Inmisericorde

Arlette Geneve · Capítulo 13 de 27

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Inmisericorde

Capítulo 11

 

Diego despertó con el brazo dormido y con la garganta llena de alfileres.

Aún faltaba mucho para que amaneciera. La cabeza le dolía terriblemente, y de pronto, recordó por qué motivo se sentía así. Había tomado demasiado brandy. Abrió los párpados y sus ojos tropezaron con el rostro de Violet que dormía a su lado en completo abandono.

Se reincorporó de golpe sobre el lecho y comprobó lleno de estupor que ambos estaban desnudos. El recuerdo de lo que había pasado la noche anterior se le clavó en el corazón como si le hubieran apuñalado por la espalda.

¡Lo había vuelto a hacer!

Había copulado con él mientras carecía de voluntad, cuando no podía defenderse de sus tretas y malas argucias. ¿Por qué demonios lo había buscado por la noche? Diego hizo un gesto brusco para sacar su brazo que estaba aprisionado por el cuerpo de ella.

Violet abrió los ojos asustada.

—¡Sal de mi cama ahora mismo! —El tono airado la pilló completamente por sorpresa.

—¿Qué pasa? ¿Por qué estás enojado?

Violet recibió como un puñetazo en el estómago la mirada de desdén que le dedicó él.

—¡Eres una furcia! —Le espetó amargamente mientras buscaba los pantalones para ponérselos—. Te has metido en mi lecho para provocar mi deseo cuando no soy consciente de mis actos. ¿Qué demonios buscabas?

Cada palabra que pronunciaba Diego le quemaban en el corazón como dardos al rojo vivo, pero todas eran ciertas. Si Diego hubiese sido consciente de sus actos, no le habría hecho el amor, ni ella bebería ahora la hiel amarga de su ira.

—Quería comprobar si te encontrabas bien —le respondió.

Violet se reincorporó, se puso la bata arrugada y ajustó el cinturón cubriendo su desnudez.

—¡Mientes! —le espetó Diego con voz llena de desprecio. Violet tensó los hombros con ofensa. ¿Acaso él no había disfrutado tanto o más que ella?—. Viniste a buscar un revolcón para satisfacer tus instintos de furcia. ¿No es cierto?

El gemido de ella y los ojos llenos de lágrimas fueron para Diego como un bálsamo caliente en sus heridas abiertas de nuevo.

—Eres mi esposo y un revolcón contigo no me convierte en una furcia.

Diego resopló hastiado.

Cuando terminó de abotonarse el pantalón, la sujetó por el codo y la empujó hacia la puerta. La quería lo más lejos de su vida, de su persona que fuera posible. Había hecho exactamente la misma inmoralidad que había cometido en el pasado para comprometerlo.

Diego abrió la puerta de la alcoba con demasiada brusquedad. De un empujón la sacó afuera, al corredor. Estaba tan lleno de cólera que no medía las palabras, ni las acciones.

—¿Acaso buscas que te preñe otra vez? ¿No es suficiente una condena que tratas de sumar otra a mi vida?

Violet se sintió terriblemente martirizada y le costó un esfuerzo sobrehumano contener las lágrimas que le quemaban en los ojos.

—¡No vuelvas a decir que nuestro hijo es una condena porque me haces sentir deseos de matarte!

Diego en esta ocasión no se mantuvo quieto ante la amenaza. Salió al corredor y la sujetó por los brazos para zarandearla con fuerza. Estaba tan dolido que poco le importaba despertar al mismo diablo con sus gritos.

—¡Debí matarte aquella maldita noche! Eres una constante pesadilla en mi vida, un lastre que no se merece ni el más vil de los pecadores, aunque no volverás a actuar así nunca más. ¡Recoge tus cosas de inmediato porque regresas con tu familia!

Diego la zarandeó varias veces mientras le increpaba. Violet soportó el estallido masculino con toda la dignidad que pudo.

—No me iré de mi propia casa —le espetó contrita.

—¡No quiero una furcia a mi lado!

Violet sentía que se moría por dentro al escucharlo.

—Hace unas horas no me veías como a una furcia, ¿no es cierto? Bien que te mecías dentro de mí… —Diego la corto en seco.

Los gritos de ambos se escuchaban en toda la casa.

—¡Calla! Me haces sentir tan sucio que apenas puedo respirar. Te miro y me ahogo con el sentimiento de aversión que me provocas.

—¡Diego! —exclamó herida hasta la médula.

—¡Vete o muérete poco me importa! ¡Pero sal de mi vida de una maldita vez!

