El Todo

Dave Eggers · Capítulo 18 de 45

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El Todo

XVIII. Cómo leer este text

XVIII

 

—¡Ahí estás! —entonó una voz a espaldas de Delaney.

Era Kiki, exultante a juzgar por la expresión de sus ojos. Una vez más,

pese a que siempre conocía el paradero de Delaney, la desbordó el placer de

encontrarla donde sabía que estaba. En ese momento se hallaban frente al

vestíbulo de Algo Más.

Ese día las joyas de Kiki eran de madera y tenían protuberancias, pero no

llegaban a extrañas. Vestía un maillot entero blanco y unas botas a la altura de

la rodilla que le daban un aire entre Barbarella y Condoleezza. Pero su rostro

parecía haber envejecido años en una semana. Delaney no podía decírselo. Ni

siquiera podía decir que la notaba cansada. Eso le valdría un aviso de

TruVoice, y una QueAnon, y probablemente un ComAnon, también.

—¿Estás bien? —se limitó a preguntar.

—¿Yo? ¡Sí! —contestó Kiki. A continuación, como si se hubiera dado

cuenta de que había reaccionado demasiado a la defensiva, rectificó,

empezando por una risita cordial—. Estoy perfectamente. Es solo que he

dormido poco. ¿Lista para tu próxima rotación?

—Sí —respondió Delaney, pero en la mirada de Kiki se advertía una

expresión distante. Esperó mientras Kiki parecía viajar a mundos

desconocidos y finalmente regresar.

—Hace poco me hicieron un reconocimiento —explicó Kiki—, y decía

que necesitaba al menos 7,6 horas. Pero no recuerdo cuándo he dormido

tanto. ¿Cuando iba al instituto, tal vez? ¿Tú cuánto duermes?

Delaney no tenía la menor idea.

—¿Unas siete horas?

La mirada de Kiki se trasladó a lugares remotos.

—Envía autos —ordenó a su asistente de IA—. A los cuarenta y uno. —

Volvió a centrarse en Delaney—. ¿Tú cuánto sueles tardar en devolver un

mensaje?

Wes había programado para Delaney un complejo sistema de

autorrespuesta a todos sus mensajes entrantes, pero ella no podía decirle eso a

Kiki.

—Depende —contestó.

—Yo estoy intentando hacerlo más rápido —dijo Kiki—. Debido a unos

cuantos intercambios superlentos, mi media era de veintidós minutos, por lo

que recibí un aviso, y con razón. O sea, eso no es educado ni profesional. Así

que pedí a OwnSelf que me ayudara a mejorar mi rendimiento. Pero como

esta mañana Nino estaba enfermo, he vuelto a retrasarme, y no me ha

quedado más remedio que autorresponder a mis mensajes pendientes, lo que

tampoco está bien. Procuro buscar un equilibrio, pero me está costando… Lo

siento —dijo—. ¿Qué era lo que íbamos a hacer?

—Mi próxima rotación —contestó Delaney—. ¿Dijiste que sería

CuentaCuentos?

—Ah, bien. Sígueme —dijo Kiki, y se encaminó con renovada energía a

través del campus en dirección a un edificio que, supuso Delaney, era una

especie de arboreto. Era una construcción de acero y cristal llena de plantas y

flores—. Debe de ser apasionante. —Consultó su óvalo—. Debe de ser

estimulante —se corrigió, y comprobó que el óvalo lo aprobaba— volver a

rotar. Aventurarte en un nuevo territorio. —Volvió a consultar el óvalo para

ver si la puntuaba. Nada. Lo intentó otra vez—: Aventurarte diligentemente

en un nuevo y circunspecto territorio. —El óvalo emitió dos alegres

campanilleos, y Kiki sonrió.

Daba igual, comprendió Delaney, en qué lugar aparecían las palabras

premiadas, o si se usaban correctamente. Recibías puntos en cualquier caso.

—Me siento afortunada —dijo Delaney—. Pero echaré de menos a

Winnie.

—Winnie… —repitió Kiki, y la asaltó un breve momento de pánico—.

