El Todo
VIII. Por qué no podemos tener cosas
VIII
En cuanto Delaney entró en el vestíbulo, apareció el rostro de Kiki.
—¿Todo listo? Ahora vamos a la Reforma —anunció.
Delaney, aún aturdida, salió del dispensario a la luz del día detrás de ella.
—Esta es una parte del campus más retro —explicó Kiki mientras
avanzaban entre hangares y almacenes—. El edificio al que vamos era antes
un depósito de aviones de la Armada, pero para nosotros resultaba un lugar
estratégico, porque colindaba con la antigua línea de metro en desuso. Así que
reconvertimos los túneles para nuestros trenes. Sígueme.
Entraron en un amplio edificio de acero de planta abierta que se parecía
más que nada a una fábrica del siglo XIX. Delaney casi esperaba ver niños de
mirada perdida reparar máquinas oxidadas.
—Después de ser un hangar para la aviación, se convirtió en una acerería,
que es una… —continuó Kiki, pero fue incapaz de encontrar la expresión
(¿planta siderúrgica?, ¿fábrica de fundición?) con la que acabar debidamente
la frase. Así pues, hizo como si la expresión estuviera implícita o fuera
innecesaria, y, para desviar su propia atención y la de Delaney, contempló el
espacio enorme y oscuro. Cabían allí tres aviones comerciales y también una
flota de autobuses. Habían colgado telas de colores de las vigas de acero, sin
duda en un esfuerzo para conferir un aire festivo a aquel lúgubre espacio
industrial, pero, como la tela ondulada ya había absorbido el polvo negro que
seguiría cayendo aún del viejo techo del edificio, el lugar de algún modo
presentaba un aspecto aún más trágico.
—¿La tienes encendida ahora mismo? —preguntó Kiki a la vez que
señalaba la cámara de Delaney.
—Ah, no —contestó Delaney—. Me dijeron que la apagara durante el
reconoci…
—Ya, bien —la interrumpió Kiki—. Puedes conectarla otra vez si quieres.
Años atrás Delaney había comprado y empezado a utilizar una cámara, en
previsión de su infiltración en El Todo, y, para su sorpresa, la experiencia fue indudablemente decepcionante. Descubrió que su vida era, en general, muy
corriente y poco digna de observarse. Y cuando surgía alguna opción
interesante, advirtió que, como Mae sostenía insistentemente, la cámara de su
pecho la obligaba a comportarse mejor. Por ejemplo, el comentario malévolo
que habría deseado hacer no superaba su autocensura. O cuando contempló la
posibilidad de hundir el mismo tallo de apio en dos salsas durante un baby
shower (de una clienta de Gwen), abandonó la idea ante la perspectiva de
verse sorprendida y examinada por desconocidos boquiabiertos, y de que eso
pasara a formar parte permanente de su historial. Así que modeló su
comportamiento contra sus verdaderos deseos. Ahora era menos interesante,
sin duda, y menos divertida —ya que el humor no sobrevive fácilmente a los
intensos filtros que imponía el siglo XXI—, pero también más amable, más
positiva, más generosa y cortés.
—¿Delaney?
Tenía ante sí a un hombre flaco y rosado, de cuya frente sobresalía en
diagonal una llamarada de cabello amarillo. Delaney sonrió, y él, a modo de
saludo, se llevó una mano al pecho, una mano tan pálida y delicada como la
de un mono capuchino. Ella bajó la vista, más allá de la mano, temiendo
encontrar otro pene, pero se alegró al descubrir que el hombre rosado llevaba
un sarong.
—Bienvenida, Delaney —saludó el hombre, con los ojos cerrados y una
sonrisa beatífica—. Taavi —se presentó, y se señaló una placa que lo
confirmaba—. ¿Sabes algo sobre nuestro trabajo?
—Sí —contestó Delaney.
Un amago de irritación asomó fugazmente a los ojos claros del hombre
rosado.
—Vaya, una lástima —dijo—. Se me exige que te cuente el rollo
completo, para asegurarnos por medio de la grabación de que te queda
constancia de ello. —Se señaló la cámara que llevaba colgada al cuello.
