Inmisericorde

Arlette Geneve · Capítulo 14 de 27

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Inmisericorde

Capítulo 12

 

Despertó con un vacío en el corazón y el alma aniquilada.

Estaba vestida con un camisón limpio y tenía los pies vendados. Isabel corrió hasta la cama y la abrazó. Ese gesto desbordó su angustia, si bien no soltó ni una lágrima, no podía. Tenía la sangre paralizada dentro de las venas.

Se sentía más muerta que viva y, de pronto, recordó las palabras de Luis.

—¡No! ¡No! ¡Oh, Dios mío! ¿Por qué? ¡Tengo que verlo! —exclamó con voz ronca. Isabel le tendió otra bata para que se la pusiera sobre el camisón de color rosa claro.

—Diego no permite que entremos a la alcoba. Está encerrado con llave desde hace varias horas —le explicó Isabel con voz entrecortada.

El dolor, el insoportable dolor la mordía de nuevo. Había hecho una promesa, pero el Cristo de la misericordia la había ignorado. Respiraba por inercia, porque estaba completamente vacía por dentro.

—Tienes que convencerlo para que nos permita amortajar al pequeño.

Violet sacudió los hombros sollozando, aunque a sus ojos no acudía el llanto que necesitaba. Sentía los espasmos que le hacía el estómago por la pena. La angustia que la zarandeaba hasta provocarle una angustia venenosa. Si no temiese el castigo divino para Diego, buscaría el valor para quitarse la vida y acompañar a Miguel en su viaje.

¡No podía estar muerto! El hijo de sus entrañas no podía abandonarla.

Bajó los pies de lecho y caminó descalza hasta la puerta. Le dolían las plantas de los pies por las heridas que se había causado a sí misma caminando descalza por las estrechas callejuelas. Cuando abrió la pesada hoja, se encontró cara a cara con Inés y Blanca. El resto de la familia llenaba el salón principal así como la biblioteca, organizaban los preparativos para el sepelio. Ignoraba las horas que había estado inconsciente, pero Luis se había hecho cargo de todo.

Cada paso que daba hacia las dependencias de Diego era como caminar sobre puñales al rojo vivo. Veía los rostros llorosos, recibía las diferentes condolencias sin poder emitir una sola palabra de agradecimiento. El muro infranqueable en el que se había convertido la puerta que dividía el corredor y la alcoba de Diego, estaba cerrada. Y el silencio era como un pesado lazo atado a su cuello que apretaban, y apretaban, hasta impedirle respirar.

Isabel les pidió al resto de mujeres que la dejaran a solas para que pudiese hablar con Diego en la intimidad. El corredor se quedó vacío en un momento. Isabel esperaba sentada en el primer escalón de bajada al piso inferior, rezando y llorando al mismo tiempo.

Violet respiraba con enorme dificultad, alzó la mano para tocar la madera, si bien desistió porque le fallaban las fuerzas. Finalmente se armó de valor, y tocó con los nudillos en la gruesa puerta. Después de unos segundos lo intentó de nuevo.

—Diego, por favor, abre la puerta. —Las palabras habían sido ofrecidas apenas en un susurro. En un martirio de voz que no parecía humano.

El silencio siguió acompañándola durante unos momentos, volvió a insistir.

—Por favor, Diego, permíteme que entre y pueda darle un beso a Miguel, por favor. No me dejes fuera, ¡os necesito!… —bramó rota y vencida.

Isabel lloraba más profusamente a medida que escuchaba la súplica de Violet. Debía de ser ella quien la consolara, sin embargo no podía. La mujer de su primo se comportaba con una entereza que aumentaba su admiración y respeto hacia ella.

Violet pegó su oído a la madera, no se oía nada en el interior de la alcoba. Volvió a llamar pero en esta ocasión mucho más suave. Sabía que Diego la escuchaba y que necesitaba su tiempo para poder enfrentarla.

—Diego, por favor. Quiero estar contigo, con él. Déjame que lo abrace, que lo bese. Por favor, te lo suplico. ¡Diego! —La exclamación herida, resultó un tormento para la persona que escuchaba desde el otro lado.