Winnie. Winnie la de Pensamientos No Cosas. —Su óvalo reaccionó, facilitó

la respuesta, Kiki la leyó y sonrió—. Sí, Winnie Ochoa. Una persona

verdaderamente superficial. —Sonó otro campanilleo—. Tardíamente

superficial, ¿no te parece?

Otro campanilleo.

—Desde luego —contestó Delaney—. Como tú acabas de decir.

—CuentaCuentos, pues —dijo Kiki—. Esta fue la última iniciativa

importante de Bailey antes de dejar el día a día y, por supuesto, antes de

fallecer. —De pronto los ojos risueños de Kiki se empañaron. Necesitó un momento para serenarse—. En realidad, es un monumento a sus prioridades.

Sin duda era un hombre renacentista. Entraremos por aquí.

Kiki abrió con su huella dactilar una maciza puerta de acero y accedieron

a una especie de biblioteca, en el supuesto de que esa biblioteca hubiera sido

diseñada por robots y para dinosaurios. Por todas partes enormes suculentas y

helechos jurásicos colgaban imprudentemente cerca de gigantescas pantallas

y rozaban un despliegue de máquinas de escribir antiguas, cada una sobre una

plataforma y bajo una pesada tapa abovedada de cristal.

—Te presentaré a tu jefe de equipo, Alessandro, aquí.

Se hallaban de pie bajo lo que parecía una planta carnívora de cinco

metros. Delaney se apartó de lo que, supuso, era la boca.

Kiki consultó su reloj.

—Hemos llegado antes de tiempo, así que te pondré en antecedentes sobre

este espacio. Cuando salió la película… ¿viste la película?

—Sí —dijo Delaney.

—El actor que hacía el papel de Bailey… maldita sea, ¿cómo se llamaba?

El caso es que en la vida real el actor colecciona máquinas de escribir, ¿y por

eso hay máquinas de escribir por todas partes? ¿Escribió además un libro de

ficción? Y eso llevó a Bailey a pensar que también él podía escribir un libro

de ficción. Así que Bailey, como era muy metódico, empezó a estudiar

narraciones inventadas. Leyó todas las guías que existen. ¿Y creo que incluso

leyó algunas novelas de ficción? Le costaba pasar tanto tiempo concentrado y

terminar esos libros, porque muchos eran muy largos. Tú eso debes de saberlo

por la universidad, supongo. ¿Todavía se lee mucho en artlib?

—Bastante —respondió Delaney, y arrugó la nariz en un gesto de

desaprobación.

Kiki sonrió.

—Inmediatamente, pues, Bailey empezó a analizar qué leían otros, y a

preguntarse si todo el mundo tenía el mismo problema que él para terminar

esos libros. Obviamente los libros en papel no proporcionan datos útiles y

deberían suprimirse…

—¡Y aunque solo fuera por razones ecológicas! —añadió Delaney.

—Sí, eso mismo.

—Y a veces pesan mucho —dijo Delaney, haciendo como si alguien le

hubiera entregado un yunque.

—En cambio, los datos que nos proporcionan los libros electrónicos son

claros —continuó Kiki—, y lo que averiguamos fue que si bien, en general, se

compraban millones de libros de ficción cada año, el porcentaje de libros que se leía hasta el final era mucho menor. Para Bailey eso representó un alivio, y

para personas como yo, porque me resulta casi imposible ver una película

entera, y no digamos ya quedarme quieta todo el tiempo que sea que hace

falta para leer una novela. Pero ¿tú has leído un montón? O sea, ¿hasta el

final?

—Unas cuantas, sí.

—¡Enhorabuena! —exclamó Kiki, y oyó un alegre aviso de su óvalo.

Alzó la vista, y su rostro se relajó en una sonrisa de cansancio—. Aquí

tenemos a Alessandro. Alo, a partir de aquí te ocupas tú. Te presento a

Delaney. —Se volvió hacia Delaney y los ojos volvieron a arrasársele en

lágrimas—. Lo siento. Con todas las emociones de esta semana… Pero me

alegro mucho de haberte conocido. Seguro que nos vemos el viernes en la

celebración por Bailey. Hasta entonces te deseo una estancia sagaz e

inmoderada aquí.

