Inmisericorde
Capítulo 9
La risa de su hijo le hizo enarcar una ceja.
Violet reía porque Miguel se había llevado a la boca un trozo demasiado grande de mantecado y se le hizo muy difícil tragarlo porque se había convertido en una masa imposible de masticar, aunque el pequeño no se rindió. Tomó un gran sorbo de leche para ayudar a bajarlo y volvió a atacar el dulce con verdadera pasión. Adoraba los mantecados de Adela, el zumo de naranja y el chocolate caliente que le preparaban a diario.
—Mastica despacio o te atragantarás —le aconsejó Violet al pequeño.
Diego tomó un trago de su café sin dejar de mirar la escena que tenía delante de sus ojos. Su mujer le limpiaba la boca a Miguel con la servilleta de hilo mientras mojaba en el chocolate la mitad de un buñuelo de calabaza. Una gota del espeso líquido cayó sobre su barbilla, aunque ella no se percató, y él se encontró de repente con unos deseos enormes de pasar su lengua por la barbilla femenina y lamer la gota de chocolate. ¿Qué demonios le ocurría? Violet estaba desconocida, pero ignoraba qué había cambiado en ella. No le preocupaba llevar el pelo suelto, ni estar vestida únicamente con su camisa y una bata en el comedor familiar. No conocía a ninguna mujer a quien su aspecto físico le importase tan poco. Admitió para sí mismo que era una mujer hermosa, y eso que no llevaba más adorno que el agua limpia sobre su cara.
—¡Mami! ¿Caallito? —le preguntó el pequeño Miguel a su madre cuando se terminó el vaso de leche.
—¿Deseas montar a caballo? ¿Ahora? —le preguntó alzando las cejas.
El niño le hizo un gesto afirmativo con su pequeña cabecita.
—Quere caallito —volvió a repetir.
—¿Le preguntamos a papi si desea acompañarte? —Los ojos de Miguel se dirigieron hacia su padre, que lo miraba con una sonrisa en los labios aunque no la alcanzaba a ella.
—¿Quere papi? ¿Quere? —Miguel seguía mirando a su padre con ojos como platos.
—Papá tiene que hablar con mamá un momento, no obstante te llevaré a cabalgar dentro de un rato, cuando termine, ¿podrás esperar hasta entonces? —Miguel lo pensó un momento y después asintió con gesto solemne—. Eres un niño extraordinario. Ahora ve con Ana hasta que papi vaya a buscarte.
El pequeño se bajó de la silla y corrió hacia los brazos de Ana que lo esperaba justo en la puerta de acceso al comedor.
—Su baño está listo, señora —le informó, Violet la miró un momento—. Llevaré al pequeño Miguel a la biblioteca hasta que hayan terminado.
Diego y Violet miraron la partida de la criada con el niño, si bien ninguno de los dos rompió el silencio que se había instalado entre ambos. Ella lo miró con ojos llenos de anhelo. Diego estaba en Bidasoa, y se sentía muy feliz por ello, aunque veía en la profundidad de sus pupilas un deje de enfado que la preocupó.
—¿Todo bien en el cortijo? —se aventuró a preguntarle—. Miguel te ha extrañado mucho.
«Y yo muchísimo más», se dijo en silencio.
—El nacimiento de los potrillos se complicó, aunque finalmente todo ha resultado bien.
Violet bebió un sorbo de café e hizo un gesto de desagrado porque había olvidado añadirle azúcar. El café después del chocolate, no era un buen acompañamiento. Además, estaba tan pendiente de Diego que se olvidaba de todo.
—Me alegro de veras —le respondió al mismo tiempo que sacudía la cucharilla y la dejaba en el plato.
Diego seguía mirándola con intensidad. Violet pensó que era la primera vez que la escudriñaba con tanta atención, aunque ignoraba el motivo.
—¿Es cierto, Violet? —le preguntó de pronto.
Violet dejó la taza de café sobre la mesa y clavó el iris de sus ojos en los de su marido.
