El Todo

Dave Eggers · Capítulo 30 de 45

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El Todo

XXX. Le sostiene Yahvéh en su lecho de dolor

XXX

 

Esa fue otra razón para quedarse en casa. Varios miles de millones de

personas, que no confiaban en sus propias miradas díscolas, se refugiaron en

sus casas. De todos modos, la gente ya estaba acostumbrada a no salir; con las

pandemias, la especie humana había adquirido mucha práctica en cuestiones

de aislamiento y miedo. Tras el Viraje Goleta, enseguida se inventaron gafas

de sol que frustraban el seguimiento ocular y salvaban a la gente de la

vergüenza ocular, pero pronto la tecnología se mejoró para ver a través de

toda clase de lentes. Más personas, llamadas «aislas», optaron por trabajar

desde casa, negándose a ser vistos por temor a que sus miradas vagaran.

Alessandro se había convertido en aisla, como también Dan Faraday. Los

aislas utilizaban avatares caricaturizados en sus teleconferencias, y muchos se

negaban a hablar a través de dispositivos de audio en tiempo real, por miedo a

que una palabra errónea fuera grabada y decantara su Total de Vergüenza.

Entretanto, algunos desarrolladores con iniciativa crearon software capaz de

captar la vergüenza ocular en imágenes antiguas, y se arruinó otro medio

millón de reputaciones.

Quedarse en casa era más seguro. Desde la década de 1970, el tamaño de

las casas había crecido año tras año, y se había disparado durante los años de

las pandemias. En la mayoría de las naciones desarrolladas, se exigía

tecnología inteligente para toda nueva construcción, por un sinfín de razones

que nadie intentaba poner en duda. El consumo de energía y agua se

minimizó y optimizó, los allanamientos eran casi imposibles. En los barrios,

cada vez eran más los hogares que se vinculaban entre sí y compartían

imágenes de las cámaras de vigilancia, la localización de las mascotas y la

presencia de plagas, y sobre todo la amenaza que pudiera plantear la incursión

de personajes sospechosos en la zona. Los ecologistas no podían justificar la

vida en un hogar troglo a menos que sus emisiones de carbono fueran cero y

estuvieran desconectados de los servicios públicos, y por tanto esos lugares, año a año, se habían convertido cada vez más en bastiones de fanáticos y

anarquistas, de egoístas y dementes.

En el campus, Delaney había logrado más o menos controlar sus propios

iris. Cuando se reunía con alguien en persona, empezaba fijando la mirada en

lo alto de la cabeza; eso le dio magníficos resultados durante días, hasta que

se le comunicó, por medio de QueAnon, que, según se había observado,

eludía las miradas. Desarrolló una manera de moverse por la Isla del Tesoro

rápida y furtivamente, con la mirada baja, puesta en el teléfono, o

anormalmente elevada, fija en algún lugar remoto. Resultaba agotador, el

cerebro siempre en estado de máxima alerta. Creía haber desarrollado el

síndrome de la pupila vibratoria que había advertido en los demás totales,

pero no lo sabía con certeza; el temblor de ojos no era perceptible por los ojos

que temblaban.

El único sitio donde podía relajarse, hasta cierto punto, era el Havel. La

jornada laboral oficial terminaba siempre a las cinco, y llegaba a casa a las

17.18. Eso, por lo general, le dejaba alrededor de cuarenta minutos hasta que

Joan llegaba del trabajo. La soledad era la clave. Después de un día de

cháchara en ES —las elásticas hablaban sin cesar y no había paredes—,

necesitaba tiempo para reconfigurar sus propios pensamientos, para dar cierta

coherencia y forma a ocho horas de conversación y ruido.

—Empezar ducha —dijo Delaney, y fue a su sección del armario

comunitario en busca de su albornoz.

El asistente AtyenDe conocía su voz, y sus preferencias en cuanto a

temperatura y presión del agua. Tenía derecho a seis minutos de agua al día,

que ella decidió dividir en dos sesiones breves pero vigorizantes.

—Fin de ducha, y enloqueceré —dijo, y a continuación se colocó,

desnuda, bajo la claraboya, toda su piel despierta al contacto de la brisa

procedente de la Bahía—. Abrir cortina junto a mi cama —ordenó Delaney, y

se metió a gatas en el tubo, sintiéndose abrigada y cómoda en su albornoz.

