Inmisericorde
Capítulo 20
Violet se sentía de nuevo perdida.
Se encontraba a menudo con Diego sin importar la hora o el momento, bien cuando iba al mercado, bien cuando iba a la iglesia y posteriormente al orfanato. Sentía la muralla de sus defensas casi derribada y su voluntad expuesta, pero no podía continuar así. Ella había elegido vivir en la que ahora era su casa, por su proximidad con el Cristo de la Misericordia. Ahora estaba convencida de que no había sido una buena decisión, y pensaba seriamente en dejar la casa y venderla para poner la suficiente distancia entre ambos.
Le hacía daño la cercanía porque hacía tambalear su decisión de liberarlo del yugo del matrimonio para que pudiese rehacer su vida plenamente. Los sentimientos los tenía a flor de piel, y vivía en una constante incertidumbre. Si Diego no la amase, todo sería mucho más fácil, y ahora que había descubierto su afecto, sentía que actuaba mal. ¿Podría el Cristo perdonarla si claudicaba? Debía de estar loca por pensar así.
¡Una promesa debía cumplirse aunque la vida se le fuera en ello!
Escuchaba la música suave del piano. Las notas alegres llegaban hasta ella, que se mantenía apartada de todos en la terraza que comunicaba con el salón. La velada en casa Villares no estaba resultando tan entretenida como había imaginado, aunque agradecía enormemente que Isabel no hubiera informado a Diego de su asistencia esa noche. Sostenía una copa de sangría que había calentado su mano, estaba intacta, y ella, perdida en sus pensamientos como estaba, no se percató de ello.
—Te buscaba. —La voz de Isabel la devolvió de forma brusca al presente. Bajó sus ojos hasta la copa de líquido rojo que sostenía y bebió un trago largo, aunque no pudo evitar un gesto de desagrado—. ¿Por qué te escondes aquí? —le preguntó con interés.
—No me escondo, simplemente pienso en lo injusta que me muestro con vosotros, y me siento totalmente avergonzada.
—¿Por qué dices algo así?
Estuvo a punto de no responder a la pregunta, pero Isabel era su amiga.
—Porque Diego debería estar disfrutando de este momento familiar, y mi actitud lo separa de todos vosotros. Me siento francamente mal.
Isabel meditó en la respuesta.
—Te dije que te amaba —le recordó sin pedantería—, y no puedo comprender tu forma de comportarte cuando mi primo es correspondido en sentimientos.
Violet inspiró y dejó la copa en la bandeja de plata que había encima de una mesa de mármol. Habían quitado el jarrón de flores que normalmente la adornaba previendo que los invitados saldrían a la terraza a tomar el aire fresco.
—Yo me planteo esa misma cuestión cada minuto del día.
—¿Y entonces?
—Con la pérdida de Miguel comprendí lo injusta que había sido con tu primo. Tenía que haberme negado al matrimonio, no permitir que su honor se convirtiera en una gruesa cadena que apresaría su elección y su futuro, pero fui tan miserablemente ambiciosa que me perdí en mi propia codicia. —Violet calló un momento—. Tu primo estaba ebrio la noche que me introduje en su lecho para seducirlo. Él no era consciente de sus actos, y por eso mi pecado es demasiado grande, porque lo obligué moralmente a contraer matrimonio para preservar mi honor.
—Estabas encinta —le recordó Isabel.
Violet negó con la cabeza varias veces.
—Diego ofreció la promesa de matrimonio la misma noche que lo seduje, y yo la acepté porque estaba convencida que le haría olvidar al amor de su vida. Qué ilusa, ¿verdad?
—¡Pero lo lograste! ¡Mi primo te ama! —exclamó Isabel con vehemencia.
—¿A qué precio Isabel? —Violet se quedó pensativa durante un momento largo, perdida en los recuerdos—. He decidido poner en venta la casa. Me marcho.
—¿Y adónde irás?
—Regreso a mi tierra, al norte, de donde nunca debí salir.
—¿Estás segura? —Violet hizo un gesto negativo con su cabeza. Un instante después, otro afirmativo.
