El Todo
XXVI. Contenidos y contentos
XXVI
Las solicitudes de TodosEn se centuplicaron en un día. Nadie quería vivir
fuera del campus (espacio conocido ahora como la Nada), sin conocer su
huella de carbono diaria y con el miedo de ser visto colarse cada día en el
campus (ahora Todas Partes) desde el mundo exterior tras vandalizar el
planeta de incontables maneras en el camino. Los altos ejecutivos de El Todo,
por temor a la vergüenza, se mudaron rápida y discretamente al campus con la
esperanza de dar la impresión de que vivían allí desde siempre.
—Tengo que irme a vivir allí —dijo Delaney.
Wes y ella estaban en el aparcamiento de la playa, con Huracán en su
sillita. Este no entendía por qué no podían al menos llevarlo hasta la playa. Se
movía inquieto en el asiento, gimoteaba, alargaba el cuello para ver el mar.
—¿Tienes que ir? —preguntó Wes.
—Ahora estoy alejada. Si soy un elemento central de ese movimiento,
QedaosQïetos, y no me uno a ellos, me tomarán por una hipócrita.
—O estás mejorando mucho en esto, o has perdido el juicio —dijo Wes.
Huracán ladró tres veces, cada una más débil que la anterior. Había
empezado a ladrar en momentos ilógicos, sin ninguna motivación en
particular.
—Y obviamente eso me permitirá estar más cerca —continuó Delaney—.
Averiguar cómo se mueven los hilos y los resortes.
—Dudo que haya muchos hilos y resortes en los complejos de cápsulas —
dijo Wes—. Son viviendas, así que probablemente encontrarás camas y
fregaderos.
Huracán emitió otro ladrido, pero este como un resuello.
—¿Cuál es tu próxima rotación? —preguntó Wes.
—La verdad es que no lo sé.
—Tienes espirales en los ojos —observó—. No creo que quieras estar allí
a todas horas. Esa gente te está enloqueciendo.
—¿Sabes cuál fue el verdadero origen de esto? —preguntó Delaney—. El
éxtasis del rechazo. Eso me hizo mella. Es lo que ocurrió aquel día con
plátanoskam, y ahora con todo esto.
—El éxtasis del rechazo —repitió Wes—. Exacto. Eso es.
—Y la aceptación del rechazo más radical. Aquel día en el comedor fue
como una orgía del punto final. No más plátanos. No más papayas. La manera
en que consultaban la procedencia de la fruta y luego la descartaban como
posibilidad. Y ahora el final de los viajes, de los coches, de las carreteras, de
los aviones.
—Consiste en deshacerse de algo —dijo Wes. Agachado, intentaba poner
más cómodo a Huracán—. Eso también es una forma de poder. El poder de la
destrucción. Cuando éramos niños, el objetivo eran las personas. La incesante
eliminación de personas. Ahora son las costumbres y las prácticas, las
tradiciones, la historia. O como lo que pasa en Pensamientos No Cosas. Ese
impulso de borrarlo todo de la faz de la tierra. Es como mi teoría de los
zombis.
—No es como tu teoría de los zombis —respondió Delaney.
La teoría de los zombis de Wes postulaba que, en un mundo cada vez más
poblado, matar zombis era una manera aceptable de expresar el propio odio
hacia la proliferación de la especie. La popularidad de las películas, series y
juegos de zombis guardaba mucha relación con la sensación de que solo
quedaban unas cuantas personas cuerdas, y de que esas pocas personas tenían
derecho a poner fin al sufrimiento de todos aquellos atrapados entre la
semisintiencia del purgatorio y la muerte.
—Ser el responsable del final de algo, de alguien… es una especie de
lujuria —comentó Wes—. Es como poner orden. Empiezas con una
habitación llena de trastos, acabas con una caja blanca limpia. ¿Has oído el
nuevo eslogan de PretéritoPerfecto? «El pasado puede perfeccionarse».
—La eliminación de impurezas —convino Delaney.
—La matanza de lo desconocido. Y creo que empieza por Mae. Ella
conserva su pureza porque nunca va a ningún sitio ni hace nada. Nunca ha
estado desconectada. Aparte de dirigir El Todo, en realidad nunca ha hecho
nada.
—Cuando haces algo, te arriesgas a hacerlo incorrectamente.
—Como teme hacer algo mal, practica el celibato intelectual —dijo Wes
—. Nunca ha tenido una idea original.
Delaney se quedó pensando en eso por un momento, acordándose de la
ecografía de Mae. Su mente saltó a las concepciones inmaculadas.
—Dicen que AutentiAmigo ya está lista —informó Wes.
—¿Para salir a la luz? ¿Todo un lanzamiento?
—Planean introducirla en la India. Gran parte de la programación se ha
hecho allí, así que la oficina de Bombay empezó a crear una versión en hindi.
O sea, todo esto está en marcha desde hace un mes. Acaban de decírmelo.
¿Por qué sonríes así?
—Es una buena noticia —dijo ella—. Pensaba que se alargaría más. Pero
cuanto antes, mejor. ¿No me digas que le tenías apego a eso? Era una app
falsa cuyo objetivo era crear una situación incómoda para El Todo.
—Apego no; es solo que me resulta decepcionante que se haya
desarrollado tan deprisa. Esa Holstein es imparable. Cada semana recibo una
larga puesta al día suya sobre los ajustes y mejoras que están introduciendo.
Por lo general, añade alguna frase en el sentido de que desean conocer mis
observaciones, pero es como si gritaran y agitaran los brazos desde una lancha
motora mientras yo estoy quieto en la orilla.
—¿Y?
—Ha ido mucho más allá de nuestra idea inicial.
—Eso es bueno, ¿no? —dijo Delaney.
—Pero ahora no es una broma. No es un juego o una app para aprender a
bailar. Han aplicado auténtica ciencia. Auténticos sensores. Auténtica IA.
Trabajan en ella verdaderos científicos. De hecho, creo que ahora funciona:
puede decir si alguien con quien estás hablando miente, es franco, está a
gusto, se interesa por ti.
—Esa era la finalidad, ¿no?
—Yo solo me la planteé como una broma —dijo Wes—. Ahora es
aterradora.
—¡Se supone que ha de ser aterradora!
—Pero no se supone que tenga que funcionar —respondió él.
Volvieron a casa con el viento a sus espaldas. En el Cobertizo, Delaney
miró en su buzón y encontró uno de los sobres azules de Agarwal.
Querida Delaney:
Tenía que escribirte porque acabo de disfrutar de una comida muy instructiva con una
académica norcoreana de visita. Es una desertora, claro, y me ha ayudado a entender muchas cosas
sobre la naturaleza del control de la información. Ella vivía dentro de la estructura que más restringe
el flujo de información en el mundo, y también ha estudiado el sistema chino, y lo que ha
descubierto es muy prosaico y muy aterrador.
