El Todo
XVII. Los esfuerzos de nuestra fruta
XVII
—No debemos entrar juntos —dijo Delaney.
—¿Por qué? —preguntó Wes. Estaba metiendo el brazo en la manga de
una holgada camisa de franela—. Ya deben de saber que vivimos juntos.
Sería más raro que llegáramos por separado.
El hecho de que Wes trabajara en El Todo era aterrador y a la vez
extrañamente reconfortante. Delaney presentía que, con Wes en el campus, se
multiplicaría por diez el riesgo de que sus perversas intenciones fueran
descubiertas; Wes era ingenuo y al mismo tiempo olvidadizo. Era más que
posible que mencionara el subterfugio de Delaney con la misma
despreocupación con la que pediría un bol de poké.
—¿Debo llevar cámara? —preguntó.
—No. No hagas nada de lo que no harías normalmente. Ya conocen tus
antecedentes. El hecho de que seas troglo dará pie a alguna que otra pregunta,
y debes ser sincero. Pero puedes ocultar tus pensamientos más íntimos.
Delaney empezó a atarse los cordones de las zapatillas.
—No puedo mirar —dijo Wes, y en efecto salió de la habitación.
Cuando estuvo seguro de que ella habría terminado —y así era—, regresó.
—¿Cómo tenemos que ir al campus? Después de Para+Mïra, ¿hay alguna
opción correcta? ¡Podríamos ir en velero! Un momento. —Se palpó los
bolsillos de la camisa como si fuera a encontrar un barco en alguno de ellos.
Deliberaron durante un rato sobre qué medio de transporte resultaría más
lógico y apropiado para El Todo. Al final, pidieron un vehículo compartido
que supuestamente funcionaba con energía solar. Esperaron en el sofá;
Huracán se acercó cojeando y se hizo un ovillo a los pies de Wes. A Delaney
aún le costaba creer que hubieran contratado a Wes después de una única
entrevista. Querían que trabajara en AutentiAmigo, la ridícula aplicación que
se habían inventado para que ella consiguiera un empleo que no quería.
—¿Te han dicho quién va a aclimatarte? —preguntó Delaney.
—Puede que sí.
—No te acuerdas —dijo Delaney, y se desesperó—. Quizá sea mejor así.
Tú sigue en babia. Y de paso olvida mi nombre.
—¿Tu qué?
—Esto es el colmo. Mejor será que ni me menciones.
—Ni siquiera me caes bien, Anastasia.
—Entre tú y yo tiene que haber una distancia apreciable.
—Una distancia apreciable, lo pillo —dijo Wes—. Y ahora dime, Olivia,
¿conoceré a Jenny Butler, la astrofísica que sabe la hora y la fecha de su
muerte?
—Ya no está —respondió Delaney—. Con la muerte de Bailey, se
cancelaron todos los programas espaciales.
—Uy. Seguro que eso no se lo vio venir —comentó Wes, y esperó una
risotada. Huracán dejó escapar un gañido.
—Adquieren tres compañías a la semana por término medio —dijo
Delaney—. Cancelan programas al mismo ritmo. Se acabó todo lo ajeno a la
Tierra.
—Ah.
Wes se notó algo en un dedo del pie. Buscó una lima y empezó a hacerse
una especie de pulido artístico. Dijo algo que Delaney no entendió, porque
hablaba entre las rodillas.
—Perdona —se disculpó—. Decía que la empresa ha pasado a ser mucho
menos interesante. Sé que yo no estaba destinado a trabajar en los módulos
lunares, pero me habría gustado estar cerca de las personas que sí lo hacían.
Por un breve instante Delaney pensó, esperanzada, que acaso decidiera
dimitir el primer día. Eso lo simplificaría todo mucho.
—Pero supongo que al menos tengo que ver cómo es aquello —dijo Wes
—. Y más teniendo en cuenta que puedo llevar a Huracán.
—Hoy no —señaló Delaney.
—Ya lo sé. Pero probablemente hay mil mascotas en el campus. En su
mayoría llegaron después de la fusión con la selva. A esa gente le iban mucho
las mascotas. Tienen su propio veterinario, guardería, grupos de juego. Según
parece, hay una zona para conejos, una madriguera.
—No creo que haya una madriguera —repuso Delaney—. Me parece que
es un espacio vallado donde dejan a los conejos.