Mostraba en sus palabras la misma indecisión que agitaba su vida, porque sentía que debía de hacer una cosa, y su corazón gemía y la urgía para que hiciera otra. El constante conflicto la dejaba sin fuerzas, absolutamente agotada.
—Nuestro Cristo de la Misericordia te perdonará la promesa ofrecida si no la cumples por amor —trató de convencerla Isabel—. Es la razón más poderosa de todas: el amor.
Violet no le permitió continuar en su apología.
—Es mi penitencia, prima. Mostrar mi arrepentimiento sincero por haber cometido una transgresión mísera de avaricia, y mi promesa solemne de no cometerla otra vez. Tú como cordobesa deberías entender mi postura.
Isabel lo entendía, sin embargo dudaba seriamente que el Cristo aceptara ese sacrificio, máxime cuando el pequeño Miguel había muerto de todas formas.
—¿Y qué necesitarías para convencerte de que nuestro Señor no desea tu martirio? ¿Un milagro? ¿Crees que le agrada ver como haces infeliz a Diego? ¿Cómo te mortificas a ti misma por ese amor que no puedes evitar?
—Eres injusta. —Isabel iba a continuar con su proclama, pero Violet alzó su mano derecha y la detuvo—. Háblame de tu amor, dime si piensas que existe alguna posibilidad de que no te haya olvidado y de una reconciliación futura.
Durante la siguiente hora estuvieron hablando sobre sentimientos escondidos, perdidos durante el camino tortuoso del amor, mas sirvió para que la mente de Violet se despejara, para que se olvidase por un tiempo de la amargura que sentía, de lo vacío que estaba su corazón.
Diego la esperaba en el salón. En el rincón más apartado de todos. Sentado en una ancha silla y con una pierna cruzada sobre la otra. La familia no se había sorprendido de su repentina llegada a Villares, todo lo contrario, se alegraron de verlo y se apresuraron a informarle de la presencia de Violet en la casa. Aunque no pudieron precisar dónde se encontraba en ese momento, él lo intuía: lo más lejos posible de todos.
Luchó contra la tentación de mandarlo todo al diablo, pero había tomado la decisión de vencer de una vez, todos y cada uno de los muros que ella alzaba para separarlos. Pensaba obligarla a que reconociera que las barreras solo existían dentro de su cabeza, y no en la razón, aunque su corazón se encogió durante un instante, posiblemente causado por la música del piano, ¿por qué tenía su prima Blanca que tocar una melodía tan triste? ¿La abatiría el desánimo como a él?
De pronto, sus ojos volaron hacia las cristaleras que daban acceso a la terraza. Violet e Isabel hacían, en ese momento, su entrada sigilosa a la estancia. Desde el rincón donde estaba sentado, pasaba completamente desapercibido, y se alegró, porque así tenía la oportunidad de contemplarla a placer sin que ella se percatara de que estaba siendo observada. Cuando el repertorio de Blanca llegaba justo a la mitad, Violet se levantó disculpándose con Isabel, que le hizo un gesto con la cabeza. La siguió con los ojos, y cuando la perdió de vista en el vestíbulo, decidió seguirla, estar sentado en la última fila le condecía el privilegio de que ninguno se percatara que emprendía el mismo camino de ella.
Y siguió sus pasos en silencio hasta la habitación donde estaban depositados los abrigos, capas y guantes del resto de invitados. Aunque la velada se había preparado para un número determinado de asistentes, habían llegado demasiados amigos y familiares. La alcoba estaba llena de ropas de abrigo.
La vio buscar la capa y el sombrero entre la multitud de prendas oscuras, aunque resultó fácil localizar la capa blanca y los guantes, antes de que se la colocara sobre los hombros, ya estaba detrás de ella, respirando en su nuca. Violet se dio la vuelta y se tapó la boca para contener un grito. Finalmente, había logrado asustarla, aunque esa no había sido su intención.
Le puso las manos en los hombros y le mostró una sonrisa.
—No pretendía asustarte.
—Ignoraba que estabas en la casa.
—En un principio decidí que no asistiría, pero tenía que verte y por ese motivo estoy aquí.
