Inmisericorde
Capítulo 19
—¡No te muevas! —le recriminó Violet con voz ausente de autoridad.
Miró a Diego con insistencia, él seguía sentado forma regia en la silla, pero los últimos movimientos, la habían descentrado.
—Esto es una tortura —se quejó Diego con voz impaciente.
Llevaba varias horas en la misma postura y estaba a punto de perder la calma. Posar era un suplicio que no le deseaba ni al peor de sus enemigos.
—Ya falta poco —le dijo ella, aunque finalmente dejó el pincel y la paleta encima de la mesa auxiliar. Se limpió las manos con un trozo de tela y se quitó la bata.
Diego aprovechó el descanso para levantarse y estirar los músculos de las piernas y de los brazos. Violet no le quitaba la vista de encima.
—¿Puedo verlo? —Ella le hizo un gesto con la mano para que se acercara.
Cuando Diego llegó hasta donde estaba situado el lienzo, miró las nuevas pinceladas que había dado. La boca al fin había sido completada. Se colocó detrás de ella y le puso la palma de las manos sobre los hombros. Desde esa distancia, se podía apreciar cada detalle y trazo perfecto.
—La boca es igual —le dijo él con cierto orgullo.
Violet miró las últimas pinceladas y sonrió. Salvo por los ojos, el cuadro estaba prácticamente terminado.
Se giró hacia Diego con rapidez, pero no esperaba que estuviese tan cerca de ella a pesar del contacto que mantenía con sus hombros. Pudo oler su aroma. Contempló el firme mentón que ya comenzaba a oscurecer por la barba que crecía.
—Miguel se parecía mucho a ti, por eso me resulta fácil pintarlo.
Por primera vez en meses, el nombre de su pequeño no le provocaba un vuelco en el corazón de angustia. Violet se preguntó, si quizás era debido al sentimiento de protección que lograba transmitirle su esposo simplemente con su presencia.
Diego miró las rubias pestañas y el iris verde que guardaban con celo. Los ojos de Violet le recordaron a las tempranas hojas de un naranjo antes de engalanarse de azahar. Eran bellos, cautivadores y lo miraban fijamente.
—Voy a besarte —le dijo de pronto con voz ronca.
Violet no replicó. Alzó el rostro y lo llevó al encuentro de la boca de él. Abrió los labios con premura para recibir el beso prometido.
El contacto fue tan intenso como breve, y ella no pudo evitar lanzar un suspiro que abrazó Diego como una invitación. Tomó de nuevo la boca femenina, aunque en esta ocasión fue un beso feroz, exigente. Un beso que hablaba de deseo contenido, promesas incumplidas. Diego le mordisqueó el labio inferior antes de apartarse unos centímetros del cuerpo que temblaba bajo sus manos, pero en esta ocasión fue Violet quien lo besó de nuevo con ansia.
Con profunda desesperación.
Él gimió al sentir los suaves labios que le pedían mucho más. Se moría por recibir una de las caricias que le había brindado en el pasado y, para sorpresa suya, obtuvo lo que ansiaba. La mano de Violet acarició su mentón, el lateral de su barbilla, para descender la mano por su cuello donde la dejó reposar, justo en el punto donde el pulso se hacía más notorio.
Él subió las suyas desde los hombros hasta sujetar la cabeza rubia entre sus manos para profundizar el beso. En esa posición era imposible que ella se liberase. Entonces Diego tornó el beso mucho más posesivo, fiero, apenas le permitía un respiro entre sitiar su lengua y mordisquearle de forma leve los labios.
Violet sabía que toda mujer deseaba ser besada así, de forma tan apasionada. Diego no pedía, tomaba con una fuerza subyugadora. Podía sentir el calor de sus dedos sobre sus sienes y orejas, los movía provocándole unas cosquillas que comenzaban en el pecho y bajaban hasta el vientre a la velocidad del rayo. Era el beso que había ansiado toda su vida, y no pensaba pararlo. Apretó su cuerpo contra el torso masculino con avidez, y bajó sus manos del cuello, al fuerte pecho, para dejarlas reposando allí.
Una de las manos de Diego había bajado hasta la estrecha cintura, para ceñirla con fuerza y pegarla a sus caderas y, mientras, la otra mano asía la base del cuello que resultó más una caricia que una sujeción.
