Inmisericorde

Arlette Geneve · Capítulo 26 de 27

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Inmisericorde

Epílogo

 

En el corazón de Bidasoa se escuchaba el sonido de una guitarra y el chapoteo de pies infantiles dentro de una fuente. La voz masculina cantaba una balada fácil, que los niños escuchaban a medias porque estaban más interesados en jugar a mojarse el uno al otro. Diego Miguel y su hermano reían con el rostro lleno de salpicaduras de agua. El pequeño Diego, de cinco años, tenía el pelo negro, los ojos castaños y era la viva imagen de su padre. Su hermano de tres años, era rubio como la familia de Violet, por ese motivo, porque era tan parecido a su cuñado, había aceptado llamarlo como él, y porque su esposa le había ofrecido a cambio noches de pasión interminable.

Él mismo tenía metido uno de los pies dentro de la fuente y lo mecía al ritmo de la música, el otro lo tenía apoyado en la piedra para sostener la guitarra en su regazo mientras tocaba.

Y la presintió. Siempre que ella estaba cerca, la intuía.

Los ojos masculinos dejaron de mirar a los dos niños, que ya estaban prácticamente calados, para clavarlos en la mujer que le sonreía desde el corredor de la planta alta. Estaba asomada a la barandilla con la pequeña Violet María en brazos. La niña, de apenas un año, hacía gorgoritos al ritmo de la voz de su padre. Diego no podía ser más feliz, ¡iba a ser una cantaora de primera! Además, la más hermosa de todas las muchachas de Córdoba.

Su pelo negro brillante y lleno de rizos lo tenía completamente cautivado, igual que sus inmensos ojos verdes que eran una bendición, porque eran idénticos a los del hijo que habían perdido años atrás.

Violet María era la niña de su corazón.

Su mirada oscura dejó el rostro de su hija para clavarla en su mujer, que tenía un brillo arrebatador en las pupilas.

Estaba hermosa y lo hacía el hombre más feliz del mundo.

Después de tener a Diego Miguel había dejado de levantarse dormida por las noches y de caminar sonámbula por los pasillos de Bidasoa.

Luis le explicó con infinita paciencia que su sonambulismo podía haber sido causado por la fuerte conmoción sufrida por la pérdida del hijo de ambos, pero, gracias a Dios, todo había vuelto a la normalidad después del parto, y Diego jamás le mencionó sus escapadas a media noche para plantarse delante del Cristo de la Misericordia y regresar sobre sus pasos poco después.

Pero, en Córdoba, la leyenda seguía creciendo, y las madres repetían a sus hijos la misma historia sobre el fantasma de Capuchinos: había encontrado al fin la rendición de su alma.

 

FIN