La parte prosaica es que la mayoría de la gente sencillamente no tiene tiempo para preocuparse
o luchar. Es decir, en un país como Corea del Norte, el ciudadano medio apenas se las arregla para
sobrevivir. Trabaja quizá unas sesenta horas semanales, y cocina y limpia y se ocupa de sus hijos e
intenta sacar alguna que otra hora de aquí y allá para su esparcimiento. En su tiempo libre, que es
escaso, consume una televisión sumamente censurada y lo que allí pasa por ser internet.
Cabe suponer que si un ciudadano norcoreano se lo propusiera, entraría en contacto con
información y verdades del mundo exterior. Pero eso requeriría un esfuerzo extraordinario y
sostenido, acompañado de un riesgo considerable. Y como descubrir la verdad sobre el mundo
exterior no es prioritario —lo más acuciante y siempre esencial es encontrar comida suficiente y
otras preocupaciones básicas—, pocos se toman la molestia. Se necesita tiempo, y dinero, y agallas,
para emprender siquiera el proyecto de acceder a información prohibida. Por tanto, según una
estimación de mi amiga, menos del tres por ciento de la población norcoreana lo intenta siquiera.
China es un país más libre pero no es libre. También allí se requiere mucha voluntad y esfuerzo
para ir más allá de la información que el Estado desea que tengan sus ciudadanos. ¿Cómo incide,
pues, eso en tu trabajo en El Todo? El Todo sigue controlando el flujo de información de la mayoría
de las personas. La mayoría de las personas viven la mayor parte de su tiempo en internet a través
de El Todo; el usuario medio ni siquiera tiene que salir de la plataforma.
Piensa en el poder que les proporciona esa situación. Sí, estamos en una sociedad libre donde
cualquiera puede escribir lo que desee. Pero ¿cómo accede la gente a esos textos? Si pasas la mayor
parte de tu vida en internet en las plataformas de El Todo, es posible que solo veas aquello que ellos
promueven. Puede que te ofrezcan contenido muy diverso, todo él aprobado por El Todo, y en
consonancia con su ideología o intereses comerciales, sean cuales sean. Eso no quiere decir que, en
una sociedad democrática, una persona no pueda acceder a la información que El Todo no respalda.
Pero ¿cuánta gente lo hará? ¿Cuánta gente vive en un estado de búsqueda activa de la verdad?
Muy poca, esa es la respuesta. ¿Recuerdas cuando intenté provocar a tus compañeros por la
vigilancia en el campus? Conseguí poco apoyo. Eso convierte a tu generación, y a las anteriores y
posteriores, en un sabroso bocado para los autócratas y los tiranos.
El mundo avanza hacia el autoritarismo, Delaney, y esto tiene que ver con el orden. La gente
piensa que el mundo está fuera de control. Quieren que alguien ponga fin a los cambios. Eso se
ajusta perfectamente a lo que El Todo está haciendo: instigar el impulso a controlar, reducir los
matices, categorizar y asignar números a cualquier cosa inherentemente compleja. A simplificar. A
decirnos cómo será el futuro. Un autoritario también promete esas cosas.
Sé que la gente alza la vista al cielo cada vez que menciono a Erich Fromm, pero perdóname.
¿Recuerdas cuando Fromm explicaba que los jóvenes soldados de las SS se sintieron liberados por
el nazismo? Querían que se les dijera lo que debían hacer. Se habían liberado de la libertad.
Súbitamente las ilimitadas decisiones que plantea el mundo las tomaba otro por ellos. Se prometió
orden. Se limpiarán las calles, acabaremos con quienes infringen la ley, vuestros días estarán
predeterminados, y lo desconocido desaparecerá.
Y una noticia relacionada: tengo cáncer. Un melanoma con metástasis, lo cual tiene cierta
musicalidad, ¿no? Está en fase cuatro, pero son optimistas, así que yo también soy optimista. ¿Es
hipocresía por mi parte optar por no pensar en ello? En cualquier caso, te mantendré informada al
respecto en cuanto sepa algo más.
AGARWAL
Solo Agarwal escribiría una carta de tres páginas y mencionaría el cáncer
como de pasada. Delaney sintió el profundo deseo de contestarle, de acudir a
ella, pero sabía que no podía. En lugar de eso, presentó su propia solicitud de
vivienda en el campus, y recibió, en cuestión de minutos, un mensaje de Joan:
«Tengo una cama para ti». Delaney era ya consciente de que un total de alto
rango o rango semialto tenía mil maneras de eludir los procesos habituales y
saltarse los turnos, y para ella era del todo intrascendente cómo había
conseguido Joan colar a Delaney en la cama recién añadida a la cápsula de
Joan. En el campus, las cápsulas de un solo ocupante se convirtieron en cápsulas dobles. Las dobles se convirtieron en triples, las triples se
convirtieron en cuádruples. Era una forma de satisfacer la demanda antes de
que se construyeran los nuevos edificios.
Syl era ahora una especie de profeta, ascendido a miembro de la Banda de
los 40, y elemento esencial de las conferencias sobre el clima en todo el
mundo, que en adelante se celebrarían sin excepción virtualmente. Syl y
Ramona Ortiz iniciaron un consultorio en streaming desde el campus titulado
Adónde No Ir y Qué No Hacer (ANI + QNH), durante el cual los ciudadanos
de Todas Partes y de la Nada les formulaban preguntas sobre la viabilidad
ambiental de abandonar sus casas.
«Mi hija juega al voleibol. Se celebra una competición regional a cuatro
horas de aquí, y la única manera de llegar hasta allí es por la interestatal. ¿Es
ético ir?».
La respuesta era no. La respuesta era casi siempre no. Los gases de efecto
invernadero son inevitables, y cada vez que salimos a una carretera,
explicaban, apoyamos la construcción de carreteras y el complejo más amplio
de la industria de los viajes. Cuando Syl y Ramona no estaban absolutamente
seguros de los efectos ambientales, se centraban en la Ansiedad de Impacto,
que era mucho más eficaz como argumento disuasorio. Su lema, que se
convirtió en un popular grito en las concentraciones sobre la conveniencia de
quedarse en casa para salvar el planeta, era: «¿De verdad queréis correr el
riesgo?».