La puerta, finalmente se abrió, no obstante, a ella le faltó el valor para entrar, y durante unos momentos, se quedó parada en el umbral sin decidirse. El interior de la habitación parecía una sepultura. Todo estaba oscuro y caliente. Cuando los ojos de Violet se acostumbraron a la penumbra, se dirigieron hacia la cama que estaba vacía. Recorrió la estancia hasta que se detuvieron en el sillón de cuero que estaba al lado del hogar apagado. Podía vislumbrar la camisa blanca de Diego, y el bulto que sostenía entre sus brazos. Su pequeño, el hijo de su carne, ya estaba frío.

Caminó con pies de plomo hasta allí y se detuvo apenas a unos centímetros de él. Se puso en cuclillas, y dejó descansar sus manos en las rodillas de su marido. Sintió el temblor masculino bajo ellas.

—Necesito que me lo des —le pidió en un susurro. Diego hizo un solo gesto con la cabeza negando—. No le haré daño, lo prometo.

El silencio le pesaba en la razón, martirizándola. Comprendía cada uno de los sentimientos que él padecía: miedo atroz, dolor agónico, malsano remordimiento. Lo entendía porque era lo mismo que sentía ella.

—Yo lo sostendré —se ofreció, pero Diego lo apretó todavía más fuerte contra su pecho. Como si tratara de proteger al pequeño de su propia madre.

Violet sentía impotencia, y un dolor agudo en el pecho que le impedía tragar con normalidad. Posó su mano izquierda en el brazo de Diego, y con la derecha acarició el pelo infantil, y peinó algunos rizos con inmensa ternura.

—Por favor, Diego, necesito que me lo des.

La mano de Violet alcanzó el rostro de Diego, y pasó los nudillos por el mentón áspero. Escuchó la profunda respiración masculina, la leve vacilación y, finalmente, la aceptación de su solicitud.

Diego le entregó el cuerpo de Miguel con absoluta reverencia.

Violet lo tomó entre sus brazos y se sentó con él en el suelo. Lo sujetó en su regazo y lo acunó junto a su corazón que latía a un ritmo mucho más lento. Besó la mejilla fría. Olió el suave cabello y lo apretó fuertemente, como si pudiera con ese gesto, traerlo de nuevo a la vida. Siguió meciendo al pequeño como tantas otras veces y le susurró la misma nana que le cantaba antes de darle el último beso de buenas noches. Era un ritual que seguía desde su nacimiento.

Tras unos momentos de silencio, donde solo se escuchaban los suspiros de Diego en la alcoba, Violet se alzó con el pequeño en brazos, y caminó hacia la puerta. Isabel y Luis la esperaban fuera. No se percató, pero las lágrimas habían acudido a sus ojos y descendían profusamente por sus mejillas.

Luis extendió los brazos para recibir el pequeño cuerpo inerte de Miguel.

—Preparadlo —le dijo a Isabel—, ahora me ocuparé de Diego. Después, iré con él.

Isabel le hizo un gesto afirmativo con la cabeza, y caminó detrás de Luis que llevaba al pequeño a las dependencias infantiles para vestirlo. Violet regresó a la alcoba donde seguía Diego encerrado en su dolor, perdido en sus pensamientos. Llegó hasta el brazo del sillón y se detuvo. Ignoraba qué palabras podría ofrecerle para consolarlo, pues ella misma estaba inconsolable, sin embargo tenía que intentarlo.

—Deja que me acerque a ti —le dijo con un hilo de voz—. ¡Te necesito!

Violet se sentó en el brazo del sillón muy cerca de él que seguía en un completo mutismo. Acarició el pelo de su marido como momentos antes había acariciado el de su hijo. Diego no rechazó la caricia.

—Yo lo he matado —confesó él de pronto.

Violet inspiró al escucharlo. La voz masculina quemaba de sufrimiento. Hervía con un tormento que superaba lo terrenal.

—Por favor, no hables así porque me haces daño.

