Inmisericorde
Capítulo 6
Estaba terriblemente cansado.
Había estado todo el día marcando y conduciendo reses, supervisando los cultivos, y lo único que le apetecía en ese momento era llegar a la casa, darse un baño y ¡dormir doce horas seguidas! Aunque al día siguiente le esperaba una jornada todavía más dura que la que acababa de concluir. Espoleó su montura que ya había tomado el camino de regreso al cortijo. Podía ver las suaves luces amarillas y el humo que ascendía por el hueco de la chimenea. Aunque hacía calor durante el día, por las noches refrescaba bastante, y por ese motivo el hogar se mantenía encendido. Confiaba que Esperanza no le hubiese preparado una cena muy copiosa, pues apenas tenía apetito, y sí unas ganas tremendas de tumbarse boca abajo en la cama, y no hacer nada salvo recuperar las fuerzas.
Mantenerse activo hasta el punto del agotamiento físico era imprescindible para él, porque así mantenía la mente libre de pensamientos destructivos.
Cuando desmontó del semental, un mozo de cuadra se hizo cargo de las riendas. Diego se quitó los guantes y se lavó las manos y el rostro en un balde de agua fresca y limpia que siempre tenían en la puerta. Ginés, el marido de Esperanza y el capataz del cortijo, cerró el portón que habían mantenido abierto hasta su llegada.
—Tiene visita —le dijo Ginés con rostro serio. Diego se detuvo en el segundo escalón de subida a la casa—. Su esposa, patrón. Llegó a primera hora de la tarde.
Diego maldijo por lo bajo. «¿Qué demonios hace ella en el cortijo?», se preguntó, sorprendido. Había sido muy claro en Bidasoa, aunque a la vista estaba que no lo suficiente. Sin decir nada al respecto, entró en el vestíbulo cálido y tenuemente iluminado, dejó el sombrero y la chaqueta corta en la percha de pie que había situada en un rincón, se pasó las manos por el pelo revuelto y cruzó los pasos que lo separaban del salón.
Cuando cruzó la puerta, su hijo Miguel se lanzó a su encuentro con los brazos extendidos. Diego lo aupó con verdadero cariño.
—¡Papá! ¡Papá! —Diego besó la mejilla suave y tersa del pequeño, al mismo tiempo que inhalaba el aroma infantil.
Después de un agotador día de trabajo, sentirse abrazado por su hijo era la sensación más placentera del mundo.
—¡Qué sorpresa! —dijo sin apartar sus ojos del rostro del niño—. ¿Has disfrutado del paseo en carruaje hasta el cortijo? —le preguntó. Miguel le hizo un gesto afirmativo.
—¡Diego! —La exclamación de Violet hizo que desviara sus ojos del rostro de su hijo al de su esposa—. Te añoramos mucho, y por ese motivo decidimos venir a visitarte.
El silencio prolongado era algo conocido para ella, aunque lo detestaba. Violet se fijó en el atuendo de Diego, tan diferente al que solía usar en la ciudad de Córdoba. Iba vestido con ropa de trabajo. Sobre el pantalón llevaba todavía el zahón de cuero. Se había quitado la chaquetilla corta y el sombrero cordobés. Llevaba desabrochado el chaleco, así como dos botones de la camisa. El nudo del pañuelo enrollado al cuello estaba flojo, y tenía las mangas de la camisa dobladas hasta el codo, y las botas con espuelas, hacían un ruido peculiar cada vez que daba un paso, si bien no había un hombre más atractivo en el mundo, y no importaba que fuese vestido de gala o de faena, era tremendamente varonil.
Diego le devolvió el mismo escrutinio de ella y la notó algo cambiada. El vestido de viaje estaba un poco arrugado, aunque le sentaba bien. También tenía el pelo diferente, los rizos ahora enmarcaban su rostro redondo, pero él no la quería en el cortijo, ni en su vida.
—Iré a cambiarme, bajaré en unos momentos.
Violet apretó los labios para contener un gemido. Diego no se había alegrado de verlos, bueno, eso no era del todo cierto, se había alegrado de ver a su hijo, no a ella.
—¿Me acompañas, campeador? Tengo muchas cosas que contarte —Miguel abrazó todavía más el cuello de su padre y recostó su cabecita en su fuerte mentón.
—Os esperaré aquí —dijo Violet con voz afectada.
Era indiscutible el profundo amor que sentía Diego por su hijo, y durante un instante largo y penoso, sintió envidia de ese afecto que la excluía, que la mantenía en una distancia segura para él, no obstante estaba dispuesta a cambiar esa circunstancia. Iba a dejar de ser un objeto incómodo. Diego tenía que aceptarla de una vez por todas con todas las consecuencias. Había ofrecido unos votos que no estaba cumpliendo, aunque ella no pensaba exigirlos. Se conformaba con estar junto a él, aunque el sentimiento de lejanía que sentía a su lado fuese tan intenso que la desmoralizaba, la hundía en un pozo profundo y negro del que no podía salir a menos que él la ayudara, pero estaba muy lejos de querer intentarlo.