El contrato de alojamiento en la cápsula que firmó Delaney se parecía mucho
a su documento de incorporación a la empresa: un delirante híbrido entre
jerga jurídica y manifiesto, autoayuda y obstinado uso de la mayúscula. «Las
Cápsulas son experimentos sobre Mejores Prácticas de Habitación. Tanto si
eres un Optimizador como un Comunitario, los programas de vivienda
TodosEn son la culminación de la comodidad y la Unión». Incluía fotografías
de amaneceres vistos desde mullidas camas blancas. «Como con cualquier
Experimento Científico, los controles son fundamentales». El contrato tenía
banda sonora, que Delaney reconoció como música de la primera etapa del
grupo One Direction. «Es necesario tu total compromiso con este
Experimento para que logre proporcionar Confort, Concienciación y Datos
Utilizables». Contenía 403 preguntas sobre aspectos personales de Delaney:
hábitos, alergias, horarios de comida y sueño, preferencias de entretenimiento,
tolerancia al ruido, actitud ante los gérmenes, y el gusto con respecto a la paleta de colores y la temperatura de la ducha. «Estás autorizado/a a
modificar tu cápsula dentro de Ciertos Parámetros. Eres un individuo de
Creatividad Infinita, ¡así que hazla tuya! Hablando de Creatividad, las
recientes pruebas indican que 10 Horas de sueño es el tiempo ideal para la
generación de ideas, y por tanto, con ese fin, cada Tubo de Dormir está
equipado con ruido blanco y ruido rosa, además de luces ultravioleta y Luz
Natural (cuando sea posible), y difusores de Ylang Ylang». Delaney cerró los
ojos. El deliberado uso de las mayúsculas la entristecía, arrastraba su alma en
una trayectoria descendente. Abrió los ojos y siguió leyendo. «Ten la bondad
de fijarte en el adjunto en el que figura la lista de objetos y materiales
prohibidos. No se autoriza, sin Exención, la entrada de comida, medicamentos
y productos de Higiene del exterior. Para solicitar una Exención, ten la
bondad de ponerte en contacto con tu Coordinador de Cápsula. La asistencia
al Baile Ultra-Exuberante de los Jueves por la Noche (BUJN) no es
obligatoria pero se recomienda. ¡Despréndete de tu Yo malo! En cuanto a las
mascotas: ¡Nos encantan las Mascotas! Sin embargo…».
Había más páginas, otras 77, y como no podía firmar el contrato si la
función de seguimiento ocular detectaba que se había saltado una palabra,
Delaney tuvo que leerlas todas.
Llegó un martes con dos maletas. En la verja, sus pertenencias fueron
inspeccionadas por Rowena en su pirámide de cristal, y debidamente
rectificadas. Rowena se quedó las maquinillas de afeitar desechables de
Delaney, su champú y su acondicionador —todo aquello que contuviera o
estuviera contenido en plástico— y le indicó cómo llegar al Havel, donde
viviría. (Todas las residencias tenían nombres de disidentes, luchadores en
pro de la libertad, revolucionarios).
—El Václav Havel está entre el John Brown y el César Chávez. Si llegas
al Michael Collins —explicó Rowena—, te has pasado.
Por internet, Delaney había visto innumerables fotografías y vídeos del
proyecto de «vivyendas» —así lo escribían ellos— TodosEn, pero en persona
su nueva cápsula era, por un lado, más pequeña, mucho más pequeña, y, por
otro lado, contenía muchos más detalles cautivadores, elegantes y
extravagantes al mismo tiempo, mezcla a partes iguales de Zaha Hadid y
Peter Pan. No había ángulos rectos ni se repetía ninguna forma. Las puertas
de los armarios eran de bambú, todas ellas paralelogramos o trapezoides
descentrados distintos. El frigorífico era enorme y su puerta de cristal mostraba los vivos colores de su contenido sumamente organizado. Los
envoltorios no existían. Los tentempiés se hallaban en aprobados silos sobre
la encimera de cuarzo. Garbanzos con cúrcuma, cecina de champiñón,
galletas de coliflor, palomitas de maíz al jengibre, todo guardado en
contenedores de latón y cristal herméticos. En el cuarto de baño, el dentífrico
y el jabón estaban en grandes dispensadores por bombeo. La cápsula era una
unidad en chaflán, con ventanales de doble cristal desde el suelo hasta el
techo que daban a la Margarita, la Bahía, dos de los tres puentes cercanos, y
el recortado contorno montañoso del centro de San Francisco.
—Ya estás aquí —anunció una voz. Siguió una sucesión de chirridos.
Delaney se volvió y encontró a un hombre con unas zapatillas de color
rosa intenso.
—Soren —se presentó, llevándose la palma de la mano al pecho y
saludándola con una ligera inclinación. Alto, tirando a calvo, de hombros
redondeados y sin mentón perceptible, actuaba y hablaba como un hombre
inflable. Vestía un maillot ajustado que le quedaba mal, arrugado en torno al
amplio vientre y las rodillas de patizambo, como si se hubiera puesto
apresuradamente un traje de neopreno de un hombre más grande. Encima,
cubriéndole los muslos como una minifalda, lucía un kilt—. En principio ibas
a mudarte mañana, ¿no? ¿Qué día es hoy? ¿AtyenDe? —Se dirigió a la
cocina, y sus zapatos chirriaron a cada paso.
—Martes —contestó Delaney.
—Hoy es martes —dijo AtyenDe.
Delaney había observado eso entre muchos totales. Nunca estaban
desconectados, pero su relación con el calendario era tenue. Nadie parecía
saber qué día de la semana era, y solo tenían una muy vaga noción de dónde
se hallaban en cualquier mes dado.
—¿Has encontrado tu cama? —preguntó Soren—. Acaban de
incorporarla.
Se cruzó de brazos, y Delaney advirtió una serie de palabras tatuadas en
cada antebrazo. SI LO HACES, TUYO ES, rezaba una frase. Esta se hallaba
orientada de modo que pudiera leerla quienquiera que se encontrase frente a
Soren. La otra frase, desde la perspectiva de Delaney, estaba del revés, para
ser leída por el propio Soren. Decía lo mismo: SI LO HACES, TUYO ES.
—Esa es la mía —dijo, y señaló una litera inferior, en realidad un tubo
largo de contrachapado con una puerta redonda de madera delante. Parecía la
madriguera de una taltuza gigante—. Tengo el sueño ligero y por eso necesito
la puerta. Esta es la tuya —añadió, y la llevó a un punto de entrada en el que ella no se había fijado. Como el tubo de él, tenía unos dos metros y medio de
largo y un metro de alto. Pero el de ella se hallaba situado contra el ventanal
—. A ver si cabes —dijo él, y Delaney entró a gatas en la caja.
Descubrió que era sofocante y a la vez inducía al vértigo; imaginó que
sería como dormir en el salpicadero de un coche, de cara al parabrisas, a
cuatro plantas de altura.
—Es maravilloso.
—Me alegro de que te guste —dijo Soren—. Siento que te haya tocado
con ventana.
—¿Hay mucha luz? —preguntó Delaney.
—Debería haber una cortina, ¿allí al fondo?
Delaney encontró la cortina y la cerró. Así la sensación de ahogo era
absoluta. Estaba en un ataúd, contra una ventana, a cuatro plantas de altura.
—Me encanta —dijo Delaney, y salió a rastras tan deprisa como pudo.
—Todos los monitores del sueño están ya instalados —informó él—.
¿Cuál es tu media?
—¿Unas siete horas?
Soren palideció ante semejante vaguedad.
