Inmisericorde
Capítulo 18
Ella no se daba cuenta, pero Diego la seguía desde hacía rato.
Violet llevaba los brazos llenos de lirios y él supo por instinto que se dirigía hacia la plaza Capuchinos. Sentía una fuerte corazonada. Le había sorprendido enormemente que hubiese comprado una casa tan cerca de Bidasoa, aunque creyó ver una intención en ello: la cercanía del Cristo de la Misericordia.
Clavó sus ojos negros en la capa blanca. La gruesa tela ondeaba a cada paso y se arremolinaba en torno a sus pies. Una flor cayó al suelo empedrado, y ella no se detuvo, ignoraba que se le había caído. Cuando llegó a la altura de la flor rendida en el suelo, Diego se inclinó a recogerla, la llevó hasta la nariz para oler su perfume y besó los sedosos pétalos blancos. Guardó el capullo en el bolsillo de su chaqueta de montar y al aspirar el aroma de la flor, un recuerdo le atravesó el cerebro como un rayo. Violet ya no olía de forma exótica, sino a esencia de romero, podía percibir su perfume a medida que la seguía por el empedrado. Era un aroma que le resultaba conocido y, de pronto, sonrió. Por supuesto que le resultaba familiar, era el mismo olor que llevaba él impregnado en la piel y supo por qué motivo esa deferencia le agradó muchísimo y le insufló aliento al corazón.
¡Era su forma de recordarlo a diario!
Un faetón conducido por un hombre que él no conocía, se detuvo al paso de ella y el pasajero le habló. Diego esperó convenientemente retrasado mientras seguía la conversación de ambos. Estaba claro que Violet conocía al sujeto, porque un momento después, le ofreció uno de los lirios con una sonrisa. El desconocido lo aceptó con ojos brillantes. ¿Quién demonios era? ¿Por qué aceptaba un obsequio de una mujer casada? Sintió el impulso de llegar hasta ellos y reclamar a gritos lo que le pertenecía, para borrar cualquier ilusión o esperanza masculina que albergase, si bien no hizo tal cosa, sino que esperó con infinita paciencia a que terminaran de conversar, que el conductor retomara de nuevo las riendas del carruaje y continuara su camino, cosa que sucedió unos momentos después.
Violet siguió el camino pero con dos flores menos en su regazo, aunque con la misma determinación en sus ojos. De tanto en tanto, saludaba con la mano a algún caminante que le correspondía con una inclinación de cabeza.
Una mujer con dos niños de la mano se paró cuando se cruzó con ella. Ambas mujeres intercambiaron sonrisas. Violet comenzó una conversación animada mientras acariciaba con una de sus manos el pelo alborotado del niño. Varios lirios cayeron al suelo al aflojar la sujeción sobre ellos, la niña los recogió y se los tendió de nuevo. Ella se inclinó hacia el cuerpo pequeño y le dio un beso en la mejilla que la niña agradeció con una sonrisa cándida. Nuevamente retomó su camino hasta enfilar el principio de la plaza. La imagen del Cristo de la Misericordia estaba justo en medio.
Diego se percató de que había muchos jarrones con flores que no habían permitido que se marchitaran. Era la primera vez que veía al Cristo rodeado de flores y se preguntó cuál sería la causa o el motivo.
Violet dejó los lirios en la base y tomó uno de los jarrones para dirigirse hacia una de las casas, tocó la aldaba y la puerta se abrió. Durante unos momentos, Diego la perdió de vista, pero poco después, la gruesa puerta se abrió de nuevo y Violet salió por ella con el jarrón lleno de agua. Caminó directamente hacia los pies de la imagen, colocó las flores en el jarrón, y este en la base de piedra. Unió las manos y cerró los ojos para comenzar una de las muchas oraciones que ofreció durante la siguiente hora.
Diego esperó resguardado en uno de los soportales de una de las casas que tenía el portón abierto.
Contempló agitarse los hombros femeninos por el llanto y lo sorprendió gratamente que Violet fuese tan devota. Decidió caminar hasta encontrarse con ella, aunque lo pensó mejor. Esperaría a que terminara la plegaria. Quizás él no fuera tan devoto, pero sí respetaba los silencios compartidos con la imagen y las lágrimas que se ofrecían desde el corazón.
Violet pidió por su pequeño Miguel, para que en el cielo fuese inmensamente feliz. Rogó para que su corazón tolerase su ausencia hasta que se encontrara de nuevo con él. Suplicó por Diego, para que pudiese rehacer su vida pronto y fuese completamente feliz. Pidió por Isabel, para que su amor saliera adelante. Por su familia y por los amigos que sufrían. Cuando terminó la última oración, se persignó y besó el suelo de la base donde estaba alzado el Cristo. Se levantó de su posición arrodillada, levantó su rostro a la imagen y, tras una última mirada, giró sobre sí misma y entonces se dio de bruces con Diego que la sujetó por los hombros con delicadeza.
