El Todo

Dave Eggers · Capítulo 34 de 45

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El Todo

XXXIV. Solo para decirte

XXXIV

 

Los siguientes días fueron de una febril actividad, inmersos en la rabia y un

sentido de misión. Karina y Rhea habían organizado una reunión con la

Banda de los 40 y las más destacadas mentes jurídicas de El Todo, incluidos

una docena de antiguos fiscales y cuatro antiguos abogados de la Unión

Estadounidense por las Libertades Civiles. Para ese día, el equipo de AtyenDe

creó una presentación que consideraba irrefutable. Karina insistió en ir sola, y

eso hizo, deseándole suerte el equipo de AtyenDe con lágrimas en los ojos.

Regresó al cabo de dos horas con una expresión colérica en los ojos. Miró

a los presentes y recobró la compostura.

—Tenemos más trabajo que hacer —anunció con firmeza—. Por el

momento, parece que los obstáculos constitucionales son grandes, siendo el

mayor de ellos la Cuarta Enmienda.

El rostro de Rhea pasó de morado a pálido, y finalmente se desencajó. El

equipo, apiñándose a su alrededor, dio palmaditas al aire cerca de ella a la vez

que derramaba nuevas lágrimas.

—Estamos hablando de malos tratos consentidos por el gobierno —

declaró Delaney.

—Exactamente —dijo Karina, que ahora acariciaba con la mano el aire

por encima de la cabeza de Rhea.

Aquel desenlace sorprendía ligeramente a Delaney. Era insólito que El

Todo cediera ante las limitaciones legales. Desde hacía tiempo tendían a

poner a prueba las nuevas ideas en el mundo real y permitir que se

desarrollaran, mucho antes de dar pie a cualquier forma de reglamentación.

Conforme a su estrategia habitual, habrían tanteado el programa a nivel local,

con la colaboración de las familias voluntarias y la policía municipal.

Después de seis meses, una vez consolidado el concepto, este se difundiría

rápidamente, como las cámaras en los timbres de las puertas y su inmediata

alianza con las fuerzas del orden, alcanzando un nivel de saturación mucho

antes de que pudiera contemplarse cualquier acción jurídica en contra.

—Dedicad el resto del día a… —Karina no pudo terminar.

 

Para Delaney, el paso siguiente caía por su propio peso. Pero ella, en esta idea

en particular, tenía ya una participación mucho más visible y central de lo que

deseaba. Estaba peligrosamente cerca de que se le atribuyera el mérito, así

que aguardó un día a que el equipo de AtyenDe propusiera lo que ella

consideraba inevitable.

El equipo había sucumbido al desaliento. Rhea se había tomado un día

libre y se había quedado en casa. Karina solicitó ideas y no obtuvo ninguna,

ninguna aparte de acuñarse el término «mazmorra» para las casas sin

AtyenDe; el equipo de redes sociales programó bots para popularizar ese

sambenito. Por lo demás, el equipo intentó presionar a los abogados de El

Todo, pero sin nuevos argumentos o pruebas. Después de tres días, Delaney

no tuvo elección. Pidió una reunión en privado.

Karina se reunió con ella en la pista del perímetro. Le vibraban los ojos.

—No tenemos mucho tiempo —dijo—. Espero que esto tenga algo que

ver con la manera de sacar adelante este trabajo.

—Necesitamos una prueba —afirmó Delaney—. Estás planteándoles la

vaga promesa de la prevención de los malos tratos. Pero ¿y si les dieras una

prueba real?

—¿Si sorprendiéramos a alguien maltratando a alguien? —preguntó

Karina.

—La IA está buscando palabras relacionadas con el atentado, y eso está

bien. Debe mantenerse. Pero ¿qué probabilidades hay de que el autor del

atentado tenga un AtyenDe en su casa? Utilizaron una furgoneta de hacía

treinta años. No dejaron el menor rastro digital. Saben lo que se traen entre

manos.