—Pero hoy no he consultado mi media actualizada —añadió ella,
corrigiéndose—. Ayer era de 7,81.
—Yo estoy en 7,94. Así que imagino que los dos tenemos trabajo
pendiente. La empresa ha puesto mucho empeño en asegurarse de que la
gente duerme más, al menos diez horas. Esa es el baremo para una creatividad
máxima. ¿Has notado ahí dentro el olor a ylang ylang? Es un
neuromodulador, mucho mejor que la lavanda. Reduce el ritmo cardíaco y la
tensión arterial.
—Cierto, cierto —dijo Delaney—. Ylang ylang. Importantísimo.
—Yo ya me he acostumbrado —prosiguió Soren—. Lo ideal es que tu
cerebro empiece a asociar el ylang ylang con el sueño, y así cuando lo huelas,
tu cuerpo se relajará. ¿Qué más? Ah. Dicen que nada de tiempo de pantalla
dos horas antes de acostarse, pero en realidad esa norma no la obedece nadie.
Sin embargo, la nevera queda cerrada a las diez. Beber y comer antes de
dormir, como se ha demostrado claramente, inhibe el verdadero descanso.
Para mí, eso ha sido una bendición. Me es imposible plantearme opciones
ilimitadas. Y hablando de eso, ¿puedo ofrecerte algo?
—Solo tengo un poco de sed —contestó Delaney, y buscó un vaso.
—Aquí no hay vasos —advirtió Soren—. Pero el fregadero dispone de un
surtidor.
Delaney descubrió el surtidor, bebió un trago y buscó una servilleta de
papel. Sin molestarse en preguntar, se limitó a limpiarse la boca con el puño
de la camiseta.
—Gracias.
—Es mejor eliminar las malas opciones sin más, ¿no crees? Por eso la
ciudad me desborda —explicó él, y Delaney sonrió animosamente—. Soy un
adicto. Alcohol, pastillas, porno. Este sitio me salvó. Sé que al principio te
resultará espartano. —Echó un vistazo alrededor—. Puede que lo sea. Pero
aquí puedes conseguir todo lo que necesitas. Solo que no puedes conseguir
todo lo que quieres. O todo lo que crees que quieres. ¿Tú bebes?
—No mucho —respondió Delaney.
Él cerró los ojos en un gesto de alivio.
—Tienes entera libertad para hacer lo que suelas hacer a ese respecto.
Pero obviamente yo no bebo. Joan y Francis no beben aquí en la cápsula. Yo
no les he pedido que no lo hagan, pero en cualquier caso no lo hacen. Y no
puedes tomar pastillas. Seguramente ya te lo han dicho, por si no fuera obvio.
—Bien —dijo Delaney, y al instante pensó: ¿Francis? Dios mío, no será
ese Francis.
—Mi último vicio fue el porno —explicó Soren, y Delaney se preguntó
cómo era posible que se privase de eso, teniendo en cuenta su ubicuidad en
internet—. Me aseguro de que todas mis pantallas se activen con la huella
dactilar.
Delaney dedujo el resto. Sus huellas estaban vinculadas a filtros y
bloqueos. Siempre que accedía a algo, los filtros se activaban y el porno
quedaba bloqueado.
—De hecho, lo preparé como para que RH sepa si he estado viendo porno.
La verdad es que imponerse algunas barreras ayuda —dijo—. No lo pasé muy
mal. Era capaz de controlarme siempre y cuando no lo tuviera muy a mano.
¿Y… el ejercicio físico? ¿Sales a correr?
Contempló de arriba abajo el cuerpo de Delaney y de pronto, tomando
conciencia de lo ofensivo de esa actitud, fingió estar examinando la cocina en
su totalidad.
—¿Waterpolo? ¿Remo? —preguntó. Se había fijado en sus hombros.
—Salgo a correr un poco —respondió ella—. Antes a veces hacía
escalada.
—De Idaho, ¿no? ¿Y luego viviste en la ciudad? —Pronunció las palabras
«en la ciudad» con palpable recelo—. ¿He oído decir que viviste en un sitio
troglo? ¿Qué tal la experiencia?
—Un horror —contestó Delaney—. Un caos.
—Me lo imagino. Mis residencias universitarias se basaban en diseños
TodosEn, así que instalarme aquí no me exigió una gran adaptación. ¿Cada
cuánto ibas a comprar comida y demás?
—Casi a diario —dijo Delaney, y puso cara de agotamiento.
Soren dejó escapar un silbido.
—Yo no he salido de la isla desde hace quizá dos años. No sé si
sobreviviría. —Su media sonrisa indicaba que lo decía en broma pero no
estaba seguro de si lo decía en broma.
—Lo siento. Me olvidaba de preguntarte a qué te dedicas aquí.
Soren ladeó la cabeza en un gesto involuntario.
—¿No has investigado previamente a las personas con las que vas a vivir?
—Más que acusarla, parecía encontrarlo gracioso.
—Lo siento —se disculpó Delaney—. Ha ido todo tan deprisa…
—No, no. No pasa nada. Es solo que resulta interesante. Nuevo. Hacía
tiempo que no tenía que contestar a esa pregunta. ¿A qué me dedico aquí?
Bueno, al principio la gente suele conocerme como el tío del stop inteligente.
—¿El stop inteligente lo inventaste tú? —preguntó Delaney.
Soren se echó a reír y agachó la cabeza.
—Me declaro culpable.
En la calle rural sin salida de Delaney en Idaho habían instalado un stop
inteligente, que sacó de quicio a sus padres. En la calle no había tráfico, ni la
más remota necesidad de un stop, así que antes de eso ellos accedían al cruce
sin parar, como todo el mundo. Pero cuando se instaló el stop inteligente, sus
padres y vecinos se vieron obligados a hacer una parada completa e irritante
cada vez que iban al pueblo o volvían, seis veces al día, pese a que ningún
otro vehículo, jamás, competía por la prioridad de paso en el cruce. Después
de acumular mil dólares en multas el primer mes, el padre de Delaney
destruyó el stop en plena noche, pero este fue sustituido de inmediato; el
Ayuntamiento vio con entusiasmo los ingresos que generaba.
—Mi padre quería matarte —dijo Delaney—. Yo quería matarte. Seguro
que recibiste un millón de amenazas de muerte.
Soren alzó la cabeza, de pronto muy serio.
—No creo que pienses de verdad eso que has dicho, Delaney. —Adoptó
una voz ensayada, una mirada suplicante. Echó una ojeada a su óvalo, y
Delaney lo entendió. Esas frases que ella acababa de pronunciar se
considerarían de mal gusto en la transcripción.
—Claro que no —contestó Delaney, y buscó mentalmente la rectificación
adecuada para eludir un aviso, un aviso significativo, supuso, dada la
insinuación de asesinato—. Lo decía en broma —aseguró, procurando adoptar
un tono lo más jocoso posible.