—Aquí es donde yo me despido —intervino Kiki—. Al final del día
pasaré a ver cómo te ha ido. —Cogió a Delaney de la muñeca, le dio un
apretón breve y elocuente, y se marchó con alarmante premura—. ¡Hola,
Nino! —entonó a la vez que desaparecía.
—Entre 1990 y 2025 —dijo Taavi, y empezó a caminar—, la industria del
almacenamiento personal creció en este país de alrededor de dos mil
doscientas ubicaciones a nivel nacional a más de quinientas veinte mil. Esos campus de almacenamiento ocupan, por término medio, una hectárea, lo que
significa que se utilizan más de medio millón de hectáreas para guardar cajas
feas que contienen cajas inútiles. Naturalmente eso constituye una catástrofe
medioambiental. La tierra sobre la que se alzan esas cajas feas era antes tierra
abierta, campos de labranza, pastos, jardines domésticos, parques públicos. Y
cada vez que aparecía una unidad de almacenamiento y la gente se fijaba en
ella, eran más las personas que concebían la idea de que necesitaban guardar
hasta el último trozo de plástico o pelusa que poseían.
Taavi se detuvo ante una pantalla, que mostraba un mapa de Estados
Unidos en el que palpitaban puntos rojos.
—Así que la gente alquiló esas unidades de almacenamiento, y los
promotores de unidades de almacenamiento construyeron más para atender el
meteórico ascenso de la demanda. Pronto había en cada pueblo uno, dos, diez
de esos complejos.
En la pantalla se duplicaron los puntos, se triplicaron.
—Nos convertimos en una nación de acumuladores de cosas. Y justo
cuando podríamos habernos concienciado mínimamente e incluso habernos
avergonzado de nuestra tendencia a la acumulación, surgieron en la televisión
los programas sobre las unidades de almacenamiento, y el mercado creció de
nuevo. Era ridículo. O sea, ¿un programa de televisión sobre unidades de
almacenamiento?
Delaney se rio, y Taavi se interrumpió y cerró los ojos para absorber su
risa, como uno absorbería el calor del sol. Después prosiguió:
—Eso fue, al menos al principio, un fenómeno básicamente
estadounidense. Pero como tantas tendencias burdas e insufribles, empezó
aquí y luego proliferó por todas partes. Canadá fue el siguiente país, y al cabo
de una década tenían también cuatrocientas mil hectáreas de unidades de
almacenamiento. Después Australia. Después un grupo de países dispersos:
Croacia, Turquía, Sudáfrica. En Brasil, talaron bosques tropicales por esa
insensatez. —Habían llegado a un cubículo vacío—. El caso es que teníamos
que revertir esa marea. Ese es el origen de Pensamientos No Cosas. ¿Tú has
recurrido a eso?
Alrededor había carritos llenos de álbumes fotográficos de diversa
antigüedad y en distinto estado de conservación.
—Para mis padres, sí —admitió Delaney.
Sus padres habían intentado enviarle allí sus álbumes de fotos, pero
Delaney había truncado el plan. Examinó las fotos ella misma y guardó los
álbumes en una unidad de almacenamiento a medio camino de Boise.
—Has leído y firmado los documentos de incorporación —dijo Taavi—,
así que ya lo sabes. Pero ahora que estamos en el cubículo donde trabajarás,
me limitaré a señalar lo obvio. Siéntate.
Delaney se sentó. La silla era perfecta.
—Verás que hay pedales debajo del escritorio, con niveles de resistencia
ajustables. Puedes pedalear como en una bicicleta o utilizarlo como una
elíptica. Naturalmente, el equipo sabe cuándo está siendo utilizado, y esos
datos son tuyos. Ya conoces las directrices de salud. No deberías estar sentada
más de dieciséis minutos seguidos, así que recibirás recordatorios para
ponerte en pie, estirar, caminar.
—Magnífico —dijo Delaney—. Si no, seguro que me olvidaría.