Karina lanzó una mirada iracunda a la Bahía. Ahora la vista era mucho

más despejada, sin tiendas de campaña ni chabolas.

—Bien, ¿y?

—Esto encaja con el atentado, pero tiene una evergadura mayor.

Hablamos de exigir a todas las familias que tengan un AtyenDe en casa,

activado a todas horas. Necesitamos demostrar el concepto. Necesitamos

programar la IA para escuchar esos indicadores de los que hablamos: voces

en alto, platos rotos, portazos, determinadas palabras clave.

—Bien. ¿Qué más?

—Cientos de departamentos de policía colaboran con El Todo desde hace

años. Departamentos cuyo trabajo se ha simplificado mucho gracias a

nuestros datos, las cámaras en los timbres de las puertas, las cámaras en los

barrios, los lectores de matrículas de vehículos, los historiales de búsqueda,

las descargas…

—Ya, ya.

—Bien, introducimos un programa por medio del cual la IA emita un

aviso cuando capte problemas, la dirección en particular se facilita al instante

a la policía local, que se presenta allí e impide un incidente antes de que

ocurra. Los agentes llevan cámaras corporales, así que registran las imágenes.

En cuestión de horas, podemos montar una muestra de noventa segundos. La

IA de AtyenDe detecta unos posibles malos tratos a un niño en su casa, los

transmite a la policía, la policía llega a tiempo, la esposa y los hijos son

rescatados, se ha evitado un delito.

—A los abogados no les va a gustar —dijo Karina.

—Quizá para esto debamos prescindir de los abogados. Demostremos el

concepto al público, y se convertirá en algo que el público quiere. Los

abogados y la ley se atienen a la voluntad de la gente. El noventa por ciento

de las cámaras de seguridad colocadas, por estar donde están, son ya una

flagrante transgresión de la Constitución, pero el público las quiere. Y nadie

las pone en duda. ¿Quién podría demostrar que se ha visto perjudicado por la

presencia de cámaras de vigilancia? ¿Los delincuentes? ¿Una demanda

colectiva presentada por los allanadores de morada?

—Ya, ya —dijo Karina.

—Lo principal es que estamos evitando malos tratos. Es así de sencillo —

continuó Delaney.

—La policía cometerá errores —dijo Karina.

—No estamos hablando de que echen puertas abajo. Sino de que lleguen,

comprueben si todo está en orden, quizá se lleven a los niños de la casa

durante unos días. Las pruebas no dejarán lugar a dudas. Los maltratadores

quedarán desenmascarados, neutralizados.

—Pueden apagar los AtyenDe.

—No pueden. Al final, eso será así por ley —afirmó Delaney—. De la

misma manera que es obligatorio por ley tener detectores de humo. Es

obligatorio poner cámaras en todas las aulas e iglesias. El único sitio donde

los niños no están protegidos es el domicilio… y es ahí donde se producen

mayoritariamente los malos tratos. Es así de sencillo.

—Bien. Te concedo dos días —dijo Karina.

—¿A mí? No, yo no…

—Acabas de proponerlo. ¿Qué problema hay?

—No soy la persona indicada. Rhea debería…

—¿Crees que es más apropiado que Rhea reviva su trauma buscando en

las grabaciones casos de inminentes malos tratos domésticos?

 

Al día siguiente Delaney estaba sentada junto a un programador que se

llamaba Liam. Era un hombre pálido de facciones angulosas, de alrededor de

veintiséis años, formado en el MIT y sorprendido por su incorporación a un

proyecto como ese. Karina en esencia los encerró en una habitación y les dio

dos días para producir resultados. Liam acostumbraba mirar directamente a

los ojos a Delaney, inmovilizándoselos en una vibrante llave ocular, lo que la

ayudaba a apartar la vista de las ranuras de ventilación en el maillot de Liam:

dos ventanas en la cara interior de los muslos a modo de escote testicular.

—Lo siento —dijo Delaney—. Sé que probablemente esto es excesivo.

—¿Terminaremos con los malos tratos en algún sitio? —preguntó él—.