La cena discurrió, como siempre, en un mutismo ofensivo.
El pequeño Miguel dormía en la alcoba que habían preparado para él, justo al lado de la de Violet en el otro extremo del corredor. Diego le había explicado de forma paciente que los habían colocado allí porque la vida en el cortijo comenzaba muy pronto, y esa era la zona más tranquila de la casa, en ese rincón apartado no sentirían el ruido de la hora temprana.
Violet no apartaba sus ojos del rostro de su esposo que miraba su plato con mirada ausente. Su cuerpo estaba sentado a la mesa, sin embargo él no estaba allí con ella, y se arrepintió de haber tomado la decisión de visitarlo.
Esperanza, la cocinera, le había presentado al personal de la casa.
La mujer que limpiaba y servía las comidas se llamaba Juana, y en ese momento estaba retirando los platos de la mesa. El de Diego estaba casi lleno, no había probado apenas bocado, ella tampoco. Tremendamente turbada, bajó los ojos a su regazo e inspiró fuertemente para tragar el nudo de impotencia que sentía en la garganta, al menos en la compañía de Isabel y Luis no se sentía tan desafortunada, pero ya no había vuelta atrás, estaba en el cortijo y debía capear el temporal lo mejor que supiese. Al subir de nuevo la mirada, fue consciente de la mano femenina que tocaba el hombro de Diego y el breve gesto negativo de él con la cabeza. Los ojos de Violet se oscurecieron con el fogonazo de entendimiento. Intentó contenerlo, y no pudo, el gemido de sorpresa subió hasta su garganta y quedó allí aprisionado.
Cuando Juana dejó el comedor, sus ojos se clavaron en Diego buscando una confirmación a sus sospechas. ¡Era su amante! No podía ser cierto, aunque ¿por qué se sorprendía? Él no la había tocado desde aquella noche en la que ella lo sedujo. Lo obligó a tener relaciones sexuales para cumplir un objetivo: despejar el camino a su primo y cumplir una promesa ofrecida a su tío.
—¿Cuántas criadas hay? —inquirió con sequedad.
Diego parpadeó varias veces al escuchar la pregunta. Miró el rostro de su esposa y entrecerró sus ojos oscuros sin saber por qué motivo la veía tan alterada.
—Solamente está Juana. ¿No te ha informado Esperanza?
—¿Vive en la casa? —Los ojos femeninos llameaban.
—Como el resto de trabajadores, en el edificio anexo a este, creí que lo sabías.
Los celos clavaron sus dientes afilados en su corazón enamorado. Le dieron mordiscos fieros, voraces. Aunque quizás se estaba precipitando, pero no. Como mujer desesperada, reconocía las miradas de interés que otra mujer dirigía a su marido. ¡Quería a Juana lejos del cortijo Vílchez, lejos de Diego!
—Isabel y Luis te envían sus saludos —comenzó ella tratando de normalizar las pulsaciones dolorosas que sentía en las sienes—. Es posible que tu prima Isabel nos visite en breve. Imagino que no te importará.
Diego la miró de frente sin ambages.
—¿Qué haces aquí?
Violet inspiró profundamente tratando de sofocar un gemido de ira.
—Nuestro hijo te extrañaba —le dijo, si bien al momento se arrepintió de sus palabras porque era la primera vez que utilizaba a su hijo para justificar su acción impulsiva, y su propia necesidad.
—Pensaba regresar a Córdoba el próximo viernes.
—No tenía modo de saberlo.
—No importa. —Nuevamente Diego se ocultaba bajo una máscara de impasibilidad.
—¿Qué…? ¿Qué es lo que no importa? —le preguntó con mirada dolida—. Porque tus ojos me muestran el profundo disgusto que te ha causado mi llegada. —El tono de Violet seguía subiendo hasta casi parecer un grito.
—Por favor —comenzó Diego—, si estás buscando una riña, he de decirte que me encuentro demasiado cansado. —Violet cerró los párpados para que él no viera cuánto la herían sus palabras. Mejor dicho, la ausencia de ellas—. Por ese motivo te deseo buenas noches. Nos veremos mañana en la cena.
Diego desplazó la silla con cuidado y se levantó de la mesa. Soltó la servilleta de hilo sobre el mantel y se dirigió hacia el vestíbulo sin mirar una sola vez hacia atrás.
Violet comprendió que había sido un error ir al cortijo. Y la sensación aflictiva la engulló como si fuese un pesado nubarrón de tormenta.