Delaney empezaba a acostumbrarse a las comodidades de la vida en una

cápsula y estudiaba sus propias reacciones con objetividad científica. Para su

sorpresa, descubrió que apenas echaba en falta nada del Cobertizo. No

añoraba las corrientes de aire, las brechas entre las tablas del suelo de cien

años de antigüedad, los crujidos, las hormigas, los esporádicos ratones. No

añoraba el frío de la noche, el extraño olor de la casa, similar al sudor rancio

de un hombre después de un día bajo el sol directo, o el hedor a escamas y

salitre del barrio en su conjunto. No añoraba en realidad comprar comida.

Añoraba a Huracán, y a las madres, y el olor del mar, pero la cápsula era un lugar más civilizado, y algo en su propia fisiología respondió a eso. Los

suelos cálidos, insonorizados. La perfección de los armarios, la fiabilidad de

la máquina de hielo, el agua caliente instantánea e infalible, el ylang ylang.

Todo estaba en su sitio, nada se rompía nunca, y nunca dedicaba tiempo a

nada que debiera funcionar pero no funcionaba. Acabó aceptando que merecía

ese sosiego, esas comodidades, y se paseaba descalza por la cápsula con una

sensación de estar en casa que a veces la sorprendía a ella misma.

En el tubo, se arrebujó en el edredón y miró por la ventana en busca del

ratón de campo. Las idas y venidas nunca duraban más de dos o tres

segundos, y Delaney nunca tenía claro qué buscaba o conseguía el ratón. Pero

cada vez que salía como una flecha era un pequeño acontecimiento, y sus

incursiones la mantenían entretenida mientras esperaba que le venciera el

sueño en su siesta vespertina.

—¿Delaney? —Era Francis.

A veces no conseguía dormirse. Joan y Soren tenían horarios estables, y a

lo sumo llegaban tarde alguna vez (nunca temprano). Francis aparecía en la

cápsula a horas irregulares, y con la misteriosa habilidad de llegar allí cuando

menos se deseaba su presencia.

—Sí —contestó Delaney.

Tenía poco sentido que él preguntara o ella contestara. El cerebro de la

cápsula sabía que ella estaba allí, y el teléfono de Francis, entre otros seis

indicadores, lo informaba también de quién había en la cápsula. Pero era

imposible saber por qué Francis hacía las cosas que hacía.

—¿Estás en tu tubo? —preguntó él.

También esa era una circunstancia sin otra alternativa. El resto de la

cápsula estaba vacío; había oído la voz de Delaney procedente de su cama. A

veces sentía lástima por él. Era una persona irritante de nacimiento, y parecía

consciente de ello. Se lo notaba siempre falto de afecto, y era escurridizo

como una anguila, y eludía las miradas, hasta tal punto que todas sus

compensaciones o ajustes servían solo para que se lo viera como una persona

con más carencias, menos convincente y más digna de compasión. La cápsula

hacía todo lo que precisaban y cientos de cosas que ni se les habrían ocurrido,

pero de algún modo, a diario, Francis encontraba algún motivo para

mandarles un aviso instándolos a una mejor domesticidad. «Eh, chicos —

decía el mensaje de esa mañana—, el suelo del cuarto de baño está

supermojado esta mañana. Alguien podría haber resbalado». Y añadía un

enlace a una investigación sobre la alarmante cantidad de fracturas óseas

causadas por resbalones en el cuarto de baño.

No era que hubiese estado a punto de resbalar. Ni que fuese alguien muy

cuidadoso; no lo era. Para él, ese comportamiento era una forma de amar, o de

buscar amor. Nadie le hablaba voluntariamente, y por tanto salvaba el vacío

mediante esos recordatorios, preguntas y avisos, esos hallazgos de graves

deslices.

—Intento echar la siesta —dijo Delaney.

—Hoy de camino aquí he pasado a recoger nuestras mortajas —informó

él—. ¿Quieres ya la tuya? Según las investigaciones, mejoran el sueño, el

REM y la generación de ideas.

—Ahora no —respondió Delaney—. Pero gracias.

—¿Sabes cuándo vuelve Joan?