—No más del que me hago a mí mismo. Si hubiese contenido mi enojo, Miguel seguiría vivo. ¡Lo he matado!

Violet no pudo contenerse y abrazó el cuello de Diego mientras volvía a llorar de forma desconsolada. Sufría un calvario de angustia. Una tortura emocional devastadora. Diego se abrazó a ella sin ser consciente que le clavaba los dedos como garras en la tierna carne de los brazos, si bien ella necesitaba sentir el dolor para controlar la angustia.

—¿Por qué me lo envió Dios para quitármelo ahora? —preguntó Diego con voz rota por la emoción.

Violet ignoraba qué palabras podría ofrecerle. Ella misma se había ofrecido al Cristo, pero en ese momento de pena y aflicción extrema, se mostraba con ella inmisericorde. Su ofrecimiento había sido rechazado. Deseaba enfadarse, gritar su frustración, y sacar la congoja que le envenenaba el alma.

—¡Para castigarme! —exclamó él.

Diego estaba destrozado. Sumido en el más caótico sentimiento de culpa. De error agravado con falta consciente y permisiva.

—Llora conmigo, Diego. Llora conmigo, porque mañana tendremos tiempo de perjurar y de maldecir. —Instantes después, ambos sollozaban abrazados en la oscuridad.

Nunca dos personas habían estado tan unidos en la desgracia y tan separados en el afecto.

 

La casa se había quedado sola. Los familiares decidieron marcharse uno a uno, y lo hicieron en silencio, con los rostros sumidos en la pena más solidaria. Ella agradecía la quietud y el silencio que había en ese momento.

Era lo único que ansiaba más que otra cosa: la circunspección del espíritu. La mesura en los sentimientos.

Deambuló por los pasillos y los patios, aunque sin disfrutar del sonido del agua de las fuentes. Del aroma del galán que le llenaba las fosas nasales con su penetrante olor. Violet se dirigió con pasos firmes a la biblioteca. Todas las puertas de las estancias seguían abiertas por orden expresa de tía Catalina. Los diferentes espejos que adornaban algunas paredes, habían sido cubiertos con paños blancos. Se había colgado el crespón negro en la puerta de entrada a la casa en señal de luto.

Violet pensó que Bidasoa parecía un desierto yermo, estéril.

Miró los diferentes cuadros, y se dio cuenta que no había ninguna pintura del pequeño Miguel, no habían tenido tiempo de encargar que le hicieran un retrato, y ahora lo lamentaba muchísimo, porque solo tendría el recuerdo en su memoria para evocar su imagen perfecta. Dejó de mirar los cuadros y desvió sus ojos hacia la bonita mesa que usaba Diego como escritorio. Era de madera oscura, con tablero liso. Los cajones estaban tallados con motivos geométricos, dos de ellos frontales, y los tiradores eran de hierro forjado y formaban una estrella de ocho puntas con un péndulo. Sobre el tablero había un tintero de cristal, un metrónomo y varios libros de filosofía.

Caminó hasta la mesa, y acarició el borde de la madera con la yema de los dedos. Miró el sillón sobre el que se sentaba Diego cuando trabajaba. Desde allí abría la diferente correspondencia que recibía. Fijó sus ojos en el libro donde anotaba los ingresos y gastos. Abrió la tapa y vio las cifras perfectamente escritas en el interior de las hojas.

Su esposo era un hombre metódico y ordenado.

Después del funeral, Diego había regresado con ella a la casa, pero solo en cuerpo, porque su mente se mantenía separada de todo. En un lugar tan remoto y escondido en el que ella no podía alcanzarlo. Y no podría desahogar toda su pena. El inmenso tormento que la sacudía y la hería sin piedad.

Hasta que lo hubiese ayudado a él, ella contendría su dolor. Cuando hubiese alcanzado su objetivo, cumpliría la promesa ofrecida al Cristo aunque el favor de su ruego no hubiese sido escuchado.

Su hijo había muerto, pero ella había ofrecido un juramento sagrado y pensaba cumplirlo.