Lo miró completamente atónita.
—¡Diego! ¡Qué sorpresa!
Él percibió el nerviosismo femenino y el sobresalto que le produjo perderse en el brillo de sus ojos oscuros. Los hombros temblaban bajo sus manos y sintió la imperiosa necesidad de abrazarla, reconfortarla. Su instinto le decía que lo necesitaba y no resistió el impulso. Con un gesto rápido la atrajo hacia sí y la encerró dentro de sus brazos para mecerla con infinita suavidad, como si acunara a un bebé indefenso. Violet se dejó consolar sin emitir una protesta. En ese momento mágico, a los pies del Cristo de la Misericordia, compartían un momento especial y único. Una comunión de sentimientos, de afectos y recuerdos, que resultó un bálsamo caliente en su alma torturada.
Alguna persona que se cruzó con ellos en la plaza sonrió al ver la tierna y emotiva escena.
—Gracias —le dijo de pronto ella.
Violet ignoraba cómo Diego había intuido lo que necesitaba en ese preciso momento. Un abrazo amigo. Un aliento amado. Una mirada cálida.
—Te vi cuando salía a cabalgar y decidí seguirte, sentía curiosidad por saber hacia dónde te dirigías —le confesó sin dejar de mirarla—. Dejé la montura atada a la verja de Bidasoa y caminé tras de ti. Confío que siga allí cuando regrese.
—Vengo algunas mañanas al convento y aprovecho para rezarle al Cristo.
—¿Me permites que te acompañe de regreso? —Violet le hizo un gesto afirmativo con la cabeza.
—Vivo muy cerca —le informó.
—Lo sé.
Las miradas de ambos se cruzaron y se mantuvieron fijas en el otro. Se podían decir tantas cosas con ella sin pronunciar palabra…
—¿Cómo estás? —le preguntó realmente interesado, pero ella no le respondió.
Violet inspiró profundamente antes de comenzar a caminar a su lado.
Diego le pasó el brazo por los hombros para sujetarla con firmeza, y asió la mano izquierda femenina para encerrarla en la suya, mucho más grande y fuerte. Ella apoyó la cabeza en el hombro firme de su marido con gran serenidad en sus ojos verdes. El silencio los acompañó durante el camino de regreso.
La vivienda era pequeña y de dos plantas, con un bonito jardín delantero con árboles frutales, rosales e hibiscos. La mano de Violet asió la cancela y se detuvo con una gran duda. Diego supo lo que pasaba por su mente: despedirlo en la calle. Así que se adelantó a su decisión.
—¿No piensas invitarme a entrar? —Ella vaciló seriamente en hacerlo. Estar acompañada de Digo suponía una inmensa alegría, también una profunda desesperación que la volvía loca, y no sabía cómo enfrentarse a ello—. Por favor, Violet, me gustaría acompañarte un poco más, prometo no decir ni hacer nada que pueda incomodarte.
—Nunca me incomodarías —le respondió con ojos brillantes.
Abrió la verja de hierro y lo invitó a entrar.
Diego la seguía muy cerca. Únicamente dos escalones separaban la puerta de entrada a la casa con el jardín exterior. A él le extrañó que ella misma abriera la puerta con la llave, y se preguntó si acaso no tenía mayordomo o asistenta para tal menester. Cuando cruzó al interior, la estancia le pareció vacía, desnuda en su esencia. El vestíbulo tenía un único mueble que hacía de aparador, pero que no había sido creado con ese fin. Se fijó en el patio al final del corredor y en la estrecha escalera que subía a la zona de las alcobas. Violet lo guio hacia el salón principal que era la primera puerta del vestíbulo. Las amplias ventanas daban al jardín delantero y la sala estaba comunicada con el estudio por una doble puerta corredera. A Diego le recordó la distribución de las casas inglesas a las que se accedía de una estancia a otra por amplias puertas correderas que podían cerrarse o abrirse a voluntad, y así comunicaban los espacios.
Miró el hogar apagado. Las cenizas habían perdido fuerza durante la noche.
Violet se quitó los guantes y la capa para dejarlos sobre un sillón situado en un secreter de nogal. Se volvió hacia él y extendió sus manos para que le diera la capa y el sombrero, Diego lo hizo con ademanes suaves.
—¿No tienes mayordomo? —le preguntó.
Violet negó, aunque sin dejar de mostrarle una sonrisa apacible.