—Ha sido un placer conocerte. —Taavi se volvió hacia una mujer sentada
en el cubículo contiguo—. ¿Tú eres Winnie? —preguntó, mirándola solo por
un instante.
—Sí, Winnie —respondió la mujer. Se puso en pie y dirigió un saludo con
la mano a Taavi y Delaney—. Bienvenida, bienvenida.
Winnie rondaba los cuarenta y cinco años y vestía más o menos como
Delaney, con un vaquero y una blusa de algodón. Y Taavi, tras entregar el
testigo —como Kiki antes que él— se despidió y, con considerable celeridad,
regresó por donde había venido.
Winnie era una mujer recia de relucientes ojos oscuros y marcados hoyuelos.
Dirigió una alegre sonrisa a Delaney. Tenía el cabello negro y rizado,
recogido por detrás en una lanosa coleta. En su monitor había una diminuta
bandera de Texas pegada con celo, y junto al escritorio un pequeño acuario de
plástico que contenía un reptil con granos y protuberancias.
—Ese es Ricky —dijo Winnie—. Es un geco leopardo.
Escrutó el torso de Delaney hasta que vio la cámara. Su jovial expresión
cambió hasta desaparecer de su cara todo rastro de alegría.
—¡Así que eres Delaney! —dijo maquinalmente.
—Sí —contestó Delaney.
Winnie se tocó la oreja.
—¡De Idaho!
Siguieron así durante un rato, mientras Winnie recibía información sobre
Delaney por su auricular y Delaney la confirmaba.
—Pues bien —dijo Winnie por fin, y se hizo crujir los nudillos—. Quizá
sea mejor que veas lo que hago, ¿no?
Delaney hizo rodar su silla hasta el cubículo de Winnie y se sentó detrás
de ella. Notó que tenía la respiración poco profunda y acelerada.
—En realidad nunca he preparado a nadie —comentó Winnie—. Yo
misma llevo solo siete meses en el puesto. Antes, en esencia, hacía diseño
gráfico para restaurantes. Cartas y páginas web, ¿sabes? Un día mi prima me
mandó un anuncio de un trabajo aquí, algo relacionado con el escaneo, y
pagaban el triple de lo que yo ganaba, así que…
Winnie se miró los pies con expresión crítica.
—Increíble. Yo estoy entusiasmada —dijo Delaney.
A Winnie se le iluminó el rostro.
—Bueno, desde luego este sitio es extraordinario. Las ventajas
extrasalariales son una locura. Yo tengo tres hijos. ¿Tú tienes hijos?
—¡Todavía no! —contestó Delaney.
—Pues aquí hay un montón de programas para la primera etapa
universitaria, planes de ahorro…
De nuevo Winnie pareció entablar un debate con alguna parte de sí misma
que sobrellevaba mal su existencia en El Todo. Delaney llegó a la conclusión
de que en algún momento de su vida, quizá antes de los hijos, había
participado en actividades contraculturales de un tipo u otro. Tenía los
antebrazos salpicados de pequeños tatuajes que parecían un enjambre de
abejas o escarabajos.
—¿Por dónde empezamos, pues? —preguntó Winnie, totalmente perdida.
—Bueno —dijo Delaney—, tú haz como si yo no estuviera. Aprendo con
bastante rapidez, y si tengo alguna pregunta, ya te interrumpiré.
Winnie dejó escapar un suspiro de felicidad.
—Gracias. Gracias. La mujer que me preparó a mí era muy organizada y
metódica, y, para serte sincera, yo no podría hacer lo que ella hizo. De hecho,
ahora es jefa del departamento, pero ya no viene mucho por aquí. ¿La has
conocido? ¿A Aneet?
Delaney dijo que no había conocido a Aneet, y de nuevo instó a Winnie a
seguir con su trabajo; no quería que se rezagara con respecto a las cuotas que
seguramente tenía que cumplir. De algún modo la palabra «cuota» resultaba
apropiada en un lugar como ese, que parecía diseñado para la fabricación de
taburetes de acero o el acoplamiento de alas a aviones a reacción.