Ese es el objetivo, ¿no?

Levanta la vista, se instaba Delaney, pero los destellos de carne tensa

atraían hacia abajo su mirada.

—En teoría, sí —dijo Delaney.

—¿Por dónde empezamos? —preguntó Liam.

Dando gracias por tener una tarea en la que centrarse, Delaney consultó

cuáles eran los diez condados de Estados Unidos con mayor número de casos

de malos tratos a la infancia. Después de enumerarlos para Liam, este

averiguó que en esos hogares los índices de saturación de AtyenDe eran

relativamente bajos, solo el 58 por ciento. Aun así, eso equivalía a 1,6

millones de domicilios.

—¿Esa es nuestra zona de búsqueda? —preguntó él.

—Sí, esa es nuestra zona de búsqueda —contestó Delaney. Fijó la mirada

en las hojas de cálculo de la pantalla hasta que los números se pusieron en

movimiento y se desdibujaron ante ella.

Finalmente Liam la miró.

—¿Y qué palabras estamos buscando?

Como el proyecto tenía que ser secreto y los resultados rápidos, no

disponían de tiempo para reunir a lingüistas, expertos en violencia doméstica

o autoridades de cualquier tipo. Todo quedaba en manos de Delaney.

—Tú escríbelas, envíamelas y haremos una lista —dijo Liam—. Ve

mandándomelas a medida que las tengas.

—¿Y las búsquedas son instantáneas? —preguntó ella.

—Son simultáneas, sí —respondió él—. No siempre ha sido así, pero

desde el atentado empezamos a realizar búsquedas en tiempo real. Recibimos

un aviso en cuanto se cumplen los criterios. Dentro de una correlación del

ochenta o el noventa por ciento. Por ejemplo, si la frase que buscamos es

«Voy a matarte», cualquier cosa que se acerque a eso producirá un aviso. «Te

mato», «Te mataré», «Pienso matarte», «Alguien debería matarte», «Vuelve

aquí o te mataré». Cualquier cosa así.

Enumeró las frases de un modo totalmente desprovisto de emoción. Y

después esperó mientras Delaney escribía.

—Empieza por esas —propuso ella. Aparte de unas cuantas películas que

había visto sobre el tema, no tenía ningún punto de referencia.

Liam las introdujo y de nuevo se volvió hacia Delaney. Ella se había

quedado en blanco.

—¿Y si añadimos «Pedazo de mierdecilla»? —preguntó él.

—Claro —dijo Delaney, y él lo escribió. Su óvalo emitió un aviso, y él

dejó escapar un exagerado suspiro.

—¿Lista? —preguntó, y sacó de debajo de su escritorio una enorme goma

elástica con empuñaduras moldeadas en sendos extremos. La acopló a un

gancho de la pared y empezó a tirar con furia, como si nadara

desesperadamente para alejarse de la pared. Al cabo de treinta segundos se

tomó un descanso—. ¿Quieres?

Delaney agarró las empuñaduras, intentó su propio ejercicio de trágica

natación, y devolvió la goma a Liam. Se alternaron durante unos cuantos

minutos, y Liam volvió a sentarse.

—¿Y qué tal «Pequeño cabrón»?

Delaney, sin aliento, emitió un sonido de aprobación, y durante la hora

siguiente los dedos de Liam volaron y Delaney introdujo de vez en cuando un

añadido o una rectificación.

«Voy a pegarte».

«Eres una puta».

«Puta despreciable».

«Putilla despreciable».

«No jodas y ven aquí».

«No jodas y ven aquí, puta despreciable».

«Te mereces una paliza».

«Voy a molerte a palos».

«Te moleré a palos, puta despreciable».

Al cabo de una hora tenían 188 frases, y Liam consideró que bastaba. Se

irguió ante ella, se desperezó, y esta vez Delaney no pudo desviar la mirada.

Cuando él se dio la vuelta, quedaron a la vista sus ranuras de ventilación

traseras. Verticales, bisecaban cada nalga, y él parecía dispuesto a dejarla

mirar.