—Eso es una madriguera. Los conejos viven en madrigueras.
—No es una madriguera. Las madrigueras son subte…
Sonó el tintineo del teléfono con tapa de Wes. Lo abrió y leyó un mensaje
de texto. Delaney se tensó. Estaba segura de que, en cuestión de segundos, Wes le contaría que otro pretendiente había sucumbido a los encantos de Pia
Minsky-Newton. Wes tecleó una respuesta y cerró su móvil tipo concha.
Delaney esperó alguna nueva queja de Pia sobre la carga que le representaba
su belleza, pero no la hubo.
Delaney recibió por teléfono la notificación de que el coche había llegado.
Se despidieron de Huracán, salieron y se encontraron con un vehículo de
color violeta conducido por un hombre con casco.
—Una advertencia antes de que montemos —dijo Delaney—: ya sabes
que en estos coches se graba todo.
—Claro —contestó Wes.
—Ya sé que lo sabes. Pero hasta este momento ha sido solo una cuestión
puramente teórica. Ahora es importante. A partir de este punto, hasta que
vuelvas aquí esta noche, da por sentado que todo lo que digas será oído, que
podrá ser rastreado en cuestión de segundos. Es una grabación histórica a
disposición de cualquiera.
—Bien.
—Mi estrategia personal es la lentitud —continuó Delaney—. Hablo más
despacio. Hago una pausa antes de decir algo. Eso lo verás con frecuencia en
el campus. La gente habla despacio, con cuidado. Allí todo lo que dices es
permanente, y por eso la gente extrema la cautela. Ya te conté lo de TruVoice.
—Sí. Lo pillo —dijo Wes a la vez que subía al coche.
—¿Puedo hacer un iris? —preguntó el conductor. Su voz, entrecortada y
estresada, salió de un altavoz del techo.
Delaney se inclinó hacia el escáner. Un sonido alegre confirmó que era
ella la persona que había encargado el coche.
El conductor miró a Wes.
—¿Y tú? —preguntó.
—Yo soy solo un acompañante. Y no consto en la base de datos —
respondió Wes.
—¿No te han hecho un iris? —insistió el conductor. Observó la casa de la
que habían salido—. ¿No seréis troglos?
—No. Yo soy solo glaucómico —dijo Wes.
El conductor no se quedó satisfecho con eso. Habló de seguridad, de su
derecho a saber quién viajaba en su coche.
—Wes —dijo Delaney—, ¿no puedes hacer un traspaso a su teléfono?
Wes tenía un smartphone que utilizaba en situaciones como esa, y había
considerado oportuno llevarlo al trabajo. Un traspaso, el rápido intercambio
de dosieres por vía telefónica, era una forma más primitiva de identificación, pero el conductor, después de examinar el expediente de Wes y ver que no
contenía delitos o malas calificaciones por parte de otros conductores o
empleados de servicios, lo aceptó y se pusieron en marcha.
—Pobre Pia —comentó Wes.
Delaney sintió una punzada de dolor en algún lugar detrás de los globos
oculares.
—Por lo visto, se trata de cierto príncipe —explicó Wes—. ¿Sabías que
en Noruega todavía hay príncipes? Pia lo conoció en un congreso sobre el
clima, y no la dejaba en paz. Luego ese hombre le presentó a su padre.
Delaney intentó seguirle la corriente.
—¿El rey?
—¡Eso, el rey! Y entonces el rey se pasó veinte minutos coqueteando con
ella delante de todo el mundo. Pia está planteándose ponerse un disfraz.
Delaney jamás había echado oxígeno al fuego de esos delirios, pero se
sentía valiente.
—Pero ¿podría un disfraz ocultar su belleza?
Wes exhaló un suspiro.
—Tienes razón. Se lo diré.
Toda persona tiene su punto ciego, pensó Delaney. Miró por la ventanilla
los muelles que salían desde El Embarcadero como las púas de un
puercoespín. Pero si no conozco mi propio punto ciego, se preguntó, ¿qué
conclusión puede extraerse? Cuando uno está ciego a su propio punto ciego,
mala señal.
Cuando cruzaban el Puente de la Bahía y el campus de El Todo se extendía
abajo en toda su obsesiva geometría, Wes dejó escapar un suspiro.
—Nunca había tenido un empleo —dijo.
—Claro que lo has tenido —replicó ella.