—Lo entiendo —dijo él con una sonrisa de aprobación en los ojos—. Sí,
al principio la gente se lo tomó a mal. Pero el mundo ya se ha acostumbrado a
esas señales de stop, y han salvado vidas. Como los cinturones de seguridad.
En realidad, pienso que sirven solo para que la gente se habitúe a respetar las
normas, incluso las menores. Ese era el objetivo de Kant Kan desde el
principio: conseguir que el cumplimiento de la ley fuera objetivo y universal,
no subjetivo y esporádico.
Delaney rebuscó en su cabeza. ¿Kant Kan? Esperaba que Soren no
mencionase el imperativo categórico.
—La gente no quería pensar en el imperativo categórico —dijo—. Así
que Kant Kan pasó a llamarse KssKss: Ke sea sencillo.
Ah, pensó Delaney. Esa sí la conocía.
—Conozco KssKss —dijo—. ¿También son tuyas las multas automáticas
por exceso de velocidad? A mí me pusieron unas cuantas.
Las multas se imponían automáticamente, y el coste se deducía al instante
de las cuentas corrientes de los conductores.
—Eso salvó veinte mil vidas el año pasado —afirmó Soren—. Sé que
parece muy básico, pero ¿para qué promulgar leyes si no tenemos una forma
organizada de exigir su cumplimiento? Y eso libera a los policías, que así
disponen de tiempo para ocuparse de tareas más interesantes.
—Tiene lógica —admitió Delaney.
—¿Quieres tomar algo más? —Soren abrió la nevera, y quedaron a la
vista dos hileras de esferas de bebida, apiladas y ordenadas como canicas
brillantes.
—Lo que sea —dijo ella, y Soren le lanzó una de color rosa.
—KssKss es una idea nada conflictiva —prosiguió—. Cuando las normas
no se respetan de manera universal, llega el desorden y la gente muere.
—¿Sigues con KssKss, pues? —preguntó ella.
—En realidad, no. Hace un año pasé a Luz del Sol. Antes se llamaba
Iluminemos los Rincones. Luego se combinó con Alcance.
—¿Alcance era aquel programa para hacer llegar internet a gente aislada?
—dijo Delaney. Se arrepintió de inmediato. Ese fue un programa
controvertido, y su pregunta parecía una crítica.
—Yo no formé parte del grupo de la isla Sentinel del Sur —dijo él, sus
labios tensos—. Esa gente desapareció y el programa se interrumpió.
Delaney lo recordó. Enviaron a un equipo a una isla remota del océano
Índico, donde enseguida los mataron los lugareños, una tribu aislada, que
obviamente no querían wifi.
—Ya, ya —dijo Delaney, y Soren recobró la sonrisa.
—En esencia buscamos lugares que son invisibles en las ciudades y los
países, y nosotros los vemos. Instalamos cámaras y recibimos imágenes vía
satélite de zonas rurales y apartadas donde, de lo contrario, pueden ocurrir
desgracias.
—O sea, cámaras en parques nacionales y tal.
—Eso.
—Estupendo —dijo Delaney. Fuiste tú, pensó.
—Colocamos todo un despliegue en Playa 36 —explicó él—. Lo que es
otro resultado positivo de tu… ya sabes, viaje de estudio. Ahora la gente
puede ver los elefantes marinos sin ir allí.
—Una idea genial —afirmó Delaney. Le ardían los órganos.
—Cada año nos acercamos más al ciento por ciento de saturación —
continuó él, y se subió de un brinco a la encimera, donde sus carnosos muslos
se expandieron como un vertido de petróleo—. Y mi esperanza… y en eso
coincido con Stenton… es que cuando dispongamos de cámaras que vean
hasta el último centímetro del planeta, ocurran dos cosas: los viajes serán
innecesarios y la delincuencia terminará. La parte relativa a los viajes es
sencilla. En lugar de ir a Playa 36, basta con que recurras a las imágenes de
las cámaras que tenemos allí. En cambio, con la delincuencia… ahí se
producirá un cambio de paradigma. No será posible cometer un delito.
—O el autor será detenido fácilmente —observó Delaney.
—Exacto —dijo él. Soren había cogido una manzana y la inspeccionaba
en busca del lugar idóneo donde morder—. Pero pienso que, dentro de una
generación, ya ni se pensará en la delincuencia. No tendrá sentido intentarlo.
Por eso es tan importante ese momento de saturación mundial de cámaras.
Para mí, ese será el día delito final. —Acometió la manzana con un
prolongado chasquido.
Al principio, Delaney no captó la idea. Finalmente descompuso la frase en
su cabeza, a la manera de El Todo. Quería decir «día del delito final».
—Ah —dijo—. En el sentido de que ese día se cometerá el último delito.
—El último delito del mundo, sí —confirmó él—. Luego seguiremos
adelante, eliminando lo desconocido, lo inesperado. Cuando todo se ve, no puede ocurrir nada malo.
—Tiene sentido.
—Una de las cosas que estamos haciendo ahora es trasladar a los troglos a
hogares inteligentes —dijo él, y la evaluó—. Verás, puede que en algún
momento te pida que ofrezcas tu testimonio. Estamos recopilando una serie,
en la que antiguos troglos explican las ventajas de una forma de vida
inteligente. Pero solo si quieres.
—Claro, cuando quieras —respondió Delaney, y esperó que él se
olvidara. Señaló los (¿diez?, ¿doce?) silos de cristal sobre la encimera de la
cocina—. ¿Así que todos esos los llenan ellos?
—Exacto. Ya conocerás a esa gente —dijo él, y tras terminarse la
manzana, echó el corazón al cubo del compost—. Todo lo básico se
reabastece a diario. Los cereales, la verdura, la fruta. ¿Rellenaste tu encuesta?
—Sí —contestó Delaney—. Pero casi todo constaba ya en mi
reconocimiento médico.
—Claro. Así si introduces alguna variante en la dieta que ellos proponen,
presentas la solicitud, y ellos buscan una fuente de abastecimiento sostenible.
Si quieres una naranja, sabes que la naranja que recibes se ha cultivado de
manera sostenible, que los trabajadores estaban bien remunerados, que el
transporte hasta el campus se ha hecho sin combustibles fósiles. Y si no es de
temporada, mala suerte. ¿Has oído hablar de plátanoskam?
Delaney casi escupió la bebida.
—Sí —respondió.
—Brillante. Ese tal Wes Makazian es increíble. —Se señaló el kilt—. Esta
es una de sus ideas. Por su elemento de fantasía, estimula el flujo de las ideas.
Y también por él se deshicieron de las puertas. Hasta hace una semana las
había. Las puertas cortan las corrientes de creatividad.
Delaney sonrió. Eso le encantaba. No tenía por qué preocuparse. Era
beneficioso tener a Wes en el campus, verlo moverse por la empresa, observar
cómo se lo percibía, se lo admiraba, se lo deificaba.