No podía dormir. La imagen de la mano de Juana en el hombro de Diego se le había clavado en la retina con una furia despectiva que la ahogaba. Siguió paseando por la alcoba sin encontrar el consuelo que necesitaba. Sin poder apaciguar la ira que sentía dentro de su pecho por la indiferencia constante y perpetua de Diego.
Aunque de algo estaba segura. No iba a permitir que ninguna mujer codiciara lo que era de ella por derecho legal. Era su marido ante los ojos de Dios, ante el mundo entero. Y tenía que aceptarlo de una vez por todas.
Tenía que hablar con él. Llevaba horas deambulando por la estancia buscando el valor que necesitaba para un nuevo encuentro. Los anteriores la habían dejado completamente agotada emocionalmente, y no podría dormir hasta que él la tranquilizara.
Salió al corredor oscuro y dudó en seguir su impulso. Otras iniciativas le habían costado muy caras. Aseguró el nudo de su bata larga. La tela era tan fina y suave que ondeaba a cada paso que daba. Se paró justo en la puerta cerrada, apoyó la frente en la templada madera e inspiró fuertemente antes de alzar la mano para llamar, pero lo pensó mejor. Accionó el picaporte y comprobó que cedía bajo la presión de su mano. Empujó con suavidad la hoja y clavó sus ojos en el hombre sentado en el sillón y en la mujer que le acariciaba el cuello.
Diego estaba desnudo de cintura para arriba.
Violet lo vio todo rojo. Tenía delante de sus ojos la prueba que no quería admitir: la realidad de su fracaso como mujer. Y todo el despecho que sentía acudió de golpe a sus labios para hacerle cometer la mayor imprudencia de su vida. Dio un paso firme al frente y empujó la puerta con tal fuerza que el portazo sonoro hizo que Diego diera un respingo sobre la silla.
Juana se volvió con los ojos como platos.
—Recoja sus cosas y váyase de la casa. Está despedida.
La mujer se tapó la boca con la mano para ahogar un gemido de espanto, aunque se mantuvo en el mismo sitio sin moverse.
Violet apretó de tal forma los dientes que Diego pensó que podría partírselos. Iba vestida con un camisón blanco de encaje, y tan transparente que la bata no lograba ocultar el color de su piel, ni el rosado de la aureola de sus pezones. Desvió la vista bastante incómodo.
—¿Además de estúpida es sorda? —atacó de nuevo—. Le he dicho que recoja sus cosas y se marche.
Juana miró el rostro de Diego ante la orden de su esposa, aunque sin decidirse a obedecer.
—No he hecho nada malo, patrona —le respondió de forma cauta aunque altanera.
Violet hizo un gesto de desagrado bastante elocuente.
—Mañana se le pagarán sus servicios, pero la quiero fuera de esta casa de inmediato.
Juana estaba atónita, porque ignoraba por qué la mujer se sentía tan ofendida con ella.
—Ya has oído a la señora. Recoge tus cosas, me encargaré de que mañana te paguen todo el salario del mes y te den una carta de recomendación.
Juana miró a Diego sorprendida, le hizo un gesto afirmativo con la cabeza y se marchó de la alcoba cabizbaja. Cuando cerró la puerta tras ella, lo hizo con mucho cuidado y en silencio.
Violet tragó saliva varias veces. Inspiró profundamente sin dejar de mirar al adúltero de su esposo que seguía sentado en el sillón como si nada hubiera ocurrido. Sentía ganas de gritar, de zarandearlo para romper esa capa de hielo con la que se cubría. —¿Algo más? —le preguntó Diego.
Al no obtener respuesta por parte de ella, se levantó y se dirigió al ropero para dejar el lienzo que sostenía en las manos, Violet lo sujetó por el brazo justo cuando pasó a su lado. Él hizo un gesto para soltarse, pero ella no lo permitió. La miró a los ojos y vio dolor y sufrimiento en ellos.
No se sorprendió porque eran un espejo de los suyos propios.
—¿Por qué buscas consuelo en otros brazos teniendo los míos? —le preguntó con un hilo de voz—. Si necesitas una furcia, yo también puedo serlo, solo tienes que pedírmelo.
Diego sujetó la mano femenina que seguía aferrada a su brazo, y, uno a uno, fue soltando los dedos hasta que logró que lo soltara.
—No sabes lo que dices —le respondió sin emoción alguna.
Violet dio un paso para situarse frente a él. Esa noche iba a jugárselo todo, porque ya no podía más.
—Te amo, Diego, y sé que puedo hacerte feliz. Déjame demostrártelo.