—¡Diego…! —exclamó ella, él silenció la boca femenina con un dedo.
—No —comenzó—, hoy vas a escuchar mis razones.
—No sabes…
—Shhh —le dijo él. Finalmente Violet le ofreció el silencio que le pedía. Diego la sujetó por los codos y la acercó hasta él, aunque ella se resistió—. Solo te llevo hacia el diván para que estés más cómoda.
Violet apretó los labios con cierto enojo.
—No quiero estar cerca de ti con un diván como compañero. —Diego aceptó su renuencia con una sonrisa. La última vez que habían estado cerca de un sofá le había hecho el amor como un loco y habían terminado enfadados—. ¿Por qué has cerrado la puerta? —le preguntó con inmensa cautela.
—Porque tengo que decirte algo importante y no deseo ser interrumpido por un invitado inoportuno.
Las rubias pestañas aletearon por la sorpresa, si bien aceptó sentarse junto a él.
Violet temblaba como una hoja. Siempre le ocurría cuando estaba cerca del cuerpo masculino. Se convertía en cera caliente que podría moldear él a voluntad.
—Me moriré de vergüenza si algún invitado viene a buscar su capa y nos ve aquí dentro —protestó firmemente.
—Los invitados le pedirán al mayordomo sus prendas, y el mayordomo tiene órdenes explícitas de no interrumpirnos. —Violet lo miró con censura.
—¿Y los mantendrá esperando mientras charlamos? —La pregunta había sonado sarcástica.
—Regresa conmigo, Violet, vuelve a casa.
Violet inspiró profundamente, porque, al hacerle esa petición, la obligaba a ofrecerle una nueva negativa.
—¿Por qué buscas que te haga daño otra vez? Si me mantengo lejos de ti es por tu bien, porque deseo que seas feliz.
Diego lo intentaba, pero sus explicaciones escapaban a su entendimiento. A la razón más elemental y básica.
—Mi felicidad depende de ti, de tu regreso. Te necesito, aunque hasta hace poco no lo supiera. No me castigues por mi ignorancia.
Violet estaba cansada de luchar, agotada de mantener bien separadas la locura y la cordura que la zarandeaban a diario, en una batalla donde unas veces ganaba la circunspección, y otras, la vesania.
Clavó sus ojos en Diego. En esta ocasión no sintió ternura ni paciencia, y sí una inmensa ira. Si él no atendía a sus ruegos, atendería a su furia. Soltó sus manos de las de él y se levantó con brusquedad.
Diego la imitó.
—No voy a regresar contigo, ¡acéptalo de una vez! —El tono femenino había sonado demasiado áspero—. Rehaz tu vida como mejor creas, y olvídate de mí.
Diego había pensado en un montón de razones para convencerla, pero lo sorprendió su tajante negativa, aliñada con una cólera resabiada.
—No pienso concederte el divorcio —le espetó de pronto. Las pupilas de Violet brillaron, dolidas—. Ni ahora, ni nunca, —continuó él con voz excesivamente seria.
Algo muy diferente a la prudencia se apoderó de ella sin poder sujetarlo a tiempo, y la incitó a actuar como nunca hubiera sospechado. La bofetada sonó en el silencio de la estancia como un disparo. Diego se llevó la mano a la mejilla, aunque no hizo nada salvo mirarla de una forma tan ardiente que Violet sintió una sensación abrasadora en las entrañas.
—No te casarás con Montenegro —aseveró él. Violet quiso golpearlo de nuevo, pero Diego le sujetó la mano antes de que alcanzase su mejilla—. Ni con ningún otro, mientras yo viva.
Ahora lo empujó con sus manos.
Diego dio un paso hacia atrás, y recuperó la postura firme cerca de ella. Le sujetó ambas manos a la espalda impidiéndole que volviera a golpearlo.
—¡Suéltame! —siseó entre dientes completamente ofendida.
Sugerir que estaba interesada en Montenegro la había llenado de cólera. ¿Por qué los hombres veían siempre en las acciones femeninas interés o conveniencia?