 

Le costó dormir. Tendida en su tubo, sabía que al despertar tendría que

escuchar las conversaciones privadas de familias desprevenidas. Recorrió

mentalmente los picos de Idaho.

Pico Borah.

Pico Leatherman.

Monte Church.

Pico Diamond.

En ninguno de sus trabajos en El Todo hasta ese momento había tenido

una intervención tan directa; en comparación, todo lo demás había sido

abstracto.

Monte Breitenbach.

Pico Lost River.

Pico Donaldson.

La venció el sueño, aunque solo durante unas horas. Despertó, se dio la

vuelta, se representó la muerte de un niño de veinte maneras distintas.

Pico Hyndman.

Pico USGS.

Pico No Regret.

Y finalmente durmió hasta el amanecer.

 

Cuando llegó a su espacio de trabajo, Liam estaba sentado, cosa que ella

agradeció. Cruzó rápidamente el despacho hacia él para que no se levantara.

Intercambiaron apresuradamente unos saludos, y Delaney fijó la mirada en la

pantalla en blanco de él. En su visión periférica vio solo vinilo negro.

El proceso de la IA mientras se preparaba para iniciar la búsqueda de esas

palabras y frases clave había llevado más tiempo del previsto, explicó Liam, y

se había quedado a trabajar hasta tarde, detectando y eliminando errores, e incorporando filtros para suprimir ruido de televisores y radios y centrarse en

las voces adultas.

—Gracias —dijo Delaney, mirándole el cabello.

—Con el atentado —explicó él—, obtuvimos miles de correlaciones en

los primeros días. Eso es demasiado material que manejar. En ese caso, claro,

buscábamos una variante menos común. En el mundo hay más maltratadores

que personas que penetran en nuestro campus al volante de una furgoneta

cargada de explosivos, seguramente.

Sin ninguna razón en particular, Delaney posó la mirada en el regazo de

él, donde advirtió que llevaba no un maillot similar, sino el mismo, con las

mismas ranuras de ventilación en la parte superior del muslo.

—También he añadido gritos de niños —continuó—. O sea, la IA buscará

gritos. Gritos agudos, quejidos, cosas así.

—Gracias —dijo Delaney, y salió del despacho.

En el cuarto de baño, la caricatura de la mofeta la recibió sonriente.

«¡Hola, Delaney!».

Corrió hasta el cubículo y defenestró el desayuno en un aluvión de color

melocotón.

«¿Alguien ha vomitado?», preguntó la mofeta, su cara un mohín

compasivo.

—Estoy bien —contestó Delaney.

«Recuerda, el dispensario está abierto las veinticuatro horas los siete días

de la semana. ¿Los aviso de que vas? Tu plan de TodoMed recomienda una

visita después de un episodio como este».

—Son solo los nervios —dijo Delaney. Pero rectificó—: Pura excitación

por los avances que estamos haciendo.

Salió del cubículo y empezó a lavarse las manos, pensando que la mofeta

se centraría en eso e iniciaría la canción del cumpleaños feliz. En efecto la

cantó, de fondo. En primer plano sonó una segunda voz, a mayor volumen.

No era la de la mofeta. Aparentemente procedía del árbol situado junto a la

caricatura de la mofeta.

«Un vómito puede indicar muchas cosas. Intoxicación alimentaria,

infección bacteriana, incluso un embarazo. Recomendamos que te vea un

médico. Lo organizaré con tu sistema OwnSelf para encontrar hoy una buena

hora».

Delaney rehusó el ofrecimiento, vaciló ante la mofeta y el árbol por un

instante y finalmente huyó. Cuando regresó al despacho, Liam estaba en el

suelo, al parecer a mitad de una vigorosa serie de burpees. Acabó, se acomodó en su silla e informó a Delaney de que ya había encontrado treinta y

ocho correlaciones. Se habían desglosado en grupos vinculados a las distintas

frases introducidas en el programa.