—Si necesitas algo fuera de lo normal —dijo Soren—, como un
medicamento para la tos o un flan, aquí también puedes pedirlo, y por lo
general te lo encuentran el mismo día; muchos productos ya están en el
campus. Pero, insisto, todo es de una procedencia adecuada. Así nadie ha de
andarse con especulaciones.
—Es un alivio no tener que pensar —señaló Delaney.
Soren esbozó una lánguida sonrisa.
—Bueno, esa es la compensación —dijo—. Debemos mostrar al resto del
mundo cómo puede hacerse. El año pasado nuestra cápsula terminó un ciclo
de doce meses con una única bolsa de residuos de vertedero.
El reloj de Soren emitió un leve silbido.
—Mierda —dijo—. Más vale que me vaya. —Palideció—. No debería
haber dicho esa primera palabra. ¿Vas a quedarte?
Delaney permaneció allí, alegrándose de estar a solas. La cápsula era de
planta abierta, y los tubos cama ocupaban discretamente los rincones. En el
centro, la cocina daba paso al salón, dominado por un gran sofá en forma de
turquesa de tamaño suficiente para siete u ocho adultos cómodamente
arrellanados. Se hallaba frente a una amplia pantalla, rodeada de una
cuadrícula de estantes con once o doce libros dispuestos conforme al color de
sus lomos. Por lo demás, no había en la cápsula otros objetos ni el menor
desorden. Delaney tuvo que dedicar unos minutos a producir: envió sonrisas a
una enfermera tailandesa que cantaba «Over the Rainbow» a un paciente
moribundo y un samarojo a un progenitor peruano que había permitido a su
hija salir bajo la lluvia sin chaqueta. En el cuarto de baño, utilizó el espejo
para hacerse un Popeye y enviar sonrisas a los Popeyes de otras tres docenas
de personas. Su padre estaba utilizando Concensus y necesitaba ayuda para
decidirse sobre una marca de mantequilla. Añadió su voto a la mayoría —
vegana, orgánica, sin sal— y dejó el teléfono.
En el cuarto de baño, amplio y aireado, el elemento dominante era un
espacio de hormigón vertido pintado de un azul mediterráneo, situado en un
nivel más bajo, con el contorno delimitado por velas. No sabía cuándo
volvería a estar sola, así que cerró la puerta corredera de vidrio esmerilado. Su
teléfono emitió un aviso. Había recibido una Encuesta de Satisfacción en
Encuentros Personales de Soren. Pulsó «recordármelo más tarde» y se
desvistió.
La alcachofa de la ducha, directamente encima de la bañera hundida,
producía una lluvia perfecta, a la temperatura idónea. El sol brillaba a través
de la claraboya, y Delaney se extendió un poco de jabón ligeramente
perfumado hasta hallarse inmersa en una embriagadora bruma de vapor y
jazmín. Nunca había tomado una ducha tan relajante, pero al cabo de dos
minutos sonó un discreto campanilleo en algún lugar más allá de las paredes,
y el flujo de agua se redujo hasta, pasados unos segundos, cortarse. Ella no había tocado ningún mando. El vapor se disipó, y mientras buscaba una toalla,
allí de pie en la ducha, se dibujó una silueta tras el vidrio esmerilado.
—¿Eres tú, Delaney?
—¿Joan? Estoy aquí dentro. ¿Se apaga la ducha automáticamente o…?
—Después de dos minutos, sí. ¿Aún no te has quitado el jabón?
—Sí, ya estoy. Era solo por saberlo. Voy a salir ya —anunció Delaney,
esperando que Joan se diera cuenta de lo incómoda que resultaba la
proximidad entre ambas y abandonara el cuarto de baño.
Sin embargo, no percibió el menor movimiento en esa dirección, así que
buscó en el espacio de la bañera una toalla, o una pila de suntuosas toallas
perfectamente colocadas, pero no encontró ninguna.
—¿Están aquí las toallas o…? —preguntó Delaney.
—Tengo la impresión de que alguien no ha leído detenidamente su
contrato de TodosEn…
—Tenía ciento diez páginas —contestó Delaney—. Puede que me
distrajera. —Empezó a temblar—. ¿Y las toallas?
—Sal —dijo Joan—. Te lo explicaré.
Tapándose con los brazos perlados de agua, Delaney salió y, al situarse
más cerca de la claraboya, sintió un poco menos de frío. Joan se había
apartado educadamente.
—Aquí hacemos una cosa —explicó Joan— que se llama secado por aire
meditativo. Levanta la vista.
Delaney miró hacia la claraboya a la vez que el cristal deslizante de esta
se abría y permitía entrar el aire.
—Desconozco los principios físicos —dijo Joan—, pero las claraboyas
están dispuestas de manera que capturan el viento de la Bahía y lo canalizan
hacia el interior. Por eso no necesitas toalla. Respira. Respira más despacio.
Ya estás casi seca.
Delaney hizo lo posible por recuperar el control del cuerpo.
—De más está que mencione, obviamente —prosiguió Joan—, los miles
de millones de litros de agua necesarios para confeccionar y lavar toallas. Un
disparate, piénsalo. Entras en la ducha, donde te limpias. Sales y tienes un
poco de agua encima. Usas una toalla. ¿Luego lavas la toalla? Acabas de
ducharte, ¿cómo es posible, pues, que la toalla se ensucie tanto por absorber
el agua limpia de tu cuerpo?
—Aún tengo frío —dijo Delaney.
—¡Es bueno tener frío! —exclamó Joan—. Esa es la otra cuestión. Piensa
en la práctica de la natación en agua fría, los baños en hielo, el club de los osos polares. Los beneficios para la salud son incuestionables. Aquí estás
secándote bajo el sol, con la ayuda de una suave brisa. Si te rindes a ello
conscientemente, en realidad resulta muy agradable. Solo tienes que cerrar los
ojos.
Delaney cerró los ojos. Ya estaba casi seca. El temblor se había atenuado.
Sintió un cosquilleo en la piel. Pero seguía desnuda delante de Joan Pham, lo
que se le antojó muy raro, demasiado pronto.
—A esto lo llamamos «enloquecer» —dijo Joan.
Dios bendito, pensó Delaney.
—¿Qué tal te sientes al prescindir de algo? —preguntó Joan—. ¿Al
eliminar algo de tu vida?
—¡Ha llegado un compañero de cápsula! —anunció una voz masculina.
—Estamos aquí —dijo Joan, situándose en el espacio donde hasta
recientemente había una puerta—. Es Francis —informó a Delaney—. Es
nuestro otro compañero de cápsula. Quédate ahí fuera —le dijo a él.
Delaney sintió que se le enfriaba de nuevo la piel. No podía ser el mismo
Francis. Pero, una vez vestida, lo encontró en la cocina. Sí era ese Francis.