—Espero a Ana, que llegará muy pronto con su sobrina.
—¿Estás sola? —Diego había pronunciado la pregunta con incredulidad.
—Hay un ama de llaves, Carmen, y una doncella. Madre e hija trabajan en la casa, pero ambas han tenido que salir esta mañana a resolver una pequeña cuestión legal, estarán de regreso por la tarde.
Diego observó que colocaba sus prendas junto a las de ella. Giró sobre sí mismo para contemplar toda la estancia con atención y, entonces, sus ojos se clavaron en un caballete de madera cubierto con un lienzo blanco.
—¿Pintas? —le preguntó algo azorado.
Violet supo que se sentía abochornado por desconocer esa faceta de ella. ¡Había tantas que ignoraba…!
—Hace más de tres años que no lo hago, sin embargo he comenzado a hacerlo recientemente —le confesó sin un asomo de orgullo—. Mi hermano solía decir que no lo hacía del todo mal. Algunas de mis pinturas cuelgan del vestíbulo de nuestro hogar.
Los ojos de Diego se entrecerraron al recordar a su cuñado. Ella había dejado entrever una añoranza que lo preocupó.
—¿Y qué has comenzado a pintar? ¿Me permites verlo?
Violet le hizo un gesto afirmativo. Diego alzó el lienzo blanco y sufrió una inquietud repentina. Tenía frente a sus ojos el rostro inacabado de su hijo Miguel. Un cúmulo de sensaciones convergieron en su interior dejándolo indefenso, desarmado. Sentía un nudo en la garganta que aumentaba hasta impedirle respirar con normalidad y el estómago se le tensó de una forma sumamente aflictiva.
—Quiero pintarte —le dijo de pronto Violet, pero él no podía apartar los ojos del dibujo inacabado. Los rizos negros de Miguel brillaban perfectos, la ropa estaba bien definida, aunque faltaba el contorno de los ojos y los labios—. Si posas para mí podré acabar el cuadro.
Diego la miró de forma solemne.
—¿Pintarme? —le preguntó sin poder ocultar la emoción en la voz.
Violet le ofreció una sonrisa trémula.
—Me hubiese gustado encargar el cuadro a un auténtico pintor, pero solamente yo conozco el rostro perfecto de mi pequeño, su sonrisa contagiosa, su mirada dulce. Ningún pintor podría pintar su retrato solamente con mis descripciones.
Diego entendía demasiado bien lo que trataba de explicarle. No había ninguna imagen del hijo de ambos, salvo en sus corazones.
—Contigo podré terminarlo —lo animó—. No te quitaré mucho tiempo.
Diego no tenía que pensarlo. Por supuesto que le gustaría que lo usara como referencia para acabar el hermoso cuadro.
—Dejaré que me utilices como modelo si una vez terminado, el cuadro cuelga en el salón de Bidasoa.
Violet le hizo un gesto negativo bastante elocuente.
—El cuadro de Miguel siempre estará donde esté yo.
Diego sintió una sacudida tras ese comentario porque ella debía de estar allí donde estaba él. Protegida por sus brazos, acompañada por su mirada.
—¿Pintarás otro para mí? —le preguntó con un hilo de voz.
Violet inspiró fuertemente y se tomó su tiempo para responderle. Cuando lo hizo, fue de forma dubitativa porque no deseaba adquirir un compromiso de tal magnitud.
—Es posible —le contestó al fin.
—¿Qué debo hacer? —inquirió Diego con cierta vacilación.
La sonrisa de Violet se le clavó en el alma como un dardo afilado.
—Simplemente mirarme.
Diego pensó que eso le resultaría muy fácil, porque nada le agradaba más que perderse en las aguas cristalinas de los ojos de su esposa. Podría pasarse la vida contemplándola.
Violet buscó una silla cómoda y la situó muy cerca del caballete. Diego tomó asiento donde le había indicado y se mantuvo quieto durante un buen rato. Ella se colocó una especie de bata sobre el vestido blanco. Tomó la paleta, aplicó oleos de diversos colores y se quedó un rato mirándolo tan fijamente que Diego notó que se le erizaba el vello de la nuca. No era una mirada de amor, ni de desdén, deseo o anhelo, era la mirada de una persona que mira con ojo crítico cada línea, cada rasgo para memorizarlo y plasmarlo después en un lienzo.
Él intuía que Violet iba a realizar un trabajo extraordinario.
El resto de la mañana voló rápidamente, pero Diego nunca se había sentido tan relajado, salvo el día que contempló el rostro de su pequeño Miguel y supo que haría todo para protegerlo, aunque había fracasado estrepitosamente.