—La más común es «Te mataré» —dijo Liam—. Pero creo más bien que

deberíamos centrarnos en una de las más concretas. ¿Recuerdas cuando añadí

«Ven aquí, zorra»?

Delaney no se acordaba. Pero en aquel momento Liam escribía

desenfrenadamente, como si las frases surgieran de su memoria.

—Hay unos cuantos casos con esa frase —dijo—. He seleccionado uno

que está en marcha. ¿Quieres oírlo? Retrocederé unos minutos.

Liam tenía el dedo sobre la pantalla táctil. A Delaney le ardía la piel.

Maldita sea, pensó. Maldita sea, maldita sea, maldita sea. Asintió con la

cabeza. Liam tocó la pantalla y la grabación cobró vida, en todo el despacho.

Las voces llegaban en sonido estéreo y envolvente, acompañadas de una

transcripción simultánea en la pantalla mural. Delaney la leyó, aunque fuera

solo para amortiguar el efecto del audio, que sonaba a tal volumen que

parecía salir de algún recoveco de su propio cráneo.

 

Voz masculina: No tienes ni puta idea, ¿a que no?

[Pausa 2,1 segundos]

Voz masculina: La zorra de tu hija se cree que puede andar jodiéndome. Voz femenina: Don, deja eso. No tiene gracia.

Voz de chica: Déjalo hablar. Cada vez que abre la boca aumenta la estupidez en la casa. Voz masculina: ¡Ven aquí, zorra!

 

—Apágalo —dijo Delaney.

—El grito viene dentro de un segundo —anunció él—. Da la impresión de

que el hombre le pega, o que le tira algo y la alcanza.

—¡Apágalo!

Liam quitó el sonido.

 

Entre sesiones de burpees, continuó el proyecto. Después de largas

conversaciones con Karina y Rhea, esta accedió a dirigir AtyenDe, SálvaMe.

Las preocupaciones de Karina por la posibilidad de que Rhea reviviera su

propio trauma, como se vio, eran infundadas. Rhea deseaba ser la cara visible

del proyecto y se abalanzó sobre el trabajo como una guerrera.

Centrándose en esa misma familia, Rhea se puso al frente del equipo para

realizar la demostración de noventa segundos prevista. Facilitó la grabación y

las señas a la policía local, que solicitó una orden judicial y detuvo al padrastro bajo la sospecha de malos tratos. Las cámaras corporales de la

policía proporcionaron espectaculares imágenes del viaje en coche hasta la

casa, la llamada a la puerta, la sorpresa del padrastro al verlos aparecer, su

breve resistencia a la detención, su cabeza gacha al introducirlo en el coche

patrulla, y, lo más importante, la absoluta incredulidad, el júbilo apenas

oculto, de la mujer joven, de unos quince años, de pie en el umbral de la

puerta, mientras observaba cómo se llevaban a su opresor.

Y sin embargo los abogados de El Todo tampoco autorizaron su

publicación. Si utilizaban eso como prueba, el fiscal se vería en apuros, eso ya

se sabía. Pero hacer pública la grabación doméstica contravenía el acuerdo de

consentimiento de AtyenDe, y eso no tenía precedentes, adujeron, en la

historia de El Todo.

Pero ¿y las redes sociales?, preguntó Rhea. Los artículos y las fotos y los

vídeos se admiten desde hace años, insistió.

Ese material lo cuelga en las redes la gente, sostuvieron los abogados. Por

voluntad propia. O aparecen personas sorprendidas, en público, durante la

perpetración de un delito. En casa, en ese entorno privado, la cosa cambia,

dijeron. Cuando las pruebas se acumulan sin consentimiento, es distinto.

Como es lógico, las cabezas pensantes de AtyenDe plantearon la solución

obvia —alterar las condiciones de consentimiento de AtyenDe—, y los

abogados volvieron a poner dificultades. Al comprar un producto fabricado

por una empresa privada, no puedes dar tu consentimiento a la violación de

tus derechos, no al menos desde el punto de vista de la judicatura. Nuestras

condiciones de consentimiento no modifican la ley, dijeron.