Viviría con él. En ese preciso momento, Francis echaba una ojeada, con
extrema cautela, al trasero de Joan, que estaba inclinada, resplandeciendo la
tela de su maillot de tan tirante. Cuando percibió la presencia de Delaney, se
volvió hacia ella sin inmutarse.
—¡Tú! Volvemos a encontrarnos —dijo él—. Por fin conseguiré que
acabes aquella encuesta que te he enviado una y otra vez. —Procuraba
mantener una apariencia de buen humor pero en su voz se traslucía un tono de
resentimiento.
Delaney ya se había comprometido. Había firmado todos los contratos y
acuerdos de confidencialidad. No podía irse.
—¿Qué encuesta? —preguntó Joan. Pasó por delante de él, de camino al
armario bajo de la cocina donde guardaban la fruta deshidratada. Su lenguaje
corporal indicaba que se sentía cómoda con él, que le inspiraba confianza,
incluso respeto.
—Las preguntas sobre nuestro primer encuentro, lo básico —respondió él
—. No recibí respuesta.
Joan, alzando la vista al techo, se acercó a Delaney.
—¿Ha sido por falta de tiempo? —preguntó Francis—. En ese caso, hay
un sinfín de herramientas que pueden ayudarte. Herramientas creadas para
evitar que alguien se sienta menospreciado.
—Puede que empiece a utilizarlas —dijo Delaney. Recorrió la cápsula
con la mirada en busca de algo que le permitiera pretextar una alergia. Debía
marcharse. No podía vivir con ese hombre.
—Puede ser, puede ser —dijo él—. Eres un enigma, ¿sabías?
—Ya está bien, Francis —terció Joan.
Francis dirigió una sonrisa desagradable a Delaney, y luego una tierna a
Joan.
—Es solo que gran parte de mi trabajo en ConPref tiene que ver con la
eliminación del «Puede ser».
—Claro que sí —dijo Joan, y en actitud comprensiva le dio unas palmadas
en la mejilla.
Cuando Soren regresó, poco antes de las diez, Francis convocó una reunión
de cápsula, en la que se trataría el tema de los cómputos totales y las cuotas de
la cápsula.
—En vista de que tenemos una nueva compañera de cápsula —dijo, y
señaló con el mentón a Delaney—, y en vista de que hay nuevas cifras a las
que el Havel en su totalidad aspira, debemos revisar nuestras expectativas.
Seré breve, dado que, según las mejores prácticas, un tiempo de seis a ocho
minutos es lo ideal para esta clase de reuniones.
Joan lo miraba con una sonrisa de suficiencia. Él la miró fijamente, la
miró como si no la viera, y prosiguió.
—Las cuotas, pues. Delaney, esto constaba en tu contrato de
incorporación, pero lo repetiré solo por refrescarte la memoria: los objetivos
de El Todo empiezan aquí, en las cápsulas. Los datos de los compañeros de
cápsula se recopilan y suman. Si alcanzamos nuestras cifras, es bueno para
toda la planta, cuyo promedio se calcula en conjunto. Después se saca la
media del edificio en su totalidad a partir de los datos de las plantas. Si nos va
bien a nosotros, le va bien a la planta, le va bien al Havel, le va bien a El
Todo.
Ahora Joan simulaba un bostezo. Francis apretó los labios, pero, por lo
demás, no reaccionó.
—En primer lugar, la risa. Según investigaciones actualizadas, lo ideal es
entre 34 y 36 minutos. Eso significa que cada persona debe aspirar a eso a
nivel individual. No tiene efecto acumulativo. En esto vamos rezagados,
estando… —consultó su tableta— Soren en 12 minutos, Joan en 14 y yo en
21,5. Así que divirtámonos un poco más, ¿vale? —Miró al grupo con una sonrisa gélida y una expresión adusta en los ojos—. A continuación, consumo
y desperdicios. A este respecto vamos bien, pero podríamos ir mejor. Hemos
consumido el 82 por ciento de la comida entregada, con un 16 por ciento de
acumulación y un 2 por ciento de desperdicios. Esa es una cifra elevada para
la planta y está en el séptimo percentil superior en cuanto al edificio. Así que
enhorabuena. Pero siempre podemos mejorar. —Sonó su óvalo—. Vale. Casi
se nos acaba el tiempo. Podéis consultar la mayoría de las cuotas vosotros
mismos, pero quería mencionar la más importante, que es naturalmente el
sueño.
Joan volvió a bostezar, esta vez de verdad.
—Como sabéis —continuó Francis—, la empresa se está tomando el
sueño muy en serio, y así debe ser. El objetivo de El Todo, según Wes
Makazian, es de diez horas por persona como mínimo. Y los estudios
recientes indican que la dinámica de grupo es un factor importante. Algunas
cápsulas tienen cómputos totales muy bajos, y lo atribuyen, por ejemplo, a
que uno o dos compañeros de cápsula se quedan despiertos hasta tarde, o
hacen mucho ruido por la mañana, esas cosas. Así que la esperanza es que las
cápsulas se controlen un poco a sí mismas, trabajen en colaboración a fin de
lograr un entorno propicio para el descanso medible y las mentes creativas.
¿Conformes?
Miró a Soren, que se encogió de hombros, y luego a Joan, cuyos ojos
rebosaban júbilo pero insinuaban también algo más.
—Pronto nos llegarán algunas herramientas de ayuda de Wes… mortajas
y una fogata… pero hasta entonces tendremos que arreglárnoslas. Dejaos
puestos los óvalos para que el organismo sepa cuándo estáis en fase REM. No
podéis meteros en el tubo y quedaros colgados de la pantalla durante dos
horas. ¿Estamos todos de acuerdo en eso? —Su óvalo volvió a sonar—. Vale,
son las nueve. Tenemos que acostarnos. Lo ideal es que estéis dormidos
dentro de doce o trece minutos. Si todos lo conseguimos, iremos bien. Si no,
se aplicarán penalizaciones. —Posó una elocuente mirada en cada uno de sus
compañeros de cápsula, reservando una especialmente amenazadora para
Delaney. Por fin, se despidió con una inclinación de cabeza y se escabulló a
su propio tubo cama—. Os deseo a todos un sueño reparador y rejuvenecedor
—dijo, y se metió dentro.
Delaney entró a gatas en el suyo.
—¿Estás preparada para dormir? —preguntó una voz. Parecía la de Judi
Dench.
—Sí —contestó Delaney.
—Excelente —dijo la voz. Era en efecto la de Judi Dench. Se trataba de
una réplica, pero excelente—. Tienes cuarenta y cuatro mensajes sin
contestar. ¿Quieres ocuparte de eso ahora por medio del dictado? Para
muchas personas es más fácil descansar cuando saben que no dejan cabos
sueltos o tareas pendientes. —Empleaba un tono cordial pero vagamente
áspero.
—No, gracias —respondió Delaney. Ahora estaba totalmente despierta,
fascinada por esa voz y lo que pudiera decir a continuación.