—No —contestó Delaney, aunque sabía que sería alrededor de las seis,

como siempre—. Intento echar la siesta —repitió—. La cuota de sueño, ya

sabes. —Se dio la vuelta para ponerse de cara a la ventana.

Abajo, el ratón de campo había salido de nuevo a espacio abierto, y esta

vez se quedó más tiempo que en ocasiones anteriores, por lo que ella había

visto. En la Isla del Tesoro abundaban las aves de presa. De vez en cuando se

deslizaba por la hierba la sombra de un busardo colirrojo, y Delaney contenía

la respiración hasta que el ratón estaba a salvo.

—Espero que más tarde podamos mantener una reunión de cápsula —dijo

Francis—. Hay un nuevo plan para proyectos que emprender juntos. ¿Te has

enterado?

—Es posible —respondió Delaney. Posiblemente esa información iba

incluida en uno de los miles de mensajes que no había leído ese día.

—Bien. ¿Estarás? —preguntó Francis.

—Sí —dijo Delaney.

—Que tengas una buena siesta —deseó él, y a continuación revolvió

ruidosamente en la nevera durante tres minutos.

Delaney cerró los ojos pero vio a Francis. Debía cultivar una relación

cordial con él, lo sabía. Preveía que ConPref fuera un elemento esencial en la

eliminación de El Todo, y quería rotar pronto al departamento de Francis.

Trató de relajarse. Inhaló el ylang ylang. Intentó pensar en los montes de

Idaho, pero asaltó su cabeza la conversación que había mantenido con Francis

sobre ConPref. De eso hacía una semana, y cuando ella le preguntó por el

departamento, y lo interrogó sobre su trabajo allí, él quedó tan sorprendido y

halagado que habló por los codos durante una hora y media.

—ConPref —había explicado— es un compañero esencial de Joan y

vuestro trabajo en ES. —Recordó brevemente a Delaney que lo que se disponía a decir estaba abarcado por el acuerdo de confidencialidad de El

Todo y además se grababa—. En ES, pedís al consumidor que reconsidere sus

decisiones. Las cinco C, ¿me equivoco?

Delaney tomó nota mentalmente de que debía averiguar cuáles eran esas

C. Siempre se olvidaba de preguntarlo.

—Les pedís que elijan bien —prosiguió Francis—, que sean

consumidores conscientes. Cuando pasan a ser miembros de ES, acceden a

comprar dentro de los parámetros de ES a cambio de importantes descuentos

y ofertas exclusivas. ¿He interpretado eso bien, en general?

Lo entendía perfectamente, y lo sabía de sobra.

—Pues si eso es la zanahoria, ConPref es el correspondiente palo —

continuó—. Si un consumidor muestra, por medio de su historial de compras,

inclinación por la comida vegana, y varios asociados de El Todo han dedicado

años a orientar su oferta conforme a esa preferencia, una desviación con

respecto a ella incide negativamente en el funcionamiento de los modelos de

negocio de esos asociados. Si de repente el vegano empieza a encargar carne,

queda dañado el perfil de consumidor que se ha creado cuidadosamente a lo

largo de los años o incluso decenios. Así que ConPref es una manera de dar a

conocer a los clientes las ventajas de mantener sus preferencias establecidas.

No entró en grandes detalles sobre los métodos mediante los cuales

ConPref hacía entrar en vereda al consumidor descarriado, pero Delaney

podía barajar ciertas suposiciones. Las puntuaciones crediticias de los años

ochenta y noventa evolucionaron con el tiempo hasta convertirse en una

clasificación del consumidor más holística, a la que se incorporaba la

previsibilidad de esa persona. Los programas de fidelización se subsumieron

y sumaron hasta que las ventajas concedidas a las pautas de gasto regulares

eran tan grandes que desviarse se convertía en un claro desincentivo

económico. Cualquiera podía solicitar su clasificación crediticia y obtenerla

de una de las tres principales empresas de evaluación. Pero las cifras exactas

asignadas a las clasificaciones de los consumidores, en los tiempos de El

Todo, eran opacas. El Todo prefería que esas cifras fueran un misterio para

cada consumidor, en la creencia —suponía Delaney— de que fomentar un

comportamiento dócil a través del miedo era mejor que mantenerlos

informados sobre los efectos exactos de sus actos. Delaney renunció a su

siesta.