Violet se desató el nudo del cinturón y se quitó la bata con manos torpes. Diego seguía parado frente a ella sin dejar de mirarla a los ojos. Cuando la bata quedó inerte a los pies de ambos, los dedos de ella comenzaron a deslizar por sus hombros los tirantes del camisón, que cayó sobre sus caderas y quedó muerto encima de la bata, pero Diego no bajó los ojos, no la miraba como un hombre mira a una mujer desnuda delante de él. Violet vio desprecio en su mirada, que cada vez se volvía más fría.
La fuerza de ese descubrimiento la hizo enrojecer hasta la raíz del cabello. Sin embargo, no se rindió.
—Yo puedo darte todo lo que necesitas, solo tienes que aceptarme —suplicó con la voz enronquecida de contener el llanto—. Hazlo, Diego, acéptame y trataré de hacerte feliz.
Diego habló al fin, si bien sus palabras resultaron como finas mordeduras de serpiente.
—Aquella noche me mutilaste, me dejaste herido de muerte porque ni te quería ni te deseaba. —Violet seguía completamente desnuda delante de él—. Me robaste un hijo que no debía ser tuyo, sino de la mujer que amaba. No solo me traicionaste a mí, sino todo lo bueno y honrado que tu padre te enseñó. —Las lágrimas calientes de dolor comenzaron a deslizarse por las mejillas femeninas a voluntad—. Me diste una estocada tan profunda y mortal que no tolero tocarte, ni mirarte. Detesto tu olor porque me recuerda la traición de la que me hiciste objeto.
Los hombros de Violet temblaban por la angustia que ya no podía contener. Se había ofrecido a él como una furcia y la había despreciado sin pestañear una sola vez. ¿Podía sentirse más miserable? Lo dudaba.
Diego se inclinó y recogió el camisón del suelo para subirlo por el cuerpo femenino hasta cubrir de nuevo su desnudez. Violet sujetó los tirantes a su pecho sin dejar de mirarlo completamente afrentada.
Ni una sola vez, la yema de los dedos masculinos había rozado la piel caliente y enferma de amor.
—Algún día, Diego, amarás tanto y con tal intensidad que sentirás remordimientos por los momentos tan amargos que me haces vivir a tu lado.
La boca de Diego se curvó en una sonrisa cínica, cruel.
—Te equivocas de tiempo, señora Vílchez, ya amé tanto y con tal intensidad que no puedo sentir nada por ti salvo indiferencia. Piedad si me fuerzas.
La fuerte bofetada resonó en el silencio de la alcoba como un disparo.
El rostro de Diego se movió levemente por el golpe recibido, aunque no se llevó la mano a la mejilla lastimada. La miró con tal desprecio que Violet dio un paso hacia atrás por instinto. Respiraba con dificultad, sin embargo no se arrepentía de haberlo golpeado. Se sentía tan exaltada que ansiaba hacerle sentir un poco de su amargura.
—Recé durante días para que mi robo no tuviera resultados, pero Dios no escuchó mi plegaria y me obsequió con el regalo más maravilloso del mundo. —Violet calló durante un momento para tomar resuello—. Lamento haberte seducido, obligado a que me hicieras el amor, no obstante, no puedo cambiar lo que hice, ni me ofreces la oportunidad de poder resarcirte. Dime lo que quieres y te lo concederé. Mi vida es tuya, mi cuerpo es tuyo, puedes hacer de mi futuro un infierno porque no me quejaré, aunque ya no te ofreceré de nuevo la oportunidad de despreciarme. —Diego la iba a interrumpir, y Violet no se lo permitió—. Solicitaré el divorcio cuando regrese a Córdoba. —Violet se dio la vuelta para marcharse, sin embargo esta vez fue Diego quién le sujetó el brazo para detener sus pasos.
—Olvidas algo muy importante, señora Vílchez —el tono desabrido la molestó, pero siguió en silencio—. Miguel no tiene la culpa de tus errores, de tus pecados femeninos. Me casé contigo por él, y así seguiremos hasta que Dios decida lo contrario. —Estaba loco. Ella no podía seguir a su lado en esas condiciones, se dijo contrariada—. Y tus suposiciones sobre Juana son erróneas. Y ahora, buenas noches —la despidió con desidia.
Violet no se movió del sitio, ni creyó las palabras de Diego. Se sentía atrapada por sus ojos. No importaba cuan duro y seco fuera con ella, lo amaba y no tenía remedio. Inspiró varias veces antes de pronunciarse como una sentencia condenatoria.
—Juro por nuestro hijo que lograré que me ames. Aunque me lleve toda la vida. ¡Lo juro! Y entonces beberás el mismo veneno que yo, y te mostraré la misma piedad que tú me muestras. ¡Lo juro! —reiteró con voz firme y decidida.
Todo había quedado dicho entre ellos.