Violet no pudo evitar soltar un gemido que se tragó Diego con avidez.
De pronto, Violet sintió que caía hacia atrás, sin embargo su espalda aterrizó sobre los mullidos cojines del sofá. Él no había despegado su boca de sus labios. Continuaba besándola, haciéndola olvidar todo. Percibió la brisa fresca cuando él subió el vuelo de su falda y buscó con urgencia la ropa interior para apartarla. Quiso detenerlo, pero resultaba tan placentero tenerlo tan cerca que no pudo. Sintió que le bajaba las finas bragas de encaje y que manipulaba los botones de su pantalón. Era su sueño más escondido, que Diego le hiciera el amor solamente porque la deseara, sin nada que se interpusiera entre los dos salvo el anhelo y la pasión.
De una sola embestida quedó enterrado en ella y la llenó por completo.
La presión en su vientre era una dulce agonía. Ella no podía pronunciar palabra porque seguía teniendo la boca capturada de una forma que le robaba el aliento, la capacidad de pensar. Diego paró el beso para mirarla a los ojos como minutos antes, con una intensidad insaciable.
—Te amo —y comenzó a moverse con mucha suavidad, como si temiese hacerle daño, y sin apartar los ojos oscuros de los de ella.
Los labios de Violet se abrieron como una flor que va a recibir el rocío de la mañana. Sentía las lentas embestidas en sus entrañas y cerró los párpados ante el placer que Diego le provocaba. Apenas podía respirar, el corazón amenazaba con estallarle. Su espalda se arqueó sobre los cojines mientras las oleadas de placer se sucedían y la bañaban como si fuesen olas que besan la arena de una playa. Diego aceleró el ritmo. Su respiración era agitada, caliente. Volvió a besarla profundamente, y ella pudo percibir los latidos frenéticos del corazón masculino. Entre beso y beso, le murmuró con un tono feroz:
—Dame un hijo, Violet, dame otro niño tan precioso como Miguel —susurró junto a su oído antes de derramarse en su interior satinado.
El mundo se había detenido para ella, como las embestidas de Diego que recuperaba la respiración y el aliento, todavía en su interior. Violet supo que había cometido la mayor locura, la única que le estaba vetada por la promesa que había ofrecido. Si quedaba encinta, ¿cómo podría mantenerla? Apretó los dientes para contener un gemido, pero en esta ocasión, el suspiro entrecortado no era provocado por el placer, sino por los remordimientos.
Diego notó la rigidez del cuerpo femenino bajo el suyo, y supo que Violet se arrepentía de lo que habían compartido. Se levantó con sumo cuidado y le bajó las faldas voluminosas para cubrir la desnudez de sus piernas. Vio los hermosos ojos que se anegaban en lágrimas que trataba de contener.
—No quería herirte, y hacerte mía; no fue premeditado —le dijo con un hilo de voz, sin embargo ella apartaba la vista de su rostro como si no tolerase mirarlo—. Lo juro.
—No puede volver a repetirse —le respondió al fin, completamente abatida.
Diego contuvo el aliento.
—No debo volver a quedar encinta.
Diego sintió el golpe de sus palabras como un tajo en los intestinos.
—¡Prométemelo! O no volverás a verme.
Diego cerró los ojos porque el dolor conocido volvía con una intensidad demoledora. Sentía su peso sobre la espalda, aplastándolo hasta el punto de impedirle respirar.
¡Se ahogaba!
—¡No! —Exclamó después de unos instantes largos, interminables.
Violet cerró los ojos.
—Quédate o márchate, lo dejo a tu elección, pero no te prometeré algo que no tengo intención de cumplir.
Violet inspiró profundamente.
—Ni permitiré que mutiles el anhelo que siento de tener otro hijo contigo.
Violet estalló al fin en sollozos.
—Sé que me sigues amando —le dijo Diego—. ¡Juro que no entiendo este empeño que enarbolas en alejarte de mí! Intento comprender qué hice para que tomaras la decisión de excluirme por completo de tu vida.
Ella volvió a sollozar mucho más fuerte. ¡Claro que no comprendía! Pero su promesa dejaría de tener valor si le revelaba el motivo que la empujaba a mantenerse alejada de él. Además, no podía permitir que tratara de convencerla de lo contrario, porque, con él, no tenía voluntad.