Ya pasaban de las seis, y abandonó el tubo, consciente de que Joan

llegaría de un momento a otro. Por lo regular, Joan era la primera en llegar a

casa, recién salida del gimnasio, envuelta en un aroma dulce y silvestre. Soren solía volver antes de la seis y media, y quería saber si alguien había pensado

en la cena. Era un consumado cocinero que, cada noche, decía que no le

apetecía cocinar y estaba harto de todo lo que habían estado comiendo

durante semanas y meses. Mientras se quejaba, empezaba a lanzar

ingredientes a la encimera con estrépito. Encendía el fogón, colocaba encima

un wok con un golpe seco —era un cocinero ruidoso, como para asegurarse

de que sus compañeros de cápsula tomaran conciencia del trabajo que eso le

exigía— y dibujaba un lazo con salsa de soja en el wok. Y cuando quedaba

claro que había empezado, y esa noche disfrutarían de una buena cena, Joan

ponía alguna canción que sabía que le gustaba, algo tonto pero animado, y se

encaramaba a la encimera de cara a él, donde golpeaba los armarios con los

tacones.

Delaney se sentó en el sofá y consultó la hora. 18.07. Desbloqueó el

teléfono. A esas alturas ya se conocía los parámetros generales. Recibía

alrededor de ciento veinte mensajes de El Todo al día, que como mínimo

debía recorrer con la mirada. Eso le exigía unos ocho minutos. Los quince mil

humanos poco más o menos del campus de la Isla del Tesoro producían, a

diario, unos 14 750 comunicados, notas, recordatorios e invitaciones, que el

autoclasificador de IA de Delaney reducía en un 88 por ciento. El clasificador

rehusaba automáticamente todas las invitaciones incompatibles con los

compromisos y previsiones de su propia agenda. Su autorresumen revisaba

los mensajes más largos y los reducía a su esencia, normalmente menos de

veinte palabras. Estas pasaban a su Esencia Real (ER), que cribaba los

mensajes por medio de los filtros definidos por ella en función de su

relevancia. Su configuración filtraba, por ejemplo, cualquier cosa relacionada

con el deporte, los cuidados infantiles, los cuidados de las mascotas, el yoga y

el kayak. Sin embargo esos mensajes no se borraban; de cara al remitente,

aparecían como abiertos y leídos. Wes le había proporcionado una aplicación

que recordaba los cumpleaños de sus amigos y les enviaba mensajes

originales y personalizados la noche anterior al cumpleaños, para que fueran

los primeros que recibían. Para las notificaciones y los anuncios, Wes la había

equipado también con un algoritmo de autosonrisa, que examinaba las cuentas

en las redes sociales de los totales y sonreía ante las cosas que se sabía que le

gustaban: las marmotas, los saltarines del fango, los perros con tres patas,

Idaho, los árboles, las montañas y cualquier cosa de ese estilo que la gente

imaginaría que a ella le gustaba. Al final de cualquier día, daría la impresión,

para cualquier algoritmo calculador de totales, de que había leído alrededor de

8250 mensajes y enviado unas 750 sonrisas.

De pronto se abrió la puerta. Delaney se sobresaltó. Era Soren. Llevaba

una cinta para el pelo, señal de que había intentado hacer ejercicio.

—¿Está Joan?

También eso era una treta. Sabía dónde estaba ella en todo momento.

Soren y Joan vivían juntos desde hacía más de un año y estaba claro que

ella lo quería como compañero de cápsula y que él la quería con un amor

romántico y no correspondido. Joan sabía que él la amaba, pero hacía como si

no lo supiera, y él sabía que no podía manifestar sus sentimientos a menos

que se le diera una señal incuestionable. No recibió esa señal de Joan, quien a

menudo decía, en voz alta, que nunca saldría con nadie de la empresa, en vista

de las complicaciones que traía, pese a que recientemente El Todo había

empezado a alentar esa clase de apaños, considerando que las uniones y

matrimonios en el seno de El Todo de algún modo fortalecían el tejido de la

vida en el campus.

Soren abrió la nevera.

—¿Cuál es el plan esta noche? ¿Puedes comer con nosotros?