Y fue eso lo que colmó la paciencia de Rhea, que entonces hizo lo que

consideró que tenía que hacer, y lo que venía siendo el procedimiento habitual

desde hacía tres décadas, y seguiría siéndolo eternamente. Filtró el vídeo, con

todas las características identificadoras intactas pero la participación de El

Todo opaca. El vídeo causó sensación y en una semana alcanzó los cien

millones de visualizaciones. Rhea autorizó la publicación de otros; realizaron

uno al día y los difundieron a través de diversos perfiles falsos.

Cada vídeo comenzaba con una toma exterior de la vivienda; eso era fácil

de conseguir, porque El Todo había fotografiado múltiples veces todas las

casas de Estados Unidos, desde satélites y desde la calle. A continuación,

ponían la grabación de AtyenDe, deslizándose las palabras transcritas por

encima de la imagen de la vivienda en letras blancas. Cuando intervenía un

determinado hablante, aparecía su rostro y se lo identificaba en cuestión de

segundos. Cuando se pronunciaban palabras ofensivas, cuando la conversación se volvía cada vez más acalorada y la tensión iba a más, la

perspectiva se desplazaba al coordinador de la policía, quien, alertado por la

IA, empezaba a escuchar. Se enviaba a coches patrulla, y la perspectiva se

desplazaba a las cámaras de los vehículos y las cámaras corporales, así como

a la vista panorámica de los dirigibles de vigilancia locales (la mayoría de las

ciudades que se preciaran tenían ya dirigibles). Los portazos de los coches, las

carreras hasta el porche. Aquí el vídeo presentaba las dos perspectivas: el

audio dentro de la casa y el vídeo fuera. Se combinaban en una contraposición

de escenas cinematográfica, que concluía con la llegada de los servicios

sociales, el rescate del niño o los niños, las detenciones de padres o tíos —en

un caso una abuela— y finalmente un colofón en el que se enumeraban los

cargos y las vistas judiciales pendientes.

Los vídeos alcanzaron gran popularidad; el más espectacular del primer

lote se convirtió en el vídeo más visto durante ocho días, acumulando 420

millones de visualizaciones. En ese caso en particular se sorprendió al padre

profiriendo amenazas y obscenidades a gritos a sus gemelos de ocho años; el

hombre fue detenido y, después de siete días en la cárcel, fue puesto en

libertad bajo fianza de quinientos mil dólares. Sin embargo el fiscal no

disponía de pruebas aparte de las vagas amenazas y las estridentes voces

grabadas por AtyenDe. No estaba prohibido por la ley —todavía— gritar

dentro de casa. Se estableció que los gemelos aún no habían sido víctimas de

malos tratos.

Aun así, se aplicó una nueva forma de justicia. Lo que la letra de la ley no

podía o no quería hacer, lo hizo el público. El padre fue despedido de su

empleo el lunes siguiente. El martes, la madre —quien, según determinó la

opinión pública, era cómplice— fue despedida del suyo. La nación pareció

satisfecha, y si bien la legalidad de AtyenDe, SálvaMe era dudosa, el

programa siguió adelante con carácter de urgencia.

Mediante cierta labor de selección para dar con lugares donde el número

de casos de violencia doméstica y malos tratos a la infancia fueran superiores

a la media, se localizó a departamentos de policía colaboradores, en total

ochenta y ocho en ciudades grandes y pequeñas. Se proporcionó a esos

departamentos enlaces a los AtyenDe locales, y el programa dio lugar a

centenares de visitas policiales. En algunos casos la IA oía voces de la

televisión, música, videojuegos e incluso audiolibros, y eso facilitó mucha

información útil a los programadores de AtyenDe.