—Sí —le respondió de forma llana—. Te amo con toda mi alma, pero eso ya lo sabes.
Un músculo se tensó en la mandíbula de Diego. Esa no era la respuesta que esperaba oír, aunque por primera vez no le resultó deleznable. ¿Se estaría acostumbrando a escucharla? Ella lo miraba con atención. Y de forma sorpresiva, el corazón masculino comenzó una danza dentro de su pecho que lo alarmó.
Debía retomar el control.
—¿Es cierto que tu hermano ha comprado grandes terrenos de olivos? —la pregunta formulada por Diego quemaba.
Luis le había advertido sobre su posible enfado, aunque ella había hecho oídos sordos a sus consejos.
—Sí —le dijo de forma escueta.
Diego inspiró profundamente y se quedó callado durante unos momentos.
—¿Por qué?
—¿Por qué motivo se compran tierras?
—No me respondas con otra pregunta.
—Mi hermano desea invertir y además quiere ayudar a tu primo Luis. Le conté que necesitaba olivas para su almazara.
Diego se llevó la taza a los labios y bebió un largo trago de café. Después se limpió la boca con la servilleta.
Violet seguía todos sus gestos con sumo interés.
—¿Por qué no se me informó?
—No estabas aquí y había cierta urgencia.
—No soy estúpido —le recriminó con dureza.
Violet se sintió avergonzada. Estaba llevando el asunto mal, y por ese motivo decidió sincerarse.
—Discúlpame, Diego, nunca he pretendido insinuar algo así, pero mi hermano tiene las tierras y Luis tendrá las olivas. Me parece un trato justo.
—¿Tu hermano ha pagado las tierras con sus reales?
Violet lo miró realmente preocupada.
—Mi hermano ha utilizado el dinero que me regaló mi tío por nuestra boda.
Las cejas de Diego se alzaron sin que sus ojos mostraran sorpresa. Actuaba como si hubiese esperado esas palabras.
—Si el dinero es tuyo, las propiedades deben de estar a tu nombre, o en caso contrario, a nombre de nuestro hijo. Debe cambiar la titularidad de forma inmediata. —Violet no lo comprendía.
—Me devolverá el dinero, Diego, puedes confiar en él.
Los ojos de Diego se entrecerraron con escepticismo, como si ella hubiese dicho una sandez.
—Las tierras debe ponerlas a tu nombre y al de nuestro hijo Miguel. Si no lo hace, me veré obligado a tomar las medidas necesarias. —Violet ignoraba que Diego quería a su hermano lejos de Córdoba, y algo así sería imposible si llegaba a poseer tierras. Además, había comprado unas que él pretendía y que colindaban con el cortijo Vílchez, por ese motivo había descubierto el negocio de la compra que ella había tratado de ocultar—. No volverás a actuar a mis espaldas o te embarcaré en el primer navío con rumbo al norte.
Violet respiró profundamente. Las palabras de Diego la habían molestado mucho. Ella no era un fardo al que se pudiera mover de sitio a otro como si fuera una piedra en el camino.
—La culpa no es de mi hermano, sino mía. Quería ayudar a Isabel y a Luis, pretendía evitar precisamente esto —reconoció con humildad—, y por ese motivo actué sin tu aprobación, aunque sé que era mi deber consultarlo.
Diego se levantó de la silla sin decir nada más. Violet supo que se retiraba otra vez para mantenerse lejos de ella y de todo lo que le importaba, por ese motivo obedeció el impulso de levantarse e ir hasta él para sujetarlo del brazo. Diego posó su mano morena sobre la de ella para deshacer el contacto, pero Violet se lo impidió.
Apretó sus dedos largos sobre el antebrazo masculino.
—Mi familia nunca te hará daño, ni te perjudicará conscientemente.
Diego se había tomado la acción femenina como una ofensa.
—Ya lo hizo una vez, ¿o lo has olvidado?
