. Consultó el historial de Delaney.

—Para aliviar la hinchazón del cerebro, creo —dijo—. Probablemente te

abrieron el cráneo. Además se te rompieron cuatro costillas. Y eso te dolerá al

andar durante un tiempo.

Delaney pasó semanas en cuidados intensivos. En el hospital, entre

magníficos vuelos inducidos por la morfina, invadieron su mente delirantes

pensamientos. Se sospechaba que el atentado había sido obra de troglos

anti-Todo, que ese era su 11-S, y por supuesto tenía su lógica. No les faltaban

motivos. Ni a ellos ni a otros muchos. Los millones de parados desde que El

Todo empezó a suprimir los viajes, los aviones, los autobuses, los coches, los

trenes, las carreteras. Aquellos cuyas vidas había arruinado Friendy, la

vergüenza ocular, OwnSelf. Pero cuando Delaney cerraba los ojos, veía a

Mae. La responsable de aquello era Mae. Mae y Gabriel. Averiguaron los

planes de Delaney y lo organizaron para deshacerse de ella. Pero ¿podían saber realmente qué se proponía hacer Delaney en El Todo? Era posible y a la

vez sumamente inverosímil. Delaney era una entre doce mil totales en el

campus. Más de cien mil en todo el mundo. Era matemáticamente imposible

que Mae supiera quién era ella. Pero Gabriel sí lo sabía. Estaba muy bien

informado.

O era Stenton. Delaney lo vio con toda claridad. Él había concebido los

atentados, los dos. Solo él tenía los motivos y la capacidad. De pronto el

comentario de Joan sobre el Reichstag cobraba sentido: la consolidación del

poder después de la violencia. Mae no podía hacer una cosa así, pero Stenton

sí. En situaciones como esa Stenton estaba en su elemento. Pero Delaney

enseguida descartó esas teorías. Esas personas eran demasiado visibles,

demasiado transparentes, para planear atentados terroristas contra su propia

empresa. No, no. Ni siquiera Stenton. Pero algún día se conocería la verdad,

pensó. Un periodista, una agencia de prensa, ataría cabos, realizaría

entrevistas, examinaría documentos, haría llamadas telefónicas, verificaría los

datos, volvería a empezar de cero, y pasados seis meses o dos años se

descubriría por fin quién estaba detrás de esos atentados, quién había matado

a Soren y los demás, y casi matado a Delaney. Entonces se dio cuenta de que

estaba enloqueciendo. No había periodistas ni noticias. ¿Cómo había podido

olvidarse de eso? Quería menos morfina, o más.

Se pasaba casi todo el día dormida y soñaba con Wes. O Wes la visitaba.

Al parecer, Wes le hacía compañía a largos ratos, ¿o acaso estaba también

herido? No, no. Iba de visita, pero nada de lo que decía tenía sentido. Sus

palabras eran poesía concreta, y en otro idioma. Delaney tenía pesadillas.

Pesadillas en las que aparecía Jenny Butler en un cohete, un cohete sin radio,

sin orientación, que se adentraba en el espacio a la velocidad más cruel. Soñó

con Gabriel Chu vestido de sacerdote, sentado junto a ella, escuchando su

balbuceo, hasta que de repente la agarraba por los muslos y escrutaba a través

de los ojos de ella como si mirara por entre rendijas de una cerca. Pero en la

mayoría de sus pesadillas aparecían bebés. Por lo general, el bebé de Mae.

Siempre bebés en silencio, vivos pero con planes horrendos. Una noche soñó

con mil bebés que salían de Mae, todos ellos callados y maquinadores. Pero el

último bebé no era ni remotamente un bebé, sino un cordero.

 

Una mañana, al alba, despertó en un sitio nuevo. No era el hospital. Desde allí

solo se veía agua, la Bahía; era la misma vista del mar orientada al norte que

tenía cuando volaron las paredes del edificio. De pronto se le despejó la cabeza, como nunca antes en las últimas semanas. Su óvalo la informó de que

había dormido dieciocho de las últimas veinticuatro horas. Sintió una breve

andanada de orgullo y deseó poder decírselo a Francis. Miró alrededor y vio

que volvía a estar en la Isla del Tesoro, pero en un lugar distinto. La vista

daba al mar desde una altura de treinta metros, los barcos parecían chinches

de agua. Entonces lo supo: se hallaba en el Mirador.

Se había despertado por completo.

En la habitación no había relojes. Bajó los pies al suelo y sintió una

punzada de dolor en las costillas. Se tocó el costado y descubrió que aún le

ceñía el torso una venda muy apretada. También se vio vendas más ligeras en

los pies. Los apoyó con cuidado en el suelo. Las quemaduras peores las tenía

en los puentes.