Tras otros dos campanilleos, Kiki se marchó, y Alessandro la despidió con

la mano cuando salió del edificio. Se volvió hacia Delaney con todo el

poderío de sus ojos, extraordinariamente grandes, sin el menor parpadeo,

realzados mediante lo que parecía una línea de ojos congénita. El largo

cabello negro surgía de su cuero cabelludo en gruesos mechones semejantes a

parras.

—No me llames Alo, por favor —dijo a Delaney, apartándose unas parras

de la cara—. He presentado más QueAnons de las que puedo contar, pero la

gente sigue llamándome así. En cualquier caso, ¿tú estudiaste en Reed? Yo

estudié en Kenyon. —Cerró los descomunales ojos en actitud solemne.

A Delaney le preocupó haber pasado por alto la existencia de algún

vínculo entre los dos centros universitarios similar a un hermanamiento entre

ciudades.

—Así que, como en tu caso, cuando yo estudiaba en la universidad, me

era imposible imaginarme aquí —dijo—. En principio, iba a ser profesor de

composición literaria. Esto —abarcó con un gesto la magnífica sala y a toda

la gente que allí había— representaba en esencia lo que yo más despreciaba.

Pero obviamente ahora voy a intentar convencerte de aquello de lo que yo

mismo me convencí. Acompáñame.

Delaney siguió a Alessandro hasta lo que, supuso, era su espacio de

trabajo: un taburete ergonómico rodeado por doce pantallas de distintos

tamaños. Parecía una batería de rock progresivo. Se apartó otra vez las parras-

cabello de la cara y se sentó, como si se preparara para tocar un solo. Las

pantallas cobraron vida, se llenaron de páginas de libros escaneadas, aunque docenas de símbolos y números se superponían al texto en una especie de

guerra civil entre palabras y datos.

—El primer objetivo de Bailey era averiguar por qué no podía terminar

ciertas novelas, y por qué, cabía deducir, otros dejaban a medias ciertos libros

—explicó Alessandro, y acercó un segundo taburete para Delaney. Ella lo

ocupó—. La gente coge un libro y lo deja a la mitad. ¿Por qué? Con los libros

electrónicos podemos estudiar todo eso en conjunto. Podemos coger, por

ejemplo, a dos mil lectores de Jane Eyre y ver quiénes la han acabado. De

hecho, eso es lo que hicimos. Resulta que la acabaron 188 personas. Ese no es

un buen dato, ¿verdad? Por lo visto, a la gente que la leyó entera le gustó.

Tiene… —Pulsó unas cuantas veces una de sus pantallas y obtuvo la

respuesta—. Tiene un 83 por ciento de aprobación, lo cual es una cifra alta

para un autor muerto. Así que investigamos más a fondo y vimos que, de las

dos mil personas aproximadamente que empezaron Jane Eyre, casi todas

desistieron alrededor de la página 177. Por tanto, a continuación, examinamos

qué ocurre en la página 177 y vimos que, al parecer, a la gente no le gusta ese

personaje que se llama Grace Poole. Consideraban que daba miedo y era

deprimente. Preferirían una mayor presencia del idilio con el señor Rochester.

Ahora, si el autor viviera, podríamos decirle…

—La autora —corrigió Delaney.

—¿Autora? —preguntó Alessandro, pensativo, y palideció.

Oh, no, pensó Delaney. Se lo veía venir.

Alessandro se puso en pie. No sabía qué hacer. Permitió que las parras de

cabello le ocultaran el rostro por completo, dispuesto en apariencia a rociarse

de gasolina y prender una cerilla.

—No te preocupes —lo tranquilizó Delaney—. Debías de estar pensando

en el señor Rochester.

—¿Ah, sí? —dijo Alessandro desde detrás de su muro de pelo.

—Seguro que sí. O sea, si el señor Rochester viviera, podríamos decirle

que sus partes del libro eran interesantes.

Alessandro se remetió una parra-cabello detrás de la oreja, dejando a la

vista un ojo izquierdo aterrorizado.

—Vale. Correcto. —Empezó a verle posibilidades a la idea, convencido

de que era su única escapatoria de la perdición—. A eso me refería

exactamente. —Consultó su óvalo, para ver si TruVoice había detectado

alguna infracción, y al parecer no encontró ninguna. (TruVoice no leía

novelas). Finalmente, Alessandro se relajó y volvió a sentarse—. ¿Por dónde

íbamos? —preguntó. Como un hombre recién resucitado, se sentía confuso.

