Inmisericorde

Arlette Geneve · Capítulo 6 de 27

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Inmisericorde

Capítulo 4

 

Sentía enormes deseos de llorar.

Se sentó en el reborde de piedra de la fuente, y se abrazó el pecho consumida por una honda pena. No solo le había robado a Diego la libertad de elegir a la mujer de su vida, había cercenado tantas ilusiones y metas que se sentía morir por la desesperación. Y ya no pudo seguir conteniendo las lágrimas. Sus hombros se tensaron durante un momento y después se convulsionaron por el llanto que la sacudía. Era consciente de lo infeliz que era Diego a su lado, aunque ignoraba cómo ayudarlo a superar la decepción que sentía por estar unido a ella. Se había jurado alcanzar su corazón, si bien estaba perdida en el camino. Andaba a ciegas y sin orientación, y cada vez que escuchaba de sus labios a todo lo que había renunciado, sentía una inmensa ira hacia sí misma, una furia malsana que le envenenaba la sangre.

—No puede ser tan malo.

Violet dio un respingo al escuchar la voz de Isabel Vílchez. Alzó su rostro y miró a la mujer completamente hundida en su pesar. Que la hubiese pillado en un momento tan vergonzoso de caos, le producía un malestar infinito.

—Añoro mi hogar —se aventuró a decir.

—Imagino que debe resultar muy duro dejar todo lo que uno conoce para vivir en un lugar completamente extraño. —Isabel se había acercado hasta ella y le ofreció un pañuelo bordado en hilos de plata que aceptó agradecida.

—Se me pasará… —le respondió Violet, aunque Isabel lo dudaba.

Una pena tan demoledora, no era causada por añoranza, sino por algo mucho más profundo y cortante.

—Me gustaría ayudarte —le dijo Isabel con sinceridad.

—Te lo agradezco, pero mi nostalgia remitirá con el tiempo.

—Entonces me gustaría ser tu amiga. Imagino que no tienes ninguna en Córdoba.

Violet hipó y tragó con fuerza. Se había limpiado el rostro enrojecido por el llanto, no obstante las huellas de la angustia que la había embargado unos momentos antes eran demasiado visibles todavía.

—Refréscate el rostro con el agua de la fuente.

La sugerencia de Isabel la dejó atónita. ¿Mojarse la cara en la fuente? Los ojos verdes se abrieron de par en par. ¿Lavarse la cara en un agua donde nadaban peces?

—No será necesario —le respondió con una mueca bastante significativa.

—Permíteme —Isabel le quitó el pañuelo que estrujaban entre sus dedos, lo mojó en el chorro frío e inmediatamente se lo pasó por el rostro acalorado.

El gesto amable de la prima de Diego la pilló con la guardia baja, aunque la tela mojada logró enfriar el escozor que le había producido el llanto.

—Así está mucho mejor.

Violet le mostró una sonrisa de agradecimiento que conmovió a Isabel.

—Eres muy amable —le dijo apenas en un susurro—. No lo merezco.

Violet se tocó la cabeza e hizo a continuación un gesto dolorido, Isabel comprendió enseguida qué le ocurría.

—Llevas el cabello demasiado tirante, permíteme —acto seguido sacó dos horquillas del apretado moño y la larga melena cayó sobre los hombros de la mujer como una cascada de oro.

—¡No puedo llevar el pelo suelto! —Exclamó Violet con horror mal disimulado.

Tenía que comportarse como una auténtica señora, y una de las reglas primordiales era llevar el pelo recogido.

—No estará suelto —un momento después, Isabel le trenzó la rebelde melena y se la ató con su propio cabello. Soltó unos mechones más cortos para que bailaran sobre sus hombros y adornaran su rostro—. Quítate la chaquetilla, y podrás respirar mucho mejor.

Violet dudó un instante; la chaquetilla complementaba el vestido, pero realmente se sentía asfixiada por el calor que le producía, apenas podía inhalar el aire que necesitaban sus pulmones.

—Eres la señora de Bidasoa. Puedes hacer lo que desees y nadie te juzgará por ello. Estás en tu casa, nadie osará criticarte si apareces vestida simplemente con el vestido, porque, si lo hacen, podrás negarles una próxima visita a la casa. Puedo asegurarte que nadie te dará un desplante.

A pesar de sus dudas y de la honda impresión que le había causado Isabel, Violet sonrió al escucharla.

Violet recibió la misma muestra de empatía, estaba convencida de que la sonrisa que le brindaba era de ánimo, y aunque dudó en quitarse la chaquetilla, sabía que tenía razón. Había estado tan centrada en agradar a los invitados que se había olvidado de sí misma. Con manos temblorosas, se desató la estrecha y rígida chaquetilla, y cuando sus senos quedaron libres de la prisión donde los había mantenido, pudo respirar profundamente sin sentir el menor aplastamiento o incomodidad.

Isabel se fijó en la camisa transparente y el corpiño del vestido que solo cubrían hasta la mitad de los senos. Con ese simple gesto, había cambiado su imagen por completo.

—Ahora ya estás lista para regresar al salón y seguir divirtiéndote con lo que resta de velada.

Isabel intuyó que Violet ignoraba por completo que una parte de la cremosidad de sus pechos era claramente visible tras la tela de la camisa, si bien no resultaba vulgar, todo lo contrario, haría que los hombres no pudieran despegar sus ojos del incitador escote. Se moría de ganas de ver la cara de su primo Diego cuando la viera sin parte de la armadura que había abanderado durante la cena. Su recién adquirida prima necesitaba algo más que unos consejos, necesitaba un guardarropa completo, y pensaba llevarla de compras de inmediato.