Evaluó si Wes necesitaba aplicar una mayor autocensura, pero, calculando
que existía un cincuenta por ciento de probabilidades de que los escuchara la
IA de El Todo y en último extremo Recursos Humanos, decidió que su
franqueza y su vulnerabilidad se considerarían entrañables.
—En realidad, no —dijo Wes—. No un empleo en el que uno trabaja
durante una cantidad de tiempo acordada. En el que se contabilizan las horas.
En el que comes cuando come otra gente.
El teléfono de Delaney emitió un tono desconocido. Vio un mensaje de
Francis. Venía recibiéndolos desde que lo conoció, pero ahora él había encontrado la manera de cambiarle el tono del móvil. «¡Acuérdate de rellenar
mi cuestionario! —decía—. ¡Espero con impaciencia tus impresiones!» . A
esto lo acompañaba un emoji, una cara que parecía contenta y preocupada a la
vez.
—¿Francis? —preguntó Wes.
Delaney, en silencio, esbozó una sonrisa tensa para recordar a Wes que
debía medir sus palabras.
—Fijaos —dijo el conductor. Aminoró la velocidad antes del ramal de
salida hacia la Isla del Tesoro. Los precedía una fila de diez o doce coches;
Delaney alargó el cuello para ver qué ocurría.
Wes señaló a un hombre de pie en el guardarraíl de acero del puente, poco
antes de la salida. De unos sesenta años, con una barba corta y blanca, vestía
vaqueros y una chaqueta de sport de color tostado. Sostenía una pancarta por
encima de la cabeza.
—No la leo —dijo Wes.
Delaney se inclinó por encima de Wes.
—EL ASESINATO DE MI MUJER PUEDE VERSE EN TODAS VUESTRAS
PLATAFORMAS. ¿POR QUÉ? OS PIDO QUE BORRÉIS EL ASESINATO DE MI MUJER DE
VUESTRAS PLATAFORMAS.
Al parecer, los coches de la fila aminoraban la marcha para leer la
pancarta, o para asegurarse de que el hombre no se proponía saltar ante el
tráfico.
—El Viudo —informó el conductor del vehículo compartido.
—¿Cómo? —preguntó Wes.
—Así lo llaman, el Viudo —dijo el conductor—. Está ahí desde hace
semanas.
Cuando pasaron junto al hombre, este los miró a través de la ventanilla,
posando de pleno en Delaney y Wes sus ojos azules y pequeños. Sabía que
eran totales. Agitó la pancarta en dirección al coche y exclamó:
—¡Miradme!
Delaney cogió a Wes de la mano y le dio un apretón para recordarle que
no dijera nada más. Él desvió la vista y apartó la mano.
—¡Miradme! —repitió el hombre.
Parecía dispuesto a saltar sobre el coche. Delaney no había oído hablar de
ese hombre, ni de su pancarta. Pero no era un concepto novedoso. La mujer
de ese hombre había sido asesinada, por un desconocido, por la policía, daba
igual. Una vez grabado el hecho, se colgaba, y una vez colgado, era eterno. A
ese hombre no se le concedería su deseo.
—¡Haced algo! —gritó—. ¡Sé que trabajáis ahí!
Delaney lo miró a los ojos. No estaba a más de tres metros y tenía una
mirada enloquecida. Ella formó con los labios las palabras: «Lo estoy
intentando».
—¿Cómo? —gritó el hombre—. ¿Qué has dicho?
Wes se volvió hacia Delaney, asombrado. ¿Realmente había dicho algo, o
hecho un gesto, a ese hombre de la pancarta? ¿No pondría eso en peligro todo
el plan?
Delaney alzó las manos en ademán de rendición, y finalmente el tráfico
empezó a fluir. Mientras tenía aún el corazón acelerado, tomaron por la salida
de la Isla del Tesoro e iniciaron el sinuoso descenso hacia El Todo.
Se habían organizado breves campañas, eficaces solo temporalmente,
contra la intensificación del odio, la desinformación, la difusión de sucesos
sangrientos y el sufrimiento de la gente, pero nada había tenido un efecto
duradero. La indignación era infrecuente y, por tanto, la acción era imposible.