—Decías que podíais arreglar Jane Eyre.

—Pues sí, pero como la autora ha muerto —puso tal énfasis en la palabra

que borró siglos de machismo e ignorancia—, no puede aprender ella misma a

partir de los datos.

—Lo siento por ella —dijo Delaney, y vio sonreír a Alessandro. Por fin

volvía a ser él mismo, y se centró de nuevo en su tema con entusiasmo.

—Pero un autor vivo, o un editor, puede aprovechar los números y actuar

en consecuencia —explicó—. Y esta clase de datos ya ha tenido un valor

inestimable para editores y algunos de sus autores. Y solo esos puntos de

datos, ventas en relación con comienzos de libros en relación con lecturas

acabadas… es impresionante. Las lecturas acabadas, naturalmente, inciden de

manera favorable en las ventas del siguiente libro del autor. Así que para los

editores averiguar dónde y por qué la gente abandona es de vital importancia.

A veces salta a la vista. Por ejemplo, con los personajes antipáticos. Nosotros

podemos ayudar a resolver eso. De hecho, Algo Más elaboró un código

bastante sencillo para convertir un personaje antipático en, digamos, tu

persona preferida.

—Uau —dijo Delaney.

—Lo más importante es que el personaje principal se comporte como tú

quieres, y haga lo que tú quieres.

—Simple sentido común.

—¿Verdad? Te lleva a preocuparte por muchos escritores… el hecho de

que no lo sepan. Pero estamos haciendo avances con facultades y másteres en

bellas artes, y así ahora disponen de la información. Se la ofrecemos

gratuitamente, a modo de servicio público.

Delaney emitió un silbido de gratitud y admiración.

—Pero hay otros problemas que son estructurales —prosiguió Alessandro

—. Por ejemplo, a la gente no le gustan las novelas epistolares. Descubrimos

que los lectores se saltaban la mayoría de las cartas, sobre todo si se

diferenciaban del resto del texto mediante sangrados o cuerpos de letra más

pequeños. Pero observamos que estaban dispuestos a leerlas si las cartas

tenían menos de 450 palabras cada una, se espaciaban cada cien páginas más

o menos, y se ajustaban a la caja del texto: mismo cuerpo, misma fuente,

mismo sangrado, y desde luego nunca en cursiva.

—Tiene sentido —dijo Delaney.

—¡Descubrimos tantas cosas! —exclamó Alessandro—. El número total

de páginas está bastante claro. Ningún libro debería exceder las quinientas, y si supera las quinientas, vimos que el límite máximo absoluto a la tolerancia

de cualquiera es de 577.

—Incluso eso parece indisciplinado.

—Cierto. Otro elemento clave era el número de ideas o temas, el número

que un lector sería capaz de tolerar en cualquier libro. Yo pensaba que serían

nueve o diez, pero ¿adivinas cuántos son?

—¿Tres? —adivinó Delaney.

—¡Exactamente! —confirmó Alessandro—. A la que hay más de tres, la

gente empieza a abandonar. Los libros que lanzaban ideas a diestra y siniestra

nunca eran los preferidos. Especialmente si esas ideas quedaban desfasadas.

Si lees un libro de Julio Verne, ves que dedica veinte páginas a describir

tecnología ya obsoleta. Eso da lugar a un gran número de abandonos, y

muchas páginas de lectura superficial. A menudo los que leen por encima en

rigor terminan los libros, pero sabemos, por el escaso tiempo que dedican a

cada página, que en realidad no están leyendo cada página. Eso lo observamos

con frecuencia en las novelas románticas, obviamente, donde los lectores leen

por encima las páginas hasta que encuentran…

Alessandro paró en seco. Era evidente que sabía que no podía decir

«sexo» o «fragmentos sexuales» o ni siquiera «partes picantes».

—… las frases vívidamente románticas —dijo por fin, y al instante se le

demudó la expresión—. Mmm —añadió con la esperanza de seguir adelante a

la vez que volvía a preguntarse si acababa de perder el empleo.