—¿Vamos? —Isabel extendió su mano para ayudarla a levantarse.

Violet recogió la chaquetilla del borde de la fuente y siguió a la prima de Diego con una aparente seguridad que estaba muy lejos de sentir. Pero era cierto que tenía que cambiar su actitud si quería ganarse el afecto de la familia.

 

Diego era plenamente consciente de la ausencia de su mujer en el salón, y, por un instante, lamentó las palabras bruscas que había dicho a uno de los invitados momentos antes, sin embargo no deseaba cantar, hacía mucho tiempo que había dejado de hacerlo. El motivo estaba muy claro, la ilusión se había evaporado de su espíritu en el mismo momento que contrajo matrimonio con ella. Aunque era consciente de que su tajante negativa iba a ser tomada de la única forma que podía tomarse, como una acusación velada, aunque no le importó; había cruzado la línea de la desidia hacía mucho tiempo.

Cuando Violet entró en el salón seguida de Isabel, sus ojos oscuros la siguieron en cada paso que daba, en cada movimiento que hacía. Se había quitado la chaqueta y cambiado el peinado, pero algo más había cambiado en ella, lo veía en su expresión. Su mujer sorteó algunos invitados mientras caminaba hacia el lugar que le correspondía: a su lado. Iba pidiendo disculpas con una sonrisa encantadora. Cuando llegó hasta donde estaba él, Diego se levantó y su mirada se clavó en el escote que exhibía ella sin pudor alguno, se fijó en el valle satinado del comienzo de sus senos que la camisa no ocultaba por completo. Subió sus ojos hasta el rostro femenino que le sonreía con afecto, y se dio cuenta de que ella ignoraba el efecto que causaba con el pelo recogido en una trenza que caía con descuido sobre su hombro izquierdo. —Lamento la tardanza —se disculpó al mismo tiempo que tomaba asiento al lado de él—, tenía demasiado calor. No estoy acostumbrada al clima cordobés, aunque intentaré superar la incomodidad que me produce lo más rápido posible.

Violet le hablaba en susurros, para no molestar a los invitados que escuchaban la melodía que desgranaba con hábiles dedos una de las primas de su esposo.

Diego continuó en silencio aunque miraba de tanto en tanto el escote de su mujer a la vez que contraía más y más el ceño.

—No puedo creer lo bien que le sientan a nuestra nueva prima los cambios que has efectuado en su atuendo y cabello —le dijo Luis a Isabel—, porque no tengo la más mínima duda de que ha sido obra tuya.

Isabel entrecerró sus ojos mientras disfrutaba la incipiente incomodidad que sentía su primo Diego a medida que transcurría el tiempo. Lo sabía por la forma en la que introducía uno de sus dedos por el cuello para aflojar un poco la sujeción del pañuelo. Lo intuía por el parpadeo de sus ojos y la forma de cruzar una pierna sobre la otra, si bien Isabel no estuvo preparada para contemplar la mirada de sufrimiento extremo que le dedicó su primo cuando sumó uno más uno, y descubrió que había sido ella la causante del cambio en la apariencia de su esposa. Lo había intuido y el resultado no se había hecho esperar, motivo por el que la miró con un profundo reproche que no se molestó en ocultar.

¿No estaba contento? ¿No se alegraba de ver lo que había ganado su esposa en atractivo?, se preguntó Isabel, extrañada. Ella solo había pretendido ayudar a una muchacha insegura, y estaba muy lejos de sospechar lo disgustado que estaba su primo por ello. ¿Qué diantres ocurría entre los dos? Para ella resultaba muy claro que Violet lo amaba con locura, pero, entonces, ¿por qué motivo se mostraba Diego tan infeliz en su presencia? La curiosidad la devoraba. Ansiaba saber para poder ayudarlos.

—Te dije que nuestro primo no iba a agradecerte que te entrometieras.

Isabel dejó de mirar a Diego para clavar sus ojos en su hermano.

—Estoy decidida a averiguar la causa de tanta infelicidad.

Luis le hizo un gesto negativo con la cabeza.

—Deja que resuelvan sus asuntos y mantente al margen.

¿Mantenerse al margen? Algo así era poco menos que imposible. Una persona a la que quería muchísimo sufría, y ella no podía quedarse sin hacer nada.

—Quizás me equivoque, sin embargo pienso que nuestro primo necesita ayuda. Parece un niño indefenso y perdido.

Luis masculló por lo bajo. Su hermana era la mula más terca apellidada Vílchez. Él podía prever los problemas que podían surgir si decidía entrometerse.

—Diego te quiere, eso es indiscutible, pero yo que tú andaría con pies de plomo cuando decidas entrometerte en sus asuntos.

—Te agradezco el consejo.

—Después no digas que no te lo advertí.

—Es indudable que Diego y Violet tienen problemas, y está en nuestra obligación ayudarlos.

—Hay cierta clase de ayuda que no sirve si no se la solicitan a uno.

—Al menos lo intentaré.

—Simplemente, lleva cuidado.

El resto de la velada transcurrió sin novedad. Y cuando todos los invitados se retiraron, las dos personas que vivían en Bidasoa seguían más alejadas que nunca.