—Atenuaré las luces —anunció Judi—. ¿Puedo poner una selección
relajante de tus preferencias musicales?
—Sí, por favor —dijo Delaney. Empezó a oírse una sonata de Chopin.
Delaney no la escuchaba desde hacía años, pero el algoritmo la había
encontrado fácilmente en su lista de reproducción.
—La música irá apagándose a lo largo de los próximos ocho minutos —
informó Judi—. Se está añadiendo al aire una proporción un poco mayor de
ylang ylang.
Delaney permaneció inmóvil en la cama, boca arriba, esperando la
siguiente frase de Judi.
—Tus preferencias indican que duermes de lado —dijo Judi—. ¿Prefieres
volverte de lado ahora?
Delaney sonrió.
—Muchas gracias —contestó, y se volvió de lado. Cerró los ojos, pero
notó que le iban de aquí para allá bajo los párpados. Los abrió, se volvió del
otro lado.
—¿Debemos aumentar el nivel de ylang ylang? —preguntó Judi.
—No, gracias —dijo Delaney—. Silencio durante unos minutos, por
favor.
—Me parece haberte oído decir: «Silencio durante unos minutos». ¿Es eso
correcto? —preguntó Judi.
—Es correcto. Calla, por favor.
Judi calló. Delaney pensó en Wes. Aparte de algún que otro día, no había
dormido lejos de él desde hacía casi dos años. No necesitaba sus «Te quiero»,
no, pero ¿no le proporcionaba una tranquilidad animal saber que él respiraba
al otro lado de aquel tabique fino como el papel? La pieza de Chopin iba ya
por la mitad, y Delaney sabía que Judi reaparecería en cuanto terminase. Pero
no podía ralentizar sus pensamientos. Vio a Atenea, la oveja muerta. Vio a
Syl y su untuoso sentimiento de agravio. Se vio a sí misma como Atenea, embestida por un autobús de El Todo, precipitándose por la cuneta. «Para —
se susurró—. Para».
—¿Disculpa? —dijo Judi.
—Por favor, quédate en silencio —insistió Delaney, y tuvo la seguridad
de que había oído un levísimo resoplido de frustración en Judi.
—¿Preferirías otra voz? —propuso Judi.
Delaney no dijo nada. Preguntarse qué otra voz podía hablarle le produjo
una sensación de agotamiento y fascinación. Por alguna razón esperaba que
fuese la de Jared Leto. Antes de poder contestar, surgió la nueva voz.
—Hola, Del.
Era la madre de Delaney. Delaney se agarró a la sábana.
—¿Estás a gusto, cielo?
Dios santo, pensó Delaney. Intentó distinguir si esas eran frases reales de
su madre grabadas, o si se trataba de un montaje realizado a partir de los
sonidos de su altavoz inteligente.
—¿Puedo hacer algo para que te sientas más cómoda? —preguntó la voz.
Delaney vio claro que esas frases se habían compuesto palabra a palabra.
Esa última sonaba artificial, intercalaba pausas extrañas: el resultado del
ensamblaje de palabras robadas realizado por un ordenador.
—Por favor, que vuelva Judi —pidió Delaney. Se sorprendió a sí misma
por preferir la réplica obviamente falsa de una persona famosa a un pastiche
algorítmico de su propia madre.
—Aquí estoy —dijo Judi. Parecía muy satisfecha, como si insinuara en su
tono un «Te lo dije» ligeramente enojado.
—Buenas noches —dijo Delaney.
—Buenas noches —contestó Judi, y volvió a sonar la pieza de Chopin.
Delaney pensó en picos de motañas. Durante años había recurrido a eso
cuando le era imposible conciliar el sueño. Era una sencilla rutina para
mantener la mente ocupada, para expulsar pensamientos no deseados.
Empezó por Idaho, en orden descendente, partiendo del más alto. Pico Borah,
pensó y se representó su cima nevada. Pico Leatherman. Su mente se aplacó,
pasando de ser un monstruo desaforado de mil tentáculos a una simple cierva,
en un campo, que masticaba flores silvestres, que pensaba en montañas.
Monte Church.
Pico Diamond.
Monte Breitenbach.
Pico Lost River.
Concluyeron los ocho minutos de Chopin, y Delaney se preparó.
—Normalmente, debes conciliar el sueño en doce minutos —dijo Judi—.
Ahora lo recomendable es que te levantes, camines, o si no, puedo leerte
algún contenido. ¿Te apetecería seguir leyendo Middlemarch? Creo que lo
dejaste en la página 177.
—No, gracias —respondió Delaney, y se volvió de nuevo de cara a la
ventana. A través de un resquicio en la cortina, vio, abajo, lo que parecía un
ratón de campo. En el césped había una pequeña isla de hiedra, y el ratón
correteaba un par de metros por la hierba y luego volvía a la hiedra. Delaney
observó al ratón ir y venir, temeroso de alejarse de su hiedra más de un
segundo. Observó la isla de hiedra con atención, pero el ratón no apareció
más. Cerró, pues, los ojos, y se imaginó la madriguera del ratón, impregnada
de olor a ratón, tan cálida y…
—Mis sensores indican que no estás dormida —dijo Judi, ahora en voz
más alta—. Lo recomendable es que te levantes y camines unos minutos,
quizá. Así evitarás obsesionarte con el sueño. Cuando una persona pasa
demasiado tiempo en la cama intentando dormir, puede serle difícil llegar a
dormirse realmente.
Delaney tuvo una revelación. ¿Podía ser que Judi Dench estuviera
enviando a la gente a la muerte? ¿Eran ese tubo de dormir y esa voz trémula
parte de un experimento para ver qué inducía a un humano a la
autoaniquilación? ¿Podría ella sobrevivir a eso, o despertaría en el Valhalla?
—Estoy bien —dijo Delaney—. Puedes desconectarte.
—Creo haberte oído decir que me desconecte. ¿Es eso correcto?
—Es correcto. Por favor, desconéctate y sigue desconectada.
—Entendido —respondió Judi, y se calló.
Pico Donaldson, pensó Delaney. A ese había subido.
Pico Hyndman. ¿No lo había visto desde la carretera?
Pico USGS. No sabía qué era eso.
Pico No Regret.
Ja. Un lugar real, un lugar hermoso. Había estado allí una vez. Se sentó en
lo alto casi al ponerse el sol, y contempló el valle mientras lo recorría un haz
de luz celestial, despacio, muy despacio, iluminando a cada criatura y cada
objeto, uno tras otro, acariciando las rocas y las flores y los ratones y los alces
con dedos dorados y melancólicos. En ese momento Delaney estaba sola, no
había ni un alma en kilómetros a la redonda, y tenía la certeza de que era el
único ser humano que había presenciado esa vista. Ocurrió, un instante de una
belleza que rompía el corazón, y solo ella guardaba esa imagen en su
memoria.