Y la única vez que El Todo intentó abordar la cuestión se demostró que
compartían su culpabilidad unos cuantos miles de millones de colaboradores
obsecuentes. En un esfuerzo para apaciguar a la Unión Europea, el grupo de
expertos de El Todo inventó una nueva plataforma social, Blech, que se
concibió como lugar donde acoger todo aquello que era desagradable y
antisocial. La esperanza era que los troles y los sociópatas fueran allí, se
autoseleccionaran y se aislaran en un ponzoñoso inframundo de insultos mal
escritos y afán de cancelación. Entre un uno y un dos por ciento de los
usuarios, según la hipótesis de Bailey, estropeaban la red para todos los
demás. Pero cuando Blech salió a la luz, impulsada por una legión de los
peores infractores de la red, siguieron a estos primero millones, luego miles
de millones, de humanos aparentemente normales. Alcanzó mayor
popularidad que las demás plataformas de El Todo juntas. La gente quería la
bilis y la sangre y los fuegos de artificio, así que Blech se fundió
discretamente con las plataformas más convencionales de El Todo, y al final
fue subsumida. El cielo de El Todo podía contener también el infierno.
Delaney y Wes se acercaron a la verja cuando el sol iluminaba el campus
con brumosos haces. Ella consultó su reloj. Llegaban con media hora de
antelación.
—Te llevaré a desayunar —dijo.
El desayuno se servía en un atrio amplio y luminoso donde cuarenta largas
mesas de granito irradiaban de un magnífico bufet circular. Ese espacio era
más festivo y participativo que ninguna de las otras zonas destinadas a comer
que Delaney había visto, dominado en uno de sus extremos por una gran
pantalla de lados curvos y orientados hacia el frente, como un enorme
paréntesis. «¿Inspiración? ¿Consejo? —preguntaba la pantalla—. ¡Habla con
entera libertad a la Pared Viva de la Inspiración, la Gratitud y los Buenos
Sentimientos!». Imágenes silenciosas de totales sonrientes aparecían y se
desvanecían en la pantalla. Se vio una foto escenificada de Mae Holland
estrechando la mano a un agente de policía. Debajo se leía el texto: «Estamos
orgullosos de colaborar con los departamentos de policía local para mejorar la
seguridad de los barrios. A través de nuestro programa DeputEyes, nuestras
comunidades participan más que nunca en el fomento de la seguridad en todas
las manzanas mediante la observación mutua…».
—Veo que este comedor se llama Casamanduca —dijo Wes.
Se le había desencajado el rostro en una expresión de gran angustia.
—¡Aquí ponen nombres muy interesantes a las cosas! —comentó Delaney
con cautela y aparente despreocupación.
Circundaron el bufet, una explosión de colores húmedos. Tenían toda
clase de frutas, enteras o cortadas en formas deslumbrantes. Los cocineros
permanecían detrás de recipientes plateados de latkes y embutidos
vegetarianos y una especie de falso beicon hecho de algas. Al caer en la
cuenta de que no había platos, Wes se llenó las manos de cubos de piña y
esferas de gachas de avena sin gluten.
—Los ojos —masculló—. Me preocupa el efecto de todo esto en mis ojos.
No había parpadeado desde que llegaron. Suspiró y miró la mesa del
bufet, junto a la cual comían dos docenas de hombres y mujeres, de la mano a
la boca, vestidos con licra multicolor. Saludó con la cabeza a un grupo de
hombres de poco más de cuarenta años, los lisos contornos de sus nalgas
visibles, realzados y relucientes bajo el sol de la mañana.
—Querría que esto no estuviera ocurriendo —dijo—. No está bien.
Delaney le suplicó que guardara silencio. Él se echó una esfera gelatinosa
a la boca y apretó las mandíbulas. Cerró y abrió los ojos, lagrimeando solo un
poco, antes de tragar y sonreír. Delaney tuvo la sensación de que tal vez le
gustaran las esferas de bebida. Eran una bobada, y a él le gustaban
invariablemente las bobadas.
—Esto me gusta —declaró Wes.
—La pantalla —indicó Delaney—. Fíjate.
Wes se volvió a mirar. «Los secretos son mentiras», decía con un tipo de
letra muy florido. «Compartir es querer». Esos eran mensajes por defecto. «El
mundo quiere ser observado» se mostraba en texto caligráfico. Aparecieron
avisos de cursos inminentes. Un seminario titulado «Creatividad: ¿Puede
comprarse? ¿Y cuánto debería costar?». Impartido por un estadístico de visita
en el campus, tendría lugar en línea ese mismo día más tarde.