Delaney se encogió de hombros y sonrió. Ante la actitud despreocupada

de ella, el alivio recorrió el cuerpo de Alessandro como una ráfaga de viento

caliente.

—El caso es que esa investigación llevó al escándalo de Fontainebleu —

prosiguió—. No podemos echar la culpa a Bailey, porque él no estaba

enterado, y no lo habría aprobado. Fue solo un experimento, una colaboración

con un editor.

—¿Es aquello que pasó con la novelista de IA?

—Donna Fontainebleu, sí.

—¿Cuando las máquinas escribían libros enteros?

—No, eso se tergiversó —señaló Alessandro—. El objetivo era que la IA

escribiera las partes que en cualquier caso nadie leía, el material intersticial

que te mencionaba. Las escenas preferidas, digamos, y las partes culminantes

y las partes en las que había texto de tipo poético, esas seguían escribiéndolas

humanos. Esos fragmentos se benefician de la intervención humana.

—Claro —dijo Delaney—. La división del trabajo.

—Exacto. Si valoramos a los humanos, debemos apartarlos de las tareas

prosaicas. Cuando analizamos los datos de lectura del género romántico,

observamos que menos del cuatro por ciento de los compradores leían todo el

texto. Así pues, solo a modo de experimento, colaboramos con unos cuantos

editores en el uso de una IA que se ocupara ya de entrada del material que

nadie leía. En todo caso, vienen tratándose así ya muchas formas de

comunicación. En general, los discursos políticos se reconvierten utilizando

programas de remiendo basados en IA.

—Eso había oído —dijo Delaney.

—Escúchame igualmente. Yo no me imagino a la IA escribiendo todos

los libros. Ni yo ni ninguno de nosotros. Bailey no pensaba que los humanos

pudieran ser sustituidos ni nada por el estilo, eso sería una tontería. Pero hay

una función, pensaba él… pensamos nosotros… que corresponde a los

algoritmos. Bailey estudió algunos textos narrativos, guías para la elaboración

de guiones, El héroe de las mil caras de Campbell, y empezó a leer sobre las

pautas, las fórmulas, y en cuanto vio esa palabra, «fórmula», todo encajó. Una

fórmula es en esencia un algoritmo.

—Exacto —convino Delaney.

—Empecemos por la elaboración de guiones, que se ha regido por

fórmulas desde el principio. En ese terreno realizamos un análisis bastante a

fondo, y constatamos que todos los guiones de éxito que se han escrito alguna

vez se ciñen rígidamente a unas pocas fórmulas, y los guionistas que hemos

incorporado nos aseguran que, entre los del oficio, hay consenso en que la

fórmula, lejos de ser una limitación, es la clave de su libertad. Conocer las

reglas les permite ser creativos entre esos muros de contención. Por ejemplo,

el 82 por ciento de los mejores guiones tienen el Momento Catalizador en la

página once. Puedes decir que la narrativa es un arte místico e inescrutable,

pero estos datos son ciencia dura, y negarlos sería una estupidez. Los datos

son sencillamente…

—Reconfortantes —completó Delaney.

Alessandro esbozó una sonrisa cordial.

—Sí, ¿verdad? Las fórmulas son en esencia reconfortantes. No solo para

los creadores, si no también para el espectador. Sobre todo para el espectador.

Cuando los espectadores reciben lo que esperan recibir, cuando esperan

recibirlo, se sienten recorfortados.

—¡Esa es ciertamente la esencia del arte! —exclamó Delaney.

—¿Ves? Tú lo entiendes. Es solo otro conjunto de directrices, dentro de

las cuales el escritor goza de total libertad. Por ejemplo, el abecedario tiene veintisiete letras. Esa es una limitación de la que aparentemente nadie se

queja. Disponemos solo de un número determinado de palabras: otra

limitación. Las frases solo pueden tener una extensión determinada: otra

limitación necesaria.

—Las limitaciones son la clave de la liberación —dijo Delaney.

—Exacto, exacto —convino Alessandro.

Delaney advirtió que él deseaba halagarla —decir aunque solo fuera algo

tan simple como «Estamos en sintonía»—, pero no sabía cómo decir una cosa

así a una mujer, y menos a una mujer en el lugar de trabajo, y menos a una

mujer en el lugar de trabajo a quien acababa de conocer y ante quien había

confundido el género de la autora de Jane Eyre. Así que sonrió, durante tres o

cuatro segundos largos, con la boca abierta. Tenía unos dientes magníficos,

pero Delaney tampoco podía elogiárselos.