—Antes tendrás que escucharme —le dijo con semblante impasible. Ella resopló con enojo—. Yo he escuchado todas y cada una de tus negativas irracionales, ahora es tu turno de oír razones válidas y maduras.
Violet se agitó tratando de soltarse, sin embargo Diego la mantenía bien sujeta. La aprisionaba con una sola mano, con la otra le asía el mentón para impedir que moviera la cabeza.
—Solo contigo puedo ser feliz —comenzó él, Violet trató de volver el rostro para evitar el contacto, y la mirada anhelante que le impedía pensar con coherencia.
Necesitaba escapar del encierro al que la sometía, porque no quería escucharlo. Tenía que cerrar los oídos y el corazón a cada palabra, aunque perdiera la poca cordura que le quedaba en el intento.
—Diego, ¡suéltame! —volvió a exclamar—. No deseo escucharte.
Él pensó que era una cobarde.
—Entonces no me oirás, pero vas a sentirme, y de qué manera.
La boca de Diego cayó sobre la de ella de forma inesperada. Violet se quedó quieta durante un momento, un segundo después comenzó a debatirse furiosamente cuando la lengua de él lamió sus mejillas internas, cuando sus dientes mordieron suavemente su labio inferior, para enroscar de nuevo la lengua aterciopelada con la suya en una danza que la mareaba, la dejaba sin fuerzas.
Violet logró soltar una de sus manos y la dirigió al pelo masculino, enterró sus dedos entre los mechones negros y, doblándolos como garras, trató de apartarle la cabeza y echarla hacia atrás, no obstante Diego no se lo permitió, comenzó a besarla de forma mucho más profunda y apasionada, sitiando su estado emocional por completo.
Violet dejó de resistirse poco después, y cuando sintió que caía sobre el diván, supo que no podría detenerlo esa noche ni ninguna otra, a menos que se alejara definitivamente de Córdoba. Diego le hizo el amor tan ardientemente que le hizo ignorar dónde estaba. Le hizo olvidar su determinación, su promesa más solemne y sagrada. Con él se convertía en alguien sin voluntad, sin decisión. Era mantequilla batida al fuego entre sus brazos, convertía su cuerpo en un anhelo que solo él podía satisfacer. Una furiosa necesidad de sentirse amada, correspondida, y el clímax de ambos llegó de forma furiosa, intensa, tanto, que se quedó sin vida en los brazos de Diego y sin capacidad para hacer o decir nada durante unos segundos.
La cordura llegó a él mucho más rápido que a ella.
—Perdóname, Violet, no tenía intención de que esto ocurriera, pero no tengo control cuando estoy contigo. Mi intención era hablarte, y mi determinación se va al traste cuando me miras, cuando respiras cerca de mí.
Violet sabía que decía la verdad porque a ella le sucedía exactamente lo mismo.
—Regreso a mi tierra —le informó con un hilo de voz mientras trataba de separarse de él—. Mi familia me espera en el norte.
Diego seguía todavía en el interior de ella, y la respuesta a sus palabras fue aprisionarla mucho más fuerte. Ambas bocas casi podían rozarse de lo cerca que estaban, los alientos se entremezclaban por la respiración agitada.
El corazón de Diego se detuvo en una pausa mortal. No podía marcharse tan lejos.
—No lo permitiré —le advirtió.
El corazón de Violet se aceleró a un ritmo peligroso. Él no podía ordenarle algo así, ¿acaso su sufrimiento no era palpable?
—No me dejas más opción si sigues con este ataque a mis sentidos. Sabes que te amo, pero no puedo regresar contigo —le confesó con el corazón en un puño.
Para sorpresa de ella, Diego volvió a moverse en su interior en un suave balanceo. Tras el orgasmo, no se había retirado de su vientre. Violet gimió interiormente al sentir las pulsaciones que la azotaban de nuevo como un vendaval. Diego podía matarla en uno de esos arrebatos y ella no podría recriminárselo porque todo dejaba de tener importancia para ella, salvo el delirio de tenerlo así de cerca.
—Hablo en serio —le dijo con voz entrecortada. Le costaba respirar y coordinar las palabras para pronunciarlas con exactitud. Era muy difícil concentrarse cuando todo su cuerpo era un volcán a punto de estallar—. No te perdonaré este asalto, Diego, lo prometo.