—Te cuidas muy bien de que no lo haga —le respondió con una falta de prudencia que resultó temeraria.
—¡Suéltame! —le pidió con voz fría aunque controlada.
—No te enfades conmigo, ¿no te das cuenta que no puedo soportarlo? —le rogó en un susurro.
—Mi enojo es una consecuencia lógica, ¿no crees? Además, soy yo quien tiene la obligación de ayudar a mis primos y no una extraña.
Violet bajó los párpados para que él no viera de qué manera la habían herido sus palabras. Diego se ocupaba de que no olvidase que jamás sería parte de su familia, de su mundo.
—Lo que te ofende realmente es que Luis acepte mi ayuda y decline la tuya.
Diego clavó sus pupilas negras en el iris verde de su mujer con furia mal disimulada.
—Tú eres una ofensa completa para mí, y ahora, ¡suéltame!
—¿Por qué huyes siempre? ¿Por qué me castigas con tus silencios y ausencias?
—No lo hago.
—Sí, sí lo haces, y me vuelves loca.
—¿Has terminado?
—No, no he terminado, ni lo haré hasta que me veas como la esposa que deseo ser para ti.
—Una esposa no actúa a espaldas de su marido por cuenta propia.
—Dame la oportunidad de ganarme de nuevo tu confianza.
—Algo así solo está en manos de Dios. Codiciabas a un hombre que estaba enamorado de otra mujer y ahora debes soportar las consecuencias de tu avaricia.
Violet se colgó del cuello de Diego y aplastó sus labios contra los suyos, indagó con su lengua en el interior de la boca masculina que se cerró a su invasión aunque sin brusquedad. Diego sujetó los brazos de Violet y los soltó de su nuca.
—¡No vuelvas a hacerlo! —le recriminó con aspereza, sin embargo ella lo desafió otra vez.
Volvió a reclamar la boca masculina con insolencia, con avidez. Adoraba su sabor, el calor húmedo de su interior, no obstante Diego cerró sus labios y giró el rostro para separar el contacto. Finalmente, Violet se quedó plantada de pie delante de él y con los brazos laxos a sus costados. Diego dio un paso hacia atrás para poner la suficiente distancia entre los dos.
—Nunca he pegado a una mujer, Violet, pero no me provoques, porque todo hombre tiene un límite.
A ella no le importó la amenaza, casi prefería que la golpeara, que la zarandeara hasta separarle la cabeza del cuello, porque así tendría un mínimo de contacto con él de forma voluntaria.
—Aunque sea lo último que haga en esta vida —lo amenazó con más firmeza de la que sentía—, me amarás Diego, aunque lograrlo signifique arder después en el infierno por toda la eternidad.
Los ojos masculinos se entrecerraron.
—No tientes al diablo, porque puede que acepte tu reto.
Diego se dio la vuelta y la dejó sola.
Violet relajó la tensión de sus hombros e inspiró varias veces para normalizar de nuevo el pulso. Una sonrisa decidida se perfiló en sus labios rosados. Cada encuentro con su esposo le insuflaba nuevas esperanzas. Había dicho textualmente que había amado a otra mujer ¡en pasado! ¿Cómo podía su corazón contener tal dicha desbordante? La esperanza le daba unos bocados fieros que la sumergían en una felicidad tan esperada, que apenas podía respirar.
Esa noche tenían que asistir a una velada importante con un rico hacendado. Diego tenía pensado asistir a pesar de que no le apetecía en absoluto, no iba a negarse, porque ante todo era un hombre de honor. Y ella sentía ganas de saltar y cantar porque se le presentaba la oportunidad de asediarlo con abrazos, con miradas. Violet veía en cada reunión una oportunidad de ganarse a Diego porque delante de extraños actuaba de forma casi normal. Estaba tan feliz que sentía deseos de llorar. El camino para llegar a su corazón era demasiado empinado, no obstante ella tenía mucha fuerza de voluntad, y mucho amor para entregarle.