Violet lo abofeteó con inusitada fuerza. Diego alzó la mano en respuesta, sin embargo la dejó en alto sin descargar el golpe sobre ella, que le sostenía la mirada con insolencia.

El llanto de un niño les hizo girar la cabeza al unísono.

El pequeño Miguel estaba parado en la parte del rellano donde estaba situada la escalera de bajada. Lloraba con el rostro completamente asustado. Diego maldijo por lo bajo y Violet se secó las lágrimas del rostro y fue al encuentro de su hijo.

—Cariño, no pasa nada. No te asustes, por favor. —El pequeño Miguel hizo algo completamente inesperado para ambos padres, se giró hacia las escaleras y comenzó a bajar corriendo, huyendo de ellos.

Un instante después, los dos escucharon el tropezón y el pequeño cuerpecito que caía rodando por los escalones. El alarido de Violet retumbó en el silencio de la madrugada despertando a los criados, pero antes de poder alcanzar el primer escalón, Diego ya los bajaba de tres en tres en una carrera tan temeraria como la que había tomado el hijo de ambos instantes antes.

Cuando Violet llegó al rellano del piso inferior, su esposo sostenía el pequeño cuerpecito entre sus brazos y tocaba sus extremidades con sumo cuidado. El miedo la tenía tan paralizada que no podía pronunciar palabra.

El pequeño no se movía.

Diego comenzó a gritar pidiendo auxilio mientras alzaba al niño en brazos y lo llevaba hasta la alcoba. Violet lo seguía de cerca con el corazón en vilo, y cuando hizo ademán de tocarlo, Diego se giró hacia ella como un animal herido.

Sus ojos contenían una furia que le hizo dar un paso hacia atrás.

—¡Ni te atrevas a tocarlo!

Mientras esperaban al médico, Diego no le permitió que se acercara al lecho. Había acostado al pequeño y lo mantenía inmovilizado. Violet trató de hacerlo razonar, aunque sin éxito. Las sirvientas obedecieron las órdenes de Diego de dejarla fuera de la alcoba. Y ella, que se consumía de angustia, decidió esperar la llegada del médico en el vestíbulo.

El mayordomo había enviado a uno de los mozos en busca del primo con suma urgencia. Luis llegó tan rápido como le permitieron las circunstancias, mas el silencio que encontró en Bidasoa parecía premonitorio.

Violet abrazó a Luis completamente superada por las emociones devastadoras cuando lo vio cruzar la puerta de entrada a la casa. No le dio opción a quitarse los guantes ni el sombrero y dárselos al mayordomo.

Él le correspondió al abrazo con sumo respeto.

—¿Dónde está? —le preguntó en voz baja. El mozo le había informado del accidente del pequeño Miguel.

—En la alcoba de Diego, no me permite entrar, no me deja estar con mi pequeño.

Luis pudo percibir angustia no solo en la voz, también en sus ojos.

—Es mejor que esperes aquí. Subiré y me haré cargo.

El corazón de Violet amenazaba con salirse del pecho.

—¡Tengo que estar allí! ¡Soy su madre! —exclamó impaciente.

Luis pensó en darle algo de láudano para tranquilizarla porque la veía demasiado alterada.

—Prometo bajar enseguida para informarte. Ahora subiré con el pequeño. Me necesita. —Violet, finalmente aceptó.

Contempló la subida de Luis hacia la planta alta. Ella no podía quedarse esperando sin hacer nada y, de pronto, supo lo que tenía que hacer mientras Luis se ocupaba de su pequeño. Seguía parada al pie de la escalera completamente mortificada, en el mismo lugar donde había caído su niño y, entonces, se giró velozmente hacia la puerta de la calle para salir por ella como alma que lleva el diablo.

 

Luis inspiró varias veces a medida que avanzaba hacia el dormitorio. Un par de doncellas hacían guardia junto a la puerta cerrada. Imaginó que era para disuadir a Violet. Toco la puerta de forma suave.

—Soy Luis —le dijo a su primo.

La puerta se abrió con un siseo.

Cuando cruzó el umbral, vio a Diego que no apartaba los ojos del pequeño que estaba inconsciente en el lecho.

—Temo que se haya roto un tobillo —le dijo Diego cuando lo vio cruzar la alcoba en dirección a la cama—. Sigue inconsciente y es tan pequeño…

—¿Por qué no lo has llevado al hospital?

—Me angustiaba que el movimiento del carruaje empeorara alguna posible fractura.

—¿Cómo se ha caído? —le preguntó para distraerlo mientras examinaba al niño.

Al tocarlo, sufrió un sobresalto de angustia y pesar.

Era demasiado tarde.