—Los datos no indican a un guionista qué decir —explicó por fin—, pero

sugieren el núcleo de lo que debe decir, y proporcionan pruebas empíricas de

cuándo debe decirlo.

—Perdona que lo diga —repuso Delaney—, pero todo eso me resulta de

lo más lógico. E innegable. Fuera de eso hay, por así decirlo, anarquía.

—¡A ambos lados! —exclamó él—. Por el lado de la creatividad y por el

lado de la crítica. El lado de la crítica se domesticó hace tiempo. ¿Recuerdas

cuando la evaluación de la calidad de una película se hacía sin orden ni

concierto? Antes del cálculo basado en el conjunto de las críticas, la

evaluación era totalmente aleatoria. Para determinada película, un crítico tenía

una opinión en Los Ángeles, y otro tenía otra opinión en Oslo, y no existía la

menor posibilidad de armonía y consenso. Pero cuando aplicamos porcentajes

a cada reseña, pudimos calcular el promedio, y eso resultó mucho más claro.

Un humano corriente en una sociedad en rápido movimiento no tiene tiempo

de leer veinticinco, o ni siquiera tres, reseñas de una película antes de ir a

verla. Pero si ve que ha recibido una puntuación global del 74,61 por ciento…

eso es claridad.

—Y la claridad es objetividad —concluyó Delaney.

Alessandro la miró y sonrió.

—Este es tu sitio.

—Yo también lo creo —dijo ella.

El óvalo de Alessandro sonó.

—Bien, hora de moverse —anunció, y se levantó—. Soy un estirador. ¿Y

tú? —Empezó a caminar sobre el terreno a la vez que estiraba los brazos hacia arriba, primero el izquierdo, luego el derecho, como si intentara atrapar

en el aire burbujas que quedaban fuera de su alcance.

—Siempre he querido serlo —respondió Delaney, y se estiró con él.

Al cabo de cuatro minutos, el óvalo de Alessandro volvió a sonar y se

sentaron. Alessandro estaba radiante.

—Como sabes —prosiguió, aún sin aliento—, los cálculos globales dieron

tan buen resultado que enseguida pasaron del cine a la pintura, la danza, la

escultura, la poesía. ¡O sea, tendrías que haber visto lo bajas que eran las

puntuaciones de los sonetos! Por eso ya apenas se enseñan.

—¿Los sonetos? ¿Qué es un soneto? —Delaney se rio.

Los ojos de Alessandro rebosaron júbilo e inspiración.

—Luego aplicamos la especificidad numérica a los denominados museos

de bellas artes. En todos los casos nos encontramos con cierta resistencia

inicial, pero la comodidad innegable de los números, de conocer simplemente

la calidad de una obra de arte por su porcentaje, pronto fue bien acogida por

una abrumadora mayoría de las personas. El 88 por ciento, para ser exactos.

—Esa es la única razón por la que finalmente sabemos quién fue el mejor

pintor —dijo Delaney. El Todo había publicado sus resultados hacía unos

años, a partir de las respuestas de 32,1 millones de encuestados. El mayor

artista de la historia, demostró la encuesta, era Norman Rockwell, seguido por

Dale Chihuly, Frida Kahlo, Pablo Picasso y Patrick Nagel.

Compartieron una sonrisa.

—Me hizo gracia cuando el Louvre empezó a mostrar esos datos globales

—dijo Delaney.

—Ahí tienes —convino Alessandro—. O sea, el Louvre acudió a

nosotros. Muchos sitios falseaban los cálculos globales, y el Louvre quería

algo bien hecho.

—Resultó fascinante que La Última Cena obtuviera solo un 66 por ciento

—dijo Delaney.

—¡Había estado sobrevalorada durante siglos! Ves, esas cosas son

reveladoras. Calculamos los promedios de docenas de miles de calificaciones

en lugar de aceptar los conocimientos recibidos de unos cuantos académicos.

Los cálculos globales son más democráticos e igualitarios. Antes de esos

cálculos, todo era jerárquico y subjetivo.