Se invitaba a los comensales a enviar a la pantalla nuevas frases —
anónimamente si así lo deseaban—, que después se mostrarían, en letras de
más de un metro. Las aportaciones consideradas válidas recibían sonrisas, y si
esas sonrisas se iban sumando, las frases permanecían en la pantalla y crecían.
La esperanza era que la pared se convirtiera en una especie de exposición
digital cinética, aunque el resultado, por lo que Delaney había visto, distaba
mucho de parecerse a la Mesa Redonda del Algonquín. «¡Celébrate a ti
mismo!», decía el primer mensaje nuevo. «¡Gracias!», decía el segundo.
—No me esperaba toda esa fruta —comentó Wes—. No la fruta en
general, sino la fruta tropical. Lo que no es de temporada en Estados Unidos.
Mira esa montaña de plátanos.
Delaney tuvo una idea. Abriendo mucho los ojos, intentó transmitir a Wes
que estaba a punto de iniciarse algo y que debía prestar atención.
—¿Qué? —preguntó, mirando alrededor—. ¿Qué pasa? ¿Pasa algo?
Delaney fijó los labios en una exagerada sonrisa. Wes captó la
insinuación. Ella suponía que sus palabras se grababan y se proyectaban en la
pantalla, en tiempo real, por medio de TruVoice.
—¿Cómo es posible —dijo Delaney— que estemos comiendo plátanos en
California cuando han sido recogidos por jornaleros mal pagados en
Guatemala, a cinco mil kilómetros de aquí?
Wes asintió. Por fin captó. O captó que debía intentar captar.
—Esa es ciertamente una pregunta válida —dijo—. ¿Vienen los plátanos
realmente de Guatemala? Pensaba que llegaban de más cerca. ¿No se cultivan
plátanos en Florida?
—Deberíamos enviar esas reflexiones a la pantalla —propuso Delaney, y
trató de recordar qué nombre imperdonable habían puesto a la pantalla—. A
la… —Miró alrededor y descubrió el nombre labrado en la pared—. A la
Pared Viva de la Inspiración, la Gratitud y los Buenos Sentimientos. —No
tenía más plan que ver hasta qué punto el sistema era maleable—.
Preguntemos a la comunidad qué opina del coste en carbono de esos plátanos
llegados de tan lejos. —Señaló el teléfono con tapa de Wes, que permanecía
inactivo y boca abajo en la mesa de piedra.
—Ojalá pudiera —contestó él—. ¡Porque es una preocupación muy
válida!
Señaló el teléfono de ella.
Delaney negó con la cabeza y señaló el de él.
—Culpa. La. Echarán. Me —dijo él.
Esa era una teoría suya, en general confirmada: la IA se embarullaba
cuando las palabras se pronunciaban con una secuencia distinta. Esas cuatro
palabras, un tanto sospechosas en su orden lógico, eran inofensivas en otra
secuencia, y no se registrarían.
—Mérito. El. Atribuirán. Te —respondió ella.
Wes se recostó, cruzó los brazos y permaneció así durante todo un
minuto.
—El empleo. Para. Ti. Conseguí. Yo —dijo Delaney.
Finalmente él cogió su teléfono y tecleó, utilizando texto predictivo T1 y
un complicado sistema de transmisión que él había inventado para hacer
llegar mensajes a receptores modernos desde su móvil antiguo.
«Me preocupa la presencia de plátanos aquí —escribió—. ¿Cuál es el
coste en carbono? Estamos a cinco mil kilómetros de Guatemala. ¿Debemos
comer plátanos hoy?». Dejó el dedo suspendido sobre el botón de enviar.
—¿En serio? —preguntó a Delaney.
Ella asintió y él lo envió.
Esperaron. Las frases aparecieron, pero solo por un momento y en el
ángulo de la pantalla. Enseguida las sustituyó el texto de alguien que
promocionaba su podcast, titulado Comienzos Ideales Conmigo Mismo.
«Trata de cómo amarnos más a nosotros mismos», explicaban.
—Plátanoskam —dijo Delaney.
Wes la miró desconcertado.
—Plátanoskam —repitió Delaney.
Wes volvió a negar con la cabeza. Unos años antes se había inventado en
Suecia la palabra flygskam, que significaba «vergüenza en vuelo» . Se
utilizaba para sumir en el oprobio social a aquellos que iban en avión a
lugares adonde podían ir en tren. (Su opuesto moralmente más deseable era
tagskryt, u «orgullo en tren»).