—Vale, aquí es donde estoy —dijo Winnie. Se puso en pie y levantó la
tapa de color blanco crema de un dispositivo de baja altura, dejando a la vista
lo que parecía una amplia lámina de cristal, fácilmente de un metro por metro
veinte.
—¿Un escáner? —preguntó Delaney a la vez que observaba las habituales
luces y la maquinaria extrañamente anticuada bajo el cristal.
—Así es —respondió Winnie—. Lo que se espera es que escanees el
mayor número de imágenes posible al mismo tiempo. O sea, obviamente
llegará un punto en el que esto lo harán robots, pero ahora mismo este trabajo
aún los confunde, supongo, y a veces es demasiado delicado. Mira.
Sacó un álbum fotográfico del carrito colocado junto al escritorio. La tapa
mostraba Fort Lauderdale en la década de los sesenta. Las páginas de plástico
crujieron cuando lo abrió.
—Primero tenemos que ver ante qué nos encontramos, ¿vale?
Hojeó el álbum, compuesto en su mayor parte de pequeñas fotos en color
de una Navidad de los años setenta habitadas por una familia de personas de
cabello largo. Las fotos tenían los bordes redondeados, y la acción, como en
la mayor parte de las instantáneas de la época, se desarrollaba en el tercio
inferior de cada encuadre.
Winnie las retiró del álbum una por una, cuidadosamente y muy despacio,
quedando en el papel rastros de suave adhesivo amarillo, y las colocó cara
abajo en el escáner.
—¿Conoces un juego que se llama Memoria? —preguntó Winnie. Miró
fijamente a Delaney, como si esperara la respuesta con mucho interés.
—Nosotros lo llamábamos Concentración, creo —dijo Delaney—. ¿Es
ese en el que pones todas las cartas boca abajo y las vuelves del revés una por
una?
—Ese mismo, e intentas emparejarlas —confirmó Winnie. Miró
melancólicamente el escáner. Resultaba asombroso que no hubieran
despedido ya a Winnie. Carecía de sentido de la urgencia y parecía perder el
hilo cada tres palabras—. Después bajas la tapa —dijo Winnie de pronto, y
cerró el escáner torpemente.
Un apremiante aviso sonó en el ordenador de Winnie, seguido de otro en
su óvalo.
Winnie levantó las cejas.
—Dieciséis minutos. Hora de moverse —dijo, y empezó a caminar en el
sitio, alzando las rodillas tanto como le permitía el pantalón vaquero ajustado.
A cada cuatro pasos, realizaba una especie de torsión de cintura, con los
codos en alto. Luego seguía caminando. Como no invitó a Delaney a imitarla,
ella se quedó sentada mirando las vigas.
Finalmente Winnie se sentó y centró la atención en su pantalla, donde
aparecían representaciones digitales perfectas de las ochenta imágenes. Después de pulsar Winnie aquí y allá la pantalla, las fotos quedaron
separadas, bien orientadas y dispuestas en una cuadrícula. Winnie pidió al
programa que escaneara los rostros, y las personas de las fotos fueron
identificadas; en una barra lateral se mostraron todas las fotos, 1-83, y cada
persona aparecía representada en ellas.
—El cliente nos dio una lista de personas —explicó Winnie—, y ahora la
IA las está encontrando. —Aparecieron nombres debajo de cada foto: papá,
mamá, abuelo, Eloise, Barky.
Otro aviso partió de la muñeca de Winnie. Ella echó un vistazo y se rio.
—Cómo puedo haberme olvidado. —Tendió la mano hacia un termo y
bebió de él—. Agua —explicó—. Cuatro litros al día. Antes usaba una
mochila de hidratación, pero no podía evitar las malas posturas. —Tragó
durante una cantidad de tiempo preocupante, y por fin el óvalo emitió un
aviso de satisfacción. Winnie dejó el termo.