Caminó por la habitación, advirtiendo que se encendían las luces de su

brazalete. Sus movimientos estaban bajo control. Supuso que alguien llegaría

de un momento a otro. Pero ¿quién? Sabía muy poco sobre aquel lugar.

¿Habría médicos? ¿Terapeutas? ¿Servicios de seguridad? La gente alrededor

parecía dormir plácidamente. No se veían vendas ni heridas. Eran solo totales,

y se habría dicho que aquello era como cualquier otra cápsula. Cuando se

acercó a la ventana, vio el reflejo penetrante de la luna en el agua. Un intenso

dolor irradió desde la parte de atrás de su cráneo. Entornó los ojos, volvió la

cabeza y finalmente se postró de rodillas. El dolor se había extendido por

todos sus nervios. Logró volver a rastras a la cama, y cuando apoyó de nuevo

la cabeza, el dolor remitió. Es demasiado pronto para andar, tonta, pensó, y

perdió el conocimiento.

 

Despertó ante Winnie. No la veía desde hacía meses, y ahora Winnie, sentada

a su lado, tejía un calcetín o algo parecido. Más allá, a través de la ventana,

Delaney vio una serie de nubes, puntos y rayas, una especie de código morse.

Cuando Winnie advirtió que Delaney abría los ojos, se le iluminó el rostro.

—¡Vaya! —exclamó. Apoyó los dedos índice y medio en la sien de

Delaney—. Tienes mucho mejor aspecto que ayer. Ayer me preocupé de

verdad al verte la cara. Daba la impresión de que se te quedaría hinchada para

siempre. Le dije a mi marido…

Delaney cerró los ojos y se durmió. Cuando despertó, vio a sus padres,

que tenían las caras muy juntas, como si la observaran desde una pequeña

ventana. Repitieron la palabra «pronóstico» demasiadas veces para una

conversación normal, y en cada ocasión se alegraban mucho de eso, de su pronóstico. Se alegraban mucho, dijeron, y al cabo de un momento

desaparecieron. Cuando despertó de nuevo, habían pasado horas, o un día. La

luz había cambiado, ya no había nubes.

—¡Otra vez aquí! —exclamó Winnie.

Seguía tejiendo. Ahora se trataba sin duda de un calcetín. ¿Cómo podía

Winnie pasar todo un día allí?, pensó Delaney. Debía de ser sábado.

—¡Esto está hasta los topes! —comentó—. No quedan camas, ni sillas.

Mucha gente necesita ayuda. Tú tienes una de las últimas habitaciones

individuales. ¡Ah! ¿Te has enterado? Probablemente no te has enterado. No sé

si debo decírtelo, pero a lo mejor necesitas distracción. Sé que a mí me gusta

distraerme cuando estoy dolorida. ¿Tú estás dolorida?

Delaney cerró los ojos para decir: «Sí. Y oírte hablar me duele también.

Hablas demasiado deprisa, demasiado alto. Para, te lo ruego. ¿Y quién se

pondrá ese calcetín deforme?».

—No saben quién fue —dijo Winnie—. El autor del atentado. Todo el

mundo anda como loco. Pero Stenton está en ello. Es lo suyo, supongo. Dice

que lo dejen en sus manos. Todo el mundo acude a él para que lo resuelva,

para que ponga en orden el sistema de seguridad. Un líder fuerte, ¿no?

Trajeron al Viudo para interrogarlo. ¿Sabes quién te digo, aquel de la pancarta

en el puente?

Delaney cerró los ojos a modo de asentimiento.

—Pues la policía lo trajo. O lo trajimos nosotros. Alguien lo trajo. O sea,

ese hombre tenía motivos, ¿no? Luego lo soltaron, ¿y a que no adivinas qué

pasó? Encontraron su cuerpo en la orilla de la Isla del Tesoro, arrastrado por

el mar. Un suicidio. Alguien vio el cadáver mientras corría por el perímetro.

Debió de saltar desde el Puente de la Bahía. Lo que significa, creo yo, que

tenía algo que ver con el atentado.

Delaney no disponía de energía suficiente para molestarse en analizar o

desmentir esa hipótesis.

—¡Ah, y otra cosa! —exclamó Winnie, levantando la voz—. Puede que

esto no lo sepas. Probablemente no lo sepas. Aún no se lo hemos dicho a los

clientes, así que no se lo cuentes a nadie de fuera del campus, ¿vale? Es más,

no se lo digas a nadie por el momento. Si es que puedes hablar, ¿o no puedes?

Delaney, muda, le lanzó una mirada de exasperación.