Wes tecleó la palabra «plátanoskam» y la mandó a la pantalla. Apareció y
enseguida desapareció. La sustituyó la palabra «¡Groenlandia!», que giró y
fue rociada de confeti digital. Tras resistirse durante largo tiempo,
Groenlandia había adoptado por fin Demoxie, el programa de voto de El
Todo, con lo que el número total de países que lo utilizaban ascendía ya a 122. Al fin y al cabo era gratuito, y solo requería que todos los ciudadanos
tuvieran cuenta en El Todo. En la mayoría de los países ahora el voto se
realizaba a través de Demoxie, con lo que las elecciones eran más seguras y la
información personal y las preferencias políticas de los votantes eran
totalmente privadas, a menos que el gobierno o un asociado estratégico de El
Todo quisiera esa información, en cuyo caso se vendía sin mayor problema.
La palabra «¡Groenlandia!» resplandeció una vez más, y todos los totales
presentes en el comedor asintieron, sonrieron y siguieron con lo suyo.
Delaney indicó a Wes que volviera a probarlo. Él así lo hizo.
«Plátanoskam» apareció en la pantalla, esta vez de mayor tamaño.
«Yo tenía ese álbum —escribió alguien en respuesta—. ¡Cruel Summer!».
Wes, en un súbito arrebato de afán competitivo, se apresuró a teclear en su
móvil. «¿Cómo puede estar bien comer plátanos ahora en el norte de
California? ¿A qué coste, humano y de carbono? #¡Plátanoskam!». Lo envió,
y esta vez, como era la tercera mención, la palabra «plátanoskam» apareció en
letras grandes y palpitantes. Delaney observó que unos cuantos comensales se
volvían y ladeaban la cabeza. Otros teclearon en sus teléfonos y tabletas, y la
palabra «plátanoskam » aumentó de tamaño y pasó a mostrarse en una fuente
de letra de intenso color rojo.
De pronto en la pantalla apareció un mensaje nuevo: «Los trabajadores de
las plantaciones de plátanos guatemaltecos cobran seis dólares al día. Cargan
los plátanos en buques portacontenedores, uno de los medios de transporte
que más contaminan los mares. Con vertidos de combustible por todo el
Pacífico. Luego llegan a Long Beach. Luego siguen por la interestatal 5 en
camiones que consumen grandes cantidades de gasolina. Todo para que
podamos tener plátanos donde y cuando no tenemos derecho a tenerlos.
#¡Plátanoskam!».
—¿Ese has sido tú? —preguntó Delaney.
Wes negó con la cabeza y mostró sus manos ociosas.
—Ahora rematémoslo —propuso Delaney—. Plátanoskam = vergüenza
del plátano.
—Broma —dijo Wes—. Obvio. Sabrán.
—¿Saber? —repuso Delaney—. Nunca. Aquí. Bromas. Nadie.
«PLÁTANOSKAM = VERGÜENZA DEL PLÁTANO», tecleó él, y pulsó enviar.
Treinta cabezas leyeron el comentario y asintieron.
Pronto toda la pantalla era antiplátano, y un empleado de la cocina con
iniciativa captó el mensaje. Retiró los alrededor de veinte plátanos restantes y
los ocultó.
En el transcurso del desayuno, «plátanoskam» engendró «piñaskam» y
«papayaskam» . Toda fruta no cultivada en California fue acusada y declarada
culpable. Los trabajadores de la cocina se afanaron en retirar cada nueva fruta
demonizada, y hacia el final del desayuno el consenso era que todo aquello
que se comiera en el campus tenía que cultivarse a menos de ciento cincuenta
kilómetros y transportarse sin la utilización de combustibles fósiles. Incluso
eso se consideró una posición provisional, que debía mejorarse: reducir el
perímetro y aspirar a una carga de carbono negativa. En la pantalla se debatió
sobre qué, aparte de los huertos de tomates y limones y limas del campus,
hasta entonces recreativos y decorativos, podía cultivarse allí mismo, o traerse
en velero. Se programaron estudios, se compró tierra de labranza cercana, y a
partir del día siguiente se colgó un cartel por encima del comedor: NO
TENEMOS PLÁTANOS, decía, y todo el mundo se enorgulleció mucho.