Inmisericorde
Capítulo 10
Sentía ganas de escapar.
Las reuniones familiares se estaban volviendo incómodas y difíciles de sobrellevar. Diego era un hombre unido su familia, sin embargo no le gustaba ser el centro de atención en cada evento al que asistía, ni estar en boca de todos. Sus primas, Ana María, Inés y Blanca, seguían mostrándose frías con ella, no así Isabel y Luis que se comportaban como unos verdaderos amigos.
Violet había seguido las órdenes de Diego, y su hermano había cambiado la titularidad de las propiedades a su nombre. El poder que había enviado a su hermano para poder comprarlas había hecho posible que pudiese cambiarlo todo de forma fácil, y esperaba no hacer enfadar a Diego nunca más por tomar una decisión apresurada o impulsiva.
Desde el rincón de la salita donde observaba a todos los asistentes, se percató de que Isabel la miraba de tanto en tanto. Seguía hablando con su tía Catalina sobre la producción anual de aceitunas. Hizo un recorrido por la sala hasta detenerse en su esposo que, en ese momento, se llevaba una copa de brandy a los labios.
Violet admiró su postura firme. Sus hombros anchos y su cintura estrecha que magnificaba el fajín negro. Esa noche no vestía como un elegante caballero, sino como un distinguido y refinado cordobés. Aunque llevaba traje, había optado por ponerse unos de sus fajines y estaba espectacular, incluso pensó que podría crear una nueva moda. El pelo negro brillaba y caía en ondas desordenadas que no se molestaba en sujetar. Tenía la piel del rostro atezada debido a la gran cantidad de horas que pasaba al sol, y lo dotaba de un atractivo arrollador.
Era el hombre más atractivo del mundo, el más especial, e iba a ser suyo para siempre.
—Pareces una golosa mirando unos dulces.
Violet giró su rostro hacia su amiga Isabel y le sonrió.
No era una golosa mirando un dulce, era una muerta de hambre que mira el mejor asado del mundo. Se moría de hambre por Diego y no sabía muy bien cómo ocultarlo.
—Te brillan los ojos y te mojas el labio inferior constantemente. —Era cierto, pero no sentía vergüenza por desear al hombre más atractivo de todos.
—¿Verdad que mi marido es el hombre más varonil de esta sala? —Isabel clavó sus ojos negros en su primo y lo escudriñó a conciencia.
Los años en el ejército y el constante ejercicio lo habían dotado de una musculatura firme, bien definida. Sí, era un hombre sumamente atractivo, aunque lo que más atraía de él era la atormentada melancolía que vestía el iris de sus ojos, y lo hacía mucho más deseable.
—Es imposible que pueda verlo con tus ojos enamorados, si bien admito que es el hombre más guapo de la familia.
Los ojos de Violet se desviaron hacia Luis que reía por alguna ocurrencia de Blanca.
—Luis también es un hombre atractivo, aunque mucho menos que Diego.
Isabel sonrió a su prima. En ocasiones mostraba una ingenuidad conmovedora.
—Estoy haciendo arreglos para asistir a la feria de ganado en Sevilla, y me preguntaba si te gustaría asistir. Nos llevaríamos al pequeño Miguel, quizás un cambio de aires le siente bien y le ayude a olvidarse de los mantecados.
Violet meditó en la invitación que le había extendido Isabel y le sonrió. Le apetecía mucho. Podría conocer la bonita ciudad de Sevilla.
—Le preguntaré a Diego si le parece bien. Si no encuentra inconveniente, me encantaría acompañarte.
Los ojos verdes de Violet buscaron a Diego que conversaba en ese momento con su tía Catalina. Sería maravilloso que él las acompañara, pero no podía hacerse ilusiones.
Como si presintiera que estaba siendo observado, Diego giró su rostro hacia las dos mujeres que lo observaban desde el otro extremo del salón, y les ofreció una sonrisa.
Violet suspiró tan profundamente que Isabel la miró con sorpresa.
—No es normal que Diego beba tanto brandy. —La conclusión de Isabel había sido formulada en voz alta, e indudable que no había sido esa su intención.