—Ten compasión, Diego. Acepta mi decisión —le dijo con el aliento vencido—, o me matarás.
Diego apretó los labios ofendido.
Le resultaba inconcebible. Lo amaba, se entregaba a él, y por el contrario lo quería fuera de su vida. ¿Acaso tenía sentido? Él ignoraba cuándo se había producido el milagro de amarla, pero ahora que era plenamente consciente, ella se mantenía en la distancia. Ambos en caminos distintos.
—¿Hay otro? —le preguntó con el alma en vilo. Con ojos como puñales—. Dime que amas a otro, y te juro, por la memoria de nuestro hijo, que te dejaré en paz.
Violet estuvo a punto ofrecerle una mentira, si bien se contuvo. Diego no se merecía algo así de mezquino por su parte, ni ella quería sumar a su cabeza la falta de la mentira además del pecado de la codicia.
Había aprendido la lección.
—No tiene que existir una tercera persona para que no deba estar contigo.
—¿Y lo que hemos compartido hace un momento? —le preguntó él completamente perdido—. ¿No ha significado nada para ti?
Violet dejó de llorar al fin. Lo taladró con mirada fiera, aunque unos segundos después dulcificó su rostro.
—Eres una clase especial de hombre que toda mujer desea y anhela tener a su lado, compartiendo el futuro, la vida. —Diego apretó los puños a sus costados. La conversación tomaba un derrotero extraño—. Miras de una forma tan intensa, tan desnuda y atrayente que puedes provocarle el clímax a una mujer simplemente con la mirada. —Diego entrecerró sus ojos y la miró con un filo que cortaba—. ¿Lo ves? — continuó hablando con voz firme como para demostrárselo—, ahora mismo siento sensibilidad en los pechos, ansiedad en el vientre y ¿sabes por qué? Porque no miras, ¡devoras! Y tu olor, Diego, tu aroma masculino es el mayor reclamo para una mujer ansiosa de lujuria porque es adorablemente salvaje. Cuando estás enojado recuerda el olor de la sangre, al sudor de la victoria, y cuando estás feliz, al heno fresco, al romero en flor…
Diego comenzaba a enfadarse de veras. ¿Estaba hablando de mero deseo sexual?
—Soy un hombre normal y corriente que ama a una mujer, su mujer —recalcó la palabra con mirada encendida—, aunque me haya llevado tiempo descubrirlo —se justificó.
Violet pensó que esas palabras sonaban tan absurdas como decir que el agua y el fuego eran el mismo elemento. Él no era normal en absoluto y decidió demostrárselo.
—Tu cabello… —Diego tensó la espalda sin percatarse porque ella continuaba atacando de una forma feroz su aspecto físico a su conveniencia—. Es espeso, rebelde, e increíblemente suave, tanto que una mujer podría pasarse toda una vida acariciando los hermosos mechones entre sus dedos. —Violet calló un instante para tomar aliento—. Y el honor, Diego, tu honor inquebrantable vale para una mujer más que cien reinos. Más que mil coronas de ducados, mucho más…
—¡Basta! —la interrumpió con brusquedad—. Si piensas así, ¿por qué maldita razón me mantienes alejado? ¡Te contradices! —le replicó, molesto.
Violet suspiró varias veces.
—Que te ame no significa que deba vivir contigo. —Diego se percató de que ella omitía el verbo desear y lo sustituía por el de obligación—. Estaré siempre a tu lado, aunque no como tu mujer, sino como tu amiga.
Las palabras le chirriaron a Diego en los oídos.
—¿Por qué me castigas?
Violet entrecerró los párpados durante unos instantes porque su actitud parecía un castigo, y no un tormento elegido voluntariamente.
—No te castigo, Diego, pero tengo que cumplir mi palabra.
Cada vez la comprendía menos.
—¿A quién le has entregado tu palabra? —ella le ofreció un silencio que él se tomó como un insulto.
De la mirada de amantes que habían compartido unos momentos antes, pasaron a compartir una mirada confusa y dolida por el desacuerdo.
Diego optó por marcharse y, dolido como estaba, lo hizo sin mirar atrás un solo instante.