No, no pensaba darse nunca por vencida.
La velada no había resultado como esperaba.
Los señores Castro eran unos anfitriones extraordinarios, pero, acostumbrada como estaba al cálido recibimiento de Luis e Isabel, la rigidez y etiqueta le habían producido una opresión asfixiante. Roberto Castro era un coronel retirado y había forjado la amistad con Diego años atrás cuando este estuvo a su servicio.
Violet observó que la mayoría de invitados eran militares retirados, algunos de origen inglés que habían decidido vivir en España después de luchar junto a españoles en la guerra contra Napoleón. Miró a varios hacendados cordobeses, incluso había entre los invitados un torero que comenzaba a tener un cierto renombre: Quintana, que no le quitaba la mirada de encima. La estaba poniendo sumamente nerviosa. Se había pasado la cena observándola con descaro. Los ojos de Violet buscaron los de Diego que estaba de espaldas a ella escuchando al anfitrión con suma atención, y dudó en acercarse hasta él para que remitiera la sensación desagradable que le producían los ojos negros y la mirada ávida. El torero vestía un pantalón demasiado ceñido para su gusto, y una chaqueta corta muy parecida a las que solían usar los matadores en el coso. Llevaba el pelo casi oculto por una redecilla, y un collar de oro con un gran crucifijo que le resultó de lo más extravagante. Cuando vio que tenía intención de dirigirse hasta el lugar donde se encontraba ella conversando con dos damas, decidió batirse en retirada. Se disculpó con la señora Cano y la señora Sánchez, alegando que iba a buscar una limonada porque se encontraba sedienta. Ambas mujeres le mostraron una sonrisa y continuaron la charla. Violet se percató que uno de los invitados asía el brazo del torero y lo retenía.
Cruzó el amplio salón para dirigirse hacia los balcones y el jardín trasero. Hacía demasiado calor en el interior de la vivienda y le apetecía pasear un poco por los rosales.
En el camino cogió un vaso de sangría y tomo un sorbo largo para aliviar la sequedad de su garganta. Una vez en el jardín, cerró los ojos para escuchar la naturaleza. Le encantaba oír el ruido de las fuentes. En Córdoba había cientos, en todas las casas, plazas y esquinas. El murmullo del agua le resultaba tranquilizante, y ayudaba a aliviar la sensación calurosa en las noches cálidas. Era capaz de distinguir en la oscuridad las diferentes flores que cultivaba el señor Castro: rosas blancas, jazmines y geranios, y en algún rincón debía tener una planta de hierbabuena porque su aroma resultaba inconfundible.
—Aquí se esconde mi diosa dorada.
La voz masculina que había pretendido evitar le habló junto al oído. Violet dio un respingo porque la había pillado por sorpresa.
—Estaba respirando un poco de aire. Hace bastante calor esta noche.
Quintana tomó la mano que tenía libre y se la llevó a los labios con impertinencia. Violet hizo ademán de apartar la mano, aunque no quería desairar a un invitado de lord Hill.
—Yo estoy ardiendo desde que la he visto. Su sol me quema por dentro.
Violet dio un paso hacia atrás con precaución. No le gustaba el tono ni las palabras que le decía el diestro, pero no podía soltarse.
—¡Suélteme! —Quintana seguía sosteniéndole la mano con una avidez que la desagradó por completo.
—He comprendido sus miradas. Descifrado los mensajes que me ha enviado.
¡Tenía que estar loco! Ella no le había enviado ningún mensaje con los ojos.
Dio un paso hacia un lado para regresar de nuevo al salón de baile, y Quintana la sujetó por la cintura inmovilizándola. Violet puso la palma de sus manos en el pecho masculino para apartarlo, aunque lo empujó él no se movió ni un milímetro.
—No volveré a repetírselo. ¡Suélteme o gritaré!
—Por supuesto que gritará, pero será por el placer que recibirá. Estoy dispuesto a complacerla. ¿Acaso no ve que es una mujer afortunada? Quintana ha llegado a su vida.