Violet frunció el cejo. Era cierto, su esposo estaba bebiendo algo más de lo acostumbrado, sin embargo dejó de darle importancia. Lo veía relajado, tranquilo, y cuando la miraba, sus ojos ya no apuñalaban de tristeza, ni rezumaban el despecho amargo que la ahogaba y la hundía en un foso negro y profundo. Soñaba con la posibilidad de una reconciliación. ¡Lo necesitaba!
Pero debía seguir teniendo paciencia si quería obtener de él una completa respuesta emotiva.
Y la reunión transcurrió lenta, caliente, llena de miradas que volvían a ella cargadas de optimismo, y que le hacían seguir en una nube de dicha y esperanza.
Esa noche podía ser el principio o el final de un todo.
La casa estaba en silencio. Todos dormían bajo el amparo y la protección de sus muros.
Violet se ajustó el cinturón de su vaporosa bata de seda blanca como si con ello pudiese desprenderse de la vacilación que sentía. El pelo lo llevaba suelto como una cortina de oro sobre sus hombros y sobre la espalda, flotaba alrededor de ella con cada paso que daba en dirección al paraíso, o en descenso al purgatorio.
Cruzó el amplio corredor hasta llegar a la puerta de la alcoba de Diego. Esa noche se había armado de intrepidez para tratar de abordarlo. Durante la cena había estado cercano, afable, y ella quería aprovechar la ocasión para acercar posiciones, dar un paso más en su lucha por conseguir su amor. Pegó su oído a la madera, aunque no se escuchaba nada al otro lado. Accionó el picaporte con suavidad y empujó la hoja. El interior estaba oscuro aunque cálido, Diego no había abierto la ventana, y a ella le extrañó, porque lidiar con el calor de la ciudad era una batalla que no había ganado todavía.
Miró el bulto que se mantenía quieto en el centro del lecho, y avanzó con pasos inseguros hasta allí. Se detuvo a escasos centímetros y se quedó quieta. Diego dormía sin camisa, pudo verlo aunque estaba oscuro porque sus ojos se habían acostumbrado a la penumbra de la alcoba. Se deleitaron con el suave vello ensortijado del pecho, la piel de sus hombros que destacaban sobre los lienzos claros. Su cabeza reposaba sobre el mullido almohadón con abandono, y a pesar de la duda que sentía, se sentó en el blando colchón de plumas que cedió bajo su peso. Diego siguió inmóvil y vencido por el sueño de los justos.
Como si tuviera voluntad propia, la mano de Violet fue al encuentro de la mejilla masculina, y se detuvo a escasos milímetros de la piel caliente.
Temió tocarlo, porque si lo hacía, podría despertarlo, pero el impulso resultó acuciante. Pasó una yema por el contorno de la ceja oscura y bien delineada, las pestañas eran tan largas que se rizaban en las puntas. Siguió deslizando el índice sobre la sien y el lateral del grueso y firme cuello, y lo dejó descansando en la vena que latía de forma acompasada. El impulso que lo mantenía vivo para ella. De pronto, Violet se sintió mal por estar en un lugar que no le correspondía, porque no había sido invitada, e inspiró de forma irregular. El solo hecho de contemplarlo le aceleraba el corazón, aunque debía irse, y se dispuso a ello de inmediato.
Diego percibió la caricia y creyó que estaba soñando. La culpa la tenía el exceso de brandy que había ingerido, sin embargo desde hacía un tiempo era lo único que le ayudaba a conciliar el sueño por las noches. Abrió los ojos y sujetó la mano femenina que ya se retiraba deshaciendo el contacto. Se fijó en los brillantes ojos verdes que lo miraban con una incandescente mirada de deseo insatisfecho. Movió su cabeza para despejar el sopor que lo embargaba. Sentía los miembros aletargados, pesados, y sin la voluntad férrea de cada día.
La noche era el único momento de vulnerabilidad en él.
—No quería despertarte —se disculpó ella completamente azorada—, si bien quería comprobar si te encontrabas bien. Observé que bebiste algo más de la cuenta, y estaba preocupada.
Era cierto, se dijo Diego, apenas distinguía si estaba despierto o soñando. Violet se asemejaba a una aparición vestida de blanco, y con el hermoso pelo acariciando la piel blanca de su cuello y escote. Pegó un leve tirón de su mano que seguía sujeta por la suya, y ella quedó tendida encima de su pecho. Olió el perfume femenino que le recordaba a algo conocido, pero que no sabía concretar.