—Veamos, ahora las fotos están en el sistema —prosiguió—, y pueden
hacerse mil cosas con ellas. Puedo mandar todo esto al cliente para que se
emocione con la genealogía o con etiquetas más detalladas. Con ayuda de
PastPerfect, el ordenador averigua cuándo se tomó cada foto, y eso es
importante para mucha gente. La IA puede aportar pies de foto, y eso tiene
una aceptación sorprendente. «El abuelo en Navidad». «El tío Phil en
Navidad». Es un servicio gratuito, y lo elige casi todo el mundo. Cuando
enviamos las fotos, los clientes pueden modificar o mejorar los pies, pero casi
nadie se toma la molestia.
Winnie, tras levantar de nuevo la tapa del escáner, volvió a recoger las
fotos distraídamente, sin el esmero con el que las había colocado en el cristal.
Después de recogerlas todas y formar con ellas una pegajosa pagoda de papel
abarquillado, las echó a un contenedor grande que esperaba sobre la cinta
transportadora situada detrás de su escritorio. En el contenedor había miles de
fotos de todos los tamaños y épocas, bodas y bautizos y vacaciones, cabía
suponer, ahora mezcladas, humilladas y democratizadas, destinadas a
convertirse en pasta de papel.
—Ahí caben diez mil —dijo Winnie—. Te sorprendería. —Winnie tiró el
álbum, con su tapa combada y su vistosa puesta de sol de Florida, a un
contenedor distinto—. Los álbumes no se pueden reciclar —aclaró en actitud
defensiva—. Lo haríamos si pudiéramos. Pero no podemos. Se incineran. Uy,
es la hora de comer. ¿Tienes hambre?
De camino al comedor, pasaron junto a un laberinto de cintas
transportadoras, que serpenteaban entre los cubículos con un murmullo y un piñoneo incesantes. Mae Holland había comprado la empresa que diseñaba y
construía la mayor parte de las cintas transportadoras de los aeropuertos del
mundo; una extraña adquisición, coincidían todos, pero en los últimos cinco
años había estado comprando un vertiginoso despliegue de empresas del
mundo real, empresas que cultivaban alimentos y construían coches y
aviones, y por eso esta compra, por valor de 44 millones de dólares, pequeña
para lo que era habitual en El Todo, no atrajo atención indebida.
Delaney veía ahora los contenedores en movimiento, a rebosar de álbumes
fotográficos pero también de otras cosas: vestidos veraniegos, cestas de
mimbre, aparatos estéreo de los años ochenta y mantas de bebé sucias,
desplazándose todo a través del edificio antes de salir por una compuerta
provista de una cortina de goma.
—Te enseñaré también esa parte —dijo Winnie—. En esencia es lo
mismo que hacemos nosotras, pero con objetos más grandes, la clase de cosas
por las que surgió de entrada esta fiebre de las unidades de almacenamiento.
Se realiza un escáner en 3D de los objetos tan completo que podrían recrearse
fácilmente si fuera necesario. Pero, no nos engañemos, casi todo esto es
basura. Y si de algún modo podemos convencer a la gente de que se
desprenda de ello dándoles un escáner en 3D de la cama de su infancia o los
trofeos de su difunto hijo, podemos deshacernos de los objetos y poner fin a la
acumulación que acabará con el mundo.
—Entonces ¿las cintas transportadoras devuelven el material al cliente?
—preguntó Delaney.
—No, por Dios —contestó Winnie—. ¿Es que no me escuchas? Por eso
estamos en la línea de metro. El material se carga en vagones y se envía hacia
el este y después al sur para incinerarlo. Al estilo danés.
En las afueras de Copenhague, dos hermanas, cuyo padre había sido
responsable de la gestión de residuos industriales, habían inventado una
incineradora neutra en carbono que reducía casi cualquier cosa a una pasta
negra duradera que se mezclaba para producir ciertos tipos de hormigón.
Gozaba de especial aceptación entre las empresas californianas dedicadas a la
construcción de presidios.
—La gente no sabe decidir qué guardar y qué no guardar —dijo Winnie
—. Por eso lo guardan todo. Pero intentamos darles una opción mejor.
Tomamos una foto, y el objeto desaparece. Una cosa menos en el mundo.