—Ah —dijo Winnie—. Perdona. Verás, hackearon Pensamientos No

Cosas. Suponemos que fueron los rusos, pero pudo ser alguien haciéndose

pasar por los rusos para que pensáramos que eran los rusos. Hay gente que hace esas cosas. O podría ser la misma persona que perpetró el atentado. Si no

fue el Viudo.

Delaney tendió la mano hacia el botón de la morfina, pero cayó en la

cuenta de que no le habían proporcionado un botón de la morfina.

—¿Buscas calmantes? —preguntó Winnie—. Aquí eso no lo puedes

controlar. No se lo permiten a nadie. Tampoco a los médicos, por supuesto.

¡Demasiados errores! Me gusta cómo te queda este color —comentó, y cogió

una punta de la bata de Delaney entre el pulgar y el índice.

Delaney vio pasar a alguien despacio por delante de su habitación. Le

resultó familiar, un hombre de mediana edad con un amago de sonrisa en el

rostro. Sostenía una carpeta de cuero contra el pecho como para mantenerla

caliente. Winnie giró la cabeza para ver qué miraba Delaney.

—Ah, ya lo había visto antes —dijo—. Va de aquí para allá con esa

carpeta, como si alguien fuera a quitársela.

El hombre se volvió, y Delaney supo que era Hans-Georg. La miró con

sus ojos claros, pero no dio la menor señal de reconocerla. Esbozó una sonrisa

y siguió adelante lentamente.

—Y en esa carpeta no hay nada —aseguró Winnie—. ¿No es triste? ¿De

qué te estaba hablando? Ah, el hackeo. ¿No te habías enterado?

Delaney negó con la cabeza. Sintió punzadas de dolor en ambas sienes.

—Ha desaparecido todo —dijo Winnie—. Borraron todo el contenido de

Pensamientos No Cosas. Todos los escáneres. Todos. Del primero al último.

Si la gente se los descargó, están a salvo, pero ¿quién descarga ya nada?

Estaba todo en la nube, y hackearon la nube, la eliminaron del cielo. Ahora

estamos intentando averiguar por qué se centraron en Pensamientos No

Cosas. ¿Por qué no en algún otro departamento? ¿Y tiene esto algo que ver

con los atentados?

Delaney volvió a cerrar los ojos. No soportaba más noticias, más palabras.

Se acordó de todo lo que había escaneado y quemado. Los vestidos de novia,

las fotos, los zapatitos de bebé, los juguetes y las cartas. ¡Un reloj de pie!

Cuando volvió a abrir los ojos era de noche, y la luna, a través de la ventana,

semejaba un vacío siniestro envuelto en bruma. La visitaron las elásticas.

Parecía haber treinta o cuarenta. Le tocaban la cara, los brazos. Alguien —

¿Gemma?— intentaba ceñirle la cintura de la bata de hospital. Expresaron

muchas opiniones sobre la bata. ¿Era sintética? Podemos hacerlo mejor,

concluyeron. Delaney cerró los ojos y pensó en montañas nevadas.

Monte Breitenbach.

Pico Lost River.

Pico Donaldson.

Pico Hyndman.

Pico USGS.

Pico No Regret.

Cuando despertó, amanecía. Las elásticas se habían marchado hacía

tiempo, sustituidas por Carlo y Shireen.

—Queríamos venir a verte —dijo Shireen.

—Teníamos que venir a verte —dijo Carlo—. Como amigos tuyos que

somos.

—Amigos tuyos sin lugar a dudas —afirmó Shireen—. Estábamos muy

preocupados.

—No porque nos preocupe en lo más mínimo el nivel de la atención aquí

—dijo Carlo, y dirigió a Shireen una mirada suplicante—. Sino por todo lo

que has pasado. La atención aquí es incomparable.

—Cierto —confirmó Shireen, y dejó escapar una risa nerviosa—. Y tanto

que lo es. Es excelente. Yo jamás habría insinuado lo contrario. También yo

necesité ayuda aquí una vez y…

Carlo la miró de soslayo con los ojos entornados.

—Nos alegramos mucho de que estés despierta —dijo Shireen.

—Claro que está despierta —dijo Carlo—. Porque está recibiendo la

mejor atención posible.

Delaney cerró los ojos con la esperanza de que desaparecieran. Cuando

volvió a abrirlos era otra vez de noche, y vio la misma luna siniestra. Le

palpitaba la cabeza, y buscó un médico. ¿Dónde estaban los médicos?

Conservaba un recuerdo borroso de la visita de unos médicos y enfermeras

entre Winnie y Carlo y Shireen, pero no sabía qué habían dicho o hecho, y

mientras intentaba rescatar del fondo de la memoria algo sobre ellos,

cualquiera de sus comentarios —¿dónde estaban los médicos?—, la venció de

nuevo el sueño.