—Me has despertado, ahora, satisfáceme.
El corazón de Violet comenzó un galope temerario dentro del pecho.
No estaba segura de haber oído bien, pero la necesidad que sentía por él le hizo ser osada en demasía. Acercó sus labios turgentes a los de él, y depositó un beso efímero porque temía la reacción de él. Dejó la palma de sus manos descansando directamente en la piel del torso duro. El contacto del vello era tan suave como había imaginado. Notó la tensión de sus músculos que se contraían bajo sus palmas calientes y, animada, volvió a depositar un beso en los labios masculinos que se abrieron para recibirlo.
El gemido de Violet fue instantáneo cuando la lengua de Diego acarició la suya en una danza que no había conocido nunca. Una tempestad salvaje, violenta, se agitó dentro de ella, como si cientos de truenos y de relámpagos convergiesen en una lucha descontrolada dentro y fuera de su cuerpo.
La respuesta masculina al gemido fue instantánea y electrizante.
Con un gruñido surgido desde lo más profundo de su garganta, Diego cerró sus manos sobre los mechones de pelo para acercarla todavía más a su boca. Violet cayó de costado al lado de Diego que, en cuestión de segundos, estuvo encima de ella aplastándola con su peso. Tomó el mentón femenino con su mano para obligarla a abrir la boca todavía más y penetró con la lengua mucho más profundamente en la cavidad femenina.
A Violet le faltaba la respiración porque el beso que estaba recibiendo de Diego no la seducía, la devoraba. Era ansioso, exigente. Se adentraba y se retiraba como emulando el acto sexual, y mientras, una de sus manos comenzó un lento recorrido por la uve de piel que la bata no ocultaba. Cuando ella gimoteó en respuesta a su caricia, Diego se retiró apenas unos centímetros para mirarla con un nuevo ardor en sus ojos. Violet tenía los ojos brillantes, los labios húmedos y una mirada apasionada que le hizo sentir un espasmo en el vientre.
—¿Es esto lo que buscas? —Aunque ella no pronunció palabra, su gesto afirmativo, lo decidió—. Entonces, es lo que vas a obtener.
Diego desató el nudo de la bata e introdujo la mano hasta abarcar uno de los pechos firmes. El pezón se tensó, y el dedo masculino lo acarició de forma lánguida, con círculos, hasta volverlo tan sensible que la simple respiración de él casi la hizo llegar al clímax.
Violet cerró los ojos para tratar de controlar las sensaciones que la recorrían de pies a cabeza. Solamente llevaba la bata, estaba desnuda bajo ella, había soñado con ese momento y se alegraba de verlo cumplido. Sin ningún impedimento entre su piel y la mano de Diego.
—Abre los ojos, quiero ver cómo me miras cuando tu cuerpo se estremezca por el placer.
La mano de Diego descendió hasta alcanzar el vértice entre sus piernas. Violet contuvo un grito ante el exquisito placer que sentía, anhelaba un contacto más profundo, más directo, sin embargo Diego remoloneaba con caricias sobre la base interna de sus muslos, hasta alcanzar las ingles, aunque sin tocar la cresta rosada que le dolía por la expectación.
La respiración femenina entrecortada le indicó a Diego que estaba muy próxima a alcanzar el orgasmo. Se posicionó mejor sobre ella soportando su peso sobre sus manos por encima de su cabeza. Le aplastaba el largo cabello, pero a Violet no le importó, estaba sumergida en un deseo que lo consumía todo; voluntad, vergüenza, honor…
La penetración resultó lenta, medida, no obstante, ella no estaba dispuesta a esperar mucho más, se contorsionó a medida que él avanzaba, rodeó los glúteos masculinos con sus manos y lo apretó hacia su interior para sentirse llena por completo. Diego se dejó llevar mientras comenzaba una acometida pausada que iba tomando fuerza y rapidez a medida que el deseo prendía en él y en su decisión.
El ronco gruñido masculino arrastró a Violet en una vorágine que culminó en oleadas de placer que la recorrieron por completo.
Diego sintió las pulsaciones del vientre femenino que abrazaban su miembro sin pudor, y las contracciones de placer lo masajearon sin piedad hasta que su misma esencia se derramó en el interior de ella.
Ambos quedaron abrazados y rendidos en la cama.