—La subjetividad no es más que objetividad en espera de datos —afirmó

Delaney.

—¡Exacto! —exclamó Alessandro, y ella lo vio guardar silencio,

planteándose de nuevo si sería aceptable algún tipo de cumplido. Decidió no arriesgarse—. O sea, creo que los creativos empiezan a reconocer que

tenemos una función valiosa que desempeñar. Es necesario derribar el alto

muro construido entre el arte y los datos.

Delaney tuvo una idea, verdaderamente mala, y presintió que a

Alessandro le encantaría.

—Me pregunto qué pasaría con la belleza.

—Bien —dijo Alessandro, reflejándose la incertidumbre en su voz.

—Sencillamente pienso que no hay una medida adecuada para la belleza y

la calidad artística —continuó Delaney—. Y es algo necesario. Como

Rembrandt. Sé que en principio he de creer que su obra es extraordinaria e

importante, pero yo no lo veo así. Y no quiero depender de las opiniones de

otros.

El rostro de Alessandro siguió iluminándose, y diez años antes habría

cogido a Delaney de la mano y habría dicho: «¡Sí, sí! ¡Somos muy parecidos

y me gusta hablar contigo!». Pero allí, ahora, no podía decirse algo así, él no

podía decírselo a ella. Por tanto calló.

—Se me ha ocurrido una idea rara —prosiguió Delaney—. Obviamente

yo no podría ponerla en práctica, porque no soy ingeniera ni nada parecido.

Pero me pregunto: ¿no podría haber un sistema métrico de la belleza? En vista

de que ahora la IA juzga la gimnasia y el salto de trampolín, los concursos de

fotografía, todo eso.

—Los Globos de Oro —intercaló él.

—Eso, de pronto se impuso una gran claridad. Sin quejas. Sin preguntas.

Y durante décadas hemos tenido evaluaciones de la belleza humana… de qué

se considera bello en cada cultura. La simetría facial, el tamaño de los ojos,

las manos, la proporción cintura-cadera. Eso es así desde hace mucho tiempo.

—Exacto, exacto.

—¿Sería muy difícil, pues, aplicar eso a la pintura, la música, la poesía o

cualquier forma de arte? Consiste solo en crear una serie de ideales, una gama

de parámetros que superponer. Podrías coger La Última Cena y decir que

tiene una puntuación determinada en cuanto a simetría, una puntuación en

cuanto a armonía monocromática…

—Originalidad. Factor diferencial —propuso Alessandro.

Delaney supo en ese momento que él adoptaría la idea. Se la apropiaría.

Ella se la cedería y la vería florecer.

—La belleza tiene un factor diferencial —dijo—, y eso sin duda puede

medirse.

Supo entonces que convenía cambiar de tema y volver a algo menos

novedoso. Quizá Alessandro se sintiera amenazado si ella seguía

promoviendo una idea que él desearía haber concebido. Como sabía, era

mejor plantar la semilla. Y lo ideal sería que él olvidara quién la había

sembrado.

—Perdona —dijo Delaney—. Estabas hablando de películas.

Alessandro guardó silencio por un momento. Sonrió. Archivó esa idea

sobre la belleza, ahora suya.

—Exacto —dijo—, antes de fundar nuestro propio estudio de cine, y antes

de comprar tres de los últimos cinco estudios más importantes, empezamos a

trabajar en colaboración con ellos. Primero introdujimos la IA para analizar

qué daba resultado y qué no con sus películas. Tomamos cien películas que

habían sido éxitos de crítica, aquellas con puntuaciones superiores al 86 por

ciento según el cómputo global, y las comparamos con cien películas que

habían obtenido puntuaciones inferiores al 66 por ciento. Los resultados

fueron esclarecedores. En las películas de menos éxito había docenas de

errores comunes, y descubrimos que determinados actores, directores y

productores tenían tradicionalmente cifras totales bajas, lo que significaba

que, en un entorno puramente darwiniano, quedarían excluidas de la especie.

—Personalmente, con películas que tienen puntuaciones por debajo de 52

ni me molesto —dijo Delaney.