Él paró el movimiento y salió del interior de ella con un gemido lastimoso ante el placer insatisfecho.
Violet comenzó a arreglarse la falda del vestido que estaba completamente arrugada. Sentía unas ganas inmensas de llorar y no sabía cómo contenerse delante de él. Diego había ordenado su camisa y cerrado los botones de su pantalón, si bien la insatisfacción que no había podido saciar se hacía evidente y, ser consciente de eso, le hizo sentir todavía más miserable.
—Gracias —le dijo en un murmullo apenas audible.
El silencio de Diego le pesaba en el alma de una forma que no podía explicar. Miró los dos pozos oscuros en el rostro masculino y sintió deseos de persignarse.
—No hará falta que te marches a tu tierra, tienes mi palabra de que no te molestaré más. Mañana me marcharé a Hornachuelos, estaré allí los próximos meses.
Ella lo echaba de su propia ciudad, lo alejaba de su familia, y le mostró la gratitud que sentía por su deferencia.
—Te lo agradezco —volvió a repetir compungida por ser la causa de que se mantuviera alejado de todo.
Diego se mesó el pelo revuelto. Suspiró completamente agotado y la miró de una forma que le produjo escalofríos en la base de la columna. Si al menos no la mirara así…
—No lo hago por ti, sino por Miguel. Su madre debe estar cerca de su tumba para llorarlo siempre que lo desee.
¡Diego había comprendido!, se dijo completamente aliviada. Y lo amó mucho más, si eso fuera posible. Si ella no se había marchado de Córdoba era porque no podía soportar estar lejos de la tumba de su pequeño, mas él había entendido al fin.
Esas fueron las últimas palabras que intercambiaron.
Cuando Diego regresó al salón donde todavía se escuchaba la música, Violet lo seguía de cerca. La vio tomar asiento junto a Isabel y se preguntó por qué motivo había decidido quedarse, si había ido a buscar su capa para marcharse antes de que él la hiciese suya por última vez, aunque se mantuvo en silencio mientras escuchaba la hermosa canción que Blanca tocaba al piano.
Se sentía inmensamente desdichado, pero se mantuvo sentado sin moverse, paralizado, igual que su corazón, que latía por rutina y simple necesidad.
Diego la seguía a una distancia prudente.
Quería asegurarse de que llegaba sin contratiempos. Violet había prescindido del carruaje y se desvió mucho antes de llegar a la casa, tomó un rumbo determinado, pero le resultó muy fácil seguirla porque la luna hacía brillar su capa blanca en la oscuridad de la noche. Varias manzanas después, se preguntó hacia dónde se dirigía con tanto empeño, y cuando alcanzaron la Cuesta de Bailío, supo cuál era el lugar que perseguía ella: la plaza de Capuchinos.
Violet no volvió la cabeza ni una sola vez, y Diego se encontró de pronto medio escondido en un zaguán cercano al Cristo: la meta final de Violet. Nuevamente se encontró espiándola sin saber muy bien qué era aquello que pedía tan fervorosamente. La contempló rezar en silencio, en una actitud de abnegación total.
Cuando Violet terminó su plegaria, besó con adoración la base de la imagen antes de levantarse y regresar sobre sus pasos.
El corazón de Diego sufrió un sobresalto dentro de su pecho porque sabía que ella sufría, y él no tenía modo de ayudarla. ¡Desconocía cómo hacerlo!
Se pegó al muro de la pared para que ella, al pasar por la acera de enfrente, no se percatara de que la había seguido y la espiaba. Cuando su mujer dobló la esquina en dirección a la casa que no compartía con él, enfiló los pasos para dirigirlos hasta los pies de la imagen que tanto veneraba ella, y cuando llegó, hizo exactamente lo mismo que la había visto hacer unos momentos antes. Se arrodilló, y besó repetidamente el mismo lugar que había besado ella mientras suplicaba la misma letanía: «no se lo concedas, Cristo mío, no importa lo que te haya pedido, pero no se lo concedas».