Violet no quiso perder más tiempo. Empujó mucho más fuerte, aunque no podía soltarse de la sujeción masculina porque las manos de Quintana la aprisionaban por la cintura.
—Por favor —le dijo en un intento de conmoverlo—, déjeme marchar.
La risa masculina hizo que su estómago se tensara con aprensión. Cuando fue consciente de que la cabeza iba al encuentro de sus labios, tiró toda prudencia por la borda y se dispuso a gritar, sin embargo no fue necesario. Las manos de Quintana ya no apretaban su cintura. Diego lo había sujetado por los hombros y le propinó un puñetazo que lo derribó al suelo.
¿Cuándo había llegado a rescatarla que ella no se había percatado?, se preguntó asustada.
—Vuelva a sobrepasarse con mi esposa y le meteré una bala de plomo entre los ojos.
Quintana ya se había levantado del suelo y miraba a Diego con ponzoña en sus ojos oscuros, aunque con sumo respeto.
—Creía que era una mujer no reclamada —se justificó.
Diego lo miró con una clara advertencia en sus ojos negros, aunque le concedió el beneficio de la duda. Había llegado a la casa mucho después de las presentaciones oficiales. Quintana se disculpó y se marchó por el mismo lugar por el que había llegado Diego.
Violet tenía los ojos abiertos de par en par y el rostro inusualmente serio.
—¿Te encuentras bien? —le preguntó él con preocupación en la voz.
Pero ella no podía responderle. Estaba conmocionada. Y pensó, en un arranque de irracionalidad, que podría dejarse intimidar por cien toreros atrevidos si con ello conseguía la atención de Diego. Sentirse rescatada por él era una sensación tan maravillosa que la había dejado incapaz de reaccionar. Sin iniciativa.
—No debiste abandonar el salón. El hombre cordobés es demasiado atrevido con una mujer bonita, aunque esté casada. Recuérdalo la próxima vez —le aconsejó.
¿Bonita? ¿Diego la había llamado bonita? Iba a estallar de felicidad. Violet se sentía completamente desbordada por tantas emociones contradictorias.
Los penetrantes ojos masculinos miraban el rostro femenino que estaba demasiado pálido. Por instinto, y sin pensar, las yemas de los dedos de Diego acariciaron la mejilla de su esposa y apartaron un mechón de cabello rubio. Lo colocó detrás de la oreja en un gesto suave, tierno. Las piernas le fallaron ante el contacto glorioso y totalmente inesperado. Iba a sufrir un desmayo porque no podía respirar con normalidad, no obstante Diego la sujetó antes de que cayese de rodillas al suelo de la terraza.
—No pensé que te hubiese afectado tanto su impertinencia. —Los brazos de Violet se enlazaron al cuello de él que la sujetaba con fuerza, mientras, la llevaba en brazos hacia uno de los bancos del jardín.
—Me cuesta respirar —le dijo Violet una vez que estuvo sentada, y era cierto.
Todos sus sentidos se habían disparado por completo.
—Aquí podrás reponerte del sofoco.
«No es sofoco, sino un inmenso amor lo que siento y que me ahoga», le dijo con el pensamiento, aunque no con los labios. Violet sentía un zumbido en los oídos, la garganta cerrada. Diego estaba sentado a su lado y la miraba con un brillo de preocupación en sus ojos, y deseó estar realmente enferma para recibir su atención durante más tiempo.
Diego rodeó los hombros femeninos con su brazo y la recostó sobre su torso en una postura muy cómoda, tanto, que podría quedarse así eternamente.
—¿Te encuentras mejor? —le preguntó después de unos momentos. Ella seguía en silencio rezando para que ese momento de dicha no terminase nunca—. Debemos regresar al salón.
Iban a regresar, pero ella iba a disfrutar del momento íntimo con Diego sin haberlo coaccionado. Era un regalo inesperado y bienvenido.