 

Violet corrió como nunca en su vida.

Salió de la casa descalza, y vestida únicamente con la bata de seda. Las estrechas calles de Córdoba parecían interminables, pero ella tenía una meta: la plaza de Capuchinos. Tenía que llegar al Cristo de los Desagravios y Misericordia.

¡Había presentido la muerte en la casa!

Las piedras de las calles le lastimaban los pies, le provocaban heridas sangrantes, sin embargo ella seguía corriendo sabiendo que la vida le iba en ello. Llegó a la plaza y contempló la figura inmóvil. Llegó hasta la base de piedra y la abrazó con adoración.

Entre jadeos y suspiros, comenzó el principio de su purgatorio:

—Mi Cristo de la misericordia. Recibid a esta pecadora y escuchad mi ruego más sincero, no ignoréis mi súplica doliente, y arropadme en esta incertidumbre que me ahoga. Soy una transgresora impenitente, porque codicié algo que no era mío ni me pertenecía, y hoy vengo a vuestros pies con un ruego de indulgencia para que salvéis a mi pequeño. Prometo rectificar mi avaricia de amor liberando a Diego. Lo dejaré libre, ¡lo juro! Aun a pesar de que lo amo con toda mi alma, seré una mujer abnegada y resignada con la suerte y destino que designéis para mí; pero proteged a mi pequeño, libradlo de todo mal, y permitidme que pueda rectificar mis errores en este momento tardío de lucidez. Bendecid a Diego, ayudadle a encontrar el camino que perdió conmigo, pero salvad a mi niño y prometo que no seré un impedimento para su felicidad. Iluminad vuestro corazón con respecto a Miguel, por favor, no permitáis que conozca la oscuridad. Y si hoy es necesario sacrificar una vida porque mis pecados son demasiados, aceptad la mía que os la entrego confiada. Sostened a mi pequeño con una caricia de vida, aceptad el sacrificio que os ofrezco a cambio de su vida, y juro que decidáis lo que decidáis, la decisión que tomo bajo esta cruz será irrevocable, ¡salvadlo Cristo! ¡Salvadlo! ¡Salvadlo!

 

Durante horas, Violet le rezó al Cristo de los Desagravios y Misericordia. Besó sus pies con profundo respeto, enloquecida por el dolor y los remordimientos. Tenía que lograr que el Cristo aceptara el sacrificio de su vida, de su amor, y que protegiera a su pequeño de todo mal.

Cuando mucho más tarde regresó a Bidasoa y cruzó el umbral de la puerta de la casa, el silencio la abrumó como un lazo de muerte.

Luis estaba parado al pie de las escaleras, esperándola, ella le ofreció una sonrisa afectuosa, sabía que su pequeño estaría bien si él lo había atendido. Era un médico extraordinario. Luis clavó las pupilas en la figura de la mujer que en nada se parecía a la que él conocía. Llevaba una bata que se había roto por el dobladillo, y el pelo era una maraña de enredos y nudos. Las manos las tenía heridas así como los pies, e ignoraba de dónde venía o qué había hecho para estar en un estado tan lamentable.

—¡Estás herida! —Le dijo al mismo tiempo que se acercaba a ella que se mantenía completamente quieta.

La puerta de la calle seguía abierta tras ella.

—Mi pequeño está bien, ¿verdad? —la pregunta había sido formulada con un timbre de voz que rayaba la agonía.

Luis no sabía cómo darle la noticia de la muerte de Miguel. Iba a causarle un dolor insoportable, no obstante, tenía la obligación de hacerlo.

La vacilación de Luis fue para ella como si le hubiesen dado un golpe de espada directamente en el corazón, y se lo hubieran dividido en dos.

Iba a morirse. ¡Quería morirse!

—Lo siento, Violet. Se desnucó cuando cayó por la escalera. No he podido hacer nada.

Las palabras de Luis le silbaron en los oídos con un pitido infernal. Su precioso pequeño no podía estar muerto, pero entonces, ¿por qué brillaban los ojos de Luis de pesar, de lástima? ¿Por qué su rostro estaba pálido y preocupado?

Violet subió la mano hasta su cuello para ahogar el grito que finalmente salió por su garganta. Se dobló en dos por el espasmo monstruoso que le perforó las entrañas.

Luis llegó hasta ella para sujetarla y la llevó hasta la biblioteca, aunque no pudo calmarla ni impedir que comenzara a lanzar alaridos de muerte. Finalmente, se desmayó antes de que su cuerpo hubiera tocado el sillón. Él sabía que las próximas horas iban a ser de una angustia y desesperación como no habían conocido nunca.