—¿El 52 es tu límite? Para mí es el 77. La vida es demasiado corta, ¿no

crees? ¿Por qué molestarse con todo aquello inferior a 76 o 77? —Se retrepó

en el taburete—. Hace poco tuve una experiencia curiosa, de hecho. Mi mujer

me convenció de que viera una película que estaba en 64. Normalmente no

me prestaría a eso ni por asomo, pero esta era nueva, así que el tamaño de la

muestra de críticas era aún reducido. Y ya me había llegado una notificación

sobre la película, porque incluía otros ocho factores que yo había identificado

entre mis preferencias: vestuario, bodas, acento británico, caballos. No los

recuerdo todos, pero en cualquier caso esa película tenía varios de mis

indicadores. Así que la vi, pero el cómputo global no mentía. Era sin duda un

64, y yo me quedé como diciendo: «¿Cuándo recuperaré esos 94 minutos?».

—Una pesadilla —dijo Delaney.

—¡Una pesadilla! —coincidió Alessandro.

—A mí me pasó algo parecido, pero en sentido contrario —dijo Delaney,

inventándoselo sobre la marcha—. Hace unos meses vi una película sin

consultar antes los datos y…

—Uf.

—Exacto. Así que veo la película, y al final salí del cine pensando que me

había gustado de verdad.

—Vale… —dijo Alessandro, casi preocupado.

—Luego voy a mi teléfono para consultar la puntuación global, ¡y era de

44!

Alessandro lanzó un silbido lastimero.

—En ese caso tuve que adaptar mi planteamiento —declaró Delaney—.

Es decir, ¿cómo es posible que me gustara esa película con una puntuación de

44? Está claro que había pasado por alto algunos de sus defectos e inflado los

detalles que me gustaron. Al día siguiente, había reflexionado lo suficiente y

sabía dónde me había equivocado. Era sin duda un 44. Esa fue la última vez

que experimenté cualquier forma de arte antes de conocer los números.

Alessandro miró a Delaney con expresión inquisitiva. Ella temió por un

momento haberse extralimitado. No era una actriz, tuvo que recordarse. Tenía

que moderarse.

—¿Has estado en nuestros estudios? —preguntó él.

—No —dijo Delaney—. Tengo ganas de ir a visitarlos.

—Ah, no hace falta que vayas a visitarlos —contestó él—. Una cinéfila

como tú tiene que conocer ese mundo entre bastidores. No me extrañaría que,

en alguna rotación, acabaras allí durante unas semanas. Conoces el medio.

Informaré al respecto.

—Muy amable por tu parte —dijo Delaney.

—El caso es que cuando los Estudios Círculo se crearon… ahora se los

conoce como TodoContenido o TCon… la cantidad de datos desaprovechados

era infinita. Los estudios corrientes apenas los usaban. Contratamos a una

especie de directora artística, y empezó a dar luz verde a proyectos a su

antojo, sin consultar los datos reales acerca de lo que la gente real quería

realmente. Los datos de streaming mostraban que el 71 por ciento de lo que la

gente veía eran comedias románticas, pero solo el 22 por ciento de los

proyectos aprobados eran comedias románticas. Lo que parecía no solo

desacertado sino también, en cierto modo, pura obstinación.

—Casi antojadizo —dictaminó Delaney.

—Antojadizo, exacto —dijo él, y Delaney supo que había encontrado otra

palabra que rara vez proponía la función de autocompletar—. Así que no duró

mucho. En cambio, sus sucesores han atendido mejor las necesidades del

público. Empezaron a adecuar el contenido a lo que la gente quería. Y

después, cuando profundizamos un poco, estudiamos más detenidamente no

solo qué quería la gente sino cuándo. Eso nos llevó otra vez a Bailey. Él quería saber por qué la gente dejaba la lectura de ciertos libros en ciertos

momentos. Empezamos a analizar ese aspecto con atención para los libros, las

películas, las series de televisión, todo. Disponíamos de los datos. Así que

hemos estado trabajando con casi todas las compañías cinematográficas

restantes, y por supuesto con las principales editoriales, sobre la manera de

conseguir narraciones más eficientes, más acordes con las necesidades del

público, y con más éxito. Si uno se rinde a los números, las recompensas son

considerables.

—En fin —dijo Delaney—. Eso me parece maravilloso.