No era un sistema perfecto, no, pero la IA aún estaba aprendiendo, y de

las seiscientas nueve visitas de ese primer mes, dieron lugar a resultados procesables nada menos que once. En tres casos, eran hermanos los que se

peleaban; estos se resolvieron mandando a los niños a hogares de acogida

durante un mes aproximadamente. En dos casos, padres e hijos ensayaban

obras de teatro, y esas situaciones se aclararon después de una sola noche en

la cárcel y la intervención de un abogado. La conclusión fundamental, no

obstante, fue que posiblemente en seis casos se evitaron verdaderos

problemas. «¡Voy a matarte!» se oyó en tres ocasiones; «Vas a llevarte una

paliza» se grabó en dos. El restallido de un cinturón se confirmó

correctamente en uno.

 

Delaney esperaba una avalancha de resistencia por parte del público. El

domicilio tenía algo de zona prohibida, estaba segura; algo que iba mucho

más allá de la lectura de mensajes de correo electrónico, o la vigilancia en la

calle, o la presencia de cámaras en taxis y metros y bibliotecas y escaleras y

colegios y restaurantes y panaderías y oficinas y edificios oficiales y

supermercados y comercios de barrio y boutiques y tiendas de chuches y

cines y el Departamento de Vehículos Motorizados y las galerías de arte y los

museos y los hospitales y las residencias de la tercera edad y los minoristas de

material para barcos y las casas de apuestas fuera del hipódromo y las

consultas quiroprácticas y los hoteles y los moteles y los locales de vapeo y

los baños públicos.

Sin embargo el domicilio particular era distinto. Delaney contaba con que

cien millones de personas al día hicieran lo que había hecho ella en su antigua

casa con Wes: contaba con que esa gente lanzara en masa sus AtyenDe en una

demostración mundial de rechazo.

Pero eso no ocurrió. La gente, por el contrario, lo consideró sensato.

Vieron sus ventajas desde el punto de vista de la seguridad. Querían dar a

conocer su virtud mostrándosela, a todas horas del día y la noche, a quienes

escuchaban la IA.

En casa la gente empezó a hablar más bajo. Medían más las palabras. No

gritaban a sus cónyuges o hijos. No amenazaban. El sexo pasó a ser más

silencioso, las risas más cautas. Aquellos que tenían risas o estornudos u

orgasmos estridentes encontraron la manera de reprimir sus ruidos. Los

chillidos de felicidad de los niños confundieron a la IA durante un tiempo, e

indujeron a las autoridades a acudir a unos cuantos millones de hogares antes

de que las máquinas aprendieran. Para entonces los niños sabían moderar sus

voces o, mejor aún, callarse.

Y solo los más desquiciados o los malhechores incurrieron en malos

tratos. En cuestión de semanas el mundo pasó a ser un lugar más seguro para

todos los seres humanos, y sería exponencialmente más seguro en los años

siguientes. Del mismo modo que la inserción de microchips en los niños había

eliminado prácticamente todos los secuestros infantiles, la adopción universal

de AtyenDe garantizaría la seguridad de los niños allí donde fuera necesario.

Que era en todas partes.

Empezaría por las empresas privadas. Estas exigirían a sus empleados con

hijos que instalaran AtyenDe en sus casas y los mantuvieran encendidos.

Seguirían las iglesias, luego los colegios privados. Las asociaciones de

propietarios no tendrían más remedio que exigirlos también, y posteriormente

las comunidades de vecinos y los caseros. Después los hoteles, los moteles y

las casas de alquiler vacacional. Aparte del problema evidente de la seguridad

de los niños, también estaba en juego la cuestión de la responsabilidad. Las

autoridades municipales y estatales, y finalmente nacionales, encontrarían

formas de imponer el uso obligatorio del dispositivo, y después de cierta

oposición jurídica inconsistente este sería un elemento ubicuo y apreciado en

casi todos los rincones del planeta, confiriendo a la humanidad una nueva

sensación de control y seguridad. Y todo eso mejoraría enormemente —y la

especie humana se acercaría más a la perfección— cuando AtyenDe añadiese

el vídeo, y también eso se legalizase.