En principio, Delaney tenía que seguir la dieta establecida en el

reconocimiento médico, pero se le permitía tomarse licencias en tres comidas

por semana.

—Puedo comer aquí —contestó.

—¿Crees que Joan cenará en casa? —quiso saber Soren. Aunque trató de

lanzar la frase por encima del hombro, estaba cargada de infinito anhelo.

¿Cómo puedo vivir con esta persona a la que amo?, preguntaba. ¿No sería lo

más fácil que ella me amara también? ¿Por qué no hacerlo sencillo?

Joan no expresaba la menor necesidad de salir con nadie, y solo muy de

vez en cuando mencionaba vagamente a un novio que tuvo durante mucho

tiempo en la universidad. Contaba anécdotas bochornosas sobre sí misma, su

frecuente flatulencia y su persistente olor corporal, nada de lo cual constaba a

Delaney que fuera cierto, y todo lo cual aumentaba su atractivo.

En ese preciso momento irrumpió por la puerta.

—¿Quién quiere oler a una señora pestilente? —preguntó, y corrió hacia

Soren, que troceaba unos pimientos, y se apretó contra su espalda. Esa

familiaridad y esa cercanía física formaban parte de su crueldad con él.

Levantó la axila desnuda y lo obligó a acercar la cabeza—. ¿Te gusta?

Soren se volvió de espaldas y siguió cortando, pero, con su lenguaje

corporal, la animó a quedarse. Joan se sentó de un salto en la encimera junto a

él, donde cruzó las piernas y golpeteó con ellas el armario.

—Eres un hombre sexy, Soren —dijo. Alargó la mano hacia su bíceps y

se lo apretó—. Estos músculos, cuando troceas… me enloquecen. Delaney,

¿no crees que Soren debería ponerse ropa más ajustada?

Delaney se negó a contribuir a la tortura. Miró a Francis, que mascullaba

de cara a la pared.

—Francis, ¿no querías hablar con todos nosotros? —preguntó.

Él alzó el dedo índice, todavía de espaldas.

—¿Tiene que ver con los proyectos de servicios? —dijo Joan—. ¿Habéis

recibido las circulares?

—Yo sí —respondió Delaney. Había echado un vistazo a uno de los

mensajes que anunciaba Si Lo Ves, Resuélvelo: un mes de compromiso con la

justicia social. Se enumeraban «Diez Maneras de Participar». «Envía una

sonrisa a una causa que te guste; envía una expresión ceñuda a un agente de la

injusticia…». Se animaba a los totales a buscar, analizar, abordar y solventar

deficiencias sociales, y a corto plazo.

—¿Un mes? —dijo Soren—. Demasiado fácil.

A Delaney la sorprendió, de hecho, que esos servicios se introdujeran en

ese momento, tras la muerte de Bailey. Los servicios habían sido el ámbito de

Bailey, aunque se les prestaba atención solo esporádicamente. Él se unía a

ciertas causas, y durante dos meses aproximadamente ponía de relieve la

labor realizada, la injusticia, y después, con la misma rapidez, perdía interés.

—¿Francis? —llamó Delaney.

Finalmente él se dio media vuelta y miró primero a Joan. Tenía una

expresión enojada e íntima, como si de algún modo los dos estuvieran del

mismo bando: padres exasperados por sus dos hijos.

—Vale —dijo—. En realidad, estaba aclarando los objetivos con la Banda

de los 40. Me disculpo, pues, por haberos hecho —se refería a Delaney, pero

no la miró— esperar. Probablemente ya conocéis los parámetros generales de

la propuesta de servicios. El nuevo matiz es que se anima a los compañeros de

cápsula a asumir proyectos juntos, a trabajar con rapidez, ágilmente, y

ahondar en nuestros vínculos interpersonales. Propongo que, bajo mi

responsabilidad, nos ofrezcamos voluntarios para resolver lo que, en mi

opinión, es uno de los problemas más espinosos pero más acuciantes que

afectan no solo a la sociedad sino también a nuestro entorno inmediato: los

campamentos de personas sintecho en el perímetro de la isla.

—Demonios —dijo Joan.

A Delaney le dio un vuelco el corazón. Si en algún sitio podía ponerse de

manifiesto la implacable soberbia de El Todo, era allí.